Part 4
--«¡Pobre Fina!» --se dijo Alberto colocándose de repente en circunstancias históricas. ¿Amaba ó no amaba á su novia? La imagen de aquella criatura, amasada con sustancia de mansedumbre y silencio en carne morena y casta, se le huía á temporadas del corazón y la memoria; mas de súbito acudía á poseerlo infundiéndosele dentro de las entrañas de tal suerte, que le provocaba la ilusión de estar animado de un vaho etéreo, de una fuerza ascendente. Y comenzaba la garganta á inundársele de sollozos, mitad de remordimiento y mitad de ternura.
--¡Pobre Fina!
X
Don Medardo Tramontana estaba reputado en Pilares como uno de los capitalistas más fuertes. Emigrante á Cuba en los primeros años de su adolescencia, la fortuna le fué benigna. Á los treinta y cinco años de edad volvía á España con sus dos milloncejos de pesetas á cuestas, y en estado de inefable delgadez, la cual se hacía más notoria á causa de su aventajada estatura. En Santiago se había dejado el hígado y todas las sustancias adiposas del organismo, pero volvía cargado de ilusiones, sabiendo leer en voz alta con mala prosodia y hablar aforísticamente, y con la misma abundancia cordial con que se había ido. Lo primero, favoreció en una medida conveniente á su parentela, aldeanos del interior, extremadamente pobres. Luego se estableció en Pilares, y allí puso en cotización sentimental su cara huesuda, amarilla, aguileña, como una onza, muestra patente de las muchas que tenía. Entre los cuarenta y los quince, la mayoría de las vírgenes pilareñas aspiraron á la dulce posesión de la onza. Don Medardo seleccionó con buen tino, y en último término hizo suya á Lolita Muslera, dieciséis años más joven que él, no mal parecida y de generosas condiciones morales. La fecundidad del matrimonio fué somera; dos hijas ó _vástagas_, según don Medardo, dió por todo fruto. Leonor, la primera, fué desde muy niña vivaracha, desenvuelta, mimosa. Josefina, por el contrario, era taciturna, meditativa y poco afectuosa exteriormente. Los padres amaban más á Leonor, y se enorgullecían de su hermosura, que, en rigor, no era sino movilidad y gracia del rostro. Á Josefina la habían habituado á considerarse fea; pero, la serenidad clásica de sus líneas, el sosiego de sus grandes ojos, la sonrisa apenas esbozada y el decoro de su expresión, eran notas que se armonizaban en una belleza exquisita, difícil de ser gustada á no ser con reverencia y recogimiento. Sin embargo, Josefina tenía dentro de su hogar un adepto; la tía Anastasia, hermana de la madre de don Medardo, y mujer muy ingenua y llana. Leonor no gustaba de salir á la calle con la tía Anastasia, porque ésta no había logrado nunca adquirir el buen porte de las ciudades. Á Josefina, en cambio, le agradaba la compañía de la vieja, y no era raro que fueran las dos juntas á la plaza á hacer la compra.
Don Medardo había conocido á Alberto en el Círculo de la Alianza Industrial y Mercantil, en _el cuarto del crimen_, ó sea sala de juego. Don Medardo entraba por entretenerse. Á las diez monedas de peseta, que era todo su caudal diario de aventura, las hacía experimentar infinitas y emocionantes fluctuaciones, y así pasaba las horas, ajeno de todo cuidado. Delante del tapete verde hubiera sido cumplidamente feliz á no ser por las burlas de que le hacían objeto los señoritos de Pilares, burlas que él á su vez solía repetir con la tía Anastasia, moviendo la hilaridad de doña Dolores y de Leonor; y hasta se permitía corregir el vocablo á la vieja, sólo que daba la pícara casualidad que en tales casos era él quien se equivocaba. Desde la primera vez que don Medardo vió á Alberto, le consagró una gran simpatía y admiración respetuosa. Alberto no chanceaba con él, como los otros; indudablemente, era un señorito con _educación_ é _higiénico_; y para don Medardo estas palabras tenían mucha transcendencia. Un día, como aspirando á lo imposible, don Medardo osó invitar á Alberto á que almorzase en su casa, añadiendo que, tanto Dolores como las niñas, tendrían mucho gusto. Alberto aceptó. En la mesa se condujo con gentil donaire y sencilla afectuosidad. La familia quedó cautivada. Por la noche, estando doña Dolores en su alcoba haciéndose la trenza, á punto de insinuarse en el tálamo conyugal, ó que tal había sido, y que ella acaparaba en razón de su corpulencia, presentóse de improviso don Medardo en ropas muy menores y en tremenda manifestación de su estructura ósea.
--¡Qué susto, Medardo!
--Calla, mujer. No podré dormir si no te digo un secreto.
--¡Ay! ¿Qué ocurre?
--¿Qué te parece Alberto?...
--Me lo has preguntado cien veces en el día, y te he respondido lo mismo; muy simpático.
--¿Qué duda coge? Y con educación. Oye, ¿qué te parece si llegara á casarse con Leonor? Un joven tan higiénico.
--Calla, hombre, no digas tonterías. Y no es porque ella no se merezca eso y más.
--Ya lo creo; por eso lo digo. Mira que... Vaya, adiós mulata.
Claro está que doña Dolores no era mulata, pero tal era el loor más tierno de don Medardo, el cual, acercándose á su esposa, la besó en la frente, alta, rotunda, serena, donde no se habían albergado nunca ideas tormentosas.
La misma noche, la tía Anastasia preguntaba á Josefina:
--¿Qué te parece ese rapaz, neñina?
--¿Qué rapaz, tía?
--¿Quién ha de ser? El que comió hoy aquí.
--Pues... nada.
--¡Ay, palomina mía! --suspiró la vieja, abrazando fuertemente á su sobrina.
Alberto frecuentó desde entonces la casa. Sus visitas fueron tan asiduas y largas que don Medardo, destilando satisfacción por ojos y boca en forma de sonrisa, se creyó en el caso de preguntar á su hija Leonor, á tiempo que le prodigaba cariciosos golpecitos en la mejilla:
--¿Qué hay? Al papá no se le oculta nada. ¿Os entendéis ya? ¡Ah, picarona! Dímelo, ea.
--Pero, ¿quiénes, papá?
--¿Quiénes han de ser? Tú y Alberto.
--Anda, anda... Ni en sueños. ¿Cómo se te ha ocurrido una idea tan descabellada?
Don Medardo agachó la cabeza, anonadado:
--Pero, entonces... --se atrevió á objetar--, ¿á qué santo ese visiteo de todos los días?
--Yo qué sé, papá: vendrá por entretenerse.
--Además, si no me equivoco, os he oído trataros de tú.
--Sí; á los pocos días nos hablaba de tú á Josefina y á mi. No sé si también á la tía Anastasia. Milagro será que el mejor día no os tutee á mamá y á ti. Dices que es muy buen chico, y no lo dudo, y que tiene talento, y eso, permíteme que lo dude. No sabe bailar rigodón, ni recitar versos de Pérez Zúñiga, ni juegos de prendas..., y luego, hay tardes que apenas si despliega los labios.
Don Medardo intentó exculpar á su ídolo:
--Eso es sin duda culpa de Josefina, que parece una marmota; y, claro, el muchacho se encontrará prohibido.-- Don Medardo pensó decir _cohibido_.
Sí, la marmota era la causa del silencio de Alberto, y también de las visitas diarias. Había comenzado por sentir un llamamiento recóndito desde el hogar del indiano. Á él acudía sin saber por qué, como si la mecánica de su espíritu le indujera á pensar que sólo allí encontraría equilibrio estable. En los preámbulos de sus relaciones, mostrábase locuaz y chispeante, perseguía la amenidad y aspiraba á hacerse querer de todos. Á Josefina la trataba como á una niña, porque si bien andaba por los veinte, á ello le autorizaban las trazas infantiles de la muchacha, su grande ingenuidad y la misma opinión del resto de la familia. Pero, poco á poco, Alberto fué comprendiendo que la supuesta niña guardaba un arcano interior, profundo y rico. Arrepintióse de las palabras frívolas, de las gracias de poco momento que hasta entonces le había dicho, y pensó, como en un ideal vislumbrado, en poseer el alma de Josefina. Soñaba con ella de continuo. Estando á solas, rebuscaba y componía las frases modestas y llenas de pasión que luego había de decirle; pero, en acercándose á ella, sentíase desesperanzado y como á infinita distancia de aquella pureza estelar que debía de ser el corazón de Josefina. Rehuía la conversación, considerando que tal vez el silencio era la única vereda que le condujera al afecto de la amada. Una tarde Alberto sorprendió á Josefina contemplándole de tan intensa manera que no cabía duda acerca de la naturaleza de sus sentimientos. Al verse sorprendida, no bajó los ojos, no se ruborizó, sino que siguió mirando, fijamente, tenazmente, amorosamente. Alberto estuvo á punto de abalanzarse á besarle los pies, á adorarla, sin miramiento de los que estaban presentes. Refrenó su frenesí hasta que pudo hablar un momento á solas con Josefina, y dijo, tembloroso, los ojos húmedos:
--Pero, ¿es verdad que me quieres?
--Sí --respondió Fina, con voz tersa.
--¿Desde cuándo?
--Desde siempre; y para siempre.
Y siguieron mirándose de hito en hito, como si el amor los hubiera inmortalizado, trocándolos en estatuas.
Los amores de Alberto y Fina se traslucieron muy pronto. La tía Anastasia los consideró como un triunfo personal suyo. Don Medardo no se resolvía á alegrarse; se encontraba vagamente vejado; le hería que Leonor hubiera sido postergada. De otra parte, no podía entender qué era lo que Alberto había visto en Fina, para enamorarse de ella, y llegó á dudar de la sinceridad del joven.
--¿No se querrá reir de ella, Dolores? --preguntaba á su esposa.
--Yo qué sé, Medardo. Los hombres sois tan particulares... ¿Qué tenía yo para que tú te hubieras fijado en mí?
--No acompares, mujer. Ya quisiera Fina parecerse á ti, cuando tenías su edad... --Luego inesperadamente encendido.-- ¡Y aun ahora..., mulata! --la oprimió con ímpetu el mantecoso brazo.
--¡Ay, Medardo; no seas bruto! Ellos parece que se quieren, de modo que mientras dura...
--Sí, pero hay otra cosa. ¿Te parece bien que la mayor, la más lista, la más guapa esté sin novio? Es una injusticia y no puede ser.
--Ya sabes que pretendientes no la faltan.
--Si tú llamas pretendiente á ese Hurtado... Un títere.
--Y ya ves; á ella no le disgusta.
Leonor se había encaprichado por Telesforo. Olióselo éste y se propuso cultivarle el capricho, hasta que alcanzase el máximo desarrollo. Para ello, había sobornado, con bastante tacañería, á una criada, la cual entregaba á diario á la señorita una carta y una composición poética. Los versos de Hurtado estaban cargados de vehemencia y detonantes ripios. Pero á Leonor la sacudían los nervios, haciéndola suspirar, con una mano sobre el corazón.
El emponzoñamiento poético llegó á manifestarse por medio de alarmantes perturbaciones. La infeliz enamorada perdió el apetito, la risa, el arte de bordar zapatillas de moqueta, y con periodicidad abusiva experimentaba soponcios y patatuses. La entereza de don Medardo sufrió con esto tan rudos golpes que en poco tiempo hubo de desmoronarse, dejando abierta á la voluntad de su hija amplia brecha por donde penetró triunfalmente Telesforo Hurtado.
Pero Telesforo se determinó en captar las simpatías de los papás y lo consiguió. Por el contrario, Alberto, según pasaba el tiempo, incurrió en tales arbitrariedades y ligerezas que don Medardo y su esposa llegaron á dudar del estado de su mente. Tan pronto desaparecía de la casa, haciendo suponer que había roto con Fina, como se presentaba sin previo anuncio, con grande aplomo y naturalidad, no de otra suerte que si fuese la muchacha una prenda sobre la cual él ostentara indiscutible derecho. Por eso no era raro que doña Dolores murmurase de vez en cuando:
--¡Quiera Dios que tu ligereza de haber traído á casa á ese hombre no nos cueste cara, Medardo!
XI
Era por la mañana, pocos momentos antes del almuerzo. Estaban sentados en el jardín de la casa don Medardo y su mujer, Hurtado y su novia. Fina cortaba flores con que adornar la mesa, lejos del grupo y de manera que no podía alcanzar lo que hablaban. Don Medardo, con el tronco terriblemente tieso sobre un sillón de paja, exhaló un balbuceo:
--Pero, ¿usted cree, Hurtado, que ese... criminal? Vamos, quiero decir... ¿Cree usted que es él...?
El rostro de don Medardo era cadavérico.
--Por Dios, papá, no te pongas así.
--Calla, Leonor --ordenó el padre.
--Le diré á usted... Yo ya le he contado. Al día siguiente del suceso misterioso estuve en su casa. Aquello era una ruina; todo roto...
--«Señales evidentes de sangrienta lucha»; ya lo dice el periódico --intervino doña Dolores.
--Pero él --continuó Hurtado, estirándose verticalmente hacia abajo las guías del bigote-- estaba muy fresco. Se bañó delante de mí, y se untó luego con un agua que le cuesta catorce pesetas el frasco.
--¡Qué monstruo! --exclamó don Medardo, elevando los brazos al cielo, y con un periódico nerviosamente estrujado en la diestra. Parecía un profeta demente, consumido por los ayunos y las maceraciones.
--Mira, papá; te excitas sin venir á cuento. Alberto será todo lo que se quiera, y ya veis que yo no he sido santa de su devoción, ni él de la mía; pero eso que decís, ¡vamos!, me parece tan extraño, tan imposible...
--Imposible, no --afirmó Hurtado.
--¿Es que tú quieres empeorarlo, Telesforo?
--¡Imposible...! --sollozó don Medardo, sacudiendo la cabeza cogitabundamente-- ¿Sabes, hija mía, lo que es una borrachera, un _lavabus_, como le dicen esos señoritos, que mil veces se lo he oído en el Círculo?
--¿Cómo va á saber ella lo que es una borrachera, Medardo?
--Bueno, de oídas he querido decir, mujer. Pues sí, hija mía; cuando toman uno de esos terribles _lavabus_, se convierten en energúmenos. Una noche rompieron todos los espejos del Círculo, y cuidado que había algunas lunas de cuerpo presente --se refería á los espejos de cuerpo entero-- que valían un dineral; luego arrojaron á la calle todos los muebles del salón amarillo, hasta los tudescos --chubesquis-- ardiendo y todo como estaban, que no se produjo una confragación por milagro divino; luego, se desnudaron...
--Estarían preciosos --comentó Leonor, procurando tomar el lance á risa, y, desde luego, provocando una mirada colérica de su novio. Doña Dolores, que lo observó, acudió al pronto:
--¡Qué cosas dices, Leonor! Y tú, Medardo, estás tan nervioso que no reparas. Cambiemos de conversación, que se acerca Fina.
--Por si acaso --susurró don Medardo, en voz tenebrosa é insinuante, inclinándose sobre su mujer--, conviene que le digas á la niña durante el almuerzo que se le quite eso de la cabeza.
--Mira, díselo tú, que eres el jefe.
Josefina se acercó al grupo; se sentó en una silla baja.
--¿Has puesto ya las flores en la mesa? --preguntó Leonor.
Josefina afirmó con la cabeza.
Telesforo, sirviéndose de hábiles anfibologías, sugirió la idea de que era ya hora de comer, de lo cual todos se habían olvidado. Se encaminaron al comedor con aire lúgubre, como si por primera vez fueran á iniciarse en ritos de antropofagia.
El almuerzo se deslizaba en un ambiente de sopor funerario. Cuantas veces intentó Hurtado abocar un tema de palique fácil, vió fracasada su empresa. El escaso apetito de la familia Tramontana le cohibía de embaular tanta vitualla como su estómago solicitaba. Don Medardo había rechazado la tortilla con evidente despego; los demás apenas si la tocaron, de manera que llegó al turno de Telesforo casi en su íntegra y doncellil rotundidad. Hurtado la contemplaba con amorosa codicia, ansiando poseerla; pero, acometido del pudor deglutivo, hubo de conformarse con un segmento.
La tía Anastasia, que estaba en el secreto de todo, y á causa de su ingenua imaginación suponía ya á Alberto aherrojado en mefítica mazmorra, experimentaba en aquellos momentos agonías mortales, y se veía y se deseaba para no romper en un lamento desgarrador. Tenía el corazón como una alcaparra.
Josefina miraba á ratos en torno suyo serenamente. Veía aquel espectáculo extraño, pero no sentía curiosidad por conocer sus causas.
Un pato, con nabos, que apareció en el centro de la mesa, parece que transmitió á la voluntad de don Medardo cierta dosis de energía.
--Las situaciones difíciles hay que resolverlas pronto --habló. Su acento oscilaba y por momentos se hendía, ronco. Miraba al pato y á los nabos con la tenacidad de la desesperación.
Doña Dolores y Hurtado pusiéronse á contemplar tozudamente el mantel. La tía Anastasia se mordía los labios por dominar el sollozo. Leonor seguía los gestos de su padre. Josefina aguardaba los acontecimientos, sin sospechar que ella era la víctima.
--Josefina, hija mía.
Josefina volvió el rostro hacia su padre, un poco asombrada. Don Medardo bebió un buche de agua de Vichy.
--Tengo que decirte algo que me parte el corazón --la piel de Josefina, morena, suave y mate, como de cera, empalideció--. Tus relaciones con Alberto han terminado para siempre.
Josefina, callada, quieta, impasible, aguardaba nuevas palabras. Don Medardo no atinaba á continuar hablando. Se interpuso Leonor:
--No le alarmes, papá quiere decir...
Y don Medardo, cogiendo la frase:
--Quiero decir que han terminado para siempre. ¿Lo oyes? --silencio-- ¿Lo oyes?
--Sí, ¿qué más? --con voz apacible y tranquila.
--¿Eh? --inquirió don Medardo, entre estupefacto y desfallecido.
Y Josefina, en la misma pauta de serenidad:
--Si se ha muerto ó... se ha casado.
--Peor, peor; no preguntes, hija de mi alma --y se ocultó el rostro entre las manos.
Entonces la tía Anastasia estalló en un alarido trágico; doña Dolores se abalanzó sobre su esposo creyéndole atacado de un mal repentino; Leonor acudió en auxilio de su madre; Hurtado se vió constreñido á abandonar el muslo del pato con el aditamento de media docena de nabos por acudir en ayuda de su novia, y Josefina entretanto, con su divino aplomo de estatua, aguardaba sin impaciencia.
Don Medardo se encontraba mal. Entre doña Dolores, Leonor y Hurtado lo condujeron á su alcoba. Quedaron solas en el comedor Josefina y la tía Anastasia.
Josefina interrogó con los ojos á su vieja amiga, y ésta le refirió todo lo que sabía; á lo cual, la niña no pudo menos de suspirar, de manera que parecía sonreir.
--¿Quién lo diría, verdá, paloma?
--Pero ¿está en la cárcel, tita? ¿Sabes algo?
--Nada sé de cierto; pero ¿dónde quieres que esté?
Josefina se recogió dentro de sí misma; sobre la cera de su rostro resbalaba una lágrima.
--¡Cuánto te hace sufrir, paloma! Es cosa de un momento. Lo olvidarás y lo aborrecerás como se merece.
--¿Qué dices, tita Anastasia? ¿Tú dices eso, tita Anastasia? Ahora lo quiero más que nunca, porque ahora estará sufriendo, quizá llorando. Estar separada de él... ¿No lo comprendes, tita Anastasia, tú que eres buena y entiendes estas cosas del querer?
La tía Anastasia permaneció perpleja unos instantes; luego, llorando, estrechó entre sus brazos á Josefina:
--Sí, dices bien, paloma. Jesús, Jesús, ¿cómo pude yo dudarlo? ¿Te hice mal, paloma?
Josefina, dejándose besar, negaba con la cabeza. Se desasió de los brazos de la tía.
--Voy á ver cómo sigue papá.
Desde la puerta de la alcoba siseó, llamando á Leonor.
--¿Está malo de veras?
--No es nada. ¡Ay! Gracias á Dios. ¿Por qué no entras?
--Si le disgusto...
--Vaya, no seas tonta. ¿Qué culpa tienes tú? Ah, ¿te ha dicho algo la tía?
--¿De qué?
--De lo de Alberto.
--Sí, todo.
--Por supuesto, á mí, aun cuando me lo juren frailes descalzos, no me entra en la cabeza. No puedo creer que sea cierto. Y tú, ¿qué dices?
--Que aun cuando fuera cierto...
Leonor abrió mucho los ojos; se adelantó á exclamar:
--¡Lo que ibas á soltar, niña! Se te ocurre cada disparate...
--¿Es que tú?...
--¿Yo, en un caso de esos?... Vaya, hombre; cruz y raya. Como si le dieran viruelas. Vamos con papá.
Don Medardo bebía una poción reconfortante, y Telesforo le sostenía el platillo de la taza. Al ver á Josefina la solicitó con el gesto, y cuando la tuvo á su lado la aprisionó por la cintura.
--Pobre hija mía, qué pena me das.
--Tranquilízate, papá, y no te inquietes por mí. Con la mano derecha alisaba, lenta y mimosa, unos cabellos ralos y crespos, sobre el cráneo picudo de su progenitor.
--Si saliéramos al jardín... El aire le hará mucho provecho --aconsejó Telesforo. Sus palabras no eran sino eco deforme de su pensamiento: «si salieran al jardín, yo podría terminar el almuerzo en paz y en gracia de Dios.»
--Sí, Medardo. Telesforo habla como un libro. Al jardín --y ayudó á incorporarse al esposo.
Sentóse la familia bajo el parral sombroso que corre á espaldas de la casa, y Hurtado, con escurridiza ingeniosidad se insinuó en el comedor.
Á las tres de la tarde, Telesforo hubo de bajar á Villaclara á ciertos menesteres. Don Medardo, doña Dolores, Leonor y la tía Anastasia fuéronse á dormir la siesta. Josefina permaneció en la huerta, repasando y adobando hortalizas y plantas de flor. Sacó á Sirena, la vaca familiar, á pacer de la apretada y sustantífica hierba de un pradezuelo, al borde de la cerca. Luego se acercó á las colmenas, adosadas en fila sobre la pared del palomar. Muy próximo corría un arroyo, atravesando de un lado á otro la huerta, y en sus márgenes se apretaban, á modo de giraldilla infantil, margaritas y narcisos, rosas y claveles. Josefina fué á acomodarse en el césped, en un redondel de sombra, á la vera de sus flores. Sus ojos se elevaban involuntariamente hacia la cima de los grandes álamos negros, agudos como torres ojivales, que emboscaban la casa. Una bandada de jilgueros, uno en pos de otro, giraban en torno de la copa del álamo más alto, y era como una corona alada y melodiosa suspendida por gracia de milagro en el aire azul. Y Josefina, casi fascinada, adelantaba el rostro, alargando el cuello como para comulgar. La canción clara del arroyo le acariciaba los oídos, y el olor de tanta rosa la mantenía con los labios y los dientes entreabiertos, jadeando un poco. Las abejas venían á su vecindad; se posaban sobre sus brazos, sobre su cabello, sobre su seno; todas la conocían. Cuando los jilgueros rompieron el círculo encantado, Josefina se volvió á las abejas, y comenzó á recitar con suavidad cantarina:
Las abejitas de la Virgen, y las abejitas de Dios; haced de la flor que yo quiero la miel para mi corazón. Abejitas que hacéis la cera, abejitas que hacéis la miel; no es el narciso, ni es la azucena, ni es la rosa, ni es el clavel, ni es la flor del agua de espuma y cristal, ni la madreselva que cubre el tapial... Con vuestra cera haré á la Virgen un cirio para le ofrecer. Que ella os diga la flor que yo quiero. Abejitas; traedme su miel. Abejitas de Santa Ana que en los higos de la su higuera ibais siempre por la mañana á chupar la miel y la cera. Abejitas, por San Joaquín y por la su hija galana; tráeme la dulce miel que sana, la miel de la flor de aquel jardín.
Y las abejitas, como si se embriagasen con la voz de la niña, comenzaban á danzar en el aire, zumbando armoniosamente.
Promediada la tarde, los sesteantes descendieron de nuevo al jardín. Telesforo había vuelto de Villaclara. Doña Dolores y Hurtado procuraban convencer al jefe de la casa de lo higiénico y salutífero que sería emprender una caminata hasta la playa de Salsero y los pinares que la aprisionan. Don Medardo rechazaba todo proyecto ambulatorio:
--No perdáis el tiempo. Mis piernas no están hoy para nada. Y señalaba algo que pudiera presumirse armadura de alambre dentro de unas perneras arrugadas y flotantes.
De repente se oyó un grito múltiple.
Alberto abría el portón, de recios barrotes pintados de rojo, y penetraba, muy serio, jardín adelante.
XII
Como de costumbre, Alberto dejó el caballo en la venta del Pino, dos kilómetros antes de Villaclara. Desde allí siguió á pie, tomando atajos y callejas. Atravesó un bosque de robles, entre sombra húmeda en donde silbaban los mirlos. Desde la linde del bosque, bajaban los prados por las laderas. En los setos de zarzamoras los gorriones parloteaban bulliciosamente, antes de retirarse á dormir.