La Puchera

Part 10

Chapter 104,189 wordsPublic domain

—Pues verás—añadió el Berrugo manoseándose la barbilla mal afeitada:—yo me dije en cuanto apuntó el verano: «Pues en éste ha de ser... y antes con antes, para que no me suceda lo que en otros muchos, que por irlo dejando para la semana que viene, nunca lo hice...» Y luégo pensé: «Juan Pedro tiene barquía, y anda con ella por aquellas honduras como yo por el corral de mi casa; el tiempo está seguro, la mar estará como un plato... pues ahora ó nunca. Voy á decirle á Juan Pedro que aborrezca medio día...» Y en eso estaba; y por eso fué el recado que te mandé por Pedro Juan antes de anoche.

—Puedo jurarle á usted que no me dió ninguno.

—Es que le dije yo que no corría prisa, como era la verdad; pero, amigo, hoy me he levantado de otro temple muy distinto... Conque ¿tienes la barquía bien dispuesta?

—De la campaña del _anguilo_ está, que acabo de dar por finiquita; conque hágase el cargo.

—Me alegro. ¿Y la mar?

—Como usté dijo: lo mesmo que un plato.

—Pues entonces, Juan Pedro, cuanto más antes: mañana mismo... por la mañana... ¿Te parece?

—En hubiendo marea para subir la barquía por la Arcillosa, para mí toas las horas son buenas, inclusen las de la noche... Conque... Aguárdese y perdone: hoy pleamar de una; bajamar de siete... á las once, media marea... Á esa hora, á las once, ya puede salir la barquía de onde está.

—Pues á las once. Y ¿cuánto se tarda en llegar?

—Contra corriente y dos remos solos... echemos hora y media.

—Á las doce y media; y luégo allá otra hora... ¡Bah! todo será llevar la pitanza y matar la gazuza en la barquía.

—Si es que no echa usté antes el estógamo por la boca.

—¿Suele suceder eso muy á menudo?

—Á los que no están avezaos, siempre que se embarcan.

—Allá veremos: en último resultado, saldré ganando la comida que ahorre.

—Si no nos la partimos entre el hijo y yo.

—¿Pues no pensáis llevar vosotros la vuestra?—preguntó aquí el Berrugo con aire de asombro mezclado de disgusto.

—Pensaba—respondió el Lebrato sin andarse en remilgos,—que, por esa vez, comeríamos los tres de una misma puchera; pero si á usté le paece mucho ese despilfarre...

—¡Vaya que sois pegajosos como el mismo demonio! En fin, irá para los tres, ya que te empeñas; y no hay más que hablar. Á las once menos cuarto estaré mañana en tu casa. ¡Y silencio sobre estos particulares!

El Lebrato se despidió y llegó á ella sin poder sospechar qué fines podrían guiar al Berrugo en aquel paseo que intentaba, tan extraño á sus conocidos gustos.

Pedro Juan, cuando se enteró del caso, tampoco dió en el quid... ni lo intentó siquiera; pero, en cambio, dijo á su padre, y fué todo lo que habló:

—¡Qué ocasión más güeña, coles!

—¿Pa qué, Pedro Juan?—le preguntó el Lebrato.

—Pa échale á fondo con un canto al pescuezo.

Al otro día y á la hora calculada por el Lebrato, estaba la barquía fuera de la barra, con don Baltasar á bordo. Todo ello junto no abultaba tanto allí como un perdigón sobre una sábana extendida.

—¡Cóspitis, qué grandísimo es esto mirado desde aquí!—exclamó el Berrugo agarrado con las manos á ambos careles para aguantar los balances del barquichuelo columpiado por las lentas ondulaciones de la mar, aunque se perdía de vista reluciente y llana como un espejo.—Cien veces lo ví desde arriba, y nunca lo creí tan ancho ni tan hondo... Allí está la isla. ¡Parece una seta grande! Y ¿qué hay en ella, Juan Pedro?

—Un puro peñasco, como usté ve,—respondió el Lebrato.

—¿Y por la parte de allá?

—Lo mesmo que por la de acá: peñasco limpio.

—¿Sin una mala gatera, hombre?

—Le digo á usté que como por la banda de acá.

—¿Y encima?... Parece que verdeguea algo.

—Peñasco puro tamién: cuatro matucas de herbachos, y algún conejo que otro.

—¡Hola! ¡Conque conejos! ¿Da modo que estará eso lleno de cuevas?

¡De qué manera tan extraña y original pronunciaba el Berrugo la palabra _cuevas_! Parecía que se le llenaba la boca de monedas de oro y de sartas de diamantes.

—Alguna que otra minuca, á modo de madrigueras—respondió el Lebrato.—Poco más de ná.

—¿Tú has estado allí?

—¡Horror de veces!... ¿Quiere usté que subamos ahora?

—Si no hay más que eso que ver, no vale la pena.

—No hay otra cosa... ¿Aónde quiere usté ir si no?

—Por derecho hacia afuera, hasta que yo os mande parar.

Bogaron los dos remeros en aquel sentido; y cuando llegó la barquía á un punto desde el cual, mirando hacia atrás, podía verse una extensa línea de costa á uno y á otro lado de la boca del puerto, el Berrugo mandó parar la rema y se sentó de cara á la barra.

—¡Mucho me gusta á mí contemplar esos peñascos!—dijo, devorando con los ojos todo lo que veía de la costa.—Y paréceme que este lado de acá de la entrada es más bajo que el otro. ¿No te parece á tí lo mismo, Juan Pedro?

—Eso bien á la vista está,—respondió el Lebrato.

—¿Y cuál de estos dos lados os parece á vosotros más... más... vamos, más desconcertadote y descuajaringado?

—Allá se andan entrambos en ese particular—respondió el Lebrato,—y en cá uno de ellos arman las rompientes buenos cañoneos cuando el caso llega. Pero ¿á usté qué más le da que sean esas peñas más recias ó más finas de barba, si usté no las ha de afeitar?

—Pues ahí verás tú, hombre, cómo hay gustos para todo. Aquí me tienes á mí que me alampo por recrear la vista en un peñascal hecho una triguera... Y el caso es que no descubro yo cosa mayor de esa traza.

—¿Cómo es eso de una triguera, don Baltasar?

—Quiero yo decir... con muchos agujeros, hondos, ¡bien hondos! Así...

Y barrenaba en el aire con las dos manos y con la cabeza, como si fuera abriendo una mina con todo el cuerpo.

—¿Cuevas querrá usté decir?—preguntóle el Lebrato.

—Hombre, tanto como _cuevas_...—respondió el Berrugo, acentuando á su modo esta palabra,—no diré... Pero, en fin, sean cuevas. Tampoco las veo.

—Pues crea usté que no faltan: sólo que hay que atracarse mucho para verlas... Dende aquí puedo yo señalar una que paece la madre de toas.

—¿Por qué?

—Por lo grande.

—¿Y hacia dónde está?

—Cara á cara con la isla.

—¡Con la isla! ¿Y es tan grande como tú dices?

—Dicen que coge allá medio barrio de Las Pozas.

Á todo esto, el Josco bostezaba de aburrimiento y de hambre, y el condenado Berrugo ni se mareaba ni se acordaba de comer. El Lebrato se pasaba muy á menudo la lengua por los labios y miraba al cesto en que iban las provisiones. Y como el tiempo corría sin que allí se hiciera cosa de provecho, atrevióse á decir á don Baltasar después de responder á su última pregunta:

—Paéceme que podíamos aprovechar esta parada pa... tomar ese bocao.

—¿Tanta gazuza tenéis, hambrones?—dijo el Berrugo muy contrariado con la observación.—Yo dejaba la comida para cuando estuviéramos adentro de la barra, y así ha de ser... pero antes quisiera dar un vistazo, desde abajo, á esa cuevona que tanto me has ponderado...

—¡Coles!—dijo aquí el Josco con una sacudida sobre el banco, que hizo tumbar de una banda á la barquía.—¡Si hay más de media hora de rema!

—¿Y qué vale eso para vosotros?—repuso don Baltasar en son de chunga.—¡Hala para allá; y con eso comeremos luégo con mejor apetito!

Viró la barquía y se puso en el rumbo indicado por el Berrugo, entre las maldiciones que le iban echando mentalmente el Lebrato y á media voz Pedro Juan.

—Pues, hombre—decía el condenado hijo del difunto Megañas, siempre agarrado á los careles del barquichuelo, que en ocasiones se hundía dulcemente, como si le chuparan desde el fondo de la mar,—si no es para recrearse uno en estas cosas, ¿á qué se viene aquí una sola vez en toda la vida?

—Es una fantesía, vamos—dijo el Lebrato haciendo de tripas corazón;—y por otra pior le pudo dar.

—Justo, una fantasía... Tú lo has dicho, Juan Pedro: una fantasía como otra cualquiera. ¿No la tiene el cura en venirse con vosotros cada lunes y cada martes, unas veces de día y otras de noche cerrada, por el gustazo de dar un tiento á las mojarras ó al anguilo?

—¡Y que la tiene bien puesta el señor don Alejo, y que lo entiende de verdá, y que paece mentira lo gran mareante que es hoy, con los años que lleva á cuestas!... Pos golviendo á la fantesía de usté, ha de saberse que otras cosas se pueden ver en el mundo de menos fama que esa cueva.

—¡Fama!—repitió el Berrugo mirando con avidez al Lebrato.—¿Qué fama puede tener ese covachón de mala muerte, hombre de Dios?

—Fama, fama... tanto como fama, puá que no; pero lo que es nombrá, bien nombrá fué en un tiempo entre unos cuantos de mi oficio. Mire usté: al difunto _Lomias_, el hermano menor de Perrenques, que conocía estos sitios tan bien como yo, no había quien le quitara de la cabeza que en esa cueva estaban escondidos los tesoros del Pirata.

El Berrugo creyó sentir de pronto el tintineo de un manojo de campanillas en los oídos, y que se le alargaba el cuerpo más de un cuarto de legua. Buscando una disculpa para taparse con las manos la cara, que podía delatar sus emociones, exclamó:

—¡Qué barbaridad!

Y añadió sin descubrirse todavía:

—¡Parece mentira que haya un hombre capaz de creer en esos tesoros, y menos en que puedan estar enterrados aquí ó allá!

—Pues ya sabe usté de uno que lo creía.

—Y ¿por qué lo creía ese bobalicón?

—Porque se lo había dicho una adivina.

—¡Una adivina! ¡Qué te parece!

Tuvo que hacer aquí una larga pausa don Baltasar, porque este nuevo dato le hizo perder la serenidad que iba recobrando, y dijo después, con la cara entre las manos aún:

—Pero, hombre, si tanta fe tenía en la palabra de una embusterona de esas, ¿por qué no entró en la cueva á probar fortuna?

—Primeramente, porque el sujeto era algo receloso de suyo al auto de cuevas prefundas; dimpués, porque la puerta de esa no está tan en llano como la de mi casa; y en final, porque la mesma adivina le alvirtió que no se cansara en buscar ese tesoro que no estaba destinao pa él.

—¡También eso?—gritó aquí el Berrugo entre temblores y hormigueos de todas sus carnes.—¡Si te digo—añadió después de reponerse un poco,—que hay bestias con los sentidos más cabales que algunos hombres!... Y ¿qué has hecho tú, Juan Pedro, que no has metido mano á ese platal?... porque tú creerás también en esas paparruchonas.

—Yo, señor don Baltasar—respondió el Lebrato, no sé si con segunda intención,—estoy bien curao de sustos de esa clase, y sólo creo en que soy de los que nacieron pa jalar de la vida en beneficio de otros que la tienen bien regalona...

Y así se fueron acercando con la barquía al punto deseado por el Berrugo.

—Allí está la cueva,—dijo el Lebrato apuntando con el índice á un boquerón que se columbraba sobre lo que podía llamarse imposta de la fachada de aquella conglomeración ciclópea, y á una muy respetable distancia de lo que también se podría llamar cornisa de la misma fachada.

Lo primero que observó el Berrugo fué que la cueva, por la distancia á que se hallaba de la boca del puerto, y por tener enfrente la isla, debía caer en el eje mismo del rayo de luz lanzado por la linterna maravillosa de la hermana de don Elías. Después notó que la mar jugueteaba al pie del peñasco entre un enorme rimero de piedras que parecían desgajadas de arriba, y se estremeció de pies á cabeza al recordar la seña más importante de las que le había dado la adivina para orientación del tesoro.

—_¡Cantos abajo!_—exclamó en sus adentros; y para cerciorarse mejor, preguntó al Lebrato señalando al montón:

—¿Qué es eso, Juan Pedro?

—Pos bien á la vista está—respondió el preguntado:—peñas.

—Peñas... sueltas, querrás decir.

—Peñas serán siempre, sueltas ó amarrás.

—Pues mira, así, de pronto, me parecían otra cosa: ¡como tiran á redondas y están tan amontonadas!... Vamos, que las tomé por... por _cantos_.

—¿Cantos gordos?

—Eso es: cantos gordos.

—Pos cantos gordos son en finiquito.

—Eso creo yo... Y ¿sabes que hubiera necesitado buenas agallas el difunto Lomias para subir á la cueva, si llega á intentarlo? Mira que, á ojo, no hay menos de cincuenta pies desde los cantos á ella... y sin un saliente á que agarrarse. ¡Debió de verse en buenos apuros el Pirata para subir y bajar tan á menudo! ¡Qué melenos, hombre, los que se lo tragaron!

—La entrada á la cueva no hay que buscarla por ese lao, señor don Baltasar.

—¿Por dónde si no, Juan Pedro?

—Por arriba.

—¡Por arriba!... ¡Si hay casi otro tanto como desde abajo para llegar á ella!

—Corriente; pero arrepare usté por la rinconá de ese lao de la derecha... porque too ello en junto paece á modo de torre grandona, con un murio por cada costao. Por esa rinconá se hace pie onde se quiere; y como no está el peñasco á plomo enteramente, se abaja sin novedá hasta el balconuco; luégo es cosa de dos zancás á la izquierda, con el cuerpo bien arrimao al peñasco y las manos agarrás á los salientes... ¡Si no me diera Dios trabajos mayores que el de entrar ahí! Si hubo Pirata, así entraría él, desembarcándose primero en aquella playuca de allá abajo, y guiándose luégo, pa conocer la cueva dende tierra, por la monteruca que tiene encima, como pa eso solo.

El Berrugo miraba y remiraba el peñasco mientras el Lebrato iba diciendo esto. Acabó el uno de hablar, y aún siguió mirando y remirando el otro.

De pronto se estremeció don Baltasar, apartó los ojos de la cueva y sus alrededores, y dijo á los remeros:

—Todo esto que estamos hablando, es pura música sin substancia... Basta de cuevas y de mar, y vámonos para dentro cuanto antes, que también yo voy sintiendo ganas de comer.

Remaron firme el Lebrato y el Josco, y media hora después estaba la barquía dentro de la barra.

[Ilustración]

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XI

LAS LUNAS DEL JOSCO

Al día siguiente de estos sucesos, domingo por la tarde, y á punto de anochecer, iba Quilino á todo andar hacia casa de don Elías. Llevaba la cara medio tapada con el moquero, sujeto allí con las dos manos; el hongo con siemprevivas y plumas de pavo real, muy tirado sobre los ojos; la blusa azul con trencillas encarnadas, y los pantalones amarillos con cuadros verdes, muy manchados de polvo por el lado derecho, de arriba abajo. Al desembocar en la _brañuca_ que viene á formar una plazoleta delante de la _casa de los Médicos_, se halló casi frente á frente con don Elías, que asomaba por otra de las callejas que convergen allí. Indicóle por señas que tenía que hablarle, y el médico se detuvo, con el bastón entre las manos cruzadas atrás, la cabeza algo gacha y los ojos, llenos de curiosidad, clavados en Quilino, á quien no conoció hasta que le hubo mirado y remirado muy de cerca; porque es de advertir que Quilino ni apartaba el moquero de la cara, ni levantaba las alas del sombrero: no hacía más que indicar con la mano izquierda y una mirada tristona y suplicante, que deseaba tratar de su negocio arriba, en casa del médico.

—Pero ¿qué mil demonios te pasa, hombre?—le preguntó por de pronto don Elías, cuya curiosidad necesitaba de ordinario mucho menos que aquel aparato misterioso, para desbordarse y no dejarle instante de sosiego.

—¡Arriba, arriba!—continuaba dictándole Quilino con la mano y con los ojos.

—Pues vamos arriba,—concluyó el médico entendiéndole.

Entraron los dos en la casa; subieron á la salita; desalojáronla de mala gana las cuatro hijas del médico, que estaban riñendo en ella; cerró don Elías todas las puertas; y como ya no se veía allí cosa mayor, encendió con una cerilla el cabo de vela que sacó del cuarto de la médica, y se fué derecho á Quilino que aguardaba de pie en medio del despacho y en la misma postura de manos, de moquero y de hongo que había tenido abajo.

—Á ver qué es lo que te ocurre,—le dijo al acercarse á él.

Y Quilino quieto y mudo, y cada vez más encogido y tembloroso. Chocándole ya esto á don Elías, le arrimó la luz á la cara con una mano, y con la otra le apartó un poco el pañuelo que le tapaba la boca. Quilino lanzó entonces un quejido, y el médico vió que tenía los carrillos muy inflados y que había sangre entre los labios comprimidos. Se alarmó don Elías y corrió á buscar una palangana y agua fresca. Volvió al minuto con una de zinc roñoso y un jarro, y halló á Quilino descuajaringado en una silla.

—¡Echa aquí lo que sea!—le dijo con imperio, poniéndole la palangana debajo de la barbilla.

Pero Quilino miraba al médico con ojos de espanto, y no le obedecía.

—¡Échalo te digo!—insistió don Elías.

Y Quilino cada vez más angustiado y más rebelde.

Entonces el médico posó el jarro en el suelo, y con la mano libre empujó por el cogote á Quilino, que aún se resistía, diciéndole al mismo tiempo:

—¡Te digo que lo eches... aunque resulte la asadura!

Con este zarandeo le vino un golpe de tos al paciente... ¡y allá va eso! Un tercio de la palangana llenó. El infeliz Quilino cerró los ojos por no verlo, y comenzó á palidecer. Don Elías no estaba mucho más sereno.

—¿Es del arca, por si acaso?—le preguntó alarmado.

Quilino dijo que no con la cabeza, y al mismo tiempo señalaba con la mano al carrillo derecho.

El médico entonces le dió el jarro con agua y le dijo que se enjuagara bien. Hízolo Quilino á duras penas, porque estaba pálido y temblón como hoja de otoño que se cae del árbol; y en seguida, dejando don Elías la palangana y tomando la palmatoria, arrimó la luz á la boca de Quilino y díjole:

—Ábrela bien... ¡Más, si puedes!... Baja un poco la lengua. ¡Ajajá!... Ya veo el manantial... ¿Tenías cabales las muelas de esta quijada?

Quilino contestó que sí con los ojos.

—Pues no te faltan más que dos á la hora presente.

—¿No hay dá que hueso cascao tamién?—preguntó Quilino con voz enfermiza, después que el médico sacó los dedos de la boca.

—Abre otra vez, y lo veremos.

Palpó y miró el médico bien despacio, y no halló señales de lo que temía Quilino; pero sí dos hondas heridas en el carrillo.

—Pero ¿cómo fué eso, hombre?—le preguntó mientras se limpiaba los dedos con el pañuelo.

—Pos de una sola guantá,—respondió Quilino, más tranquilizado y después de escupir el último buche de agua sanguinolenta.

—¿Á mano limpia?

—Á mano limpia.

—¡Vaya una mano de órdago!... Y ¿de quién es ella, si puede saberse?

—Del Josco.

—Claro: de uno así tenía que ser... Y ¿cuándo, dónde y por qué fué ello, hombre de Dios?

—Es largo de contar eso, señor don Elías.

—Entonces, cállalo, y perdona la curiosidad.

—No hay que perdonar ni pa qué callarlo, porque las maldaes ¡recongrio! deben de conocerse por los hombres de bien.

—Corriente. Pero antes de empezar, toma otro par de buches de agua, mientras yo te traigo un vasito de vino para que te confortes por adentro... ¡Ah! y por si me olvido de decírtelo después: cuando vayas á casa, te enjuagas unas cuantas veces del mismo modo, y mejor si mezclas el agua con un poco de vinagre... y cosa concluida.

Salió don Elías muy diligente en busca del vino, porque eternidades le parecían ya los minutos que tardara en oir el relato prometido; enjuagóse el contundido mozo; y para salir de una duda que le estaba preocupando mucho, metió los dedos en la palangana y los paseó vuelta y media por el fondo. En seguida dió con lo que buscaba. Las dos muelas estaban allí.

—¡Las dos, recongrio! ¡Enteras y verdaeras!... ¡Lo mesmo te he de sacar yo á tí los hígados el día que te coja á mi gusto! ¡Lo mesmo, recongrio!

Con esta jaculatoria entre dientes y las dos muelas en la mano, le halló don Elías al volver á la sala con un cortadillo de vino tinto sobre un plato de loza muy cuarteada...

—Échate esto al coleto, poco á poco—le dijo.—Pero, calla... ¡esas son tus muelas! ¿Dónde las tenías, hombre?

—Estaban aquí,—respondió Quilino señalando á la palangana.

—Con sus raíces enteras, limpias y campantes; ¡como no las arranco yo mismo con la llave inglesa!... ¡Y cuidado que la una es de las de tres patas!... ¡de las más negras de arrancar!... ¡Vaya un empuje de brazo!

Después de hablar así, y viendo que Quilino se guardaba los huesos en el bolsillo repicoteado de la blusa, arrojó el contenido de la jofaina por el balcón.

—Éstas se las ha de tragar él angún día, ¡recongrio!—decía Quilino mientras guardaba las muelas y de modo que le oyera don Elías.

Oyólo, en efecto; y al mismo tiempo que vertía agua limpia en la jofaina para esclarecerla, lavándose de paso los dedos en ella, anotó lo dicho por Quilino de este modo:

—Bien está ese propósito en un hombre de tan buenas agallas como tú; pero, por de pronto, ten mucho cuidado con no darle antes motivos á él para que vuelva por las que te dejó en la boca esta tarde.

—¿Á mí?—respondió Quilino contoneándose en la silla, después de beberse lo poco que quedaba en el vaso.—¿Á mí arrancarme él otra muela más, ni medio diente tan siquiera!... ¡No me conoce usté, don Elías!...

El cual acabó su tarea en dos voleos; sentóse junto á Quilino en seguida, y le dijo:

—Cuenta ahora todo lo que tienes que contarme.

Quilino comenzó por echarse el hongo hacia atrás; luégo encendió un cigarro; después se palpó el carrillo derecho, que se le iba hinchando bastante, y por último habló así:

—Yo tenía cuentas pendientes con el Josco... porque quizaes sepa usté que Pilara me tiene, de meses acá, á resultas de lo que él hable, y nunca acaba de hablar.

—Estoy enterado, ¡perfectamente enterado de eso!—dijo el médico con el mismo aplomo que si fuera cierto lo que afirmaba.—Adelante.

—Pos güeno—prosiguió Quilino palpándose la hinchazón, que no le dejaba pronunciar las palabras con la soltura de costumbre:—hubiendo esas cuentas entre los dos, yo he tratao de ajustalas muchas veces... ¡Recongrio! ¿quién se atreve á sosteneme á mí que no está muy puesto en razón esto que yo quiero?... Y queriéndolo así, yo he tratao del caso las miles de veces con Pilara; y Pilara en sus trece: que vente mañana y que güélvete otro día... Yo tengo mi porqué, anque no sea mucho; el Josco, ni tanto siquiera... ¡Recongrio! con esto solo estoy en derecho de llamame á la parte en casos como ese... ¿Qué hay que decir en contra?... Quisiera yo oirlo... ¡Quisiera yo oirlo, recongrio!

—No hay que acalorarse, Quilino, no hay que acalorarse—interrumpió el médico con gran formalidad.—La razón es tuya, no se puede negar. ¿Y la familia? ¿Sabe algo de ello? ¿Te recibe bien?...

—¡Recongrio! ¡Pos podía no!... Vamos al punto. Estando así las cosas, la otra tarde, en la ré, tuvimos unas palabras yo y el Josco; y no hubo allí una trigedia, porque mos desapartaron... Esto me enconó la sangre; y por la noche juime en cá Pilara pa dejar de una vez pa siempre aclarao el sí ú el no; y ¡recongrio! malas penas entro en el portal onde estaba toa la gente de la casa, cuando cata al Josco como llovío de las nubes y sin querer pasar más aentro de las goteras, y cata á Pilara, que andaba roncerona conmigo, arrimándose á él hecha unas mieles... ¡Recongrio! ¡esto era una somostá pa mí! Por tal la consideré, y juime pa casa por no ver aquello. Pero yo estaba en razón quisiendo saber si el Josco había hablao ú no había hablao aquella noche. ¿No es esto la pura verdá, recongrio?

Don Elías respondió afirmativamente con un gesto.

—Pos pa sabelo—continuó Quilino,—me abajé al otro día, muy de mañanuca, á Las Pozas. No pasé del Portillo, porque allí consideré, pensándolo mejor, que quien tenía la obligación de aclarame el caso, era Pilara... Güelta pa el barrio de la Iglesia. Me planto en la juenti aonde ella suele dir á aquellas horas; y espera que espera, Pilara no venía. Aborrecíme; y pensando que ya me echarían de menos en casa, á casa me golví. Dende aquel punto y hora, el diablo paece que me la enculta, porque no he podío dar con ella... hasta esta tarde en el corro; y no era cosa de ajustar esa clase de cuentas allí. Pero la bailé tres veces, y ¡recongrio! pior que pior; porque si dende lejos me alampaba por ella, acercuca, acercuca y viendo retemblale las gorduras, es cosa de... ¡Recongrio, qué grandona es y qué maja!

—¡Buena mozona está de veras!—dijo aquí el médico, y no por complacer á Quilino solamente.