Part 10
—Y.... ¿cuántas veces volvió V. á.... trabajar?—preguntó conteniéndose.
—Cinco.
XII
Una fúnebre pausa siguió á la respuesta de Rojo. Moragas se quedó helado. Aquella cifra le confundía como puede confundir un sofístico raciocinio. El hombre que tenía delante había ejecutado _cinco veces_ el movimiento de brazo que manda á otro hombre á la eternidad.
Así que Don Pelayo dominó el estupor, preguntó de un modo incisivo:
—Y diga V.... ¿Y la primera vez.... al menos.... no tuvo V.... algún hormigueo en la conciencia? ¿Ó se quedó V. perfectamente tranquilo?
—La primera vez—respondió la tenebrosa voz de Rojo—los ocho días después, ó tal vez quince.... soñaba de noche.... con _él_....
—¡Ah! ¡De noche! ¿_Le_ veía V.?
—_Le_ veía.
Nueva pausa y silencio más atroz.
—¿Y.... después?—insistió Moragas.
—Después.... Por eso á veces un hombre.... Sólo el que pasa por ciertas cosas.... Si no fuese que apenas podía dormir, no bebería yo ni media copa de caña en mi vida.
—¿Empezó V. entonces á beber caña?
Rojo guardó silencio. Aquella confesión salía en jirones, sangrienta, magullada, como la intermitente queja que arranca el paroxismo del dolor; y Moragas, acostumbrado á ver y curar tantas heridas, comprendía que lo más grave, lo más hondo, lo más amargo de todo no acababa de ascender á la superficie. No podía Moragas adivinar qué clase de cadáver dormía en el fondo, pero lo presentía, allá, muy abajo, en los últimos senos de un pozo de ignominia, vergüenza y desesperación humana. Su instinto infalible seguía gritándole: «Por aquí, por aquí.... están las últimas telas del corazón, de ese corazón que lo mismo les late á los filósofos que á los jueces, á los criminales que á los verdugos; la porción augusta que existe en este miserable lo mismo que en ti....»
—Y.... preguntó expresiva y lentamente, clavando los ojos en su interlocutor y pesando con la mirada, por decirlo así, sobre su espíritu.—Y.... su mujer de V.... ¿qué decía de esos malos sueños con reos agarrotados? ¿No soñaba también ella?
—Esas son cosas que no importan nada,—declaró torvamente Rojo.—De eso más vale no hablar. Estamos gastando aquí conversaciones que no vienen al caso.... y ahora.... sería bueno atender al chiquillo.
«Tu caerás», pensó Moragas. «No te me escapas. Ya sé por dónde te duele. ¡La fibra universal! Esa es la que responde siempre. Amor, paternidad.... Habría que ser fabricado de bronce para no resollar por ahí.... Y me parece que tú resuellas, y fuertecito.... Pues si resuellas.... por ahí te atacaremos. Del concepto limitado de _marido y padre_, puedo hacerte pasar al general de _hombre_. Me costará trabajillo sacar á flote la _humanidad_; pero por lo mismo.... Yo te trabajaré. ¡Ah, si el Padre Incienso y el Padre Fervorín sintiesen estos pujos redentores que siento yo! Lo que me indigna es el contrasentido de que los tales Padres serán capaces de absolver tranquilamente al verdugo, á la media hora de haber agarrotado á su prójimo.... ¡y en cambio le negarían la absolución si le diese por sostener que la misa puede ó debe decirse en castellano!»
Hecho este aparte, un tanto candoroso y sin medula, el filántropo miró otra vez á Rojo, fija y hondamente. Dos imágenes se enlazaban en su fantasía: la de la presunta parricida de la Erbeda y la del ser maldito á quien quería redimir. Vió á la mujer estrangulada por el hombre, con permiso de las leyes.... «No será», calculó para sí. «Este individuo no volverá á quitar la vida á nadie. Moraguitas, ó eres un bolonio, ó de esta vez has concluido con el verdugo de Marineda.»
El propósito le infundió singular animación y hasta alegría. Aquella sí que era hazaña bonita, verdadera redención. ¡Salvar una existencia y dignificar un alma!
—Oiga V... pronunció con irresistible fuerza.—V. es un hombre á quien todos desprecian. ¿Está V. convencido de ello?
—Pero es una injusticia grandísima.
—No lo es. Sin embargo, quiero concederle á V. que lo fuese. Escúcheme con atención. Esa injusticia, ¿la paga ó no la paga su hijo de V.? ¿Por qué le tenemos ahí en esa cama, destrozado á pedradas el cuerpo?
—¡Porque hay gente muy bárbara en el mundo!
—Veo—exclamó Moragas con energía—que no quiere V. avenirse á la razón. Veo que desea V. que su hijo continúe en la misma situación social. Pues, ¡buenas noches! Busque V. médico.
Rojo emitió un quejido informe, de súplica y protesta, tendiendo las manos como para detener á Moragas.
—Precisamente—añadió el Doctor, que á pesar de haberse despedido no se movía de la silla—estaba yo dispuesto á tomarme interés por el muchacho, y á servirle de algo para resolver el problema de su educación y de su porvenir.
No respondió Rojo con palabras, pero repitió el ademán de postrarse ante el Doctor. Éste se desvió, poniéndose en pie y mostrando intenciones de retirarse.
—Hablemos claro—dijo parándose en mitad del camaranchón.—Á ver si V. me entiende. ¡Puedo ser útil á su hijo y servirle.... de mucho! ¿Qué educación le da V.? Apostemos que ninguna.
—¿Y qué culpa tengo yo, señor? ¡De todos lados le echan! En las escuelas privadas no le quieren. En las del Ayuntamiento, el fantasmón del Alcalde me dice que no tiene cabida, porque es hijo de padre acomodado. Si va al Instituto, le acabarán de matar á pedradas. Intento ponerle á que aprenda un oficio, y el dueño de la fábrica de dorados le admite un día, y al siguiente le planta en la calle, porque los aprendices se le declaran en huelga.... ¿Es injusticia, ó no? ¡Mi hijo es tan bueno como ellos! ¡Á lo mejor ellos tendrán padres ladrones!
—¡Que los tengan!—objetó Moragas.—¡Lo peor es ser hijo de V.! Y si no lo confiesa V. ahora mismo.... no vuelve á verme el pelo en toda su vida.
Rojo exhaló un grito sofocado, un grito que no se oía casi, un grito que lloraba.
—Pues bueno.... lo confieso, sí, señor.... Confesado.... El demonio lo hace.... ¡Ser hijo mío es lo peor del mundo!
—Y un hijo de V. no tiene más camino que sucederle en el _cargo_....
—¡Eso no! ¡Primero le ahogo.... con las manos.... sin instrumentos!
Al pronunciar estas palabras fué Rojo, corriendo desatentadamente, á batir contra la pared de tablas del mísero rancho, ocultando el rostro en el rincón. Moragas se llegó á él, y casi á su oído murmuró, tuteándole por repentina inspiración de su retórica de apóstol:
—¡Yo puedo salvar á tu hijo y hacerle hombre como los demás....; yo puedo darle oficio honrado y hasta instrucción y carrera superior, si sirve para el caso!....
Rojo se volvió, y, mirando al médico cara á cara, exclamó:
—¡Pues gana V. el cielo; porque obra de caridad como ella!....
—No...., no gano cielo ninguno...., porque no lo haré de balde.
El padre se quedó callado, sin adivinar en qué moneda le iban á exigir el pago de la buena obra.
—¿Estás dispuesto á pagar?—insistió Moragas.
Rojo miró á la cama donde reposaba Telmo, y, sin vacilar, respondió con firmeza sobrehumana:
—Sí, señor. Pagaré.
El Doctor guardó silencio, como si quisiese dejar que se grabase en el ambiente la promesa de Rojo. Pasados unos instantes, repitió:
—¿Pagarás?
—¡Está dicho.... y basta! V. haga que mi hijo deje de ser aborrecido de todos y que no se vea en el caso de tomar mi oficio, y yo....
—Veremos,—advirtió Moragas.—No me fío todavía. ¡Temo,—añadió, mezclando tratamientos,—que si yo le digo á V. «haz esto ó haz lo otro», V. me salga con que la ley.... y con que la obligación!....
—No señor. Juan Rojo hará lo que V. le mande. ¿Ha oído? Lo que V. le mande. Soy un hombre de bien; á nadie causé daño sino por orden superior; pero como V. tiene tantos enemigos.... ¡si hace falta dar un susto!....
—¡Bárbaro!—respondió Moragas.—No hago caso de este rasgo de estupidez.... Ya sabrás lo que exijo de ti.... y si te queda un adarme de sentido moral, me obedecerás con pleno convencimiento de que llevo razón.... Y si has de obedecerme, empieza ya. Dime al punto por qué no vives con tu mujer.
—Pero á V. ¡qué le importa eso!—gimió Rojo.—Yo no quiero saber de ella.... Se marchó....
—¿Con otro?
—Bueno; ¿y si fuese con otro?.... ¡Dios la perdone! Yo bien perdonada la tengo.... ¡Que Dios mire por ella, porque yo lo único que sé es que es madre de mi hijo.... y.... abur!
—Ya no pregunto más....—dijo Moragas, sintiendo una emoción tan dramática que le pareció ridícula.—Perdonar siempre, es la ley verdadera, ¡y no esas que acatas tú! ¡Yo también haré que perdonen á tu hijo!.... Adiós, que volveré.... Hasta mañana.... ¿Entiendes? ¡Hasta mañana!
XIII
Y no pudo volver Moragas á la mañana siguiente, porque Nené amaneció enferma. Empezó por fiebrecilla catarral, y siguió por una de esas calenturas que en pocos días agotan la naturaleza de una criatura pequeña, como viva corriente de aire que activa la combustión de delgado cirio. Se marchitaron las mejillas de Nené; leve capa vidriosa cubrió sus dulces pupilas negras; sus manitas enflaquecieron, descubriendo los tiernos huesecillos bajo la piel flácida. El Doctor lo olvidó todo; encerróse con la criatura; no revolvió libros, porque comprendía los orígenes del mal, pero se abrazó con él cuerpo á cuerpo, y á fuerza de reconstituyentes y de cuidados exquisitos, empezó Nené á manifestar una sombra de mejoría. Y la mejoría se fué graduando, y se iniciaron los antojitos de golosinas y de juguetes.... Moragas entrevió la posibilidad de llevarse á su niña á la Erbeda, y allí restaurarla por completo en fuerzas, en alegría y en vitalidad. «Tenemos Nené»; le decían sus estudios y le repetía la esperanza.—Un día salió disparado á comprar un juguete nuevo, norte-americano, unas enormes mariposas mecánicas que volaban solas; y al soltarlas en la habitación de la convaleciente, y oir que se reía de los aletazos que pegaban contra la pared los pintorreados mariposones, acordóse por vez primera, con vago remordimiento, del hijo de Juan Rojo.
Como toda persona impresionable, Moragas solía caer de la cumbre del entusiasmo al fondo del desaliento. En el camaranchón del verdugo le había parecido empresa fácil la de rehabilitar el chico, sacándole de la atmósfera de ignominia donde vegetaba. Hallábase dispuesto entonces á vencer preocupaciones y antipatías, violentar las puertas de escuelas y talleres, salir fiador, y realizar en un solo día la salvación de Rojo y la de Telmo. Rojo no mataría más: Telmo sería obrero ó estudiante.... Y ahora, á un mes de distancia, el plan se le figuraba impracticable y absurdo. Advertía la ligadura de la voluntad, el hielo que cohibe la acción y sólo veía las dificultades y hasta el lado comprometido y semigrotesco de su proyectada empresa. «¿No hay por ahí otros muchachos á quien proteger? He ido á fijarme en ese, precisamente en ese.... ¡Moraguitas! ¿Dónde metes tú, en Marineda, al hijo del verdugo? Todo el mundo torcerá el gesto apenas le nombres....»
Pararon estas fluctuaciones en aplazar y ganar tiempo. Dióse á sí propio la excusa de que nada se puede emprender durante el verano, y el verano iba aproximándose ya. «En estos meses todo se paraliza. Época de vacaciones.... La gente se larga al campo.... Yo también quisiera darme una vueltecilla.... ¡Los colores que echará Nené en la Erbeda! Y para iniciar la campaña redentora.... mejor á principios de invierno.» Contribuyó á apagar las ardorosas resoluciones de Moragas el hallarse Telmo ya curado de sus descalabraduras. El niño, sano y bueno y correteando por la calle del Faro, parecíale menos digno de compasión. Hasta sintió Moragas, por egoismo del cariño á su hija, cierta hostilidad contra Telmo, tan robusto y vigoroso, más despejado, más resuelto, más marcial que nunca, y crecido dos pulgadas lo menos. «La salud de este bigardo la quisiera yo para Nené....» Al punto, reaccionando su generoso carácter, Moragas quedó descontento de sí mismo, en un estado de ánimo especial, comparable al sufrimiento. Sentía como si llevase atravesada una barra de metal frío y duro, cuyo peso gravitaba sobre su alma y la deprimía. «Más tranquilidad es no ver el ideal ni de cien leguas, que verlo y no alcanzarlo», pensó el médico.—Siempre que el recuerdo de Juan Rojo cruzaba por su memoria, sentía Don Pelayo la impresión de humillante impotencia que causa al deudor el aspecto del acreedor,—del acreedor mudo, que espera sin reclamar el préstamo.—El estado moral de Don Pelayo lo conocen y padecen todos cuantos hombres, sin llegar á justos, perfectos ni santos, pueden llamarse buenos, sensibles y altruistas. El santo no sufre: cumple sin temor: su voluntad es de una pieza. El bueno.... cumple ó no cumple, pero siempre le sangra la herida de la piedad.
Lo que más obligaba á Moragas á no olvidarse de Rojo, eran las conversaciones relativas al crimen de la Erbeda. Ni en el campo ni en la ciudad se hablaba de otra cosa. Según lo vaticinado por Priego, el tal crimen había tenido gran resonancia, hasta en la prensa de Madrid, donde se le consagraron extensos telegramas y largos artículos, alguno tomado de los diarios de Marineda. Esperábase la vista pública como se espera un acontecimiento: se sabía que asistirían á ella Paco Rumores, un hijo de Marineda, admitido como noticiero en el diario de mayor circulación de España; que Don Carmelo Nozales preparaba un informe brillantísimo, preludio de su traslado á la Audiencia de la corte; y que, no obstante su resistencia y repugnancia á exhibirse en Marineda como letrado, Lucio Febrero había tenido que encargarse de defender á la parricida.
Moragas resolvió asistir al juicio oral. Pero á última hora se lo impidió la hija de la marquesa de Veniales, casada hacía siete meses con un ingeniero, y tan enemiga de perder tiempo, que, al cumplirse ese plazo mínimo, aumentaba la especie humana con una criatura. Fué el lance apretado y peligroso, y Moragas no pudo apartarse del potro de tormento donde gemía la prematura madre. Á la misma hora en que entraba en el mundo una niña sietemesina, los jurados y la Audiencia sentenciaban á salir de él á una mujer y un hombre; los reos de la Erbeda, sentenciados á garrote vil, «como era de esperar», que dijo Cáñamo.
Unánime estuvo la prensa aquella noche y la mañana siguiente, poniendo en las nubes el informe de Nozales, y revelando descontento y extrañeza ante la defensa de Febrero. Fiel á los moldes clásicos de la oratoria forense, _Grocio y Pufendorf_ pronunció una especie de invocación á las Furias del derecho penal, esmaltando su oración de vengadores apóstrofes. Para el objeto sirvióle de mucho á Nozales el ligero baño literario que poseía, y la acusación de _Batilo_ contra los dos asesinos de Castillo le hizo el caldo gordo, sin que por nadie fuese notada la coincidencia de ideas y frases, que pudiera parecer resultado de la coincidencia de crimen. Lo mismo que Meléndez Valdés en 1821, Nozales habló del desenfreno, perversión y abandono brutal de las costumbres, de la funesta disolución de los lazos sociales, de la inmoralidad que por doquiera cunde y se propaga con la rapidez de la peste, del olvido de todos los deberes, y presentó como rasgo característico de la época el hacer escarnio del nudo conyugal; habló de la consternación de la patria ante tan horrendo atentado, perseguido con las mayores penas desde la antigüedad remota hasta la época presente; citó una ley del Fuero Juzgo y otra del título de _los omecillos_ en las Partidas; y terminó con el parrafeo efectista de cajón en estos informes, encareciendo á los jueces la trascendencia del veredicto y la importancia de la misión que la sociedad les confía, la necesidad de reprimir inexorablemente el crimen y de inspirarse, no en una compasión reñida con la ley, sino en el recuerdo de la víctima «que ya no puede hablar y desde otras regiones contempla á la sociedad y á los jueces». La concurrencia, pendiente de los labios de Nozales, prestó también afanosa atención á Lucio Febrero; sólo que, hacia el segundo tercio de la perorata del joven letrado, principió á desorientarse, y al final, confesando que «todo aquello podría ser muy científico», convino en que era raro y sospechoso, y aun funesto á la sociedad, de cuyas manos arrancaba el consabido rayo vengador que Nozales, con artístico ademán, fingiera vibrando sobre las cabezas malditas de los reos. Además, ¿no era un sofisma evidente, una falta de lealtad jurídica, el empeño de demostrar que la parricida, al entregarse á un amante, y al concertar después con él la muerte de su esposo, no obedecía á sugestiones de la lascivia, sino á las de un terror profundo, de esos que extravían y ciegan, al terror de que el amante la acogotase, y luego al terror de que el marido, cumpliendo amenazas tan reiteradas y horribles como verosímiles, la ahogase una noche, entre el silencio de la alcoba conyugal? ¿Á qué venía apoyar tesis tan rara con citas de obras de medicina, que demuestran la obcecación y trastorno moral que produce el miedo en el alma humana, y sobre todo en la femenil, donde la educación y la costumbre riegan y cultivan ese sentimiento? ¿Por qué Febrero no citaba obras de Derecho penal? ¿Por qué no admitía la versión natural y corriente de la bribona que, á fin de dar gusto al cuerpo, toma un galán, y para mejor disfrutar del galán suprime al marido? Nada, está visto que estos jurisconsultos de ahora se agarran á un clavo ardiendo con tal de declarar al reo irresponsable.... Había que oir á Cáñamo en los pasillos de la Audiencia de Marineda. «Les digo á Vds. que, á este paso, la sociedad se hunde, se desploma.... Como que se quita la piedra angular, fundamento de todo el edificio.» Renació la tranquilidad al saberse el veredicto del jurado, prueba de que la sociedad no se desplomaba aún. ¡La apuntalaría muy en breve un doble cadalso!
Á los dos ó tres días de hacerse pública la sentencia, entró en el gabinete de Moragas Lucio Febrero, y el abogado tendió al médico una mano que ardía.
—¿Sabe V.—dijo arrojándose en el diván—que tengo calentura por las tardes?
Moragas le pulsó. Sí; había elevación de temperatura, pero casi insensible.
—Tal vez sea—dijo—una manifestación palúdica; pero se me figura que lo que tiene V. puede llamarse berrinche.
Lucio no contestó al pronto: dudaba entre callar ó espontanearse. Al cabo, poniéndose de pie y con la expansión de quien destapa el alma:
—Me voy de Marineda—exclamó.—Me meteré en la montaña, á cazar, lo que falta del verano, y con eso tal vez me salvo de una hepatitis. ¡Felices Vds. los que no se reprimen, los que dan válvulas á la ira como al entusiasmo! ¿Dice V. que poca fiebre? Pues yo pensé tener cuarenta grados y varias décimas.
Moragas se rió, y murmuró, apoyando cariñosamente ambas manos en los hombros del abogado:
—¡Qué á pechos lo ha tomado V.! No lo creí. Es verdad que la causa metió ruido, y que Nozales puso toda la carne en el asador.
—Toda la carne.... Sí, la carne manida; carne de un siglo. Pero el pensamiento del auditorio contaba justamente la misma fecha que los argumentos de Nozales. ¡Les habló el lenguaje que entendían!....
—Y V. en chino—advirtió Moragas.—Aquella teoría del crimen por miedo sería muy ingeniosa en los _Assises_ de París.... Lo que es por acá.... V. se pasó de listo, Sr. D. Lucio.
—¡De lo que me pasé fué de sincero!—exclamó apesadumbrado el joven defensor.—Á veces la verdad no es verosímil; yo lo olvidé, quise hacerla brillar en todo su esplendor, y sólo conseguí espesar la sombra. Nozales sí que estuvo acertado. Hay para uso de los tribunales, una especie de aleluyas del hombre malo y bueno que se aplican indistintamente á cualquier criminal: es una máscara clásica, como esas figuras alegóricas de yeso que representan las Virtudes, ó las Estaciones del año.—¡La humanidad es tan variada, tan diferente entre sí!.... ¡Cada alma es un mundo! Pero Nozales, y los magistrados.... ¡Cargue el diablo con ellos!
—Vamos, ¿ve V. como nadie es de bronce?—advirtió Moragas.—Se ha tomado V. interés por su defendida.... ¿Qué tiene de particular?
—No, Moragas.... No es eso,—respondió Febrero esforzándose en hablar sin violencia ni cólera.—Ella.... me es casi indiferente, y el querido, antipático. Mi interés es puramente ideológico. Me importan.... como concepto. Veo que _ella_ va á morir.... no por criminal, sino por miedosa. Su crimen es horrible, nauseabundo; tiene circunstancias que espeluznan; conformes; pero si se atendiese á lo interno.... ella no debía morir.
—¿Cree V. que deba morir en garrote mujer ninguna?—preguntó Moragas fogosamente.
—Ya sabe V. cómo pienso en ese asunto.... No soy abolicionista.... Pero las mujeres, puesto que la ley las considera _menores_ para infinidad de casos, y el derecho político las excluye, debieran encontrar ante el derecho penal la protección y la indulgencia que se deben al menor.—¡Y váyales V. con esto á los señores del margen!—Esa criminal de la Erbeda, por ejemplo, no hubiese cometido el crimen si no fuese educada bajo el régimen del _terror viril_. Me ha contado su historia. De niña, la pegaba su padre para obligarla á pisar tojo. De muchacha, en las romerías, la sacaban los mozos á bailar á empellones ó zorregándola un varazo.... ¡galantería _rusticana_! De casada, su marido no la solfeaba mucho (por eso dijo Nozales, parodiando á Meléndez Valdés, que era hombre de _bondoso_ carácter); pero un día que vino más borracho que otros, la quiso meter en el horno y arrimar lumbre.... Sobreviene el querido.... y.... la conquista un día, por violencia, con amenazas y golpes; establecen el concubinato.... el marido los pilla casi infraganti, y hace la vista gorda.... sin duda por temor al Cirineo...., pero así que éste vuelve la espalda, agarra á su mujer de las muñecas, la lleva ante el horno...., la suelta después...., y por frases, por miradas, por intuición, ella comprende que el propósito es firme, que su marido tiene determinado matarla y sólo espera ocasión propicia. Así la va asesinando poco á poco, de susto. Al acostarse le dice siempre: «Cuando menos pienses te despiertas en la eternidad.» Y la mujer suprime el sueño, quiere que no la sorprendan, poder resistir, gritar.... ¿Comprende V. el estado psíquico que determina el no dormir en muchos meses? Naturalmente confía sus terrores al querido, que se alarma también por cuenta propia...., y claro, surge la idea del crimen.... Ahí tiene V. la génesis.... ¡Miedo!
—Pues nadie lo ha creído, sépalo V.—advirtió Moragas.—En el concepto general, el esposo murió porque estorbaba....
—Dejarlo—respondió Febrero suspirando.—¿Qué más da? Yo me voy de caza, de pesca, de monte...., de cualquier cosa.... Y no oiré, ni entenderé, ni me tropezaré con Cáñamo, ni con Nozales, ni con Don Celso Palmares, que después de andar diciendo que se moriría sin firmar una sentencia de muerte, ha firmado ésta.... Me libraré del espectáculo ridículo de la versatilidad de las muchedumbres; no veré á los mismos que hoy clamaban «vindicta pública», telegrafiar á los Diputados y Senadores para conseguir ese otro absurdo que llaman indulto....
—¿Sentiría V. que indultasen á su defendida?
—Sé que no la indultarán: corren vientos de severidad. Pero el indulto me subleva. Ó no condenar, ó no perdonar á capricho. La clemencia ministerial (ni real es) corre parejas con la justicia histórica.... Ea, adiós, Señor Don Pelayo; á menos que quiera V. acompañarme á la Cárcel.... Voy á despedirme de esa infeliz, y á darle ánimos, haciéndola creer mil embustes. ¿Me ayuda V. á mentir? ¿Sí? ¡Cuánto me alegro!
XIV
El Doctor aún no acababa de resolverse. Estaba en uno de esos períodos en que el corazón pide más descanso que lucha. ¡De cuán endeble contextura es la hebra del destino humano! ¡Cuán insignificante puede ser el movimiento psíquico que tal vez decide de una existencia!
Moragas miró á los vidrios de su ventana y notó que hacía un sol radiante, un día de Junio espléndido y no caluroso; y por esto y por la simpatía que le inspiraba Lucio, pensó, «pecho al agua»; se puso el sobretodo gris, y bajó las escaleras de muy buen talante.