La prueba

Part 3

Chapter 33,986 wordsPublic domain

Dejele con sus consoladoras esperanzas y su obstinación honrada y absurda, para enterarme de cómo andaba el bueno de Trini. ¡Ah! De monises, rematadamente mal: ni un cuarto para hacer bailar a un ciego. Pero en cambio, de gloria... _¡ssss!_ Trinito, que para todo poseía la misma facilidad desastrosa, se había aprendido la jerga o caló de la crítica gacetillera, _fusilando_ sin escrúpulo frases y hasta conceptos enteritos de escritores conocidos y celebrados; y sin omitir ni las frialdades jocosas que el género impone, ni unas cuantas citas trastrocadas y de cuarta mano, ponía él de oro y azul a los más pintados maestros y compositores del mundo; pues por ahora su especialidad era la crítica musical, aunque alimentaba siniestros propósitos de correrse a la artística, a la dramática y a la literaria, si a mano venía. Como al ramo de crítica musical se dedican pocos autores, y no deja de _hacer bien_ en un diario, aunque son contados los lectores que se enteran, Trinito había logrado en poco tiempo que «le abriese sus columnas» cierto periódico muy autorizado y popular; y a cada acontecimiento musical que sobrevenía, les endilgaba a los suscriptores dos columnas y media de aquellas que le habían abierto. Cobrar no cobraba por su prosa un céntimo partido por la mitad; pero sus escarceos críticos le valían entrada gratis en teatros y conciertos, relación con cantantes, etcétera; y esperaba él que más adelante, cuando «se diese a conocer», le reportarían ventajas mayores. Portal estaba muy gracioso describiendo los artículos de Trini.

--El tupé más colosal del siglo. Lo mismo habla de Mozart y de Beethoven, que si desde chiquito les hubiese tratado tú por tú. A Arrigo Boito le adivina las intenciones, y Saint-Saëns que no se descuide ni se caiga, que no habrá perdón para él. Da gusto verle encararse con Ambrosio Thomas preguntándole _si cree que por ese camino se va a alguna parte_, y tirarse como un gato a los ojos de Wagner cuando _incurre en monotonía_. Te aseguro que es divino el muchacho. ¿Pues con los cantantes? A la pobre de la Sgarbi me la puso de vuelta y media porque dice que no entró a tiempo en no sé qué cavatina. Estaba con la Sgarbi, por lo del retraso, como si la infeliz mujer le debiese dinero o le hubiese dado calabazas. Tú ya sabes lo patoso, lo manso que es a diario Trinito... Pues escribiendo parece un dragón. Se come a la gente.

También visité la casa de Pepa Urrutia, mi antigua patrona vizcaína, por el interés que me inspiraba siempre el desastrado Botello. Me llevé chasco. Botello había desaparecido, tragado quizás por la oscura boca de la miseria o lanzado a desconocidas regiones por la dura mano de la necesidad. La casa de la Pepa rebosaba de alumnos de Arquitectura y Minas, con algunos huéspedes de paso; y el puesto de don Julián, aquel valenciano trápala que en otros tiempos llevaba la batuta, ocupábalo (según pude inferir de algunas indiscreciones de los comensales, entre los cuales había uno bastante conocido mío, Mauricio Parra), el señor de Téllez de los Roeles de Porcuna, noble sin dinero, hombre ya entrado en años, de majestuosa presencia, pero más tronado que Botello mismo, si estar más tronado cupiese.

Venía este tal a Madrid a asuntos graves e importantísimos, pues se trataba nada menos que de un pleito de tenuta sostenido contra la casa más ilustre quizá de nuestra nobleza, a fin de recobrar unos mayorazgos que le detentaban muy contra razón y fuero. Todos los días, en la mesa redonda, refería el buen señor Téllez de los Roeles las causas, orígenes, bases, razones y fundamentos de su derecho inconcuso a los dos mayorazgos de Solera de Hijosa y Mohadín, que sin justicia retenía la casa ducal de Puenteancha, citando el privilegio rodado concedido a su ascendiente el maestre de Alcántara, en virtud del cual su línea, adornada con el don de la masculinidad, era incuestionablemente la llamada a suceder. Vi al señor Téllez cuando me lo presentó sin ceremonia Mauricio Parra, y no pude menos de admirar el evidente corte aristocrático de su figura, que era prolongada, bien barbada como la de los apóstoles de los Museos, de ancha frente, que coronaban con dignidad mechones grises; la estatura aventajada, finas las manos, y toda la persona revestida de un carácter de autoridad, resignación y tristeza casi mística que imponía consideración y respeto. La misma pobreza de su ropa, raída y esmeradamente cepillada, le hacía simpático; el modo de caerle el abrigo era elegante, y su aspecto nunca delataba incuria, desaseo o sordidez. Yo, mirando al señor Téllez, juzgaba maliciosos y desvergonzados a los muchachos estudiantes que suponían a aquella persona tan decente extralegales influencias sobre Pepa Urrutia. ¿Era capaz de ejercitarlas? ¿No sería más bien que el corazón de la patrona, blando y caritativo de suyo, se había derretido aún más viendo al pariente de los duques de Puenteancha, sucesor en el marquesado de Mohadín de los Infantes y acaso en una o dos grandezas, reducido a la mayor estrechez? Lo cierto es que Pepita profesaba al señor de Téllez inexplicable veneración; que todo le parecía poco para su regalo; que se cree fundadamente que no le presentaba la cuenta nunca, y que se interesaba hasta el delirio por el éxito de las pretensiones del Marqués de Mohadín..., _in partibus infidelium_.

Hízome gran impresión aquel tipo original, con quien más adelante hube de trabar relaciones que en nada interesan al curso y desarrollo de la presente historia. La del respetable litigante la contaría yo de muy buena gana, si tuviese aptitudes de narrador; pero ella es tan peregrina, que no quedará en el olvido; se impondrá a la atención de los que pasan su vida escudriñando los repliegues del corazón ajeno, acaso para distraer nostalgias del propio.

Cierro la lista de las distracciones que encontré en la convalecencia, y con las cuales creí engañar el tiránico afecto enseñoreado de mi alma, diciendo que penetré en dos círculos sociales muy distintos: en casa de una señora que daba reuniones, y en la de un importante personaje político, jefe de partido, escritor y sabio, a quien me presentó Mauricio Parra, que era de sus prosélitos fervientes.

Yo también comulgaba, y no con menos devoción en la creencia de Mauricio; yo me contaba entre los devotos de aquel insigne repúblico, a quien llamaré Don Alejo Nevada, y le reconocía por _jefe_ cuando mis fiebres amorosas dejaban lugar a las políticas.

Creía además, o mejor dicho, deseaba que el entusiasmo político borrase mis preocupaciones de otra índole, pues me encontraba en un momento de esos en que con sinceridad nos proponemos combatir nuestra locura, aplicando todos los derivativos que conoce la ciencia. Mi entusiasmo por Nevada me infundía esperanzas de que su vista y trato refrigerante serenasen mi cabeza, trayéndome a aquel camino de las _líneas rectas_ en mal hora abandonado, al cual la severa figura del que yo interiormente llamaba _mi jefe_ debía ayudarme a volver.

No pisé su casa sin religiosa emoción de neófito. He notado que cuando nos acercamos a los personajes célebres, de quienes se habla en todas partes y a quienes se juzga con criterio muy distinto y contradictorio, a veces con la más salvaje grosería y la maledicencia más inconsiderada y ponzoñosa; a quienes un día tras otro la caricatura, las sátiras de los periodiquines y los sueltos aviesos y ladradores de la sección política exponen en la picota a pública vergüenza; he notado, digo, que cuando nos llegamos a estos personajes, parece que la injuria, la calumnia, el humo y el polvo mismo de la batalla les han puesto aureola, y lejos de movernos a irreverencia todo lo que hemos oído y leído, redobla nuestro acatamiento. Entré poseído de ese respeto involuntario --que muchos considerándolo ridículo, encubren bajo una franqueza chabacana y de mal gusto-- en la residencia de Don Alejo Nevada.

La casa no tenía sin embargo, nada de imponente, como no fuese su propia austera sencillez y la voluntaria abstención del lujo barato moderno, deslumbrador para los incautos. El edificio era antiguo, desahogado y alto de techos: pasado el recibimiento, descansábamos en una pieza que adornaba vasta anaquelería abarrotada de libros. Allí esperábamos y allí se leían periódicos o se discutía a media voz, mientras llegaba el turno de ser introducido en el despacho contiguo y saludar al grande hombre.

Cuando me tocó la vez, entré aturdido y ciego, enredándome en los muebles y tropezando con las sillas. Al dar la mano a Nevada humedecía mi diestra ligero trasudor, y el corazón me latía fuerte. No supe decir más que frases balbucientes y torpes. Tuve conciencia de mi falta de aplomo, y la fría amabilidad con que Nevada me sentó a su lado y me dirigió preguntas, acabó de aturrullarme. Sin embargo, poco a poco fue normalizándose mi circulación y disipándose la niebla que hasta entonces me oscurecía los rasgos de Nevada: vi claramente su faz de rey mago, que parecía desprendida de algún tríptico medieval, su barba de nieve, sus ojos tranquilos, dormidos tras los espejuelos, sus mejillas rosadas como de figura de porcelana, el dibujo anguloso de sus facciones, la calma de sus movimientos. Aquella impasibilidad sin mezcla de arrogancia alguna, aquella llaneza y tibieza de la expresión, aquella palabra glacial, que servía de verbo a una política abstracta, profética y pacienzuda, me parecieron entonces el colmo de la sabiduría. Nada más distinto de como solemos representarnos a un agitador y a un radical que aquel viejo apacible, semejante a las figuritas de cerámica que retratan la ancianidad en el arte de los pueblos de Oriente. Nevada, con su trato afable y mate y su yerta conversación, encarnaba a maravilla las _líneas rectas_ que debían predominar en mi cerebro.

Así que recobré ánimo, aprecié también el aspecto del despacho, y todos y cada uno de sus detalles contribuyeron a afianzar en mi espíritu la consideración. Tanta modestia y seriedad me cautivaron. El sillón que mi jefe ocupaba, de cuero negro con grandes y doradas tachuelas; la ancha mesa; la anaquelería cargada de libros y subiendo hasta el techo, lo mismo que la de la antecámara; los estantes, que en vez de ricos chirimbolos, lucían reproducciones en yeso, lo más barato y modesto que en arte cabe poseer; las anchas fotografías y grabados, único adorno de las paredes, todo revelaba la misma formalidad, la misma carencia de pretensiones, y el mismo propósito de huir de la vulgaridad por medio de la sobriedad espartana; e indicaban aficiones científicas los instrumentos de observación, colocados en otras rinconeras, los termómetros y giróscopos de Benot o Echegaray, un microscopio, una hermosa caja de compases.

La conversación del repúblico era como su nido: apagada, sorda, sin brillo alguno, aunque en ocasiones importante y firme, y en otras profunda. Sus palabras, pronunciadas por una voz sin inflexiones, una voz gris, y en estilo castizo, se me grababan en el cerebro cual si las inscribiese acerado punzón. Cuando ya dejé desbordar algo mi entusiasmo, revelándolo en dos o tres frases, no se estremeció músculo ni fibra de aquella fisonomía; los ojos no brillaron, los espejuelos sí; no observé en el semblante ni la dilatación de la vanidad, ni la inconsciente efusión de la simpatía que responde a la simpatía; solo contestó a mis protestas un «vamos, vamos» inerte. La apacibilidad de Nevada me impulsó a extremar mis vehemencias, empeñándome en arrancar del trozo de sílex la chispa; recuerdo que le dije que estaba decidido a todo, y que me considerase como _recluta disponible_. El jefe me preguntó entonces mi nombre y señas, y lo apuntó cuidadosamente, con bien sentado pulso, en un libro. Supe después que también llevaba, en papeletas, como un catálogo de biblioteca, el índice de todos los comités del partido en España, y me pareció que semejante idea de catálogo, de clasificación y de método, introducida en el hervor de una comunicación joven y entusiasta, pintaba al hombre.

Salía yo a tiempo que entraba un fuerte sostén del partido, prócer de tan alta alcurnia como pingüe hacienda, tipo bien diferente y a un opuesto al de Nevada, cabeza de enérgico diseño, meridional, respirando pasión, modelada con rasgos hondos y valientes curvas, como en lava del Vesubio. El contraste entre aquellos dos personajes políticos hacía sorprendente su estrecha unión y amistad. A pesar de la presencia del prócer, Nevada al despedirme, me acompañó hasta la puerta.

Seguí yendo los domingos por la mañana a casa de mi jefe, aficionándome a la tertulia de la antesala, donde se ventilaban problemas de actualidad, y la conversación, al par que de miasmas políticos, se cargaba alguna que otra vez de efluvios intelectuales, sobre todo si Mauricio Parra alternaba en ella. Traté de presentar allí a Luis Portal; pero el orensano no quiso, porque, según decía: «en esa ermita no entran más que los devotos, y ya sabes que yo... _nequaquam_».

Nuestras polémicas en la antesala eran a media voz. Generalmente leíamos la prensa, que se amontonaba en grandes cascadas sobre la mesa central. Los personajes que descollaban en la reunión eran un síndico de vinateros, hombre acomodado y de influencia, que solía ejercer altos cargos municipales; cierto tipógrafo socialista, de quien a veces, en nuestra zozobra de noveles conspiradores, sospechábamos que fuese agente provocador e hiciese bajo cuerda la política de Cánovas; un cura zorrillista que no formaba opinión sobre cosa alguna divina ni humana mientras no consultaba a don Manuel y este resolvía la consulta --y el elemento estudiantil, no escaso ni pacífico. Tanto que muchas veces, en ocasión de entrar el prócer o algún personaje de alto fuste, y cuando oíamos el rumor alternado del diálogo en el despacho vecino, nos entraba ansia de esa atmósfera de disputa que ha sido por largo tiempo ambiente propio de la política española; y vencidos de nuestro antojo apelábamos al recurso de irnos a otro piso de la misma casa, la redacción de un periódico masónico, donde veían la luz actas del Gran Oriente mantuano, el legítimo, el ajustado al rito antiguo escocés. Allí podíamos subir el diapasón y despacharnos a nuestro gusto. Mauricio Parra llevaba la batuta. Aquel muchacho, dotado de inteligencia no inferior a la de mi amigo Luis, era su polo opuesto, en el sentido de que tenía temperamento batallador, carácter acerbo y díscolo, poquísima transigencia, decidida afición a contradecir, y bajo estas espinas y abrojos, un gran fondo de ternura y tal vez un candor de que no adolece el sagaz Portal. La vida, con su roce y su desgaste, no había conseguido limar los ángulos del carácter de Mauricio, ni atenuar la crudeza de sus opiniones, generalmente paradójicas. Para muestra de esas trasladaré lo que decía de mi carrera y del espíritu que en ella domina.

--Déjeme usted --exclamaba encolerizado Mauricio--. Su carrera de ustedes, tal como aquí se entiende, es una carrera, ya que no de obstáculos, de disparates. Estudian ustedes, no cabe duda, diez veces más que los ingenieros franceses y belgas; pero estudian cosas que maldita la falta para el ejercicio de la profesión. Aquí sacamos de quicio todas las carreras por querer elevarlas a sus elementos más sublimes, prescindiendo de los meramente útiles; y luego resulta que nuestros ingenieros hacen dramas, hacen leyes, hacen política, lo hacen todo menos ferrocarriles, puentes y montaje de fábricas. ¿Quieren ustedes saber cuál es para mí el ideal del ingeniero? El hombre que dirige a conciencia la construcción de un ferrocarril, y el día de la inauguración recibe de frac a las comisiones y al Rey, y en seguida, cuando se trata de que el Rey recorre la línea, se quita el frac, se planta su blusa, trepa a la locomotora, y actuando de maquinista, lleva el tren al final del trayecto. ¡No se subiría el hijo de mi padre a un tren dirigido por Echegaray o Sagasta! Esa gimnasia feroz de matemáticas, ¿me quieren ustedes decir para qué sirve? En Francia un ingeniero no estudia la teoría de su profesión sino tres años, y luego pasa a _centralier_, y blusa al canto, ¡y práctica, y práctica, y más práctica! Mientras que aquí, sabrán ustedes mucho de buñolería científica... pero no saben hacer lo que hace un maestro de obras: ¡una tapia!

--¡Hombre! --le contestaba alguno escandalizado--. ¡No tanto, por Dios!

--¡Ni una tapia! Me ratifico. Son ustedes, a estas alturas, lo que fueron los médicos allá en el siglo XVIII: una gente atestada de fórmulas, y sin el menor sentido de la realidad. Entonces los médicos se habían plantado en Aristóteles: ustedes hoy están en Euclides. Mucho fárrago de teorías y de proposiciones, muchos conocimientos abstractos, y nada de anatomía ni de clínica profesional. Para lo más sencillo se ven ustedes atarugados. Se le pide a uno de ustedes un modelo de puente, verbigracia, y se toma un trabajo loco, se gasta cinco meses, lo calcula todo muy bien, resistencias, distancias, coeficientes de flexión... para que luego les digan a ustedes en el _Creusot_: «Pues sí, señor, todo eso es óptimo, y muy meritorio y muy laudable, están ustedes muy fuertes en el cálculo...; pero han perdido el tiempo lastimosamente, porque aquí tenemos modelitos de puentes hechos ya, cuyo resultado se conoce por experiencia, y con pedir el modelo núm. 2, o el núm. 3, salían ustedes del apuro sin tanto descornarse.»

--¡Pero eso --exclamaba yo indignado-- es hacer de nosotros punto menos que artesanos! Suprímanos usted, y que nos reemplacen los sobrestantes de caminos.

--Pues eríjame la profesión en sacerdocio, y deje los puentes en el aire o abra túneles que luego resulten anteojos de teatro --respondiome el furioso paradojista--. ¿Ha visto usted que los Edison ni los Eiffel salgan de ninguna Escuela especial? ¿No sabe usted que Eiffel dice a quien lo quiere oír que _il se fiche_ de las matemáticas? ¿Le parece a usted que es sano y bueno, en una cosa de carácter eminentemente práctico, mandar la práctica al rábano, como hacen ustedes? Y además, ¿no es doloroso ver reducir a tal estado a los alumnos, que en esos años de la carrera, lo más florido y plástico de la vida, no les quede ni tiempo ni cabeza para adquirir otra clase de conocimientos sino los puramente técnicos? Da grima ver a los chicos pasar su juventud sin obtener ni ese barniz tan necesario hoy, que se llama _cultura general_, y que es como la camisa limpia del entendimiento. Salen ustedes de ahí aplatanados, atrofiados del cerebro, con los sesos rellenos de guarismo. Usted y Portal son de lo más lucidito de la Escuela no en la carrera tal vez, sino en cuanto a que han procurado ustedes, a salto de mata, apoderarse de algunas ideas, leer algo más que el libro de texto. Conservan ustedes cierta savia intelectual, que sería mucho mayor si no estuviesen sometidos a ese régimen depresivo. Su amigo Luis es un cabezón; de allí podría salir un grande hombre de estado, un economista... ¡yo qué sé! Y usted que tiene tanta sensibilidad, tanta fantasía... ¿por qué no había de ser artista, o escritor, o...?

--Pues si no quiere que Echegaray haga dramas --objeté--, ¿cómo me aconseja a mí que en vez de mis asignaturas cultive las letras?

No era Mauricio de los que se dejan coger en un renuncio. Se evadía con sofística habilidad. Nosotros atribuíamos su gran inquina contra la Escuela, a que en tiempos tuvo que salir de ella por la puerta de los carros.

IV

La señora que daba reuniones vivía en el primero de la casa de mis tíos. Era viuda de un Subsecretario, y allá en sus mocedades hubo de presumir de elegantona; hoy tenía el pelo blanco, las formas exuberantes, corva la nariz, el continente entre severo y meloso, y todas las pretensiones cifradas en sus dos pares de niñas, muchachas del género insulso, nerviosas y linfáticas, de estas cuya inutilidad e intolerable sosera son fruto combinado de la vida anodina, la deficiencia de instrucción, la estrechez de miras y la frivolidad. «De la cabecita de esas cuatro no se saca para hacer un frito de sesos», afirmaba Luis. Las señoritas del primero eran prueba viviente de que andaba acertado mi amigo al insistir en la necesidad de crear una mujer nueva, distinta del tipo general mesocrático. ¿Quién podría sufrir la vida común con semejantes maniquíes?

Pasábanse todo el día de Dios en la ventana, ya entre cristales, ya con el cuerpo fuera. Cuando no estaban así, en postura de loritos, martirizaban el piano, revolvían figurines, charlaban de modas, leían revistas de salones para husmear las bodas y los equipos de la gente encopetada, criticaban a sus amigas, fisgoneaban quién entraba en casa de los vecinos, se miraban al espejo o daban vueltas a sus sombrerillos y trajes. A falta de otro género de conocimientos, su madre les inculcaba ideas de nimia corrección social, explicándoles día y noche lo que era _bien visto_ y _mal visto_, lo que _podían hacer_ y lo que _no podían hacer_ unas señoritas; y a aquellas criaturas, capaces de establecer comunicación telegráfica con el primer mequetrefe que pasase por la acera fronteriza, les parecía tan imposible ir solas hasta la esquina de la calle, como en ferrocarril a la luna. A falta de su madre --que padecía un principio de estrechez valvular, y no podía andar mucho a pie--, las acompañaba una criada zafia y descaradilla, y con tan excelente rodrigón, ya se atrevían las muchachas a salir a compras, a misa, a casa de las amigas de confianza, mientras todas cuatro, juntas, pero sin la maritornes, no se hubieran determinado ni a tomar un carrete de hilo en la tienda de enfrente.

La noción fundamental de la moral inspirada a las niñas de Barrientos era la inseparabilidad. La madre se desvivía para meter en la cabeza a sus cuatro retoños que el toque de la fraternidad estribaba, no solo en vestir tan idéntico que si una de las hermanas compraba, verbigracia, un alfiler de cabeza de gallo, las demás revolviesen todas las tiendas de Madrid buscando otros tres gallos igualitos, sino en pasear y hasta creo que estornudar a las mismas horas y del mismo modo. Cuando a una la dolía la cabeza, las otras tres suprimían la salida; si una aprendía, por afición, a calar madera con sierrecilla, era obligatorio que a las restantes las entrase igual manía, llenándose la casa de cajitas enanas y edificios góticos de cinco pulgadas de alto; si una aprendía cierta sonata al piano, habían de aprenderla las restantes, y si una se levantaba y salía del gabinete, la seguían las otras en hilera como las grullas. La madre, viéndolas sometidas al régimen de la fraternidad forzosa, solía exclamar, cayéndosele la baba: «¡Como están tan unidas!» Y aprobaban los presentes: «¡Ay! muy unidas... ¡Da gusto ver una familia así!»

Lo que realmente daba --según Portal, presentado por mí a la señora de Barrientos-- era pavor, de imaginar que se preparaban con tal régimen futuras esposas y madres de familia; de pensar que aquellas muñecas rellenas de serrín, serían, andando el tiempo, base de un hogar, compañeras de un hombre inteligente, que hubiese probado las amarguras y los combates de la vida, ejercitando el cerebro, desarrollado sus ideas y contraído la necesidad de emitirlas.

--¡Yo --exclamaba Luis-- me suicido si me mandan que me amarre al yugo con una de esas sin sustancia! ¡No creas por eso que prefiero a tu ideal! Entre la tití y las señoritas de Barrientos, me quedo sin ninguna; la señora de tu tío (que en mi concepto está algo loca) es una mujer de otras edades, a quien tocó nacer en el siglo presente, adornada con virtudes que no necesito y convicciones que me estorban; y las de Barrientos, unas pavisosas coquetuelas que no veo la necesidad de que naciesen en este siglo ni en ninguno, porque maldito si sirven para nada. Créeme, chacho. El hombre de mediano sentido común que cargue con ellas, a los dos meses las administra algún alcaloide. ¡Dios me libre de tales plepas! ¿Quién cargará con esas gangas?