Part 7
»Tales, pues, me parecen á mí las mujeres que se visten de oro y se componen los rizos, y se untan las mejillas y se pintan los ojos y se tiñen los cabellos, y que ponen toda su mala arte en este aderezo muelle y demasiado, y que adornan este muro de carne, y hacen verdaderamente como en Egipto, para atraer á sí á los desventurados amantes. Porque si alguno levantase el velo del templo, digo si apartase las tocas, la tintura, el bordado, el oro, el afeite, esto es, el velo y la cobertura compuesta de todas aquestas cosas, por ver si hallaría dentro lo que de veras es hermoso, abominaríalas, á lo que yo entiendo, sin duda. Porque no hallara en su secreto dellas por moradora, según que era justo, á la imagen de Dios, que es lo digno de precio; mas hallara que en su lugar ocupa una fornicaria y una adúltera lo secreto del alma, y averiguara que es verdadera fiera, mona con albayalde afeitada ó sierpe engañosa, que, tragando lo que es de razón en el hombre por medio del deseo del vano aplacer, tienen el alma por cueva; adonde mezclando toda su ponzoña mortal, y rebosando el tóxico de su engaño y error, trueca á la mujer en ramera aqueste dragón alcahuete, porque el darse el afeite, de ramera es, y no de buena mujer, como claramente se ve; porque las que con esto tienen cuenta, no la tienen jamás con sus casas. Su cuenta es desenlazar las bolsas de sus maridos, y el consumirles las haciendas en sus vanos antojos, y para que testifiquen muchos que parecen hermosas, el ocuparse asentadas todos los días al arte del afeitarse con personas alquiladas á ello. Así que, procuran de guisar bien su carne, como cosa desabrida y de mala vista; y entre día por el afeite se están deshaciendo en su casa, con temor que no se les eche ver que es postiza la flor; mas venida la tarde, como de cueva, luego se hace afuera aquesta adulterada hermosura, á quien ayuda entonces, para ser tenida en algo, la embriaguez y la falta de luz. Menandro el poeta lanza de su casa á la mujer que se enrubia y dice:
»Vé fuera desta casa; que la buena »no trata de hacer rubios los cabellos.
»Y no dice que se barnizaba la cara, ni menos que se pintaba los ojos. Mas las miserables no ven que con añadir lo postizo destruyen lo hermoso, natural y propio, y no ven que matizándose cada día, y estirándose el cuerpo y emplastándose con mezclas diversas secan el cuerpo y consumen la carne, y con el exceso de los corrosivos marchitan la flor propia, y así vienen á tornarse amarillas y á hacerse dispuestas y fáciles á que la enfermedad se las lleve, por tener con los afeites la carne que sobrepintan gastada, y vienen á deshonrar al Fabricador de los hombres, como á quien no repartió la hermosura como debía; y son con razón inútiles para cuidar por su casa, porque son como cosas pintadas, asentadas para no más de ser vistas, y no hechas para ser caseras cuidadosas. Por lo cual, aquella bien considerada mujer, acerca del poeta cómico, dice:
--»¿Qué hecho podremos hacer las mujeres que de precio sea ó de valor, pues repintándonos y enfloreciéndonos cada día, borramos de nosotras mismas la imagen de las mujeres valerosas, y no servimos sino de trastos de casa y de estropiezos para los maridos y de afrenta de nuestros hijos?--
»Y asimismo Antífanes, escritor también de comedias[77], mofa de aquesta perdición de mujeres, poniendo las palabras que convienen á lo que comúnmente todas hacen, y dice:
--»Llega, pasa, torna, no se pasa, viene, pára, límpiase, revuelve, relímpiase, péinase, sacúdese, friégase, lávase, espéjase, vístese, almízclase, aderézase, rocíase con colores, y al fin si hay algo que no, ahógase y mátase.--
»Merecedoras, no de una, sino de doscientas mil muertes, que se coloran con las _freces_[78] del crocodilo, y se untan con la espuma de la hediondez y que para las _abéñolas_[79] hacen hollín y albayalde para embarnizar las mejillas.
»Pues las que así enfadan á los poetas gentiles, la verdad, ¿cómo no las desechará y condenará? Pues Alexi, otro cómico, ¿qué dice dellas, reprendiéndolas? Que pondré lo que dijo, procurando avergonzar con la curiosidad de sus razones su desvergüenza perpetua, sino que no pudo llegar á tanto su buen decir, y verdaderamente que yo me avergonzaría, si pudiese defenderlas con alguna buena razón, de que las tratase así la comedia. Pues dice:
--»Demás desto, acaban á sus maridos, porque su primero y principal cuidado es el sacarles algo, y el pelar á los tristes mezquinos; esta es su obra, y todas las demás en su comparación les son accesorias. ¿Es por ventura alguna dellas pequeña?, embute los chapines de corcho; ¿es otra muy luenga?, trae una suela sencilla; y anda la cabeza metida en los hombros; y hurta esto al altor[80]; ¿es falta de carnes?, afórrase de manera que todos dicen que no hay más que pedir; ¿crece en barriga?, estréchase con fajas, como si _tranzase_[81] el cabello, con que va derecha y _cenceña_[82]; ¿sumida de vientre?, como con puntales hace la ropa adelante; ¿es bermeja de cejas?, encúbrelas con hollín; ¿es acaso morena?, anda luego el albayalde por alto; ¿es demasiadamente muy blanca?, friégase con la tez del humero; ¿tiene algo que sea hermoso?, siempre lo trae descubierto; pues que si los dientes son buenos, forzoso es que se ande riendo. Y para que vean todos que tiene gentil boca, aunque no esté alegre, todo el santo día se ríe, y trae entre los dientes siempre algún palillo de murta delgado, para que, quiera que no, en todos tiempos esté abierta la boca.--
»Esto he alegado de las letras profanas, como para remedio contra este mal artificio y deseo excesivo del afeite, porque Dios procura nuestra salud por todas las vías posibles; mas luego apretaré con las letras sagradas, que al malo público natural es apartarse de aquello en que peca, siendo reprehendido por la vergüenza que padece.
»Pues así como los ojos vendados ó la mano envuelta en emplastos, á quien lo ve hace indicio de enfermedad, así el color postizo y los afeites de fuera dan á entender que el alma en lo de dentro está enferma.
»Amonesta nuestro divino Ayo y Maestro que no lleguemos al río ajeno, figurando por el río ajeno la mujer destemplada y deshonesta, que corre para todos, y que para el deleite de todos se derrama con posturas lascivas.
--»Contiénete, dice[83], del agua ajena, y de la fuente ajena no bebas;--amonestándonos que huyamos la corriente de semejante deleite, si queremos vivir luengamente, porque el hacerlo así añade años de vida.
»Grandes vicios son los de comer y beber; pero no tan grandes, con mucha parte, como la afición excesiva del aderezo y afeite; para satisfacer el gusto, la mesa llena basta, y la taza abundante; mas á las aficionadas á los oros, á los carmesíes y á las piedras preciosas, no les es suficiente ni el oro que hay sobre la tierra ó en sus entrañas della, ni la mar de Tiro, ni lo que viene de Etiopía, ni el río Pactolo, que corre oro, ni aunque se transformen en Midas, quedarán satisfechas algunas dellas, sino pobres siempre y deseando más siempre, aparejadas á morir con el haber.
»Y si es la riqueza ciega, como de veras lo es, las que tienen puesta en ella toda su afición y sus ojos, ¿cómo no serán ciegas? Y es que, como no ponen término á su mala codicia, vienen á dar en licencia desvergonzada, porque les es necesario el teatro y la procesión y la muchedumbre de los miradores, y el vaguear por las iglesias y el detenerse en las calles para ser contempladas de todos, porque cierto es que se aderezan para contentar á los otros.
»Dice Dios, por Hieremías[84]:
--»Aunque te rodees de púrpura y te enjoyes con oro y te pintes los ojos con alcohol, vana es tu hermosura.--
»Mas ¿qué desconcierto tan grande que el caballo y el pájaro y todos los demás animales de la hierba y del prado salgan alindados cada uno con su propio aderezo, el caballo con crines, el pájaro con pinturas diversas, y todos con su color natural, y que la mujer, como de peor condición que las bestias, se tenga á sí misma en tanto grado por fea, que haya menester hermosura postiza, comprada y sobrepuesta?
»Preciadoras de lo hermoso del rostro, y no cuidadosas de lo feo del corazón; porque sin duda, como el hierro en la cara del esclavo muestra que es fugitivo, así las floridas pinturas del rostro son señal y pregón de ramera. Porque los volantes y las diferencias de los tocados, y las invenciones del coger los cabellos, y los visajes que hacen dellos, que no tienen número, y los espejos costosos, á quien se aderezan, para cazar á los que, á manera de niños ignorantes hincan los ojos en las buenas figuras, cosas son de mujeres _raídas_[85], y tales, que no se engañará quien peor las nombrare, transformadoras de sus caras en máscaras.
»Dios nos avisa que no atendamos á lo que parece, sino á lo que se encubre[86]; porque es lo que se ve temporal, y lo que no, sempiterno; y ellas locamente inventan espejos, adonde, como si fuera alguna cosa loable, se vea artificiosa figura, á cuyo engaño le venía mejor la cubierta y el velo. Que, como cuenta la fábula, á Narciso no le fué útil el haber contemplado su rostro. Y si veda Moisén[87] á los hombres que no hagan alguna imagen, compitiendo en el arte con Dios, ¿cómo les será á las mujeres lícito en sus mismas caras formar nuevos gestos en revocación de lo hecho?
»Al profeta Samuel cuando Dios le envió á ungir un rey á uno de los hijos de José, paresciéndole que el más anciano dellos era hermoso y dispuesto, y queriéndole ungir, díjole Dios:
--»No mires á su rostro ni atiendas á su buena disposición de ese hombre que le tengo desechado; que el hombre mira á los ojos y Dios tiene cuenta con el corazón[88].--
»Y así, el Profeta no ungió al hermoso de cuerpo, sino consagró al hermoso de ánimo. Pues si la belleza de cuerpo, aun aquella que es natural, tiene Dios en tanto menos que la belleza del alma, ¿que juzgará de la postiza y fingida el que todo lo falso desecha y aborrece?
»En fe caminamos, y no en lo que es evidente á la vista[89]. Manifiestamente nos enseñó en Abraham el Señor que ha de menospreciar quien le siguiere la parentela, la tierra, la hacienda y riquezas y bienes visibles[90]. Hízole peregrino, y luego que despreció su natural y el bien que se veía, le llamó amigo suyo; y era Abraham noble en tierra y muy abundante en riqueza, que, como se lee[91], cuando venció á los reyes que prendieron á Lot, armó de sola su casa trescientas y diez y ocho personas.
»Sola es Ester la que hallamos[92] haberse aderezado sin culpa, porque se hermoseó con misterio y para el rey, su marido; demás de que aquella su hermosura fué rescate de toda una gente condenada á la muerte; y así, lo que se concluye de todo lo dicho es, que el afeitarse y el hermosearse, á las mujeres hace rameras y á los hombres hace afeminados, y adúlteros, como el poeta trágico lo dió bien á entender cuando dijo:
»De Frigia vino á Esparta el que juzgara, »según lo dice el cuento de los griegos, »las diosas; hermosísimo en vestido, »en oro reluciente, y rodeado »de traje barbaresco y peregrino. »Amó, y partióse así, llevando hurtada »á quien también le amaba, al monte de Ida, »estando Menelao de casa ausente.
»¡Oh belleza adúltera! El aderezo bárbaro trastornó á toda Grecia. Á la honestidad de Lacedemonia corrompió la vestidura, la policía y el rostro. El ornamento excesivo y peregrino hizo ramera á la hija de Júpiter.
»Mas en aquellos no fué gran maravilla, que no tuvieron maestro que les cercenase los deseos viciosos, ni menos quien les dijese: «No fornicarás, ni desearás fornicar;» que es decir: No caminarás al _fornicio_[93] con el deseo, ni encenderás su apetito con el afeite, ni con el exceso del aderezo demasiado.»
Hasta aquí son palabras de San Clemente. Y Tertuliano, varón doctísimo y vecino á los apóstoles, dice[94]:
«Vosotras tenéis obligación de agradar á solos vuestros maridos. Tanto más los agradaréis á ellos, cuanto menos procuráredes parecer bien á los otros. Estad seguras. Ninguna á su marido le es fea; cuando la escogió se agradó porque ó sus costumbres ó su figura se la hicieron amable. No piense ninguna que si se compone templadamente la aborrecerá ó desechará su marido, que todos los maridos apetecen lo casto. El marido cristiano no hace caso de la buena figura, porque no se ceba de lo que los gentiles se ceban; el gentil en ser cosa nuestra la tiene por sospechosa, por el mal que de nosotras juzga. Pues dime, tu belleza ¿para quién la aderezas, si ni el gentil la cree, ni el cristiano la pide? ¿Para qué te desentrañas por agradar al receloso ó al no deseoso? Y no digo esto por induciros á que seáis algunas desaliñadas y fieras, ni os persuado el desaseo, sino dígoos lo que pide la honestidad, el modo, el punto, la templanza con que aderezareis vuestro cuerpo. No habéis de exceder de lo que al aderezo simple y limpio se debe, de lo que agrada al Señor; porque sin duda le ofenden las que se untan con unciones de afeites el rostro, las que manchan con arrebol las mejillas, las que con hollín alcoholan los ojos; porque sin duda les desagrada lo que Dios hace, y arguyen en sí mismas de falta á la obra divina, reprehenden al Artífice que á todos nos hizo. Reprehéndenle, pues le enmiendan, pues le añaden. Que estas añadiduras tómanlas del contrario de Dios, esto es, del demonio, porque ¿quién otro será maestro de mudar la figura del cuerpo, sino el que transformó en malicia la imagen del alma? Él sin duda es el que compuso este artificio, para en nosotros poner en Dios las manos en cierta manera.
»Lo con que se nace, obra de Dios es; lo que se finge y _artiza_[95], obra será del demonio. Pues ¿qué maldad, á la obra de Dios sobreponer lo que ingenia el demonio? Nuestros criados no toman ni prestado de los que nos son enemigos; el buen soldado no desea mercedes del que á su capitán es contrario, que es aleve encargarse del enemigo de aquel á quien sirve, y recebir ayuda y favor de aquel malo el cristiano, si ya le llamo bien con tal nombre, si es ya Cristo. Porque más es de aquel cuyas enseñanzas aprende.
»Mas ¡cuán ajena cosa es de la enseñanza cristiana de lo que profesáis en la fe! ¡Cuán indigno del nombre de Cristo traer cara postiza, las que se os mandó que en todo guardéis sencillez; mentir con el rostro, las que se os veda mentir con la lengua; apetecer lo que no se os da, las que os debéis abstener de lo ajeno; buscar el parecer bien, las que tenéis la honestidad por oficio! Creedme, benditas; mal guardaréis lo que Dios os manda, pues no conserváis las figuras que os pone. Y aun hay quien con azafrán muda de su color los cabellos. Afréntanse de su nación; duélense por no haber nacido alemanas ó inglesas, y así procuran desnaturalizarse en el cabello siquiera. Mal agüero se hacen colorando su cabeza de fuego. Persuádense que les está bien lo que ensucian. Ó cierto, las cabezas mismas padecen daño con la fuerza de las lejías. Y cualquier agua, aunque sea pura, acostumbrada en la cabeza, destruye el cerebro, y más el ardor del sol con que secan el cabello y le avivan. ¿Qué hermosura puede haber en daño semejante, ó qué belleza en una suciedad tan enorme? Poner la cristiana en su cabeza azafrán, es como ponerlo al ídolo en el altar; porque en todo lo que se ofrece á los espíritus malos, sacados los usos necesarios y saludables á que Dios lo ordenó, el usar dello puede ser habido por cultura de ídolos.
»Mas dice el Señor[96]: «¿Quién de vosotras puede mudar su cabello ó de negro en blanco ó de blanco en negro?» ¿Quién? Estas que desmienten á Dios. Veis, dicen, en lugar de hacerle de negro blanco, le hacemos rubio, que es mudanza más fácil. Demás de que también procuran de mudarle de blanco en negro las que les pesa de haber llegado á ser viejas. ¡Oh desatino, oh locura, que se tiene por vergonzosa la edad deseada, que no se absconde el deseo de hurtar de los años, que se desea la edad pecadora, que se repara y se remedia la ocasión del mal hacer! ¡Dios os libre, á las que sois hijas de la sabiduría, de tan grande necedad! La vejez se descubre más cuando más se procura encubrir. ¿Esa debe de ser sin duda la eternidad que se nos promete, traer moza la cabeza? ¿Esa la incorruptibilidad de que nos vestiremos en la casa de Dios, la que da la inocencia? Bien os dais priesa al Señor, bien os apresuráis por salir deste malvado siglo las que tenéis por feo el estar vecinas á la salida. Á lo menos decidme, ¿de qué os sirve esta pesadumbre de aderezar la cabeza? ¿Por qué no se les permite que reposen á vuestros cabellos, ya trenzados, ya sueltos, ya derramados, ya levantados en alto? Unas gustan de recogerlos en trenzas, otras los dejan andar sin orden y que vuelen ligeros con sencillez nada buena; otras, demás desto, les añadís y apegáis no sé qué monstruosas demasías de cabellos postizos, formados á veces como _chapeo_[97], ó como vaina de la cabeza, ó como cobertera de vuestra mollera, á veces echados á las espaldas, ó sobre la cerviz empinados. ¡Maravilla es cuánto procuráis estrellaros con Dios, contradecir sus sentencias! Sentenciado está[98] que «ninguno pueda acrecentar su estatura.» Vosotras, si no á la estatura, á lo menos añadís al peso, poniendo también sobre vuestras caras y cuellos no sé qué costras de saliva y de masa. Si no os avergonzáis de una cosa tan desmedida, avergonzaos siquiera de una cosa tan sucia. No pongáis, como iguales, sobre vuestra cabeza santa y cristiana los despojos de otra cabeza por ventura sucia, por ventura criminosa y ordenada al infierno. Antes alanzad de vuestra cabeza libre esa como postura servil. En balde os trabajáis por parecer bien tocadas, en balde os servís en el cabello de los maestros que mejor lo aderezan, que el Señor manda que lo cubráis[99]. Y creo que lo mandó porque algunas de vuestras cabezas jamás fuesen vistas. Plega á él que yo, el más miserable de todos, en aquel público y alegre día del regocijo cristiano alce la cabeza, siquiera puesto á vuestros pies, que entonces veré si resucitáis con albayalde, con colorado, con azafrán, con esos rodetes de la cabeza, y veré si á la que saliere así pintada la subirán los ángeles en las nubes al recibimiento de Cristo. Si son estas cosas buenas, si son de Dios, también entonces se vendrán á los cuerpos y resucitarán, y cada una conocerá su lugar. Pero no resucitarán más de la carne y el espíritu puros. Luego las cosas que ni resucitarán con el espíritu, ni con la carne, porque no son de Dios, condenadas cosas son. Absteneos, pues, de lo que es condenado. Tales os vea Dios ahora cuales os ha de ver entonces.
»Mas diréis que yo, como varón y como de linaje contrario, vedo lo lícito á las mujeres, como si permitiese yo algo desto á los hombres. ¿Por ventura el temor de Dios y el respeto de la gravedad que se debe, no quita muchas cosas á los varones también? Porque sin ninguna duda, así á los varones por causa de las mujeres, como á las mujeres por contemplación de los hombres, les nace de su naturaleza viciosa el deseo de bien parecer. Que también nuestro linaje sabe hacer sus embustes: sabe _atusarse_[100] la barba, entresacarla, ordenar el cabello, componerle, dar color á las canas, y quitar, luego que comienza á nacer, el vello del cuerpo, pintarle en partes con afeites afeminados, y en partes alisarle con polvos de cierta manera; sabe consultar el espejo en cualquiera ocasión, ó mirarse en él con cuidado.
»Mas la verdad es que el conocimiento que ya profesamos de Dios, y el despojo del desear aplacer, y la pausa que prometemos de los excesos viciosos, huye destas cosas todas, que en sí no son de fruto, y á la honestidad hacen notable daño. Porque adonde Dios está, allí está la limpieza, y con ella la gravedad, ayudadora y compañera suya. Pues ¿cómo seremos honestos si no curamos de lo que sirve á la honestidad como propio instrumento, que es el ser graves? Ó ¿cómo conservaremos la gravedad, maestra de lo honesto y de lo casto, si no guardamos lo severo ansí en la cara como en el aderezo, como en todo lo que en nuestro cuerpo se ve? Por lo cual también en los vestidos poned tasa con diligencia, y desechad de vosotras y dellos las galas demasiadas; porque ¿qué sirve traer el rostro honesto y aderezado con la sencillez que pide nuestra profesión y doctrina, y lo demás del cuerpo rodeado de esas burlerías de ropas agironadas y pomposas y regaladas? Que fácil es de ver cuán junta anda esa pompa con la lascivia, y cuán apartada de las reglas honestas, pues ofrece al apetito de todos la gracia del rostro, ayudada con el buen atavío; tanto, que si esto falta, no agrada aquello, y queda como descompuesto y perdido. Y al revés, cuando la belleza del rostro falta, el lucido traje cuasi suple por ella. Aun á las edades quietas ya y metidas en el puerto de la templanza, las galas de los vestidos lucidos y ricos las sacan de sus casillas, é inquietan con ruines deseos su madurez grave y severa, pensando más el sainete del traje, que la frialdad de los años.