Part 10
¡Entrar! Preferí darme una vuelta por el pueblo y volver a apostarme a la puerta cuando racionalmente supuse que faltaba poco para acabarse la función. Pero sin duda el autor de _Os Turrichaos_ no había perdonado al público ni una octava, pues todavía esperé largo rato. Por fin empezó a vaciarse el local. Todo el mundo, al salir, respiraba como quien se ve libre de una carga enojosa: las fisonomías se dilataban al contacto del aire fresco, y el sol les infundía regocijo; había suspiros de satisfacción y voces que sonaban alegres, sacudiendo el enervamiento de la insufrible ceremonia. Salió Carmen entre su marido y don Apolo: al paso de este grupo la gente abría camino y oíanse murmullos de curiosidad.
XII
Al otro día del Certamen se celebraba el baile del Casino. La tití asistiría, porque su marido la obligaba a exhibición continua mientras durasen las fiestas y fuese preciso imponerse y ganar prestigio contra los dochanistas. Me preparé a concurrir también al _festival_ (así decía _La Aurora_), y a las diez ya vagaba como alma en pena al través de aquellos salones, no ocupados a la sazón sino por el Presidente y algún individuo de la directiva, que daban los últimos toques a la decoración y se enteraban de cómo andábamos de flores, polvos de arroz y horquillas en el tocador, «digno de _Las mil y una noches_», afirmación de _La Aurora_ también.
Empezó a acudir la gente en pelotones, pues es raro que en bailes de provincia entre una familia sola, antes suelen reunirse para arrostrar la situación desairada de los primeros momentos. Divanes y banquetas fueron alegrándose con los colores delicados del traje de las señoritas, y al tocar la orquesta la primera polka, seis u ocho parejas salieron ya bailando con ímpetu, teniendo el salón por suyo. En poco tiempo aumentó la concurrencia de tal modo, que la circulación se hizo difícil. Y Carmiña sin presentarse.
A eso de las doce menos cuarto realizó su entrada del brazo de don Apolo, que desplegaba con ella galantería senil. No hay mujer en el mundo, al menos el mundo tal cual hoy le conocemos, que, por santa que sea, no trate de parecer algo mejor en un baile; y Carmen, a pesar de su completa abnegación, de fijo había consagrado aquella noche un ratito al espejo. Llevaba su acostumbrado vestido blanco, pero refrescado, adornado con piñas de rosas; en el pelo flores naturales y alguna joya discretamente prendida. Sus largos guantes de Suecia disimulaban la ya angulosa línea de sus brazos. No diré que estuviese bonita: había allí tantas caras radiantes y juveniles, que a ellas con justo título pertenecían los honores de la belleza plástica. Mis ojos, sin embargo, apartándose de los lozanos botones en flor, iban en busca de la rosa mística, de la hermosura puramente espiritual, patente en un rostro consumido por la pasión y la lucha. Si yo no viese allí aquel rostro, tal vez hubiese bailado con las lindas muchachas que aguardaban pareja. Pero no quise. Mirarla a hurtadillas era mejor.
A su lado estaba Añejo. Ella le oía y contestaba con afabilidad, tratando de no levantar la voz ni hacer ademanes en que se fijase el concurso. ¿De qué le hablaría don Apolo tan seguido y tan acaloradamente? Supe después que del éxito de su gran _Elegía a la rota del Guadalete_, oída con suma benignidad por el rey Alfonso XII e impresa a expensas de una corporación doctísima. Mi tío dejó a su mujer entregada a la _rota del Guadalete_, y dando una vuelta por el salón, no tardó en reunirse con el director de _El Teucrense_, que, muy deferente y solícito, se le acercó diciendo:
--¿Don Felipe, qué hay? ¿Qué se le ocurre?
Estaban tan cerca de mí, que pude oír la respuesta. Con voz más quebrantada de lo que acostumbraba, respondió mi tío:
--Hombre, días pasados me sentí muy bien... Pero hoy no sé cómo ando. Tengo un cansancio y un hormigueo en los pies... Y a veces dolores. Creo que estoy perdido de reuma. Las pensiones de la vejez, que empiezan a cobrarse ya.
--Eh, qué vejez, ni qué rabo de gaita, ¡si es usted un muchacho! --protestó el periodista--. Cuidarse y no criar bilis, que ya fastidiaremos a los de _La Aurora_ y a la gente que nos impone el _Santo_. Si le da la gana de mandar, que mande en Compostela, donde posee su distrito y donde ha empleado hasta a los _correcanes_ de la catedral. De aquí hemos de espantarle. Mire usted, D. Vicente tendrá todo el talentazo que guste y que la gente le reconoce; pero en sus protecciones toca el violón más que nadie. ¡Cuidado con haber entregado el pueblo a Dochán, a Paredes, a Rivas Moure, a Requenita y a toda esa chusma de _La Aurora_! Hay días que le entran a uno ganas de hacer una barbaridad. Ayer en el Certamen me cansé de llamarles pillos; y se lo tragaron, porque hoy no chistan.
Mi tío moderó el celo del seide, repitiendo:
--Calma, calma y mala intención... A D. Vicente ya le haremos ver que no le queda más remedio sino venirse a buenas y transigir. Crea usted que a estas horas está harto de Dochán y de los compromisos en que le pone... el asunto de los muebles...
No quise oír más, y dejando al cacique y al periodista engolfados en su diálogo, me interné en el salón, atraído por la tití.
Noté que estaba muy acompañada; varias señoras de lo más granado de la población habían ido aproximándose y formando en torno de ella y del señor Añejo ese núcleo superior que inevitablemente se constituye en todo baile o sarao, para desesperación de las que en él no tienen cabida. Un incidente vino a poner de relieve lo que indico.
Cuando las señoras consiguen organizar el susodicho núcleo, desplegan habilidad felina para defenderlo y evitar la ingerencia de elementos extraños o heteróclitos. La media docena de damas que, con mi tití enmedio, presidían moralmente el baile, realizando una ingeniosa captación de los divanes, extendiendo las faldas, haciendo que no veían, habían obtenido el deseado aislamiento. Dos o tres tentativas de inmixtión fueron desconcertadas rápidamente. Pero sobrevino una que demostró la unión, la sorprendente armonía con que se verificaban los movimientos en el pequeño cuerpo de ejército femenil. Y fue que entró por la puerta grande --casi fronteriza al diván-- el señor de Aldao, dando la derecha a su esposa, la cual, a decir verdad, venía muy bonita con su traje claro y su cabello rubio empolvado y crespo. La pareja se dirigió como una saeta al diván; y las señoras, con admirable prontitud, se ensancharon, ahuecaron los trajes, y fingiéndose distraídas y abanicándose precipitadamente, imposibilitaron la colocación de la intrusa. Esta, llena de sagacidad, a despecho de su inexperiencia, vio desde lejos la maniobra, y tirando del brazo de su sexagenario marido, le apartó del sitio peligroso. Hubo un momento de curiosa ansiedad en el salón; el lance ocurría durante el descanso, y los hombres habían salido, quedando casi despejado el centro de la sala y permitiendo enterarse de todo. La improvisada señora vaciló; no sabía a qué lado dirigirse; temía otro desaire. Por fin, lo hizo hacia la izquierda, sentándose en la esquina de una banqueta ocupada por algunas señoras, de las menos encopetadas del pueblo; como que entre ellas se contaba la familia de un concejal, almacenista de vinos, y la de un fomentador de San Andrés. El marido de Candidiña, después de acomodarla, hubo de hacer lo que todos, retirarse, dejándola en la embarazosa situación de una mujer sola, blanco de ojeadas poco benévolas, y a quien nadie dirige la palabra. Miró alrededor con cierta angustia, y su rosada faz de angelote se puso repentinamente seria. Para aparecer menos cohibida, hizo gestos, se arregló los encajes del escote, se pasó la mano por el pelo, puso bien la cola, abanicose, y olió la flor que llevaba en el hombro, casi rozando con la mejilla. Su espíritu imploraba un salvador... y el salvador no tardó en aparecer, en figura de Castro Mera, que de frac, obsequioso y meloso, con el requiebro en los labios y la insolencia en las pupilas, cruzó el salón y se acercó a la señora de Aldao, mostrando más desenfado del conveniente. La conversación entre Candidiña y el diputado provincial pasó a animado cuchicheo, y las señoras sentadas al lado de la de D. Román empezaron a secretear entre sí, no sin algún severo fruncimiento de cejas y algún movimiento de cabeza que desaprobaba enérgicamente.
Yo contemplaba a mi tití desde lejos, y pude notar que no perdía detalle de esta escena. Dos o tres veces advertí en su rostro señales de contrariedad y desazón reprimida, y esos movimientos nerviosos mal disimulados que se escapan a la mujer cuando las conveniencias sociales la obligan a permanecer en un punto y su deseo la lleva a otro. No pudiendo contenerse más, hizo a D. Apolo una graciosa indicación con la cabeza y la mano, y el cantor del Guadalete se inclinó, ofreciendo el brazo con apresuramiento y deferencia. Cruzaron el salón, y, a mi parecer, tití lo verificaba con la dignidad de una reina, con la ligereza de un hada y con la divina sonrisa de una virgen. Y sin dejar de sonreír, entre la expectación general, acercose a su madrastra, la tendió la mano, y mientras Cándida balbucía, temblando de emoción y de sorpresa: «Muchas gracias... Carmiña...», la honesta y sublime mujer se inclinó, posó los labios en la frente de la chicuela, y empujándola familiarmente por los hombros, la enganchó casi del brazo de Añejo a la vez que ella tomaba el de Castro Mera, diciendo con dulce autoridad:
--¡Me toca a mí!
Cuando atravesaron el recinto para ir a instalarse en el diván, se oiría el volar de una mosca. En cambio, medio minuto después las acaloradas conversaciones _sotto voce_ remedaban el zumbido de una colmena:
--Hizo mal.
--No, pues a mí me parece que muy bien.
--Es una escena, de todos modos.
--¿Usted lo haría?
--Yo no; yo pienso de otra manera; soy muy poco _democrática_; esa fregatriz no es para alternar con las señoras desde sus principios.
--Pero, en fin, es la mujer de su padre, y consentir que le ponga en berlina...
--¿Usted cree que al cabo no le pondrá? Es un golpe de efecto.
--No, un rasgo de humildad y de modestia. Es muy buena Carmiña: mire usted que la conozco desde que nació.
--Yo también, señora.
--¿Y el marido?
--¡Ay! ¡Unceta! Ese es más atravesado que Caín; va a armar la de pópulo, porque desde que se casó el suegro no quiere tratarle.
--¡Jesús! ¡A ver qué cara pone cuando vuelva del salón de descanso!...
--Mire usted con qué expansión le habla la hijastra a la madrastra...
Etcétera, etcétera.
Mi tía, en efecto, dirigía la palabra cariñosamente a Cándida, le hacía los honores y la presentaba a las demás señoras del grupo, quienes, comprendiendo la buena obra, se asociaban a ella por medio de sonrisas y atenciones. De común acuerdo manifestaron a Castro Mera cierta frialdad, y el tenorio provinciano cesó de revolotear alrededor del grupo. Entonces me acerqué yo. El señor de Aldao, asomándose a la puerta del salón, buscaba con la vista a su mujer, y esta radiante de orgullo, le hizo una seña, a que el viejo obedeció con cuanta agilidad permitían sus años, acercándose al diván. Si mi tití no se encontrase sobradamente recompensada de su acción generosa por la satisfacción de su conciencia, la daría mejor premio la alegría pueril que iluminó el rostro del viejo al encontrar a su mujer sentada allí, en medio de la crema de la sociedad. Entre la hija y el padre se entabló un diálogo en que nada significaban las palabras, y todo la expresión. Sobre la faz de Carmiña, coloreada por la excitación del suceso, creí ver escrita en caracteres de luz esta divisa: «Honrar padre y madre».
El reverso de la medalla fue la entrada de mi tío. No puedo expresar la transformación de su rostro judaico cuando, al regresar al salón, se dio cuenta de la gran novedad. Primero mostró no querer acercarse al diván; después cambió de propósito, y fue aproximándose lentamente. Ya al lado de su mujer, y haciendo que no veía a D. Román ni a Cándida, ordenó:
--Vámonos, que es tarde.
Carmiña no se arredró. Obediente hasta el fanatismo en tantas ocasiones, en alguna era insubordinada hasta la heroicidad. Púsose en pie, sin apresurarse nada; se despidió de su padre, de D. Apolo, de las señoras; y por último, echando a Cándida los brazos al cuello, la dijo no sé qué al oído. El efecto del secreteo fue tal, que la muchacha exclamó con decisión:
--Si te vas tú, yo también quiero irme: Román, marchémonos en seguida.
Y, en efecto, las dos señoras tomaron a un tiempo sus abrigos, y solo en la calle se separaron, dirigiéndose a sus respectivas casas.
El que tenga la paciencia de leerme puede juzgar de la marejada que en el baile se produjo. Donde se desató más tempestuosa fue en el bando de Dochán. Formose un círculo, en que un redactor de _La Aurora_, Requenita, comentaba durísimamente la acción de sacar a la señora de Unceta del baile, escurriéndose desde ese terreno al de las apreciaciones sobre la conducta política y privada de mi tío. Por allí cerca andaba el director de _El Teucrense_, que replicó de manera insultante, diciendo que al menos el mobiliario de mi tío no era adquirido por ninguna corporación, y disparando luego contra el mismo Requenita, con alusiones a los fondos de cierta suscripción, que habían dado fondo en el fondo del bolsillo del redactor de _La Aurora_. La disputa paró en una especie de reto. «Ahí fuera me lo dirá usted, si quiere», contestó Requenita a la provocación más directa de su adversario. Intervinimos, les calmamos, y al parecer quedó arreglado todo.
A eso de las cinco de la madrugada, que es tanto como decir que era día claro, salíamos juntos del Casino el director de _El Teucrense_ y yo. Habíamos cenado, y aturdidos por el sueño y unas copas de detestable seudo-Champaña, mirábamos con sorpresa, parpadeando la luz solar, cuando al poner el pie en la calle se arrojaron sobre nosotros cuatro o cinco individuos, vociferando interjecciones. Eran los de la turbia _La Aurora_ periodística. Nos amanecía a palos. Venían armados de garrotes, y el primer lampreazo cayó, sonoro y magnífico, sobre las espaldas del director de _El Teucrense_, que retrocedió, pálido de susto, gritando: «¡Indecentes... canallas!» El siguiente fue para mí, y me alcanzó en el sombrero, que por fortuna resguardó mi cabeza. Pero segundaron, y sentí el golpe en la mano, tan doloroso, que encendió mi furia, y en vez de pedir auxilio, me arrojé sobre el que acababa de herirme, le desarmé, y con su propio bastón le perseguí, sin conseguir pegarle, porque apeló a la fuga. A todo esto ya se habían reunido varios rezagados del baile, con esa prontitud que tienen las gentes para enterarse de los acontecimientos y acudir a su teatro. Levantaron del suelo al del _Teucrense_, que se quejaba de puntapies y pisotones, amén de los bastonazos; y a mí también quisieron acudirme con remedios farmacéuticos y caseros, éter, agua, vinagre. Mi juvenil orgullo se rebeló. Protesté. «Si no tengo nada. Total un palo en la mano. ¿Ven ustedes? No hay hueso roto. La manejo bien.» La agresión había sido tan imprevista, que yo no sabía el nombre de mi apaleador. «Se llama Rivas Moure. Es uno que por influencias de Dochán desempeña interinamente una cátedra del Instituto.» Sin querer, y como si masticase alguna cosa pesada e indigesta, al retirarme a mi casa iba murmurando: «Rivas Moure, Rivas Moure.» La mano me escocía. Por fortuna era la izquierda.
XIII
Y digo por fortuna, porque, a la verdad, el ser apaleado e inutilizado a causa y en defensa de mi tío me parecía la mayor primada del mundo. Era indudable que en concepto de sobrino de don Felipe Unceta me habían pegado, y esta injusticia de la suerte me envenenaba la sangre. Hasta entonces, en diferentes camorras con compañeros, yo había vapuleado sin recibir. Ahora me zurraban a traición, y el palo a mi tío iba dirigido moralmente; pero al fin daba en mi cuerpo. ¡Rayos y truenos! En mi interior repetía: «Rivas Moure... ¡Ah! Yo te pillaré.»
Hubiese dedicado a esta caza el día, si la casualidad no lo dispusiese de otro modo, quizá más oportuno y conducente a mis planes. Presentose en mi casa azoradísimo, a cosa de las once, cuando aún tenía yo la mano envuelta en paños de árnica, el director de _El Teucrense_, descolorido y desencajado, y en pocas palabras me enteró de que le ocurría un lance... un lance serio, comprometidísimo: y era que _La Aurora_, sobre haber lucido para él de tan desapacible modo, ahora, a las diez de la mañana, le había enviado dos padrinos, los señores Dochán y Rivas Moure cuya visita tenía por objeto buscar «solución honrosa» al conflicto provocado por la mañana a la salida del baile.
--De modo que --decía el pobre diablo, pues en el fondo no era otra cosa el director-- aquí me tiene usted, después de que me han agredido brutalmente, metido de cabeza nada menos que en un desafío. ¡Le digo que nuestra misión es una serie de amarguras! Un desafío... Yo había pensado en usted para padrino: en usted y en don Felipe, si quisiese... pero de seguro no querrá... por lo cual, si le parece, iremos ahora a solicitar el concurso del señor Castro Mera. No, a mí no crea que me intimida el lance como lance... Solo que siempre son disgustos: tiene uno hermanas, familia a la cual se debe... y no agrada la idea de dejarla en el desamparo...
Me volví en la cama --estaba acostado-- y solté la risa.
--Tranquilícese --contesté al bueno del director--. No dejará usted desamparadas a sus hermanas por ahora. Es más: si se guía usted por mí, y si Castro Mera me entiende y se adapta a mis instrucciones, le prometo que ni siquiera habrá lance. Voy a levantarme y saldremos reunidos. Usted hágame el favor de enderezar el cuerpo, de ladear el sombrero y de encender un puro y fumar con mucho garbo mientras andemos por esas calles de Dios. Porque esté seguro de que nos siguen los pasos y nos atisban. Al ir a casa de Castro Mera, daremos un rodeo para pasar por delante de la redacción de _La Aurora_... Que sí, hombre, que sí; que no saldrá nadie ni con junquillo. Respondo yo. ¡Ay!... Y por la calle... ni la palabra del objeto de nuestra correría. Procuraremos hablar alto, y de cosas indiferentes: de _Os Turrichaos_, del frac de don Apolo Añejo, o de las chicas guapas, o de un rayo que las divida... pero del desafío, ni esto.
Salimos, en efecto, juntos, no sin que yo, por lo que _potest contingere_, me hubiese provisto de un recio palo de tojo, cortado en mi monte patrimonial de la Ullosa, y capaz de dar mucho juego, manejado con arte. El director del _Teucrense_, siguiendo mis consejos, iba engallado y firme, aunque no tan provocativo y matón como yo le quisiera. Al acercarse a la esquina por donde había que torcer para pasar ante la redacción de _La Aurora_, mostró olvidarse de lo convenido, e inclinarse a echar por el camino más corto; pero no lo sufrí, y girando resueltamente hacia la izquierda, me metí por la calle que nos conducía a la misma boca del lobo, a la temida redacción... «Ánimo. Nada de prisas. Nada de torcer la cabeza.», deslicé al oído de mi apadrinado. No me engañaba al presumir que serían notados nuestros menores pasos y movimientos. Detrás de los cristales de las vidrieras había curiosos ojos, oídos que pretendían sorprender algún fragmento de nuestra conversación, lenguas, que comentaban nuestra actitud, y particularmente la del periodista. La imprenta de _La Aurora_, a planta baja, estaba entreabierta: allá en el fondo se veía la máquina, los galerines con la composición, y dos o tres hombres de blusa que rodeaban a un individuo de americana, en quien reconocimos al punto al famoso Requenita, iniciador de la zambra del Casino.
--Ahora se nos echan encima --murmuró el de _El Teucrense_ apretándome el codo.
--Haga usted como yo --respondí--; mire usted para dentro frunciendo mucho las cejas.
Hízolo así; Requenita, fingiendo no habernos visto, se internó en las profundidades de la redacción: nadie asomó, ni ganas, y en paz y en gracia de Dios llegamos al portal de Castro Mera.
Nos recibió el diputado provincial de babuchas blancas y en mangas de camisa; también él acababa de salir de la cama en aquel momento y se disponía a rasurarse.
Apenas enterado del objeto de nuestra visita noté con sorpresa que estaba tan aturrullado y receloso, como si a él mismo, y no al periodista, tocase cruzar el hierro. Al verle que se le podía recoger con cucharilla, comprendí la necesidad de que yo me atribuyese facultades dictatoriales.
--Déjenme ustedes a mí --les dije--. Respondo de lo que ocurra. En último caso, me bato por el señor. Pero pierdan cuidado, que no llegará la sangre al río. Todo esto de los desafíos es guagua. No sé a qué viene tenerlos tanto asco, si al fin nunca vemos enterrar a ningún individuo muerto en un _lance de honor_. Esta madrugada corrimos más peligro con los garrotes de esos mamarrachos. ¿Quiere usted quedar bien, sí o no? Pues denme plenos poderes y facultades omnímodas. Usted, señor director, ya no nos hace maldita la falta. Se va usted a su redacción, o a su casa, o a donde se le antoje, y escribe usted para el número de mañana un artículo que en sustancia diga esto: «Los barateros y rufianes que se reúnen en número de cinco para agredir a dos personas inermes, son víctimas de un caso fulminante de _canguelitis_ cuando las cosas se formalizan y se llevan al terreno del honor.» Como al partido de ustedes lo que más le conviene es inutilizar a Dochán; aluda usted claramente a Dochán mismo, y asegure que sus seides forman la nueva cuadrilla de apaleadores. Esta tarde leeremos el artículo y le daré el vistobueno. Lo demás corre de mi cuenta.
Recuerdo que Castro Mera me dio un golpecito en la espalda, murmurando:
--¡Chico listo! Veo que conoce usted la brújula... Sostener al tío contra viento y marea... ¡Soberbio! No tiene Dochán un segundo por el estilo.
Llevé aquel negocio militarmente. Castro Mera y yo nos _personamos_ en casa de Dochán, sin aguardar a que él viniese a buscarnos y sospechase que huíamos de la quema. Un tanto sorprendido por lo enérgico de nuestra actitud, el jefe de los enemigos de mi tío hizo llamar a Rivas Moure, que entró en la sala cabizbajo y nos saludó sin mirarnos a la cara. Le medí desde el primer instante con ojeada despreciativa, afectando dirigir la conversación a Dochán exclusivamente. Mi arenga se dividió en tres puntos: primero, que sentíamos que los señores de _La Aurora_ se nos hubiesen adelantado, porque desde la emboscada del Casino, nuestro apadrinado deseaba encontrar alguien en quien castigar debidamente la indigna agresión; segundo, que siendo el ofendido el director de _El Teucrense_, entendía que el duelo durase hasta quedar inutilizado uno de los combatientes; tercero, que no podía contentarse con un palito más, dado con la hoja de un sable sin filo, sino que exigía la pistola, a veinte pasos, avanzando, hasta conseguir «sus propósitos».
A medida que yo hablaba, el semblante irónico y cauteloso de Dochán se oscurecía, y Rivas Moure, que tenía un hociquito de comadreja, exangüe y mal barbado, fijaba con azoramiento las pupilas en la punta de sus botas, no atreviéndose a levantar la consternada faz. Por último rompieron el silencio, se resolvieron a mirarse, y puestos de acuerdo con aquella ojeada, Dochán articuló:
--Lo que ustedes proponen... no se han fijado ustedes bien... Yo no puedo aceptar responsabilidades gravísimas. Vivimos en una época y en un país civilizado...
--Pues a veces parece mentira, y si no que lo diga el Sr. Rivas Moure --contesté volviéndome hacia el catedrático suplente, el cual torció la cabeza y se puso verdoso.
--En fin, nosotros... --balbuceó Dochán.
--Nuestro deber es impedir una escena cruenta... un día de luto...
--El duelo es inmoral --añadió sentenciosamente Dochán, levantando un dedo corto y peludo.