La prueba

Part 16

Chapter 161,465 wordsPublic domain

--Hablamos para el caso de que las tuvieses. Suponiendo que ese libro de tu autobiografía fuera a imprimirse, yo le daría un tajo; me pararía en firme en aquel incidente... verás... La escapatoria de Camila Barrientos con el novio de su hermana... Porque creo que esa vez fue la última que se cruzaron entre Carmiña y tú palabras relativas al drama de pasión que indudablemente existía entre ambos, muy tapadito, pero muy auténtico. Después, para que no se ignorase en qué había parado la cosa, pondría un epílogo... la muerte de tu tío... y nada más. Nada más por ahora, quiero decir, porque tus confesiones traen cola, chacho; a los dos o tres años de estar casado con la tití... han de sucederte cosas dignas de la pluma de Balzac. Sigo en mi idea. Esta clase de mujeres tan santas, tan excelentes y admirables, no pueden hacernos felices a nosotros... y nuestra existencia a su lado sería un infierno. En fin, hoy no es día de que yo predique a nadie... Estoy desautorizado. Se ha llevado pateta mi prestigio.

--Vamos --indiqué--, lo que pasa es que a ti, en tu estado de ánimo actual, no te hacen gracia esas páginas dolorosas. Pues las salto... y si quieres, de palabra te contaré cómo se murió mi tío, pues fue un momento en que experimenté yo una emoción bastante rara. No tengas miedo: abreviaré, porque conozco que estás muriéndote de sueño... y hoy es jugarte una serranada el no dejarte dormir.

Sonrió el orensano, y yo continué:

--En los últimos meses de la enfermedad, mi tío no se dejaba ver de nadie, más que de su mujer y del médico. A mí se me prohibió la entrada. Yo hubiera insistido; pero me lo impidió una interminable carta de mamá, donde me anunciaba el propósito de venir a Madrid para obtener que su hermano testase en mi favor, como era justo. La tal carta me hizo adoptar dos resoluciones: primera, la de engañar a mamá, evitando a toda costa que viniese, afirmando que mi tío estaba resuelto a dejarme su fortuna toda; segunda, la de no poner los pies en la casa mientras durase el mal. Parecíame esto de elemental delicadeza, no sé si en mi resolución entraría por algo la poca gracia que me hacía el contagioso y horrible padecimiento.

Una tarde vino a mi fonda el Padre Moreno, solicitando hablarme privadamente. Yo ignoraba que el fraile moro hubiese regresado a Madrid; le creía convaleciente en el convento de Chipiona. Díjome que venía a activar y despachar ciertos asuntos de su Orden, «que a usted le importan un pito», añadió con su brusca familiaridad acostumbrada, y que se alegraba, porque así había conseguido reducir al marido de Carmen, el cual, a fuerza de tanto padecer, y enterado ya de su verdadera situación, estaba «dado a Barrabás, y sin querer aceptar la voluntad de Dios, ni confesarse».

--Ya le tenemos como un guante --prosiguió Aben Jusuf-- y ahora lo que desea es verle a usted en estas últimas horas...

--¿Tan malo está?

--Dice el médico que no pasará de esta noche o de la madrugada. La anemia, producida por las lesiones interiores y sus consecuencias, es lo que le acaba. Lo que es peor el mal propiamente dicho... viviría diez años, si vida puede llamarse la de un leproso.

--¿Y quiere verme? ¿Sabe usted que no tengo ganas de ir?

--Pues venga usted sin ganas --contestó el fraile, terciándose el manteo o capa eclesiástica, y echando delante con resolución. Ya no usaba muleta; estaba otra vez hecho un valiente.

Le seguí; ¡qué remedio!, subí las escaleras, crucé el pasillo, entré en el cuarto, y a la débil luz de una lamparilla y en el fondo de la cama que en otro tiempo fue tálamo nupcial, vi un objeto de forma indistinta: la cabeza del enfermo envuelta en vendas múltiples. Una voz ronca y extraña, como la de los sordomudos, me llamó; sin duda la enfermedad había atacado las cuerdas vocales... Mi tití, que había entrado conmigo, se colocó a los pies de la cama, y al otro lado de ella se situó el Padre Moreno.

--Sal... us... tio... --pronunciaba el enfermo tan dificultosamente, que una misteriosa tristeza compasiva se apoderó de mí--. Es... toy... muy...

--No hable usted, tío... --supliqué aproximándome más, arrostrando el olor de éter mezclado con el de la descomposición cadavérica que exhalaba ya aquel cuerpo--. Si tiene usted algo que decirme... Carmen lo hará por usted.

--Carm... hija... ven... --articuló el desgraciado.

Carmen se acercó también, pero sollozando, con el rostro oculto en el pañuelo.

--Yo hablaré, señor de Unceta... no se fatigue --intervino el Padre--. Lo que quiere su tío es decirle que... vamos... que allá en otro tiempo... cuando murió el señor abuelo de usted y se hicieron las partijas... tal vez no hubiese toda la equidad posible en el reparto de los cupos... y que hoy, en estos momentos solemnes...

Al llegar a este punto, el viviente cadáver pretendió incorporarse, ladeose un tanto, y de entre sus vendas y del fondo de su destruida laringe salió un acento... ¡qué acento, señor!... Decía:

--Salustio... per... perdóname... y dile a... a... tu madre que... me per...

¡Qué espantoso daño me hizo aquello! Se me apretó la garganta, se me cortó el aliento, y exclamé, ahogándome:

--No me pida usted perdón... Le ruego que no me lo pida usted... Yo soy quien debe...

--Su señor tío --interrumpió el Padre secamente-- está animado de sentimientos tan equitativos, que hizo ayer sus disposiciones dejándole a usted la parte mejor de su caudal... El total no, porque también favorece en el testamento a su señora, que le ha asistido... como usted sabe y le consta... y que le ha dado pruebas de cariño inmenso.

--¡Tío! --exclamé fuera de mí--: ¿por qué hizo usted ese disparate...? Todo, todo a Carmiña... Ella lo merece; yo ni lo merezco, ni lo quiero, ni lo admito. Me ocasiona usted el mayor disgusto... No me deje usted nada. Renuncio... ¡Por Dios! He concluido mi carrera, y a mi madre la sobra con qué vivir. No necesito bienes. Por Cristo, borre usted mi nombre de su testamento.

--Felipe --suplicó a su vez la tití con voz empañada por el llanto--, déjaselo todo a tu hermana, todo, todo; y yo, si no me quieren en casa de mis padres, con ella me iré a vivir, caso de que tú faltases... que no sucederá, porque Dios te conservará la vida.

--Basta de porfías --intervino el fraile--. No sean bobos por exceso de desinterés. Don Felipe estuvo acertadísimo en el reparto de su hacienda. Si logra algún alivio en su enfermedad, ya tendrá tiempo de modificar la última voluntad que ayer dictó. Ahora --por si empeorase--que piense en Dios, en su justicia y en su misericordia. Carmen, échese usted un rato. Salustio y yo velaremos... Saúco no tardará en venir a pasar la noche también...

Al hacer el Padre esta proposición el tronco del enfermo se agitó, sus manos entrapajadas salieron de entre las sábanas, y con sobrehumano esfuerzo gritó claramente:

--¡No te vayas... Carmiña!

Ella se precipitó al lecho con el rostro casi transfigurado, con la expresión angelical de la Santa Isabel de Murillo, se desplomó sobre el leproso, murmurando:

--¡Felipe, alma, corazón mío, si no me voy!

Y sobre aquellos labios, roídos por el asqueroso mal, con una vehemencia que en otra ocasión me hubiese estremecido de rabia hasta los mismos tuétanos, apoyó su boca firme y largamente, y sonó el beso santo... Mi tío, galvanizado, consiguió incorporarse; pero el esfuerzo retiró probablemente la sangre de su cerebro... y cuando su cabeza volvió a recaer sobre la almohada, ya vidriaba sus ojos la agonía. ¿Qué más te diré?... El Padre Moreno dijo la recomendación del alma, a que contestamos Carmen y yo... Nada, lo que puedes suponerte...

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

--¿Cuál fue ese fenómeno raro que notaste entonces? --preguntó el curioso Portal.

--Que el corazón me aumentó de tamaño... No te rías, se me ensanchó atrozmente... y fui _cristiano_ por espacio de una hora lo menos.

El orensano parecía reflexionar.

--¿Y cuándo te casas con la viuda? --dijo al fin.

--¡Vaya una ocurrencia! Está con su luto riguroso... y padeciendo, pues acabada la asistencia, se vieron las resultas de tanta fatiga en el quebranto de su salud. A Pontevedra se ha vuelto. Sé de ella por mi madre. Ignoro lo que siento... Necesito analizar mi espíritu...

En aquel instante amanecía y los canoros ruiseñores de Aranjuez, desde la frondosa copa de los árboles centenarios, saludaban al nuevo día con sus arpadas lenguas.

--¿Sabes --indicó Portal-- que este sitio es precioso? Mira qué alborada nos dan los pájaros... Y luego la habitación grande y fresca, el piso de azulejos... Voy a venirme aquí a pasar la primer noche.

FIN