Part 4
Ya podía conjeturarse quién, pues las señoritas de Barrientos tenían novio todas, aunque de muy diverso pronóstico matrimonial: dos había de casaca, y dos de pasatiempo. Los de casaca se dirigían a la segunda y tercera de las niñas, Aurora y Concha; los de entretenimiento a la mayor y menor, Camila y Raimunda. Eran los de casaca un par de buenos muchachos, que esperaban, el uno por la notaría y el otro por la efectividad de capitán, para ofrecer el cuello a la coyunda; y los de entretenimiento, dos estudiantes de leyes, asociados para aquellos amoríos, amigos de cháchara, pero más recelosos de la Vicaría que toro corrido de la puya.
Como las muchachas de Barrientos estaban «tan unidas», yo he de decir en toda verdad que cuando asistía a sus saraos me era imposible no confundirlas, y también a sus novios, de una manera a veces muy cómica. Viéndoles pegados a sus respectivas damiselas, conseguía orientarme; pero en cuanto se deshacían los dúos, me quedaba en ayunas de cuál era _el de_ Raimunda ni cuál _el de_ Concha. Hasta tal punto me mareaba el amoroso rigodón, que se me puso en la cabeza que el novio de Aurora, el futuro notario, chico muy formal y dulce, la mejor proporción de los cuatro pretendientes, hablaba más con Camila, la mayor de las hermanas, que con su misma novia. Camila tendría veintiséis o veintisiete años largos de talle, y aunque ajustada al patrón uniforme de la insignificancia fraternal, me parecía que alguna vez, sobre todo cuando cantaba acompañándola al piano Raimunda, revelábase en ella una mujer distinta, nada espiritual por cierto. Al modular las notas de algún tango o cancioncilla, sus labios se entreabrían, el canto enronquecido y arrullador salía de ellos como chorro candente, sus ojos se nublaban, y transformaba su cara empalidecida una especie de deliquio. Aquella pobre joven debía de estar muy fatigada de su larga soltería.
A casa de Barrientos bajaba yo con la tití una vez por semana, los jueves, día señalado para las recepciones. No sabiendo qué hacer, y en la imposibilidad de dar conversación a Carmiña, se la daba a Camila, lo cual me distraía un poco, pues lentamente, bajo el artificio de su educación convencional, iba descubriéndose la naturaleza más fogosa que yo había encontrado nunca. La proximidad de un individuo de mi sexo producía en Camila un efecto que encubría disimulando; a veces adoptaba la expresión cándida y bobalicona de sus hermanas, pero no siempre podía mandar en sus ojos ni en su fisonomía delatora. A no estar yo tan subyugado por otro orden de sentimientos, Camila hubiera sido un peligro para mí; y no porque me gustase, que no me gustaba poco ni mucho, sino porque mujeres de tal condición no necesitan gustar para constituir riesgo. Son el clásico fuego junto a la estopa.
En los saraos barrientescos, tití se manifestaba como cumple a su estado, absteniéndose de cuanto trascendiese a profanidad: siempre moderada en el vestido y adorno, hallábase tan dispuesta a dar palique, en el rincón del sofá, a las señoras formales, como a teclear polkas y rigodones para que bailase la gente moza.
A lo que no se prestaba nunca era a tocar allí el piano formalmente. No sé si la tití era una profesora, o algo menos: seguramente una aficionada notable. Es imposible sacar mejor partido de un instrumento seco, ingrato y duro como el piano, en que el sonido no se liga al sonido sino a fuerza de inteligencia y sensibilidad en el ejecutante. No se podía comparar la ejecución de Carmiña a esa catarata de notas sonoras, metálicas y brillantes que tanto se aplaude en los conciertos; jamás la vi romper a sudar mientras tocaba, ni hago memoria de que saltase cuerda alguna en el arrechucho de una serie de octavas o de una escala cromática doble. Su manera despuntaba por lo suave, tersa, matizada y sobria. No daba una pifia, ni aplicaba el pedal cuando no hacía falta. Tenía gusto en la elección de piezas: no recuerdo que estudiase _fantasías_ sobre motivos de ópera alguna. Cogía, sí, la ópera entera, e iba leyéndola, divagando, deteniéndose más en los pasajes reconocidamente hermosos, y manifestando al traducirlos que había entendido muy bien su sentido recóndito, el pasional inclusive. Sus trozos predilectos eran sonatas de Beethoven o de Schumann. También tocaba música de iglesia, pero decía ella que no se prestaba el piano, y que tenía capricho de un buen armonio. Capricho, ¡ay! que llevaba pocas trazas de cumplirse, pues mi tío no parecía muy inclinado a aflojar cuartos para fines meramente recreativos.
Cada día se confirmaba que mi tío Felipe sufría honda crisis: no estaría enfermo del cuerpo, pero debía de estarlo, y gravemente, del espíritu. Su carácter, más desabrido y agrio, sus períodos de murria y silencio, la indiferencia en que a ratos caía, indicaban no era su estado de ánimo el propio de un hombre a quien mira con buenos ojos la fortuna, que ha triunfado en su pequeña escaramuza por la existencia, y es dueño de una esposa joven y envidiable como Carmiña Aldao.
Repito que le observaba sin cesar. No me ocupaba en otra cosa; aunque en apariencia me distrajese, volvía siempre al foco o centro de mi vida sentimental, que eran Carmiña y su marido --y aún creo que debiera invertir el orden--. El odio puede ser más irritante y activo que el amor, y yo por odio me convertí en anatómico de dos almas. La historia de mi loca pasión por la tití se reducía a un espionaje, pues me bastaba saber las vicisitudes de su espíritu, juzgándome feliz si andaban acordes con las del mío propio. Pues bien: hacia la época a que voy refiriéndome --el mes de mayo-- hube de notar (no era ilusión) que la inexplicable acedumbre de mi tío para con su mujer revestía carácter de desvío absoluto. Este desvío, acentuándose gradualmente, se manifestó sin rebozo en dos síntomas.
El primero fue tan significativo en el terreno material, que no dejaría duda ni al más topo. Había en la casa, contiguo al despacho, un gabinete o dormitorio interior, estucado, que servía de ropero: allí colgaba mi tío su vestuario, allí colgaba algún trasto estorboso, y allí se aseaba. En esta alcoba supletoria existía también una cama de hierro, doblada y arrimada a la pared. Pude cerciorarme de que a principios del mes de mayo la cama recibió colchones y sábanas, y mi tío pasó las noches en ella.
El segundo indicio, puramente moral, aún resultó para mí más luminoso y me produjo mayor satisfacción interna. Fue percibir en el semblante y en toda la persona de la tití --desde que se realizó esta separación-- un cambio favorabilísimo. ¿Habéis visto la flor lacia y mustia, que al segarle con delicado corte de tijera el tallo e introducirla en agua, yergue la cabeza, adquiere color, frescura y gallardía, y lozanea saliéndose del vaso de cristal? Pues así revivió la mujer incomparable, cuando sin intervención suya, sin tener que acusarse de nada, se aflojó el lazo que había apretado en mal hora su generosa decisión. Seguramente los mártires de la leyenda cristiana irían al suplicio muy animados, cantando muchos himnos y todo lo que ustedes gusten; pero figurémonos que sin necesidad de quemar incienso ante los ídolos, ni de apostatar de la fe, ni de recibir un triste libelo, en aquellos instantes terribles, obtuviesen la conservación de la dulce vida... y crean ustedes que los mártires, sobre todo siendo jóvenes y llenos de esperanza, se pondrían tan contentos. ¿Pues qué? ¿Acaso el mismo Hijo del Hombre, en el Huerto, no se volvió a su Padre, implorando que pasase de él aquel cáliz, si era posible?
Mi tití no tenía que beber el cáliz ya. No era culpa suya si el esposo se alejaba. Podía cumplir su programa moral, ser buena a toda costa, y al mismo tiempo no apurar la hiel de deberes tan amargos. Yo veía que los negros ojos de Carmiña recobraban el brillo y la húmeda suavidad de la ventura; que sus ojeras, perdiendo el amoratado color, solo rodeaban de ligero cerco obscuro los luceros de la cara; que su tez perdía el tono de la bilis estancada y reprimida, para adquirir el arrebol de nácar que presta la sangre cuando circula normalmente; que hasta su buen apetito y su risa delataban el equilibrio de las funciones. Mi tía iba poniéndose guapa.
La satisfacción se revelaba hasta en su modo de herir las teclas. Alegres y brillantes valses, cadenciosas polkas, brotaban de sus dedos, saltando como mariposas juguetonas y aladas de un matorral. Arpegios rápidos, marchas y galopes sonoros nacían de sus manecitas, ya redondeadas y llenas, como son las de las mujeres felices. Otras veces volvía a Schumann y a Beethoven, pero con una reposada languidez que imprimía a aquellas ensoñadoras divagaciones mayor encanto. Las teclas no gemían, ni rezaban ya, o al menos su rezo se parecía a acción de gracias fervorosa.
Hasta en el traje de Carmiña me pareció advertir indicios de ese renacimiento moral que presta valor a los objetos exteriores y nos lleva a reflejar en ellos la situación de nuestro espíritu. Se componía más; su peinado, siempre sencillo, tenía algunos toques de coquetería modesta; prendía a veces una rama de lila en el pecho; otras un bonito y limpio _fichú_ blanco alegraba su traje, habitualmente obscuro.
En esta ocasión tuve mil de hablarla a solas, porque mi tío se marchaba de casa con diferentes pretextos, y siempre andaba de cabildeos políticos, tejiendo intrigas de menor cuantía, relacionadas con sus proyectos de veraneo en Pontevedra y el influjo que allí deseaba reconquistar. Las tiranías locales, aunque piden frecuentes viajes a la corte, también imponen al tirano residencia en sus dominios. Sucedíale a mi tío lo que a muchos caciques de su misma exigua talla: que no poseyendo condiciones para volar con sus propias alas en Madrid, consiguen dominar una provincia merced al favor de personajes más altos; pero faltándoles este puntal, la acometida de otra medianía hace tambalearse su efímero poder. El adversario de mi tío era Dochán, ambiciosillo rastrero, de habilidad suma, que ya le tenía minados todos los caminos y tomadas todas las vueltas. Había empezado por fundar, contra _El Teucrense_, otro periodiquín llamado _La Aurora de Helenes_; esta hoja ladradora y procaz llenaba sus tres páginas con ataques a mi tío y a ciertos paniaguados suyos que, desatendidos por Sotopeña, iban inclinándose hacia el partido conservador o reformista, únicamente por recurso; porque veían al Santo indiferente a sus quejas, sordo, desde lo alto de la hornacina, a sus postulaciones, y ya se permitían de vez en cuando, seguros de que nada lograban por medio del incienso, apelar a la intimidación y dirigirle estocadas. ¡Ancha y pródiga mano y paciencia heroica necesitaba el Santo bendito para satisfacer a todos sus coterráneos, que fundaban en sus milagros la aspiración de hacer del presupuesto la quinta provincia gallega!
A mi tío _La Aurora_ le daba con las de alambre. Salían a relucir diariamente enjuagues y chanchullos: el alquiler de la casa para oficina de Correos, los solares famosos, los expedientes de carreteras... todo, todo; la eterna miseria de los escándalos de provincia, basura removida sin cesar, que nunca se entierra, y no por indignación vengadora, sino por odios personales, o por desesperación de que otro haya sido autor de la fechoría y usufructuario también. Aparte de las concusiones, le arrojaban a la faz la dureza de su corazón, ajeno a los afectos de familia, y su guerra contra Luciano Aldao, a quien sitiaba por hambre, cerrándole el camino de la deseada prebenda del Hospital: en efecto, mi tío desplegaba encarnizamiento horrible contra su cuñado: si pudiese, le reduciría a la miseria.
He dicho que me encontraba muchas veces solo con Carmiña, sentado cerca del piano, oyéndola juguetear con las teclas, o viéndola hacer labor y repasar la ropa, tarea doméstica que desempeñaba a las mil maravillas. Decir que no se me ocurriese arriesgar un paso decisivo, sería mentir: yo, como es natural, pensé, no solo en la posibilidad de declararme, sino en la probabilidad de sorprender dormida a la virtud, y robar a su sueño lo que su vigilia no me otorgaría nunca: pensé también que el temporal apartamiento de los cónyuges coadyuvase a mi propósito... Sí, todo lo pensé, y nada hice entonces. Tenía miedo, mucho miedo a que un desplante mío malograse lo obtenido ya: ¿no valía más gozar tan dulce intimidad que exponerme a una ruptura, un castigo, un extrañamiento? Calma...
¿Qué podía yo desear? Interrumpidas las relaciones entre ella y su dueño, libre casi, y yo a su lado... Lo demás que lo hiciese el tiempo... o alguna circunstancia fortuita como la de mi enfermedad, circunstancia que yo aguardaba siempre, con la viva fe de los enamorados, fiando en que nuestra convivencia y la soledad de aquella mujer acabarían por inclinarla hacia mí, de modo tan insensible como se inclina el sauce hacia el agua. Y así era. Sin pecar de fatuo comprendía que mi presencia agradaba; que Carmiña se entretenía charlando conmigo; que su juventud se entendía bien con mi juventud; que el interés de su vida lo constituía mi trato, y que la santa «pintada sobre fondo de oro», según la frase de Portal, iba destacándose de la niebla mística, y entrando en más humano ambiente. Mi mismo respeto, mi cautela para no espantarla, contribuían a captarme su corazón. ¡Ah! Era evidente: habían reflorecido aquellos días tan hermosos del Tejo, porque a veces las pupilas de tití adquirían la misma expresión que la tarde en que salimos a pescar en la ría; y su voz, inflexiones parecidísimas a las que tuvo en los supremos instantes de mi grave enfermedad... Yo no sabré encarecer lo azucarado de aquellas proximidades y aquellos coloquios, tan inocentes en el terreno positivo.
Empezaba a mostrarme suma confianza. Hablome varias veces de asuntos de familia, de cómo Candidiña había escrito una carta pidiendo perdón por su boda, y ella había respondido con otra atestada de buenos consejos.
--Pero de esto no he dicho nada a Felipe --añadió--. Sería probable que se enfadase mucho; y ¿a qué provocar discusiones y malos humores y tonterías? ¿No te parece que hice bien? Yo creo que no es ninguna acción reprensible el haber contestado a Cándida. ¿Qué sacábamos de darla un bufido? Ella con eso no había de volverse más formal. Al contrario, tal vez mi carta influya para sentarle la cabeza a aquella _tolitatis_... Mira, esto de que Candidiña es una _tolitatis_ te lo digo a ti: que a la gente... ¡líbreme Dios! Si las primeras en desacreditar a una mujer son las personas de su familia, nunca honra tendrá. Yo quiero que Cándida tenga honra, ya que se ha casado con mi padre. Estoy deseando llegar allá para hartarla de sermones. Ella no es tonta; la demostraré la cuenta que trae cumplir con su deber. ¿Sabes lo que voy a decirla? Pues lo siguiente, y en tono bien categórico: «Cándida, mira, sé buena, que no te pesará. Si eres buena, te prometo que aunque no tengas hijos, he de hacer que mi padre te deje cuanto pueda; que asegure tu suerte para toda la vida. Mi pobre padre, por un orden natural, poco tiempo ha de vivir; conserva su decoro los años que viva, y después libre quedas... Yo haré que la pobreza no te angustie... Seré tu mejor amiga, te querré mucho, iré contigo a lodos lados, no sufriré que te haga nadie un desaire ni una mala partida... He de conseguir que te trates con todo el señorío de Pontevedra... ¡Vaya! ¿Qué te pensabas tú? Con la del Gobernador, con los marqueses del Remo, con la familia de Filgueira... pero no avergüences a mi padre... ¿lo oyes? porque entonces tendrás en mí la enemiga peor...» Todo esto he de encajárselo a la chiquilla..., ¡y si así no consigo nada!... Espero que conseguiré... ¡ojalá!... Cándida es una aturdida, pero no creo que se atreva a cometer el mayor crimen de una mujer... que es faltar a su marido. ¡No, de eso no puede ser capaz!
Cuando hablaba así, articulando palabras para mí tan funestas, me comería a besos su sagrada boca.
--Por desgracia --añadía--, Felipe no me permitirá que trate a Cándida. Esto sí que me lo temo. ¡Mis consejos serían tan convenientes para la infeliz! Y no es igual... ¡quia! es enteramente distinto aconsejar por carta, que de viva voz. Felipe ni quiere oír hablar de que yo la trate. Dice que si en público se dirige a nosotros, debemos volver las espaldas. Te aseguro que esto me tiene disgustadísima.
Prometí que le conseguiría una entrevista clandestina con Cándida, o que iría yo mismo a transmitir los recados.
--¡Bah! no... guasas tuyas --contestó la tití--. ¡Valiente embajador! Lo que harías sería levantar de cascos a mi madrastra. No conviene. No tienes tú formalidad ni suposición para semejante envío de recaditos. Te tiemblo, Salustio... Esa cabeza... Mira: otro lío que me trae muy cavilosa, mucho, es el de mi hermano. El pobre, cargado de familia: todos los años un chico: papá sin darle gran cosa... y cuanto le diese, insignificante para mantener el pico a tanta gente menuda. Por eso pretende el empleíto del Hospital u otra colocación... ¿Qué trabajo le costaría a Felipe apoyarle? Pues le hace una guerra a muerte... y mi hermano lo va a conseguir por Dochán... ¡Figúrate qué vergüenza! ¡El mayor enemigo de mi marido! Parece que hasta don Vicente Sotopeña se manifestó sorprendido y disgustado al ver que Felipe le tira a degüello al pariente más próximo de su mujer. Tú ya sabes que don Vicente Sotopeña es tan amante de la familia... Nada, por Felipe, se moriría de hambre mi hermano...
--Tú --interrumpí-- a tu hermano poco tienes que agradecerle... Acuérdate que no quiso tenerte en su casa.
Tití no contestó. Parpadeó, y sus grandes pupilas me contemplaron un segundo. Indudablemente iba humanizándose y saliendo del fondo de oro.
--No importa --contestó--. Que él se haya portado mejor o peor conmigo, no quita para que yo le desee buena suerte y me parezca mal perjudicarle. Es mi hermano, tiene muchos hijos, y es un prójimo. No sé qué daría por que Dios le tocase en el corazón a Felipe. Te aseguro que...
Vi favorable coyuntura para entrar en materia, y dije:
--Vamos, tití, confiesa que no eres muy dichosa con tu cónyuge.
V
Carmiña no se arredró. Esperaba, sin duda, desde que nos hablábamos así confidencialmente, que tarde o temprano se me fuese a mí la lengua y saliese a relucir la cuestión vedada, la eterna manzana conyugal. Estaba, pues, dispuesta al combate.
--¿Y por qué no he de ser dichosa? --contestó dejando asomar a sus mejillas un carmín puro--. La dicha (no te rías de estos términos) está en nosotros mismos. El que cumple con su obligación y de buena gana, es feliz. ¿A que no me lo niegas?
--¿Pues no he de negártelo? La felicidad del ser humano consiste en realizar plenamente su destino y los fines propios de la vida, y uno de los fines principalísimos en tu sexo es el amor y la maternidad. Tú no amas ni tienes hijos; luego...
Al tocar este registro, al asestar contra el corazón de la noble mujer este dardo impregnado de ponzoña, vi que ella no esperaba tan rudo ataque. Se puso del color de la grana; sus ojos se entornaron dolorosamente; abrió primero la boca para respirar y beber el aire, como quien recibe tremendo golpe, y luego la cerró, como el que comprende la necesidad de callar a toda costa. Pude conocer mejor el efecto que le había causado mi estocada, en que guardó silencio. Y al fin salió con este argumento endeblísimo:
--Cuando Dios no ha querido darme hijos, Él sabrá por qué. Nunca debemos rebelarnos contra la voluntad de Dios, que conoce mejor que nosotros lo que nos hace falta.
--Bien, corriente; así será, pero una cosa es resignarse, es decir, fastidiarse, y otra ser feliz. Tú feliz no eres.
--No sé de dónde lo sacas. No parece sino --repuso ella buscando una evasión-- que me ves por los rincones de la casa llorando. Pues me parece que...
--¡Ay, tití! --exclamé acercándome a pretexto de revolver en la canastilla de los hilos y de jugar con los carretes y las estrellas de crochet--. ¡Ay tití! ¡Las cosas que podía yo contestarte! ¡Ay si te dijese clarito por qué no lloras! ¿Crees que no atisbamos, que no miramos, que no vemos los demás? ¡Bobiña! ¡Pues si yo me paso la vida pendiente de lo que tú haces... de lo que tú sientes... oyéndote la respiración! ¿No había de saber por qué esta temporada te baila la alegría en el cuerpo?
Dije esto con todo el fuego que el caso requería. La pobre tití no contaba tampoco con el empleo del cuchillo tan traidor, de hoja triangular, que ensancha la herida. Se demudó, y seria, entera, firme, se levantó y salió del gabinete, dirigiéndose al interior de la casa.
¿Me atreveré a referir cuál fue el resultado de nuestra conferencia? Sí; porque en la historia que voy narrando, el lector no puede ver más que un aspecto de los sucesos, el que tenían para mí; y al través de mis ojos es como ha de contemplar el alma de la mujer fuerte. Yo no juro, pues, que los hechos fuesen cual voy a referirlos; solo afirmo que así se me representaban.
Hizo la casualidad que aquel día diesen un sarao las señoras de Barrientos. Siempre estas cachupinadas se verificaban los jueves; pero tratábase de una extraordinaria, por coincidir el jueves con los días de la señora; que tenía el mal gusto de llamarse Ascensión, nombre sumamente difícil de pronunciar. El caso es que en honor de doña Ascensión se armaba aquella noche baile, sus miajas de concierto casero, y un cachito de _buffet_. Mi tía se vistió y arregló con esmero evidente; púsose el traje blanco, que no había vuelto a salir desde la noche de bodas; colocó no sin gracia sus joyas en pecho y cabeza; se empolvó, se rizó el pelo ocultando algo, según exigía la moda, su vasta frente; entreabrió el corpiño destapando la garganta, y en suma, procuró --¡caso notable!-- presentarse de manera que pudiese atraer las miradas y el deseo. Ya estaba emperejilada así cuando nos sentamos a la mesa; y noté que, con una especie de coquetería febril intentaba conseguir que se fijase en ella su marido. Me estremecí hasta los tuétanos. No puedo explicar lo que sufría, y aquel suplicio, yo mismo me lo había preparado, sembrando en el alma de la esposa el recelo y los escrúpulos, rasgando brutalmente el velo con que aún procuraba cubrirse para disculpar la alegría de su emancipación. Mis palabras habían abierto sus ojos; a la luz de mis indiscretas afirmaciones veía su contento por la ruptura de la intimidad matrimonial, y se espantaba de semejante estado, que no la parecía ortodoxo, ni mucho menos, por lo cual resolvía cargar valerosamente con la cruz y restablecer el trato con su esposo. Marchaba a la unión, como el soldado a la toma del reducto, donde ha de llover sobre su pecho la muerte. ¡Y yo presenciándolo, yo viéndolo, yo sufriéndolo, yo siendo de ello causa involuntaria!
Cuando la tití estuvo engalanada del todo, acudió a solicitar las alabanzas, los requiebros, digámoslo así, del marido. Encerraba un elemento profundamente trágico la acción de aquella mujer santa y pura, de aquella señora recatadísima, remedando los artificios de las cortesanas cuando procuran agradar, no ya al indiferente recién llegado, sino al mismo hombre que las infunde repulsión y aborrecimiento.
--¿Qué te parece, Felipe? --preguntaba la infeliz--. ¿Qué te parece? ¿Está bien? ¿Te gusta como me he peinado? ¿Hace mal aquí esta rosa?
Y mi tío ¡bendición de la Providencia! posaba en su mujer una mirada distraída y rápida, respondiendo con indiferencia profunda:
--Perfectamente... Los hombres entendemos poco de eso.
No lograron nada sus tretas de sublime y honesta coquetería. Nada, nada. Tuve el gusto de comprobarlo. Mas no por eso tragué menos saliva, ni paladeé menos hieles. Yo hubiese besado sus pies llamándola santa y heroína... y la hubiese estrangulado, considerando que la santa era una mujer, y esta mujer se brindaba a otro hombre.