Part 14
La verdad es que el aire era templado y suave, y que no hacía maldita falta la lumbre; pero sin duda el frío del hebreo era aquel que radica en la médula. Carmen accedió a su deseo: la leña estaba colocada ya haciendo pirámide, y las astillas en su lugar: con aproximar un fósforo bastó para conseguir en breve hermosa llama. Mi tío se acercó a ella, tendiendo los pies frioleramente. Carmen y yo seguimos charlando de la Ullosa. Otras veces, en presencia de su marido, no solía ser tan íntima y afectuosa nuestra charla. Ahora se notaba en su manera de cruzar la palabra conmigo, que no sentía encogimiento alguno, que me hablaba... como se hablan los que no tienen ningún secreto, nada que el mundo deba ignorar.
Cuando más engolfados estábamos en nuestra conversación, en que el enfermo tomaba parte, aunque no mucha, como si el hablar le costase esfuerzo, de pronto la tití saltó en la silla.
--Huele a chamusquina --dijo mirando alrededor y sacudiendo el borde de su falda--. ¿Qué es lo que arde, Salustio?
Me acerqué a la chimenea... y vi que lo que ardía, despidiendo humo y tufo insufrible, era la zapatilla del enfermo, cuyo pie izquierdo se apoyaba casi en uno de los inflamados troncos.
--¡Tío, que se abrasa usted! --grité; y uniendo la acción al aviso, desvié la butaca y le puse fuera del alcance del fuego.
Su mujer, al hacerse cargo de lo que sucedía, se precipitó, se echó de rodillas y arrancó del pie la zapatilla, por un lado medio carbonizada. Salieron adheridos a ella fragmentos del calcetín, y por el tejido de algodón vi extenderse formando geométricas ondulaciones, la llama. En el sitio descubierto del pie había una llaga estremecedora... Carmen exhaló un grito.
--¡Pero si te has achicharrado el pie! --exclamó alarmada, palpando la quemadura, que era profunda y extensa--. ¡Te lo has abrasado!... ¡hasta huele a carne tostada!
--No puede ser... ¡Si no me duele! --contestó el enfermo.
--¡Te digo que te has quemado!... --respondió ella con acento doloroso y compasivo--. No muevas el pie, que voy a buscar bálsamo, un trapo y una venda.
--Yo iré, Carmen; explícame dónde está todo eso --pronuncié, ofreciéndome con solicitud.
--Gracias; tendrías que tardar... yo vuelvo en un instante.
Salió rápidamente, y, en efecto, al minuto volvió trayendo lo necesario. Arrodillose otra vez ante el enfermo, y con precauciones infinitas y mucho mimo, curó la llaga, aplicando el bálsamo empapado en un trapo limpio, doblado en dos. De tiempo en tiempo alzaba la cabeza con inquietud.
--¿Pero no sientes dolor ninguno? ¿Ninguno, ni miaja?
--No mujer --afirmó el esposo--. Sin duda me ha insensibilizado los tejidos la erisipela. Ese pie me parece que no es mío. No te tomes tanta molestia: haz con él lo que quieras, porque no siente.
Vendado ya el pie, Carmen trajo un calcetín y pasó todos los trabajos del mundo para meterlo por encima de la venda. Lo consiguió; fue por otras zapatillas, y al cabo depositó el pie tostado sobre un cojín, rodando la butaca al punto donde le pareció que el enfermo disfrutaría del calor sin miedo a contingencia semejante. Al hacer todo esto, se acusaba de lo ocurrido.
--Culpa mía... Por no mirar... A los enfermos no debe perdérseles nunca de vista. No volverá a sucederme, Felipe. Ahora quiera Dios que venga pronto el doctor Saúco... No, no creo que deje de dar una vuelta por aquí esta noche. Ya nos dirá lo que conviene poner a la quemadura. No me atrevo a más remedios sin que Saúco los disponga.
Habiéndome repetido el enfermo con insistencia el convite de acompañarles a comer, hube de aceptar, temeroso de que mi negativa se interpretase como asco o miedo. Entre Carmiña y yo le ayudamos a pasar al comedor --decía que quedándose en su cuarto le entraba murria--. No fue fácil la traslación. Aquel hombre que, al abrasarse un pie, no había sentido asomo de molestia en sus tejidos achicharrados, sufría, al incorporarse, tan agudos dolores en los huesos, que exhaló gritos y maldiciones ahogadas. Pasado el primer instante, quiso ir solo y nos mandó que le soltásemos: así lo hicimos, y empezó a andar mirando fijamente al suelo y tambaleándose...
--Felipe... --dijo la esposa en suplicante tono--, Felipe... por Dios... apóyate en mí. Tengo miedo de que te caigas. Con el pie así lastimado... Cógete.
Sostenido por ella, anduvo el corto camino, y al sentarse suspiró profundamente. Antes de que empezásemos a comer, Carmen fue más de media docena de veces a la cocina, a que el caldo del enfermo viniese bien colado y desalado, a que no sazonasen la carne, a filtrar el agua, con otras menudencias. Yo entretanto aguardaba, y mis ojos, sin querer, se fijaban en la loza blanca del plato sopero vacío colocado delante de mí, y en el cristal de los vasos donde aún el vino tinto no lanzaba sangrientos reflejos. ¿He de ser franco? ¡Sí! ¡Vaya toda la verdad en su desnudez, más bella para quien sabe considerarla, que las galas de la mentira! En aquel momento me parecía el colmo del sacrificio comer en semejante vajilla y beber en vasos semejantes. ¡Compartir los manjares del leproso! Una horripilación interna me cerraba el estómago con recto tapón. Verdad que ya me había desayunado con mi tío en la Ullosa, sospechando que tenía lepra; pero entonces no estaba seguro de lo que fuese; no la había visto en toda su fealdad; no había respirado sus miasmas... «Lo que es hoy, no entra bocado en mi cuerpo... En ese borde del vaso puso los labios... y esta cuchara la habrá introducido cien veces en la boca.»
Cuando la tití regresó al comedor y ocupó su silla, atravesaba yo uno de esos instantes críticos, en que un sudor va y otro viene, y la voluntad flaquea; más rendida por insignificante obstáculo que ante alguna empresa dificilísima. Sentía que no me era posible tocar a la comida; que iba a causarme los efectos del mareo. ¿Quién me había mandado aceptar? No, no podía...; estaba viendo siempre el pie del malato, los tejidos lacerados por la enfermedad y por el fuego; notaba el espantoso olor inquisitorial de la achicharrada carne...
Carmen cogió la sopera, la destapó, me sirvió sopa... Ya su marido y ella esgrimían la cuchara y empezaban a comer. Hice un esfuerzo, llevé una cucharada a la altura de la boca... para devolverla al plato sin probarla, pues había en mi garganta un obstáculo, algo que materialmente impedía el paso de los alimentos. Entonces _ella_ alzó los ojos, y los puso en mí con serenidad majestuosa. Aquella ojeada era lo que yo me temía. Quise rehuirla; pero me seguían las grandes pupilas negras y con energía magnética me obligaban a que me volviese y respondiese a la mirada. No era un mirar airado ni desdeñoso: estaba impregnada de piedad..., pero de piedad algún tanto compasiva... lo peor, lo más mortificante. Parecía decir: «¿Lo ves, sobrino? Ahí tienes tú hasta dónde llegan la compasión racionalista y el valor romántico que no se apoya en creencia ninguna. ¡Fantasmón! Tantas plantas como has echado... ¡y no puedes ni tomar una cucharada de alimento aquí! ¡Miren qué valentía se le pide al caballero andante este! Engullirse un plato de sopa de tapioca... Ni más ni menos. ¿Pues a que no lo engulle? ¡Pobretín, y qué lástima me estás dando! ¡Para que te pusiesen a ti a desempeñar mis funciones y a curar llaguitas!»
Y yo sin tragar la cucharada... Al cabo mi tití sonrió como debe de sonreírse un serafín que se burla de algún diablillo de escalera abajo... y dijo con desesperante bondad:
--Salustio, si no tienes gana, no comas... Me parece que hoy has almorzado tarde.
--Muy tarde, por cierto --respondí cobardemente, vencido, desmoralizado, seguro de que no podía dominarme y tragar la maldita sopa--. A las tres... figúrate... y fuerte... con Portal y otros amigos... Ahora me sería imposible...; pero por no desairaros...
--Pues por Dios, nada de violentarse --indicó ella, subrayando las palabras.
Respiré, y aparté el plato. Repentinamente, aliviado del pánico de comer allí, se me desató la lengua, y hablé con animación, tratando de meter gran bulla para ocultar mi ayuno. Ni café quise tomar, a despecho de las instancias de mi tío. A cosa de las nueve se alzó el mantel, y nos quedamos en el comedor un ratito de tertulia: hablose de Aurora Barrientos, próxima a contraer nupcias con su notario, de lo poco que ahora subían las niñas y la mamá... Esto lo indicó mi tío, con cierta irritación en la voz. «De los enfermos todo el mundo escapa», murmuró sordamente. Poco después de las nueve vino Saúco; se le enteró del incidente del fuego, hizo las preguntas que son de rigor en casos tales, recetó, añadió varias advertencias... y al indicar que se retiraba, yo, que no me resistía a mí mismo, que creía ahogarme en aquella atmósfera, me escapé con él... sin tender la mano a nadie.
XVIII
En el portal respiré.
--¡Ay, Saúco! --dije--. ¡Qué oficio el vuestro!
--Parece que te hizo impresión la visita de don Felipe... --murmuró el doctor--. No me extraña. El que no está familiarizado con ciertos males... ¿Y qué tal el episodio de hoy? Es la forma anestésica, la muerte de los tejidos: los nervios se destruyen completamente, de manera que tu tío pudo quemarse el pie enterito sin notarlo, hasta que el fuego llegase a la parte sana... Te digo que esta enfermedad es pavorosa. Pero ya se le ha curtido a uno la piel. ¿Quieres venirte a Apolo a oír una pieza?
Accedí. Me iría a cualquier parte, con tal de distraerme, de no pensar más en las miserias de nuestro infeliz organismo. Saltamos del tranvía y nos bajamos ante el vestíbulo de Apolo, que la luz eléctrica alumbraba con claros resplandores. Acababa justamente de alzarse el telón, y representaban una de esas piececillas inmortalmente bobas, en que un tío procedente de Cuba llega de pronto a sorprender a un sobrino, suponiéndole casado y padre de familia, mientras el pillín del muchacho se ha mantenido soltero. Al anuncio de la venida del pariente ricachón, unas complacientes amiguitas se prestan a improvisarle al sobrino hogar completo, con mujer, suegra, cuñadas y chiquitines, a fin de que el de los ingenios (estos tíos antillanos de comedia siempre poseen ingenios a patadas) se enternezca y no retire su protección al calaverilla. En los _quid pro quo_ a que da lugar la suposición de estado civil, consiste toda la sal de la pieza, bien reída por el candoroso público. Iba comenzando a enterarme del _imbroglio_, cuando por poco me arranca un grito la presencia de la actriz que salía sacudiendo los muebles con un plumero, en el papel de maritornes... No cabía duda: a pesar de la cascarilla y del colorete, conocí a Cinta, que realizaba al fin sus aspiraciones de «artista lírica», si bien en la esfera más humilde.
Puedo asegurar que mientras no vi a aquella criatura, ni me acordaba de la existencia de su hermana, la buena moza Belén, que me había distinguido siempre con constantes e inmerecidos favores. Su recuerdo, de ordinario indiferente, o punto menos, para mí, me produjo efecto extraño, no sentido jamás: algo que se parecía a la efusión, mitad romántica y mitad ardorosa, de un corazón joven que aspira impetuosamente a la dicha... Mezclen ustedes y agiten en un vaso la nostálgica embriaguez del recuerdo y la savia juvenil que bulle como el cráter en actividad, y obtendrán el filtro que me hechizó en aquel instante, obligándome a decir a Saúco que «me había olvidado de un negocio muy urgente... que no podía esperar a ver cómo acababa el enredo de la familia postiza...» Y dejando al mediquín con más que regular escama, corrí, corrí, empujando a los transeúntes y sorteando los carruajes, hacia la calle de las Hileras... ¿Si no estuviese en casa Belén, o si, estando, no me recibiese por... por cualquier motivo?
No habían apagado todavía el gas del portal. Serían poco más de las diez. Me disponía a llamar a la puerta, cuando observé que se encontraba entornada solamente. En el recibimiento no había luz, y avanzando con precaución para no tropezar en algún mueble, vi a lo lejos una dudosa claridad procedente de la sala, y arriesgándome a sufrir las consecuencias de mi imprudente osadía, me dejé guiar por el rayito, y entré en la pieza siseando:
--¡Belén! Psss... ¡Belén!
La sala estaba vacía, sin mueble alguno; parecía inmensa, y en ella retumbaban los pasos y se ahuecaba la voz. Habían desaparecido los espejos, el entredós, las colgaduras... La claridad se debía a un quinqué de petróleo colocado en el suelo. Empujé la puerta del gabinete, entreabierta también, y un grito femenil respondió a mi entrada... «¡Chiquilla!».
--¡Dios, qué asombro! ¡Ay, aparecío de mi alma!
Dos brazos mórbidos se ciñeron a mi cuello; un hálito ardiente me calentó los labios, murió en ellos un suspiro... y me encontré caído en la meridiana, con la cabeza de la pecadora sobre mis hombros...
--¡Qué reguapa estás! --la dije con admiración al cabo de un minuto.
--¡Zalamero, invencionista! --contestó estrechándome con furia.
No era zalamería, no. Nunca la gallarda escultura de su cuerpo ostentó líneas más firmes, ni su cara más hermosa palidez, ni sus labios remedaron mejor a la granada madura, salpicada de gotas de leche. Acaso me pareció más bella por mi estado de alma, y en mis ojos, sedientos de vitalidad, era de donde se reflejaba tan magnífica y tentadora la gran mujer. Sorprendida en el _deshabillé_ más incorrecto, Belén calzaba chapín de raso, vestía un faldellín de _peluche_ carmesí con encajes negros, y sobre su arrogante busto ceñíase una pañoleta de rejilla atada atrás. No me cansaba de tocar sus brazos firmes, sus apretadas carnes, murmurando con idolatría:
--¡Qué sana estás... qué fresca y qué guapetona!... Te mordería lo mismo que si fueses un albérchigo.
--No... --tortoleaba ella en voz arrulladora--, no, trapacero, si tú no me quieres a mí... Sino que vienes de allá, no me has visto hace tiempo, y _taentrao_ capricho... Lo conozco que _taentrao_...
Cuando la dejé respirar un poco, me reveló el secreto de la desaparición de los muebles.
--Una _pastelá_. Que Armiñón se casó con una prima suya, viuda, ricachona... y no le suelta. No, él, como portar se ha portado a lo caballero: me regaló una cantidad redondita... mil duros en _cuatros_. Dice que viva con eso y que sea de hoy _pa endelante_ mujer de bien. ¡No parece sino que antes era una cualquier cosa! Me dio horror de consejos... Que vendiese los muebles, la ropa y las alhajas; que despidiese a aquella doncella tan _finica_ y me mudase a un pisito... En eso le atendí, porque..., mientras no se tercia cosa de provecho..., este cuesta mucho. Hoy por la mañana han venido las prenderas y arramblado con la sala toda. Pero aquí, en mi gabinete y mi dormitorio, no se ha tocado aún a cosa ninguna. Y me alegro, ya que la Virgen de la Paloma te trajo esta noche. ¡Qué morenillo vienes, pedazo de gloria! ¡Así me gustas requetemás!
Habría transcurrido cosa de media hora, cuando..., ¡oh naturaleza insaciable, molino que no se para nunca!, dejaste oír tu voz allá en el fondo de mi estómago vacío... Bien recordarán ustedes que no había probado alimento en casa del tío Felipe.
Mis mandíbulas se desencajaron con histérico sollozo; veló mis ojos leve niebla; noté como si me barrenasen, y un desfallecimiento se apoderó de mí... La individua me contemplaba con inquietud.
--¿Qué te pasa? ¿Estás malito?
Sonreí, me incorporé sobre un codo y murmuré con esfuerzo:
--Chiquilla, si vieses... No he comido hace bastantes horas... Dame un sorbo de vino, si lo tienes a mano.
¡La merienda que allí se armó en pocos minutos! Corrió la pecadora al comedor y a la despensa, trayendo copas, platos, cubiertos, pan, salchichón, ternera fría, botellas..., el descorchador.
--¡Ay, qué fortuna! --exclamaba a cada objeto que dejaba sobre el lavabo, o en el suelo, o donde Dios quería--. Pues si vendo hoy las botellas, me luzco... La Paca me las quiso comprar, y me decía la muy lagartona: «Suelta ese _Champán_, mujer, que tú no vas a bebértelo, y yo te lo pago a peseta botella.» ¡Mira que a peseta! Y costaron a quince cuando se trajeron el día de San Telesforo... Anda, que si las vendo..., se me desgracia ahora el _lunche_.
No tardó el _lunche_ en organizarse, no escaso de bebidas ni de manjares, y a medida del deseo. Alborozada con mi presencia, Belén encendió las bujías color de rosa del tocador, echó a la puerta de la calle llavín y cerrojo, y se empeñó en que abriésemos desde el principio una botella de _Champán_, para que hubiese alegría y fiesta.
--Si se las han de llevar esas ladronas de solenidá en una mala peseta, bebámoslas, hijo..., que van mejor empleadas.
No sé si por lo desfallecido de mi estómago, o por virtud natural del vino juguetón, desde la tercera copa me pareció que se verificaba en mí un cambio singularísimo, cuyos efectos expliqué a Belén, que se reía, tomando mis explicaciones por efectos de la turca.
--Mira, salada, antes de entrar a verte, yo tenía sobre el corazón una envoltura gris, pegajosa y fría como las telarañas. Y desde que te he visto, la telaraña se me quitó, o, mejor dicho, fue volviéndose una gasa brillante, más fina y más dorada cada vez, que ahora es una espumilla de oro..., una espumilla que crece, y se alborota, y forma olitas, y me sube todo alrededor, como un mar...; pero ¡qué mar, ¡ay!, tan bonito! Nado en él..., floto..., no me sumerjo... ¿Lo ves? --añadía haciendo el ademán del que da paladas.
--Es la espuma de _Champán_ propiamente --explicó la pecadora, riendo con libertina carcajada y sacudiendo su negro cabello fosco, semejante a melena de león.
--No..., no es el Champaña... No creas que confundo... El Champaña es líquido, hija..., y esta espuma de que te hablo me parece fluida..., un fluido universal... que lo penetra todo...
Me incliné sobre su orejita, encendida como la grana, y murmuré:
--¡Tonta, si es la vida! ¡La vida misma..., una cosa inmensa, que no se concluye! La vida se presenta así..., en olas que van y que vienen y se enfurecen o se aplacan... como un mar... La vida es... una diosa; hubo épocas en que los pueblos la adoraban... La vida es hermosísima; toda se vuelve luces, y flores, y risas, y... No me hables de enfermedades ni de muerte..., ¡cosas tan antipáticas! Morir... sin que se sepa que morimos... es seguir viviendo. ¿Verdad que tú estás... sanita... como las manzanas? ¡Ay, qué sanita!
Ella se rio con expansión de aquellos disparates ordenados.
--La vida... --dije aproximándola más a mí-- la vida... eres tú.
--¿Soy yo una diosa, según eso? --preguntó envanecida la pecadora.
--Una diosa..., sí..., ¡ya lo creo!, del paganismo, hija, del paganismo...; la única religión que hizo del mundo un paraíso terrenal..., porque el cristianismo... francamente, pichona..., es una religión... así..., muy lúgubre..., de..., de gente que ni come... ni bebe..., ni..., ni...
Belén abría de par en par sus magnéticos ojazos, sin comprender a qué venía todo aquello, ni qué relación guardaban con el caso presente los dislates que salían de mi boca. Pero yo no me reía de su cara entre atónita y curiosa, porque empezaba a no distinguirla tal cual realmente era. La buena moza me parecía más alta, más mujerona, más rica en colorido, y en formas más espléndida; sus labios eran del tamaño y color de una rosa gigantesca, hecha de llama y sangre... El resto de la figura lo veía al través de una bruma dorada y pálida, movible cortina salpicada de danzarines puntos blancos que incesantemente se entrecruzaban, bajaban, subían, se proyectaban en rocío de aljófar, como el chorro de agua al despedirlo el pulverizador... Me froté los ojos, porque aquella grasa sutil me los cegaba..., y entonces vi a Belén mucho menos. Solo sentí el aterciopelado contacto de su falda de _peluche_, sobre la cual me parece que recliné la frente para aletargarme.
XIX
Serían las doce de la mañana cuando empecé a despertar, con acíbares en la boca, las sienes estallando de jaqueca, el hígado pesado como plomo, y en el alma esa inexplicable desolación, ese pesimismo obscuro y hondo de los días que siguen a las noches orgiásticas. En medio de mi sopor, oía un ruidito semejante al que hacen las teclas del piano cuando se las hiere en seco estando el instrumento desencordado del todo; eran los tacones de la pecadora, que daba mil vueltas por el cuarto, en puntillas, y entraba de vez en cuando, para volver a salir con algún objeto en las manos o en la falda. Sin duda, a cada salida cuidaba de mirar hacia mí, pues al punto se dio cuenta de que yo estaba despierto, y llegándose e inclinándose a mi oído, murmuró:
--No hagas caso... Duerme más si se te antoja. Están ahí las prenderas, y las voy sacando a la sala las cosas, para que las vean y las ajusten.
No contesté. Me levanté disparado. ¡Yo sí que quería plantarme donde la perdiese de vista! Su pelambrera enredada; su bata de rica seda, con el encaje hecho jirones; el chapaleteo de su calzado; su misma hermosura, su frescor intacto después de la noche toledana, me empalagaban como empalaga el último bocadillo de piña de América o de otro dulce muy sápido y gustoso. Bascas de la materia, ¡cuánto asombráis el espíritu! ¡Cuánto le recordáis su origen, su fin, su divina esencia! ¡Lástima que algunas veces os retraséis en el camino, y lleguéis solo en buena sazón para chapuzarnos en las amargas aguas de arrepentimiento de que hablaba el Salmista!
Necesité violentarme para no tratar mal a la desdichada. Comprendí la brutalidad que les entra de sobremesa a ciertos hombres. Me disculpé con jaquecas y molestias gástricas, y ella empeñada en llamar a un médico, en aplicarme compresas de agua de Colonia, en darme caldo... Por fin logré huir de la odiosa prisión, y en casa me lavé de pies a cabeza, cambié de ropa, y me juré a mí mismo ir a la calle de Claudio Coello a borrar la mala impresión de la comida... «Salustio, ahora veremos si eres hombre o pelele. Anoche te portaste... Vergüenza debías tener... ¡Para eso tanto bravatear con el Padre Moreno, y solo con la idea de que el enfermo bebía en aquel mismo vaso, ya no pudiste pasar bocado, ya te pusiste a soñar disparates y acabaste por hacer de una infeliz nada menos que la encarnación de la vida!... No tienes tú, no, el heroísmo sencillo y modesto de Carmen... Y lo que es ella te ha calado... Anoche es seguro que infundiste _lástima_. ¡Rehabilítate hoy!»
Cuando el propósito de rehabilitación me llevó a casa de mi tío, eran las cinco de la tarde, y la criada, al abrirme la puerta, me indicó que en el comedor encontraría a su señora.
Allí me dirigí, y esta vez Carmen, al verme, no mostró aquella extraña emoción de otras veces, cuando impensadamente me presentaba. Saludome muy cordial, y su fisonomía no perdió la irradiación dulce y serena. Estaba en pie, de bata floja, recogido el pelo al descuido, y arreglando loza en el chinero.
--¡Qué milagro! --la dije--. ¿Cómo no te encuentro al lado del tío Felipe? Me han dicho que no sales de allí.
--Exageración --contestó tranquilamente sin interrumpir su tarea--. El mal no requiere eso, como no sea para que no se aburra de verse solo. ¡Viene tan poca gente! Pero hoy casualmente ha llegado de Pontevedra Castro Mera, y me lo entretendrá un ratito.
Continuó arreglando. Las tazas, las copas, bajo su mano inteligente, se alineaban en orden, y en su bolsillo, a cada movimiento del brazo, se oía, sonoro y claro más que nunca, el tilinteo de las llaves.
--Carmen --pregunté tomando una silla--: ¿y qué te parece del enfermo? ¿Le encuentras mejoría? ¿Esperas que sanará? Nadie puede saberlo mejor que tú que le cuidas.
Se volvió hacia mí con un plato de china en la mano, y antes de responder lo pensó un poco. Luego dijo con voz sinceramente dolorida:
--No encuentro mejoría alguna. Al contrario. Sufre dolores horribles. Se me figura que pierde más terreno del que el médico sospecha.
--Y tú... --murmuré acercándome a ella y hablando muy bajito-- sé franca... ¿sabes... lo que tiene?
El plato chocó con las otras piezas de loza al depositarlo en el estante, y ella respondió tan bajo como había hablado yo mismo:
--Sí.