Part 8
»Por tanto, benditas, lo primero, no deis entrada en vosotras á las galas y riquezas de los vestidos, como á rufianes que sin duda son y alcahuetes; lo otro, cuando alguna usare de semejantes arreos, forzándola á ello ó su linaje ó sus riquezas ó la dignidad de su estado, use dellos con moderación cuanto le fuere posible, como quien profesa castidad y virtud, y no dé riendas á la licencia con color que le es fuerza; porque ¿cómo podremos cumplir con la humildad que profesamos los que somos cristianos, si no cubijáis como con tierra el uso de vuestras riquezas y galas que sirve á la vanagloria? Porque la vanagloria anda con la hacienda. Mas diréis: ¿No tengo de usar de mis cosas? ¿Quién os lo veda que uséis? Pero usad conforme al Apóstol, que nos enseña[101] que usemos deste mundo como si no usásemos dél. Porque, como dice: «todo lo que en él se parece vuela. Los que compraren, dice, compren como si no poseyesen[102].» Y esto ¿por qué? Porque había dicho primero[103]: «el tiempo se acaba.» Y si el Apóstol muestra que aun las mujeres han de ser tenidas como si no tuviesen, por razón de la brevedad de la vida, ¿qué será destas sus vanas alhajas? ¿Por ventura muchos no lo hacen así, que se ponen en vida casta por el reino del cielo, privándose de su voluntad del deleite permitido y tan poderoso? ¿No se ponen entredicho algunos de las cosas que Dios cría, y se contienen del vino y se destierran del comer carne, aunque pudieran gozar dello sin peligro ni solicitud, pero hacen sacrificio á Dios de la afición de sí mismos en la abstinencia de los manjares? Harto habéis gozado ya de vuestras riquezas y regalos, harto del fruto de vuestras dotes. ¿Habéis por caso olvidado lo que os enseña la voz de salud? Nosotros somos aquellos en quien vienen á concluirse los siglos[104]; nosotros á los que, siendo ordenados de Dios antes del mundo para sacar provecho y para dar valor á los tiempos[105], nos enseña él mismo[106] que castiguemos, ó como si dijésemos, que castremos el siglo; nosotros somos la circuncisión general de la carne y del espíritu[107], porque cercenamos todo lo seglar del alma y del cuerpo. ¿Dios sin duda nos debió de enseñar cómo se cocerían las lanas, ó en el zumo de las hierbas ó en la sangre de las ostras? ¿Olvidósele, cuando lo crió todo, mandar que naciesen ovejas de color de grana ó moradas? ¿Dios debió de inventar los telares do se tejen y labran las telas, para que labrasen y tejiesen las telas delicadas y ligeras, y pesadas en solo el precio? ¿Dios debió de sacar á luz tantas formas de oro para luz y ornamento de las piedras preciosas? ¿Dios enseñaría horadar las orejas con malas heridas, sin tener respeto al tormento de su criatura, ni al dolor de la niñez, que entonces se comienza á doler, para que de aquellos agujeros del cuerpo, soldadas ya las heridas, cuelguen no sé qué malos granos? Los cuales los partos se engieren por todo el cuerpo en lugar de hermosura; y aun hay gentes que al mismo oro, de que hacéis honra y gala vosotras, le hacen servir de prisiones, como en los libros de los gentiles se escribe. De manera que estas cosas, por ser raras, son buenas, y no por sí. La verdad es, que los ángeles malos fueron los que las enseñaron, ellos descubrieron la materia, y los mismos demostraron el arte. Juntóse con el ser raro la delicadez del artificio, y de allí nació el precio, y del precio la mala codicia que dello las mujeres tienen, las cuales se pierden por lo precioso y costoso. Y porque estos mismos ángeles que descubrieron los metales ricos, digo la plata y el oro, y que enseñaron cómo se debían labrar, fueron también maestros de las tinturas con que los rostros se embellecen y se coloran las lanas, por eso fueron condenados de Dios, como en Enoch se refiere.
[Ilustración: Fases de la vida de la mujer
La viudez]
»Pues ¿en qué manera agradaremos á Dios, si nos preciamos de las cosas de aquellos que despertaron contra sí la ira y el castigo de Dios? Mas háyalo Dios enseñado, háyalo permitido, nunca Esaías[108] haya dicho mal de las púrpuras, de los joyeles; nunca haya embotado las ricas puntas de oro; pero no por eso, haciendo lisonja á nuestro gusto, como los gentiles lo hacen, debemos tener á Dios por maestro y por inventor destas cosas, y no por juez y pesquisidor del uso dellas. ¡Cuánto mejor y con más aviso andaremos si presumiéremos que Dios lo proveyó todo y lo puso en la vida para que hubiese en ella alguna prueba de la templanza de los que le siguen! De manera que, en medio de la licencia del uso, se viese por experiencia él templado. ¿Por ventura los señores que bien gobiernan sus casas no dejan de industria algunas cosas á sus criados, y se las permiten, para experimentar en qué manera usan dellas, si moderadamente, si bien, pues que loado es allí el que se abstiene de todo, el que se recela de la condescendencia del amo? Así pues, como dice el Apóstol[109], «todo es lícito, pero no edifica todo.»
»El que se recelare en lo lícito, ¡cuánto mejor temerá lo vedado! Decidme qué causa tenéis para mostraros tan enjaezadas, pues estáis apartadas de lo que á las otras las necesita; porque ni vais á los templos de los ídolos, ni salís á los juegos públicos, ni tenéis que ver con los días de fiesta gentiles; que siempre por causa destos ayuntamientos, y por razón de ver y de ser vistas se sacan á plaza las galas, ó para que negocie lo deshonesto, ó para que se engría lo altivo, ó para hacer el negocio de la deshonestidad, ó para fomentar la soberbia.
»Ninguna causa tenéis para salir de casa, que no sea grave y severa, que no pida estrechez y encogimiento; porque, ó es visita de algún infiel enfermo, ó es ver la misa ó el oir la palabra de Dios. Cada cosa destas es negocio santo y grave, y negocio para que no es menester vestido y aderezo, ni extraordinario, ni polido, ni disoluto. Y si la necesidad de la amistad ó de las buenas obras os llama á que veáis los infieles, pregunto, ¿por qué no iréis aderezadas de lo que son vuestras armas, por eso mismo, porque vais á las que son ajenas de vuestra fe, para que haya diferencia entre las siervas del demonio y de Dios? ¿Para que les sea como ejemplo y se edifiquen de veros? ¿Para que, como dice el Apóstol, sea Dios ensalzado en vuestro cuerpo? Y es ensalzado con la honestidad y con el hábito que á la honestidad le conviene. Pero dicen algunas: Antes porque no blasfemen de su nombre en nosotras, si ven que quitamos algo de lo antiguo que usábamos; luego ni quitemos de nosotros los vicios pasados. Seamos de unas mismas costumbres, pues queremos ser de un mismo traje, y entonces con verdad, ¿no blasfemarán de Dios los gentiles? ¡Gran blasfemia es, por cierto, que se diga de alguna que anda pobre, después que es cristiana! ¿Temerá nadie de parecer pobre después que es más rica, ó de parecer sin aseo después que es limpia? Pregunto á los cristianos, ¿cómo les conviene que anden, conforme al gusto de los gentiles, ó conforme al de Dios?
»Lo que habemos de procurar es no dar causa á que con razón nos blasfemen. ¡Cuánto será más digno de blasfemia si las que sois llamadas sacerdotes de honestidad salís vestidas y pintadas como las deshonestas se visten y afeitan, ó que más hacen aquellas miserables que se sacrifican al público deleite y al vicio, á las cuales, si antiguamente las leyes las apartaron de las matronas y de los trajes que las matronas usaban, ya la maldad deste siglo, que siempre crece, las ha igualado en esto con las honestas mujeres, de manera que no se pueden reconocer sin error! Verdad es que las que se afeitan como ellas, poco se diferencian dellas; verdad es que los afeites de la cara, las escrituras nos dicen que andan siempre con el cuerpo _burdel_[110], como debidos á él y como sus allegados. Que aquella poderosa ciudad, de quien se dice[111] que preside sobre siete montes, y quien mereció que la llamase ramera Dios, ¿con qué traje, veamos, corresponde á su nombre? En carmesí se asienta sin duda, y en púrpura y en oro y en piedras preciosas, que son cosas malditas, y sin que pintada ser no pudo la que es ramera maldita. La Thamar, porque se engalanó y se pintó, por eso á la sospecha de Judas fué tenida por mujer que vendía su cuerpo[112]; y como la encubría el rebozo, y como el aderezo daba á entender ser ramera, hizo que la tuviese por tal; quísola y recuestóla, y puso su concierto con ella. De adonde aprendemos que conviene en todas maneras cortar el camino aun á lo que hace mala sospecha de nosotros. Que ¿por qué la entereza del ánima casta ha de querer ser manchada con la sospecha ajena? ¿Por qué se esperará de vos lo que huís como la muerte? ¿Por qué mi traje no publicará mis costumbres, para que, por lo que el traje dice, no ponga llaga la torpeza en el alma, y para que pueda ser tenida por honesta la que desama el ser deshonesta? Mas dirá por caso alguna: No tengo necesidad de satisfacer á los hombres, ni busco el ser aprobada dellos; «Dios es el que ve el corazón[113].» Todos sabemos eso, mas también nos acordamos de lo que él mismo por su Apóstol escribe: «Vean los hombres que vives bien[114].» Y ¿para qué, sino para que la mala sospecha no os toque, y para que seáis buen ejemplo á los malos, y ellos os den testimonio? Ó ¿qué es, si esto no es? Resplandezcan vuestras buenas obras; ó ¿para qué nos llama el Señor luz de la tierra[115]? ¿Para qué nos compara á ciudad puesta en el monte, si nos sumimos y lucir no queremos en las tinieblas? Si abscondiéredes debajo del celemín la candela de vuestra virtud, forzoso será quedaros á escuras, y de fuerza estropezarán en vosotras diversas gentes.
»Las obras de buen ejemplo, estas son las que nos hacen lumbreras del mundo; que el bien entero y cabal no apetece lo escuro, antes se goza en ser visto, y en ser demostrado se alegra. Á la castidad cristiana no le basta ser casta, sino parecer también que lo es; porque ha de ser tan cumplida, que del ánima mane al vestido, y del secreto de la conciencia salga á la sobrehaz para que se vean sus alhajas de fuera, y sean cual convienen ser para conservar perpetuamente la fe.
»Porque conviene mucho que desechemos los regalos muelles, porque su blandura y demasía excesiva afeminan la fortaleza de la fe y la enflaquecen. Que cierto no sé yo si la mano acostumbrada á vestirse del guante sufrirá pasmarse con la dureza de la cadena, ni sé si la pierna hecha al calzado bordado consentirá que el cepo la estreche. Temo mucho que el cuello embarazado con los lazos de las esmeraldas y perlas no dé lugar á la espada. Por lo cual, benditas, ensayémonos en lo más áspero, y no sentiremos. Dejemos lo apacible y alegre, y luego nos dejará su deseo. Estemos aprestadas para cualquier suceso duro, sin tener cosa que temamos perder; que estas cosas ligaduras son que detienen nuestra esperanza. Desechemos las galas del suelo si deseamos las celestiales. No améis el oro, que fué materia del primer pecado del pueblo de Dios[116]. Obligadas estáis á aborrecer lo que fué perdición de aquella gente; lo que apartándose de Dios, adoró; y aun ya desde entonces el oro es yesca del fuego. Las sienes y frentes de los cristianos en todo tiempo, y en este principalmente, no el oro, sino el hierro, las traspasa y enclava. Las estolas del martirio nos están prestas y á punto. Los ángeles las tienen en las manos para vestírnoslas. Salid, salid aderezadas con los afeites y con los trajes vistosos de los apóstoles. Poneos el blanco de la sencillez, el colorado de la honestidad; alcoholad con la vergüenza los ojos, y con el espíritu modesto y callado. En las orejas poned como arracadas las palabras de Dios. Añudad á vuestros cuellos el yugo de Cristo. Subjetad á vuestros maridos vuestras cabezas, y quedaréis así bien hermosas. Ocupad vuestras manos con la lana, enclavad en vuestra casa los pies, y agradarán más así que si los cercásedes de oro. Vestid seda de bondad, holanda de santidad, púrpura de castidad y pureza, que afeitadas desta manera, será vuestro enamorado el Señor.» Esto es el Tertuliano.
Mas no son necesarios los arroyos, pues tenemos la voz del Espíritu Santo, que por la boca de sus apóstoles San Pedro y San Pablo condena este mal clara y abiertamente. Dice San Pedro[117]:
«Las mujeres estén sujetas á sus maridos, las cuales ni traigan por defuera descubiertos los cabellos, ni se cerquen de oro, ni se adornen con aderezo de vestiduras preciosas, sino su aderezo sea en el hombre interior, que está en el corazón escondido. La entereza y el espíritu quieto y modesto, el cual es de precio en los ojos de Dios; que desta manera en otro tiempo se aderezaban aquellas santas mujeres.»
Y San Pablo escribe semejantemente[118]: «Las mujeres se vistan decentemente, y su aderezo sea modesto y templado, sin cabellos encrespados y sin oro y perlas, y sin vestiduras preciosas, sino cual conviene á las mujeres que han profesado virtud y buenas obras.»
Este, pues, sea su verdadero aderezo, y para lo que toca á la cara, hagan como hacía alguna señora deste reino. Tiendan las manos y reciban en ellas el agua sacada de la tinaja, que con el aguamanil su sirvienta les echare, y llévenla al rostro, y tomen parte della en la boca y laven las encías, y tornen los dedos por los ojos y llévenlos por los oídos, y detrás de los oídos también, y hasta que todo el rostro quede limpio no cesen, y después, dejando el agua, límpiese con un paño áspero, y queden así más hermosas que el sol. Añade:
[Ilustración]
XIII
LA BUENA MUJER HA DE SER DICHA, GLORIA, FELIZ SUERTE Y BENDICIÓN DE SU MARIDO.
_Señalado en las puertas_ _su marido, cuando se asentare_ _con los gobernadores del pueblo._
PROVERBIOS
En las puertas de la ciudad eran antiguamente las plazas, y en las plazas estaban los tribunales y asientos de los jueces y de los que se juntaban para consultar sobre el buen gobierno y regimiento del pueblo. Pues dice que en las plazas y lugares públicos, y adonde quiera que se hiciere junta de hombres principales, el hombre cuya mujer fuere cual es la que aquí se dice, será por ella conocido y señalado y preciado entre todos. Y dice esto Salomón, ó en Salomón el Espíritu Santo, no sólo para mostrar cuánto vale la virtud de la buena, pues da honra á sí y ennoblece á su marido, sino para enseñarle en esta virtud de la perfecta casada, de que vamos hablando, que es lo sumo della, y la raya hasta donde ha de llegar, que es el ser corona y luz y bendición y alteza de su marido; pues es así que todos conocen y cantan y reverencian, y tienen por dichoso y bienaventurado al que le ha cabido esta buena suerte; lo uno, por haberle cabido, porque no hay joya ni posesión tan preciada, ni envidiada, como la buena mujer; y lo otro, por haber merecido que le cupiese; porque, así como este bien es precioso y raro, y don propiamente dado de Dios, así no le alcanzan de Dios sino los que, temiéndole y sirviéndole, se lo merecen con señalada virtud. Así lo testifica el mismo Dios en el _Eclesiástico_[119]: «Suerte buena es la mujer buena, y es parte de buen premio de los que sirven á Dios, y será dada al hombre por sus buenas obras.» De arte que el que tiene buena mujer es estimado por dichoso en tenerla, y por virtuoso en haberla merecido tener. De donde se entiende que el carecer deste bien, en muchos es por su culpa dellos. Porque á la verdad, el hombre vicioso y distraído y de _aviesa_[120] y revesada condición, que juega su hacienda, y es un león en su casa, y sigue á rienda suelta la deshonestidad, no espere, ni quiera tener buena mujer; porque ni la merece, ni Dios la quiere á ella tan mal, que la quiera juntar á compañía tan mala, y porque él mismo con su mal ejemplo y vida desvariada la estraga y corrompe. Pero torna Salomón á lo casero de la mujer, y dice:
[Ilustración]
XIV
LA INDUSTRIA Y CUIDADO DE LA BUENA CASADA HAN DE LLEGAR, NO SÓLO Á LO QUE BASTA EN SU CASA, SINO AUN Á LO QUE SOBRA.
_Lienzo tejió y vendiólo;_ _franjas dió al cananeo._
PROVERBIOS
Cananeo llama al mercader y al que decimos cajero, porque los de aquella nación ordinariamente trataban desto, como si dijésemos ahora al portugués. Y va siempre añadiendo una virtud á otra virtud, y lleva poco á poco á su mayor perfección esta pintura que hace, y quiere que la industria y cuidado de la buena casada llegue, no sólo á lo que basta en su casa, sino aun á lo que sobra, y que las sobras las venda, y las convierta en riqueza suya y en arreo y provisión ajena. Y baste lo que ya acerca desto arriba tenemos dicho.
[Ilustración]
[Ilustración]
XV
DE LA TEMPLANZA Y MEDIO QUE HA DE OBSERVAR LA PERFECTA MUJER EN SU CONDICIÓN Y TRATO.
_Fortaleza y buena gracia su vestido,_ _reirá hasta el día postrero._
PROVERBIOS
Aunque esta buena casada ha de ser para mucho, que es lo que aquí Salomón llama fortaleza, no por eso tiene licencia para ser desabrida en la condición, y en su manera y trato desgraciada; sino, como el vestido ciñe y rodea todo el cuerpo, así ella toda y por todas partes ha de andar cercada y como vestida de un valor agraciado y de una gracia valerosa. Quiero decir, que ni la diligencia, ni la vela, ni la asistencia á las cosas de su casa la ha de hacer áspera y terrible, ni menos la buena gracia y la apacible habla, ni el semblante ha de ser muelle, ni desatado. Sino que templando con lo uno lo otro, conserve el medio en ambas á dos cosas, y haga de entrambas una agradable y excelente mezcla. Y no ha de conservar por un día ó por un breve espacio aqueste tenor, sino por toda la vida, hasta el día postrero della. Lo cual es propio de todas las cosas que, ó son virtud ó tienen raíz en la virtud, ser perseverantes y casi perpetuas, y en esto se diferencian de las no tales; que éstas, como nacen de antojo, duran por antojo; pero aquéllas, como se fundan en firme razón, permanecen por luengos tiempos. Y los que han visto alguna mujer de las que se allegan á esta que aquí se dice, podrán haber experimentado lo uno y lo otro. Lo uno, que á todo tiempo y á toda sazón se halla en ella dulce y agradable acogida; lo otro, que esta gracia y dulzura suya no es gracia que desata el corazón del que la ve, ni le enmollece, antes le pone concierto y le es como una ley de virtud, y así le deleita y aficiona, que juntamente le limpia y purifica; y borrando dél las tristezas, lava las torpezas también; y es gracia que aun la engendra en los miradores. Y la fuerza della, y aquello en que propiamente consiste, lo declara más enteramente lo que se sigue:
[Ilustración]
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XVI
CUÁNTO IMPORTA QUE LAS MUJERES NO HABLEN MUCHO Y QUE SEAN APACIBLES Y DE CONDICIÓN SUAVE.
_Su boca abrió en sabiduría,_ _y ley de piedad en su lengua._
PROVERBIOS
Dos cosas hacen y componen este bien de que vamos hablando, razón discreta y habla dulce. Lo primero llama sabiduría, y piedad lo segundo, ó por mejor decir, blandura. Pues entre todas las virtudes sobredichas, ó para decir verdad, sobre todas ellas, la buena mujer se ha de esmerar en esta, que es ser sabia en su razón y apacible y dulce en su hablar. Y podemos decir que con esto lucirá y tendrá como vida todo lo demás de virtud que se pone en esta mujer, y que sin ello quedará todo lo otro como muerto y perdido. Porque una mujer necia y parlera, como lo son de continuo las necias, por más bienes otros que tenga, es intolerable negocio. Y ni más, ni menos la que es brava y de dura y áspera conversación, ni se puede ver, ni sufrir. Y así, podemos decir que todo lo sobredicho hace como el cuerpo desta virtud de la casada que dibujamos; mas esto de ahora es como el alma y es la perfección y el remate y la flor de todo este bien. Y cuanto toca á lo primero, que es cordura y discreción ó sabiduría, como aquí se dice, la que de suyo no la tuviere ó no se la hubiere dado el don de Dios, con dificultad la persuadiremos á que le falta y á que la busque. Porque lo más propio de la necedad es no conocerse y tenerse por sabia.
Y ya que la persuadamos, será mayor dificultad ponerla en el buen saber, porque es cosa que se aprende mal cuando no se aprende en la leche. Y el mejor consejo que les podemos dar á las tales, es rogarles que callen y que ya que son poco sabias, se esfuercen á ser mucho calladas.
Que como dice el Sabio[121]: «Si calla el necio, á las veces será tenido por sabio y cuerdo.» Y podrá ser así, que callando y oyendo, y pensando primero consigo lo que hubieren de hablar, acierten á hablar lo que merezca ser oído. Así que, deste mal esta es la medicina más cierta, aunque ni es bastante medicina, ni fácil.
Mas, como quiera que sea, es justo que se precien de callar todas, así aquellas á quien les conviene encubrir su poco saber, como aquellas que pueden sin vergüenza descubrir lo que saben; porque en todas es, no sólo condición agradable, sino virtud debida, el silencio y el hablar poco.
Y el abrir su boca en sabiduría, que el Sabio aquí dice, es no la abrir sino cuando la necesidad lo pide, que es lo mismo que abrirla templadamente y pocas veces, porque son pocas las que lo pide la necesidad. Porque, así como la naturaleza, como dijimos y diremos, hizo á las mujeres para que encerradas guardasen la casa, así las obliga á que cerrasen la boca; y como las desobligó de los negocios y contrataciones de fuera, así las libertó de lo que se consigue á la contratación, que son las muchas pláticas y palabras. Porque el hablar nace del entender, y las palabras no son sino como imágenes ó señales de lo que el ánimo concibe en sí mismo; por donde, así como á la mujer buena y honesta la naturaleza no la hizo para el estudio de las ciencias, ni para los negocios de dificultades, sino para un solo oficio simple y doméstico; así les limitó el entender, y por consiguiente les tasó las palabras y las razones; y así como es esto lo que su natural de la mujer y su oficio le pide, así por la misma causa es una de las cosas que más bien le está y que mejor le parece.
Y así solía decir Demócrito[122] que el aderezo de la mujer y su hermosura era el hablar escaso y limitado. Porque, como en el rostro la hermosura dél consiste en que se respondan entre sí las facciones, así la hermosura de la vida no es otra cosa sino el obrar cada uno conforme á lo que su naturaleza y oficio le pide.
El estado de la mujer, en comparación del marido, es estado humilde, y es como dote natural de las mujeres la mesura y vergüenza, y ninguna cosa hay que se compadezca menos, ó que desdiga más, de lo humilde y vergonzoso, que lo hablador y lo parlero.
Cuenta Plutarco[123] que Fidias, escultor noble, hizo á los elienses una imagen de Venus que afirmaba los pies sobre una tortuga, que es un animal mudo y que nunca desampara su concha; dando á entender que las mujeres por la misma manera han de guardar siempre la casa y el silencio. Porque verdaderamente el saber callar es su sabiduría propia y aquella de quien habla aquí Salomón, aunque para aprendida es muy dificultosa á aquellas que de su cosecha no la tienen, como decíamos. Y esto cuanto á lo primero. Mas lo segundo, que toca á la aspereza y desgracia de la condición, que por la mayor parte nace más de la voluntad viciosa que de naturaleza errada, es enfermedad más curable.
Y deben advertir mucho en ello las buenas mujeres; porque, si bien se mira, no sé yo si hay cosa más mostruosa y que más disuene de lo que es, que ser una mujer áspera y brava. La aspereza hízose para el linaje de los leones ó de los tigres, y aun los varones, por su compostura natural y por el peso de los negocios en que de ordinario se ocupan, tienen licencia para ser algo ásperos. Y el sobrecejo y el ceño y la esquivez en ellos está bien á las veces; mas la mujer, si es leona, ¿qué le queda de mujer? Mire su hechura toda, y verá que nació para piedad.
Y como á las onzas las uñas agudas y los dientes largos y la boca fiera y los ojos sangrientos las convidan á crudeza, así á ella la figura apacible de toda su disposición la obliga á que no sea el ánimo menos mesurado que el cuerpo parece blando.