Part 8
--Pues... señor mío... si está usted tan conforme consigo mismo y no ve en su comportamiento nada digno de censura, no tenemos más que hablar. Usted cree que introducirse en las casas, bajo la protección y el amparo de los parientes próximos, a fin de atentar en una forma o en otra a su honor y combinar _pian pianino_ el adulterio y el incesto, no son acciones reprobables ni hay en ellas nada que desdiga de los principios de un caballero cumplido. Yo pienso de diferente manera; pero como usted, por otra parte no tiene principios religiosos, mi voz carece de autoridad sobre usted, y cuanto le diga le suena a mojiganga. Cese, pues, toda conversación ociosa, y desde hoy cese usted también de ver y de tratar al Padre Moreno. Porque yo, en cumplimiento de mi obligación, no podría menos de dirigir a usted alguna advertencia que de fijo se le haría impertinente... y no tenemos tampoco la flema en el bolsillo. Deje a este pobre enfermo, y siga su rumbo. Pero tenga entendido lo que voy a añadir: aquí no habrá lucha; porque Carmen, aunque no es santa ni virgen, como usted dice sacrílegamente, es mujer de bien y sabe a lo que está obligada; y si lucha hubiese... entre usted, joven y lleno de recursos y de atractivos, y Silvestre Moreno, envejecido ya, y probablemente enfermo de lo que ha de llevarle al hoyo... Moreno sería el vencedor. No le digo más.
Yo escuchaba paseando por la habitación de arriba abajo y con las manos metidas en los bolsillos, sintiendo en mi interior, en el estómago y en las entrañas, esa trepidación ardiente que notamos en circunstancias críticas. Mi batalla era secreta, y no por eso menos empeñada y furiosa. Luchaba con mi orgullo, con mi pasión, con mi carne toda, para no volverme y decir al fraile... lo que le dije por fin, en irresistible impulso de mi conciencia y de mi alma.
--Padre... respecto a luchas y victorias, hablaremos; pero tocante a lo otro... para que vea usted... ¡tiene usted razón! Razón que le sobra. No es delicado vivir en esa casa... lo comprendo, lo reconozco: mi misma posición es humillante, particularmente desde hace algún tiempo... y saldré de ella, palabra de honor, pronto, pronto... lo más pronto posible. No dude que saldré... y adiós, Padre.
Mostré querer marcharme sin tenderle las manos, y él me llamó con cordialidad súbita.
--Venga acá, venga acá... Usted en religión pensará como quiera, pero conserva un fondo de sentimientos delicados que me agrada. Y vamos a ver, ¿qué mal le ha hecho a usted Carmen para que dude de que yo sería el vencedor en la lucha, si tal lucha existiese?
--Padre, de eso no quería tratar; conste que es usted quien me pincha. Supongamos que hay lucha... si no... ¿a qué viene esta discusión? Hay lucha... pues usted vencerá... ¡estoy cierto de que sí! en lo exterior, en el terreno positivo... ¿me explico? ¿me entiende?
--¡Demasiado! --contestó gravemente el fraile.
--Y lo mejor de todo... es que yo, en ese particular, no deseo --tan cierto como que quiero a mi madre-- que salga usted derrotado.
--Adelante --articuló Aben Jusuf ceñudo y pensativo.
--Mi victoria es de otro género... _¡Mi reino no es de este mundo!_ --pronuncié con ligera ironía, que el Padre debió de encontrar pesada--. Hay una esfera en la cual siempre saldré triunfante... y esa me basta... ¡Y usted ahí sí que no llega! Ese es el imperio de la libertad. ¡En el quinto piso del alma, Padrecito... ni usted... ni nadie!...
El moro callaba. Alzó sus ojos al techo de la enfermería, y las movibles facciones de su rostro adquirieron una expresión, casi desconocida para mí, de exaltado misticismo. Sonrió luminosamente, y me dijo con mezcla de unción y desdén:
--En todos los pisos entra Jesucristo cuando se le antoja.
Al salir pregunté al doctorcillo Saúco qué padecía el fraile. Mi paisano movió la cabeza.
--¿Qué ha de tener? Era un hombre como una loma... Tenía cuerda para cien años; pero hizo una vida impropia de naturalezas tan robustas. Máquinas de esa potencia, están mejor andando que paradas. Él, si no se ha parado del todo, ha clavado, cuando menos, ruedas muy importantes... y ahí tienes las resultas. Lo que padece es serio. Regularmente se impondrá la operación.
X
Mi posición en casa de mis tíos fue desde aquel día extremadamente embarazosa. No veía el modo de salir de allí, y lo deseaba muy de veras, porque además de la actitud de mi tío, se me había grabado en lo más vivo la afirmación del moro: que era depresivo sostenerse a expensas del marido de Carmen. Se me hacía totalmente insufrible la estéril y dolorosa convivencia, que me obligaba a adivinar y casi a presenciar las intimidades conyugales y atentaba al carácter romántico de mi amor.
¿De qué me servía vivir bajo el mismo techo? Desde la entrevista con el fraile se había producido un cambio en la tití. Me dirigía las palabras indispensables, y se desviaba de mí como si yo estuviese apestado. No me desesperaba del todo, porque comprendía la causa, y adivinaba la batalla secreta de aquel espíritu superior; no obstante mi situación implicaba tal tirantez, tantos rozamientos penosos, tamaña dosis de pachorra en momentos dados, que no había resistencia que alcanzase, ni yo podía responder de que a lo mejor no saltase el resorte.
Por ahora, la victoria del fraile era puramente material. De la moral podía gloriarme yo. ¡Y dijese lo que dijese el moro... cuán débiles mis armas y pertrechos! El Padre, apoyándose en creencias y principios arraigados en el alma de aquella mujer; teniendo por cómplices a la ley y a la sociedad; con el cielo en una mano y el infierno en la otra, para premiar la virtud o castigar el delito... y yo, sin más que el sentimiento; yo, que representaba para Carmen la infracción del deber, la mancha del honor, el atropello de las convicciones, la vergüenza, el crimen y la pérdida del alma. No militaba en mi favor sino la fuerza que en los minerales se conoce por afinidad, y por amor en los seres orgánico-racionales: fuerza que en todos existe latente y solo aguarda favorable ocasión para revelar su poder. Y así, inerme, o, mejor dicho, armado únicamente con las armas naturales, sabía que en mí recaería el triunfo; que todos los dictados de la razón, todos los preceptos y mandamientos de la religión, todos los sermones del Padre, no bastarían para que aquella mujer no _aborreciese_ a su marido y me _quisiese_ a mí muy de adentro... ¡Este era el lauro!
Lauro noblemente ganado si yo salía, cuanto antes, de casa de mi tío.
Irme pronto... ¿De qué manera? Ese problemita sí que no se resuelve fácilmente en mis circunstancias. Había que decirle a D. Felipe: «Me voy.» A mi madre: «Dispóngase a pagar un dineral de posada, o lo que para sus medios equivale a un dineral.» Y al mundo, al microscosmos de nuestro círculo: «Salgo de aquí. Piensen lo que gusten, yo salgo. Bien comprenderán que hay gato encerrado cuando me voy quince o veinte días antes de los exámenes.»
Determinado a romper por todo antes que dejarme estar, fui, no obstante, dando largas. No me atrevía a volver a San Carlos mientras no pusiese por obra mi resolución. Mi tía, en cambio, visitaba al Padre diariamente, y por ella y por el doctorcillo Saúco sabía yo noticias del estado del enfermo, que, a decir verdad, era lastimoso. Habían hecho con el pobre Aben Jusuf verdaderas diabluras: suponiendo que tenía la enfermedad en el hueso de la pierna, le cloroformizaron dos veces para abrirle calicatas en la tibia por medio de barrenos y berbiquíes.
--Nada --exclamaba el doctorcillo--, que con toda su ciencia (digámoslo muy bajo), Sánchez del Abrojo y el marqués de la Salud le yerran la cura. Han trabajado en él como los carpinteros en la madera. Te digo que me le han destrozado al infeliz; él creyó dos o tres veces que era la de vámonos, y pidió los sacramentos y se dispuso en regla... Es mozo terne y bragado. No tenía miedo ninguno, por más que confesaba que no le hacía pizca de chiste el morir. ¡Qué lástima de hombre! Pues que aquí te corto, y allí te sajo, y acullá te pincho...; y luego salimos con que no había tal caries del hueso, sino una inflamación del periostio...
--A mí háblame en castellano claro. Nada de palabrotas.
--Chico, periostio es la membrana que rodea...
--Bueno: ¿qué se deduce de esa membrana? ¿Que el fraile escapa o se las lía?
--No sabemos. Muy comprometido se encuentra, y mucho tiempo andará con muletas, si llega a contarlo. Siempre le quedará un portillo. Lo que te juro es que yo no he visto hombre de más amistades ni que inspire mayores simpatías. Todos le queremos bien, lo mismo internos que profesores; lo mismo las hermanas que los mozos del anfiteatro. Nos tiene seducidos por lo campechano y lo animoso. Diariamente vienen a visitarle muchas señoras. Nos da lástima. Es un tío que ha cumplido bien con las obligaciones de su profesión, haciendo una vida y llevando un régimen muy contrarios a su temperamento... Lo que sucede es lógico; no debe quejarse; así es que no se queja; dice y repite que está conforme con cuanto disponga Dios. Lo repito; mimado de señoras, como nadie. Una de las más asiduas es tu tía.
Ocurrióseme, al decir esto el doctorcillo, que para hablar un momento a solas con la Carmen, lo mejor era esperarla a la entrada o a la salida del hospital. Así lo hice. Al verla bajarse del tranvía de Atocha, acerqueme a ella con rapidez. Sorprendiose, y al través del velo de blonda pude notar el vivo rubor que se extendió por su rostro.
--Hola... ¿Tú por aquí, Salustio? --preguntó disimulando--. ¿Vienes a ver al Padre? Sube, que entraremos juntos.
--No vengo a ver al Padre, sino a ti --contesté resueltamente--. Como en casa te me escurres de entre los dedos, tengo que arreglármelas para encontrarte en otros sitios. ¿Quieres hacerme el favor de apartarte de la puerta y oírme? Cuestión de un minuto.
Dudó, y por fin se avino a aproximarse a la esquina de la calle del Fúcar.
--Quiero decirte --pronuncié tratando de hablar con aplomo y no sabiendo reprimir la agitación-- que me voy de tu casa. Me voy sin aguardar a que pasen los exámenes. Pretexto, yo lo buscaré; pierde cuidado. Pero no quiero estar más allí.
--Tú... Pues haces bien... Ya me lo esperaba.
--¿Hago bien, verdad?
--Sí... Yo creo que sí.
--Eso quería saber... Nada más. Ahora... vuélvete a San Carlos. Si pasa alguno y nos ve aquí... Vuélvete. No: antes escucha otra palabrita. Me voy de tu casa, pero no me aparto de ti. Contigo estoy siempre, a todas horas. ¿Me has entendido?
Por detrás del enrejado de blonda la vi parpadear, demudarse, querer contestar algo y no poder... Me parecía que el golpear de su corazón hería a intervalos la estirada seda de su corpiño, y que en sus labios palpitaba una frase pretendiendo salir... Mas, en vez de hablar, alargome la mano, que cogí y deshice entre las mías. ¡Ay, Dios! no sabía soltarla... La evidencia de ser querido era para mí tan contundente y tan deliciosa, que me sentía del todo enajenado, en esa situación psíquica en que somos capaces de un desatino, y conociendo bien que es desatino, conocemos igualmente que no podríamos dejar de cometerlo. Estábamos los dos así, aturdidos, ella sin desprender su mano, yo sin aflojarla... Pasó un chiquillo silbando y arrastrando un carrito de madera; el estrépito del tranvía hizo retemblar el suelo... y nos encontramos desasidos, ella caminando hacia el hospital, yo inmóvil en la misma esquina.
Aquel día, al regresar a casa, planteé la cuestión de cambio de alojamiento. El pretexto se me había ocurrido al quedarme plantado en la bocacalle como un guarda cantón. Aseguré a mi tío que para salir airoso de los exámenes, necesitaba repasar con mis condiscípulos. Él me miró, calando con sus duras pupilas hasta el hondo de mi pensamiento.
--Tu verás lo que haces --respondiome--. No te digo ni sí ni no. Las fondas cuestan. No sé cómo lo tomará tu madre.
Y al mismo tiempo su expresión, más repulsiva cada vez, parecía añadir: «Vete enhorabuena. Tu presencia es enfadosa. Hice mal en traerte conmigo. Cuanto menos bultos, más claridad.»
Fuera de allí, pues, escribí a mi madre que me convenía repasar... etcétera... y me instalé en casa de doña Jesusa. La compañía de Portal me hizo bien, y por vez primera, después de bastantes meses, pensé en una cosa muy sencilla, muy insignificante, muy tonta... ¡En que sería conveniente aprobar el curso!
¡Realidad brutal y opresora! Cuando más queremos construir libremente el edificio de la vida soñada, acudes y nos pegas un empellón, recordándonos que hay en nuestro existir parte de mecanismo, de engranaje fatal, del que solo nos evadimos por medio de la poesía, la locura, el amor o la muerte. ¡Insufrible serie de ruedecitas dentadas, que van mordiéndose y comunicándose el movimiento esclavizador de nuestra fantasía y de nuestra sangre impetuosa, las cuales reclaman imprevistos, aventura, romance, drama!
Todo lo anterior significa que yo no estaba demasiado dispuesto a sufrir el examen. ¡Ay de mí! La atmósfera, cálida ya, de aquellos días de junio olía terriblemente a calabazas. Estábamos los de la Escuela que no nos llegaba la camisa al cuerpo; y sobre todo los que, como yo, se habían permitido divagaciones y extraordinarios, lujo vedado al alumno de ingenieros. Recordaba con horripilación que tenía en mi hoja faltas de asistencia no justificadas, con otras de puntualidad, que si no llegaban al corto número reglamentario, suficiente para fundar la pérdida del curso, eran bastantes para calificarme de alumno descuidado y despertar en el tribunal una prevención que había de traducirse por mayor rigor en las preguntas. Así como el acróbata que ha descansado mucho tiempo conoce la falta de flexibilidad en sus articulaciones y teme desgraciarse en la primer plancha, yo, oxidado por mi larga residencia en el país imaginario, me estremecía pensando en el instante crítico del llamamiento.
Con ardor de última hora me enfrasqué en los libros. Ciertas asignaturas no me entraban, no tanto por su dificultad, sino porque antes de meterles el diente había que sacudir la capa del polvo gris del aburrimiento y del fastidio. No se necesita gran esfuerzo intelectual para comprender pasajes como el siguiente, del _Tratado de las construcciones en el mar_: «Poëy llama la atención sobre una nube de forma especial (_globo cirro_ y _globo cúmulo_), figurando bolsas o vejigas, indicio seguro de tempestad inminente, que los meteorologistas ingleses denominan _Pocky cloud_ o _nube pustulada_...» Tampoco se requiere ser ningún Newton para hacerse cargo de que «los _fracto cúmulos_ son las nubes más bajas, según Poëy, irregulares y desgarradas en sus bordes, que, moviéndose con gran velocidad, atraviesan rápidamente la región cenital; en lo cual difieren de los _cúmulos_, que parecen estar inmóviles en el horizonte, por más que, según algunos, esta inmovilidad sea solo aparente». ¡Pero apréndase usted el relato de memoria sin omitir sílaba y poniendo mucho cuidado en no trabucar los _fracto cúmulos_ y los _cúmulos_! ¡Atráquese usted en dos o tres semanas de _puertos y señales marítimas_, de _caminos de hierro_, de _economía política_, de _derecho administrativo_, de _legislación de obras públicas_, cuando en el espíritu no hay sino conflagración y tormenta, y en la cabeza las vegetaciones azules y doradas del jardín de la fantasía!
¿Recuerdan ustedes aquella especie de símbolo con que yo solía expresar mi estado moral y psicológico, suponiendo que mi cerebro era un campo de batalla donde lidiaban incesantemente las rectas y las curvas, encarnando las rectas la vida real, el buen sentido y los severos estudios, y las curvas la imaginación y la pasión? Pues en el último período de mis trabajos, cuando convenía apretar las clavijas y echarme en brazos de las rectas, las curvas habían vencido, y un imposible, una novela, un extravío, un fantasma me sacaban de quicio, entregándome al desorden y a la irregularidad, y retrasando una vez más el término de mi carrera --la emancipación.
Quise recobrar en breve plazo el tiempo malamente perdido. El salir mis tíos a su excursión veraniega me devolvió un poco de serenidad para consagrarme a los libros. En ellos me sepulté, pasándome las noches en claro a fuerza de tazas de ese brebaje que conocemos por _café de exámenes_, y que hacemos echando un puñado de café a hervir en un puchero hasta que suelta todo el jugo, y bebiéndonos después a pasto la amarga infusión. Fue aquello una desesperada gimnasia mental, una carrera loca para recuperar lo que no se asimila en días, ni en meses. A veces sentía vértigos; parecíame que mi masa encefálica se volvía caldo y mi sangre se carbonizaba, por falta de sueño, de paseo y de reposo. Me acostaba cuando ya cantaban los pajaritos; dormía cuatro horas escasas; y el cuerpo no me pedía alimento; en ciertos momentos del día tuve hasta fiebre.
Como suele suceder en casos tales, hociqué precisamente en lo más fácil: en el condenado _derecho administrativo_. Respondí con lucimiento a dos preguntas, y al formularme la tercera, que carecía completamente de importancia, advertí como un agujero en mi cabeza, un espacio vacío donde no se dibujaba ni la nebulosa de una idea referente a aquella parte del interrogatorio. Lo dije con absoluta sinceridad:
--No me acuerdo.
Y al regresar a casa, con el _suspenso_ sobre el espíritu, ¡empieza a delinearse sobre el fondo de la memoria la necesaria respuesta...! Como placa fonográfica que en momentos dados repite los sonidos un tiempo depositados en ella, mi memoria devolvía automáticamente --cuando no se necesitaba ya-- la definición y las palabras mismas del libro... De tal modo me irritó aquella inútil y tardía facultad, que me di un puñetazo en la frente. Si pudiese emprenderla a cachetes con la memoria... la emprendo, de fijo.
XI
¡Qué a pechos lo tomó mi madre! El tropiezo momentos antes de llegar a la meta la desatinó. Sus cartas tenían que leer. Díjome claramente que me creía entregado a vicios o dominado por alguna bribonaza, la cual bribonaza me apartaba del estudio.
--Tu madre es muy lógica y razonable en eso --afirmaba Portal--. ¡Cómo ha de concebir que por patoso y desaborío hayas perdido el año! La verdad es que nadie se lo figura. Si Belén fuese la culpable... hombre, entonces...
El resultado de las sospechas de mi madre fue llamarme a Galicia. Quería verme por sus ojos, regañarme con su propia boca, enterarse de cómo me había dejado la enfermedad, averiguar a ciencia cierta el nombre y las truhanerías de la supuesta pirindonga, embaucadora y sonsacadora de inocentes alumnos... Mamá, desde la Ullosa, pretendía saber al dedillo todos los riesgos, emboscadas y escollos en que puede estrellarse un joven de mi edad, perdido en la vorágine cortesana. Desde este punto de vista, sus cartas eran a veces un tesoro de advertencias cómicas.
Su primer pregunta, al llegar yo a la Ullosa, fue algo parecido a esto: «¿En qué mano caíste? Vamos, sé franco con tu madre. No me ocultes nada. ¿Estás malo? Yo haré que te vea el médico de Cebre, que es una gran cosa. ¿Y tus tíos? ¿Por fin te dieron la patada, verdad? ¿Te fuiste de allí porque no podías resistirlos? ¿Tu tía es una empalagosa? Ya me lo sospechaba yo.» Todo se lo sospechaba la buena de mamá, menos lo único cierto...; y de fijo que si alguien se lo indica, ella responde con indignación: «Mi hijo no es capaz de andar en líos con señoras casadas. Tiene más decencia y mejores principios que todo eso. ¿Lo oye usted?»
Desde que descansé en la Ullosa, mi mayor deseo --¿quién no lo adivina?-- fue ver a la tití. ¿Dónde se encontraba? De fijo en el Tejo o en Pontevedra... No necesité mucho tiempo para averiguarlo: mi madre, con su pandilla de espías y noticieros, se mostraba siempre muy enterada de la vida exterior de aquel matrimonio. Justamente revelaba entonces mamá gran alegría y satisfacción por una particularidad que la lisonjeaba mucho: Carmen Aldao no estaba encinta...
--Puede que no tengan hijos --me decía sin disimular el júbilo.
Y yo, con tono y acento muy distintos, impulsado por otras esperanzas, bien diferentes de las de mi madre, contestaba sordamente:
--¡Puede que no los tengan!
Pocos días después, mi madre se manifestó alborotada y preocupada por noticias frescas, también referentes al matrimonio. Con aire misterioso vino cierta mañana a despertarme, trayendo en la mano una carta de Pontevedra.
--¿No sabes lo que escribe Josefina Montero? --preguntó en tono enfático, que no se explicaba por la importancia de la nueva--. Tus tíos se han ido a los baños de la Toja.
--¿Está enferma Carmen? --pregunté con ansiedad.
--No, es él... Tiene un golpe de erisipela feroz.
Todavía añadió mamá otro parrafito chismográfico.
--En Pontevedra no hay más conversación sino de Candidiña, la mujer del señor de Aldao, y lo que va a suceder entre ella y su hijastra. ¿No sabes? El viejo, después que se casó de tapadillo y negó la boda a puño cerrado los primeros meses, de repente se desvergonzó y... me sale de bracete con la chiquilla. Es una irrisión verlos por las calles, ella tan maja y tan sobresaliente y él arrastrando los pies. El bajón que ha dado en poco tiempo D. Román no te lo quiero decir. Un espectro. Ella parece que le hizo tragar que ya tuvo un mal parto; y el viejo está que se le cae la baba pura. Te digo que ahí se prepara un sainete. Algunos cuentan si Castro Mera los visita o no los visita... Habladurías; pero bien empleadas le están al vejete. Últimamente ella encargó a París un sombrero. ¿Qué tal? ¡Candidiña con sombrero de París!
Manifesté mi indignación contra semejante abuso, y pocos días más adelante supe, por la acostumbrada estafeta que comunicaba los acontecimientos a mamá, cómo muy en breve regresarían a Pontevedra mi tío y su mujer.
--Dicen que Felipe viene bastante mejorado. Lo dudo.
Y preguntando yo por qué dudaba de la mejoría, respondiome moviendo la cabeza:
--Al tiempo, en fin, ahora vienen a Pontevedra porque quieren armar unas fiestas muy lucidas, más lucidas que las del año anterior; tu tío y Castro Mera son los que revuelven el cotarro... Dicen que no se habrán visto otras iguales. Intrigas de ellos; yo te enteraré, para que no te chupes el dedo como los bobos. Dochán... ¿no conoces tú a Dochán? pues es un tuno muy largo, aún más largo que tu tío, al menos para estas intriguillas de por aquí; en Madrid no sé; hablo de esta tierra. Así que Dochán vio que tu tío se casaba, tomaba el tole y dejaba el campo libre, discurrió que él podía hacerse dueño de la provincia agarrándose a los faldones de Sotopeña. Procuró metimiento con Lupercio Pimentel, le llevó la corriente, supo adularle en dos o tres cuestiones... En fin, él se las arregló de manera que Sotopeña diese de codo a tu tío y empezase a servirse para todo de Dochán. Por poco le revientan lo de la casa de Correos; solo que Castro Mera paró el golpe. Pero minaron el terreno en cuanto se refiere a la Diputación: echaron abajo al Presidente, que era suyo, y plantaron a otro: dos cuartos de lo mismo en las Comisiones; en fin, no hay hechura de tu tío que no dance. Ahora, solo para darle un bofetón --como que desde que se casó don Román, tu tío anda en pugna con el cuñado-- le regalaron a este la plaza que pretendía en el hospital. Felipe está que brama; y no sabiendo qué hacer para desprestigiar al _Santo_, dicen que mandó poner en _El Teucrense_ unos artículos terribles descubriendo mil picardías... Además, Castro Mera, que es listo como una pólvora, tanto revolvió y tanto hizo, que consiguió que no le brindasen a Lupercio Pimentel la presidencia del Certamen literario... ¿se dice así? eso, el Certamen. A pretexto de que nos hacía falta un literato muy famoso, les metió en la cabeza convidar a uno que se llama... ¿me acordaré? Sí... don Apolo Añejo...
Echeme a reír: conocía al personaje por las pullas de la crítica festiva, por la continua zumba de los estudiantes, que habían personificado en el autor famoso elegido por los pontevedreses la literatura de redoma y la poesía momificada.