Part 17
Los jardines y el café del Kursaal estaban desiertos. Alberto inquirió, de un mozo. Había función de variedades, en el teatro. Tomaron butacas de las primeras filas, y allí, ordenaron que les sirvieran el café. En el escenario, dos gimnastas, varón y hembra, con mallas color de lila, hacían ostentación de su animalidad. Á continuación aparecieron en el palco escénico tres acróbatas grotescos, vestidos, como ahora es uso, de manera desastrada y cochambrosa. Bob seguía el espectáculo con algún interés, olvidándose de sí propio y riéndose á veces. Por el contrario, Alberto estaba ensimismado, ebrio de una exaltación que no sabía si era venturosa ó aceda. Una sacudida de Bob le obligó á volver á la realidad.
--Vamos, vamos fuera de aquí. Esto es idiota.
--Pero ¿qué ocurre?
--Es un espectáculo idiota. No puedo aguantarlo --y salió tan deprisa como pudo.
Alberto le siguió y de pasada pudo ver que en escena había una cupletista, y oir el estribillo del cuplé repetido machaconamente: _La gioventù non ritorna mai_.
Subieron al gran salón de juego. Estaba vacío. Sentados frente á las dos concavidades de la enorme mesa verde, en forma de violón, cuatro _croupiers_ hablaban lánguidamente, con aire de agotamiento y exangües rostros inexpresivos. En ocasiones, uno de ellos golpeaba distraído la pelota de caucho, la cual empezaba á rodar arbitrariamente sobre el mosaico de madera lustrada en donde están los números dentro de una circunferencia de caballitos que galopan en fila.
Los dos amigos penetraron en la sala de lectura. Bob pidió _whisky_. Hojeaba los periódicos y los arrojaba con despego, sin haberlos leído.
--¿Qué le ocurre á usted hoy, Alberto, que no habla nada?
--¿Eh? --Alberto tenía diluída sobre el rostro una sonrisa que era reflejo de una idea.
--¿Por qué se ríe usted?
--Me río de un recuerdo.
--¿Se puede saber?
--No, querido Bob, no se puede saber.
Se acordaba de los vaticinios de cierto crítico de teatros, el cual había asegurado que Alberto nunca sería un autor dramático, porque era un hombre incapaz de sentir ó comprender una pasión.
Alberto tenía un periódico alemán entre las manos. Huyendo la mirada interrogante de Bob, leyó lo primero que le cayó bajo los ojos. Decía: «Weissbach es el lugar favorito de todos aquellos que gustan de la soledad. Millares de personas amigas de la soledad acuden aquí constantemente desde las cuatro partes del mundo».
--Y ahora, ¿se puede saber de qué se ríe usted?
Alberto le pasó el periódico.
Sonaron los timbres, anunciando la hora del juego. Nutrido golpe de gente, de toda edad, nación y catadura, penetró en la gran sala y fué á poner cerco á la mesa verde. Resonaron las voces sacramentales:
--_Marquez vos jeux, messieurs._
--_À vos jeux._
--_Les jeux sont faits?_
--_Rien ne va plus._
Bob se paseaba alrededor de la mesa. De vez en vez se detenía á mirar insolentemente á un viejo ó á una vieja cara á cara y con mueca de fruición sarcástica. Alberto estaba esperando que de un momento á otro ocurriera un incidente enojoso. Bob volvíase hacia su amigo, y decía, riendo con agrura:
--_That skull had a tongue in it, and could sing once._ ¡Ja, ja! Vaya, que al más grande hombre se le escapa una majadería: esta calavera tuvo dentro una lengua con que podía cantar. Bah; después de muerto, ¿qué hace haber ó no haber tenido? No, no es eso. Esa cara asquerosa y acartonada tuvo en un tiempo boca con que enardecer y ojos con que acariciar, y quizás fué hermosa y deseable. _That is the question, sweet Shakespeare._
Su irritabilidad aquella noche era mayor que nunca.
Á un extremo de la mesa estaba sentado un joven alemán entre dos prostitutas de alto copete, alemanas también. El hombre ostentaba un cráneo pelirrojo y muy rapado, como una naranja gigantesca. Las mujeres eran dos bellezas atocinadas y bovinas, á la tudesca, de cuello chato y rollizo y terribles hombros desnudos, color de sebo. El joven las manoseaba con lujuria lenta y grave. Bob se les quedó mirando enconadamente.
--¡Ah, imbécil! ¿Qué haces? ¿No ves que estás sembrando el dolor del mañana? Mira al lado tuyo todas estas caras repugnantes que tuvieron labios y lengua y ojos... ¡Ah, imbécil!
Continuaba profiriendo desatinos y desvergüenzas, hasta que Alberto le atajó:
--Que pueden entender castellano...
--¿Y á mí qué me importa?
--Bueno; basta ya. Es demasiado. Se pone usted imposible.
Bob hizo un gesto de niño medroso á quien maltratan; parecía que iba á romper en llanto.
--No me riña, Alberto. No sé lo que digo, á veces. Tiene usted razón. Volvamos á casa. No puedo estar entre gente; me hace daño.
Antes de salir del salón, Bob se detuvo ante un espejo á mirarse con expresión lacrimosa y desolada. En el café ingurgitó otro _whisky_, y volvieron á la _villa_ en coche. Á mitad de camino, dijo Bob:
--Una de las cosas que más grabadas se me han quedado aquí dentro --se golpeó la frente--, es algo que hace años le oí á usted, acerca de la amistad. Decía usted que la amistad es la virtud fundamental y necesaria para la vida, y que el hombre será tanto más feliz cuanto acierte á convertir sus afectos en amistad; que se puede vivir sin padres, sin hijos, sin amantes, pero no sin amigos; que el amor paternal, filial ó sexual no es duradero, ni satisfactorio, ni aquietante, á no ser que se le haya hecho derivar hacia un sentimiento de amistad estrecha; que hasta la misma afición á los seres irracionales y á las cosas inorgánicas ha de ennoblecerse con un carácter amistoso; que la amistad es el único género de afecto en el cual, el que ama, no abdica de su personalidad, ni tiende por ella á anularse, entregarse, destruirse; y que desgraciado de aquel que cuando ama á una mujer cae del lado de la pasión en lugar de orientarse á la amistad.
Bob hablaba con lentitud y esfuerzo, titubeando, cazando á sacudidas las palabras que se le escapaban; concluyó:
--¿Cree usted que la pasión es demasiado fuerte, ó está demasiado arraigada? ¿Que ese género de estrecha amistad es ya imposible? ¿Cree usted que es ya demasiado tarde?
Bob temblaba. Alberto, pensando en lo suyo, respondió sombriamente:
--Es ya tarde.
III
Alberto se había tendido sobre la cama. Acababa de llegar, después de haber remado durante dos horas, en compañía de Bob. Era un atardecer caluroso, pesado. De pronto se incorporó. Le había parecido oir la voz de Meg y de Ettore, entremezcladas, en el jardín.
Por detrás de las cortinas espió, oyendo á hurtadillas las venas de la habla divina de Meg. Á lo largo de la avenida última, al borde del lago, paseaban cogidos del brazo los dos jóvenes; cuchicheaban, y Meg reía con alborozo. «Parece que lo hace para que yo lo vea», rezongó Alberto. No daba crédito á sus ojos. Aquel mismo día, después del almuerzo, Meg le había prodigado las mismas apasionadas muestras del día anterior. Pretendió satisfacerse á sí propio con una explicación natural del hecho. «Eso ¿qué tiene de particular? Se conocen desde niños...» Pero sentía un dolor tan acerbo como nunca lo había sentido. Se propuso hacer una escena á Meg en la primera ocasión, mostrarse severo, hasta cruel, y declararle de una vez para siempre que no admitía tales libertades. La ocasión se presentó después de la comida. Bob se había retirado, rendido por el ejercicio de la tarde. Alberto y Meg quedaron solos. Alberto sentía borbotear dentro de su pecho impulsos coléricos, pero como Meg se bruñese distraídamente las uñas, con afectado despego, sin dignarse darse por enterada de que él estaba presente, el joven comenzó á vacilar, y su entereza se derrumbó en un punto. En actitud de encogimiento y súplica se acercó á la niña, mendigando una mirada ó una palabra de amor.
--¡Meg...! --rogó temblando.
--¿Qué te ocurre?
--Meg, no me atormentes.
Meg saltó nerviosamente del asiento y se puso en pie, mirando á Alberto con ojos ariscos y labios burlescos.
--Explícate.
--Si me quieres, como dices...
--¿Que yo digo que te quiero? Tú te has vuelto loco.
Alberto se aterró. Sus pupilas se distendieron, con horror pánico. No podía hablar. Giró sobre sus talones y, con paso torpe, tomó el camino de la puerta.
--No te vayas. Tengo que decirte una cosa --Alberto se detuvo á escuchar, sin mirarla--. Si has tomado en serio lo que sólo era capricho de divertirme, haz por olvidarlo cuanto antes. Yo te ayudaré lo mejor que pueda.
Subió á encerrarse en su cuarto y se dejó caer sobre el lecho. Su espíritu era un hacinamiento confuso de escombros. Permaneció largo tiempo como alelado. Un ruido cauto que sonaba en la puerta le obligó á incorporarse, con sobresalto. Vió penetrar un papel color rosa, por la rendija, que luego cayó al suelo. Durante un rato le dejó yacer allí, abandonado. Por fin, lo cogió y lo leyó:
«No tengo paciencia para hacerte sufrir toda la noche. Yo sufriría más que tú. No hagas caso de lo que te he dicho hace dos horas. Era por probarte. Ahora ya sé que me quieres de veras. ¿Yo? Te adoro, te adoro, te adoro. Kisses, Kisses, Kisses. Tuyísima y para siempre,
_Margarita_.»
Con esta ardiente epístola Alberto recibió una punzante y nebulosa contrariedad que no podía explicarse.
IV
Al día siguiente, Meg lloró con increíble abundancia hasta que Alberto le dijo por vigésima vez que la había perdonado y que había dado por entero al olvido su chiquillada.
--Pues aún no estoy tranquila. No eres sincero conmigo. Algo hay que no me dices. Te lo conozco en la cara. Si hasta parece que no te gusta besarme.
Estaban en el bosquete de araucarias. Alberto tenía vergüenza de confesar que sentía celos horribles.
--No te oculto nada, Meg. Y en cuanto á que no me gusta besarte... --la besó delirantemente, estrujándola contra su pecho.
--Así, así --suspiraba Meg, casi ahogada y tosiqueando á veces.
En el resto del día no volvieron á encontrarse á solas. Minuto por minuto, el sentimiento de los celos labraba el corazón del joven. No pudo dormir. Se levantó muy de mañana y salió á pasear junto á los sauces. Á las diez, Nancy y su hija bajaron al jardín. Venían con trajes de calle y pensaban ir á la ciudad, á hacer compras. Alberto se ofreció á conducirlas, como barquero hasta el atracadero central. Las mujeres aceptaron. De vuelta, Alberto remó con prisa, por llegar cuanto antes. Una idea tenaz le hostigaba.
Subió las escaleras de la casa, mirando desconfiado á todas partes; llegó hasta el cuarto de Meg; penetró y cerró por dentro: «Soy un miserable», se dijo. Era una habitación Luis XVI, delicada y fresca como un rosal. Alberto fué derechamente á un escritorio. Estaba cerrado. «Claro está que no lo iba á dejar abierto», pensó. Padeció la tentación de forzarlo. Se acercó al armario de espejo; también estaba cerrado. Llegóse á la mesa de noche y abrió el cajoncito superior. Había en él dos cajitas de piel, para alhajas, un pañolillo de batista arrugado, cintas, un libro de devoción y una novela francesa, con estampas lascivas; todo ello saturado de frágil olor á rosa. Antes de abrir la portezuela inferior, dudó un momento. Estaba abochornado de aquel escrutinio desleal. Tiró de la portezuela, temiendo encontrar algún púdico detalle íntimo del cuerpo de Meg. Las mejillas le abrasaban. Había un par de zapatillas, de piel roja y el forro de seda acolchada; una cajita de cuero labrado, remedando una arqueta gótica; dentro de la cajita unas llaves, y una de ellas, la del escritorio. Y en el escritorio, muy á la vista, unas cartas. Decían:
«Margot, mi bebé: ya que te empeñas en que nos entendamos por carta, para no despertar las sospechas de tu papá, á quien de sobra veo que no le soy nada simpático, te obedezco. Pero quiero decirte todo lo que pienso. Yo pienso que la verdadera razón no es la que me das. No te entiendo, me pareces una mujer extraña, como no hay otra, y quizás por eso me tienes loco, loquito del todo. Yo creo que me obligas á estar un poco distante de ti para que, no pudiendo tolerarlo por mucho tiempo, me anime á realizar lo que me has pedido».
Alberto pensó: quería escaparse también con él. Continuaba la carta:
«Bebé, _mon âme_, ¿no comprendes que eso es una locura? Figúrate que mis padres lo toman á mal, y los tuyos también ¿qué iba á ser de nosotros? Estoy viendo que al leer esta carta haces uno de esos gestos de desprecio que tanto hieren. No, no, Margot idolatrada; piensa bien lo que te digo, que es por nuestro bien. Las cosas se pueden arreglar de otra manera más natural, y espero que pronto. Me faltan dos años de carrera. Pero en último extremo yo no haré más que lo que tú quieras. Todo antes de sentirme despreciado, sin causa, como esta noche me has despreciado, cuando saliste á despedir á tu papá y al señor de Guzmán.
»Soy todo tuyo y sueño con que seas toda mía,
_Ettore_.»
«Querubín: Si supieras cuánto padezco. No me he atrevido á ir esta noche á tu casa y te envío esta carta por el jardinero. Espero que te la entregarán hoy mismo. Cuando te dejé, después de haber paseado por vuestro jardín y ¡qué feliz he sido aquellos minutos! venía resuelto á prepararlo todo y darte gusto. Pero al encontrarme en casa y ver á mamá y á papá, tan ajenos á lo que yo tramaba (porque necesariamente había de robarles el dinero necesario) me faltaron las fuerzas. ¡Por Dios no te enfades! Ten piedad de mí y sobre todo confianza en mí. Seremos felices, _bamboletta mía_,
_Ettore_».
Por la fecha y el contenido de la carta, Alberto dedujo que Meg la había recibido después de haberle rechazado, achacando las escenas de amor á capricho cruel, y antes de haber insinuado por la rendija de la puerta la esquelita rosa. No quiso leer más cartas. Colocó los papeles como estaban, la llave en su arqueta y salió á pasear, fuera de _Villa-Anita_.
Había reasumido instantáneamente su estado de aplomo espiritual. Sus ideas y sentimientos adoptaban de nuevo la impasible serenidad estética. De actor de la tragedia, azotado por furias fatales, se había convertido en espectador que recibe deleite en seguir el encadenamiento de los hechos, y con el _pathos_ de los personajes depura sus pasiones. Se había librado milagrosamente del desorden vertiginoso, del torrente que le había arrastrado, y ahora estaba en la margen, tranquilo y sonriente, no contemplando en aquel raudo torbellino otra cosa que el juego de bellas fuerzas naturales. Meg era para él un accidente del mundo, como las cañadas nebulosas de los montes, como las nubes transitorias, como el lago con sus escalofríos pasajeros y sus coloraciones cambiantes; era materia para sentir, comprender y expresar, acrecentando de esta suerte la densidad de la propia vida, mas no para ofrecer en sacrificio ante ella la divina libertad del espíritu y con la libertad la suma fecunda de los días venideros. Meg ya no era sino un objeto curioso de observación y un interesante tema artístico; había descendido desde la tiranía á la esclavitud, porque así como la forma domina al mal artífice y engendra la desarmonía de las obras, el buen artífice domina la forma y rige apaciblemente las leyes de la armonía; Alberto consideraba la vida como una obra de arte, como un proceso del hacer reflexivo sobre materiales del sentir sincero, imparcial.
Volvió, pues, á la villa con tanta fortaleza de ánimo como si las puertas de su corazón girasen sobre goznes de diamante.
V
Durante el almuerzo, Meg se mantuvo en silencio, melancólica y como fatigada. Sus ojos, verde-remanso, yacían misteriosamente en la sombra violácea de las ojeras, y miraban, sin parpadear, con larga caricia á Alberto, el cual, aun cuando estaba muy determinado en hacerse el indiferente y muy seguro de sí propio, concluyó por entregarse á la fascinación de las acuosas pupilas, respondiendo á la asiduidad de sus miradas con otras, de su parte, no menos amorosas, y un sí es no es acarneradas. Entre tanto se decía: «¿acaso los pensamientos de esta mañana no eran sino sofismas sentimentales, provocados por la certidumbre de que Meg amaba á Ettore? ¿Es posible que no fueran sino ridículos y engañosos lenitivos que á mí mismo me aplicaba?» Bajo el hechizo de los ojos verdes Alberto no sabía qué pensar, pero estaba resuelto á romper con Meg, en la primera conversación que tuvieran.
Después de almorzar, así que Bob se adormeció en su acostumbrado butacón, Alberto descendió al bosquecillo de araucarias. Meg, tendida en la hamaca, leía. Alberto se adelantó con pie lento; su espíritu temblaba en un filo de enorme incertidumbre, como si la balanza de su porvenir estuviera en el fiel y en inminencia de doblarse para siempre: en un platillo, la liberación; en el otro, el amor delirante, fatídico, eterno por aquella mujer. De ella --un gesto, un ademán, una sonrisa, una palabra-- quizá dependiese todo. Aquellos instantes ligeros, volando entre la penumbra perfumada del bosque, eran la conjunción suprema del pasado y el futuro.
--¿Por qué no te acercas á besarme? --preguntó Meg, con voz lenta y suplicante.
--Porque no he venido á besarte, sino á hablar contigo de asuntos serios --respondió Alberto severamente. Meg compuso una muequecita tan desolada, tan zalamera, tan inocente, que Alberto perdió la serenidad. Adelantóse un paso, y mordiendo las palabras, murmuró--: ¡No tienes vergüenza!
Meg no respondió; pero sus ojos se iluminaron de sutil alegría; por dominar la sonrisa, sus mejillas temblaban. Alberto, que lo advertía claramente, repitió:
--¡No tienes vergüenza! ¿Lo has oído?
Meg inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Una lengüecilla de oro bajó desde la frente á besarle, trémula, los ojos. Con la mano blanquísima, que azuleaba en la penumbra, redujo el rizo á su lugar correspondiente, y como éste se obstinara en insubordinarse, Meg hizo un gesto de contrariedad como si el tocado fuera lo único que le preocupase en tales circunstancias. Domeñado el díscolo mechón, Meg se puso á mirar á Alberto con infantil insolencia. El hombre, cada vez con mayor desvarío, continuó:
--Pero ¿tú creías que á mí se me engañaba como á un _pipi_?
Meg sacó lindamente el hociquito, como diciendo: ¡Jesús, qué palabra!
Alberto, exasperándose progresivamente, no apartaba los ojos del rostro de la niña, descifrando su lenguaje mímico. Pero la respiración de Meg, rápida y anhelante, y el agitado movimiento del frágil torso eran cosas que no existían para él. El gesto de reprobación irónica con que Meg recibió la palabra _pipi_, aprendida por Alberto en las noches orgiásticas de la vida libertina madrileña, y pronunciada ahora involuntariamente, le enfureció más aún en su interior. Sin freno ya, refirió descaradamente su espionaje y el hallazgo de las cartas. En este punto de su discurso, hubiera sido un gran alivio para él, y así lo deseaba con toda vehemencia, que Meg replicara ofendida, echándole en cara la bajeza de su conducta. Pero Meg no desplegó los labios; sus ojos seguían bañados de alegría misteriosa y la piel de los pómulos estremecida. Entonces Alberto la oprimió un brazo, con bárbara violencia, á tiempo que, acuñando las sílabas, pronunciaba una palabra soez. Retrocedió, espantado de sí mismo, llevándose las manos al rostro. Meg rompió á llorar. Y lloraba de alegría. Entre las lágrimas suspiraba:
--¡Cómo me quieres! ¡Cómo te quiero!
--¿Eh? --interrogó Alberto, atónito, dejando caer las manos á los lados del cuerpo.
--¡Cómo me quieres! ¡Cómo te quiero!
Arrebatadamente, Alberto fué sobre Meg, la tomó por las sienes y aproximándose hasta casi unir las frentes, buceó en los ojos verdiclaros hasta desentrañar los últimos limbos de aquella profunda alma femenina.
--¿Te quiero? --preguntó Meg con desmayado soplo.
--Sí.
Oyóse la voz de Nancy:
--Meg; ven un momento.
Alberto quedó á solas. Su sér, convulso y descompuesto poco antes, había sufrido nueva trasmutación. Disipáronse, como por arte de encantamiento, la lumbrarada y humareda que le habían abrasado y desvanecido los últimos días. La balanza se había rendido del lado de la liberación. Había llegado prematuramente á una convicción, cuando su ímpetu sensual y su desconcierto espiritual no habían cuajado aún en sentimiento de raíces duraderas. Muerta la incertidumbre, muerta la zozobra, muerta la ansiedad, muerta la esperanza, muertas todas las potencias misteriosas que presiden al nacimiento del genuino amor. Ahora, sólo sentía por Meg un á manera de interés ético ó afecto maternal. La alegría de sentirse otra vez en imperio de sí propio, se acibaraba con la compasión que le inspiraba Meg. Accidentalmente, tomó el libro que la niña había dejado sobre la hamaca y lo hojeó al azar. Era una antología de poetas norteamericanos. Sus ojos fueron á posarse en un poema de J. G. Whittier[2]; _Telling the Bees_.
Here is the place; right over the hill Runs the path I took; You can see the gap in the old wall still, And the stepping-stones in the shallow brook.
There is the house, with the gate red-barred, And the poplars tall; And the barn’s brown length, and the cattle-yard, And the white horns tossing above the wall.
There are the beehives ranged in the sun; And down by the brink Of the brook are her poor flowers, weed --o’errun--, Pansy and daffodil, rose and pink.
¿No era la casa de Fina en Villaclara? En aquellos mismos instantes ¿no estaría Fina esperándole, cantando, por alimentar la confianza, á la vera de la ringla de colmenas? ¿No era Fina el escudo contra el peligro de toda loca pasión futura, y corona de rosas para una frente serena? ¿No le unía aún á Fina un amor hecho amistad estrecha, incorruptible como un diamante?
Formulaba Alberto en su pensamiento estas que no eran preguntas sino en la forma retórica, que en sustancia eran afirmaciones, cuando retornó Meg. Se agazapó al flanco de Alberto, como buscando protección para su alma quebradiza y caprichosa. Era en aquel punto una criatura toda humildad, solicitud y renunciamiento. Dijo:
--Lo que tú sabes mejor que yo, no tengo para qué contártelo. Yo me hubiera alegrado de que nunca lo hubieras sabido, pero me doy por satisfecha al ver que de un mal puede venir un bien tan grande como el que ahora siento. Es verdad que fuí una loca, que fuí muy mala, muy mala. Yo quiero ser siempre buena, pero no sé cómo, á veces hay una fuerza extraña que no sé de dónde viene, y me obliga á hacer maldades. ¡Si supieras cuánto he llorado, desesperada de no ser nunca dueña de mí misma! Llegué á atribuirlo á la influencia de mi casa, á esa desesperación sorda y continua que hay siempre en mi casa; á esa tristeza que no es una tristeza tranquila como otras tristezas, sino una tristeza agria que le envenena á una. Y entonces, fuera como fuera, aun cometiendo una falta para toda la vida, decidí escaparme de casa, y estaba segura de que en huyendo iba á llegar á ser buena. Yo no sé si me explico, ó si tú me entiendes. Te juro que digo la verdad. Lo de Ettore... ¡Yo qué sé! Quiero llorar... ¿Ves? Una de tantas cosas como hago sin saber cómo, arrastrada, sufriendo. Pero ahora me parece que comienza una nueva vida. Nunca me he sentido tan buena como hoy, ni tan segura, y es que me parece que me apoyo en tu corazón. (_Una pausa._) Ahora te digo; puedes pedir mi mano á papá.
--Meg, niñita mía, ¿eres realmente buena?
Meg levantó sus ojos con dulce desolación infantil, como preguntando: ¿es posible que lo dudes?
--Vamos á probarlo ahora. Si estás segura de ti misma como dices, y sientes que comienza una nueva vida, prepárate á oirme con entereza. No puedo pedir tu mano á tu padre, porque sería una locura. Olvida todo lo pasado. Yo no puedo ser tu novio, menos aún tu marido. Te quiero, sí, como un hermano mayor, quizá como un padre.
Meg atribuyó estas frases á un deseo de chancear, pero al ver el rostro de Alberto y su severidad noble, comprendió que todo se había perdido para ella.
--¿Por qué me has engañado?
--No te he engañado, Meg. Yo era el engañado, no porque tú me engañases, que yo á mí mismo me engañaba.
--Sí, sí, lo comprendo. He llegado á quererte demasiado, y demasiado pronto. Lo comprendo.
--Quizá sí.
--¿Y qué piensas hacer?