La perfecta casada

Part 9

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Y no piensen que las crió Dios, y las dió al hombre sólo para que le guarden la casa, sino también para que le consuelen y alegren; para que en ella el marido cansado y enojado halle descanso, y los hijos amor, y la familia piedad, y todos generalmente acogimiento agradable. Bien las llama el hebreo á las mujeres «la gracia de casa». Y llámalas así, en su lengua con una palabra, que en castellano, ni con decir gracia, ni con otras muchas palabras de buena significación, apenas comprehendemos todo lo que en aquélla se dice; porque dice aseo, y dice hermosura, y dice donaire, y dice luz y deleite y concierto y contento, el vocablo con que el hebreo las llama.

Por donde entendemos que de la buena es tener estas cualidades todas, y entendemos también que la que va por aquí, no debe ser llamada, ni la gracia, ni la luz, ni el placer de su casa, sino el trasto della y el estropiezo, ó por darles su nombre verdadero, el _trasgo_[124] y la _estantigua_[125] que á todos los turba y asombra.

Y sucede así, que como las casas que son por esta causa asombradas, después de haberlas conjurado, al fin los que las viven las dejan; así la habitación donde reinan en figura de mujer estas fieras, el marido teme entrar en ella, y la familia desea salir della, y todos la aborrecen, y lo más presto que pueden la santiguan y huyen.

¿Qué dice el Sabio?[126] «El azote de la lengua de la mujer brava por todo se extiende, enojo fiero la mujer airada y borracha, es su afrenta perpetua[127].» Conocí yo una mujer que cuando comía reñía, y cuando venía la noche reñía también, y el sol cuando nacía la hallaba riñendo, y esto hacía el _disanto_[128] y el día no santo, y la semana y el mes y todo el año no era otro su oficio sino reñir; siempre se oía el grito y la voz áspera, y la palabra afrentosa y el deshonrar sin freno, y ya sonaba el azote y ya volaba el chapín, y nunca la oí que no me acordase de aquello que dice el poeta[129]:

«Tesifone, ceñida de crueza, la entrada sin dormir de noche y día ocupa, suena el grito, la braveza, el lloro, el crudo azote, la porfía.»

Y así, era su casa una imagen del infierno en esto con ser en lo demás un paraíso, porque las personas della eran, no para mover á braveza, sino para dar contento y descanso á quien lo mirara bien.

Por donde, cargando yo el juicio algunas veces en ello, me resolví en que de todo aquel vocear y reñir no se podía dar causa alguna que colorada fuese, sino era querer digerir con aquel ejercicio las cenas en las cuales de ordinario esta señora excedía.

Y es así que en estas bravas, si se apuran bien todas las causas desta su desenfrenada y continua cólera, todas ellas son razones de disparate; la una, porque le parece que cuando riñe es señora; la otra, porque la desgració el marido, y halo de pagar la hija ó la esclava; la otra, porque su espejo no le mintió, ni la mostró hoy tan linda como ayer, de cuanto ve levanta alboroto. Á la una embravece el vino, á la otra su no cumplido deseo, y á la otra su mala ventura. Pero pasemos más adelante. Dice:

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XVII

NO HAN DE SER LAS BUENAS MUJERES CALLEJERAS, VISITADORAS Y VAGABUNDAS, SINO QUE HAN DE AMAR MUCHO EL RETIRO Y SE HAN DE ACOSTUMBRAR Á ESTARSE EN CASA.

_Rodeó todos los rincones de su casa,_ _y no comió el pan de balde._

PROVERBIOS

Quiere decir que en levantándose la mujer, ha de proveer todas las cosas de su casa, y poner en ellas orden, y que no ha de hacer lo que muchas de las de ahora hacen; que unas en poniendo los pies en el suelo, ó antes que los pongan, estando en la cama, negocian luego con el almuerzo, como si hubiesen pasado cavando la noche. Otras se sientan con su espejo á la obra de su pintura, y se están en ella enclavadas tres ó cuatro horas, y es pasado el mediodía, y viene á comer el marido y no hay cosa puesta en concierto. Y habla Salomón desta diligencia aquí, no porque antes de ahora no hubiese hablado della, sino por dejarla, con el repetir, más firme en la memoria, como cosa importante, y como quien conocía de las mujeres cuán mal se hacen al cuidado y cuán inclinadas son al regalo. Y dícelo también porque, diciéndole á la mujer que rodee su casa, le quiere enseñar el espacio por donde ha de menear los pies la mujer, y los lugares por donde ha de andar, y como si dijésemos, el campo de su carrera, que es su casa propia, y no las calles, ni las plazas, ni las huertas, ni las casas ajenas. «Rodeó, dice, los rincones de su casa;» para que se entienda que su andar ha de ser en su casa, y que ha de estar presente siempre en todos los rincones della, y que porque ha de estar siempre allí presente, por eso no ha de andar fuera nunca, y que porque sus pies son para rodear sus rincones, entienda que no los tiene para rodear los campos y las calles. ¿No dijimos arriba que el fin para que ordenó Dios la mujer, y se la dió por compañía al marido, fué para que le guardase la casa, y para que lo que él ganase en los oficios y contrataciones de fuera, traído á casa, lo tuviese en guarda la mujer, y fuese como su llave? Pues si es por natural oficio guarda de casa, ¿cómo se permite que sea callejera y visitadora y vagabunda? ¿Qué dice San Pablo á su discípulo Tito que enseñe á las mujeres casadas? «Que sean prudentes, dice, y que sean honestas y que amen á sus maridos, y que tengan cuidado de sus casas[130].» Adonde, lo que decimos, «que tengan cuidado de sus casas,» el original dice así: «Y que sean guardas de su casa.» ¿Por qué les dió á las mujeres Dios las fuerzas flacas y los miembros muelles, sino porque las crió, no para ser postas, sino para estar en su rincón sentadas?

Su natural propio pervierte la mujer callejera. Y como los peces, en cuanto están dentro del agua, discurren por ella y andan y vuelan ligeros, mas si acaso los sacan de allí, quedan sin se poder menear; así la buena mujer, cuanto para de sus puertas adentro ha de ser presta y ligera, tanto para fuera dellas se ha de tener por coja y torpe. Y pues no las dotó Dios ni del ingenio que piden los negocios mayores, ni de fuerzas las que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para ella sola. Los chinos, en naciendo, les tuercen á las niñas los pies, porque cuando sean mujeres no los tengan para salir fuera, y porque para andar en su casa aquellos torcidos les bastan. Como son los hombres para lo público, así las mujeres para el encerramiento, y como es de los hombres el hablar y el salir á luz, así dellas el encerrarse y encubrirse.

Aun en la iglesia, donde la necesidad de la religión las lleva y el servicio de Dios, quiere San Pablo[131] que estén así cubiertas, que apenas los hombres las vean, ¿y consentirá que por su antojo vuelen por las plazas y calles, haciendo alarde de sí? ¿Qué ha de hacer fuera de su casa la que no tiene partes ningunas de las que piden las cosas que fuera della se tratan? Forzoso es que, como la experiencia lo enseña, pues no tienen saber para los negocios de sustancia, traten, saliendo, de poquedades y menudencias, y forzoso es que, pues no es de su oficio, ni natural, hacer lo que pide valor, hagan el oficio contrario. Y así es que las que en sus casas cerradas y ocupadas las mejoran, andando fuera dellas las destruyen. Y las que con andar por sus rincones ganarán las voluntades y edificarán las conciencias de sus maridos, visitando las calles corrompen los corazones ajenos y enmollecen las almas de los que las ven, las que, por ser ellas muelles, se hicieron para la sombra y para el secreto de sus paredes. Y si es de lo propio de la mujer mala el vaguear por las calles, como Salomón en los _Proverbios_ lo dice[132], bien se sigue que ha de ser propiedad de la buena el salir pocas veces en público. Dice bien uno acerca del poeta Menandro[133]:

«Á la buena mujer le es propio y bueno el de continuo estar en su morada, que el vaguear defuera es de las viles.»

Y no por esto piensen que no serán conocidas ó estimadas si guardan su casa, porque al revés, ninguna cosa hay que así las haga preciar como el asistir en ella á su oficio, como de Teano la pitagórica, que siendo preguntada por otra cómo vendría á ser señalada y nombrada, escriben que dijo[134] que hilando y tejiendo y teniendo cuenta con su rincón. Porque siempre á las que así lo hacen les sucede lo que luego se sigue. Esto es:

[Ilustración]

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XVIII

DE CÓMO PERTENECE AL OFICIO DE LA PERFECTA CASADA HACER BUENO AL MARIDO, Y DE LA OBLIGACIÓN QUE TIENE LA QUE ES MADRE DE CRIAR POR SÍ Á LOS HIJOS.

_Levantáronse sus hijos y loáronla,_ _y alabóla también su marido._

PROVERBIOS

Parecerá á algunos que tener una mujer hijos y marido tales que la alaben, más es buena dicha della, que parte de su virtud. Y dirán que no es ésta alguna de las cosas que ella ha de hacer para ser la que debe, sino de las que si lo fuere, la sucederán.

Mas aunque es verdad que á las tales les sucede esto; pero no se ha de entender que es suceso que les adviene por caso, sino bien que les viene porque ellas lo hacen y lo obran. Porque al oficio de la buena mujer pertenece, y esto nos enseña Salomón aquí, hacer buen marido y criar buenos hijos, y tales, que no sólo con debidas y agradecidas palabras le den loor, pero mucho más con buenos hechos y obras. Que es pedirle tanta bondad y virtud cuanta es menester, no sola para sí, sino también para sus hijos y su marido. Por manera que sus buenas obras dellos sean propios y verdaderos loores della, y sean como voces vivas que en los oídos de todos canten su loor. Y cuanto á lo del marido, cierto es lo primero que el Apóstol dice, que muchas veces la mujer cristiana y fiel, al marido que es infiel le gana y hace su semejante[135]. Y así, no han de pensar que pedirles esta virtud es pedirles lo que no pueden hacer, porque si alguno puede con el marido es la mujer sola. Y si la caridad cristiana obliga al bien del extraño, ¿cómo puede pensar la mujer que no está obligada á ganar y á mejorar su marido?

Cierto es que son dos cosas las que entre todas tienen para persuadir eficacia: el amistad y la razón. Pues veamos cuál destas dos cosas falta en la mujer que es tal cual decimos aquí, ó veamos si hay algún otro que ni con muchas partes se iguale con ella en esto.

El amor que hay entre dos, mujer y marido, es el más estrecho, como es notorio, porque le principia la naturaleza, y le acrecienta la gracia, y le enciende la costumbre, y le enlazan estrechísimamente otras muchas obligaciones. Pues la razón y la palabra de la mujer discreta es más eficaz que otra ninguna en los oídos del hombre, porque su aviso es aviso dulce. Y como las medicinas cordiales, así su voz se lanza luego y se apega más con el corazón.

Muchos hombres habría en Israel tan prudentes y de tan discreta y más discreta razón que la mujer de Tecua; y para persuadir á David y para inducirle á que tornase á su hijo Absalón á su gracia, Joab, su capitán general, avisadamente se aprovechó del aviso de sola esta mujer, y sola ésta quiso que con su buena razón y dulce palabra ablandase y torciese á piedad el corazón del rey, justamente indignado[136], y sucedióle su intento; porque, como digo, mejórase y esfuérzase mucho cualquiera buena razón en la boca dulce de la sabia y buena mujer. Que ¿quién no gusta de agradar á quien ama? Ó ¿quién no se fía de quien es amado? Ó ¿quién no da crédito al amor y á la razón cuando se juntan? La razón no se engaña y el amor no quiere engañar; y así, conforme á esto, tiene la buena mujer tomados al marido todos los puertos, porque ni pensará que se engaña la que tan discreta es, ni sospechará que le quiere engañar la que como su mujer le ama. Y si los beneficios en la voluntad de quien los recibe crían deseo de agradecimiento y la aseguran, para que sin recelo se fíe de aquel de quien los ha recibido, y ambas á dos cosas hacen poderosísimo el consejo que da el beneficiador al beneficiado, ¿qué beneficio hay que iguale al que recibe el marido de la mujer que vive como aquí se dice?

De un hombre extraño, si oímos que es virtuoso y sabio, nos fiamos de su parecer, ¿y dudará el marido de obedecer á la virtud y discreción que cada día ve y experimenta? Y porque decimos cada día, tienen aún más las mujeres para alcanzar de sus maridos lo que quisieren esta oportunidad y aparejo, que pueden tratar con ellos cada día y cada hora, y á las horas de mejor coyuntura y sazón. Y muchas veces lo que la razón no puede, la importunidad lo vence, y señaladamente la de la mujer, que, como dicen los experimentados, es sobre todas. Y verdaderamente es caso, no sé si diga vergonzoso ó donoso, decir que las buenas no son poderosas para concertar sus maridos, siendo las malas valientes para inducirlos á cosas desatinadas que los destruyen.

La mujer por sí puede mucho, y la virtud y razón también á sus solas es muy valiente, y juntas entrambas cosas, se ayudan entre sí y se fortifican de tal manera, que lo ponen todo debajo de los pies. Y ellas saben que digo verdad, y que es verdad que se puede probar con ejemplo de muchas que con su buen aviso y discreción han enmendado mil malos siniestros en sus maridos, y ganádoles el alma y enmendádoles la condición, en unos brava, en otros distraída, en otros por diferentes maneras viciosa. De arte que las que se quejan ahora dellos y de su desorden, quéjense de sí primero y de su negligencia, por la cual no los tienen cual deben.

Mas si con el marido no pueden, con los hijos, que son parte suya y los traen en las manos desde su nacimiento y les son en la niñez como cera, ¿qué pueden decir, sino confesar que los vicios dellos y los desastres en que caen por sus vicios, por la mayor parte son culpas de sus padres? Y porque ahora hablamos de las madres, entiendan las mujeres que, si no tienen buenos hijos, gran parte dello es porque no les son ellas enteramente sus madres. Porque no ha de pensar la casada que el ser madre es engendrar y parir un hijo; que en lo primero siguió su deleite, y á lo segundo le forzó la necesidad natural. Y si no hiciesen por ello más, no sé en cuánta obligación los pondrán.

Lo que se sigue después del parto es el puro oficio de la madre y lo que puede hacer bueno al hijo y lo que de veras le obliga. Por lo cual, téngase por dicho esta perfecta casada que no lo será si no cría á sus hijos, y que la obligación que tiene por su oficio á hacerlos buenos, esa misma le pone necesidad á que los críe á sus pechos; porque con la leche, no digo que se aprende, que eso fuera mejor, porque contra lo mal aprendido es remedio el olvido; sino digo que se bebe y convierte en sustancia y como en naturaleza todo lo bueno y lo malo que hay en aquella de quien se recibe; porque el cuerpo ternecico de un niño, y que salió como comenzado del vientre, la teta le acaba de hacer y formar. Y según quedare bien formado el cuerpo, así le avendrá el alma después cuyas costumbres ordinariamente nacen de sus inclinaciones dél; y si los hijos salen á los padres de quien nacen, ¿cómo no saldrán á las amas con quien pacen, si es verdadero el refrán español? ¿Por ventura no vemos que cuando el niño está enfermo purgamos al ama que le cría, y que con purificar y sanar el mal humor della le damos la salud á él? Pues entendamos que, como es una la salud, así es uno el cuerpo, y si los humores son unos, ¿cómo no lo serán las inclinaciones, las cuales, por andar siempre hermanadas con ellos, en castellano con razón las llamamos _humores_? De arte que si el ama es borracha, habemos de entender que el desdichadito beberá con la leche el amor del vino; si colérica, si tonta, si deshonesta, si de viles pensamientos y ánimo, como de ordinario lo son, será el niño lo mismo. Pues si el no criar los hijos es ponerlos á tan claro y manifiesto peligro, ¿cómo es posible que cumpla con lo que debe la casada que no los cría?

Esto es decir la que en la mejor parte de su casa, y para cuyo fin se casó principalmente, pone tan mal recaudo. ¿Qué le vale ser en todo lo demás diligente, si en lo que es más es así descuidada? Si el hijo sale perdido, ¿qué le vale la hacienda ganada? Ó ¿qué bien puede haber en la casa donde los hijos para quien es no son buenos? Y si es parte desta virtud conjugal, como habemos ya visto, la piedad generalmente con todos, las que son tan sin piedad, que entregan á un extraño el fruto de sus entrañas, y la imagen de virtud y de bien que en él había comenzado la naturaleza á obrar, consienten que otro lo borre, y permiten que imprima vicios en lo que del vientre salía con principio de buenas inclinaciones, cierto es que no son buenas casadas, ni aun casadas, si habemos de hablar con verdad; porque de la casada es engendrar hijos, y hacer esto es perderlos; y de la casada es engendrar hijos legítimos, y los que se crían así, mirándolo bien, son llanamente bastardos.

Y porque vuestra merced vea que hablo con verdad, y no con encarecimiento, ha de entender que la madre en el hijo que engendra no pone sino una parte de su sangre, de la cual la virtud del varón, figurándola, hace carne y huesos. Pues el ama que cría pone lo mismo, porque la leche es sangre, y en aquella sangre la misma virtud del padre que vive en el hijo hace la misma obra; sino que la diferencia es ésta, que la madre puso este su caudal por nueve meses, y la ama por veinticuatro; y la madre cuando el parto era un tronco sin sentido ninguno, y el ama cuando comienza ya á sentir y reconocer el bien que recibe; la madre influye en el cuerpo, el ama en el cuerpo y en el alma. Por manera que echando la cuenta bien, el ama es la madre, y la que parió es peor que madrastra, pues enajena de sí á su hijo, y hace borde lo que había nacido legítimo, y es causa que sea mal nacido el que pudiera ser noble, y comete en cierta manera un género de adulterio poco menos feo y no menos dañoso que el ordinario, porque en aquel vende al marido por hijo el que no es dél, y aquí el que no lo es della, y hace sucesor de su casa al hijo del ama y de la moza, que las más veces es una ó villana ó esclava.

Bien conforma con esto lo que se cuenta haber dicho un cierto mozo romano, de la familia de los Gracos, que volviendo de la guerra vencedor y rico de muchos despojos, y viniéndole al encuentro para recibirle alegres y regocijadas su madre y su ama juntamente, él, vuelto á ellas y repartiendo con ellas de lo que traía, como á la madre le diese un anillo de plata y al ama un collar de oro, y como la madre, indignada desto, se doliese dél, le respondió que no tenía razón; «porque, dijo, vos no me tuvisteis en el vientre más de por espacio de nueve meses, y ésta me ha sustentado á sus pechos por dos años enteros. Lo que yo tengo de vos es sólo el cuerpo, y aun ese me diste por manera no muy honesta, mas la dádiva que desta tengo, diómela ella con pura sencilla voluntad. Vos, en naciendo yo, me apartaste de vos y me alejaste de vuestros ojos; mas ésta ofreciéndose, me recibió, desechado, en sus brazos amorosamente, y me trató así, que por ella he llegado y venido al punto y estado en que ahora estoy.»

Manda san Pablo, en la doctrina que da á las casadas, que «amen á sus hijos[137].» Natural es á las madres amarlos, y no había para qué San Pablo encargase con particular precepto una cosa tan natural; de donde se entiende que el decir «que los amen», es decir que los críen, y que el dar leche la madre á sus hijos, á eso San Pablo llama _amarlos_, y con gran propiedad; porque el no criarlos es venderlos y hacerlos no hijos suyos, y como desheredarlos de su natural, que todas ellas son obras de aborrecimiento, y tan fiero, que vencen en ello aun á las fieras, porque, ¿qué animal tan crudo hay, que no críe lo que produce, que fíe de otro la crianza de lo que pare?

La braveza del león sufre con mansedumbre á sus cachorrillos que importunamente le desjuguen las tetas. Y el tigre, sediento de sangre, da alegremente la suya á los suyos. Y si miramos á lo delicado, el flaco pajarillo, por no dejar sus huevos, olvida el comer y se enflaquece, y cuando los ha sacado, rodea todo el aire volando, y trae alegre en el pico lo que él desea comer, y no lo come porque ellos lo coman.

[Ilustración: Fases de la vida de la mujer

La ancianidad]

Mas ¿qué es menester salirnos de casa? La naturaleza dentro della misma declara casi á voces su voluntad, enviando, luego después del parto, leche á los pechos. ¿Qué más clara señal esperamos de lo que Dios quiere, que ver lo que hace? Cuando les levanta á las mujeres los pechos, les manda que críen; engrosándoles los pezones, les avisa que han de ser madres; los rayos de la leche que viene son como aguijones con que las dispierta á que alleguen á sí lo que parieron. Pero á todo esto se hacen sordas algunas, y excúsanse con decir que es trabajo y que es hacerse temprano viejas, parir y criar.

Es trabajo, yo lo confieso; mas si esto vale, ¿quién hará su oficio? No esgrima la espada el soldado, ni se ponga al enemigo, porque es caso de peligro y sudor; y porque se lacera mucho en el campo, desampare el pastor sus ovejas.

Es trabajo el parir y criar, pero entiendan que es un trabajo hermanado, y que no tienen licencia para dividirlo.

Si les duele el criar, no paran, y si les agrada el parir, críen también.

Si en esto hay trabajo, el del parto es sin comparación el mayor. Pues ¿por qué las que son tan valientes en lo que es más, se acobardan en aquello que es menos? Bien se dejan entender las que lo hacen así, y cuando no por sus hijos, por lo que deben á su vergüenza, habían de traer más cubiertas y disimuladas sus inclinaciones.

El parir, aunque duele agramente, al fin se lo pasan.

Al criar no arrostran, porque no hay deleite que lo alcahuetee.

Aunque si se mira bien, ni aun esto les falta á las madres que crían, antes en este trabajo la naturaleza, sabia y prudente, repartió gran parte de gusto y de contento.

El cual, aunque no le sentimos los hombres, pero la razón nos dice que le hay, y en los extremos que hacen las madres con sus niños lo vemos. Porque ¿qué trabajo no paga el niño á la madre cuando ella le tiene en el regazo desnudo, cuando él juega con la teta, cuando la hiere con la manecilla, cuando la mira con risa? Pues cuando se le añuda al cuello y la besa, paréceme que aún la deja obligada.

Críe, pues, la casada perfecta á su hijo, y acabe en él el bien que formó, y no dé la obra de sus entrañas á quien se la dañe, y no quiera que torne á nacer mal lo que había nacido bien, ni que sea maestra de vicios la leche, ni haga bastardo á su sucesor, ni consienta que conozca á otra antes que á ella por madre, ni quiera que en comenzando á vivir se comience á engañar. Lo primero en que abra los ojos su niño sea en ella, y de su rostro della se figure el rostro dél.

La piedad, la dulzura, el aviso, la modestia, el buen saber, con todos los demás bienes que le habemos dado, no sólo los traspase con la leche en el cuerpo del niño, sino también los comience á imprimir en el alma tierna dél con los ojos y con los semblantes; y ame y desee que sus hijos le sean suyos del todo, y no ponga su hecho en parir muchos hijos, sino en criar pocos buenos; porque los tales con las obras la ensalzarán siempre, y muchas veces con las palabras, diciendo lo que se sigue:

[Ilustración]

[Ilustración]

XIX

QUÉ ALABANZAS MERECE LA PERFECTA CASADA, Y CÓMO PARA SERLO ES MENESTER QUE ESTÉ ADORNADA DE MUCHAS PERFECCIONES.

_Muchas hijas allegaron riquezas,_ _mas tú subiste sobre todas._

PROVERBIOS