Part 2
Hurtado, muy gozoso, dió dos palmadas en el muslo de Alberto, y dijo:
--Pues hay que casarse, hombre, ¡qué diantre!
--Ha venido usted á hablarme de amor en unos momentos en que me absorben muy diferentes preocupaciones.
Se levantó y se desnudó el torso, dejando el ropón sujeto á la cintura, mediante el cíngulo de recias borlas. Tomó una botella de vidrio verde, cuyo contenido derramaba en la palma de la mano y extendía más tarde por el pecho y los brazos. Por la estancia se expandió una fragancia fresca y tenue, como de mañana campesina. En los ojos de Hurtado se adivinaba que, en casándose con Leonor, pensaba imitar á Alberto en punto á detalles del arte cosmético.
--Eso huele muy bien. ¿Qué es?
--Agua de colonia, simplemente.
--Á ver ¿qué marca? Atkinson. ¿Cuánto le cuesta?
--Catorce pesetas.
--No puede ser.
--En casa de Prado la compro.
--Valiente ladrón.
--No crea usted; en Londres no me costaba mucho menos.
Sonó el timbre rabiosamente.
--Ese no puede ser otro que Jiménez.
--Pues me voy. No me es nada simpático. Hasta la vista, Alberto.
En el pasillo se cruzaron Jiménez y Hurtado. Se oyó á Jiménez decir con voz burlona:
--Hola, Hurtado; cómo suda usted. ¿Cuándo contraemos á don Medardo?
Y á Hurtado, sombriamente:
--Pero qué chistoso es usted.
Jiménez penetró en el estudio sin conceder atención á las manifestaciones catastróficas que por dondequiera se hacían visibles. Traía un periódico en la mano, y, sin saludar, adoptando tonos de agitación melodramática, ordenó á Alberto:
--¡Lea usted!
Alberto leyó:
«Es objeto de todas las conversaciones en Pilares un hecho singular acaecido en la última noche. Según parece, hace unos días ciertos señoritos juerguistas, muy conocidos en la buena sociedad, salieron de excursión al puerto, acompañándose de unas palomas torcaces muy conocidas en la mala sociedad. Iban, por las trazas, á ver el eclipse; pero lo único que pudieron contemplar fué el eclipse de su propia razón, á causa de las excesivas libaciones. Dícese que cometieron todo género de excesos, turbando la paz patriarcal de nuestros campos, escandalizando á los aldeanos, y, sobre todo, á las aldeanas; y, según nos aseguran, las desdichadas que los acompañaban atentaron al pudor de unos reverendos Padres Escolapios que habían ido al puerto con el mismo objeto. Queremos decir, con objeto de observar científicamente el eclipse.
»Pero lo más grave viene ahora. Dícese que después de entregarse á la bacanal más frenética, digno de los tiempos paganos, llegaron, en el estado que se supone, á Pilares ayer anochecido. Pero, es el caso que una de las palomas torcaces ha desaparecido. Durante todo el día de hoy se han hecho tentativas por averiguar su paradero, y han resultado infructuosas. Se habla de un crimen; se tienen pistas bastante seguras, y hasta se murmura el nombre de un joven artista, célebre por sus extravagancias.
»Esperamos de las autoridades gubernativas y judiciales que no se dejen intervenir por influencias caciquiles. Impediremos que se eche tierra sobre este escandaloso asunto. ¿Estamos en Zululandia? ¿Se puede vivir?»
--¡Qué mastuerzos! --dijo Alberto por todo comentario.
Jiménez en tanto Alberto leía en voz baja la gacetilla de _Pilares Futuro_, había estado viendo, con infinito asombro, tanto destrozo como yacía por tierra. Sus ojos grises, en todo momento vibrantes de jocosidad, miraban de un lado y otro con grave suspicacia.
--¿Qué ha ocurrido aquí?
--Una crisis espiritual.
--Querrá usted decir una crisis báquica.
--No, no; una crisis espiritual. El alcohol no ha tenido nada que ver con esto que á usted tanto le asombra.
Jiménez se atrevió á preguntar:
--¿Y Rosina?
--Yo qué sé, amigo Jiménez --Y aun cuando no tenía deseo ninguno, no pudo menos de reir francamente, porque la fisonomía de Jiménez, de ordinario muy móvil y cómica, al ponerse seria era más grotesca aún--. Á ver si es usted quien ha redactado el suelto de _Pilares Futuro_...
El rostro de Alberto estaba tan sereno, tan claro, que Jiménez desechó desde luego toda presunción condenatoria.
--No he tratado de ofenderle. ¿Eh? Ni mucho menos de juzgarle. Como al fin y al cabo cuando uno está borracho no sabe lo que hace, y sobre todo, cuando como usted ayer, tomaba una de sus primeras borracheras. Pero, la curiosidad... Usted, por lo pronto, se trajo á Rosina aquí.
--Creo que sí. Es decir, sí.
--¿Y luego?
--Déjeme recordar bien. Entramos; levanté el cortinón; entró ella primero, luego yo; me miré en el espejo, se me figuró que yo no existía ya, sino que era proyección, sombra ó espectro de mi existencia anterior; dije no sé qué majaderías y... creo que en aquel momento perdí el sentido.
--¿Y luego?
--Luego, ¿yo qué sé? Desperté hará cosa de dos horas, vestido y en la cama. Rosina debió de llevarme allí. Me pareció que despertaba dentro de un cuerpo distinto al mío de antes. Más tarde me di cuenta de que no sólo el cuerpo, que el espíritu también es distinto. He renunciado al arte, á todo por ahora. Quiero olvidarme de muchas cosas; necesito una temporada de reposo, y por eso estoy determinado en ir hoy mismo, dentro de unos minutos, á la aldea.
--Eso es; y figúrese usted que lo del periódico se toma por la tremenda, que se presenta el juez aquí, que ve esto, que usted se ha escapado; _escapado_, dirán.
--Vamos, hombre --Y Alberto sacudió de costado el brazo, como si rechazase una gran absurdidad--. ¿Cree usted que Rosina tardará en aparecer? Se conoce que asustada al verme desmayado, ó tomándome quizás por muerto, huyó de casa. Si al verse sola consideró lo más prudente no volver á la prisión odiosa en donde la tenían recluída, apruebo su resolución.
--¡Horror! ¿Llama usted prisión al amorosísimo nido de doña Mariquita? Veo que tiene usted un concepto de las prisiones tan caprichoso como los católicos, que llaman prisión al Vaticano. Pero, yo creo que no debía usted marcharse.
De la calle venía son de cascabeles.
--Ya está ahí Cachán. Voy á concluir de vestirme.
Alberto sonó el timbre. Apareció Manolo.
--¿Están ya mis maletas?
--Sí, señorito.
--Pues ve bajándolas. Oye; Sultán y Telémaco van conmigo.
--¿Telémaco? ¿Quién es Telémaco? --interrogó Jiménez, abriendo bufamente las pupilas.
--Mi gato.
--Ah, el minino. Pero, á estas horas andará á gatas.
--Es eunuco --advirtió Alberto.
--¡Poverino! --profirió Jiménez, con voz y gesto lacrimosos.
--¿Por qué? Ya ve usted, Orígenes...
--Tiene razón el señorito --intervino Manolo.
Jiménez se volvió hacia el criado, haciéndole una mueca de estupefacción. Alberto, sin poder dominar una sonrisa, habló, mientras hacía el nudo de la corbata.
--Pero, hombre, ¿á ti quién te mete?
Manolo salió muy avergonzado por haber expuesto este rasgo de cultura á la burla del señorito.
Jiménez tomó del suelo un pedazo de escayola:
--Esto parece un seno.
--Y lo es; de la Venus de Milo.
--Infeliz señora. ¿Y esta obscenidad? --Mostraba un fragmento con la base del vientre y la coyuntura de unos muslos femeninos.
--De la de Médicis.
--Veo que no ha respetado usted nada --añadió Jiménez, revolviendo con el pie pedazos de fotografías y de lienzos--. ¡Ah, sí! Aquí hay una mujer que se ha salvado. ¿Quién es? --Y señalaba á la Gioconda.
--El velo de Isis.
--¿Eh?
--Lo que fué, lo que es, lo que será. Nunca mortal alguno levantará el velo de su inmortalidad.
Apercibíase Jiménez á comentar burlescamente las palabras cabalísticas de su amigo, cuando Telémaco, con sus desesperados maullidos, puso en turbación el reposo de la casa. Oíase también á Manolo, que inducía al gato á meterse en un cesto, dirigiéndole interjecciones enérgicas.
--Tendré que ir yo --dijo Alberto, y salió seguido de Jiménez.
Manolo había hecho presa en Telémaco, sirviéndose de una arpillera que le abroquelase contra las uñaradas de la fierecilla. Sin miramiento ninguno para con el animalucho, pretendía incluirlo en el cesto empujando á puñadas, como si se tratase de un rebujo de ropa sucia. Pero el gato se encrespaba, maullando rabioso, y tantas veces como se le metía, botaba fuera como por arte de encantamiento.
--Creo que mejor lo dejamos, señorito.
--Tiene razón Manolo --corroboró Jiménez.
--Imposible. He arrojado todos mis libros al patio y mis textos, de aquí en adelante serán Sultán y Telémaco.
Jiménez enarcó los hombros.
--Está usted más loco que una cabra.
Cuando el gato estuvo alojado, hubo necesidad de atar el cesto con una cuerda; con tal fiereza se revolvía en su prisión.
--Andando. ¿Has metido en las maletas la mostaza Colman y la salsa Worcestershire?
--Sí, señorito.
Salieron á la calle. Alberto entró con Sultán en el coche. En el pescante iba Manolo con el cochero y las maletas; la cesta del gato sobre las piernas. Jiménez y Alberto se despidieron.
--¡Arrea! --gritó Alberto.
El coche comenzó á andar. Desde el balcón, Teresuca miraba á su ayuda de cámara con un mohín de tristeza en el hociquito.
IV
El carruaje avanzaba por la parte alta de la ciudad, siguiendo la linde del parque público. Alberto recordó que la víspera, á la misma hora aproximadamente, cruzaba los jardines, del brazo con Rosina: una pareja de enamorados cuchicheaba en la sombra, y las estrellas latían entre el boscaje. ¿Qué será de Rosina? pensó. Hubiera sido tan placentero llevarla consigo á la aldea. El amor carnal sin comedimiento le ayudaría á ir abdicando poco á poco de la vida consciente y los restos del pasado. Pero, de pronto, se hizo presente en su memoria el verso de Mallarmé:
_La chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres._
Sí, la carne es algo terriblemente efímero y triste, y de otra parte, Alberto se juzgaba ya de vuelta de toda la vana ciencia de los hombres.
En el parque, comenzó á tocar la charanga municipal; algarabía metálica que sacudía el aire nocharniego con una emoción de sentimentalismo.
El coche corría carretera adelante, á campo traviesa. La noche estaba lóbrega y tormentosa.
En el páramo de la Molleda, Alberto ordenó al cochero que hiciera alto. Descendió del coche. La tierra, hasta la línea del horizonte, se extendía en rasa planicie, de un negro de humo, á manera de lago bituminoso. Por el cielo, de la parte de Poniente, se levantaba un vapor cárdeno, translúcido.
Alberto amaba singularmente el yermo, hosco y huérfano de vegetación. Le parecía un estado de espíritu materializado; aquella sequedad y aridez de los místicos que hacía más vehemente el ansia de contemplar á Dios. Muchas veces iba á caballo hasta la Molleda, y discurría largas horas leyendo, sentado sobre una gran piedra calva y ebúrnea.
Retembló el trueno. Las nubes se agrietaron en estrías amoratadas.
--¡Buena se nos viene encima! --Gruñó el mayoral-- Súbase, señorito, y vamos aína. Dudo que lleguemos á Cenciella con bien. Los caballos tienen miedo...
Á poco de reanudar la marcha, empezó á llover reciamente. Desatóse el viento; la voz de los truenos era horrísona.
En la Peña, á donde llegaron después de un cuarto de hora de carrera desenfrenada, guardaron el coche al cobijo de un tendejón. Telémaco, en su jaula, daba señales de iracundia funesta. Alberto, Manolo, el cochero y Sultán, entraron en un _chigre_, ó lagar de sidra. Un grupo de ennegrecidos mineros jugaban al tute y bebían; volviéronse á mirar á los recién llegados, con ojos que albeaban sobre el hollín del rostro.
Alberto tenía apetito. Su cuerpo, habiendo reaccionado de la embriaguez, se encontraba ágil, elástico y como saturado de fuerzas tumultuosas. Sentía deseos de correr, de saltar, de trepar montañas, de cabalgar potros cerriles. Pidió qué comer. Sirviéronle sardinas en aceite, pan, sidra. Andaba tan ensimismado que no echó de ver cómo los mineros le contemplaban con descaro, profiriendo groseras chanzas en voz que de él pudiera ser oída; daban puñadas sobre la mesa y reían, mostrando la blanca dentadura. Una carcajada más sonora obligó á Alberto á parar atención en el grupo. Su pensamiento llegaba de tan profundos y misteriosos limbos que, saliendo á la superficie, el mundo, de primera intención, se le aparecía á modo de espectáculo. Por eso su mirada fué clara y honda, una de esas miradas espiritualmente autoritarias ante el influjo de las cuales se recogen avergonzadas las fuerzas vacilantes del instinto.
Un minero se levantó, y echó á andar, tambaleándose, hacia Alberto. Éste le veía acercarse, con curiosidad desinteresada, artística. La lentitud, el movimiento del minero, su cráneo anguloso y su fortaleza torpe y bovina, hacían que Alberto imaginase tener ante sus ojos una escultura de Meunier, semoviente, viva. Sentía una emoción así como de reposo, y en sus labios apuntaba una sonrisa. El minero, en acercándose, se despojó de la boina, y dijo:
--¿Quiere aceptar el señorito un vaso de sidra?
--Ve usted que estoy bebiendo. Tome usted --Con calma escanció un vaso y se lo alargó al minero. Luego le dió una botella--. Para usted y sus amigos.
Volvió el minero á su grupo, y, á partir de este momento, se redujeron á jugar el tute con bastante circunspección.
Alberto se sentía en plena ingenuidad, frescura y barbarie de espíritu. Cuanto le rodeaba le producía el deleite de la emoción. Sus nervios estaban en una tensión musical y sutileza sensible que nunca había experimentado hasta entonces. Como claro espejo, ó quieto caudal de agua viva veíase colmado con las bellas virtudes pasivas de la mera y exquisita receptividad.
El cuadro de la taberna, en donde momentáneamente vivía Alberto, era Jordaens ó Teniers, pero con vida íntegra y acción gustosa sobre todos los sentidos. Por el abierto portón de la huerta, al fondo del lagar, entrábase olor á rosas, á malvas y á tierra húmeda. De vez en vez, á la luz de un relámpago, se encendía el paisaje con un resplandor azul intenso y violeta; y era la aparición subitánea de esas creaciones de Patinir, con su diafanidad diamantina de paisajes contemplados en lo hondo de un lago de aguas durmientes y delgadísimas.
Desde una habitación vecina, llegaba la canturria humilde de un acordeón. Una voz moza cantaba. Era un aire de austera melancolía labriega, como las romanzas de Grieg y de Rimski-Korsakoff.
Alberto batió palmas. Por detrás de una cortina á rayas rojas y blancas, asomó el chigrero. Un gato atigrado salió al mismo tiempo, por debajo de la cortina; avanzó por el suelo, de tierra cenagosa; quedóse un instante con la cabecita ladeada y un brazo en alto, atento á los maullidos de Telémaco: continuó, indiferente, runruneando con mimo.
--¿No pueden venir á hacernos compañía el que toca y la que canta? --El gato topaba y se restregaba en las perneras de Alberto, el cual, en aquella ocasión estaba poseído de una ternura clarividente hacia todas las cosas. Gato, chigrero, mineros, muebles, toneles y, hasta los fenómenos físicos; la luz de los candiles, el lamento del acordeón, el olor á tierra y á rosas, todas las cosas se le presentaban como objetos de interés universal, amables y expresivos.
En esto Remedios, que tal era el nombre de la hija del chigrero, vino á sentarse al lado de Alberto. Era carillena, lechosa de color, pelo de caoba, muy encendida de labios, ojos negros y rubias las pestañas. Sugería el recuerdo de esas hembras pingües y fáciles que en las kermeses de Rubens dejan sin asombro sus senos ser estrujados bajo la mano venosa y cetrina de un flamenco beodo. Su falda era añil muy vivo, casi glorioso, semejante á los añiles de Fra Angélico, que siempre habían conmovido inefablemente á Alberto, y el abundoso vuelo caía rígido en innumerables y menudos pliegues. Tales fueron las imágenes que resbalaron por la memoria sensible de Alberto.
--Cantas muy bien, mocina. --Habló, por hablar algo.
--Calle por Dios, señor. ¿Quier burlase? --Sesgaba la cabeza á la derecha, de manera que la trenza contraria le caía desde el hombro al seno. De soslayo miraba á Alberto. Tenía la mano derecha vuelta graciosamente y apenas apoyada en el pecho del mismo lado. Erguíase su tronco con dignidad campesina, como la Mnemosyne de Lysipo.
--Y ¿quién tocaba el acordeón?
--Mal diaño ¿qué ye acordeón?
El padre, que alongado de ella, contemplaba orondamente á su hija, interpuso:
--Por lo fino dícese acordeón á la finarmólica. Sábeslo de sobra y no sé por qué te haces la fata --Estaba cruzado de brazos, con el gesto entre socarrón y hierático del escriba egipcio que hay en el Museo de Louvre. En el rostro, recamado de erisipela, revelaba gran orgullo genésico--. Ella misma toca la finarmólica, señorito.
--Pues no es floja habilidad. Venga de ahí.
Remedios dió aire al fuelle, y comenzó á tañer un monótono vals y á cantar:
Con tu partida me partiste el alma; y aquel beso que me diste en la alameda me mató. ¡Ay, sí, sí! que te lo digo yo...
Al cantar, descubría los dientes, pulcros y parejos; la roja lengüecilla jugaba entre ellos, á veces. Los mineros, haciendo alto en el tute, escuchaban recogidamente. Pero, la absurdidad de la letra y la música andaban á punto de quebrar la fruición espiritual de Alberto. Dijo:
--Es muy bonito, pero basta.
Casi todos sus sentidos habían tenido regalo. Las tersas y aterciopeladas mejillas de Remedios se le ofrecían á Alberto como sazonado fruto en donde hundir los dientes, ó materia preciosa para acariciar el tacto. Llevó la mano al rostro de la moza, y cerró los ojos, por recibir más intensamente la sensación. Por todo el cuerpo se le difundió al modo de una delicia penetrativa ó suavidad oleaginosa, como si su alma resbalase sobre sedas velludas ó yaciese en un musgo fragante.
--¡Vaya, vaya! --Rezongó roncamente un minero.
--¿Qué ocurre? --inquirió el chigrero, con petulancia despectiva-- Paezme á mí que va á llegar un día en que no vos abra la puerta de mi casa. Pa la ganancia que dejáis.
Otro minero, el más corpulento y lóbrego, se puso en pie. Habló haciendo avanzar agresivamente el hombro izquierdo, como el Colleoni ecuestre del Verrochio, y como los gallos de pelea:
--Y yo digo que te voy á cortar el pico, Parrulo.
--Bueno, en mi casa mando yo --respondió el Parrulo, sin dar importancia á la amenaza y contando las monedas que Alberto le había dado--. Muchas gracias, señorito, y mandar.
El dueño del lagar y su hija se mantuvieron en la puerta hasta que el coche partió, cuesta abajo, cascabeleando alegremente.
El cochero y Manolo, en el pescante, reían á todo ruedo. Alberto les tocó en la espalda con el bastón, un makila de los Pirineos, rematado en tosca y larga contera.
--Á ver si podéis callar un momento.
Enojábale que la algazara matase una voz cauta y luminosa que en el pecho le comenzaba á manar.
Llegaron á Cenciella muy cerca de la media noche. Alberto, acompañado de Manolo, se encaminó por una calleja, al pie de las tapias de la finca, hasta la casa del casero. Con el bastón golpeó la puerta. Un perro ladró furiosamente.
--¡Azor! ¡Azor, calla! --gritó Alberto.
El perro ladraba, cada vez más enardecido.
Sultán se acurrucaba medroso á los pies de Alberto.
--Se ha olvidado de mí ese animal.
--¿Quién demonios llama? --preguntó Celedonio, el casero, desde el fondo de su habitación.
--Yo.
--El señorito. Voy, voy esnalando. ¿Quier que le abra la portalada de la casona?
--No; abre aquí. Entraré por el jardín.
Celedonio salió en mangas de camisa, con un farol en la mano.
--¿Cómo está el señorito? Asustome. Á estes hores... Buena tronada. ¿Dónde yos cogió? Por aquí, por aquí, con cudiao, que están les fesories...
En saliendo á la huerta, Azor acudió raudo, colérico.
--¡Azor! ¡Azor! --vociferó Celedonio, intentando ahuyentarlo.
Iba á lanzarse Azor, con los dientes arregañados, sobre Alberto, cuando éste, voleando el bastón con fuerza, le aplicó un palo en los brazos. Azor cayó á tierra aullando. Celedonio se acercó á examinarlo á la luz del farol. Sultán andaba también por allí, con el rabo entre piernas.
--Tiene una pata rota.
Alberto se inclinó sobre el can, y éste le miraba con ojos humedecidos y sin reproche. Con el temblequeo nervioso del rabo, la expresión de la pupila y otras muestras humildes, esforzábase Azor en expresar que, por último, reconocía al dueño y solicitaba su perdón, como si dijera: «olvida que he pretendido hacerte mal. Me has roto una pata: bien rota está. He aquí otras tres; de añadidura, el rabo, si así lo decides». De esta suerte tradujo Alberto mentalmente la disposición de espíritu del perro guardián. Le pasó la mano sobre la cabezota con amorosa insistencia. Azor parecía desleirse de agradecimiento.
V
The more I see of people The better I like dogs.
Azor quedó cojo. Obligado de la necesidad, aprendió muy prestamente á andar en tres patas, y lo hacía con una buena gracia grotesca que era una delicia verlo.
No estaba muy clara la estirpe canina de Azor. Era un perro de abolengo muy complicado y oscuro, como el de algunas dinastías reinantes, y de rasgos harto móviles é indefinidos. Las más varias y aun antitéticas castas perrunas, reclamaban su porción congrua en la sangre de Azor. Entre su ascendencia había nombres respetables, uniones lícitas y aristocracia genuina junto con adulterios, bastardías y generaciones á salto de mata. En suma, que era un individuo muy _complejo_ como se suele decir. Dentro de su personalidad psíquica y aptitudes de su actividad, estaban latentes todas las perrerías. En cuanto á la expresión de sus rasgos, era indiscernible y cambiante; tan pronto parecía un lobo, desconfiado, cruel, como se aborregaba, dulcificándose hasta un extremo ridículo. Zanquilargo y desgarbadote, rabicorto, hundido de hijares, no muy lanudo y de un color castaño claro con visos de alazán.
El infortunio le trajo á una domesticidad impropia de su historial guerrero; lo propio les suele acontecer á los hombres. Pero dió pruebas de alta magnanimidad. Nunca exteriorizó rencor contra el que le había hecho perder una pata. Entabló amiganza con Sultán. Se pasaba el día y la noche al lado de Alberto, y dió á entender, con noble estoicismo, que hacía abdicación de sus antiguas funciones de centinela nocturno.
--Azor, hijo mío --le dijo una mañana Alberto. El can le escuchaba, mirándole de hito en hito--. La fortuna es el peor enemigo de hombres y perros. Mientras todo va bien, no sabemos de lo que somos capaces. Ha sido menester que perdieras una pata para que aprendieras á andar en tres. Y yo te digo: ¿por qué no has de intentar hacerlo en dos, sin que la desgracia á ello te obligue?
Y desde aquel punto se aplicó á convertir á Azor en un perro sabio y acróbata. El animal se prestaba á todo de buen grado, si bien el aprendizaje era prolijo y penoso. Con lo cual perro y amo ganaban; Azor, en habilidad; Alberto, en instinto; á tal punto, que los sentidos llegaron á ejercer una especie de tiranía sobre él.
VI
El autor aconseja al lector que deje de lado este capítulo y vuelva sobre él, si así le place, en concluyendo la novela.
Alberto empleaba sus ocios en aproximarse, moralmente, á sus animales domésticos. Sultán, el perro _setter_, y Calígula, el gato negro, le hostigaban con misteriosa fuerza la curiosidad. Estudiábalos y pretendía desentrañar en ellos algo así como patrones morales que al pasar hereditariamente transmitidos al hombre hubieran perdido su genuina y originaria sobriedad.
Otro campo de observación fué el gallinero, y en particular el gallo que allí había, de color giro, como dicen los entendidos en animales de pelea; esto es, pardo, con caparazón ó gualdrapa aurina sobre el espinazo. Era una bestezuela estúpida, fanfarriosa, olímpica. Alberto le puso el nombre de Alectryon.
Por último, descubrió un hormiguero en la pomarada de su huerta, y en él un nuevo tema de indagaciones y manantial de fantasías.
Á la noche acostumbraba pasear dentro del salón, de largo en largo, hasta muy tarde. En ocasiones se paraba á escribir. Entreveía un sistema y le aguijaba la angustia de no lograr completarlo palmaria y armoniosamente. He aquí á continuación un traslado de sus papeles, no muy claros, en verdad; citas, notas, esbozos fragmentarios y versos: