La prueba

Part 2

Chapter 24,077 wordsPublic domain

En aquella ocasión, la escasez de _guita_ se traducía en mí por gran decadencia en el ramo de indumentaria. Entre la batalla de todo el invierno y el estirón de la enfermedad, no había prenda que me sirviese. Lo noté al vestirme para la primer salida, y cuando mi tití me despidió en la puerta, encargándome que «volviese temprano por causa del frío», me abochorné de mis pantalones rabicortos y de mi capa vetusta. «Parezco un cesante», pensé con rabia.

Recuerdo que fue lo primerito de que hablamos Portal y yo mientras bajábamos, por las calles de Serrano y Lista hacia el paseo de la Castellana. Hacíamos rumbo al _candelero_ de Colón, cuando dije a mi amigo:

--Chico, no hay cosa más cargante que no disponer de un céntimo. A veces me entran ganas de echarlo todo a rodar y marcharme a Buenos Aires. Con lo que sé me basta para ganarme la vida allí. Es una ridiculez andar como ando, con este tipo y este pergeño, y no poder irse en derechura al sastre: «Hágame usted un traje de mezclilla, que estamos en primavera.» Aquí me tienes reducido a un _chupiturqui_ que parece la chaquetilla del pirata Barbarroja, y a esta capa indecente. No nos acerquemos a Recoletos, que encontraremos conocidos. El descubridor de las Américas nos manda volver atrás.

Así lo hicimos. Portal, echando a broma mis contrariedades, me preguntó:

--¿Y para cuándo son los sablazos a las mamás?

--¡Ya comprenderás que no deja de habérseme ocurrido! Por ahí acabaré..., pero me molesta. Mi madre hace demasiado; hace prodigios. No habrá otro remedio... Mal va a sentarla el petitorio, después de que mi tío la avisó de que le pasará la cuenta del médico.

--¿Eso hará?

--Eso. ¿Qué te creías tú? Y lo prefiero. Me avergonzaría que pagase él los gastos de mi enfermedad. Gracias a Dios, correrá con ellos mi madre. Mi tío está sufriendo en su carácter un cambio, para empeorar, por supuesto. Antes era únicamente antipático. Ahora se ha hecho aborrecible. El menor extraordinario le sobrexcita. Yo le atisbo y me froto las manos, porque veo que en mi tití se establece correlación de sentimientos, y que conforme él se vuelve más tacaño, más cominero y más duro, ella se retrae más, y la intimidad matrimonial se la lleva el diablo.

--Chacho --advirtió Portal deteniéndose, con el movimiento característico que ejecutamos cuando una conversación nos interesa--, en la historia de tus tíos noto que armas unos embrollos psicológicos tales, que no ocurriendo nada en ese matrimonio, al menos exteriormente, cuando hablas tú parece que existe un drama. Ni comprendo al marido ni al galán. Explícate.

--Verás --contesté, apoyándome en su brazo, porque aún me sentía un poco débil--. La situación me parece bien sencilla, aunque en ella, como en toda cuestión amorosa y matrimonial, hay siempre algo de inexplicable. Ni en amor ni en filosofía conseguirás nunca entender las substancias. Soy el primero a reconocer que es una anomalía mi entusiasmo por esa mujer, ni conquistable ni hermosa.

--Sí, hijo, anomalía, o manía, hablando pronto --afirmó el oportunista--. He visto poco de eso. Si vivieses recluido en algún seminario... ¡Corcho! entonces... El hombre reprimido está expuesto a cometer _ene_ disparates por una escoba con faldas. Pero teniendo libertad y la suerte de haberle caído en gracia a una hembra tan principal como Belén... ¿No sabes? Coche, ¡tiene coche ya!... Tanto la calenté la cabeza que la mujer no ha sosegado hasta exprimir al bolsista. Lo sé porque ayer volvió a preguntarme por tu salud... La chica no te quiere enfermo.

--Déjame de Belenes --contesté--. ¿Nos sentamos en este banco? --añadí indicando uno entoldado por frondosa acacia.

--Corriente. Pero barremos la casa. Confiésate del todo. A ver si determino tu verdadero estado moral.

El sol, que picaba agradablemente, calentando mis piernas y mis pies y la parte de tronco que yo sacaba de la zona de sombra producida por el árbol, me infundía en las ideas claridad y optimismo, causándome a la vez cierta impresión que puede llamarse de _irrealidad de las penas_; benéfica operación mediante la cual el alma elimina el gas mortífero del dolor y respira el oxígeno de la esperanza, sin causa ni motivo, solo por la virtud reparadora que lleva consigo la existencia.

--También a mí --contesté-- me han entrado ganas de hacer examen. Se me figura que vivo rodeado de fantasmas, y que esos fantasmas me los he forjado yo mismo. Se me ocurre si no habrá tal pasión, ni tal odio, ni nada. Chacho, ¿qué te parece?

Y al decirlo apoyé la mano en el hombro de Luis. Mi amigo, opuesto siempre a dar pábulo a la curiosidad de los transeúntes, y además muy poco demostrativo, al menos con los varones, se apartó, y dijo mirándome con un reposo lleno de inteligente sagacidad:

--Buena señal cuando conoces tu extravagancia. Capítulo primero. Hagamos historia. Mientras estabas malito, ¿te figuraste que la mujer de tu tío te manifestaba cariño, amor o qué sé yo qué?

--Tampoco entiendo lo que era. Ojalá fuese _amor_; pero pudo ser cariño, piedad, indulgencia.

--Y al cesar el peligro ¿cesaron las demostraciones?

--Sí, de repente. Hoy solo noto en ella... la simpatía involuntaria que siempre noté; una especie de atracción, que, comparada a la repulsión que la inspira su marido... ya es algo.

--¿Y él? ¿Él? Capítulo segundo e importantísimo. ¿Él se escama? ¿Hay celotipia?

--No. Casi no entró en mi cuarto.

--¿Y a qué atribuyes tú esa indiferencia?

--A dos cosas puede atribuirse: la primera a que mi tío no es tonto, y sabe de qué madera está hecha su mujer.

Portal, sin abrir la boca, dejó oír el sonido de una _u_ repetida y prolongada.

--¿No lo crees? Segunda explicación. A mi tío su mujer no le importa. Nunca la quiso, y desde hará dos meses se ha despegado totalmente de ella.

--¿Por qué?

--Sospecho que por la boda de su padre, aquel señor de Aldao, que debe de estar ido, cuando hizo la melonada de casarse en secreto con una chicuela hija de un cabo de carabineros, que tendrá dieciséis o diecisiete años y la mayor cabeza de viento que se conoce en las cuatro provincias. A mi tío se le atravesó la boda; empezó por armar escándalo con su mujer, lo mismo que si ella fuese responsable de las chocheces del papá; y desde ese día casi no la ha vuelto a dirigir la palabra. Se está fuera todo el tiempo que puede, y escatima hasta un ochavo. Nunca fue espléndido; pero ahora sufre una crisis de avaricia. De rechazo, no por celos ¡quia!, tiembla que yo le sea gravoso. Uno de los motivos por que no quiero hablarle del mal estado de mi guardarropa, es porque le creo capaz de ofrecerme prendas suyas de desecho. Te digo que está el hombre medio lunático; se figura que el señor de Aldao tendrá sucesión, y que la tití quedará desheredada, y anda caviloso; ninguna conversación le distrae; cuando la gente le pregunta qué le duele, responde que no sabe, que es un poco de murria... Solo el verle da hipocondría.

Portal reflexionó algunos instantes, y clavando en mí las pupilas, intensas y escrutadoras, repitió:

--¿Estás seguro de que ese hombre no tiene celos?

--No --repliqué con energía--. _Siento_, conozco que no los tiene. Aunque me lo jurasen frailes descalzos. No tiene celos.

--¡Cosa más rara! --murmuró mi amigo, sacudiendo la cabeza meditabundo--. Porque no puedo convencerme de que sea únicamente cuestión de la boda del suegro... Eso le pondría furioso unos días; pero las murrias no penden de la boda. Si no hay celos, otros disgustos habrá. Un paisano mío me dijo anteayer que en Pontevedra andan muy mal las cosas, que el Santo del Naranjal le da de codo a don Felipe y protege a su gran enemigo Dochán, el que le hizo tanta guerra para que no le pusiesen en casa la oficina de Correos... En algo de esto consistirá; aunque, realmente, son motivos fútiles para tanto abatimiento. No lo entiendo. Nadie me quita de la cabeza que ahí hay _busilis_. Los celos sí que lo explicarían perfectamente; pero tú dices --insistió el muy porfiado-- que celos no.

--Celos no. ¡Si lo sabré! ¡Ojalá los tuviese, y fundados!

--Oraciones de tontos no llegan al cielo. Y después de todo --añadió Portal rascándose una oreja--, ¿de dónde sacas que no existe fundamento para celarse? ¿No me has repetido cien veces que ella le mira con repugnancia? Si tú lo notas, ¿no había de notarlo él? ¿Y no dices que ella te hizo muchas carantoñas mientras estabas enfermo? Pues auto en mi favor. Si él percibe algo, y al mismo tiempo nota que no le cae en gracia a su señora... blanco y migado...

--¡Te digo que no es eso! --repliqué impaciente--. Te digo que si fuese así, no me cabría a mí el gozo en el cuerpo, ni necesitaría tomar el sol para reanimarme. ¡Ay, ojalá! Pero naíta. Mi dicha ya sabes que carece de elementos positivos, y se funda en el negativo de sorprender en ella, no solo la repugnancia misteriosa de antes, sino de algún tiempo acá, otro sentimiento más declarado y más activo. Sí; por mucho que se reprime y trata de no caer en lo que le parece una maldad muy grande, no lo logra, y el sentimiento renace más fuerte que su voluntad. ¿No sabes que yo la estudio constantemente?

--Ya lo sé... ¡Así estudiases las asignaturas! ¿Y qué más averiguas?

--Que antes era solo repulsión, y ahora es aborrecimiento... No lo dudes, no. Mi felicidad no tiene otra base. Vivo de que le aborrezca. ¿Comprendes lo que en una criatura así significa el odio? ¡Ella, que es toda simpatía y caridad! Pues le odia. Yo la diseco: nada de cuanto hace puede escapárseme. Noto que por las mañanas, cuando vuelve de misa o del confesionario, se vence, le habla con dulzura, hasta con afecto, y no le mira, por no dejar asomar a sus ojos la luz de _aquello_ que pretende encubrir a toda costa... Pero a medida que pasan horas, su vehemencia y espontaneidad vuelven a sobreponerse, y ¡créelo!, si la voluntad fuese un veneno... mi tío estaría muerto ya.

--¡Me asombras! ¿Y de qué nace ese odio?

--Ya te lo he dicho: en mi concepto, del actual modo de ser de él, y de que la antipatía enconada puede convertirse así, de pronto, en saña invencible. Yo no soy persona que haya sentido jamás impulsos de atentar a la vida de nadie; pero a mi tío, créeme que de algún tiempo a esta parte le hubiese escabechado de muy buena gana.

El oportunista pegó un brinco sobre el banco de piedra, y se puso a mirarme lo mismo que se mira a los locos, y a persignarse deprisa.

--¡Hijo... hijo... hijo...! ¡Esta es la cierta! ¡Rematado, rematado! No es un decir: te encuentro desequilibrado completamente; por Dios, sin tardanza, duchas, bromuro, régimen tónico...

--Déjame a mí. Cada loco con su tema --respondí sonriente--. Mi gloria consiste en una quimera, ya lo sé, y quimera extravagante... ¿Qué mal hago? A mí me basta, y a los demás no les importa. Estoy satisfecho con cierto paralelismo de sentimientos entre la mujer querida y yo. Si a mí me inspira repugnancia una persona, repugnancia le inspira a ella; lo que odio, ella lo odia: podrá no quererme a mí, pero nadie quita que sus afectos van al compás de los míos. Tú dices que mi tía es una mujer de otros tiempos, y que el espíritu cristiano y la religiosidad profunda que dictan sus acciones la hacen incompatible conmigo, que soy racionalista. Pues mira: podremos _entender_ de diferente modo, pero _sentimos_ igual. No lo dudes. A cualquier camueso que no conciba estas honduras y delicadezas, se le figurará que mi tío, el marido, su dueño, es el obstáculo que hay entre nosotros... ¡Memo quien tal crea! Mi tío es el lazo que nos une. No pienses que yo le quiero mal porque esté casado con ella. ¡Qué disparate! Ya sabes que mi tío me es antipático desde hace _ene_ años... desde que nací; y que ahora mi repulsión se ha convertido en aversión... porque ella le detesta también. No hay más.

Mi amigo no contestó al pronto. Después exclamó, mirándome compadecido:

--Vámonos a casa. Tienes calentura.

--No creas que estoy trastornado.

--¡Si no digo trastornado! Pero tienes fiebre. Echas chispas por los ojos. Vas a recaer. ¡Precaución! Embózate... y a casita.

Cuando ya habíamos pasado más allá del monumento colombiano, Portal me dijo en el tono con que se da una mala noticia.

--¿No sabes quién está, en mi concepto, cien veces más malo que estuviste tú? ¿Pero sentenciadito?

--¿Quién?

--El empollón de Dolfos.

Así llamábamos en nuestra jerga, amistosa y escolar a un pobre muchacho zamorano, muy corto de alcances, compañero de estudios y también de hospedaje el año anterior. Era un chico apocado, insulso, tristón, el más tenaz y asiduo de todos nosotros, porque, huérfano de padre y madre, le pagaba la carrera con sus economías una abuelita casi octogenaria, que le había dicho: «No quiero morirme sin verte ingeniero.» Su verdadero nombre era Restituto Suárez; pero por su patria y su aspecto triste, o, como dicen los portugueses, _soturno_, le habíamos puesto _Dolfos_.

--¿Qué tiene? --pregunté.

--¿Qué ha de tener? Lo natural. Que los cerebros son igual que los estómagos; no todos pueden resistir una misma comida, y comida fuerte: no todos son capaces de cenar langosta, verbigracia. Al infeliz se le ha indigestado el atracón de _binomios_ y _polinomios_, _invariantes_ y _covariantes_, _canonizantes de las cúbicas_, y otras hierbas. ¿Te parece a ti que no hay más que meterse eso en las casillas de la chola, de una chola pobre y sin _humus_ ninguno? ¡Claro! como meter... se mete, a mazo y escoplo, a fuerza de pasarse muchas noches en blanco, de suprimir todo ejercicio, y de embrutecerse. El desgraciado de Dolfos no ha gozado, puede decirse, un día de asueto desde que es alumno. No le ha dicho jamás a una mujer: «por ahí te pudras». ¡Si eso es vivir...! Y ahora está malo; malo de verdad. No prueba comida; tiene una tos blanda, que no me hace gracia ninguna; más flaco que un espectro... y dale que le das a los libros. Quiere ganar el año a toda costa. Como no gane la Sacramental...

Quedamos en que yo iría en breve a visitar a Dolfos. Según nos acercábamos a doblar la esquina de la calle de Alcalá, Portal me dio un empellón, exhalando un grito.

--Mira... mira quién va por allí...

Volví la cabeza. Al trote corto de un jaco no muy fogoso ni de sangre muy pura, rodaba paseo arriba la victoria donde se reclinaba, provocativa y tímida a la vez, como suelen las mujeres de su oficio, Belén, mi pecadora. Ceñida por el corsé, realzada por el traje de paño verde y el redondo sombrero de castor con plumas, Belén parecía lo que era en realidad: una gran mujer, digna de precipitar al abismo a cualquier protector espléndido.

¡Cristo, en cuanto nos guipó! Porque estábamos situados de manera que sin vernos no podía pasar. Sus ojazos resplandecieron: la alegría se derramó por su bella cara, pálida y algo retocada de blanquete; en su agitación, ni acertaba a decir al cochero que parase. Adiviné las intenciones, y arrastrando a mi amigo, me alejé, después de saludar a Belén con una sonrisa.

--Es capaz de hacernos subir al coche --dije a Portal--. Huyamos.

Ya en la Plaza de la Independencia, le pregunté por _Mo_.

--¿Qué dice la Gran Bretaña?

--Ayer me presentaron en casa de los padres --respondió mi amigo--. Otro día te contaré... o, mejor dicho, te llevaré allá. ¡Verás qué gente!

III

Escribí a mamá una carta de estudiante legítima, que partía los corazones a fuerza de exagerar mi situación y el estado de mi guardarropa.

«La capa imposible. He preguntado a un sastruco de mala muerte lo que costaría su arreglo, y dice que veinticinco pesetas poniéndole buenos embozos, y veinte si se los pone inferiores. Como la pobre está tan tronitis, creo que son de esta última clase los que se le deben echar. Mi sombrero, más indecente todavía que la capa; por donde tiene pelo, que no es por todas partes ni mucho menos, lo tiene verde, casi color de esmeralda, y por donde no lo tiene, está cubierto de un barniz tornasolado de grasa, o de goma, o no se de qué, que revuelve el estómago mirarlo. Ítem. Mis pantalones mejores amenazan romperse. Los peores ya se rompieron, y además todos ellos me sirven para los brazos mejor que para las piernas. Por hoy basta de calamidades, pero conste que necesito ropa sin remedio.»

Toda madre atiende a estas demandas si la queda un solo céntimo disponible. Mamá me giró dinero para vestirme, aunque al mismo tiempo me encargaba la mayor parsimonia, quejándose amargamente, por variar, de mi tío. Es cierto que el residir yo en su casa le ahorraba a ella parte de gastos de hospedaje; pero en cambio los de médico, que no habían sido flojos, los de botica, y todos los demás, de cualquier género que fuesen, recaían sobre la pobre señora, agobiándola precisamente aquel año, cuando las rentas habían descendido la mitad con la emigración y la baratura de los trigos _de fuera_.

Entre estas lástimas del orden económico andaban mezcladas otras que pertenecían a la esfera del sentimiento. Mi madre lamentaba que le hubiesen ocultado la gravedad de mi mal, porque, eso sí, para venir a verme en momentos tales, no le faltaría a ella dinero nunca. Añadía --con aquella graciosa manera suya de confundir y barajar las cosas más incoherentes-- calurosas protestas contra el doctorcillo Saúco, un chico de nuestro país, «tan gallego como nosotros», que al año de estar en Madrid buscándose la vida, ya se creía con derecho a cobrar duro por visita, lo cual era todo un escándalo. «El médico de Cebre, que lleva tanto tiempo de práctica, me asiste por seis ferrados de trigo anuales.» ¡Cuarenta y pico de duros en médico! Este dato lo tenía mi madre clavado en el corazón, y, en su concepto, el hecho de ser gallego el doctor Saúco hacía más escandalosa la exorbitancia de sus honorarios. Las cuentas de botica que le había enviado mi tío, la horrorizaban también. Los medicamentos a la fuerza debían de estar amasados con oro. En fin, el asunto es que yo hubiese salido adelante, y estuviese ya bueno y guapo y con barba corrida...

Para mí, el asunto es que tenía ropa aceptable, y con ella podía presentarme ante la gente, de un modo adecuado a los ensanches y prolongaciones de mi cuerpo y a la eflorescencia de mi barba. En cuanto me puse de nuevo de pies a cabeza, estrenando un traje de entretiempo, barato, pero de agradable color y mediano corte, pareciome que recobraba la verdadera salud. Hasta entonces no había cesado mi dolencia; aún pesaba sobre mí, en forma de vestimenta menguada y pobre. Al salir a la calle llevaba, retozándome dentro, un regocijo bullicioso y pueril, más propio de algún chicuelo que de hombre hecho y derecho y barbado. ¡Tanto influye en nuestro espíritu la cáscara del ropaje, indispensable requisito o pasaporte que nos exige la sociedad!

Disipado aquel sentimiento de vaga nostalgia que noté en los primeros instantes de mi convalecencia, entrome una especie de hervor de vitalidad, de ansia de movimiento, que se tradujo en hacer visitas a todos mis conocidos, adquirir relaciones nuevas, salir, hablar... todo menos la necesaria y desesperante aplicación al estudio. Los libros me inspiraban tedio, un tedio que quería ocultarme a mí mismo, por vergüenza, pero que era real y efectivo; mi cabeza estaba como oxidada, y los goznes de mi entendimiento y de mi memoria se resistían a funcionar. La primera vez que comprobé este fenómeno, me causó una especie de terror. «¡No puedo, no puedo! ¡Ay, Dios mío, qué va a ser de mí este año!» Dos o tres veces realicé el esfuerzo penoso que consiste en poner en tensión la voluntad para obligar a la inteligencia a concentrarse y funcionar metódicamente, sin irse por esos cerros o entregarse a una inercia dormilona. La pícara no quería obedecer. Y, en cambio, el cuerpo, antojadizo y rebosando lozanía, resistíase a la sujeción y a la encerrona. Mi deseo mayor era _flanear_, callejear, tomar el sol, detenerme aquí y allí sin objeto, pasear solamente por el gusto de sentir que mis músculos y mis tendones poseían elasticidad y vigor propios de gimnasta. Como suele suceder en los años en que la corriente vital asciende aún, después de mi enfermedad encontrábame más animoso que antes, y la subida de la savia primaveral, combinada con la impetuosa salud, me espoleaba causándome una ebullición interna, volcánica, semidolorosa.

Mi primer visita fue a la calle del Clavel, a la casa de huéspedes de doña Jesusa. La encontré como siempre, ordenada, pacífica, limpia en lo que cabe, con su jilguero cantarín en el mismo rincón del pasillo; y a sus inquilinos idénticos, siguiendo cada uno la pendiente de su carácter. A Trinito me lo hallé tumbado a la bartola, y al pobre Dolfos estudiando con furia. El cubano, en aquellos últimos tiempos de la carrera, no necesitaba más que dar un repaso; su memorión le sacaba de apuros. En cambio Dolfos, cuyas facultades de comprensión y asimilación disminuían con la progresiva debilidad del cuerpo y la anemia cerebral, se pasaba el día, y acaso la noche, encorvado sobre el libro mortífero. ¡Cómo estaba el infeliz aquel! Cuando se levantó para abrazarme, tuve ese movimiento involuntario de retroceso que realizamos ante la muerte pintada en un rostro. El asiduo era un espectro. En su faz amarilla, ni aun brillaban sus ojos atónicos y apagados. Lo que se veía mucho, por lo descarnado de las mejillas, eran los dientes oscuros en las encías pálidas y flácidas. Sus orejas se despegaban del cráneo de un modo aterrador, como si fuesen a caerse al suelo. Sentí su mano viscosa entre las mías, y noté en ella juntos el ardor de la calentura y el sudor de la agonía próxima. Su aliento era ya la descomposición de un estómago que no tiene jugos digestivos. Le dije las tonterías y vulgaridades de cajón.

--Cuidarse... Me parece que aras demasiado... No conviene exagerar... El número uno ante todo... Prudencia, prudencia. ¿Por qué no sales y tomas aires de campo? ¡Te encuentro algo flacucho!...

Y el maniático con una sonrisa casi suplicante, que pedía excusas, respondiome:

--Ya ves, ahora, para lo que falta... Pocas son las malas fadas, como dices tú; hasta junio solamente... En examinándome y saliendo con bien... ¡plam! a casa, junto a la viejuca... Va a chochear de contenta... va a ponerse a bailar, aunque no puede menearse de su butaquita. ¡Y yo! --Interrupción a cada palabra por una tos que parecía salir de una olla rota--. Yo... mira, yo... para ser franco... contentísimo también. Porque chico, la aciertas... es demasiada sujeción, y lo que es este verano... te aseguro que he de correr liebres y que he de beber mosto. No; si ya hasta se me ocurre que este género de vida... me perjudicará... a la salud. La comida no me aprovecha y tengo una poquita... ¡ay!... nada más que una poquita... de expectoración. Pero no vale la pena; conozco el remedio. En llegando a Zamora...

--Pues mira --insté--, lo que convenga... hacerlo pronto. Esas cosas que atañen a la salud, en tiempo... porque si no... ¿quién sabe a lo que te expones? Ea, hoy sales a dar una vuelta conmigo...

El asiduo se alarmó como si le propusiese cometer algún crimen.

--¿Una vuelta? Estás loco. ¡Tú no te fijas en lo que tengo que hacer! Esos condenados _puertos y señales marítimas_ y esa... indecente... _legislación de obras públicas_... ¡ya ves que no es lo más difícil...! pues no acaban de entrarme. A veces se me figura que mi cabeza es una espumadera: echo en ella párrafos y más párrafos... Al minuto no queda ni gota. ¡Ay! ¡Si yo pudiese apretar, apretar los sesos! No creas; un día hasta me até un pañuelo por las sienes... Lo que se me ha quitado ahora son las jaquecas que padecía al principio. Del mal el menos. Siquiera no tengo que acostarme y quedarme a oscuras. Únicamente... la cuestión del estómago... Pero en yendo este año a unas aguas minerales... ya me dijo Saúco que me pondría como nuevo. Lo que tengo es nervioso, puramente nervioso... Ganas de acabar.