La prueba

Part 15

Chapter 154,009 wordsPublic domain

Un instante callamos los dos. Ella arreglaba, pero ya alterada y febril, y la loza y el cristal se embestían con frecuencia. Fui el primero en recobrar el uso de la palabra, y acercándome y tomándole las manos según acostumbraba otras veces, exclamé:

--Carmiña, mira, tengo que pedirte un favor... pero un favor muy grande... Ya te suelto mujer... Si ya has adivinado de lo que se trata... Atiende; por ahora sufres con mucho valor la asistencia... estás empezando, como quien dice... Lo que has bregado no es nada para lo que puede sobrevenir... Tú no te formas idea de cómo va a ponerse ese hombre... Llegará a criar gusanos en vida --murmuré estremeciéndome y temblando--. ¡Ay! Día vendrá, Carmen, en que no podrás resistir, en que llegarás al límite de tus fuerzas, porque todo en el mundo tiene límite... Pues yo... yo puedo prescindir de estudios y de todo... escucha... y ayudarte, ayudarte... Verás cómo vengo aquí y me porto... Te respondo de mi estómago y de mi voluntad... No llevo mira interesada alguna... quiere decir que _no soy el de antes_... ¿comprendes? Si falto a mi programa... échame a la calle. Tití... anda... no me lo niegues.

Interrumpida su labor, se quedó ante mí, reflexionando, mirándome fijamente al fondo de las pupilas. Y al cabo, con voz apacible, pronunció:

--Salustio, te lo agradezco muchísimo. Tienes muy buen corazón, y no dudo que te ofreces con el mejor deseo del mundo: además, siendo pariente tan próximo de Felipe, yo no había de impedirte que te acercases a su cama cuando está enfermo. Pero en cuanto que llegue a fatigarme la asistencia... en eso, te equivocas. No me cansará, aunque dure diez años. Tengo muchísima mayor provisión de energía de lo que te figuras.

--Supongamos --insistí-- que enfermases, que esa provisión de fuerzas se agotase... ¿Qué harías? ¿No me permitirías auxiliarte, ni siquiera a ratos? ¡Ay, Carmen! No tienes para mí buena voluntad...

--Sí la tengo, sí la tengo --respondió ella--. Solo que tú tampoco te fijas. ¿Crees que los enfermos se acostumbran a todas las personas indistintamente? ¡Quia, hijo! Nones. Se habitúan a una persona... Con Felipe está pasando eso. Si falto yo se desconsuela. Poco me puedo desviar de su lado. A los dos minutos me llama. Desengáñate, los pobres enfermos son caprichosos... ¡y quítales de la cabeza la afición o la costumbre!

--¿Por qué no dices el cariño? --respondí irónicamente.

--¡Pues sí, el cariño! --afirmó ella con toda la efusión de su alma--. ¿Cómo no han de preferir a aquella persona que más les quiere?

--¡Aquella persona que más les quiere! --repetí como quien no entiende lo que oye.

--Claro. ¿Le ha de querer nadie tanto como yo? --dijo con naturalidad, al par que con fuerza, la esposa.

Sentí un dolor al lado izquierdo, cual si me taladrasen las telillas del corazón con taladro muy fino, fenómeno que siempre he notado cuando un desengaño me hiere o siento profundamente mortificado mi amor propio. Y con agitada respiración, supliqué:

--Carmen, no me engañes. Las mentiras, por generosas y nobles que sean, manchan la boca. Tú no puedes mentir, porque siempre fuiste para mí la verdad personificada. Como si nos oyese Dios...

--Ya nos oye --declaró ella con hermosa solemnidad.

--Pues porque nos oye... contesta: ¿es verdad eso de que quieres a tu marido?

--Más que he querido a nadie en este mundo.

Sentí la puñalada, y en vez de un grito, arrojé secamente esta insigne vulgaridad:

--Pues, hija, no lo comprendo. Pero que aproveche.

Y la tití, con acento severo y quizás un tanto desdeñoso, repuso:

--Es natural que no lo comprendas. ¡Ojalá llegues a comprenderlo algún día! No te deseo mayor bien.

Se volvió con propósito de marcharse, y yo la detuve por la bata, tembloroso de pena y de coraje.

--Carmen, por Dios... Carmen... ten compasión de mí. Todo lo que aseguras será como el Evangelio... pero explícamelo... Necesito entenderlo... Me vuelvo loco. Es natural, muy natural; está muy en carácter que asistas bien a tu marido, que le cuides, que te desvivas por él, que realices todos esos milagros... ¡Como que tú eres... ya sabes, vamos... no lo repito, no te pongas así! Pero una cosa es eso, y otra el _querer_... El querer es involuntario, brota de las entrañas. ¿Me vas tú a convencer de que le quieres? Imposible.

Ella accedió, casi risueña, a detenerse; y sentándose en la silla más próxima a la mía, habló confidencialmente.

--Me pones en un apuro, Salustio... ¿Cómo explicártelo? A mí me parece que ciertas cosas no tienen explicadura. Se caen de suyo, y si me haces discurrir sobre ellas, entonces... entonces sí que no las voy a entender. La verdad es que yo fui bastante mala con mi marido mientras estuvo sano. ¿No te acuerdas tú?

--¡Sí me acuerdo! --confirmé ardientemente--. Le profesabas horror... esto sí que no lo discutirás... horror... Cuando se apartaba de ti te ponías contenta y de aspecto saludable...

La tití, al oírme, iba enrojeciéndose, enrojeciéndose, primero por las mejillas, pero luego la oleada de sangre se extendió a la frente, a la barbilla, y hasta creo que por la raíz de los cabellos.

--Pues... --murmuró reprimiéndose acaso para no dar salida a inoportunas lágrimas-- precisamente por todo eso que dices, cuanto haga yo ahora es poco para borrar lo de antes, y estoy agradecidísima a Dios que me ha concedido medios de reparar mi conducta. Es cierto que lo hacía así... no se cómo, sin querer y sin poderlo remediar, porque me incitaba una cosa interior, una prevención o una manía; pero no me disculpo, porque las manías raras se vencen; cuando una mujer se casa, adquiere compromisos muy sagrados, y no valen manías ni antojos... Nadie me había obligado a casarme con Felipe, y en vez de quererle, parece que andaba buscando pretextos para apartarme de él... Entonces, Dios... que es tan bueno... se armaría de paciencia, y diría para sí: «¡Hola! ¿Frialdades tenemos? Pues yo haré que te veas en la precisión de acercarte a tu marido... y que no puedas desviarte de él ni un minuto. Yo le mandaré una enfermedad que solo tú tendrás arranque para asistírsela... ¿No has querido admitir en tu corazón el cariño de esposa en las condiciones naturales? Yo haré que lo admitas por medio del sacrificio y de la prueba...» ¿Tú no creerás una cosa, Salustio? Cuando Dios nos manda la copa de ajenjo, si la bebemos de buena gana, sabe a almíbar... y si la tomamos con repugnancia, entonces se nota todo el amargor o más aún del amargor que tiene... Yo al principio (no te lo oculto) hice esto venciéndome, porque me parecía que era mi _obligación_, mi _deber_, y un _deber_ hasta de _caridad_ con un _prójimo_... Pero así que me resolví y dije para mis adentros: «Carmen, Carmen, esto lo has de ejecutar así se hunda el mundo...», me pareció que ya se me quitaba todo el peso del trabajo, ¡y más todavía! que empezaba a entrarme por Felipe una cosa que no había sentido nunca... así como un... un apego... una ley...

--Dilo de una vez... ¿Amor?

--¡Voy creyendo que sí, que así debe llamarse!... --respondió firmemente la sacerdotisa del hogar--. Por lo menos crece todos los días... me ha dominado ya... y me recompensa las pocas fatigas que sufro... En términos que ahora --mira tú... ¡no te rías!-- me daría así como... envidia... o celos... si otro viniese a compartir mi tarea y a ser para Felipe lo que yo soy actualmente.

--Y él... --pregunté con sarcasmo, para ocultar mi decepción y mi furia-- y él ¿qué tal? ¿También estará contigo muy amoroso y tierno?...

--¡Vaya si lo está! --afirmó con efusión indecible, dejando ya, sin rubor alguno, transparentar al borde de sus pestañas las lágrimas--. Si vieses lo que el pobre ha cambiado para mí... te admirarías.

--¿Tan derretido anda? --indiqué irónicamente.

--¡No es _eso_! --exclamó con su alma entera en los labios la santa mujer--. ¡No finjas que no te enteras, Salustio! Es que ahora... ¿cómo te diría yo? ha caído una valla que había entre nosotros... se ha fundido un gran témpano... y yo no sé... me mira de otro modo... me habla con diferente eco de voz... no puede estar sin mí un instante; no se arregla si yo no le acudo; pero no solamente llama porque me necesita para cuidarle, sino a todas horas: mi compañía la reclama... moralmente; es su único consuelo. Antes, cuando estaba robusto y sano, hablábamos poco... Ahora charla conmigo, me pregunta mil cosas, me suplica que esté siempre cerca... Hasta... ¡mira tú! hasta la llave del dinero... que no la soltaba nunca... pues aquí está, ¿ves? --exclamó sacando el manojito, y repicándolo triunfalmente--. Parece que le han cambiado el alma... o que me la han cambiado a mí... y tal vez será a los dos... Lo cierto es... ¡cuidado que no te engaño!...

Al llegar aquí, sus ojos resplandecieron, su semblante tomó expresión celestial, y sus labios murmuraron suavemente:

--Cuando me casé... tú ya sabes cómo fue aquello... es indudable que yo hubiese preferido... tal vez... no casarme... o... en fin... Pues hoy... si me dicen qué estado elijo... con los ojos cerrados respondo que este entre todos los del mundo; y si me dan a escoger marido... con los ojos cerrados también, digo que el que tengo... ¡y ninguno más!

Clavó en mí sus radiantes pupilas al repetir:

--¡Ninguno... ninguno más!

Yo callaba. Como siempre, tascaba el freno, admiraba, protestando, y al mismo tiempo una voz mofadora preguntaba en mis adentros: «¿Es esto virtud, extravagancia, o desvarío? ¿Llega a estos límites el ideal que tú te has forjado? Que esta mujer cuide y atienda a su marido enfermo, bien; pero que por el hecho de verle así, atacado de mal tan asqueroso, se considere prendada de él y le anteponga a todo el mundo... ¿cabe en lo racional y en lo posible?» Y la voz, contestándose a sí propia, susurraba misteriosamente: «Hay enigmas del sentimiento que la razón más embrolla que aclara. El concepto del deber estricto es insuficiente en ciertas situaciones. Los grandes milagros los hace el amor; las acciones más sublimes vienen de la locura. La tití nunca ha sido una mujer equilibrada y flemática: una mujer equilibrada cuida a su esposo, pero no se entusiasma con él porque esté hecho un montón de lacras y miserias. Donde acaba el raciocinio empieza la iluminación. Esta criatura es una iluminada. Tiene aureola.»

--¿De modo, Carmen --la dije--, que estáis tan amartelados tu marido y tú, que no quepo entre vosotros? ¿Ni de ayuda acertaré a servirte? ¿Te sobro, en toda la extensión de la palabra?

Ella tuvo una de las transiciones que solía de ángel a mujer, o, mejor dicho, a chiquilla ingenua y traviesa. Y mirándome y entornando los ojos con cierta malicia, contestó:

--¡Ay, Salustio! ¡En qué apuro te pondría si aceptase tus proposiciones! ¡Quién te vería pasarte cuatro meses... seis... un añico entero, ayunando al traspaso, como ayunaste el otro domingo!

--¡Búrlate! --exclamé--; haces bien, porque estuve aquel día más sandio aún de lo que piensas. Ponme a prueba hoy, y me portaré como un hombre... Y pues hasta la ocasión de rehabilitarme me quitas... sé al menos benigna en una cosa.

--¿En cuál?

--Confiesa... ea, confiesa que antes de enamoricarte de tu marido... me quisiste un poco... a mí, a este pecador... y en cierta ocasión me cuidaste casi tanto como a él.

--No lo niego... Es decir, lo del cuidado.

--¿Y lo otro?

--No contesto. Solo el contestar sería malo --dijo seriamente--. Vamos allá, que Castro Mera se habrá largado y estará solito el enfermo.

Tuve que seguirla, y entrar con valor. Se me hizo más fácil que el primer día tomar y estrechar la mano del leproso. Me acerqué a él con estudiada naturalidad, y busqué diferentes pretextos para tocarle la ropa y aproximarme bien. A eso de las siete salí de aquella casa, pero estaba decretado que no pasase quince minutos más sin volver a ver a Carmiña.

Es el caso que al tiempo de cruzar ante el piso primero, vi entreabrirse suavemente la puerta de las señoras de Barrientos, que era la de la derecha, y salir por ella una mujer, muy velada, que miró con precaución hacia atrás, al recibimiento obscuro, y luego cerró nerviosamente, con mano trémula, procurando hacer el menor ruido posible. Luego, ciñendo más aún el velo a la cara, descendió las escaleras con paso azorado y rápido... sin fijarse en que yo la seguía. En el aspecto, en el talle, en el modo de andar, había conocido a una de las señoritas de Barrientos; pero ¿cuál? Eran a primera vista tan semejantes, que la averiguación se hacía difícil. De todos modos, comprendí que allí pasaba algo de no pequeña importancia. Eché detrás de la señorita, y en el portal la alcancé. Ella, al sentir pasos de alguien que le iba a los alcances, se volvió y ahogó un grito. El velo se entreabrió, y entonces pude distinguir perfectamente las facciones de Camila Barrientos. ¿Por qué asustada? ¿Por qué, en vez de saludarme, huyó de mí en tan insensata carrera, que a mi vez tuve que apretar los talones para no perderla de vista? A diez pasos más allá de la casa estaba parado un coche de punto. Asomó la cabeza por la ventanilla un hombre, y el asombro casi me petrificó cuando reconocí en el que iba dentro y esperaba a Camila, ¡al novio de su hermana Aurora!

Latigazo al jamelgo... Arrancó el coche echando chispas, y allí me quedé yo, sin saber lo que me pasaba... Así que me repuse, empecé a discurrir qué haría. ¿Subir y contárselo a Carmen? ¿Que ella informase a la mamá? Estas dudas me clavaron en el piso de la calle, y allí creo que estaría aún, si un grito desesperado no resonase detrás de mí, y dos damas en pelo, jadeantes, alarmadísimas, en quienes reconocí a Carmen y a la viuda de Barrientos, no se agarrasen cada una de un brazo mío exclamando a la vez:

--¿Ha visto usted a mi niña?

--Camila... ¿por casualidad la has visto salir tú?

--¡Eh! Sí, la he visto... Acabo de verla... --tartamudeé, sin saber a cuál de las dos atendiese.

--¿Por dónde va?

--¿Hacia qué lado tomó?

--¿Te dijo algo?

--¿Cómo no la llamó usted?

--Pero ¡por Dios, señoras!... ¡Si no me dejan ustedes resollar! Ya voy, ya explico... Abrió la puerta con mucho tiento; bajó delante de mí, como si huyese; por más que pretendí alcanzarla no pude. Se tapaba con el velo; iba como trastornada. Ahí en la esquina se ha metido en un simón...

--¿Sola? ¿Sola?

--Con... con un caballero... --respondí no atreviéndome a añadir la más negra.

La bóveda celeste, cayendo sobre la venerable cabeza cana de la señora de Barrientos, no la hubiese aplastado tan pronto. Quiso hablar y no pudo; se echó atrás; se puso carmesí... luego violeta... y exclamó roncamente:

--¡Eeeh... aaah! ¡Se... señ... un... coche... un... hom...! ¡No... no... pue...!

Cogimos entre mi tití y yo a la matrona, que no daba cuenta de sí, y en vilo, pasando las penas del purgatorio, la subimos por la escalera. Entramos en el piso primero como una bomba... Renuncio a describir el espectáculo que ofrecía la casa. Aurora y sus dos hermanitas, abrazadas, lloraban en un rincón... Mi tití me dijo, compadecida:

--¡Búscales, Salustio!... A ver si das con ellos...

--No te apures, Carmiña --contesté--. Ya parecerán. A estas horas de fijo no tienen gana de que les encuentren. ¿Y qué? En vez de casarse Aurora, se casará Camila... Tratándose de hermanas tan unidas, tanto monta.

--¿Pero era el novio de su hermana? --preguntó la tití gravemente.

--¡Qué! ¿no lo sabías?

--No, pero... casi te diré que no me sorprende. Tenía yo mis barruntos... ¡Pobre familia! Los regalos comprados, el equipo listo...

--¡Bah! El amor no se para en fruslerías --murmuré por lo bajo.

Calló al pronto, y, por fin, mirándome con serenidad, y desabrochando uno a uno los corchetes que ocultaban las opulentísimas bellezas del busto de la señora de Barrientos, respondiome:

--Eso no se llama _amor_, sino _infamia_. Aurorita --añadió alzando la voz--: tráigame usted la antihistérica.

FINAL

Provisto hacía algún tiempo de mi diploma en la Escuela de Caminos, hallábame una noche en Aranjuez, adonde me habían llevado mis primeros deberes profesionales, hospedado en aquella fonda que aún conserva las mamparas de damasco rojo de la época en que se enorgullecía sirviendo de residencia al Príncipe de la Paz. Anunciáronme que había llegado de Madrid un caballero deseoso de verme y saludarme; mandé que entrase al punto, y sin tardanza me dio los brazos Luis Portal, mi condiscípulo y amigote.

Después de las exclamaciones consiguientes, Portal se dispuso a explicarme el objeto de su venida tan a deshora.

--Es bastante raro... Te sorprenderá, pero no hagas aspavientos, que en el fondo no hay de qué... Mañana, en Madrid... ¡Krrr! --e imitaba con la lengua el sonido que hace al abrirse una navaja de muelles--. Tengo el antojo de que tú me apadrines...

--¿Lance?

--No, digo, sí... Boda.

--¿Te casas? --articulé estupefacto--. ¿Así, tan de sopetón? En tu última carta --la recibí hará diez días-- ni mentabas intenciones semejantes.

--¡Ahí verás tú!... Ni yo me lo imaginaba tampoco hace una semana. Estaba en Ciudad Real, y descuidadísimo... Pero un día se me presenta allí _Mo_... ¡Si vieses qué peripecias!... El diablo lo añasca todo... Casamiento y mortaja... ¡La vida, chico!

--¡Ah bonachón, pedazo de pan! ¿Pues no decías que para ti no se había cortado la casaca?

Portal no contestó: sonrió, miró de soslayo hacia la punta de sus botas llenas de polvo, y una expresión maliciosa e infatuada pasó por su rostro anchísimo, curtido ya por el sol de los ejercicios de la profesión ingenieresca.

--¡Pch!... No podía fallar: habías de salirme con eso... No cabe duda; la vida no puede teorizarse; gracias si la vamos practicando a tropezones... y la teoría es el reverso de la práctica. Estas cosas vienen así... no porque uno las prepare; así como no puede prepararlas... ¡corcho! tampoco las puede rehuir.

--¿Pues no te habías desilusionado? ¿Pues no reconocías que _Mo_... vamos, no era tu ideal, ni por semejas? ¿No me confesaste que cualquier muchacha sencilla e ignorante te parecía preferible?

--Bien... yo me expresé aquel día con cierta exageración. Estaba fuera de juicio. No hay que tomar al pie de la letra lo que dice un enamorado emberrechinado. _Mo_ no es la _mujer nueva_, convenido; pero acaso no es tiempo aún de que esa hembra excepcional aparezca en nuestra sociedad y la modifique... Entretanto, _Mo_ es una real mujer, que me tiene ley, que dejaría por mí la proporción más brillante... y eso supone algo, compadrito. Mathew... ¿ves tú? se casaba, _iba al ara de Himeneo_, si a ella se le antojase. No es invención, no; cartas cantan... Y el tal Mathew tiene muchas libras...

--¿De carne?

--¡Esterlinas, Caracoles!

--¿Y dices que mañana? ¡Escopetazo!

--Cabal... Todo lo he arreglado al vuelo... Si es locura... ¡mejor! Alguna locura se ha de hacer en la vida, chacho... y las locuras, en caliente, que es cuando tienen mejor substancia. Estoy convencido de que los locos la aciertan más que los cuerdos. Nuestro siglo está enfermo de sensatez; nuestra generación, hipocondríaca de formalidad y de tanto calcular las consecuencias de los actos pasionales... Yo creo que es hora de tocar a rebato. ¿Qué opinas?

--Que antes no pensabas así. Todo se te volvía prudencia, reflexión, oportunismo y cuquería.

--Pues... _velay_. ¡La vida es una serie de _velays_! No me hagas observaciones. Los que nunca hemos roto un plato, de repente... ¡cataplún! nos dejamos caer y rompemos una vajilla entera.

--Pues ya que hoy no tienes tren para volver a Madrid, y es la última noche que pasamos juntos --le dije-- me entran ganas de leerte unos borrones que escribí... una especie de novela o de autobiografía... donde estudio aquello... ¿bien te acordarás? aquello tan raro... no sé si le llame amor... que tuve con la mujer de mi difunto tío Felipe. En el cuaderno sales a relucir a cada paso, y te servirá de remordimiento, porque escribí tus sanos consejos y tus doctrinas en esto de amoríos y bodas. ¿No te molestará el oírlo?

--Al contrario, me gustará mucho --afirmó mi amigo--. Haz que traigan una maquinilla de café y los ingredientes para confeccionarlo; pide para mí dos cajetillas de cigarros, porque me olvidé de comprar antes de venirme; di también que suban un par de botellitas de alemana; y... soy todo oídos, a ver ese engendro.

Saqué del cajón mis apuntes, en los cuales había encontrado delicioso entretenimiento, un baño de frescura, que me desimpresionaba del último período de mis aridísimos estudios. Portal me escuchó con atención, convertida luego en interés: protestando algunas veces por medio de un movimiento de cabeza, cuando le parecía menos exacta la narración; aprobando otras, y riendo a la evocación del recuerdo ya casi borrado; y solo me interrumpió repentinamente hacia el final, a tiempo que yo entraba de lleno en el relato de los últimos meses de la enfermedad de mi tío.

--¡Alto ahí! --dijo, arrojando el cigarro que chupaba.

--¿Qué se te ocurre? --preguntele.

--Hacerte una observación --respondió-- para el caso de que algún día destinases esos borrones a la publicidad: tentación en que caerás ¡como si lo viese! porque ningún joven de nuestra época se conforma a archivar sus _estudios_ (_inspiraciones_ les llamaban antes). Si encajas eso por ahí... en periódico o revista... debes, en mi concepto, suprimir todos los capítulos donde pintas los progresos y los caracteres de la enfermedad de tu tío. Créeme: al público no le gustan esas descripciones brutalmente naturalistas, y cuanto más a lo vivo las dibujes, más antipáticas le serán. No obligues al que haya de leerte a oler un frasquito de sales, ni hagas que las señoras nerviosas cierren tu libro sin acabarlo.

--Ya conozco que el asunto no es de lo más ameno... No pienso dar esto a la prensa. Pero supón que me entrase la manía de lanzarlo a los famosos _cuatro vientos de la publicidad_: ¿no sería un contra sentido segregar cabalmente esos capítulos en que la figura de tití aparece, no ya sobre fondo de oro, sino sobre un rompimiento de gloria, como el de las Concepciones de Murillo? Es cierto que no ocurren en esa parte de mi narración sucesos variados y sorprendentes; ¿pero te parece poco semejante asistencia, hecha con abnegación tal? Dices que es repugnante. ¿Pues y la Biblia, cuando describe a Job rayéndose la podre con un casco de teja?

--¡Bah! ¡De la Biblia acá... no nos hemos vuelto poco delicados! Créeme, guarda para ti esos detalles clínicos, esa poesía farmacéutica, y pasa como sobre ascuas por encima del mal de tu tío. Conténtate con decir que se puso malito, y que se fue empeorando... hasta que estiró la pata.

--¡Te repito que entonces mutilo completamente el carácter y la imagen de Carmiña! --objeté dolorido--. Si no la seguimos paso a paso en el camino del calvario; si no la vemos abandonada de todo el mundo; negándose a llamar a una monja de las que asisten, porque don Felipe no quería cuidados más que de su mujer; habiéndosele despedido los criados por pánico de «coger el mal»; pasándose las noches en vela, rendida, febril, sin probar alimento en veinticuatro horas, obligada a lavar ella misma las vendas y los trapos...

--¡Huy, hijo! Vendas... trapos... ¡Todo eso apesta a hospital, a fénico, a pus! ¡No lo nombres siquiera! Toma mi consejo. Insisto en que no debes decirlo. El arte no desciende ahí. El arte debe ser una selección... El artista pasa a través de la naturaleza haciendo lo mismo que haría un paseante inteligente y delicado: recogiendo las florecitas para atarlas y formar un ramillete y colocarlo en un lindo búcaro. La ciencia... ya es diferente: el botánico puede coger las hierbas malas, feas y ponzoñosas, y guardarlas con cariño, y estudiarlas y clasificarlas...

--Pero si yo no tengo pretensiones de artista, ni Cristo que lo fundó --contesté con la menor dosis de sinceridad posible.