La prueba

Part 6

Chapter 64,023 wordsPublic domain

Si el deseo matase como la estricnina, por la voluntad, cien veces fallece mi tío. A solas, con los codos en la mesa y la frente sostenida entre mis palmas febriles, yo me saciaba del sueño fúnebre, y me entregaba al detestable goce de figurarme a D. Felipe extendido en el ataúd, con los ojos cerrados y las manos cruzadas. La pujanza con que me dominaba este deseo era tal, que nunca me subyugó así ansia amorosa. Si me hubiesen dicho entonces: «Elige entre tu tía vencida, demente, roja de vergüenza y de pasión, o tu tío rígido, yerto, cadáver», sin vacilar optaría por lo segundo.

Claro es que no se me ocultaba la monstruosidad de la idea. Tanto la comprendía, que ansiando libertarme de la absurda y estéril figuración, solicité más que nunca el trato de Portal, única persona capaz de librarme de mis obsesiones y combatir a los endriagos y vestiglos de la fantasía con las armas de la risa y del ingenio. Desgraciadamente, mi simpático Sancho Panza andaba entonces ocupadísimo, no solo en la labor de fin de curso, sino con su otra gran labor sentimental. A pesar de sus alardes de independencia y despreocupación, de asegurar que él tomaba _aquello_ con extraordinaria tranquilidad y filosofía, si se perdiese mi oportunista, que le buscasen al canto de _Mo_. No desperdiciaba coyuntura de amar perdidamente.

Para ver algunos ratos a Portal fue preciso seguirle a su polo magnético, o sea a casa de los _Mos_. Me empeñé en ser presentado, y no habría transcurrido media hora desde la presentación, cuando percibí lo que mi orensano se guardaba bien de confesar: que el padre de _Mo_ era al mismo tiempo que cabeza de patriarcal familia... _ministro del Señor_, o en lenguaje más llano, clérigo protestante.

¿Por qué se lo tendría tan calladito el camarada? Yo lo había sospechado alguna vez, sin verdadero fundamento puesto que Luis, al preguntarle las condiciones del _futuro suegro_, invariablemente respondía: «Conste que no voy allí con carácter de yerno...: pero el papá de _Mo_ es un sujeto apreciabilísimo... y la mamá... ¡Ah! Lo que es esa... No he visto nada igual.» El cuidado en no especificar la profesión del apreciable sujeto no había dejado de escamarme... Repito que me cercioré de la verdad al poco rato de haberme sentado en el sofá del señor Baldwin --que así se llama el pastor.

Este tenía el tipo agigantado y pletórico de la pura raza sajona: eran sus patillas del mismo color que la tez, exceptuando la frente, blanca y tersa como la de un niño. En tres años de residencia en Madrid no había logrado amoldar su laringe a la pronunciación española; y ningún inglés de sainete o caricatura dice cosas más grotescas que el señor Baldwin cuando intentaba servirse de nuestro idioma para algo que no fuese gruñir: «_Buons dis... com stá._»

Nadie encontraría explicación satisfactoria al fenómeno de que la comunión evangélica hubiese enviado a tierras apostolizables tan tosco misionero, a no existir la misionera o pastora mistress Baldwin mujer singular, a quien tuve desde el primer instante por un milagro en su género.

Nada de la inglesa seca y angulosa, tipo convencional en las letras y en el arte. Muy al contrario. Para pintar a mistress Baldwin fielmente, hay que servirse de los tonos más armoniosos y suaves, las líneas más exquisitas y el más discreto claroscuro. Su rostro poseía esa uniformidad de color que hace tan aristocráticas las cabezas al pastel; sobre su blancura de perla destacábase el gris de acero de los ojos, en los cuales resplandecían algunas chispas áureas al sonreír. Sus facciones finas, pero de grandioso dibujo, expresaban constante afabilidad artificiosa, ya casi natural a fuerza de persistencia. Vestía con dignidad y decoro sumo: de azul marino o de negro, generalmente de seda, lo cual hacía que al andar o al sentarse su ropa tuviese un crujido señoril; llevaba al cuello una cadena de oro de muchas vueltas, sostén de la sabonetilla siempre en hora, reluciente por virtud del uso; y sobre sus cabellos grises, del gris polvoriento con que encanecen las rubias, alisados en bandós, usaba una especie de platito de encaje blanco, nítido de limpieza, planchado como una servilleta y acentuaba el óvalo algo ajado, pero de contorno puro, de su faz.

Desde que se entraba en la esfera de aquella mujer de tan distinguido continente, era imposible no ver en ella el punto matemático donde todos los radios tenían que converger y unirse. Su marido, hombrachón que la hubiese pulverizado de una guantada; sus hijos, alguno de ellos ya con veinte años y un aspecto de vigor para dar envidia a la raquítica raza española; sus hijas, entre las cuales descollaba _Mo_; sus tertulianos, y... es preciso decirlo de una vez, sus feligreses, sus ovejas, marchaban a paso redoblado por la ruta que les señalaba la mano prolongada, flexible, adornada con anticuados anillos, de la pastora.

Semejante mujer había nacido para el trono, o por mejor decir, para cardenal-ministro de un rey absoluto. Rebosaba en ella ese don de mando, esa autoridad encubierta por dulcísimas formas, patrimonio de las abadesas. Su sonrisa y sus modales tan refinadamente adamados, encubrían la voluntad más templada y férrea que ha dado nunca de sí la tierra de la perseverancia y del cerrado fanatismo. Bajo las apariencias hercúleas del marido, no había sino un pelele, un muñeco de trapos, que jamás poseyó la energía necesaria para sostener su desairado papel de apóstol de una creencia aborrecible a la inmensa mayoría de los españoles, y que a los mismos descreídos o racionalistas no nos cae en gracia. El señor Baldwin se larga de España con viento fresco a las primeras de cambio, si no le mantuviese la barra de acero, forrada en piel de guante, que tenía por esposa. Ella, la pastora, era quien se aferraba en hacer reflorecer los áureos tiempos de la calle de la Madera durante los años revolucionarios; ella, quien ideaba obras pías con fines de propaganda y ediciones de libros catequéticos; ella, quien... ¿Pero a dónde voy con reseñar las proezas de la matrona insigne? La verdad es que al ver así a mistress Baldwin, recostada en su butaca, apoyados los pies en un cojín, el codo puesto en el velador cargado de álbumes, ilustraciones, revistas y enormes diarios ingleses, era cosa de pensar que aquella señora vivía consagrada exclusivamente a recibir a sus amigos con un _chic_ de duquesa anciana.

Cuando entré yo en casa de los pastores, serían las cinco de la tarde. Dispensome la pastora atentísima acogida; y no digo _cordial_, porque de cordialidad no se trataba allí. Hízome sentar frontero a ella, y me preguntó minuciosamente por mi familia, mis estudios, mis aficiones. Al saber que me gustaba la música, puso los ojos en blanco, y su cara adquirió expresión beatífica. ¡Oh! ¡La _mioúsica_! Luego, al tratarse de mi carrera, elevó otro salmo entusiasta a la ciencia. ¡Oh! ¡La _sciensia_! Después, sonriéndome con una sonrisa que parecía estrenada para mí, me fue enseñando multitud de tesoros que formaban un pequeño museo: hierbajos, algas y conchas recogidas en Australia por ella, y que guardaba prensadas entre hojas de libros: y por último, en tono misterioso y confidencial, apoyó el dedo en la boca, y con el mismo aspecto extático, silabeó: «Van a cantar las niñas.»

Cuatro vi acercarse al piano pero ya entre ellas, mis ojos habían distinguido a _Mo_, sin necesidad de seguir la dirección de las miradas de Luis. Hube de confesar interiormente que, respecto a hermosura, no exageraba el oportunista. Por lo regular nos inclinamos a encontrar defectos físicos en las novias de nuestros amigos, como si así desahogásemos el involuntario despecho que causa la felicidad ajena, la amorosa sobre todo. Pues a pesar de esta tendencia, me vi precisado a reconocer que valía un imperio la señorita _Mo_. Deliciosa mezcla o fusión de los dos tipos paterno y materno, atestiguaba a la vez la fidelidad y legalidad de la pastora y las ventajas del cruzamiento entre sajones y normandos para la selección sexual. El color, la frescura de amanecer, la plasticidad del tipo, procedían indudablemente del pastor, que allá en sus verdes años sería un mocetón como un roble; y la finura de los rasgos, la distinción y pulcritud, de la madre. Sus ojos eran los de la pastora, ya acerados y dominadores, bañados aún en el fluido amoroso de la juventud. Por lo demás, Portal la había fotografiado: era exactísimo lo del oro del pelo, casi ceniza, lo de la blancura, y hasta lo de los hoyos tentadores que se dibujaban, a cada jugueteo del reír, en las mejillas tersas, aterciopeladas por el vello de un cutis del Norte, que aún no había curtido el recio clima continental de la metrópoli española.

Semejante pedazo de hembra explicaba todos los desvaríos en que pudiese caer el más escéptico y sesudo de los mortales. Si a los dones naturales reunía la señorita _Mo_ aquella sorprendente cultura de que mi amigo hablaba siempre, no se podía negar que Luis, al descubrir la joya británica, había tenido un hallazgo. Involuntariamente me sentí penetrado de consideración hacia Portal; convine en que aquel mozo había sabido desenterrar la gran mujer, y justifiqué sus hipérboles y su jactancia.

Al pronto, la casa de los _Mos_ me causó la misma impresión favorable, por su aspecto de orden y bienestar. La familia Baldwin había elegido una calle aseada y tranquila, sin malos olores de mercados y tiendas, ni estrépito de coches; desde sus ventanas se recreaba la vista en el arbolado de un jardín fronterizo, ventana inestimable en Madrid; en su saloncito los muebles eran prácticos y cómodos: había libros, grabados, flores; la familia aparecía limpia, sociable, disciplinada... Mi respeto hacia el pesquis de Luis se acrecentó, y a hurtadillas le dirigí un guiño que en nuestra charla familiar se traducía así: «¡Al pelo!»

Transcurridos los primeros instantes, después de haber visto y admirado los tesoros botánicos y zoológicos de la pastora, cuando las niñas se llegaron al piano para cantar, recordé que Luis me había ensalzado a su _Mo_ como a «la mujer del porvenir», hembra superior al nivel general de su sexo, libre de preocupaciones enfermizas; varonil en el mejor sentido de la palabra, que es el que implica fuerza, entendimiento y resolución. Hablo, por supuesto, poniéndome en lugar de Luis; pues quien haya seguido el desarrollo de mi vida afectiva al través de estas páginas, comprenderá de sobra que no prefiero tal clase de mujer, sino que estoy por _la otra_, la del pasado, la que por espacio de diez y nueve siglos ha venido siendo el ideal de la humanidad; la que en cierto modo ya lo era antes, pues sus rasgos esenciales difieren poco de los que trazaba Salomón en un bosquejo que no se ha borrado de la memoria humana. Pero aunque no me fuese posible aceptar más tipo femenino que el que cifraba Carmen, colocándome en el punto de vista de mi amigo, era capaz de discernir si _Mo_ realizaba aquel prodigio de la sociedad futura: la _mujer nueva_.

Si lo realizaba, no tardaría ella en manifestarlo, y en percibirlo yo. La seguí atentamente con los ojos cuando se acercaba al piano, a fin de acompañar a Alicia, su hermana segunda, que representaba de catorce a quince años, y llevaba todavía suelto y colgando el hermoso cabello semialbino. La chica perfiló una canción inglesa, que es tanto como decir sosa y agria, cuya letra sentimental trataba --a lo que pude advertir-- de un niño huérfano, abandonado por ciertos tíos muy crueles, que pide limosna, y acaba por quedarse tiesecito entre la nieve una noche de _Christmas_, a la puerta de un palacio donde se celebra espléndido festín. Acabada la tonadilla, sustituyó a Alicia su hermana Beth o Elizabeth, entonando otra canción no menos insulsa, solo que en ella no se trataba de niño huérfano, sino de la aspiración del alma que quiere tener alas para volar a la gloria, a la verita de los querubines. «_¡Wings!_ --mayaba la chiquilla--. _¡Wings... my God... wings!_»

Pensé que después de la segunda cantata no nos diesen más música, pero engañeme, porque inmediatamente salió al redondel un chiquitín, Edward, de calcetines cortos, pierna al aire y guedeja blonda; el cual nos regaló (ni al diablo se le ocurre) el terceto de _los ratas_ en _La Gran Vía_. ¡El terceto de _los ratas_! ¡Quién imaginara verlo salir de labios de aquel angelito, nacido en la quinta parte del mundo, pues Edward era australiano!

No se había agotado el catálogo de las sorpresas: así que hubo cantado y representado el benjamín, veo que se levanta la pastora, elige un cuaderno de música y se arrima al piano, rodeada de sus hijos. Calose la pastora las gafas de oro: quitose delicadamente sus mitones de seda, que puso bien doblados, sobre el velador; y contrayendo las cejas y apretando los labios como quien ejecuta una acción importante y absorbente, y acompañándose ella misma, rompió a entonar un cántico religioso, en que andaban como por su casa las _souls_ y los _sins_ (no pude entender más del texto). Al concluir la primer estrofa, toda la familia, agrupada en torno del instrumento, coreó el estribillo, y el mismo reverendo Baldwin, acercándose, poniendo su diestra sobre la cubierta del piano, arqueando su poderoso y elefantino esternón, sostuvo con voz becerril los falsetes de las muchachas. Miré a la cara de la pastora, y también a _Mo_. De los semblantes de las dos mujeres se había borrado la expresión habitual, en la una fina e insinuante, en la otra alegre y juvenil, sustituyéndolas --especialmente en la madre-- cierta exaltación sombría y dura, como se nota en los personajes de algunos cuadros de martirio. Volvime a ver qué gesto ponía Luis, y vi que no estaba en la habitación.

Acabado el concierto, nos brindaron una taza de té excelente, acompañada de una copa de Jerez y de ciertas golosinas que, si no recuerdo mal, se llaman _cracknells_. Me convidaron a que volviese, a que frecuentase la casa, y la pastora, sobre todo, me dijo con sorprendente cortesía:

--¡Oh! ¡Oh! Creemos que usted no dejará de venir a vernos de cuando en cuando...

Al salir desahogué con Portal:

--Esta gente será buenísima, todo lo que gustes; pero, vamos, que en devoción no se quedan atrás de la tití. Me huelen más a sacristía: te lo advierto.

--Ya sabes --respondió mi amigo secamente-- que los protestantes observan y practican su religión. No son como nosotros.

--¿Lo dices en son de alabanza?

--Sí y no --repuso un poco amostazado--. Sobre eso habría mucho que hablar.

--¿Y por qué tu _Mo_, esa señorita tan ilustrada, les deja a sus hermanos cantar adefesios y los canta ella?

--¡Qué sé yo! --exclamó el oportunista--. ¡Qué importa! Vamos, ¿qué tal? ¿No es guapa?

--De primera. Eso no puedo negártelo.

VIII

Y entretanto, ¿qué hacía la tití? ¡Ay! es lo único que aliviaba mi rabioso tormento: sufrir, sufrir probablemente cien veces más que yo. Sorprendida por la repentina asiduidad del esposo, doblaba el cuello; pero se desmejoraba, demacrábase su faz, y sus ojos relucían, como ascuas atizadas por la fiebre, detrás de los negruzcos párpados. Cualquier indiferente pensaría al mirarla: «Esta mujer está enferma. Peligra si no se cuida.»

Ocurrióseme un día hacer lo nunca hecho: seguirla cuando iba por la mañana a sus devociones. No sospechando que la atisbaba nadie, se entregaría libremente a aquella pena, único alivio de las mías propias. Puse por obra mi resolución. Dejando clases y dejándolo todo (¡qué me importaban las clases! ¡qué me importaba cosa alguna!) me aposté en la esquina aguardando que saliese Carmen. La vi aparecer, devocionario en mano, rosario en muñeca, velo de blonda a la cara, no sé si por modestia o porque el eterno instinto de coquetería de la mujer la enseña a entrecubrir el rostro cuando en él asoman los estragos la pena o de la edad. Iba con paso ligero, como persona deseosa de hacer ejercicio y respirar aire sano. Por la calle de Jorge Juan bajó a la plaza de Colón, y desde allí, con gran sorpresa mía, en vez de tomar hacia el Prado para dirigirse a las Pascualas, subió por la ronda de Recoletos. Diríase que, más que iglesia y oraciones, necesitaba esparcimiento, soledad, un paseo agitado, la ilusión de cierta libertad momentánea. Iba aprisa, tan aprisa, que el seguirla me costaba trabajo. Corría lo mismo que si huyese de sí propia o de algún perseguidor. No de mí: ni me había visto, ni me evitaría aunque me viese; al menos tal era mi convicción íntima.

Al final de la ronda dudó un instante qué dirección tomaría; por fin, describiendo con viveza un arco de círculo, se metió por la luenga calle de Almagro.

--¡Cosa más rara! --discurría yo--. Lo que es por aquí, no hay ninguna iglesia de las que ella suele frecuentar.

No la había tampoco en la calle del Cisne, por donde torció hacia Chamberí. Era evidente que aquel correteo insensato ni tenía objeto, ni finalidad, ni cosa que lo valga. Al fin llegó a las inmediaciones de una iglesia; dudó breves instantes, y acabó por no pasar el umbral del templo. Este suceso, insignificante en apariencia, me dio en qué discurrir.

¿No iba a la iglesia? ¿Por qué? ¿Es que no se atrevía a consultar con Dios sus pensamientos? ¿Es que Dios no tenía ya fuerzas para consolarla? ¿Es que la desesperación avasallaba tanto su espíritu, que no la permitía acudir adonde siempre encontraron alivio sus males?

Casualmente la misma tarde se vio mi tío obligado a ir al salón de Conferencias para activar no sé qué intriga, y Carmen se quedó en casa. Por no infundirla recelo, yo también salí, pero volví al cuarto de hora. Llamé despacito, a fin de que ella no prestase atención al campanilleo. Entré haciendo el menor ruido posible hacia su cuarto, y la sorprendí como deseaba.

Sentada, o, por mejor decir, caída en el diván; con la labor abandonada sobre el regazo; la cesta de los ovillos de lana a sus pies; las manos cruzadas y casi crispadas en torno de las rodillas; los ojos enturbiados por el dolor; la boca contraída en amargo pliegue; los pies juntos, como si cansados de recorrer penosos caminos aspirasen a inacción eterna... así la encontré. Había entrado sin que me viese, y pude considerarla buen rato. Al fin, no sé si el magnetismo con que la mirada llama por la mirada, u otra causa inexplicable, la avisó de mi presencia: se estremeció, se puso en pie, y sin decir palabra me dejó acercarme.

Cuando me vio a su lado, súbitamente, adoptando una resolución, pronunció algo semejante a lo que leerán ustedes:

--Oye, Salustio: voy a pedirte un favor por Dios y por lo que más quieras. Que no hagas estas tonterías de acecharme y de seguirme: Tú llevarás la mejor intención del mundo; pero confiesa que es una conducta rara... y, sobre todo, que me haces mucho daño, creyendo hacerme bien; que me angustias. Te lo repito: me afliges, me mortificas atrozmente. Si es eso lo que te propones...

--Carmen --le contesté con no menor vehemencia, y nombrándola, acaso por primera vez, sin el diminutivo regional--: tú ves visiones, y quieres hacérmelas ver a mí. Ni te molesta el interés que te demuestro, ni ese es el camino. Al contrario, te agrada: es lo único que te consuela. Y como te consuela y te agrada, pobre mártir, por eso, cabalmente por eso, tienes escrúpulos de una compensación tan insignificante, y has determinado privarte de ella. Lo sé, lo sé, lo adivino...

--Pues adivinas tonterías, y no sabes lo que te dices --contestó ella briosamente, muy nerviosa--. Ni hay tal alivio, ni tal compensación, ni absolutamente nada de eso. El llamarme mártir es un romanticismo bobo. Hazme el obsequio de decirme en qué soy mártir. ¡Mártir, mártir! ¡A cualquier cosa llaman martirio! ¡Qué ridiculez!

Bajo el influjo de su exaltación, accionaba, sus mejillas se arrebataban, llenábanse sus ojos de reprimidas lágrimas. No me arredré: comprendí lo campal de la batalla, y que la misma cólera de mi tía daba un mentís a sus afirmaciones. Conocí que estaba la señora de Unceta en uno de esos momentos en que el sentimiento hierve y se desborda, y en que se puede sacar partido de la fermentación del alma. Si yo me hallase enteramente dueño de mí, tranquilo y frío, tenía asegurada la mejor parte en la lucha; pero lo malo es que yo también empezaba a descomponerme. Mi sangre bullía, mi lengua no acertaba a dar forma a los pensamientos.

--Tití, cálmate --la dije--. Razonemos. No me niegues que tu vida es un martirio... Mira que yo, con esta manía de acecharte, sé mejor que tú misma lo que te pasa. Te he seguido día por día. ¡Como no pienso en otra cosa!

--Muy mal hecho --declaró la tití llorando casi.

--Muy mal, convenido, como quieras... detestablemente... pero es así. Desde el Tejo, desde tu conferencia con el fraile... ya ves que te lo confieso sin ambajes ningunos... desde el Tejo no he perdido ripio. He visto la paciencia valerosa de los primeros días... y la procesión que andaba por adentro; que andaba, señora, no me lo oculte usted. Después la alegría de la emancipación, cuando... cuando se... aflojaron ciertos nudos. ¡Ay, tití! ¡Qué alegre y qué guapa te habías puesto entonces! Y luego... _lo de ahora_... la calentura, la quina que tragas, lo que te consumes allá en tu interior... No, déjame acabar, que he de decírtelo. ¿Conque no es esto suplicio, y suplicio cruel? ¿O los martirios solo consisten en aquellas salvajadas que cuenta el Año Cristiano, los potros y los ecúleos, y los garfios de hierro que arrancan las costillas? ¡Carmen, Carmen! A otros engañarás, a mí no. No solo eres mártir, sino que eres santa, y a los santos...

Completé la frase con la acción; me incliné, y cogiendo a bulto por donde pude la bata de mi tía, la besé. Ella se echó atrás con violencia, y gritó entre ahogado llanto:

--Como vuelvas a decir ni a hacer bobadas así... o me voy de casa, o digo a mi marido que te ponga en la calle. Me estás molestando, pero de verdad, con tus consuelos, y tus novelerías, y tus comedias. Si me llamas santa otra vez, créelo, no te dirijo la palabra en mi vida, suponiendo que te mofas de mí descaradamente. ¡Cuidado con mi santidad! ¿Y quién te mete a ti a hablar de santos? Tú tienes unas ideas religiosas... así... nada más que medianas; lo que es de santos, confiesa que no entiendes ni pizca. Vaya, que si yo fuese santa... ¿para qué quería más? ¡Pues ya me había caído el premio gordo! ¡Santa! Me daría por contenta con ser buena, sin añadiduras. Tú no has leído vidas de santas ni de santos. Lo menos que hicieron fue dejarse cortar la cabeza o asar en las parrillas (al decir esto, se rio nerviosamente). ¿Crees tú que se contentaron con morir, y que por esa hombrada sola se fueron al cielo derechitos? ¡Anda, anda! La vida de los santos, antes del instante de prueba, había sido ya una serie de méritos. No habían aborrecido a nadie; habían dominado constantemente sus pasiones, y habían vivido como ángeles. Y yo...

--Y tú te juntas al que aborreces --interrumpí--, y tú te alejas del que... te es simpático... y tú trituras tus pasiones como la santa más pintada. No me vengas con santas a mí... Ninguna hizo más que tú.

--¡Avemaría, qué barbaridad! --exclamó sinceramente--. Si no estuviese tan incomodada por tus desatinos, ahora me reía a carcajadas. Hay para estarse riendo un año (y al decir esto se le soltó una lágrima gruesa, rápida y de esa bonita forma de perla que tienen las de las imágenes). Te digo que sí, que a carcajadas me reía, hombre. Las santas que siendo reinas se fueron a los hospitales a cuidar enfermos asquerosos; las santas que andaban llenas de cilicios que les hacían llagas y costras; las santas que comían diariamente un mendrugo de pan o unas hierbas cocidas y mezcladas con ceniza... ¡Hijo! No más simplezas; soy una pecadora... y esta conversación es ociosa y tontísima. No viene al caso que la llevemos adelante.