Part 7
Sentí una revolución en mi ser. No me reprimo en aquel instante si me ofrecen la gloria. Estábamos solos en la casa, porque los criados hallábanse recluidos en la cocina, al extremo del largo pasillo. Comprendí que rara vez vería a mi tití tan fuera de su reserva acostumbrada; o, mejor dicho, no reflexioné sobre el caso, sino que me dejé llevar del instinto, el más seguro consejero en guerra y en amor, y ataqué a la pobrecilla con este inesperado ardid:
--Pues ya que te empeñas... pecadora serás. Si es pecado lo que se hace contra toda voluntad, lo que nos impone una fuerza superior a nosotros mismos... entonces, pecadora eres, a pesar de tus buenos propósitos.
Alzó la cabeza y me miró con inquietud y ansiedad.
--¿Que te repugna tu esposo? --osadamente--. ¿Que no le puedes sufrir? Pues más mérito si le sufres. ¿Que mi compañía te presta... alguna distracción... o algún consuelo? Pues más mérito... más mérito si huyes de mí, y no me permites que me acerque, y ahora mismo te desvías y te arrinconas en el diván para no tocarme ni al pelo de la ropa. ¡Santa, santiña! También para ti hay tentación y corona... No todos los cilicios son de cerdas, ni es el pan duro y las hierbas sin sal la comida que peor sabe... ¿Verdad, Carmiña? ¿Verdad? Di que sí.
Articulé estas últimas palabras en voz baja, y con ese tono pasional, que ni se finge, ni se oye impunemente. Fascinada por el mismo terror que la causaban sus impresiones, mi tití calló, volviendo el rostro. Así permaneció un momento, que yo aproveché para asir otra vez su vestido (no me atreví a las manos) y besarlo con tal unción, que ella gritó como si la mordiese en su carne:
--¡Salustio! ¡Salustio!... De vergüenza estoy que no sé lo que me pasa... O te vas, o salgo a la ventana y grito... Te digo que te vayas... y también que no vuelvas a hablarme en tu vida de semejantes cosas... Es ridículo y bochornoso... Pero tú ¿qué te has figurado? Hasta me tiembla la voz... ¿No comprendes que es una cobardía muy grande meterse con quien no tiene defensa?... ¡Cobarde! No me importa que te parezca mal... Viéndote tan inconveniente me crezco... Ahora te digo que vas a irte por la posta.
Yo me había corrido algo en aquella extraña conversación. No podía retroceder; no había términos hábiles. Además, mi sangre, mi cabeza, mi corazón, eran cráteres furiosos. No contesté, pero mi mismo silencio me dio fuerzas para sujetarla por la ropa y cogerla con dulce violencia las manecitas, contra las cuales apoyé mis mejillas ardorosas y mis ojos, y restregué la frente sintiendo felicidad indecible, balbuciendo sílabas que pretendían, sin conseguirlo, formar palabras. Levanté después la cara y miré a Carmiña sonriendo, enajenado de ventura, sin soltar sus delgadas muñecas. Era mi mirada más elocuente que cuantas declaraciones pudiesen dirigirse a una mujer. Ella no necesitaba que yo le dijese lo que sentía; mis ojos, mi actitud, mi turbada voz sobraban para declararme. Hubo un momento en que por su rostro se esparció otra sonrisa tan luminosa como la mía; pero duró muy poco, reemplazándola una expresión de terror vivísima. Sin enfado, sin cólera, en tono suplicante, exclamó:
--Déjame, por Dios. Tengo que arreglarme y bajar a casa de Barrientos.
--No es verdad. Acaban de salir a paseo. Las he visto. Ni te toco, ni te sujeto --y al decir esto aflojé las manos--. Quiero convencerte de lo fácil que es matarle a uno de alegría. ¡Ay! permíteme que respire, porque soy capaz de ahogarme.
Me levanté y di tres o cuatro agitados paseos por el gabinete. Reía y lloraba a un tiempo. El convencimiento de la realidad tanto tiempo sospechada me aturdía, y, a poder, me hubiese alejado de allí como el niño que roba dulces y tiene prisa de huir para comérselos a solas. Carmiña, encogida en el ángulo del diván, escondía la cabeza entre las manos. Lo que para mí era revelación de ventura, constituía para ella el descubrimiento de un crimen. Ahora veía la mujer fuerte que yo no era meramente el sobrinillo cariñoso y animado, la cara simpática de la familia, sino el _hombre_ --aquel ser que la mujer apetece como la materia apetece la forma--, el único _hombre_ del mundo, porque los demás no tienen existencia real en la esfera del sentimiento... Ahora comprendía que su alma, al huir de los brazos conyugales, donde solo quedaba el cuerpo inerte, se iba en busca de otra alma, la mía, sin saberlo y sin permiso de la honrada voluntad. Ahora averiguaba por qué no tenía ánimos para entrar en la iglesia, por qué adelgazaba, por qué sufría, por qué le hacía daño el sonido de las teclas al recorrerlas sus dedos, por qué se sentía tan alterada y tan... así... cuando la mujer buena ha de poseer un espíritu apacible, respirar placidez y serenidad, y dejar las crispaciones y las borrascas para las conciencias culpables y los corazones manchados e infieles...
En medio de mi alteración adiviné todo esto. El respeto, la lástima, el cariño delirante me dictaron la línea de conducta más discreta. Y fue acercarme a ella y decirla:
--Carmiña, ya me voy... Salgo de casa. No quiero que tengas por mí ni un minuto de contrariedad. No te pregunto nada. Sé cuanto me importaba saber. Ahora no te acecho más. Soy para ti como un hermano... ¿lo oyes? Quita esas manos de la cara, y déjame que te vea... que ya me marcho.
Separó las manos y apareció con los ojos secos, asombrados, mortalmente pálida. Pero al verme sonreír y dirigirme hacia la puerta, su mirada fue calmándose y destellando luz.
IX
Hay coincidencias. Quien lo niegue desconoce el juego variadísimo y complicado de la vida sentimental; quien lo niegue vegeta; no vive.
Al otro día de la fecha, memorable para mí, de la que en novelesco estilo se llamaría _la escena del diván_, entró mi tío a la hora del almuerzo, teniendo en las manos una carta: y al desplegarla, dijo con tono del que da una rara noticia:
--¿No sabes quién está en Madrid?
Carmiña, levantando los ojos, que tenía clavados en el mantel, preguntó con la indiferencia del que espera pocas contingencias felices:
--¿Quién?
--El Padre Moreno.
¡Que si la hizo eco la nueva! Una impresión fulminante. Saltó en la silla y exclamó con voz entrecortada de júbilo:
--¿Que está... aquí? ¿Desde cuándo? ¿Y por qué no vino a vernos ya?
--Pues está hace dos días:... pero toma, entérate de la carta, y verás en qué consiste que no haya venido.
Tití se apoderó del papel con esa rapidez de movimiento que delata la emoción. Leyó para sí prontamente, interrumpiendo la lectura con frecuentes exclamaciones.
--¡Ay, Jesús! ¡Y yo que no sabía nada! ¡Pues el Padre no me había escrito ni esto! ¡Ave María Purísima! ¡Qué decidido! ¡Ay, pobre!... Cojo el velo y allá me voy. ¿Vienes, Felipe?
--Ve tú ahora --dijo el marido demostrando que no le atraía la excursión--. Yo iré por la tarde, o mañana. No estoy vestido, y tengo que contestar una carta muy larga a Castro Mera.
--¿Pero qué le sucede al Padre? --interrogué con curiosidad--. ¿Puede saberse? Sentiré que sea cosa mala.
--¡Vaya si es mala! --exclamó con su acostumbrada vehemencia mi tía--. Y que se lo estaba profetizando siempre. Me le sacan de Marruecos, un clima tan caliente, y le meten allá en Compostela a aguantar humedades y fríos. Es natural; ha cogido una enfermedad y a Andalucía en busca de mejor temperatura. Y apenas llega ya a Andalucía, ve que el mal es más grave de lo que pensó, y tiene que venirse aquí a que le hagan una operación, probablemente dolorosa. ¿Y sabes dónde se encuentra? En San Carlos. Tiene allí un amigo, el médico Sánchez del Abrojo. Hay que ir a verle sin tardanza. Su carta es alarmante; se conoce que el Padre está aprensivo. Pues él poca aprensión acostumbraba gastar... Valiente como él solo. Para que diga que va a morirse... Allá me voy sin más.
--Almuerza primero --advirtió su marido.
¡Valiente almuerzo! En el comedero de un pájaro cabría. Antes de los postres se levantó, y a poco rato volvió a presentarse vestida de mañana, con aquel sencillo trajecito negro y aquel velo de blonda que yo conocía tan bien. Entró como indecisa, apoyándose en la sombrilla de tafetán tornasol y sacudiendo los guantes, que no se había calzado aún. Miró a su marido y le hizo seña, llevándosele a un rincón para decirle algo muy reservado. Por discreción me aparté, pero no tanto que no viese el gesto indefinible que acostumbraba hacer mi tío cuando se veía obligado a gastos que no figuraban en su presupuesto. La tití no tardó, sin embargo, en deslizar en su bolsillo un billete dado por el esposo.
Por la tarde aproveché las pocas horas que tenía libres, yéndome también a San Carlos. Quiso la casualidad que al doctorcillo Saúco le tocase aquel día hacer guardia pues era uno de los seis profesores que turnan en la asistencia del hospital. Mi paisano manifestó gran alegría al verme y se empeñó en hacerme cumplidamente los honores de la casa.
--Es preciso que veas las clínicas, y los baños, y el museo, y el paraninfo, con el techo de Padró... Mira, tu fraile no está en ninguna clínica, ya lo supondrás: le hemos dado el cuarto que se reserva para los enfermos de campanillas. Es un fraile muy tratable; ya nos hemos hecho tan amigos en las pocas horas que hace que le conozco. Sube... es por aquí, al final de este pasillo, antes de la balconada... ¿Se puede entrar?... Que sí... Pasa, hombre.
Pasé, en efecto, y el fraile, al ver entrar, una visita, se incorporó trabajosamente en la butaca.
A un mismo tiempo veía yo dos figuras, y las dos eran del Padre Moreno; pero ¡cuán diferentes! La primera, la que yo había conocido en el Tejo pocos meses antes: aquel moro tostado por el sol del África, de brillantes ojos, cetrina tez, vigorosas proporciones, negro pelo, cuello robusto, voz timbrada y viril, fuertes músculos, viva complexión y ánimo resuelto. Y la segunda, la actual, un hombre amarillo como los cirios, consumido, de ojos pálidos, de mejillas hundidas, en que la descuidada barba tendía una triste pincelada azul, negruzca a trechos; de cabello que casi se había vuelto gris; de manos enflaquecidas, de labios sumidos, de encorvado dorso.
Daba dolor ver así a Aben Jusuf. Creo que si le encuentro en la calle no le conozco; tanto le había envejecido y desemblantado el mal. Él, en cambio, me reconoció a pesar de mis barbas, y con voz que intentaba ser como la de otros tiempos, me saludó:
--¡Hola!... Felices, don Salustio... ¿Conque también usted viene a ver a este pobre fraile?
--¡Vaya! --me apresuré a decir medio abrazándole--, y con mucho gusto. Ya sabe usted que se le quiere, Padre Moreno, y que tiene en mí un amigo de verdad. He sentido bastante saber que está usted malo. ¿Cómo se encuentra? ¿Qué es ello?
Con regazos de su antigua marcialidad, me contestó Aben Jusuf:
--¿Que qué tengo? Hijo, poca cosa... Una pierna que casi no sé si es de mi cuerpo o del ajeno. ¡Una pierna que tal vez sea preciso... rsss o ssrrr!
Hizo el ademán del que saja con un bisturí y del que sierra con un serrucho. Protesté estremeciéndome.
--Vamos, Padre... Valdrá más el ruido que las nueces. En diciendo que le reconocen y que le lavan la pupa con sublimada... ya está usted de alta.
--Bien, bien; eso se verá... y eso es lo que menos importa. Dios sabe lo que ha de hacer conmigo.
--¿No le decíamos todos --interrumpí regañando-- allá en la Ullosa, ¿se acuerda?, que no le convenía el clima de Compostela? Aquella humedad, aquel frío... ¡Para un sarraceno!
--Mire usted, caballero Salustio... lo que más conviene es hacer lo que se debe. Créalo... ¿Me ve usted en este estado, con la pierna así y con esta cara que parece que acaban de desenterrarme? Pues no me hallo descontento, ni cosa que lo valga. En todas partes se pueden coger enfermedades... En todas. Los males vienen pronto. Paciencia. Diga --añadió haciendo un esfuerzo y señalando hacia la mesilla colocada a su lado--, ¿quiere un buen habano? No tenga reparo en aceptar, que casi puede decirse que fuma usted de lo suyo. El doctor Saúco ya tuvo la amabilidad de aceptar uno, y lo alabó.
Volví la cabeza y vi el cajón abierto, con falta de dos puros no más, con sus ataduritas de los colores nacionales, y comprendí para qué objeto le había pedido cuartos Carmiña a su esposo.
--Padre Moreno --respondí-- ni fumo ni le puedo dar cigarros, porque soy un estudiantillo que no se permite esos lujos; pero algo haré por usted. Vendré aquí a menudo; y si necesita que le velen o que le acompañen, a todo me ofrezco.
--Mil gracias. Aquí me atienden perfectamente. Ningún enfermo con familia se puede alabar de mejor asistencia. Solo el doctor Saúco, que me abandona... Me mata de sed.
--¿No quiere usted admitir favores míos? --exclamé un tanto molestado por el tono en que se expresaba el fraile.
--Al contrario. Los quiero admitir, sí. Y tanto los quiero admitir... que he de pedirle uno muy gordo.
--¿De qué se trata?
--Ya hablaremos, ya hablaremos --respondió él mordiendo la punta del puro y disponiéndose a prenderle fuego.
Saúco, entendiendo a media palabra, se acercó al fraile, y señalando un frasquito:
--Ahí queda la poción... No se olvide usted de tomarla a cada cuarto de hora...
Nos dejó libres, y entonces el fraile se preparó a hablar, echando una lenta y golosa chupada.
--Y ese favor que quiere pedirme... sepamos... ¿está en mi mano hacerlo?
--Claro que sí. De otro modo no se lo pediría.
--Sepamos con qué se come el favor.
--Pues allá va. Mi enfermedad no es en la lengua. Hablo más claro que nunca. Lo diré en dos palabras. Con cualquier pretexto... queda a cargo de usted el inventarlo, y sin dilación ninguna... yo le ruego... que se marche de casa de su tío, a una posada.
Me quedé mudo, sin saber qué cara poner.
--Se lo suplico a usted, caballero --insistió el fraile--. Ya ve usted cómo tienen sus achaques al Padre Moreno, para que llegue a suplicar estas cosas. Que si estuviese en mi estado normal, pudiendo andar con mis piernas y servirme de mis brazos... no le pediría a usted... ¡Caramelo! ¡Qué había de pedir!
Incorporose en la silla, olvidado de su padecimiento, transfigurado, echando chispas. Desde que había empezado el corto diálogo, se animaba gradualmente; sus pómulos de cera dejaban transparentar la infusión de la sangre, y me pareció verle restaurado a su prístino ser, arrogante, intrépido, como en sus tiempos mejores.
--Padre... --murmuré--. Poco a poco... Eso no es tan fácil como usted cree; y me parece que, cuando menos, tengo el derecho de preguntar: ¿por qué se me pide que dé ese paso?
--Yo tengo el derecho de no contestarle --respondió el Padre--; pero no quiero hacer uso de él, y respondo sin ambajes, categóricamente, con arreglo a mi genio y a mi tipo. Deseo que salga usted de casa de D. Felipe, porque no debió de entrar en ella nunca; porque si está aquí el hijo de mi padre no se comete semejante pifia; porque a su tío le cegó el buen deseo... o la idea ruin de ahorrar unos ochavos... cuando discurrió la incongruencia de que usted viviese a mesa y mantel con un matrimonio joven... o nuevo, o como se le antoje llamarle; y porque en todo este arreglo de vida familiar, ha habido poca prudencia y tacto y ninguna sal en la mollera, y es tiempo de poner coto a semejantes chapucerías.
Dijo esto el Padre con tono cada vez más coercitivo; pero de repente le vi palidecer, llevarse la mano al muslo y derrumbarse en el sillón, exhalando un gemido sordo.
--¡Ay... ay... Moreno, Moreno! --pronunció hablando consigo mismo--: Moreno, ¡qué echadito estás a perder! Hijo, eres una pura plasta... Salustio, ¿quiere usted pasarme este vaso de agua o de porquería, que está ahí? ¿La cucharita? Apuremos esta pócima.
Hice lo que me pedía; tomó el remedio, y recostó la cabeza sobre el almohadillado del respaldo. Así que dio señales de reanimarse, anudé la desatada conversación:
--Padre... usted comprende que yo no puedo salir ahora de casa de mis tíos. Llamaría la atención. Los exámenes se acercan; estamos a las puertas de junio...
El Padre me miró con leve expresión burlona.
--No entre usted a examen. Se lo aconseja Silvestre Moreno. Lo que es este año... perdigón, como dicen ustedes.
No dejó de amoscarme aquella ironía y aquel afán de meterme en lo que, a mi entender, ni le venía al fraile moro.
--Hablemos con calma, Padre --dije resueltamente--. Usted, con ese ruego o, mejor dicho, esa orden de despejar el terreno que me está dando, parece suponer cosas que... vamos... que pueden redundar en ofensa de Carmen.
--De la señora de su tío de usted.
--Bien, de la señora de mi tío... Como usted guste. Hablemos sin circunloquios ni reservas mentales. A mí no me duelen prendas. Hace un año próximamente que nos hemos conocido... ¿verdad? y aquel mismo día conocí yo también a la señorita de Aldao. A un tiempo supimos usted y yo que ella se casaba sin amor y hasta con repugnancia verdadera; y al saberlo... usted, Padre, aprobó... y yo desaprobé y protesté, y lo dije. ¿Se acuerda de nuestra conversación, la tarde de la boda en el soto del Tejo, cuando usted rezaba sus horas tan pacífico y yo casi lloraba? ¿Sí o no? ¿Se acuerda?
--Sí, señor... me acuerdo... --contestó el fraile--. ¿Y a qué viene recordármelo?
--¿A qué? Yo aseguraba que aún había medio de deshacer la boda; profetizaba que era un desatino, pero gordo... y usted me mandó a paseo... y me dijo que tenía una jumera. ¿Es verdad, o es mentira?
--Como el Evangelio. Y la tenía usted; solo que por lo patético y lo fino.
--Bueno: el asunto es que usted no hizo maldito caso de mis presentimientos. Ha pasado un año, y en él ha perdido usted de vista a Carmiña. Vuelve a encontrarla... y como se lo pronostiqué: desgraciada, triste, enferma de repulsión... ¡y ahora el Padre no querrá confesar que me sobraba razón por cima de los pelos!
--Lo que oigo --gritó el fraile ya montado en cólera-- me da ganas de enviar al rábano la pata mala, y levantarme y hacer con usted una atrocidad. Todo es puro desatino y absurdos sin ningún fundamento: perdone usted si me expreso tan rotundamente... ¿Carmen desgraciada? ¿Y por qué? Va usted a descifrarme el enigma. ¿En qué la falta su esposo? ¿Qué motivos razonables de disgusto la da? ¿No la quiere, no la acompaña? ¿No la trata bien, según su carácter, que cada cual tenemos el nuestro? ¿Qué plato le ha tirado a la cabeza? ¡Me indignan --y repito que pido a usted excusas si la forma es ruda y poco parlamentaria--las alharacas con que usted me viene!
--Y a mí me indigna su modo de sentir y de pensar de usted, Padre --repliqué no menos airado que el moro--. ¿De modo que en no tirando platos ni solfeando con una tranca, ni trayéndose a casa una pindonga, ya no tiene derecho a quejarse una mujer como Carmen Aldao? ¿Lo cree usted de buena fe? ¿Se atrevería a jurar que no es indispensable en el matrimonio la paridad y la simpatía de las almas, el cariño mutuo, todo lo que allí falta y faltará siempre? ¿Piensa usted que una mujer elevada, sincera, efusiva, amante, puede resignarse a vivir con un hombre sórdido, bajo, inmoral e intrigante, esclavo de la materia? ¿Es así? Según el criterio de usted, en extendiendo los dedos y refunfuñando cuatro palabras en latín, las incompatibilidades más profundas desaparecen, y los espíritus se asimilan y se funden por ensalmo. Una bendición... y acabose todo. ¿Ya no hay más?
--Y para usted --replicó el Padre, dominándose y articulando con voz sonora y profunda-- el matrimonio es asunto de mero deleite; en no gustándole el cónyuge a la cónyuge, y viceversa... lazo roto. Dios ha de crear para nuestro uso propio y exclusivo un ser exento de faltas, enteramente conforme al patrón que se traza nuestra fantasía; y si resulta que no es aquello, ¡zas! allá van el sacramento y los deberes al traste. El sensualismo...
Esta palabra cruda y teológica me hirió en el alma, y salté protestando.
--Padre, ustedes los sacerdotes que ejercen en el confesonario, y se han abstenido del trato con mujeres, no distinguen de colores, no ven más que un aspecto de las cosas, y a veces calumnian los sentimientos más nobles y más limpios. Calumnia involuntaria, pero calumnia al fin, y calumnia que irrita a los que nos sentimos inocentes. Usted, al parecer, me atribuye la suposición de que mi tía no es feliz con su marido porque este no la agrada así... materialmente, en sus condiciones físicas. Lo cual es una enormidad, y ¡no se lo perdono a usted!
--¡Naranjas y piñones! --exclamó el fraile ya fuera de sí--. ¿Conque no hay sensualidad del espíritu ni extravíos de la imaginación? Y, además, a mí no me venga usted con flores retóricas. Yo no comulgo con ruedas de molino. Detrás de esos descontentos que usted supone, habría --si no fuesen inventados por usted-- lo que hay en el fondo de todas las cosas de la misma índole: el fuego de la concupiscencia y el aguijón del diablo. Por fortuna nada de eso existe más que en la fantasía de usted. Carmen es feliz con su esposo, todo lo feliz que se puede ser por acá, en este valle de... rabietas: su conciencia y su honor están intactos, y si yo quiero que usted se salga de la casa, no es porque vea en su presencia peligro, sino porque puede verlo el mundo, y la fama con un soplo se enturbia. Usted, que me recordaba hace poco nuestra conversación en el soto del Tejo, ¿se acuerda también de lo que tratamos en la Ullosa? Me parece que le dije que no le tendría por hombre honrado si se acercaba de una manera sospechosa a la mujer de su tío.
¿Por qué me escocieron tanto estas palabras del fraile? ¿Es que veía surgir formidable obstáculo, no al logro de mis deseos, pues no los fijaba en cosa concreta, sino a mi reciente y deliciosa plenitud de felicidad ideal? No lo sé. Solo afirmo que sus palabras me encresparon, y que en un arranque de independencia y rebeldía, determinado a echarlo todo a rodar, exclamé:
--Pues, Padre, tengo el sentimiento de decirle lo que no le he dicho hasta la fecha. Que es usted para mí una persona respetabilísima, apreciable como pocas, simpática, digna; que estoy convencido de ello y que lo repetiré en todas partes; pero de ahí a que le tome por doctor infalible en cuestiones de moral, va tanto como de aquí a Montevideo. Yo puedo ser honrado a carta cabal, aunque no se lo parezca, y si, porque me interesa una mujer que es infeliz --infeliz, infeliz, aunque usted lo niegue--, pierdo para usted el prestigio de hombre honrado, juro que me importa un bledo. Vamos a llevar la cuestión al terreno más arduo para que vea que soy franco y que no me duelen prendas más que a usted. Suponga que, efectivamente, estoy enamorado de mi tía Carmen. Pues esto será una desgracia para mí, y acaso un peligro para ella (ya ve que concedo bastante); pero lo que es a mi honradez... ni le quita ni le pone.
Hice de propósito, una pausa, a fin de que la frase siguiente cayese como una piedra sobre el cráneo de Aben Jusuf.
--¡Ni a la de ella tampoco!
¿Quién pintará la metamorfosis que al oír esta última herejía se obró en el semblante del fraile sarraceno? Sus ojos vibraron llamas y fuego, rodando en las órbitas, con todo el brío de sus tiempos mejores; las facciones, ya tan acentuadas de suyo se movieron como si las levantase un cataclismo interior, dibujándose en ellas arrugas profundas y fuertes, rígidas, casi metálicas; en el primer momento, no pudiendo hablar, aspiró desesperadamente el aire, según debe de hacer el que se asfixia. Pero aquella violenta impresión no se derramó en palabras, porque el hombre segundo, el que la religión de Cristo había injertado en el bravío tronco de aquella alma de africano, se sobrepuso y venció; y recobrando, mediante un esfuerzo inaudito, la serenidad... respondiome en voz algo bronca: