Part 13
--Sepamos. Por supuesto, en su juicio acerca de mí hay manifiesta exageración; vamos, que me ve al través de un cristal teñido de colores enteramente fantásticos. Usted, señor positivista, hace del Padre Moreno --que es la misma prosa, el hombre más a la pata la llana-- uno de esos frailes de drama o de novelón por entregas; si me descuido me atribuye que venga a prenderle para entregarle al Tribunal de la Inquisición. No tengo pizca de Torquemada: soy bastante tolerante... me parece.
--Pues ya que se juzga tolerante y humano --argüí--, veremos cómo toma mi proposición. Usted saldrá de Madrid dentro de pocos días, según entiendo. Además, no está usted en situación de cuidar enfermos, sino de mirar por sí mismo y reponer algo, si es posible, los quebrantos de la salud. Carmiña se queda aquí sola... peor que sola; bregando con un enfermo asqueroso, expuesta a que desfallezca su ánimo, y a que, con todo su heroísmo, sus fuerzas le hagan traición. Pues bien; no se oponga a que yo la ayude en la asistencia de su esposo.
Una carcajada, no amarga e irónica, sino muy franca, sorprendente en un hombre débil aún, brotó de los labios del Padre Moreno.
--Perdone que me ría --dijo--, pero es que no lo puedo remediar. ¡Naranjas con el alumno de ingenieros! Tengo que reírme, y mejor es que me ría yo que no que me formalice y armemos la de Roncesvalles. ¿De modo que usted cree que su mamá le envía aquí para hacer de hermana de la Caridad? Y otra cosa, amiguito. ¿Piensa que los cuidados de usted complacerían al infeliz paciente como la asistencia tiernísima de la amante esposa?
--Ea, Padre --exclamé saliendo de mis casillas, como solía siempre que me arrollaba el fraile maldito--: a mí no me venga usted con retóricas de púlpito, ni me trastee con palabritas insidiosas. Ya sabe que yo estoy en el secreto: Carmiña es una esposa honrada, la más honrada de todas las esposas del mundo; pero no puede ser una esposa amante... ¡y la razón me parece bien sencilla! porque no está enamorada de su esposo.
--Y de usted sí, ¿verdad? --replicó en tono de mofa punzante el Padre Moreno.
Titubeé. Estaba cogido. Yo protestaría, pero... la verdad es que el fraile había dado en el hito y traducido mi pensamiento exactamente. Para salir del apuro, resolví agarrarme al honor y a la delicadeza.
--¿De modo que usted supone en esta proposición mía malicia, algún fin dañado, algún siniestro propósito? ¿Me juzga usted tan mal? ¿Me atribuye ni sombra de idea ofensiva para Carmen? Le juro, Padre, que hoy por hoy es sagrada para mí la mujer de mi tío; que usted no estará a su lado con más pureza que yo. Si muere su marido, me casaré con ella; entretanto, seré su hermano y hermano más respetuoso no lo ha tenido ninguna mujer desde que hay mundo y fraternidad.
El Padre se revolvió en su asiento, afianzando con dos dedos los anteojos que usaba desde que la enfermedad le había acortado la vista. Luego se remangó la manga del sayal, como si quisiera pegarme, movimiento familiar en él; y en seguida me miró y volvió a soltar la risa.
--¡Caramelo! No puede negarse que es usted muy chusco. No tenía usted precio para actor cómico, señor mío de mi mayor respeto. Vamos, lo dicho; es usted de oro, y de plata, y de todos los metales preciosos. ¿Pero no comprende, inocente, que yo, que ni soy director de su conciencia de usted, ni presumo que su conciencia de usted gaste el lujo de tener director, no necesito enterarme de si usted lleva intenciones limpias o sucias y va con buen o mal fin? ¿No conoce que eso a mí no me preocupa, sino en cuanto le considero prójimo? Por usted me alegraré de que sea verdad... y la cuestión de conciencia, aquí termina. Si con algún título pudiera yo meterme en esta danza, sería como amigo de usted, para desengañarle y quitarle las telarañas de los ojos. Solo que no querrá usted consentir la extirpación de esa catarata moral; y entonces, el cirujano no tendrá más recurso sino dejarle con su padecimiento, hasta que venga la experiencia y le opere.
--¿Y en qué consiste mi catarata, vamos a ver? --pregunté algo preocupado por el aplomo del fraile.
--¿Quiere usted saberlo? ¿Se convencerá? ¿No saldrá por las de Pavía?
--Oigo tranquilo... Diga, Padre.
--Consiste su catarata en que cree usted que Carmen puede desear que la ayuden a asistir a su marido, y no es cierto, porque Carmen aspira a llevarse ella sola la gloria de la asistencia; consiste en que cree usted que Carmen aborrece a su esposo, y Carmen le ama. Estos son sus errores, sus cataratas morales. ¿Cuánto va a que no las he batido?
--¡Padre! --exclamé--, perdemos el tiempo. Lo perdemos lastimosamente: siento decírselo. Porque usted me habla como a un niño de tres años, prescindiendo de que hace bastantes más que tengo uso de razón; y por lo tanto, no puede convencerme. Desautoriza sus palabras la falta de sinceridad.
--¿De sin-ce-ri-dad? --deletreó picarescamente el fraile.
--¿No está usted asegurando que Carmiña _ama_... --así, textualmente--, _ama_ a su marido?
--Y me ratifico en ello.
--Pues yo insisto, Padrecito Moreno...; por ese camino no se va a ninguna parte. Mis ojos, mi juicio, mi inteligencia, que no me los ha dado Dios para adorno, sino para que me guíen y me sean útiles, gritan a voces lo contrario. Padre Moreno, no le molesto a usted más. Ahora me toca a mí: se ha acabado nuestra conversación.
--¡Eh! ¡Caramelo! --exclamó el Padre con uno de aquellos chispazos de vigor que revelaban al antiguo Aben Jusuf--. ¡Poquito a poco, que de Silvestre Moreno nadie se despide así! Fraile soy, a mucha honra y también hombre de vergüenza y de verdad. Le he dicho a usted que Carmiña _ama_ a su marido... y usted me sale con que _no le amaba_. Fíjese en la gramática: hoy le _ama_... y el tiempo se encargará de probárselo a usted. Cuando se lo pruebe ¡naranjas! me debe usted una satisfacción. La de reconocer que ha sido bastante terco.
--Entonces... le han vuelto a Carmen el corazón del revés, como un guante.
--Exactamente. ¿Cree usted que no puede ser? ¡Vaya si puede, señor mío! Hace media hora que hablamos como cotorritas, y no nos entendemos, ni trazas, porque tampoco entendemos el mundo ni la vida de la misma manera. Usted cree que no hay en esto de las relaciones conyugales más que el capricho, la golosina de la imaginación, el frenesí de los sentidos... o una chifladura muy superfirolítica, de esas que se leen en los versos o se cantan en las óperas; y que si inspira cierta prevención un esposo robusto y sano, doble repugnancia ha de infundir el mismo esposo lleno de lacras, herido por la mano de Dios con un mal repugnante e inmundo. Pues ahí verá usted las consecuencias de ser pagano, como lo es usted por desgracia. La persona que tiene el alma disciplinada por el cristianismo, lejos de aborrecer el sufrimiento, ve en él la ley universal, la gran norma de la humanidad, que solo nace para sufrir y merecer otra vida mejor que esta. Me ha contado fray Zeferino González --porque yo no soy sabihondo, soy un pobre teólogo de misa y olla-- que ahora los filósofos más de moda, aun entre ustedes mismos los racionalistas, reconocen esta verdad, y están conformes en que el mundo no es más que un abismo de dolor, y que hay un velo de ilusión que nos engaña, desfigurando la realidad. Pues la verdad que ahora, al cabo de los años mil, descubren los filósofos flamantes, la tenemos olvidada de puro sabida los cristianos. Al convencernos de que el dolor es la ley, y que nadie la elude, se nos desarrolla una virtud llamada _caridad_. Si a la _caridad_ se añade la _gracia_, se nos inmuta el corazón, y amamos el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. ¿Usted dice que el padecimiento del marido de Carmen es asqueroso? ¡Ya lo creo que lo es! No lo sabe usted bien... y si se acercase a asistirle, se me figura que toda la resolución de que hace usted alarde iba a llevársela el diablo. Bueno; pues en la Edad Media, ese mismo mal existía y abundaba, y era acaso más repugnante que hoy, porque no había para combatirlo tantos medios científicos como actualmente; tantos desinfectantes, verbigracia. Y las santas y los santos más grandes de la Iglesia estaban --permítame usted la frase-- enamorados, lo que se dice enamorados, de los leprosos. Les daban los nombres más cariñosos y tiernos; les consideraban como a hijos o hermanos. Eso, saltará usted, es contra la naturaleza humana, que busca lo sano y lo bello, y rechaza lo que mortifica los sentidos. Pues ahí verá usted, ¡caramelo! Por eso le decía yo que no podíamos entendernos. Porque usted solo ve la naturaleza y lo terrenal, y yo veo lo sobrenatural, pero realísimo, puesto que en otros siglos se encontraba a cada paso, y en este todavía se encuentra.
--¿Y usted cree --pregunté sin darle crédito alguno-- que a mi tía la ha herido esa gracia a que se refiere?
--¡Váyase usted al recaramelo! --profirió el fraile--. No sé a qué gasto saliva. No me entiende: estoy hablando en chino... La experiencia le enseñará.
--¿Vuelvo, señorito? --dijo el auriga, cuando toqué al vidrio del clarens.
--Sí; Claudio Coello... número tantos... ¿O quiere que le lleve a otro sitio, Padre?
--Si le es lo mismo, déjeme en la puerta de San Carlos... Y medite, que falta le hace.
XVII
La experiencia, sí... pero, ¿cómo adquirirla? Era dificilísimo ver despacio a tití, que salía poco del cuarto del enfermo. Resolví esperar al domingo, irme a pasarlo enterito a la casa, y estudiar la situación.
Conviene saber que Luis Portal, ya dueño de su diploma, pero no colocado todavía, no se había movido de Madrid, donde al llegar yo, le encontré... ¡oh asombro!, reñido, enteramente reñido con la inglesa.
--Pero, ¿cómo ha sido eso? --pregunté atónito--. ¡Si estabas hecho un arrope manchego! ¡Si no se te podía resistir!
--¡Ahí verás tú! --respondió el oportunista, colgándose de mi brazo y paseando conmigo, arriba y abajo, por el reducido cuartuco--. Eso te probará que soy todo un hombre, y no me dejo llevar de la fantasía, ni del capricho, ni de la pasión. Si tomases ejemplo de mí, mejor te fuera. A mí no me arrastra el corazón, o lo que sea, a cometer insensateces y a comprometer mi porvenir.
--Bueno; déjate de filosofías, y vengan detalles. ¿Por qué has tronado con tu _Mo_?
--¡Hijo!... Por trescientas mil cosas. Mejor dicho, no... solo por una... pero menudita. ¡Bagatela! La señorita Baldwin quería... ¡no se le ocurre ni al diablo!... quería casarse conmigo. Y no para más adelante, cuando yo abra mi surco... Ahorita, inmediatamente... Para irnos juntos a Ciudad Real, adonde estoy destinado.
--¡Hombre!... ¿Pues no decías que _Mo_ no pensaba en casaca, y que era una mujer superior, y nueva y distinta de todo el género femenino?
Mi amigo me miró con sus ojos ardientes, hinchados y cercados de negras ojeras.
--Eso parecía... Cualquiera lo hubiese pensado... Pero, hijo... así que me vieron metido en harina, me echaron la red. Fue una conspiración sumamente curiosa, en que toda la familia Baldwin tomó parte. Dieron por hecho que nos casábamos: ya conoces el sistema. Los chiquitines me llamaban _brother_, la pastora me decía a veces: «Luis, hijo mío...» Abusaban de mí como si ya tuviese puesta la coyunda; me empleaban sin escrúpulo y sin duelo en sus obras de propaganda y evangelización, y quisiera que me vieses ocupado en corregir pruebas de un folleto titulado _La gran crisis_, donde se profetiza que el jueves 5 de marzo de 1896 serán arrebatados al cielo, sin morir, ¡ciento cuarenta y cuatro mil cristianos!
--¡Bah! Exageras.
--¡Qué he de exagerar! No rebajo un cristiano de los ciento cuarenta y cuatro mil. Aquí conservo ejemplares del folletito, parto de la musa de mi reverendo ex suegro el señor Baldwin, o, mejor dicho, de la pastora. Mira ese grabado: _la mujer encarnada sobre la bestia bermeja_. ¡Qué mono! Representa a Roma. ¿No ves la tiara?
--Pero entonces, aquella señora Baldwin tan fina y tan lista... ¿está loca, o qué?
--No sé qué responderte. Me da en qué pensar. Acaso _ellos_ son más ilusos que nosotros, los latinos decadentes. Creo que la cultura y la sensatez de esa gente no pasan del exterior: barniz simpático, que encubre un fanatismo delirante y una intransigencia cruel. _Mo_, educada de otra manera, sería un encanto de muchacha: no puede negarse. Porque hay allí tesoros... Pero le han inoculado el virus...
--¡Anda! ¡Toma el ave fénix... la mujer del porvenir!
--¡Qué quieres! --profirió con amargura Luis--. Yo tengo el defecto de ver claro...
--¿A última hora?
--¡Más vale tarde que nunca! --añadió con despecho--. He penetrado más allá de la cáscara... y resulta que era de plaqué y saltaba al apoyar el dedo. Hoy por hoy, no sé si te diga que prefiero el tipo de nuestra mujer ignorante y cerril a una marisabidilla como _Mo_. Las cosas a medias, los conatos siempre tienen algo de aborto, cierto sello ridículo. La instrucción de _Mo_ es embolada, es ñoña; solo sirve para confirmar preocupaciones, no para desterrarlas dejando libre el campo intelectual. A _Mo_ la han enseñado a pintar, pero sin estudio del modelo vivo, flores y pájaros únicamente; _Mo_ toca el piano... como cualquiera: a Shakespeare lo lee, conformes... pero en edición expurgada; _Mo_ conoce la historia de su país... según un compendio para niños; en suma, chacho, yo que creía encontrar su espíritu igual al de un varón... y me suena a hueco, lo mismo que el de las demás hembras.
--¿Y cuándo has notado eso? --pregunté al oportunista.
--¡Bah! inmediatamente --afirmó alzando los hombros--. Pero no quería convencerme, porque... --Riose nerviosamente--. ¡Esto del amor es una cosa empecatada!
--¿Y reñísteis por eso solo?
--Reñimos --contestó Portal repentinamente exaltado, echando chispas por los ojos y arrebatada su amplia faz-- el día en que me planteó la crisis e hizo cuestión de gabinete la inmediata boda. Yo me solivianté... y ella no, al contrario: estaba más serena, y más cándida, y más guapa que nunca... ¡Erre en que hacía un papel desairado, y en que a su edad ya su madre llevaba tres años de matrimonio, y _habían nacido_ ella y William, el mayor de los chicos...! ¡Estuve por decirla que la indemnizaría del retraso! Desde que empezamos la polémica, me trató de usted... ¡Y si vieses qué sonido tan particular, tan seco, le daba al _usted_ la muchacha! Yo, haciéndola mil reflexiones... y nada, tiempo perdido... como si hablase a esa cama de hierro...
Calló un instante el oportunista, y sus cejas se contrajeron con sombría expresión. Al cabo de algunos segundos añadió con esfuerzo:
--Llegué a figurarme que esa mujer no me ha querido nunca. Sí, adquirí el convencimiento...
--¿Porque deseaba casarse pronto?
--¡Bah! Por eso no precisamente... Hay que fijarse en la voz, los gestos, la manera de mirar... Lo que uno cuenta no da jamás idea de lo que ha sucedido. Quisiera que la vieses. Parecía un mercader discutiendo un negocio... Aquel corazón es de berroqueña; es un témpano, mejor dicho... ¡Un Témpano! No sé cómo pude llegar a ilusionarme tanto al principio, y personificar en _Mo_ la _mujer nueva_. ¡Corteza, cáscara, mentira! Pero yo, en mis trece. De casaca no quise ni prometer, ni soltar prenda. ¡Si vieses con qué tranquilidad me despachó! Yo en la puerta, y ella de espaldas, rígida, sin llamarme... Pero se lleva chasco, que con Mathew tampoco se casa. ¡Buena gana tiene el mozo!
--Mathew... ¿Quién es ese? ¿Un rival?
--Un cajero que se trajo de Inglaterra la compañía Stirling. ¡Un inglesito más antipático! Y piensa en bodas lo mismo que yo. Ya verá la señorita _Mo_ lo bueno... Mathew no se casa... ¡Como no se case con una botella de _gin_!...
Al hablar así, el rostro de mi amigo se descomponía, revelando oculto sufrimiento.
--Pues si resulta que _Mo_ no es lo que tú soñabas --le dije--, debes alegrarte del trueno.
--Y me alegro... ¿Quién lo duda? ¿Crees que lloro? Así que me largue a Ciudad Real... bailaré de gusto. ¡Ventaja mayor! Pero no todos se mostrarían tan enteros. Esto requiere mi fuerza de voluntad.
No quise dar broma a mi amigo, porque me parecía crueldad manifiesta. Conocí que estaba ferido de punta de amor, tanto o más que yo mismo, que rebosaba despecho y amargura, y que hacía de tripas corazón. Ya me encontraba yo versado en los misterios del antojo amoroso, de ese duende que se nos aloja en las entrañas, y figureme que la traducción más fiel y ajustada de ciertas biliosas melancolías, de ciertas alegrías sin pretexto, y aun de ciertos desórdenes en que vi caer a mi sensato amigo, no tenían otra explicación sino la de haberse quedado su alma cautiva entre los dedos de la bella zagala evangélica.
Antes de avistarme con mi tío hablé confidencialmente al doctorcillo Saúco, su médico de cabecera desde que Sánchez del Abrojo había interrumpido sus visitas, nunca muy frecuentes, como de facultativo ya famoso. Al pronto intentó mi paisano disimular conmigo y convencerme de que la enfermedad de don Felipe Unceta no era sino una «degeneración cutánea»; pero, persuadido de que yo estaba en autos, cantó de plano el hombre.
--Entonces, hijo, ya que lo sabes... Pero guárdame el secreto; es decir, guárdatelo a ti propio; si se enteran por ahí de que te viene de casta... Por supuesto, tú no tienes nada que temer. Si acaso, tus hijos; esta enfermedad casi siempre salta una generación. A veces también se extinguen, a fuerza de tiempo y de cruzamientos de sangre. Lo que va siendo raro es que se presente tan de mano armada y con proceso tan rápido como en tu tío. Esta... esta es de órdago. Ya se le van anestesiando las extremidades. Los músculos empiezan a atrofiarse.
--Pero yo creí que no había en el mundo semejante enfermedad.
--¡Vaya si la hay! Solo que a esa clase de padecimientos, en las personas acomodadas, los llamamos _dermatosis, degeneraciones cutáneas_... y adelante con los faroles. No son frecuentes, sin embargo, en la esfera social de tu tío los casos de lepra.
--¿Y tiene cura? --pregunté con ansiedad.
--¡Cura...! El cura, hijo... si es buen católico ese señor. Solo caben paliativos. Y la cosa va de prisa. A quien compadezco es a la pobre señora. Tu tío será dentro de poco un montón de lacería, como Job en su estercolero. La Edad Media en estos casos aislaba rigurosamente, y dicen que a los gafos se les ponía al cuello una campanillita para que huyese de ellos la gente sana. Hoy tendemos encima de ciertos males repugnantes un velo de sublimado corrosivo... y se acabó. Mucha desinfección, pero igual podredumbre. Y aquí tienes un caso en que yo entiendo que procedía la disolución del matrimonio.
Cualquiera presume cómo iría yo cuando el domingo logré por fin ver al enfermo y a la enfermera... Frío mortal me traspasaba los huesos al subir las escaleras, al llamar, al entrar en el cuarto del leproso. Encontrábase este arrellanado en un sillón, con un periódico sobre las rodillas: sin duda acababa de leerlo. A su lado, tití hacía labor. Cuando yo llegué, tenía la cabeza baja: así es que lo primero que atrajo mis miradas fue el rostro del enfermo...
Había en él algo que impresionaba siniestramente, tal vez por su misma inmovilidad, pues noté que le faltaba el juego expresivo de las facciones, sin duda a causa de la atrofia muscular de que hablaba el doctorcillo. No estaba, sin embargo, ni muy desfigurado, ni enflaquecido en demasía. Cejas y pestañas habían desaparecido casi, y en la parte inferior de las mejillas noté manchas lívidas y siniestras. Mi angustia creció al comprobar la tremenda verdad del pronóstico de mi madre. ¡Era el mal sagrado y pavoroso de la Biblia, que al cabo de tantos siglos caía nuevamente sobre la raza de Israel...!
Mi tío, al verme, hizo lo que acaso por suspicacia hacen todos los enfermos de males contagiosos: me tendió la mano, ya algo retorcida por la gafedad, y mostró intención de apretar la mía. No vacilé: se la entregué llevado de un instinto de delicadeza; pero, al tocar la suya, me subió la náusea al galillo. El horror tradicional a aquel formidable castigo del cielo surgía del fondo de mi alma, y mi diestra se estremeció en la de don Felipe.
Tití se había levantado para saludarme. También me alargó su manecita, cuyo contacto me sorprendió, porque no estaba calenturienta. Entonces la miré de frente, y admiré el cambio de toda su persona. Ya no mostraba decaimiento, ni aquel temor escrito en su rostro cuando en la Ullosa comprendió que era de raza hebrea su marido. La vida brillaba en sus serenos ojos; su tez, aunque no sonrosada, tenía la tersura que presta el equilibrio de los humores; había cobrado carnes, y en sus brazos y seno observé dulce plenitud de formas. Su actitud misma se diferenciaba de la de antes. Ahora mostraba una tranquilidad resuelta, una presencia de espíritu que casi podía confundirse con el gozo. Si yo conociese menos los quilates del alma de la tití, creería que la regocijaba la enfermedad de su marido. Lo cierto es que su transformación la sentaba muy bien: era otra mujer, y mujer capaz de inspirar otra clase de amor; mujer apetecible. Y, sin embargo, yo, que había ardido por la triste y desmejorada criatura, hoy me reconocía dueño de mis sentidos: con la idea de la enfermedad, no creía que pudiese mi imaginación inflamarse nunca.
--Comerás con nosotros, Salustio --advirtió mi tío, dirigiéndose a su mujer--. Que le pongan plato. Vente todos los domingos: no puedo salir, me darás conversación. Se aburre uno de estar así tan encerrado, tan privado del trato de gentes...
--¿Y cómo se encuentra usted? --dije, por decir algo.
--Hombre... ¡qué sé yo!... Saúco siempre me anima y se ríe de mí... Dice que pasaré mal invierno tal vez, pero que en primavera estaré muy aliviado. Ya ves que aún me queda buen rato de rabiar... Se me agarró de veras el condenado reumatismo, y como creo complica la erisipela, se originan estos malditos fenómenos... Lo peor de todo, que está uno hecho un sucio: que ni se puede ir al Congreso ni a ninguna parte hasta que empiece a quitarse _esto_ del pescuezo y de la cara... Vamos, que está uno impresentable; y aquí en Madrid no se quiere a la gente sino charolada y lustrosa... Lo siento, porque Dochán en el interregno se despacha a su gusto y me hace barrabasadas...
No contesté. ¡Me parecía tan cómicamente fúnebre oír a aquel hombre sentenciado a espantosa muerte interesarse por mezquindades de política local!
--Si pudiese andar --añadió--, daría mil vueltas por ciertos centros, y divertiría a toda aquella pandilla de los Dochanes, los Requenas y los Rivas Moure. Precisamente ahora tienen descontento a don Vicente, y lo pasarían bastante mal si yo no estuviese inutilizado.
La voz de tití se alzó entonces, timbrada con la misteriosa sonoridad que indica que lo que se dice sale del alma.
--No pienses en niñerías, Felipe --murmuró amistosa y eficazmente--. Piensa en tu curación, si Dios quiere permitir que te cures pronto. Allá los de Pontevedra que se arreglen como gusten. Primero eres tú. No entiendo de medicina, pero me parece que la condición necesaria para sanar debe de ser tranquilizar el espíritu, ¿no es cierto, Salustio? Y cuando por casualidad viene un mal de esos que no tienen remedio... entonces... ¡cada vez se necesita más el sosiego del ánimo, la resignación y el desprecio de las menudencias!
Al decir esto, recogió el periódico, que se le había caído a su marido de las manos casi inertes; y comprendiendo, sin duda, la conveniencia de distraer su imaginación y quitarle de la cabeza los pensamientos relativos al mal, fue preguntándome mil cosillas de la Ullosa, de mi madre, de la huerta...
--¡Si vieses el becerrito! --la dije--. ¿Te acuerdas qué chiquitín? Podíamos llevarle en brazos como a una criatura... Pues ahora se ha hecho un ternero hermosísimo. Está casi tan grandote como la madre...
La evocación de este recuerdo inofensivo y bucólico la hizo ruborizarse algún tanto.
--Carmen --indicó el enfermo--: siento mucho frío aquí. ¿Por qué no enciendes?