Part 4
Abraham, hombre riquísimo y padre de toda la verdadera nobleza, rompió los campos[38], y David, rey invencible y glorioso, no sólo antes del reino apascentó las ovejas[39], pero después de rey, los pechos de que se mantenía eran sus labranzas y sus ganados. Y de los romanos, señores del mundo, sabemos que del arado iban al consulado, que es decir al mando y gobierno de toda la tierra, y volvían del consulado al arado[40]. Y si no fuera esta vida de nobles, y no sólo usada y tratada por ellos, sino también debida y conveniente á los mismos, nunca el poeta Homero en su poesía, que fué imagen viva de lo que á cada una persona y estado convino, introdujera á Elena, reina noble, que cuando salió á ver á Telémaco asentada en su cadira[41], una doncella suya le pone al lado en un rico canastillo copos de lana ya puestos á punto para hilar, y husadas ya hiladas, y la rueca para que hilase[42]. Ni en el palacio de Alcinoo, príncipe de su pueblo riquísimo, de cien damas que tenía en su servicio, hiciera, como hace, hilanderas á las cincuenta[43]. Y la tela de Penélope, princesa de Ítaca, y su tejer y destejer[44], no la fingiera el juicio de un tan grande poeta, si la tela y el urdir fuera ajeno de las mujeres principales. Y Plutarco[45] escribe que en Roma á todas las mujeres, por mayores que fuesen, cuando se casaban y cuando las llevaba el marido á su casa, á la primera entrada della y como en el umbral, les tenía, como por ceremonia necesaria, puesta una rueca para que lo que primero viesen al entrar de su casa les fuese aviso de aquello en que se habían de emplear en ella siempre.
[Ilustración: Fases de la vida de la mujer
La boda]
Pero ¿qué es menester traer ejemplos tan pasados y antiguos, y poner delante los ojos lo que, de muy apartado, cuasi se pierde de vista? Sin salir de nuestras casas, dentro de España, y casi en la edad de nuestros abuelos, hallamos claros ejemplos desta virtud, como de la reina católica doña Isabel, princesa bienaventurada, se lee. Y si las que se tienen ahora por tales, y se llaman duquesas y reinas, no se persuaden bien por razón, hagan experiencia dello por algún breve tiempo, y tomen la rueca y armen los dedos con la aguja y dedal, cercadas de sus damas, y en medio dellas hagan labores ricas con ellas, y engañen algo de la noche con este ejercicio, y húrtense al vicioso sueño, para entender en él, y ocupen los pensamientos mozos de sus doncellas en estas haciendas, y hagan que, animadas con el ejemplo de la señora, contiendan todas entre sí, procurando de aventajarse en el ser hacendosas; y cuando por el aderezo ó provisión de sus personas y casas no les fuere necesaria aquesta labor (aunque ninguna casa hay tan grande ni tan real, adonde semejantes obras no traigan honra y provecho), pero cuando no para sí, háganlo para remedio y abrigo de cien pobrezas y de mil necesidades ajenas. Así que, traten las duquesas y las reinas el lino y labren la seda, y den tarea á sus damas, y pruébense con ellas en estos oficios, y pongan en estado y honra aquesta virtud; que yo me hago valiente de alcanzar del mundo que las loe, y de sus maridos, los duques y reyes, que las precien por ello y que las estimen y aun acabaré con ellos que en pago deste cuidado las absuelvan de otros mil importunos y memorables trabajos con que atormentan sus cuerpos y rostros, y que las excusen y libren del leer en los libros de caballerías, y del traer el soneto y la canción en el seno, y del billete y del donaire de los recaudos, y del terrero[46] y del sarao, y de otras cien cosas deste jaez, aunque nunca las hagan. Por manera que la buena casada en este artículo de que vamos hablando, de ser hacendosa y casera, ha de ser ó labradora en la forma que dicho es, ó semejante á labradora todo cuanto pudiere. Y porque del ser hacendosa decíamos que era la primera parte ser aprovechada, y que por esta causa Salomón no dijo que el marido le compraba lino á esta mujer, sino que ella lo buscaba y compraba, es de advertir lo que en esto acontece, que algunas, ya que se disponen á ser hacendosas, por faltarles esta parte de aprovechadas, son más caras y más costosas labrando, que antes eran desaprovechadas holgando; porque cuanto hacen y labran ha de venir todo de casa del joyero y del mercader, ó fiado, comprado á mayores precios, y quiere la ventura después que, habiendo venido mucho del oro y mucha de la seda y aljófar, pára todo el artificio y trabajo en un arañuelo[47] de pájaros ó en otra cosa semejante de aire. Pues á estas tales mándenles sus maridos que descansen y huelguen, ó ellas lo harán sin que se lo manden porque muy menos malas son para el sueño, que para el trabajo y la vela; que lo casero y lo hacendoso de una buena mujer, gran parte dello consiste en que ninguna cosa de su casa quede desaprovechada, sino que todo cobre valor, y crezca en sus manos, y que, como sin saber de qué, se haga rica y saque tesoro, á manera de decir, de entre las barreduras de su portal. Y si el descender á cosas menudas no fuera hacer particular esta doctrina, que el Espíritu Santo quiso que fuese general y común, yo trujera ahora á vuestra merced por toda su casa, y en cada uno de los rincones della le dijera lo que hay de provecho; mas vuestra merced lo sabe bien y lo hace mejor, y las que se aplican á esta virtud, de sí mismas lo entienden; como al revés, las que son perdidas y desaprovechadas, por más que se les diga, nunca lo aprenden. Pero veamos lo que después de aquesto se sigue.
[Ilustración]
VI
DECLÁRASE QUÉ ES SER MUJER CASERA, Y DEL MODO QUE DEBE ACRESCENTAR LA HACIENDA.
_Fué como navío de mercader,_ _que de lueñe[48] trae su pan._
PROVERBIOS
Pan llama la Sagrada Escritura á todo aquello que pertenesce y ayuda á la provisión de nuestra vida. Pues compara á esta su casada, Salomón, á un navío de mercader bastecido y rico. En lo cual hermosa y eficazmente da á entender la obra y el provecho desto que tratamos y llamamos casero y hacendoso en la mujer. La nao, lo uno corre la mar por diversas partes, pasa muchos senos, toca en diferentes tierras y provincias, y en cada una dellas coge lo que en ellas hay bueno y barato, y con sólo tomarlo en sí y pasarlo á su tierra, le da mayor precio y dobla y tresdobla la ganancia. Demás desto, la riqueza que cabe en una nao y la mercadería que abarca, no es riqueza la que basta á un hombre solo ó á un género de gente particular, sino es provisión entera para una ciudad, y para todas las diferencias de gentes que hay en ella trae lienzos y sedas y brocados, y piedras ricas, y obras de oficiales hermosas, y de todo género de bastimento; y de todo gran copia. Pues esto mismo acontece á la mujer casera, que como la nave corre por diversas tierras buscando ganancia, así ella ha de rodear de su casa todos los rincones, y recoger todo lo que pareciere estar perdido en ellos, y convertirlo en utilidad y provecho, y tentar la diligencia de su industria, y como hacer prueba della, así en lo menudo como en lo granado. Y como el que navega á las Indias, de las agujas que lleva y de los alfileres y de otras cosas de aqueste jaez, que acá valen poco y los indios las estiman en mucho, trae rico oro y piedras preciosas; así esta nave que vamos pintando ha de convertir en riqueza lo que pareciere más desechado, y convertirlo sin parecer que hace algo en ello, sino con tomarlo en la mano y tocarlo, como hace la nave, que sin parecer que se menea, nunca descansa, y cuando los otros duermen, navega ella, y acrescienta con sólo mudar el aire el valor de lo que recibe; y así la hacendosa mujer, estando asentada no pára, durmiendo vela, y ociosa trabaja, y cuasi sin sentir cómo ó de qué manera, se hace rica. Visto habrá vuestra merced alguna mujer como ésta, y dentro de su casa debe haber no pequeño ejemplo de aquesta virtud. Pero si no quiere acordarse de sí, y quiere ver con cuánta propiedad y verdad es nao la casera, ponga delante los ojos una mujer que rodea su casa, y que de lo que en ella parece perdido hace dinero, y compra lana y lino, y junto con sus criadas lo adereza y lo labra, y verá que, estándose sentada con sus mujeres, volteando el huso en la mano, y contando consejas (como la nave, que sin parecer que se muda, va navegando, y pasando un día y sucediendo otro, y viniendo las noches y amanesciendo las mañanas y corriendo, como sin menearse, la obra), se teje la tela y se labra el paño, y se acaban las ricas labores, y cuando menos pensamos, llenas las velas de prosperidad, entra esta nuestra nave en el puerto y comienza á desplegar sus riquezas, y sale de allí el abrigo para los criados, y el vestido para los hijos, y las galas suyas, y los arreos para su marido, y las camas ricamente labradas, y los atavíos para las paredes y salas, y los labrados hermosos, y el abastecimiento de todas las alhajas de casa, que es un tesoro sin suelo. Y dice Salomón que trae esta nave _de lueñe_ pan, porque si vuestra merced coteja el principio desta obra con el fin della, y mide bien los caminos por donde se viene á este puerto, apenas alcanzará cómo se pudo llegar á él, ni cómo fué posible de tan delgados y apartados principios venirse á hacer después un caudaloso río. Mas pasemos á lo que después desto se sigue.
[Ilustración]
VII
PONDÉRASE LA OBLIGACIÓN DE MADRUGAR EN LAS CASADAS, Y SE PERSUADE Á ELLO CON UNA HERMOSA DESCRIPCIÓN DE LAS DELICIAS QUE SUELE TRAER CONSIGO LA MAÑANA. AVÍSASE TAMBIÉN QUE EL LEVANTARSE TEMPRANO DE LA CAMA HA DE SER PARA ARREGLAR Á LOS CRIADOS Y PROVEER Á LA FAMILIA.
_Madrugó y repartió á sus gañanes_[49] _las raciones, la tarea á sus mozas._
PROVERBIOS
Es, como habemos dicho, esta casada que pinta aquí y pone por ejemplo de las buenas casadas el Espíritu Santo, mujer de un hombre de los que viven de labranza. Y la razón por qué pone por dechado á una mujer desta suerte, y no de las otras maneras, también está dicha. Pues como en las casas semejantes la familia que ha de ir á las cosas del campo es menester que madrugue muy de mañana, y porque no vuelve á casa hasta la noche, es menester también que lleve consigo la provisión de comida y almuerzo, y que se les reparta á cada uno, así la ración de su mantenimiento, como las obras y haciendas en que han de emplear su trabajo aquel día; pues como esto sea así, dice Salomón que su buena casada no encomendó este cuidado á alguna de sus sirvientas y se quedó ella regalando con el sueño de la mañana descuidadamente en su cama; sino que se levantó la primera, y que ganó por la mano al lucero, y amanesció ella antes que el sol, y por sí misma, y no por mano ajena, proveyó á su gente y familia, así en lo que habían de hacer, como en lo que habían de comer. En lo cual enseña y manda á las que son desta suerte, que lo hagan así, y á las que son de suertes diferentes, que usen de la misma vela y diligencia. Porque, aunque no tengan gañanes, ni obreros que enviar al campo, tienen cada una en su suerte y estado otras cosas que son como estas, y que tocan al buen gobierno y provisión de su casa, ordinario y de cada día, que las obligan á que despierten y se levanten y pongan en ello su cuidado y sus manos. Y así, con estas palabras dichas y entendidas generalmente, avisa de dos cosas el Espíritu Santo, y añade como dos nuevos colores de perfección y virtud á esta mujer casada que va dibujando. La una es, que sea madrugadora; y la otra, que madrugando, provea ella luego y por sí misma lo que la orden de su casa pide; que ambas á dos son importantísimas cosas. Y digamos de lo primero.
Mucho se engañan los que piensan que mientras ellas, cuya es la casa, y á quien propiamente toca el bien y el mal della, duermen y se descuidan, cuidará y velará la criada, que no le toca y que al fin lo mira todo como ajeno. Porque si el amo duerme, ¿por qué despertará el criado? Y si la señora, que es y ha de ser el ejemplo y la maestra de su familia, y de quien ha de aprender cada una de sus criadas lo que conviene á su oficio, se olvida de todo; por la misma razón, y con mayor razón, los demás serán olvidadizos y dados al sueño. Bien dijo Aristóteles en este mismo propósito[50] que el que no tiene buen dechado no puede ser buen remedador.
No podrá el siervo mirar por la casa si ve que el dueño se descuida della. De manera que ha de madrugar la casada para que madrugue su familia. Porque ha de entender que su casa es un cuerpo, y que ella es el alma dél, y que como los miembros no se mueven si no son movidos del alma, así sus criadas, si no las menea ella y las levanta, y mueve á sus obras, no se sabrán menear. Y cuando las criadas madrugasen por sí, durmiendo su ama y no la teniendo por testigo y por guarda suya, es peor que madruguen, porque entonces la casa por aquel espacio de tiempo es como pueblo sin rey y sin ley, y como comunidad sin cabeza; y no se levantan á servir, sino á robar y destruir, y es el propio tiempo para cuando ellas guardan sus hechos.
Por donde, como en el castillo que está en frontera ó en el lugar que se teme de los enemigos nunca falta la vela, así en la casa bien gobernada, en tanto que están despiertos los enemigos, que son los criados, siempre ha de velar el señor. Es el que ha de ir al lecho el postrero, y el primero que ha de levantarse del lecho. Y la señora y la casada que esto no hiciere, haga el ánimo ancho á su gran desventura, persuadida y cierta que le han de entrar los enemigos el fuerte, y que un día sentirá el daño y otro verá el robo, y de continuo el enojo y el mal recaudo y servicio, y que al mal de la hacienda acompañará también el mal de la honra.
Y como dice Cristo en el Evangelio[51], que mientras el padre de la familia duerme, siembra el enemigo la zizaña; así ella con su descuido y sueño meterá la libertad y la deshonestidad por su casa, que abrirá las puertas y falseará las llaves y quebrantará los candados, y penetrará hasta los postreros secretos, corrompiendo á las criadas, y no parando hasta poner su infición en las hijas; con que la señora que no supo entonces, ni quiso por la mañana despedir de los ojos el sueño, ni dejar de dormir un poco, lastimada y herida en el corazón, pasará en amargos suspiros muchas noches velando. Mas es trabajoso el madrugar y dañoso para la salud. Cuando fuera así, siendo por otra parte tan provechoso y necesario para el buen gobierno de la casa, y tan debido al oficio de la que se llama señora della, se había de posponer aquel daño, porque más debe el hombre á su oficio que á su cuerpo, y mayor dolor y enfermedad es traer de continuo su familia desordenada y perdida, que padescer un poco, ó en el estómago de flaqueza, ó en la cabeza de pesadumbre; pero al revés, el madrugar es tan saludable, que la razón sola de la salud, aunque no despertara el cuidado y obligación de la casa, había de levantar de la cama en amanesciendo á las casadas.
Y guarda en esto Dios, como en todo lo demás, la dulzura y suavidad de su sabio gobierno, en que aquello á que nos obliga es lo mismo que más conviene á nuestra naturaleza y en que recibe por su servicio lo que es nuestro provecho.
Así que, no sólo la casa, sino también la salud, pide á la buena mujer que madrugue. Porque cierto es que es nuestro cuerpo del metal de los otros cuerpos, y que la orden que guarda la naturaleza para el bien y conservación de los demás, esa misma es la que conserva y da salud á los hombres. Pues ¿quién no ve que á aquella hora despierta el mundo todo junto, y que la luz nueva saliendo, abre los ojos de los animales todos, y que si fuese entonces dañoso dejar el sueño, la naturaleza (que en todas las cosas generalmente, y en cada una por sí, esquiva y huye el daño, y sigue y apetece el provecho, ó que, para decir la verdad, es ella eso mismo que á cada una de las cosas conviene y es provechoso) no rompiera tan presto el velo de las tinieblas que nos adormecen, ni sacara por el Oriente los claros rayos del sol, ó si los sacara, no les diera tantas fuerzas para nos despertar? Porque si nos despertase naturalmente la luz, no le cerrarían las ventanas tan diligentemente los que abrazan el sueño. Por manera que la naturaleza, pues nos envía la luz, quiere sin duda que nos despierte. Y pues ella nos despierta, á nuestra salud conviene que despertemos. Y no contradice á esto el uso de las personas que ahora el mundo llama señores, cuyo principal cuidado es vivir para el descanso y regalo del cuerpo, las cuales guardan la cama hasta las doce del día. Antes esta verdad, que se toca con las manos, condena aquel vicio, del cual, ya por nuestros pecados ó por sus pecados de ellos mismos, hacen honra y estado, y ponen parte de su grandeza en no guardar, ni aun en esto, el concierto que Dios les pone. Castigaba bien una persona, que yo conocí, esta torpeza, y nombrábala con su merescido vocablo. Y aunque es tan vil como lo es el hecho, daráme vuestra merced licencia para que lo ponga aquí, porque es palabra que cuadra. Así que, cuando le decía alguno que era estado en los señores este dormir, solía él responder que se erraba la letra, y que por decir establo decían estado.
[Ilustración: Fases de la vida de la mujer
Revelación]
Y ello á la verdad es así, que aquel desconcierto de vida tiene principio y nasce de otro mayor desconcierto, que está en el alma y es causa él también y principio de muchos otros desconciertos torpes y feos. Porque la sangre y los demás humores del cuerpo, con el calor del día y del sueño encendidos demasiadamente y dañados, no solamente corrompen la salud, mas también aficionan é inficionan el corazón feamente.
Y es cosa digna de admiración que siendo estos señores en todo lo demás grandes seguidores, ó por mejor decir, grandes esclavos de su deleite, en esto sólo se olvidan dél, y pierden por un vicioso dormir lo más deleitoso de la vida, que es la mañana. Porque entonces la luz, como viene después de las tinieblas y se halla como después de haber sido perdida, parece ser otra y hiere el corazón del hombre con una nueva alegría, y la vista del cielo entonces, y el colorear de las nubes y el descubrirse el aurora (que no sin causa los poetas[52] la coronan de rosas), y el aparecer la hermosura del sol, es una cosa bellísima. Pues el cantar de las aves, ¿qué duda hay sino que suena entonces más dulcemente, y las flores y las hierbas y el campo, todo despide de sí un tesoro de olor? Y como cuando entra el rey de nuevo en alguna ciudad se adereza y hermosea toda ella, y los ciudadanos hacen entonces plaza y como alarde de sus mejores riquezas; así los animales y la tierra y el aire, y todos los elementos, á la venida del sol se alegran, y como para recibirle, se hermosean y mejoran y ponen en público cada uno sus bienes. Y como los curiosos suelen poner cuidado y trabajo por ver semejantes recibimientos, así los hombres concertados y cuerdos, aun por sólo el gusto, no han de perder esta fiesta que hace toda la naturaleza al sol por las mañanas; porque no es gusto de un solo sentido, sino general contentamiento de todos, porque la vista se deleita con el nascer de la luz y con la figura del aire y con el variar de las nubes; á los oídos las aves hacen agradable armonía; para el oler, el olor que en aquella sazón el campo y las hierbas despiden de sí es olor suavísimo; pues el fresco del aire de entonces templa con grande deleite el humor calentado con el sueño, y cría salud y lava las tristezas del corazón, y no sé en qué manera le despierta á pensamientos divinos antes que se ahogue en los negocios del día.
Pero, si puede tanto con estos hijos de tinieblas el amor dellas, que aun del día hacen noche, y pierden el fruto de la luz con el sueño, y ni el deleite, ni la salud, ni la necesidad y provecho que dicho habemos, son poderosos para los hacer levantar, vuestra merced, que es hija de luz, levántese con ella, y abra la claridad de sus ojos cuando descubriere sus rayos el sol, y con pecho puro levante sus manos limpias al Dador de la luz, ofresciéndole con santas y agradescidas palabras su corazón, y después de hecho esto, y de haber gozado del gusto del nuevo día, vuelta á las cosas de su casa, entienda en su oficio, que es lo otro que pide en esta letra el Espíritu Santo á la buena casada, como fin á quien se ordenó lo primero que habemos dicho del madrugar.
Porque no se entiende que si madruga la casada, ha de ser para que, rodeada de botecillos y arquillas, como hacen algunas, se esté sentada tres horas afilando la ceja y pintando la cara, y negociando con su espejo que mienta y la llame hermosa. Que demás del grave mal que hay en aqueste artificio postizo, del cual se dirá en su lugar, es no conseguir el fin de su diligencia, y es faltar á su casa por ocuparse en cosas tan excusadas, que fuera menos mal el dormir.
Levántese pues, y levantada, gobierne su gente y mire lo que se ha de proveer y hacer aquel día, y á cada uno de sus criados reparta su oficio; y como en la guerra el capitán, cuando ordena por hileras su escuadra, pone á cada un soldado en su propio lugar y le avisa á cada uno que guarde su puesto; así ella ha de repartir á sus criados sus obras y poner orden en todos, en lo cual se encierran grandes provechos, porque lo uno, hácese lo que conviene con tiempo y con gusto; lo otro, para cuando alguna vez acontece que, ó la enfermedad ó la ocupación tiene ausente á la señora, están ya los criados, por el uso, como maestros en todo aquello que deben hacer, y la voz y la orden de su ama, á la cual tienen hechos ya los oídos, aunque no la oigan entonces, les suena en ellos todavía, y la tienen como presente sin vella.
Y demás desto, del cuidado del ama aprenden las criadas á ser cuidadosas, y no osan tener en poco aquello en que ven que se emplea la diligencia y el mandamiento de su señora; y como conocen que su vista y provisión della se extiende por todo, paréceles, y con razón, que en todo cuanto hacen la tienen como por testigo y presente, y así se animan, no sólo á tratar con fidelidad sus obras y oficios, sino también aventajarse señaladamente en ellos. Y así cresce el bien como espuma, y se mejora la hacienda, y reina el concierto, y va desterrado el enojo. Y finalmente, la vista y la presencia y la voz y el mando del ama hace á sus mozas, no sólo que le sean provechosas, sino que ellas en sí no se hagan viciosas, lo cual también pertenesce á su oficio. Síguese:
[Ilustración]
[Ilustración]
VIII
LA PERFECTA CASADA NO SÓLO HA DE CUIDAR DE ABASTECER SU CASA Y CONSERVAR LO QUE EL MARIDO ADQUIERE, SINO QUE HA DE ADELANTAR TAMBIÉN LA HACIENDA.
_Vínole al gusto una heredad, y compróla,_ _y del fruto de sus palmas plantó viña._
PROVERBIOS