La prueba

Part 1

Chapter 14,006 wordsPublic domain

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_, y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* Se convierte la mayor parte de los entrecomillados en rayas iniciales de diálogo. Se espacian las restantes rayas según las convenciones ortotipográficas más recientes.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

OBRAS COMPLETAS DE EMILIA PARDO BAZÁN, CONDESA DE PARDO BAZÁN

LA PRUEBA

EMILIA PARDO BAZÁN, CONDESA DE PARDO BAZÁN

OBRAS COMPLETAS. -- TOMO XXII

LA PRUEBA

[Ilustración]

ADMINISTRACIÓN: LIBRERÍA DE PUEYO ARENAL, 6

ES PROPIEDAD. QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY.

IMP. GRÁFICA UNIVERSAL. -- PRINCESA, 14. MADRID

LA PRUEBA

I

No sé si he dicho en la primera parte de estos verídicos apuntes que Luis Portal, mi sensato, cuco y oportunista condiscípulo, era bastante feo y desgarbado, lo cual probablemente influía mucho en su manera de entender la vida y en su intransigencia para con los sueños, las ilusiones, la poesía, la pasión y demás cosas que dan interés a nuestro existir.

Tenía Portal el cuerpo cuadradote y macizo; las manos anchas; la pierna corta; la cabeza bien desarrollada, pero redonda cual perilla de balcón; el cuello gordo; los hombros altos; las facciones demasiadamente grandes para su estatura, de lo cual resultaba una _facies_ nada vulgar, pero de mascarón de proa; una _carofla_, como le decían para hacerle rabiar, cuando era chico, sus compañeros en el Instituto de Orense. El claro entendimiento de Portal le inducía a sufrir con risueña cachaza las bromas relativas a su físico; pero el amor propio inherente a la condición humana debía de hacerle sentir a veces su aguijón, y lo revelaba, sin querer, en cierto afectado desprecio hacia la belleza masculina, y en las pullas que nos soltaba a los compañeros a quienes creía mejor tratados por la naturaleza.

Nunca había yo reparado la mala gracia y prosaico exterior de Luis como un día que vino a verme, hallándome ya convaleciente de la enfermedad que atrapé a la salida del teatro Real --y que no sé si debo llamar bronco-pneumonía, bronquitis capilar, laringitis aguda, pulmonía doble, o darle otro de los infinitos nombres que entretejen la complicada red de las afecciones de los órganos respiratorios--. Después de haber estado en verdadero peligro, alcanzando esas temperaturas altísimas más allá de las cuales el organismo se deshace y sobreviene la muerte, de pronto se inició franca mejoría, y ya me permitían levantarme un poco a las horas favorables, y permanecer al lado de mi mesita repantigado en una butaca. El día en que Portal vino a acompañarme --domingo por señas-- estaba el cielo encapotado, cosa no frecuente en Madrid, y el camarada entró hasta mi habitación metido en luengo impermeable barato, de esos que apestan a azufre desde una legua. Oculto en aquella garita de tela rígida, con su esclavina, su capucha caída a la espalda y su hongo, Portal parecía más rechoncho y desairado, y el color bazo de la prenda se confundía con el moreno sucio de su gran cara. Esta, no obstante, irradiaba júbilo, que yo atribuí a la compra y estreno del impermeable, y así se lo dije al comprador.

--¡Qué tono nos damos! ¿Cuánto vales hoy con funda?

Portal sonrió, giró sobre sus tacones, se puso de perfil, se volvió de espaldas...

--¿No parece increíble que lo den por cuatro duros menos una peseta? ¡Y vengan chaparrones! Ya puede uno salir al campo, hacer cuantas expediciones quiera...

--Sí, pero no estar al lado de un amigo convaleciente. Hijo, eso huele a demonios --advertí sin fijarme en la rareza de que Portal, tan sedentario y comodón, soñase en hacer excursiones campestres cuando se necesita chubasquero.

Mi amigo salió a colgar en el perchero del recibimiento la prenda, y volvió, ya a cuerpo gentil, a sentarse cerca de mi sillón, dirigiéndome la pregunta clásica:

--¿Qué tal ese valor?

Abrí la válvula. ¡Necesitaba tanto explayarme! ¿Y con quién mejor que con Luis, el amigote conocedor de la rara historia de mi alma durante el período de un año?

--De la enfermedad, muy bien; a pedir de boca. Cada sorbo de caldo es vida que bebo. Ya puedo andar ¿ves? sin trémolos en las piernas ni telarañas en los ojos.

Hice la prueba: me puse en pie y di algunos pasos firmes, tropezando en seguida con la pared, pues mi cuarto era, como ustedes no ignoran, reducidísimo.

--¡Eh, pocas valentías!... A sentarse --ordenó Luis--. ¿De modo que hecho un héroe? ¿Con ánimos para todo?

--Según para qué --respondí, dejándome caer en la butaca y envolviendo las piernas otra vez en mi capa raída--. La carne va robusteciéndose; pero el espíritu... ps, ps.

La faz de Portal expresó claramente este signo ortográfico: «?».

--Tú no sabes las cosazas que yo soñé en los días de mayor gravedad, en los días del calenturón, de los treinta y nueve grados y muchas décimas... Soñé (pero mira que lo estaba viendo y oyendo tan claro como te puedo ver y oír a ti, si me hablas ahora) que la tití... ¿entiendes? la tití en carne y hueso me hacía mil caricias, me decía palabras tiernas así por lo bajo, me abrazaba, consentía que la abrazase... en fin, que teníamos resuelto el problema.

Portal continuaba mirándome, pensando tal vez: «Dejemos a este que desembuche. A ver en qué para.»

--Pues hijo --continué--, cesar el peligro y disiparse el sueño, fue todo uno. Mi tití ya es la de siempre: fuerte e inexpugnable, revestida de su deber lo mismo que de una cota de mallas. Cariñosa conmigo, sí; ¿pero qué? El cariño que nadie rehúsa a un enfermo, a no tener entrañas de fiera. ¡Nada de lo otro... nada! Así es que echo de menos la fiebre, y la antipirina, y las drogas puercas que me disponía nuestro paisano el doctorcillo Saúco, el cual me ha vuelto loco a fuerza de potingues. ¡Ay! Me papaba yo ahora un cuartillo de óxido blanco a trueque de oír alguna de aquellas palabritas de azúcar... o por soñar que las estaba oyendo.

Mi amigo se cogía la barbilla como quien reflexiona. Al fin resolló:

--¿Y estás bien seguro de que efectivamente no has soñado las demostraciones de la tití? ¡Cuando se tiene calentura alta!

--¿De cuándo acá me ilusiono yo tratándose de esta mujer?

--Baja la voz --advirtió el prudente orensano--. Pueden andar por el pasillo, y si nos oyen...

--Tienes razón --contesté poniendo la sordina--. Conste que no me ilusiono, ni hay tales carneros. Habré delirado, habré divagado; pero aquello... ni fue divagación ni delirio. Tan verdad como que ahora charlamos los dos aquí.

--Y después --interrogó Luis--, ¿nada?

--Nada absolutamente; ni esto.

Calló Portal un instante, y dándome suave palmada en el hombro, declaró con énfasis:

--Hijito, piensa bien si te es igual ser perdigón o aprobar las asignaturas. Si te es igual, sigue enamorado así, a lo don Quijote, de la fermosa Dulcinea; si no, manda a paseo figuraciones y delirios; trinca los libritos en cuanto estés bueno del todo... y a vivir. Desde que te amartelaste, hablas y obras lo mismo que si tuvieses dos mil duros de renta asegurados y siguieses la carrera por adorno. Mira que estamos en abril, y que una enfermedad retrasa. Ya sabes que nuestros arrenegados estudios son como las cabras del cuento de la pastora Torralba: si saltamos una cabra, hay que empezar el cuento otra vez. Aprende de mí; me descuidé el año pasado... ¡No volverá a suceder, juro a Dios, por muchas tentaciones que se me presenten!

Al hablar así, sonrisa misteriosa iluminó la amplia faz de mi amigo, y sus ojos, expresivos a fuerza de inteligencia, destellaron chispas de orgullo, lo mismo que si dijesen: «Tampoco por acá somos costal de paja, y tenemos nuestras aventuras como cada hijo de vecino.»

--Chacho --pregunté--, ¿qué pasa? ¿Hay gato encerrado?... ¿De cuándo acá secretitos para mí? ¿No te lo cuento yo todo?

La sonrisa de Portal se difundió por su gran cara, y más que sonrisa fue resplandor de alegría verdadera. Los hombres que tienen poco partido con las mujeres, sonríen así cuando pueden afirmar que han cautivado a una.

--¡Psh...! --respondió, alardeando de modesto y de discreto--, verás. Como se trata de una cosa tan particular, tan distinta de lo acostumbrado... No sé si te harás cargo... ¿eh? Porque es de lo que no abunda.

--Gracias por la brillante opinión que tienes formada de mis entendederas.

--No es eso, hombre... no es eso. Es que no estando en pormenores...

--Bueno cállatelo si te da la gana, pero no me vengas con músicas. A fe que si quieres explicarte...

--Pues procuraré enterarte bien... y enterarme yo mismo: estoy aún como quien ve visiones. Lo primero, te diré que es una extranjera, una inglesa...

--¿Inglesa?

--Sí, hijito; castiza, del mismo Londres... Una mujer preciosa; el tipo de allí, ya sabes... alta, blanca como la nieve, muy fresca, facciones regulares, y el pelo de un rubio así pálido, pálido... casi ceniza... ¡No creas que sosa... no! ¡Más maliciosa y más salada!... En los carrillos dos hoyos llenos de chiste.

--Que me estás haciendo agua la boca... Ten caridad, hombre.

--No exagero pizca. ¡Si te aseguro que he tomado el asunto con cierta serenidad! No soy como tú, que te vas amelonando, amelonando... hasta que pierdes la chaveta. Nada de eso; yo en mis trece... Pero de ahí a cerrar los ojos y desconocer las cualidades de la persona...

--Anda con ellas. Inglesa, alta, pelo ceniza, hoyos... ¿Qué más?

--¡Bah!... ¿Soy algún simplón? Lo de los hoyos y del pelo es lo que menos me importa. Si algo me interesa o podrá llegar a interesarme, es el modo de ser de la chica. Ya sabes que a mí no me hace feliz la ignorancia cerril de la mujer española. Me gusta una muchacha instruida, capaz de alternar en conversación, despreocupada, con aficiones artísticas y conocimientos en todas las materias... Esta creo que es la mujer del porvenir. Bueno; pues mi _Mo_ realiza ese tipo.

--Tu... ¿qué? --pregunté interrumpiéndole--. ¿Cómo dices que se llama esa señorita?

Portal se acercó a la mesa, cogió un lápiz y escribió sobre el primer papel que halló a mano: _Maud_.

--¡Ah! --exclamé, recordando mi inglés prendido con alfileres--. Eso me parece que significa _Matilde_. ¿Por qué no la llamas Matilde, que es más bonito y suena mejor?

--¡Hombre, qué ha de sonar! _Mo_ es precioso... _Mo_, _Mo_... --repitió Luis relamiéndose.

--Bueno, pues convenido; responde por _Mo_ la inglesa --dije, comprendiendo que mi amigo estaba encariñado con la sílaba británica--. ¿Y dónde has descubierto ese tesoro?

--En el tranvía. Suelo meterme en él a la tarde, ir hasta el fin del trayecto y volver luego paseando. Muchas veces subo por el de la Puerta del Sol a la calle de Fuencarral, y no me bajo hasta la Glorieta de Bilbao; desde allí, _pédibus_ andando, a casa, a comer. Esto, generalmente, de seis a siete. Dos o tres tardes noté que en la misma Puerta del Sol entraba una señorita de aspecto extranjero. Chico, desde el primer día me llamó la atención. ¡Iba tan decidida y tan sencilla y tan seria! Por el camino sacaba un libro y leía. Miré de reojo... y debía de ser una edición de Shakespeare, porque distinguí una lámina de Romeo subiendo por el balcón de Julieta.

--Bonito misal para una señorita --interrumpí yo--. ¿Sabes que por ahora no veo nada de particular en todo eso?

--Ni lo verás después --replicó Portal con algún enfado--. Para ti, todo lo que no sea descolgarse por una reja, robar a una _esposa del Señor_ o seducir a una creyente heroína...

--No te sulfures, y sigue _palante_.

--Pues poco tengo ya que añadir --exclamó mi amigo, evidentemente amostazado por la interrupción--. Escalamientos y raptos, no los hay en esta historia. No la canté ninguna trova, ni la propuse _la fuga_. ¡Ha sido lo más vulgarón!... En vez de afincarme de hinojos, fui y la pagué el tranvía...

--¿Y diez a diez céntimos, entruchasteis la inglesa y tú?

--No sé si puede llamarse entruchar --prosiguió el oportunista--. A las tres veces que pagué ya me saludó. Al otro viaje después del saludo, me pidió prestado _El Imparcial_, que yo acababa de comprar, y comentamos juntos alguna noticia. Ella solía bajarse poco más allá del Tribunal de Cuentas, a la entrada de una calle muy solitaria, donde me dijo que vivía. Así que se estableció el trato, la propuse que llegase conmigo hasta la iglesia de Chamberí, que luego nos volveríamos a pie; y aceptó la proposición sin empacho, porque en el extranjero no existen esas ñoñerías ridículas de aquí, y una señorita y un hombre se pasean juntos sin que tiemblen las esferas. A pie nos volvimos, con una tarde preciosa, y charlando que era una bendición de Dios.

--¿Y qué tal de varas? ¿Entra bien en suerte?

--¡Varas! ¡Estás fresco! Te equivocas de nación, hijo. A mi inglesa no ha nacido el que le ponga varas. Con una española, en el mero hecho de dar ese paseíto entre dos luces, teníamos arreglado el asunto; pero con esas barbianas... ¡Si ni sabe uno por dónde empezar!.

--¡Inocente! --exclamé gozándome en ver al sagaz Luis cogido en la red, como un doctrino--. ¿No te acuerdas de lo que dice Shakespeare (ya ves que cito un inglés) en Otelo?: «El vino que ella bebe está hecho con uvas.»

--¿Sí? Pues aplícale eso a tu Carmiña, que a _Mo_ no le cuadra. Porque lo que no resultó en el primer paseo... resultó en los posteriores... ¡Pero si vieras! De la manera más natural del mundo. Si te cuento como...

--Todo soy oídos.

--Pues nada... Figúrate que siempre hablábamos de cosas indiferentes, de esas que son conversación vedada para las madrileñas: de política, de ciencias, de literatura, de artes, hasta de religión... y yo sin encontrar resquicio para espetarle la declaración y saber cómo lo tomaría... Una tarde que habíamos dado un paseo más largo que de costumbre, la veo que saluda a un señor alto y entrecano que pasaba, y al saludarlo se azara bastante. Pregunto por qué, y quién es aquel señor, y me contesta: «¡Oh! Nadie... El representante de la compañía Stirling, que conoce a mi papá muchísimo. Yo me he puesto así, colorada, porque como aquí no es costumbre que las señoritas paseen solas con sus novios... En mi país se hace, y no extraña...» Así averigüé que era novio de _Mo_. ¡Figúrate cómo me quedaría!

--¡Olé por la pérfida Albión! ¡La niña que no tomaba varas! Total, que ella fue quien te espetó a ti su atrevido pensamiento.

--¡Bah!... No sé a qué te entero de estas cosas. Está visto que nuestro ideal amoroso se parece como un huevo a una castaña. Mejor me fuera callarme el pico.

--No, hombre, no; si me hace gracia el verte dichoso y contento, en posesión de la mujer con que sueñas. ¿Que es _Mo_? ¡Pues santas Pascuas! Ya ves que soy más tolerante, muchísimo más que tú. Tú no transiges con la mía... Yo admito la tuya, con sus pies de una vara de largo, que parecerán dos sollas... Y a todo esto, aún no sabemos qué oficio ni qué beneficio tiene la señorita _Mo_, ni si cuenta con padre, madre o perrito que le ladre.

--¡Cosa más rara! --exclamó riéndose Portal--. Has nombrado precisamente todas las cosas que _Mo_ posee. ¡Padre y madre! ¡Ya lo creo! Y excelentes personas. Un poco así... vamos, muy ingleses en su tipo. ¿Perrito que le ladre? Se me había olvidado decirte que cuantas tardes pasea conmigo, lleva un _King Charles_ de lanas negras... una monada.

--Estaréis muy monos, efectivamente, la señorita, el cusculeto y tú.

--Y --prosiguió mi amigo desdeñando la interrupción-- en cuanto a oficio y beneficio... _Mo_ no es como estas mujeres de por acá, que andan en busca de un marido que las mantenga, porque su ineptitud y las absurdas ideas sociales no las permiten ganarse honradamente la vida. _Mo_ va todos los días a la calle Ancha de San Bernardo a dar lecciones de inglés, geografía e historia a unas señoritas hijas de gente rica. En muchísimas casas le hacen proposiciones para institutriz; pero no la conviene. Prefiere estar con su familia, con sus hermanitos.

--¡Ay, ay, ay!... _¡Malorum!_ --dije, saboreando el gusto de motejar a Portal--. ¡Muy encandilado te veo! Esto va a tener mal fin.

--¿Quién, yo? --preguntó mi amigo, tocándose con el índice de la izquierda la solapa de la americana--. ¿Casaca a mí, al hijo de mi padre? ¡Quia, hombre! Por lo mismo que se trata de una mujer ilustrada, instruida, superior a su sexo, ¿crees que preguntará si _voy con buen fin_? ¡Dios nos libre! _Mo_ y yo somos dos amigos... vamos... dos que se gustan, que se dan paseítos juntos por las afueras y que se irán algún domingo de excursión a Alcalá o al Escorial... ¡Pero de esto a lo otro! ¡A la Vicaría! ¡Qué desatino, chacho! Ella vive y se las arregla; yo estoy en camino de conquistarme también mi posición; no tengo nada de Quijote ni de visionario; por lo tanto, figúrate si he de caer en ese pozo.

--¿Entras en la casa? --pregunté.

--Todavía no --respondió mi amigo con cierto embarazo.

--¿Pero vas a entrar?

--¡Ah! Sí; no habrá más remedio... Pero en concepto de amigo de _Mo_ solamente. Nada de noviazgos oficiales. Así se lo he dicho a ella, y está enteramente conforme. En su casa tampoco hacen preguntas indiscretas, ni extrañarán que lleve presentado a un amigo, a tomar té. Son otras costumbres, más fáciles y racionales que las nuestras. Después que me presenten a mí, te llevo a ti un día. Debe de ser una casa patriarcal.

--¿Conque excursioncitas? Ahora veo la razón práctica de los cuatro duros menos una peseta del apestoso --dije a Portal, para tirarle más de la lengua.

Lo conseguí. Continuó hablándome de su aventura y de los méritos de la señorita _Mo_, la cual era un estuche de habilidades: pintaba a la acuarela, tocaba el piano, escribía _impresiones_, bordaba y hasta sabía levantar mapas --mapas, no es broma--. Era visible que mi amigo estaba en ese período en que las naturalezas más egoístas que altruistas ceden al sortilegio de creer en el amor y experimentan una plenitud vanidosa que se parece muchísimo al verdadero entusiasmo. De repente torció la conversación, y me dijo con misterio:

--La Belén me ha preguntado más de diez veces por ti. Hasta ofreció una misa a no sé qué Virgen, para que te sanara. ¡Pillete!... ¡Qué fortuna! Haz, haz remilgos. Y... ¿y tu tío Felipe? ¿Qué tal se ha portado mientras duró la enfermedad? Explícame eso, que será curioso. ¿No ha sacado el Cristo de los celos? ¡Si vieses cuánto me extraña que ya no tengas desazones por ese motivo!

--Ninguna --contesté sombríamente--. Admírate. En mi opinión, ese hombre está cansado de su mujer, y hasta creo que arrepentido de su boda.

--¡Chist! ¡Baja la voz! ¡No hablemos aquí de eso! --suplicó mi cauteloso amigo--. Hacemos muy mal en tocar siquiera la conversación. Si no se enteran ellos, pueden enterarse la cocinera o el criado, y peor que peor. Veo que este intríngulis toma nueva faz... El primer día que te permitan salir charlaremos.

II

El día llegó por sus pasos contados, después de los trámites inevitables de toda convalecencia: el ala de pollo, devorada con placer y golosina; el sopicaldo frecuente; los paseos por la casa, con el mismo gusto que si fuesen algún viaje por países hermosísimos; y después de ejecutar tantas acciones indiferentes con la ilusión que ya no producen cuando son actos de la vida diaria, el _alta_, el regreso al mundo de los sanos, que, en vez de júbilo, causa inexplicable melancolía, análoga quizá a la del navegante que después de haberse acercado al puerto seguro, se arroja al Océano otra vez.

Permitiéronme salir a la calle embozado en mi capita, a las horas de sol, de ese generoso luminar madrileño, alivio de los achacosos, alegría de los vagos y consuelo de los tristes. Una mano desconocida, sin duda la piadosa diestra de la tití, había descolgado de la pared de mi cuarto el espejo, para impedirme que comprobase lo que los médicos llaman el _hábito exterior_ de la enfermedad. Con el alta volvió el espejo a su clavo, y cuando me vestía, pude echar una ojeada a mi _coram vobis_. La ropa me revelaba que había pegado un estirón, y la azogada luna me dio otra noticia más sorprendente, demostrándome que se había cumplido el ciclo de mi desarrollo físico y realizádose la plenitud de mi ser. Una especie de vegetación suave, pero tupida, me guarnecía el mentón, dando a mi fisonomía aspecto tan singular, que apenas me reconocí. ¡Barba, Dios mío, barba! ¡El signo de la dignidad viril; el noble atributo de la hombría de bien; el fenómeno que señala el ritmo completo de las funciones fisiológicas; el adorno que negó la naturaleza a las razas inferiores, obscuras y salvajes; el símbolo de la lealtad; el distintivo de la aristocracia en sus orígenes; aquello que se les repelaba a los traidores, y por que juraban los caballeros sin tacha, como sobre sagrada reliquia!

Apenas podía creer que fuese realmente _barba_ lo que orlaba mis mejillas con cerco de tan dulce sombra. Admirábame, a manera de hombre que ve cumplirse en su organismo, sin anuencia de su voluntad, arcanas leyes de la naturaleza. Tocaba aquel vello oscuro, lo acariciaba, lavábalo con agua y jabón, pasábale el peine, y me costaba trabajo reprimir la tentación de ir a retratarme en seguida. Nunca hice tanto gasto de espejo como al punto en que me convencí de que era hombre barbado. En mí surgía, con la entera virilidad, secreto orgullo y cierta conciencia de la legitimidad de la pasión. Antes, cuando pensaba a solas en el enigma de mi enamoramiento loco, y me acusaba por dejarme llevar sin defensa de la corriente romántica, solía buscando argumentos contra mí mismo, acordarme de mi faz casi lampiña, de mis mejillas lisas y redondas como las de una damisela, y del ligero trazo al difumino sobre el labio superior, único rasgo grave que realzaba una fisonomía por demás juvenil. Ahora me parecía que hasta el bigote se había robustecido y espesado, y contemplando mis ojos, agrandados por la enfermedad, y mis facciones, acentuadas por la transformación, sentía cual si hubiese subido un peldaño de la escala humana, pareciéndome que ya ni los grandes sentimientos ni las grandes acciones eran en mí ridiculez.

Además --con algún rubor lo declaro-- comprendía que mi exterioridad, lo que llamaba mi estampa Luis, había mejorado en tercio y quinto con la aparición de la barba. Claro que no pretendía darla de buen mozo, ni era semejante vanidad lo que me complacía, sino la idea de que en parecer _más hombre_ se cifraba el principal y tal vez el solo canon de la estética varonil.

Una cosa me cohibía, aguándome el gustazo de las barbas. Y era cierta deficiencia, no orgánica, sino social: la carencia de algo tan preciso para existir entre nuestros semejantes, en medio de nuestra civilización, como la sangre para el proceso biológico. Me faltaba, ¿quién no lo adivina?, metal acuñado; y el metal acuñado es padre de todo aplomo y arrogancia, y fundamento hasta de esa labor imaginativa que cristaliza en nuestro cerebro los ensueños y las aspiraciones poéticas. ¿Qué hace la criatura humana privada de tan indispensable emolumento? Ni aun la pasión es lícita al que carece de palanca de oro. Poned a un hombre en la fuerza de la juventud, con energía y plasticismo de ilusiones, y atadle las manos por falta de un pedazo de papel mugriento con la efigie de Mendizábal o de Lope de Vega, y veréis lo que es bueno en materia de berrinches vergonzantes. Sin dinero, solo no agacha las orejas el descarado petardista, el corsario capaz de apostarse en la esquina de un callejón para dar caza a las pesetas ajenas, y que ya ha perdido esa delicada película de decoro que es al alma lo que al cuerpo la epidermis.