La pata de la raposa (Novela)

Part 9

Chapter 93,877 wordsPublic domain

Por lo pronto, me gasto mi dinero; esto ya es algo. Después de haberle escrito mi última carta hemos recibido un órgano enorme y admirable: parece una orquesta. La mayor parte de las cintas he querido que fuesen _Cake-Walks_, y de esos valsecitos de circo que suscitan en los nervios no sé qué misterioso impulso y ansias de movimiento furioso, de saltar, de gritar, de lanzar objetos á lo alto, de correr sin punto final. Cuando los oigo, comprendo aquello que los griegos llamaban feamente _Kalocagathia_, y es, si no me equivoco, un ideal de vida física perfecta. ¡Qué delicia, qué fruición, hacer piruetas, flinflanes, dar saltos mortales elásticamente, en tanto suena esa música! ¡Y qué tristeza sentirse _artiste de rencontre_, acordarse de que es ya tarde para la cultura del cuerpo!

Pero, aparte de la prodigalidad de bolsa, yo tengo en el programa mi número correspondiente, y puedo asegurarle que es recibido con gran aplauso. La idea no es original mía, sino fusilada de un artista que vi en un Music Hall de Londres. Se trata de modelar rápidamente á la vista del público carátulas groseras en arcilla. Yo nunca había modelado, pero me doy muy buena maña para hacer en un periquete uno de estos esbozos rudimentarios. El inglés trabajaba exclusivamente con arcilla gris. Yo he introducido una modificación. Tengo varios calderos de barro que he coloreado con anilinas, y así, el muñeco que hago resulta muy pintoresco. Una boca, por ejemplo, con poner dos choricitos de barro rojo ya la tiene usted á punto de prorrumpir en una exclamación. Unas cuantas plastas de barro ocre ó tierra sombra componen la cabellera rubia ó morena. Luego, la distancia y la buena voluntad de los espectadores completan la obra. Mi repertorio se compone de _la vieja_, _el cura_, _el cacique_, _el buzón de correos_, _el guardia civil y la vaca_. No son bustos, que esto llevaría bastante tiempo, sino altos relieves sobre un caballete con tablero.

En tanto yo modelo á toda máquina, el órgano deja oir el más exquisito florilegio de _Cake-Walks_, y Rosita, vestida con traje de lentejuelas, se retuerce y canta algunos cuplés ingleses, que yo le he enseñado, con pronunciación figurada: _The Honney Suckle and the Bee_; _Teasing_; _Hullo, Hullo, my Baby_.

Pero mis planes son más vastos. Estoy madurando una serie de pantomimas transcendentales. Pienso efectuar de pueblo en pueblo activa propaganda moral, sirviéndome de esto que califico de anarquismo acrobático. Claro está que usted entiende la concomitancia que hay entre la moral y el anarquismo; huelga, pues, toda disquisición.

Hoy se va haciendo tarde. Quédese la explicación de mis planes para otro día.

Un abrazo de

_Alberto_.

Querido Juan: he probado á representar algunas pantomimas, satirizando conceptos é ideas comunmente recibidos como verdades inconcusas. Mi sistema de demostración es _ad adsurdum_; esto es, desarrollar uno de aquellos nocivos conceptos hasta sus últimas y más bufas consecuencias. La gente se ríe que se desternilla. Pero una noche tuve la intuición súbita, flagrante, evidente de la inutilidad de la sátira sacramental. Ya le veo á usted arrugando los labios, si sonríe ó no sonríe, preguntándose _in mente_: «¿qué será esto de la sátira sacramental?» Así es; se me ha venido el adjetivo á los puntos de la pluma, y ahí queda. La sátira, noblemente ejercida, me parece participar de la dignidad de un sacramento, y desde luego concuerda con el de la penitencia en el sigilo personal: se dice el pecado, pero no el pecador. La sátira fustiga genéricamente vicios y necedades, pero no al vicioso López ó al necio Rodríguez.

Pues bien; usted sabe que esta provincia es quizá la que con mayor acerbidad padece el yugo del caciquismo. Estábamos en Pumareda. Fué un día de elecciones. De aquí y de acullá recibía yo noticias, y en resolución llegué á conocer cabalmente que lo que el delegado del cacique había urdido, y los electores consentido, constituía un hecho bochornoso para la dignidad humana. No es mi propósito ahora distraerle narrándole por lo menudo las elecciones. Voy á lo mío. Precisamente entre mis pantomimas, quizá la más hábilmente desarrollada, es la de _El cacique y el aldeano_. (Las llamo pantomimas, y no lo son propiamente, sino farsas dialogadas.) Venía el caso como anillo al dedo. Se anunció para la noche. No quiera usted saber la algazara, los alaridos, las risotadas, el honesto y bestial regocijo que originó. Entonces me sentí un poco triste y me acordé de las palabras de Swift: «La sátira es á la manera de un espejo, en donde cada cual cree generalmente descubrir el rostro de todo el mundo, menos el suyo propio. Por esta razón la sátira siempre es acogida alegremente.»

No sé si es cosa de mis sesos, ó de mi mano derecha. Ello es que hoy me cuesta mucho trabajo escribir. Hasta otro día.

Suyo,

_Alberto_.

Querido Juan: ¿No se le ha ocurrido á usted pensar algunas veces que los teólogos que inventaron el cielo y el infierno eran hombres de escasísima chapeta? Mire usted que al mismo demonio no se le hubiera ocurrido imaginar como asilo de la eterna bienaventuranza un lugar en donde toda tediosidad y hastío tiene su asiento. Es un empíreo para los papanatas. Y en cuanto al infierno... Los fieles cristianos se han parado poco á considerar si es temible ó en puridad más amable que el cielo. Yo he observado que el hombre, según su naturaleza, aun cuando á lo primero haga grandes muestras de desesperación, se aviene y acomoda muy luego á las mayores desgracias y á las más precarias situaciones. Recuerdo algunos enfermos de males crueles y asquerosos que se aferraban á ellos como á una ventura, prolongándolos por todos los medios, á causa del temor á la muerte. Y es que no hay otro mal que la muerte. Algunos fingen desearla; alardes retóricos. ¡Cuán pocos la buscan! Ahora, supongamos á un hombre zambullido en el fuego infernal. Á la vuelta de unos cuantos días, ó meses, ó años, es seguro que estará sabrosamente adaptado al medio, como la salamandra; es una ley biológica. Es de creer que la policía de las costumbres será en el infierno bastante laxa. Pues ya tenemos á unos cuantos millones de seres, la mayoría de buen humor y de inclinaciones voluptuosas, con un seguro de eternidad sobre la vida, perfectamente adaptados al ambiente y con tiempo y otras cosas por delante para juerguear cuanto les venga en gana. ¡Delicioso! Entretanto, en el piso de arriba, los bienaventurados sentirán la pesadumbre del tedio irremisible, oyendo, á lo más, zampoñas etéreas.

La religión, según el punto de vista conservador, si se la mira del revés es un freno, si del derecho un estímulo, y de entrambos lado una fantasmagoría á propósito para mantener el orden estatuído en las muchedumbres ignaras; una mentira necesaria. Pues, señor; si es así, nuestra religión es una tramoya muy mal montada. Tomemos el ejemplo de un niño. Por que se muestre dócil á la bárbara educación que se le intenta dar empléanse como promesas las delicias celestiales y como amenazas las torturas infernales. Lo primero es una sandez; lo segundo, una brutalidad. Y yo digo, ¿no sería más eficaz, más artístico, crear imaginativamente un cielo de payasos, amazonas, barristas, micos amaestrados, etc., etc., y un reposte que ofrezca satisfacción á la lengua más golosa y antojadiza, y representarlo así, con vivos colores, en las estampas? Para mí, ello es indudable. Fundándome en estas consideraciones he ideado una farsa teológica-lógica y empíreo-acrobática. Anoche la hemos puesto por primera vez, aquí, en Limio de Pravia. (Estamos en Limio de Pravia.)

Perdón; un momento. Interrumpo la carta, porque oigo voces y á Mister Levitón que me llama apresuradamente.

Reanudo la carta, para decirle en cuatro palabras lo que ocurre. Al parecer el cura de Limio, que es un bárbaro, ha hecho que el Juzgado incoe contra nosotros un proceso, por ataques públicos á la religión. Vea si ha tenido éxito la pantomima. Víctor, su mujer, los hijos y _Maimón_, están que no les llega la camisa al cuerpo. Yo les aseguro que no ocurrirá nada, pero no se convencen. De seguro me maldicen en lo interior. Fernando no ha dicho nada, y _Pichichi_, el pintor bíblico ha exclamado heroicamente: _A me ne importa proprio un fico secco_.

Si me llaman á declarar me parten, porque habré de dar mi nombre y, en publicándose, mi aventura carece ya para mí de incentivo. ¡Yo que me había ocultado hasta ahora con tanta diligencia y buen arte...! Allá veremos en qué queda todo.

Adiós. Le abrazo,

_Alberto_.

XVIII

Alberto penetró en la sala del Juzgado, como autor de la farsa. El juez se puso en pie de un salto:

--¡Alberto!

--Sí, yo, ¿qué quieres? Me divertía tanto...

El cura, que estaba presente, se refregó la barriga, por encima de la sotana, como si su inteligencia radicase en aquella víscera y con el frote se activasen sus operaciones.

--Alberto ¿qué? --preguntó el cura ansiosamente.

Alberto se volvió á mirarle un momento y á seguida, olvidándose de él, dijo al juez:

--La verdad, siento que se haya roto mi incógnito.

--Si es que parecía que te había tragado la tierra.

Los alguaciles estaban asombrados. El cura repitió:

--Alberto ¿qué? --y como nadie le respondiera-- Señor juez, que estamos en funciones de justicia y no en el casino.

--Precisamente por eso, señor cura, hágame el favor de callarse.

¿Callarse don Ataulfo, uña y carne del cacique?

--He dicho que ¿Alberto, qué?

Y Alberto:

--Alberto Díaz de Guzmán, para lo que se le ofrezca. ¡Caray con el interés que le inspiro!

--¡Bendito sea Dios! --suspiró el cura--. Luego dirán que no hay Providencia... ¿No ve usted su dedo claramente, señor juez?

--Clarísimamente --respondió el juez, mirándose uno después de otro los diez dedos de las manos.

--Digo el de la Providencia.

--Ah, ese lo presumo.

--¿De qué se trata? --indagó Alberto comenzando á sentirse intranquilo.

--Trátase... --continuó el juez--, trátase... Estamos en funciones de justicia. ¿Confiesa usted llamarse Alberto Díaz de Guzmán?

--Pero, hombre, ¿tú me lo preguntas? ¿No hemos estudiado juntos cinco años de carrera? ¿No hemos hecho diabluras de común acuerdo en clase del _Chorizo_, y del _Llimiagón_ y de la _Gocha jurídica_?

--Señor Guzmán --prosiguió el juez. Su cara descubría la intención de echar el trance á broma--; yo no soy Enrique Llamedo y Pando, condiscípulo de usted, sino una entidad abstracta, un principio sustantivo y eterno, la Justicia. Yo no he estudiado una patochada de derecho, ni con usted ni con nadie.

--Eso ya lo sé yo. Á buena parte vas.

--Acusado; le llamo á usted al orden.

--Pero que muy bien; de perlas --jaleó don Ataulfo.

--Y así le comunico que ha tiempo se le sigue una causa por violación y homicidio subsiguiente...

--Por violación, no, señor juez --atravesó el cura--. Era una ramera.

--No importa. Digo que por violación y etcétera. Otrosí, añado que ha tiempo se le persigue, y habiendo este Juzgado tenido la buena fortuna de topar con usted, ayudado por el insustituible dedo de la Providencia, á la cual pienso enviar de oficio un voto de gracias, decreto que sea usted puesto en brazos de la Guardia civil, la cual le conducirá á usted á Pilares en el primer tren que salga para la capital. Alguacil, requiera usted á la pareja de servicio.

--Pues, hijo... --tomó Alberto la palabra, con mucho desabrimiento--, no me hacen ni pizca de gracia tus discursos irónicos. Si veo que tú no crees nada de esto, ¿á qué sigues la pamema?

--Señor acusado; emplee usted exclusivamente palabras que estén en el Diccionario de la Academia.

--La verdad es que yo no pude pensar que durase tanto tiempo el intríngulis.

--Repito que se atenga usted al Diccionario...

--¡Qué c...! --murmuró Alberto saliéndose de su natural apacible.

--Al Diccionario, al Diccionario --sentenció el juez á punto de reir.

Entonces Víctor, que se mantenía acoquinado en un rincón, junto con sus subordinados, adelantóse á murmurar lleno de incertidumbre:

--Quisiera decir al señor juez, que nosotros... no sabíamos...

--¡Ah! Esa es otra. Todos ustedes son encubridores --é hizo un guiño á Alberto, como induciéndole á que pusiera en un aprieto á los titiriteros. Pero Alberto atajó, amoscado.

--¡Qué encubridores ni qué calabazas!

--Bien; una vez declarado por el reo que ustedes nada tienen que ver, quedan ustedes en libertad.

--Eso no --afirmó el cura--. ¿Y la causa por desacato á nuestra sacrosanta religión?

--Estas gentes han sido instrumento inconsciente de Guzmán. Así resulta de la prueba. Guzmán es un...

--¡Sacrílego! --completó don Ataulfo.

--Usted perdone, señor cura --habló Alberto--. Creí hacer un bien á la humanidad, como monsieur Rignon, el de los aparatos ortopédicos.

--¡Qué cínico! --rezongó el cura.

--Sí. Y ¡qué cirenaico! --añadió el juez.

En esto penetró en el recinto la pareja de la Guardia civil. Uno era flaco, largo y bigotudo; el otro, rechoncho, gordezuelo y glabro. Entre los dos descendió Alberto á la estación. De camino iba dándose á todos los diablos.

Estando en el andén, poco antes de llegar el ferrocarril, Llamedo se acercó á Guzmán, lo tomó aparte y le comunicó con sigilo:

--Chico, yo no podía hacer otra cosa. No te apures, que yo sé el paradero de la niña, pero no puedo declararlo. Luego te me has venido á las manos, y en presencia de ese animal de don Ataulfo... El que guarda á la niña; sí, no abras la boca. Ya veo que sabes quién es. Pues bueno, se divertía mucho con el tole tole y las barbaridades que habían inventado, y no quería decir palabra. Pero en cuanto se entere que te han echado el guante, enviará á la propia Rosina, que está en Madrid, á que se presente en el Juzgado instructor. La niña supongo que esté á oscuras de lo que ocurre. Probablemente no sabrá ni leer, y él no la dice nada de seguro. Conque, Bertuco; una broma pesada, pero que ya sólo tiene unas horas de vida. Resignación. ¿Quieres un pitillo?

XIX

Oscurecido ya, Alberto ingresó en la fortaleza de Pilares. Era una noche lluviosa de invierno.

El alcaide, un hombre descolorido y fatigado, con chaquet de esterillas deshiladas y pantuflas de orillo, le recibió cortésmente. Le preguntó si deseaba celda especial, á lo cual Alberto respondió que quería estar como todos.

Los presos no habían sido retirados aún á sus apartijos. Era hora de recreación.

Alberto fué conducido á una sala angosta y alongada, penumbrosa. De un lado había ventanas con barrotes de hierro que daban á la calle de Adosinda, y en cada una de ellas encaramado un hombre como una araña en su tela, y hablaban á gritos hacia el exterior. La estancia estaba desguarnecida de muebles. Los reclusos hacían ruedas de conversación, encuclillados. Algunos canturreaban solitariamente apoyando la espalda en las paredes denegridas y tatuadas de prolijas inscripciones y dibujos. Un joven trajeado de limpio, en pie bajo una de las mortecinas bombillas, esforzábase en aprovechar la mezquina luz leyendo un libro.

Uno de los hombres encaramados en los barrotes, profirió un grito desgarrador, en falsete, al cual respondió otro grito semejante, femenino, á lo lejos.

--¡Eh, _Ñeru_! --amonestó el alcaide.

Un celador que estaba cerca aplicó dos zurriagazos en las nalgas del _Ñeru_.

--¿Cuántas veces te he de decir que te guardes el xiblato en el c..., cacho de cabra? --le preguntó encolerizado el celador.

El alcaide le explicó á Alberto:

--Es un ratero que hace sus robos en combinación con una golfa. No hay vez que esté uno preso que no lo esté la otra también. Y como la galera de mujeres está aquí al lado se entienden por ese procedimiento de los gritos, que parece que cantan tirolesas.

Alberto pudo advertir que, evidentemente, en uno de los dos grupos, el más nutrido, todos los que á la redonda estaban sentados reconocían y reverenciaban, como de superior linaje ó condición, á un hombre membrudo, cetrino y muy barbado, con barbas que le brotaban impetuosamente desde lo alto de las mandíbulas y las sustentaban la base del rostro, á la manera de una valona tallada en ébano. Daba á entender con la solemnidad de los ademanes y la avaricia en el hablar que estaba poseído de su importancia. Sobre sus muslos reposaba, apoyándose lánguidamente, un mozo endeble, alombrizado y amarillo.

--¿Qué mira usted? --inquirió de Alberto el alcaide--. Es curioso, ¿verdad? Es el _Morillo_. Ya habrá usted oído hablar de él. Es quien mató al cura de Celorio, á tiros de carabina, cuando estaba celebrando misa. Dos meses escasos le quedan de vida, porque el que viene lo ahorcarán. Y para éste no hay remisión; bueno es el clero para consentir que se le indulte.

--¿Y el jovencito?

--Es la _Fresa_. Le pusieron ese mote porque, al parecer, antes era muy coloradito. Es un ratero. Vive constantemente en la cárcel. El mismo día que cumple vuelve á reincidir, porque lo aprisionen de nuevo. Algunos lo llaman la _novia_. No necesito enterarle de que se trata de un marica pasivo. Los presos se lo disputan, casi siempre á golpes. Ha habido verdaderas batallas campales á causa de él.

--Vamos, es la Helena de esta Troya.

--Algo de lo que usted dice --prosiguió el alcaide, que no sabía de mitologías--. El más fuerte se lo acapara, como en el mundo de los animales; sólo que los animales no acostumbran cometer infidelidad, y este desgraciado se goza en sentirse disputado y anda siempre encelando al amante de turno y encendiendo á los demás. Mire usted bien y verá que tiene un ojo casi pocho; de un puñetazo del Morillo. Todo esto es asqueroso y está prohibido severamente, pero es imposible de evitar. Por lo que á mí toca, parece natural que con el tiempo, y no viviendo sino entre estas gentes, se haga uno duro é insensible, y no es así. Cada día soy más tolerante, y hasta llego á creer que la responsabilidad es algo confuso que comienza de rejas afuera.

Las frases del alcaide iban inscribiéndose en la mente de Alberto como sentencias religiosas sobre tablas de bronce. Después de una pausa, añadió el alcaide:

--Puede usted quedarse aquí, si quiere. No se lo aconsejo. Mejor es que se venga usted á mi despacho; el reglamento lo consiente.

--Me gustaría hablar con ellos, preguntarles, saber...

--No sacará nada en limpio por ahora.

--¿Y si los convidase á algo?

--Pss. Pronto es la hora de la cena.

--Un rancho extraordinario quizá...

--Es ya tarde. Lo que puede hacerse es traer sidra.

--Sí, y cigarros para todos.

El alcaide anunció en voz alta que aquel señorito, compañero circunstancial de los presos, les brindaba con sidra y cigarros. Se oyó un rumor sordo, indefinido. Una voz dijo: _¡Olé!_ y otra: _Calla tú cabrito. Se lo puede ofrecer á su señora madre._

Y el alcaide:

--Si á ti no te parece bien, _Mellao_, puedes dejar de beber y de fumar.

--Y aun cuando le parezca bien, también se quedará para que aprenda --afirmó el celador.

--Eso no --dijo Alberto--. Yo lo ofrezco con buena voluntad. Si alguno me desaira nada puedo hacer. Pero que sea siempre por su gusto, no por imposición.

Después de haber entregado dinero al celador, el alcaide y Alberto descendieron al despacho, de muebles desvencijados y mugrientos. Alberto se sentó en un diván al estilo Luis Felipe, de armadura de caoba y muelles vencidos del uso. Frente á él colgaba del muro un mapa con las cárceles y presidios, señalados en tinta roja.

--Supongo que esta sea la única noche que le tengamos en nuestra compañía.

--¿Por qué?

--Porque mañana depositará usted su fianza, le pondrán en libertad provisional, y luego, lo del juicio oral no será difícil arreglarlo con las relaciones que usted tiene. Según mis noticias, hay en contra suya indicios graves; pero á pocos se les condena por indicios.

Alberto sonrió tristemente.

--No se preocupe usted. Figúrese si yo sabré lo que son estas cosas... --explicó el alcaide, pretendiendo paliar supuestas amarguras de Alberto.

--No me preocupo por lo que usted supone. Ya se enterará usted pronto de que eso del juicio oral me tiene sin cuidado.

--Lo creo. La justicia... sobre todo en este país. Pero además, ¿quién es un hombre para juzgar á otro?

En esto, entró al despacho, saltando, una niña, un arrapiezo de siete años, aseada y pobremente vestida, paliducha, negros y vivos los ojos, y una melenilla corta de lacios cabellos oscuros. Corrió á besar al alcaide, el cual la acarició lentamente.

--Dale un beso á ese señor.

--¿Cómo te llamas? --preguntó Alberto reteniéndola entre sus rodillas.

--María de la Luz Arizona y González, para servir á Dios y á usted.

--Luz; muy bonito nombre. Toma, para que compres un juguete, y te acuerdes de este señor que te lo da.

--De ninguna manera. Luz, almita, devuélvele ese duro.

--No faltaba más. Consiéntame usted, señor alcaide. Guárdatelo, nenita guapa --la besó repetidas veces, transido de una extraña ternura.

--Pero si es un disparate. Con una perra gorda tiene bastante.

Alberto había colocado la moneda en la palma de la niña; luego le había cerrado la manecita, y con la suya se la oprimía dulcemente.

--Así; porque yo quiero que Luz se acuerde de mí.

--Sea --manifestó el alcaide con muestras evidentes de reconocimiento--. Para todos los hermanos, ¿lo oyes, almita?

La niña salió, y asomó otra vez al poco tiempo.

--Se me había olvidado. Que ya está la cena.

--Dile á mamá que ceno en el despacho; que traigan dos cubiertos --Alberto se resistía--. Ahora soy yo quien dice: Consiéntame usted --y en saliendo la niña--: La de en medio; tres, delante; tres, detrás; los siete Dolores; y siete mil reales de sueldo --apoyó un codo sobre la mesa y la cabeza en el puño.

Entreveraron la comida con escasas palabras. El alcaide se esforzaba en distraer al comensal de su ensimismamiento, pero renunció pronto, considerando imposible la empresa.

La cena terminada, el alcaide asegundó la pregunta que al recibir á Alberto le hizo:

--Entonces ¿ordeno que dispongan una celda de pago?

--No, no; como todos. Es un antojo.

--Repare que son imposibles.

--Estoy ya hecho á dormir de mala manera.

--No lo dudo, pero por gusto; en cacerías, tal vez. Una cosa es hacer las cosas enojosas por gusto, y otra muy distinta hacer, aun las halagüeñas, por obligación.

Alberto repitió maquinalmente:

--¡Por obligación!... En este caso también es por gusto --añadió:

--La elección de celda, sí; pero la celda es obligatoria, al menos esta noche.

Sonaron unas campanadas. Luego un violín.

--Con su permiso. Vuelvo al instante.

El alcaide se ausentó por unos instantes.

--¿Ese violín? --interrogó Alberto, así que retornó el alcaide.

--Es mi Aurora, la mayor. Ella hubiera querido tocar el piano. Ya, ya... No nos podemos permitir esos gustos ni esos gastos.

--Desde las celdas de los presos, ¿se oye el violín?

--Ya lo creo, como lo oímos nosotros.

--Debe de ser triste para ellos.

Pausa. Y el alcaide:

--Nunca había pensado en ello.

Guardaron silencio. Alberto comenzó á pasear por la habitación. Oyóse el rodar de un coche, los muebles retemblaron.

--Un coche --murmuró Alberto.

--Sí, un coche --repitió el alcaide.

Tornaron las cosas al reposo. Y Alberto:

--¡Cuánta paz!

--Sí, cuánta paz --hizo eco el alcaide.

--¿Me consiente usted que me retire? Estoy fatigado.

--Usted me ordena. Le acompañaré hasta la celda. ¿Quiere usted algo para la noche: leche, agua azucarada...?

--Gracias. Agua simplemente.

--Ya tiene usted un cacharro allí.

Llegaron á la celda. El alcaide encendió un velón. Era un zaquizamí pardusco; un ventanillo enrejado, muy cerca de la techumbre. El ajuar: una mesuca, un taburete de madera y un catre con ropa limpia.

--Veo que viola usted el reglamento en honor mío --manifestó Alberto, sonriendo.

--No; de ninguna manera. Esto es lícito. Ea, adiós y que descanse. Y usted perdone que le encierre, para que vea que me atengo al reglamento.

Las paredes estaban surcadas de rasguños epigráficos. Alberto leyó:

Josefa, mi Josefa mi tesoro. Eres una cenefa de oro. Yo te adoro.

Luego obscenidades, blasfemias, toscos dibujos semejantes á los del arte cavernario.