La prueba

Part 5

Chapter 54,176 wordsPublic domain

Lo inútil del sacrificio iluminó el rostro de la piadosa sacerdotisa del hogar. Leí en la cara de Carmiña un gozo sereno, esa sedación plácida que experimentamos después de haber salvado un gran peligro, y que presta tan simpática expresión al semblante de los marinos veteranos. El sentimiento del deber cumplido se unía al de la indulgencia de la suerte, para ensanchar su alma. Mas sin duda no quería que yo se lo dijese; temía a mi sagacidad. Los primeros días huyó de mí. Costome trabajo reanudar aquellas sabrosas y dulces pláticas de las largas tardes de mayo, cerca del piano o del costurero. Lo conseguí por último, y ella se prestó, entregándose nuevamente a la confianza desde que pudo advertir que no hacía alusiones al asunto escabroso.

Un día, no sé por qué resbaladizos senderos, que yo untaba de jabón a propósito, llegó la tití a interrogarme acerca de mis amoríos y mis noviazgos. Ella aseguraba que yo tenía novia. Yo solía entretenerla contando historias de mis amigos, por supuesto, las contables, pues me cortaría la lengua antes que derramar en los oídos de Carmiña una palabra ofensiva, o de dudoso sentido. ¡Eso nunca! Y sin embargo, cuando me preguntó de mí mismo, entrome un arrechucho tal de franqueza, que desembuché todo, absolutamente todo lo relativo a Belén, escogiendo formas y términos, pero sin quitar punto ni coma en lo esencial. Confesión auricular entera complaciéndome en inmolar en aras de la virtud la negra oveja del pecado. Me escuchaba tití con los ojos dilatados de curiosidad, el seno oprimido, el ceño un tanto fruncido; y, al final, no pudo menos de exclamar con voz opaca:

--¡Ay, Dios mío! ¿Y _eso_... sigue? ¿Vas a ver a _esa_... señorita muchas veces?

--¡Señorita! --contesté risueño--. ¡Valiente señorita nos dé Dios! No, tití... ya no voy a ver a esa señorita, como tú dices...

--Bueno; a esa... mujer.

--A esa mujer. Hace lo menos quince o veinte días que no piso aquella casa. Si quieres que no vuelva a pisarla nunca, basta con que digas: «Salustio, te prohíbo que te acerques a Belén». Y no me acerco en mi vida. Nada, no me acerco. Palabra de honor.

--¡Hombre... prohibir!... Yo no soy nadie para prohibirte eso. Pero me parece muy mal, muy mal, que vayas ahí ni a ningún sitio donde peques mortalmente; y si es lo mismo pedírtelo que mandártelo... te suplico que no vayas. Te lo ruego.

--Es lo mismo. No iré, tití, no iré. El pecado no me importa cosa mayor... pero por darte gusto, por darte gusto... ¿entiendes?

--Pues no me satisface que lo hagas por darme gusto: debes hacerlo por no ofender a Dios.

--¿Te contentas con que no lo haga?

--A falta de pan, buenas son tortas --respondió festivamente, revelando que la causaba verdadera alegría mi promesa.

¡Malicia y vanidad! Me figuré que también a ella la movía un impulso humano al rogarme que no viese más a la pecadora.

--Mira --le dije espontáneamente--, si dejo de ir a casa de Belén, no me lo agradezcas ni miaja. Puedo jurarte que no la quiero; que no me hace feliz esa historieta.

--Y entonces, ¿por qué vas?

--Pssh... Tonterías en que cae uno por... por sosera.

--¿No es bonita?

--Bonita sí; pero ¿qué importa su hermosura? Un objeto que no nos interesa nunca es hermoso, tití. Esto de la hermosura tiene su busilis, como todo. Está en el corazón. Allí sí que se ve claramente lo bonito y lo feo.

Se lo dije mirándola con ojos tan expresivos, que, según entiendo, no pudo dudar.

--Eres un bobo --pronunciaron los labios; pero la animación de la faz, la involuntaria expansión de la sonrisa, parecían murmurar: «Gracias, sobrinito. Me sabe a gloria lo que me dices».

Pronto tuvimos otro nuevo pretexto para confidencias y otro interés común. ¿De qué pensarán ustedes que se trataba? Pues de un suceso que, al parecer, debía sernos casi indiferente a los dos. Es el caso que mi compañero Dolfos, el zamorano, no pudo llegar al codiciado término de sus afanes. El destino le impidió dar cima a la empresa magna y mortal. Faltábanle, para acabar de subir la cuesta, solo dos escalones, un par de asignaturas, una bicoca; pero la naturaleza se plantó, diciendo: «No paso de aquí. Se ha consumido todo el aceite de la lámpara. Conmigo no se juega impunemente». El asiduo cayó en cama, y todavía, luchando con la disnea, en el último período de una tisis caseiforme, insidiosa al pronto y que al final corrió a galope tendido, aún quería llenarse la cabeza de científico plomo. En el lecho, donde le clavó lo que él llamaba su «catarro de primavera», no soltaba los libros, y mediante piadosa engañifa de la imaginación, mientras los demás veíamos ya su cuerpo en el ataúd y su pobre cerebro estoposo ahíto de matemáticas sin digerir, él veía el examen decisivo y postrimero, el diploma, la salida de Madrid, la llegada a Zamora, y la anciana paralítica, que, al oírle levantaría la cabeza, temblorosa de placer, y no pudiendo moverse del sillón, extendería las manos para tocar más pronto la ropa del nieto querido... Mi tití, sabedora de la apurada situación del buen Dolfos, no se enternecía tanto por él como por la viejecita que esperaba a su niño, y que, en vez de recibir al ser amado, dejaría caer en la falda, de las manos inertes, el telegrama horrible...

--¡Dios mío, infeliz anciana, infeliz señora! --exclamaba Carmiña, inundada de compasión--. ¿Creerás que sueño con ella muchas noches? No la conozco, pero me la figuro; me parece que estoy viéndola. Me parte el alma. No sé qué me sucede cuando pienso en lo que la espera. Di, ¿y él sin aprensión ninguna?

--Ni tanto así. Lleno de ilusiones, persuadido de que en cuanto se meta el calor y pase esta mala temporada, y se examinen y le aprueben y salga ingeniero, se largará a Zamora chorreando salud. La condición de su mejoría es acabar la carrera... y el desdichado no la acaba.

--Dejarle con sus quimeras. Tiempo tendrá de saber lo peor. Cuando el médico diga que está muy grave... eso sí... entonces... hay que prepararle y que se confiese. ¿Me das palabra de que no se irá al otro mundo sin sacramentos?

--Te la doy --respondí, dándole también el corazón en una sonrisa--. Por ahora no le desengañamos, ¿a qué? ¡Si así es más dichoso!... Ni a la abuelita de Zamora se le dice nada.

--¿Y no hay esperanza?

--¡Quia! ¡Esperanza! Nos vemos y nos deseamos para conseguir que doña Jesusa no le eche de casa. La aseguramos que el médico responde de él...; pero la patrona no es lerda, y bien adivina que el huésped se las lía por la posta.

A los pocos días advertí a Carmiña que aquella noche me quedaría velando a Dolfos, el cual se encontraba ya en los últimos. Mi tití se arrasó en lágrimas al oírlo. Con ímpetu indecible exclamó:

--¡Si vieses de qué buena gana te ayudaría a velar! ¡Me da tanta lástima!

--Si tú vas a velarle, ten por seguro que cura --murmuré piadosamente.

Me acercaba al pasillo, cuando me llamó para suplicarme que «no me olvidase del confesor».

No estaba Dolfos para curar, aunque le velasen los serafines. La muerte no soltaba su presa. La abuela no le verá nunca más en este mundo. Solo llegará hasta ella un papel azul, seco, breve, transmitido por el rayo, que será para la anciana otro rayo de dolor... «El hijo de tu hija está en el féretro; le alumbran cuatro cirios. Aunque vengas y le beses, y vuelvas a besarle con toda la ternura de tu corazón dos veces maternal, no abrirá los ojos, no pagará tus caricias, no sonreirá para decirte: Ya tengo carrera... no te apures... desde hoy seré tu sostén. No. El telegrama, solo el telegrama... y para ti el eterno desconsuelo, hasta que la muerte, que parece olvidarte, te recoja desdeñosamente y te administre la gran medicina.»

VI

Recuerdo los últimos días de mayo, como se recuerdan las fechas críticas; y sin embargo, en ellos no me ocurrió cosa que en apariencia merezca referirse; porque mi historia es rica en detalles internos, pero exteriormente monótona y vulgar. ¿Qué sucedió en aquella quincena, para que yo la distinga y la señale con tinta roja o con piedra negrísima? ¿Qué sucedió? ¡Ah! Una cosa sencilla, legal, sancionada por la sociedad y por Dios; una cosa que debe regocijar a las gentes bien intencionadas... Mi tío pasó de la mayor indiferencia por su mujer, de una especie de separación amistosa, a un acceso de amor conyugal, rabioso casi. El lazo del matrimonio --hasta entonces medio desatado-- volvió a apretar estrechamente las gargantas de la pareja.

¿Cómo se verificó aquella reconciliación o ritornelo conyugal? No sabré decirlo: burlaron mi vigilancia, y puedo asegurar que me cogió tan de susto, que dos días antes del fenómeno hubiese jurado que el apartamiento de los esposos era ya eterno. En efecto, yo tenía motivos para afirmar que mi tío no solo huía de su mujer, sino que cortejaba a otras, amartelado lo mismo que un cadete. Lo supe por Belén, a la cual (¡oh flaqueza humana!) hice entonces dos o tres visitas, a puros ruegos y ardientes instancias de la pecadora. Ella, con profunda indignación, me enteró de las veleidades eróticas de mi tío.

--¿Querrás creer que al tiñoso este le da por rondarme desde hace unos días? Cartas y todo me ha escrito... Yo, con la puerta en las narices... Para lo que había de sacar de él... Como si lo viera, iba a dejarme ahí un duro en calderilla... Solo una vez lo he de recibir, a ver si me cuenta algo de su mujer.

--¡De su mujer! --exclamé azorado--. ¿Qué tienes tú que ver con ella? Déjala, y no te ocupes de las señoras que no se acuerdan de ti.

--¡Ay, ay!... --chilló la muchacha--. ¡Pues, hijo, ni que fuera la Santísima Virgen! No te atufes, que yo no voy a comérmela. ¿Es de merengue y se quiebra con tocarla? ¿Sabes que ya me olía a mí que te duele mucho ese lado del cuerpo? ¿Y habrá mamarracho como tu tío, que te tiene en casa, a la verita de su señora? ¡Ay, ay, ay! Nada, lo que digo; si yo me lo calé... Soy perro viejo: a mí no me la das tú, ni veinte como tú. Por eso te me escurres y no hay quien te traiga aquí...

Me puse furioso con la paloma torcaz, y creo que hasta tuve la indelicadeza de decirla tres o cuatro frases más groseras, precisamente por dirigirse a quien yo debía reconocimiento y consideración, a falta del amor y del respeto íntimo que no podía profesarle. Mis asperezas encresparon el genio de Belén. Con el rostro encendido de cólera y los ojos preñados de iracundas lágrimas, se acusó de quererme y se maldijo por haber puesto afición tanta en un chisgarabís. Y viendo que en vez de replicar o maltratarla me levantaba para tomar la puerta, corrió a ponerse delante y a estorbármelo, abriendo los brazos con una espontaneidad y vigor de actitud que le envidiaría una tiple en el acto cuarto de _Hugonotes_.

--¡No, tú no sales! ¡Anda, chulapo, indino... pégame si quieres salir!

En los brillantes ojos negros, que despedían centellas; en el seno enhiesto y rígido, destacado por la postura; en las soberbias líneas de aquel cuerpo de mujer que me cerraba el paso, había un reto, una provocación apasionada, que de parte de un hombre de su mismo temple, un hombre como el que Belén deseaba en aquel instante despertar en mí, le valdrían el apetecido bofetón, y después una lluvia de salvajes caricias para borrar la huella. Pero conmigo ni lo uno ni lo otro consiguió la hermosa. Me armé de paciencia, me senté en una silla y dije con gran seriedad:

--Hija, ya te cansarás de estar ahí crucificada... Ya bajarás los brazos y me dejarás largarme. Así no creo que te pases el día entero. Es postura muy incómoda. Anda, ponte en la razón y permíteme que me retire con mis honores, acompañándome hasta la puerta si gustas.

Mi calma produjo efecto mágico. Se aplacó lo mismo que el mar cuando derraman sobre sus irritadas olas un pellejo de aceite. La espuma del furor descendió aplanándose; las airadas pupilas cesaron de lanzar rayos; la invectiva murió en los labios rojos: los brazos, lánguidos y sin brío, se desmayaron a lo largo del cuerpo... y la domada y subyugada pecadora... ¡vergüenza me da escribirlo! vino a hincarse medio de rodillas ante mí, abrazándome por la cintura, con una especie de humildad desesperada.

--¡Ay, hijo, te vales de que sabes que te requiero y no puedo pasar sin ti!... Perdona, no estés así con ese gesto y esa cara... ni tampoco te rías, que es lo que me irrita más. ¿Soy alguna mona para dar risa? No; reírte, no... Menos así, seriote y como si fueses a comerme. Bueno; que tiene unos prontos y ligerezas... Perfecto solo Dios. Ahora voy a ser una chica modelo. Pero no te vayas, hijo, y sobre todo atufado. ¿Me das palabra de honor de que volverás? No vienes nunca... ¡una vez cada mes! Galleguito, no puede ser... yo voy a ponerme mala. Por eso dice una disparates y se mete con las señoras... Si vienes, seré una malva. ¡Huy, resaladito, qué bien me saben las paces! Cúmpleme un antojo. Pégame un cachete... sin miedo; no duele na... si es por gusto; por gusto...

Lo que menos me importaba era aquel borrascoso episodio con mi rendida pecadora. En cambio no dejó de hacerme cavilar mi tío, volviendo a las andadas y dispuesto a prevaricar. Mas ¡qué fue cuando vi los ímpetus amorosos del hebreo restituidos a su legítimo cauce, concentrados en su esposa!

Manifestose el fenómeno sin preliminares, sin transición. A los dos días de haber rehusado Belén los homenajes de mi tío, este, sacrificando a los penates, se dedicó a su mujer con entusiasmo. Así como suele decirse que no hay llave para el ladrón de casa, diré que para el observador a domicilio no hay cortina ni biombo. Yo, por obra de la fatal convivencia, sorprendí las gradaciones y matices de aquella renovada luna de miel. Pude ver al marido comunicativo a la hora del almuerzo, solícito a la del paseo, encandilado a la de la comida, y nervioso e impaciente a la de la velada. Por desgracia era sábado, y yo había renunciado a un teatrillo a que me convidaban Mauricio Parra y otros amigotes, con propósito de acompañar a mi tití, entretenido en ver cruzarse las lanas y juguetear las agujas de madera al través del _punto tunecino_, o en escuchar trozos del _Don Juan_ o de _Roberto_. Y cátate que la resolución de quedarme me obligaba al suplicio de presenciar... Como si lo presenciase, señores. Interpretaba la inequívoca actitud de aquel hombre ansioso de disolver la soñolienta tertulia, para quedarse a solas con su mujercita; sus miradas al reloj, sus gestos de impaciencia cuando Camila Barrientos, que había subido un rato a traer no sé qué recado de su mamá, tardaba en irse y hojeaba los últimos números de _La Ilustración_. Conocía la expresión del rostro de mi tío en ocasiones dadas; no necesitaba preguntar lo que relucía en sus ojos e inflamaba su tez... Me puse tan nervioso, tan fuera de mí, que Camila me preguntó:

--¿Salustio, le pasa a usted algo?

Carmiña, involuntariamente, volvió la cabeza y clavó en mí sus pupilas... Yo pagué la mirada. Creo que nunca nos entendimos como en aquel momento. La ojeada de ella decía categóricamente: «¿Qué es esto? Una prueba inesperada, un castigo de Dios con el cual no contábamos. Pero no te asustes: tengo ánimo y fuerzas. Verás tú cómo me crezco. Después de todo, no haré más que cumplir con mi deber.» Y mi mirar le contestaba: «Tú lo tomas así, como un ángel que eres; pero yo, que soy un diablo, sufro y me retuerzo, como deben de retorcerse y sufrir los diablos allá en las mansiones infernales.»

Mi tío se salió con la suya. Aún no habían dado las once cuando consiguió echarnos. Camila Barrientos me clavó el puñal hasta la cruz, diciendo a la tití:

--Hoy tu marido te contemplaba como si estuviese haciéndote el amor. Se le caía la baba. Una novena para que nos toque otro así.

Corrí a mi cuarto, y me encerré en él, más enloquecido que la noche de la boda, en el Tejo. Traté de enfrascarme en el estudio, de leer periódicos, de hojear una novela... ¡Imposible! Rugiendo de ira y de pena, apagué la luz, me encerré con llave y me tumbé sobre la cama. Acordábame de Luis Portal, que solía decirme: «Cuando está uno rabioso y dado a Barrabás, un cigarro es el mejor entretenimiento. En echando unas chupadas, es mucho lo que la imaginación se distrae...» En semejante momento sentía yo amargamente no fumar ni tener cigarrillos; y por un capricho de mi alma enferma, se me antojaba que si fumase, pasaría como por encanto aquel malestar, aquella ponzoña de la acre saliva, aquella calentura de la sangre requemada.

El día siguiente, a la hora de almorzar, tuve un consuelo del orden negativo, como todos los míos en tan desdichada página amorosa; y fue ver en la faz de la tití, más marcadas aún que en la mía, las huellas de un combate moral y un quebranto físico muy profundo. Había bastado una noche para desencajar su rostro y dar a sus facciones, donde antes brillaba la frescura de la juventud, una expresión agónica como tiene la cara de la Virgen que los pintores representan viendo espirar en la Cruz a su Hijo. La palidez de la tití era azulada, sus ojeras lívidas, y los movimientos que hacía para desdoblar la servilleta, servirse o beber, parecían automáticos. Ni uno ni otro comimos, puede decirse. Mi tío, en cambio, lo hizo con ganas; no obstante, al venir a la mesa el tercer plato, comenzó a fijarse en la actitud de Carmiña, y por vez primera noté en su fisonomía una expresión de extrañeza y recelo, lo mismo que si acabase de caer en la cuenta de que su mujer... Clavó en ella la vista, y su mirada suspicaz le quiso registrar el alma: ideas que acaso no habían cruzado por su mente, se condensaron, y una expresión irónica timbró su voz al decir:

--¿Qué te sucede, Carmen? ¿No comes? Parece que no tienes apetito.

--He comido --respondió ella.

--No es verdad. No has probado la tortilla ni los riñones, y la chuleta se queda ahí. ¿No guisa a tu gusto la cocinera? ¿Por qué no mandas que te hagan otra cosa?

¡Sombra de la sospecha, ligera nube que pasas rozando apenas el espíritu y dejas en él para siempre tu negror! ¿Atravesaste entonces por la imaginación del hebreo? ¿El genio cauteloso de su raza se reveló en aquellos instantes decisivos de su vida? ¿Alumbraste también con siniestra luz la conciencia de aquella mujer purísima, casta, noble, pero mujer al fin de carne y hueso, hija y descendiente de Eva, vehemente y apasionada en el fondo, aunque sujeta al yugo de la virtud por las áureas ligaduras de la fe más acendrada? ¿La dijiste lo que no quería creer?

Al notar el marido la preocupación y desgana de la esposa, las mejillas de esta pasaron de la palidez a un rojo vivo; temblor violento la sacudió, y con su indispensable séquito de acongojados sollozos declarose en ella el ataque de nervios... que, digan lo que gusten los saineteros y los escritores festivos, rara vez se presenta a no provocarlo una causa honda, psíquica, algo que hiere en el corazón femenino sentimientos profundos o pudores recónditos y sagrados...

El ataque duró poco: un minuto escasamente. En seguida reaccionó la tití: bebió agua, se levantó y contestó a las obstinadas y recelosas interrogaciones de su marido:

--Sí, puede que no esté bien... ¡Qué disparate! ¡Qué ha de valer esto la pena de llamar al médico! Me acostaré un rato... En tomando tila... Si ya no tengo nada; nada absolutamente.

No pude resistir más: despedime y salí. Me eché a la calle con objeto de disipar una exaltación que, comprimida, fermentaría y me conduciría a algún desatinado extremo. Fuime en busca del calmante: de Luis Portal. Pero no tuve la suerte de encontrarle. Era domingo, y supe por Trinito que estaba con _Mo_ de expedición en el Pardo.

VII

Cuando evoco el recuerdo de los días siguientes, creo evocar el de una larga pesadilla; y sin embargo, no pasarían de quince; ¡pero en ellos mi estado moral fue tan violento y penoso! Mi tío, después del episodio del comedor, en vez de alejarse de su mujer, se mostraba con ella más que nunca... ¿diré rendido? no; pero solícito y afanoso, como quien echa de ver que ha descuidado el cultivo de una finca importante y se propone reparar la omisión. A alguna idea semejante, característica de la naturaleza codiciosa del hebreo, respondía indudablemente aquel no apartarse de Carmiña ni de día ni de noche, aquella especie de frenesí conyugal, aquella intimidad restablecida plenamente, con circunstancias propias de luna de miel. Y si no eran rasgos de propietario celoso de sus derechos, ¿qué significaban la frialdad repentina que me demostraba a mí, el no dirigirme la palabra en la mesa, el concederme solo pocas, agrias y secas frases, cuando antes puede decirse que solo charlaba conmigo? Mi posición en la casa, durante la cruel quincena, llegó a ser humillante, análoga a la de un pariente sostenido por caridad, o un importuno tácitamente despachado a cada momento y que no acaba de entender las indirectas. Aquella tirantez debieron de percibirla hasta los criados, aunque eran dos ejemplares célticos traídos del riñón de Galicia, que a duras penas empezaban a desasnarse, cuanto más a leer en el alma de sus amos --lectura que es la borla de doctor de los sirvientes--. Pero la hostilidad y el desdén de mi tío eran tales, que saltaban a los ojos. Notolos Camila Barrientos, y una noche se emancipó hasta embromarme disimuladamente sobre lo celoso que era el tío y lo desagradable que resultaba la posición de un muchacho alojado en casa de un matrimonio. Como yo estaba tan desequilibrado, recuerdo que se me fue la lengua y contesté muy destempladamente a la presunta señorita candorosa. La cual, en vez de formalizarse, me pidió excusas en voz queda, y como yo se las implorase a mi vez, me dijo algo que me preocupó, no sé si porque a la sazón todo me preocupaba.

--Su tío de usted me parece que ha cambiado muchísimo de carácter. Antes era una persona bastante corriente; bromeaba con nosotras, estaba de buen humor... discutía... Ahora parece, o enfermo, o maniático. ¿No se ha fijado usted? Pues fíjese: lo notó mamá lo mismo que nosotras.

Camila, al decir esto, apoyaba el dedo en la frente. En idéntico sitio se me clavó a mí la idea sugerida por la señorita.

--Efectivamente --pensé-- que es raro pasar de la total indiferencia por una mujer, a tales extremos. ¿Estará mi tío lunático?

Semejante conjetura... ¿lo confesaré? se me presentó desde el primer instante, no negra y fúnebre como debiera, sino en cierto modo, grata y consoladora. «Si se vuelve loco, pierde de hecho la soberanía doméstica, la autoridad sobre su mujer, la fuerza moral y el carácter de jefe de familia. Un loco es un ser que carece de alma y la humanidad racional lo expulsa de su seno. El loco no posee derechos sociales y civiles; el loco no tiene mujer, ni hijos, ni amigos siquiera. Si mi tío se trastorna, igual que si se divorciase. El lazo roto queda, y ella sola en el mundo, porque un loco no acompaña, ni presente ni ausente. ¿Habrá, en efecto, manía?...» La tensión de mi voluntad llegaba a desearlo. ¡Y de ahí a otros deseos va tan poco!

No tardé en dar el paso que me separaba del terreno en que ya se desatan las voliciones y nos arrastran al crimen --al crimen mental, único frecuente en nuestra enervada época--. Recuerdo que aquellos días me tentó el diablo a dedicarme a lecturas dramáticas y tempestuosas, de esas que agitan el corazón y nublan la conciencia, y entre ellas se contó una traducción de _Hamlet_, que me produjo efecto muy hondo, induciéndome a comparar la irresolución, la ebullición moral y la inacción física del extraño príncipe de Dinamarca con mis propios sentimientos. Y enmedio de la lectura, me hirió de pronto, embargando mis potencias, aquella rara frase: «Cuando acaricio a mi segundo esposo, mato segunda vez al primero.» Comprendí entonces que mientras más virtuosa e invencible es una mujer, más fatalmente desea su enamorado la muerte del marido; y vi también, por modo clarísimo, que mi pasión desatada no era sino el odio antiguo a mi tío el hebreo, odio inveterado ya, que había tomado distinta forma, pero que subsistía implacable.