Part 3
«Was ist der Mensch, Woher ist er kommen, Wo geht er hin?»[1].
HEINE.
_Sultán; moral cristiana. El perro y el semita son los únicos animales que creen en un sér superior á ellos. La ética judía, como la del perro, es de origen teológico; (ética judía = ética cristiana = ética canina). La moral es emanación de la voluntad divina. Dios es el legislador de la conducta del hombre, y éste de la del perro. Recuérdese la inscripción que Pope --creo que fué Pope-- puso en el collar de su perro: «Yo soy vuestro perro, Señor; pero, ¿cuyo sois vos perro, Señor?»_
«_Á los antiguos, los judíos les parecían gentes soñadoras en un mundo laborioso._» -- HERMANN LOTZE. «MICROCOSMOS.»
_Aprovechable en la moral canina; la parte concedida al ensueño, la reverencia ante el misterio. Hay que dejar abierta una puerta del alma, por si llegara el Esposo que se entrase presto. Y, sin embargo..._
_Los filósofos griegos llamaban á la muerte causa fundamental de toda filosofía._
_Nuestra vida, en el momento de nacer, es como una caja vacía, cuyas paredes son de diamante negro. Las paredes son la muerte. Nuestra vida está limitada de muerte por todas partes. ¿Con qué hemos de llenar la caja? He aquí el verdadero problema moral. La moral canina no habla de llenar la caja, sino de adornarla por fuera, para después de la muerte. ¿Con qué hemos de llenarla? Alectryon = moral sexual; el Eclesiastés, Omar Kayam, «pero, los hombres no tenemos sus viriles medios de gobernar». Calígula = moral helénica; el hombre, ombligo del Universo. Sócrates, Platón, Epicuro y Epicteto, en rigor, profesan una moral semejante; son los cuatro biseles de una bruñida losa de alabastro, sobre la cual se lee esta palabra de oro: EUDAIMONIA (felicidad). Y, sin embargo..._
_Pero, es que los griegos ignoraban un terrible morbo de la moderna patología espiritual; la enfermedad de lo incognoscible. Y aquí sale á escena Madama Comino = moral del olvido, moral utilitaria. Y, sin embargo..._
SULTÁN.
Late en tus ojos dulces la armonía del que sabe de un Sér ordenador sobre las cosas. Tu filosofía no conoce la duda y su negror.
Hay calma en tu mirar de terciopelo: y es que todos los días logras ver en el repuesto asilo de tu cielo la propia faz de tu Supremo Sér.
Conoces unos genios tutelares que te juzgan y dan fallo diverso, castigo ó premio, el palo ó los yantares... Has hallado un sentido al universo.
¿Lo has hallado? ¿Ó es sólo cobardía que te dobla del hombre á los antojos y hacia él te arrastra, un día y otro día, ágil la cola y húmedos los ojos?
No lo sé. Y así siendo, perro mío, te otorgo la caricia de mi mano, por humilde, por falto de albedrío, por servil, por cobarde, por humano.
ALECTRYON.
Pretencioso, como de estirpe añeja; prócer, cual fruto de alto vientre real; con la barba temblándole, bermeja: al cráneo, la corona de coral;
y, el manto de tisú carmín con oro, en sus gratos dominios se pasea. Las concubinas síguenle; es un coro donde el deseo canta y aletea.
Innumerables son las concubinas del Rey sabio y hermoso. Todas piden las gracias peregrinas de su empuje gustoso.
Ahora, viénele al Rey un ansia ardiente; ésta acude, ¡oh, minuto deleitable! Y luego todas, sucesivamente durante el día entero. ¡Es admirable!
¿Qué concubina esquivará la furia asidua de su gran virilidad? En los Estados, siempre es la lujuria fecunda ley de solidaridad.
Pero, ¡cuánto más orden y armonía en estos muladares primitivos que en la humana porfía de los hombres conscientes y lascivos!
¡Oh, gallo; mucho abarca la lección en acción que nos enseñas en tu reinado firme de patriarca, --prole y esclavas que á tu agrado adueñas!--
Pero, ¿de qué nos valen tus sutiles enseñanzas, hermoso gallo, si el hombre no disfruta tan viriles medios de gobernar? ¡Quiquiriquí!
CALÍGULA.
Eres negro y sutil. Tienes un modo altivo de mirar la creación como de aquel que lo desdeña todo porque nada merece su atención.
Hace tiempo te tuvo fascinado una beldad fosfórica y divina; pero, ahora que el amor te está vedado y puedes ser cantor de la Sixtina,
tu porte es displicente y ondulante. Sólo amas la molicie, la quietud. Eres un pirronista militante que nada cree; ni en Dios, ni en la virtud.
Yo te paso la mano por el lomo; y, de mi mano al caricioso influjo, enarcándolo vas, airoso, como arco latino de gentil dibujo.
Mas, no agradeces este gesto mío que te llena de voluptuosidad. No soy tu Dios. Dices, como el impío, que todo se obra de casualidad.
Mírasme con pupila adormecida, cargada de desdén y de fulgor. Graciosamente enseñas que en la vida comer, dormir, soñar es lo mejor.
Las cosas y los seres son lacayos uncidos á tu propia bienandanza. ¡Si hasta piensas que el sol tiene sus rayos tan sólo á fin de calentar tu panza!...
¡Oh, gato, aristocrático y divino! ¿Por qué no ha de existir en la razón de tu sutil encéfalo felino la clase de este mundo de ilusión?
Mas ¿no será tal vez tu escepticismo engendro de tu espíritu amargado, el sentirte, en el fondo de ti mismo, un pobre tigre sin hacer, frustrado?
MADAMA COMINO.
Esta es una interviú que celebré con la señora Comino cierta tarde que, por distraerme hasta la hora del tren para San Ramón, salí á la huerta, en donde la encontré.
--¿Cómo estás, Madama Comino? Y perdona que te hable de tú. Soy romero, que va de camino; mas, ya que á mi vera te puso el destino, celebremos una interviú. Hormiga amiga, hormiga hermana (que, sumido en la paz aldeana presumo que soy otra hormiga), ¿oyes las palabras ligeras, que son como brisas terrales, la canción lejana de la mocina, hacia Riberas, y entre los maizales, al lado allá del río?
Yo me voy á casar. Cásome con el dueño mío, la más guapa neña de todo el lugar. Non sabe sallar nin aguadañar; sabe se reir y sabe llorar porque sabe amar. ¡Ay, mi amor! Si no me das la tu flor téngome de matar.
¿Has oído? Matar. ¿Quién lo había de presumir? ¡La mociquina del lugar no sabe que se ha de morir! ¿Qué dices de la muerte, hormiga? ¿Qué dices, Madama Comino? --. . . . . . . . . . . . . . . . --¿Antes yo? Á tus antojos me inclino, pero, ¿qué quieres que te diga? El sol ha huído hace un instante; el río corre mansamente al mar propincuo... --. . . . . . . . . . . . . . . . --¿Yo pedante porque digo propincuo? Evidente. Quiero decir, al mar cercano, su natural acabamiento, á libertarse del cauce tirano, á ser Océano, á ser un segundo firmamento. Apágase el día en su luz postrera, mas ve que, apagándose, atiza una grande y purpúrea hoguera, cuya es la ceniza, una vez que muera, tanto y tanto lucero, tanta constelación. Pasó el acto primero de la diurna función. Ahora viene el segundo que es mucho más profundo ¡Todo emoción! --. . . . . . . . . . . . . . . . --Dices que no me entiendes... Claro. Cominito ¿qué me has de entender? El hombre es un bicho muy raro. Pues, ¿y la mujer? ¿No tienes dudas ni teorías, hormiga? ¿Temes el sordo abismo del no ser? --. . . . . . . . . . . . . . . .
--Sí, trabajas todos los días. Lo sé. Mas, ¿no profesas el hormigocentrismo? --. . . . . . . . . . . . . . . . --Sí; sólo en la faena se agota tu desvelo. --. . . . . . . . . . . . . . . . --Ya; cuidas del mañana con mira terrenal. Eres dichoso porque nunca miras al cielo. No sabes del bien ni del mal. No sientes melancolías ni la horrible desolación del que ve que se acaban sus días y en su boca se hiela la canción. Y esto no obstante... Madama Comino; hoy tiembla en el campo un austero éxtasis. Hay trino de verderón y de jilguero. Entre la brisa salitrosa y cauta la campanilla suena, al paso tardo del buey. Suena la flauta del sapo humilde y pardo. Suena maravillosamente el río. Y ya se acerca el huracán del tren. Tú vas á tu hormiguero. Voy yo al mío. Hermana hormiga, que te vaya bien.
EPÍLOGO.--EN EL CIELO.
Esta es la gloria de los buenos, el paraíso donde los animales viven vida inmortal. Un ámbito entre muros de diamante, con friso de cometas (porque estas son la pauta ideal de los bichos, á causa de su cola divina). Una pradera, como de plumas de papagayo, tan blanda y verde es. Una colina donde Alectryon se empina por fulminar el rayo de su quiquiquí á las gloriosas huestes. Corre, para Calígula, leche tibia en regatos, y es que la leche otorga emociones celestes á las bacantes dúctiles y á los dúctiles gatos. Á trechos, de lo verde surge un hueso mondo y suave como el marfil de Etiopía, para que en él Sultán juegue el diente travieso, y el meollo le extraiga, que es de miel y ambrosía. Y la hormiguita tiene senderitos de plata con simientes de oro que ella empuja, de espacio, á la troje, escondida debajo de una mata de rosas; hormiguero que parece un palacio. Y todo es paz, y todo es dulzura y ventura dentro del paraíso de las bestias sencillas. Al seno de Dios ha retornado la criatura y el agua de la nube á la mar sin orillas.
* * * * *
--Ven Francisco, hijo mío; tu dulce faz asoma á este jardín dilecto de mi reino infinito.-- Dice Dios. Por encima revuela la paloma. Á su diestra está el hombre, según estaba escrito. Y Francisco se asoma sobre el fresco recato inmarcesible, en donde los bichejos están, y en amor derretido les dice: --¡Hermano gato, hermano gallo, hermana hormiga, hermano can!-- Y Dios. --Más gratamente resuena en mis oídos el murmullo que puebla este dulce jardín que flauta y lira y cánticos de ángeles y elegidos, ó la voz inflamada que vierte el querubín. ¡Oh, hijos míos, cuajadas de mi propia sustancia, normas, sendas por donde el mezquino saber pudo evadirse de la ciudad de la ignorancia! Pero, los hombres no quisieron entender.
VII
Los vecinos de Cenciella, sabiendo que el señorito de la casona alta estaba en el pueblo, se asombraban de la reclusión en que se escondía; él, otras veces tan amigo de holgorios y gente aldeana... Cuando Rufa, la vieja criada tradicional, usufructuante de por vida de la casona, salía á hacer la compra, le preguntaban por don Albertín:
--¿Qué queréis que vos diga? --contestaba la vieja-- Nunca lo vi como ahora. Rompióle una pata á Azor, y ahora enséñale á hacer títeres. Y aluego, cuándo con los perros, cuándo con las gallinas, cuándo con el gato, pásase el día entre animales.
--Es que no sale ni á misa --replicaba alguno.
--Á misa ya sabéis que nunca fué. En eso tira al padre; Dios le haya perdonado.
--Visitáralo la viuda.
--¿La viuda? ¡Bah, bah! Entavía non la vió. Si non sal de casa... Ella sí, pásase el día asomada pel la tapia. Ya sabéis; como las huertas están xuntas, pared por medio, y la de la viuda más alta...
VIII
La casa solariega de Alberto estaba desviada de Cenciella como cosa de medio kilómetro. Delante de la fachada, al estilo plateresco, se hacía un espacio en círculo, enarenado, con poyales de piedra en lo más extremo de él y todo en torno eminentes álamos reales. De un costado y otro del edificio, y siguiendo el plano del frente, arrancaba el alto tapial de la posesión, doblábase á poco en dos ángulos rectos, é iba ladera arriba, hacia el fondo, cuya pared era medianera entre la huerta de Alberto y la de la viuda de Ciorretti. La finca de la dama ocupaba lo más empinado del ribazo, de suerte que desde ella se podía otear, al pie, la del vecino.
Era la viuda una rozagante matrona, de oriundez piamontesa. Sus cabellos cobrizos; la piel de requesón, constelada de pecas; labios gordezuelos é impregnados de abundante humedad; las pupilas, entre grises y ambarinas, gatunas; las pestañas casi albinas, y en junto los ojos como los de las yeguas bayas; el cuello, amplio y abarrilado, que ella gustaba de exhibir siempre. Por disimular cierto exceso de carne usaba corsé hasta medio muslo, y lo ceñía de firme, con lo cual el tronco tomaba un aspecto de tiesura maciza y majestuosa. Andando, arregazaba la falda con mucha desenvoltura, descubriendo la pierna desde el gozne de la rodilla, unas medias de matices suaves --lila, fresa, musgo, tabaco--, y unas botas de color bronce y brillo metálico, hasta media pantorrilla. De la armonía total de sus perfecciones naturales y atavíos resultaba cierto encanto fofo ó incentivo deslabazado á propósito para satisfacer esa voluptuosidad perezosa, característica de las siestas estivales.
En Cenciella y Pilares se conocía de público la historia lamentable de su viudedad, el desconsuelo que esto le trajo, y la manera sencilla con que hubo de recobrarse del quebranto conyugal. Su esposo, Antonino Ciorretti había sido un hombre estupendo, tanto en las partes físicas como en las prendas del intelecto; ardiente, membrudo y vigoroso como un romano de los tiempos de Rómulo; y luego, astuto, emprendedor, perseverante. Estableció en Pilares una fábrica de sombreros, con tan buena fortuna que á los dos años arrastraba coche. Como buen mozo, y convencido de que lo era, gustábale lozanear, cabalgando á través de las tortuosas calles de Pilares. Las provincianitas, huesudas y anémicas, á causa de la vida recoleta y del abuso de las prácticas devotas, viéndole pasar, bien arzonado y jactancioso, muy cerca de los miradores tras de los cuales bordaban ó leían la Leyenda Dorada, envidiaban nebulosamente á Pía Octavia Ciorretti, la mujer del italiano. Los caballos eran dos, Dante y Petrarca, uno flor de romero y otro castaño rodado, entrambos de silla y tiro al propio tiempo. Cuando el matrimonio salía en coche, un _mylord_ de gomas, llevaban de cochero á Joselín, _el Chelu_, muy conocido y celebrado de la plebe pilareña; un chicarrón de rostro agudo y apicarado.
Para los habitantes de Pilares la pareja Ciorretti constituía el arquetipo de la dicha epicúrea. Se les imaginaba siempre entregados á un sensualismo venturoso. Pero he aquí, que una mañana, sin ton ni son, se muere el fabricante de sombreros. Pía Octavia, igual que la matrona de Éfeso, quiso morir y ser enterrada á la vera de aquel cuerpo tan amado, y tan amante. Repelía todo consuelo de amigos y conocidos, exclamando, con bastante candor, no exento de malicia, que el muerto le había dejado un vacío difícil de llenar. Con esto, todos dieron por hecho que Pía Octavia no tardaría en seguir á Antonino al sepulcro. Buscando lenitivo ó consolación en su duelo, acostumbraba bajar á la cuadra, y allí, ante la presencia atónita é inflamada de Joselín, _el Chelu_, como en demencia ó extravío de pasión, iba á llorar, abrazar, besar, mimar, acariciar, hacer mil muestras de frenético agasajo, cuándo á Dante, cuándo á Petrarca, á los dos potros que él, su Ciorretti, había cabalgado tanto. Eran dos recuerdos vivos del esposo, prematuramente desaparecido, y Pía Octavia, por una de esas candorosas locuras hijas del amor cuando se ayunta con el dolor, suponía que los caballos experimentaban una nostalgia semejante á la de ella. El tiempo no corregía la amargura de la pobre mujer, sino que la acrecentaba. La efusión que dedicaba á los caballos era cada día más tempestuosa: dijérase una Pasiphae delirante que no entendiera mucho de zoología. Y Joselín, cuyos nervios se iban poniendo de punta y su mente ofuscándose, resolvió colocarse de por medio, prodigar consoladoras palabras á la viuda, y aliviarla de tanta pena, por los medios que buenamente se le ocurrieran. Joselín era avispado y de mucha labia. Industrióse con tanta cordura y sutileza que atinó á llevar al ánimo de Pía Octavia el néctar de la mitigación, lo cual la viuda agradeció tanto que eximió de la cuadra al caritativo mancebo y le ofreció dinero bastante con que estableciese una tienda de vinos, que era el ideal de Joselín. Los vecinos de Pilares dieron en interpretar aviesamente la liberalidad de la viuda, y á poco de abrirse la tienda de Joselín, le inventaron al dueño un remoquete ó apodo que cundió al punto hasta llegar á sustituir al anterior de _el Chelu_. Se le llamó, de allí en adelante, Joselín, _Priapo de oro_.
Á _Priapo de oro_, en viéndose propietario de un establecimiento lujoso --pintó la portada de vermellón--, se le subió el orgullo á los sesos, perturbándoselos no poco. Dióse á la francachela, á las costumbres licenciosas, y en compañía de hombres libertinos y mujeres alegres, fué endeudándose de fea manera y á tal extremo que, en vísperas de complicaciones judiciales, hubo de acudir á la viuda.
--Imposible, Joselín --respondió enojada la Ciorretti--. Fuiste leal y bueno conmigo... y para con la memoria de tu amo. Creo que te pagué razonablemente. Tú sabrás lo que has hecho con el dinero, que no era poco. Me pides más, de nuevo: imposible, hijo, imposible. Niente, niente.
Aquella misma noche se suicidaba _Priapo de oro_. Esto acontecía á los dos años de enviudar la italiana. Á los pocos días del suicidio, huyendo de lenguas ociosas, salió de Pilares y fué á refugiarse en Cenciella, á una casa que Antonino había comprado en excelentes condiciones á unas hidalgotas, vírgenes vetustas, venidas á menos. Habíase despojado ya del luto, y gustaba de vestir dentro de sus dominios unas batas ó peplos livianos, ondulantes y de célicas entonaciones. Alberto, en la huerta de al lado, pintaba con singular aplicación. La viuda acechaba al mozo, oculta entre los pomares, y como no le desagradase su pergeño, sencillez y buen aire, fué aficionándosele y discurriendo un arbitrio con que acercarse á él. Mandó levantar un terradillo, en la tapia medianera, y á él subía en atardeciendo, vaporosamente, á tiempo que las estrellas asomaban en el cielo. Alberto, en un principio, no le concedió mucha importancia. La viuda estaba determinada en hablar al pintor, pero no se le deparaba coyuntura. Por fin, una tarde que lo tuvo cerca, á pretexto de unas plantas de rábanos, rompió á hablar así entre dengues y rubores:
--Joven. ¡Ay! Usted dispense. ¡Jesús, qué atrevimiento! Le he llamado á usted sin darme cuenta, distraídamente.
La viuda, envuelta en tules azul pálido, se recodaba en lo alto de la cerca, la cual, por la parte de Alberto, estaba recubierta de melocotoneros, en espaldera.
--Mándeme usted, señora --respondió Alberto, acercándose con naturalidad al sitio por donde asomaba la Ciorretti.
--Dirá usted que estoy loca --se ocultaba el rostro con las manos--. ¿De veras me dispensa usted?
--Pero ¿de qué? Si es por haberme dirigido la palabra, se lo debo agradecer...
--Muy amable. Su huerta es muy bonita, y está muy bien cuidada. Desde aquí se domina muy bien. El jardín, ya no tanto. Digo que no se domina tanto, por los árboles. Parece que tiene usted muchas flores.
--Todas á su disposición...
--No será tanto... Ya tendrá usted algunos compromisos...
--¡Qué tontería! --comentó Alberto, riéndose con ingenuidad--. Ahora es usted la que debe perdonar; una exclamación involuntaria.
--No, si me gusta que me trate con confianza: al fin y al cabo somos vecinos. Usted solo, según me han dicho, ¿verdad? Yo sola. ¡Ay! Y usted pensará: ¡Qué pesada se pone Pía Octavia!
--No, no; no pienso tal. Pero usted iba á decirme algo, al principio, Pía Octavia.
--Se va usted á reir. Pues... me gustan mucho los rábanos. Aquellas plantas, ¿son rábanos?
--Se lo preguntaré á Celedonio.
--Lo son; los conozco muy bien. Tire usted de una matita, verá como sale el rabanito. Así, no; que se rompe la mata. ¡Jesús, qué torpe! ¿Lo ve usted? Ya se ha roto. Voy yo á su huerta, es decir, si usted me lo consiente.
--No faltaba más. ¿Á salto?
--¡Qué horror! En dos minutos estoy ahí. Desapareció detrás de la tapia.
Á poco, estaba con Alberto extrayendo rábanos de la tierra. Había anochecido ya, y de ahí que la Ciorretti se tropezase á veces con el joven. Á partir de esta recolección vespertina comenzó la amistad, que llegó á hacerse íntima. Alberto, á la postre, claudicó, pero sin poner en sus relaciones con la viuda otro interés que la voluptuosidad leve á que el calor estivo le inducía. Concluído el verano, quebróse toda ligadura, y Alberto no volvió á acordarse de Pía Octavia, de sus peplos incitantes ni broncíneas botas.
Ahora, en aguda crisis espiritual, encerrado en sus cogitaciones, no echaba de ver que la Ciorretti le esperaba á diario sobre el terradillo. Una tarde salió Alberto á sentarse al pie del parral. La viuda, que lo vió, comenzó á dar grititos, y el joven hubo de acercarse.
--¡Ingratísimo! Así se trata á las amigas. Cerca de un año hace que nos separamos.
Quiso hablar Alberto, pero la Ciorretti se le adelantó.
--Si no necesito disculpas... Ya sé que se va usted á casar. ¿Cuándo, cuándo es el acontecimiento?
--¡Casarme...!
--¿Cómo casarse? Cualquiera diría que le toma de sorpresa...
Alberto se las arregló como pudo para cortar cuanto antes el palique y volvió á encerrarse en la casa. Llevaba el corazón colmado de un sentimiento de vergüenza. Las mejillas le abrasaban. Su novia... ¡Pobre Fina!
Hizo sonar el timbre, y en acudiendo Manolo, le ordenó que á la mañana siguiente le tuvieran apercibido un maletín y un caballo con que ir á Villaclara.
Al siguiente día, cuando montaba á caballo en la plazoleta orillada de álamos reales, oyó á manera de un lloro en los balcones. Azor y Sultán asomaban el hocico entre los hierros pugnando por arrojarse á tierra.
--¡Calla, Sultán; calla, Azor, que pronto vuelvo! Y se despidió afablemente con la mano.
IX
Conforme hacía camino el caballo, á compás del trote cochinero y machacón, Alberto procuraba concentrarse, sentirse, conocerse. La conciencia se le evaporaba. Poníase á cantar distraídamente, acoplando el ritmo al trote del rocín, hasta que llegaba un punto en que volvía sobre sí, sorprendiéndose de cantar y vivir como por máquina. Comprendía difusamente, entre turbios vapores espirituales, que en su alma germinaban á lo sordo las ideas matrices y las normas morales de una vida renovada, toda serenidad y aplomo.
El día era encalmado, muelle, y el campo pulquérrimo, como si las lluvias recientes lo hubieran esmaltado. Un vasto olor á tierra húmeda abarcaba en su seno matices profusos de flores varias; la madreselva emitía la nota aguda.
Alberto descabalgó, tronchó unos piños de madreselva y los sujetó en un ojal de la chaqueta.
Las praderías verde-veronés, tachonadas por la mancha bermeja de las vacas pacientes, le obligaban á detenerse en ocasiones, henchido de sutil emoción de color, reposándose de toda inquietud, á la manera que un líquido, rota la redoma, se difunde por una superficie plana. Recobrábase luego, y entendía de pronto, aunque sin pararse á teorizar, el infinito deleite egoísta que macera la soledad del ermitaño.
Almorzó en una venta, en la raíz de la cuesta del Palomo, y pidió que le sirvieran solamente verduras y frutas para postre. El ventero le tomó por loco. Salió después de comido, cuesta arriba, entre pinos muy fragantes. Desde la cumbre del Palomo se atalaya un valle por donde corre, en meandros la ría de Villaclara; las márgenes, guarnecidas de casas de recreo, á modo de flores blancas y rojas, las cuales van espesándose y forman poblado; al fondo, el mar. En aquella sazón la ría estaba gris y refulgente, como de mercurio; terso y verdoso el mar. En la desembocadura flotaba un bergantín con el velamen marfileño desplegado.