Part 16
Un ángulo me basta entre mis lares, un libro y un amigo, un sueño breve, que no perturben deudas ni pesares.
ANDRADA.
Una casa, y no más; blanca y sencilla, lejos del mundo y de los hombres vanos. Un huerto en que frutezca la semilla por la virtud humilde de mis manos y del sudor labriego de mi frente. Una vida sin odios cortesanos, incertidumbre del placer presente, angustia mensajera del mañana, y envidias, donde el mal abre su fuente. Una vivienda pobre y aldeana, cerca del bosque, y que del mar, amigo de mi risa infantil, no esté lejana. En su quietud, á solas, sin testigo, he de labrar el alma como el huerto, del vendaval poniéndome al abrigo. Mi brazo en la labranza se hará experto, y aguzaré del alma las pupilas cuando en negrura el orbe esté cubierto y las obras de Dios yazgan tranquilas. Morderé de la amada biblioteca, la fruta idónea, entre apretadas filas, cuyo zumo no se agria ni se seca. Vestiré el alma con el recio lino que la historia hubo hilado con su rueca. Y acaso, cuando el gallo matutino á media noche el aquelarre ahuyente, iré á besar con amoroso tino el rostro sonrosado y sonriente del infante gentil que hayamos hecho en minutos de amor, puro y ardiente. Después reclinaré sobre tu pecho mi cabeza cansada y cavilosa: y será un paraíso nuestro lecho. Al otro día, entre la luz brumosa, veremos en las flores el rocío, y la tierra estará como una rosa recién nacida. Yo diré: Dios mío que no nos huya nunca tanto bien. Y al besarte, responderás tú: Amén.
_Exit._
De esta vez Alberto había subyugado á la familia Tramontana. Todos habían puesto en él fe ciega, y de antemano se enorgullecían de que con el tiempo el sordo apellido familiar corriera el mundo ensamblado á un nombre rimbombante y glorioso. Don Medardo aseveraba que, á la vuelta de un año, Alberto habría llegado á la _cúspide_ de la gloria; siempre había pensado que su futuro yerno no había nacido para llevar una vida oscura y _antihigiénica_, sino para brillar sobre el común de las gentes. Como Alberto declarase que el carácter particularísimo de sus empresas exigía de él que fuera á establecerse de asiento en Madrid, durante una larga temporada, todos mostraron reconocer esta necesidad; pero don Medardo, atacado de noble impaciencia, le hostigó á que se fuese cuanto antes.
--El tiempo es oro, hijo mío --dijo--. El artillero siempre al pie del cañón. El corazón no me engaña, y como veo que ahora vas de veras, y que no te has de olvidar de Fina, te digo: márchate cuanto antes, y duro, duro, duro. El mundo es para ti. Y luego, nada de viajecitos de Madrid acá, á cada tres por cuatro. Ya no sois chiquillos, y las relaciones son serias. Á subir, á subir á la cúspide.
Cuando Alberto se despidió de Fina, el uno y la otra estaban seguros de que el porvenir les reservaba para un corto plazo la casa blanca y sencilla, entre el bosque y el mar. Don Medardo acompañó á Alberto á la estación. En el momento de arrancar el tren pensó decir: Dios te ayude, hijo mío; pero una extraña afonía le apretó la garganta.
PARTE TERCERA
LA TARDE
Οὐκ ἔστιν οὐδὲν κρεῖσσον ἢ φίλος σαφής.
EURÍPIDES.
Non si può avere maggior né minore signoria, che quella di sé medesimo.
LEONARDO DA VINCI.
I
Una mañana de Septiembre. 1910. En Lugano.
Muy cerca de las once, Alberto abandonó su habitación. El jardín de la _villa_, tupido y voluptuoso, se embebía en la profusa luz del sol. La ventana de Meg, encuadrada por una enredadera de rosas, perfumaba el silencio con las ráfagas de una melancólica cantilena italiana que desde ella se desgajaban temblando en el aire quieto.
Alberto caminó siguiendo la línea más avanzada del jardín, junto á la cerca, sobre la cual se empina la ramazón de una ringla de sauces, y va á caer de la otra parte, dentro del lago, con graciosa enlomadura que parece una cascada de sutiles aguas verde-gayo. Descendió al embarcadero, saltó á la canoa, que á entrambos lados de la proa llevaba el nombre _Margherita_, y salió remando lentamente. En el centro del lago, abandonó los remos, se despojó de la chaqueta y se recostó en los cojines de popa. Desde allí se veía la coyuntura de los dos brazos de agua, abocinándose en la raíz de las montañas; uno hacia el lago de Como, por detrás de Mont-Brè, otro hacia el lago Mayor, á espaldas del San Salvatore. En circunferencia y contra el cielo límpido, destacaban los berruecos de las cimas, de color violeta y rotundo contorno. Por los flancos asoleados, velluda vegetación, de un verde cálido y esponjoso, tendíase con la oblicuidad de un manto que resbalase sobre un pavimento de lustrosa ágata lechosa, venada de verde-ajenjo, que tal era el lago. Los flancos ensombrecidos, con sus hendeduras y quebradas bermejizas, exhalaban un vapor argentado y tenue; al pie de ellos, el agua parecía compacta como un bloque de malaquita pulimentada.
Alberto se abandonaba al hechizo del momento, á la fruición de la naturaleza, conforme á un ritmo de tres tiempos, compás de su vida presente. Primero volvíase á mirar las cosas; la pupila vaga y los labios entreabiertos, de suerte que el espíritu se le huía volando al mundo externo, como la paloma del arca ó el gerifalte de la mano del halconero. Después fruncía cejas y boca, entornaba los párpados, y aplicábase á mirar con el ahinco penetrante del pintor que se pone á interpretar una melodía de colores, ó del enamorado que con los ojos se abreva en la hermosura deseada. Por último, se recogía dentro de sí propio, con los párpados cerrados, á gozarse en los deleites intelectuales y estéticos de sentir destilada en su espíritu la realidad, y no la realidad hermética é inerte de la materia, sino una realidad templada, traslúcida y expresiva.
En tres años, la vida de relación de Alberto había sufrido muchas sacudidas y vaivenes. Literariamente había logrado la estimación de los doctos y la benevolencia del público, pero los rendimientos que sus obras le dejaban no le hubieran bastado para vivir con decoro. Quiso su buena fortuna que la justicia hubiera echado el guante sobre Hurtado, sorprendiéndolo en la isla de Cuba y repatriándolo juntamente con una pingüe cantidad de dinero, parte que había levantado de Pilares, y otra parte, más considerable aún, que había ganado en América por medio de especulaciones atrevidas y hábiles, de manera que los acreedores, cuando ya habían renunciado á todo, se encontraron nuevamente en posesión de los perdidos bienes.
Á través de laborioso proceso sentimental, Alberto había llegado á lo que él juzgaba como última y acendrada concentración del egoísmo, al desasimiento de las pasiones y mutilación de todo deseo desordenado; al soberano bien, al equilibrio, al imperio de sí propio, á la unidad. Su actividad científica y su autodidactismo estético no tenían otro fin que el de intensificar la sensación de la vida, como placer supremo. Y así, á pesar de haberse erigido en centro de todo lo creado, su moral era triste, severa para consigo mismo y tolerante para con los demás; su estética, á pesar de haber nacido por obra de una aristocrática selección de las ideas, era democrática y elevaba á la dignidad de la belleza todas las cosas naturales; y en suma, así como su existencia era una llama entre dos sombras, su sistema lindaba de una parte con la escéptica oquedad inicial de donde había surgido, y de la otra con una oquedad en donde su voz perecedera advertía lejanos ecos místicos. Diferenciando los dos linajes de conocimiento, del sentir y del pensar, sabía que entrambos se engendran en el amor, y equiparando el placer de vivir á la certidumbre de conocer, había llegado á proyectar una simpatía universal sobre todo lo creado, á amar á todo por igual. En este punto, la mujer no podía ofrecerle otra cosa que el placer sensual y efímero de la degustación, como el manjar que en las fondas pasa de un huésped al otro, ó el goce desinteresado de la contemplación, en la propia medida que todo lo existente. No podía consagrar su vida á una mujer, doblar la perpendicularidad de su vida ligándola á otra vida ajena. Y había escrito, rompiendo con Fina. Al recibir la carta Fina había dicho, con voz resuelta: _Ya no volverá_. Como no respondiera nada, Alberto, después de unos días pensó que Fina se había doblegado con resignación á la fatalidad de los hechos.
La canoa comenzó á danzar, zarandeada por la vasta ondulación que un barco de vapor movió á su paso. Eran las doce y media. Alberto requirió los remos y aprestóse á remar recio. Llegó á _Villa-Anita_ sudoroso, encendido y sin resuello. Bob, Nancy y Meg le aguardaban para almorzar. Disculpó su tardanza y luego de asearse un poco, en el mismo surtidor del jardín, subieron los cuatro al comedor.
Los tres años transcurridos habían mudado el aspecto de la familia Mackenzie. Faltaba el jorobadito. El verano anterior se le había hallado flotando en las aguas del lago. Se atribuyó el hecho á un accidente casual, pero lo cierto es que, aunque la familia Mackenzie evitara pensar en ello, Ben se había suicidado. Bob había envejecido vertiginosamente; su boca befa se desmayaba, con mueca idiota; la puntiaguda barba había perdido su oro trigueño y era blanquinosa; las manos fofas, ebúrneas y azulinas temblequeaban de continuo; en sus ojos acerados se confundían dos lenguas de fuego, la lascivia y la desesperación de no poder satisfacerla. Anita, conservaba aún su continente prestancioso de _Virgo Vestalis Maxima_, pero su carne rubia estaba agostada, marchita, deformada lamentablemente por prominentes venas negruzcas, y su rostro traicionaba un anonadamiento definitivo. Meg había subido á un grado excelso de belleza, espiritualizada por cierta demacración del rostro, el livor de los ojos, la tenuidad de los labios y la frágil esbeltez del torso. De vez en vez tosía, con sacudidas débiles y quejumbrosas, como el sollozo de un niño. Bob, con su sentido sensual y rudo de la vida, había dicho á Alberto:
--Meg se nos muere si no da pronto con un hombre. Al fin de cuentas, es lo mejor que puede ocurrirle.
Alberto pensaba también que acaso el amor salvase á Margarita.
Durante el almuerzo, Alberto procuró hablar de continuo, porque sabía que Bob tenía miedo al silencio y á la soledad. Bob y Nancy evitaban mirarse, y si por fuerza el deseo los arrastraba á buscarse los ojos, veíaseles caer de pronto bajo una lobreguez plúmbea. Bebían sin tasa, hostigados de malsana ilusión. Meg aquel día estaba triste y callada. Solía oscilar, radical é inesperadamente, del abatimiento á la alegría desbordada. Por dos ó tres veces Alberto tropezó con sus cándidos ojos verdes, que parecían implorar la salud y el contento.
De sobremesa, apareció en el comedor un joven de la misma edad de Meg; el perfil apolíneo, rasgados é insolentes los ojos, la boca carnal, el cabello rubio y abundosamente ensortijado, fuerte y desenvuelto de cuerpo. Se llamaba Ettore Ségneri, y era de familia italiana trasplantada á la Argentina. Habitaba en una _villa_ al lado de _Villa-Anita_, con sus padres. Bob lo recibió descortésmente. No podía disimular que el espectáculo de aquella juventud espléndida le hería é inspiraba sentimientos de odio.
--Meg, hija mía; mejor acompañas á Ettore al jardín. Alberto y yo tenemos que hablar.
Se veía que el mozo no deseaba otra cosa. Alberto, que le espiaba con disimulo y leía en su pensamiento, sintió gran contrariedad y una angustia extraña, algo semejante al malestar de los celos que hacía años, en su adolescencia, había experimentado.
En saliendo Meg y Ettore, Nancy se levantó:
--Puesto que tenéis que hablar... --Y se retiró majestuosamente.
--¿Quería usted decirme algo, Bob?
--Nada. Quería quedarme á solas con usted. ¿Vamos al _sitting-room_?
--Como usted guste, Bob.
La estancia daba al jardín por unos ventanales corridos, en aquel momento ocultos por las persianas. Alberto paseaba de un lado á otro, y á pesar suyo, buscaba algún resquicio á través del cual curiosear en el jardín. Bob se había dejado caer en una butaca.
--Querido Bob; estoy pensando que quizá se le haya presentado á usted la ocasión de casar á Meg.
Bob levantó la cabeza. Escuchaba á Alberto, sin interesarse en lo que decía; prosiguió Alberto.
--Ó mucho me equivoco, ó á ese joven le gusta bastante su hija de usted.
Bob no se daba por enterado. Alberto continuó con algún desconcierto:
--Es un guapo chico.
--¿Quién es guapo?
--Ettore, el vecino.
--No me hable usted de ese botarate.
Un goce astuto se posesionaba del corazón de Alberto.
--Botarate... No sea usted cruel, Bob.
--Y decía usted... que Meg, con ese... Pero ¿es que hay derecho á ser tan joven cuando no se conoce el valor de la vida? --Se quedó meditabundo--. Al fin de cuentas... con alguno ha de ser, y cuanto antes sea, mejor. Pero le ruego que no me hable de estas cosas.
Bob dejó caer la cabeza sobre el pecho. Alberto ahora estaba apenado, inquieto. Á los pocos minutos Bob dormía, roncando discretamente. Alberto tomó un libro de una mesa, á la ventura, é hizo como que se imaginaba que si salía al jardín era por leer al aire libre y á la sombra de los árboles. Recorrió algunas veredas y exploró diversos escondrijos; pero no hallaba sitio agradable en donde acomodarse. Iba de un lado á otro, agitado é impaciente. Dió la vuelta á la vivienda, encaminándose hacia un pequeño bosque de araucarias, á la entrada de la villa. El calor era tenaz y denso. Dentro del bosque se respiraba fragante frescura. Alberto dilató sus retinas é inquirió en la penumbra. En una hamaca, suspendida de tronco á tronco, Meg dormía. La cabeza se doblaba en leve escorzo sobre el hombro derecho, y el brazo del mismo lado pendía al aire. Alberto se aproximó, andando de puntillas; luego acercó su cara á la de la niña, hasta recibir la tibia tenuidad de su aliento. En aquel ambiente de cauta luz el color de Meg no era humano, sino sustancia diáfana, amasada de resplandores nacientes, con oriente, como las perlas. Entre los labios, de rosa pálido, palpitaba el eco de una sierpecilla profunda que silbaba. Y Alberto, desfallecido de compasión, de ternura, quizá de amor, se inclinó á besar con delicado tiento la boca de Meg. Creyó que las fuerzas le iban á faltar; temió caer sobre la niña, despertarla. Incorporóse, demudado de color y la respiración suspendida. Por segunda vez se inclinó, y ahora, alargando el beso con infinita delectación, se encontraba como ebrio. Quería apartarse de aquella dulce y divina boca, pero no se determinaba á renunciar á ella. Intentó quebrantar bruscamente el encanto, pero, al levantarse, los brazos de Meg le aprisionaron por el cuello, y entonces fué ella quien besó, con besos rápidos, prietos y sonoros, mezclados con risas y lágrimas.
Alberto sólo atinaba á murmurar:
--_Meg, my Meg, my sweet Meg._
Meg se sentó en la hamaca.
--¿Crees que estaba dormida, tonto? Me hacía la dormida para que te atrevieses. Desde el mismo momento de tu llegada no pensé en otra cosa que en enamorarte. Y ya lo había conseguido, pero tú no querías enterarte, tonto, tontito. Si hasta llegué á pensar que yo tenía que declararme...
Alberto se sumía con dolorosa ansiedad en los ojos verdes de Meg, temiendo ver aparecer de nuevo aquella expresión maligna que, siendo niña aún, adoptaba para martirizar y ofender á su hermano.
--¿Qué me miras así, que parece que has perdido el seso? ¿Te gusto mucho, eh? ¿Me quieres mucho, verdad?
--Meg, Meg mía, no me hables así.
--Pues ¿cómo quieres que te hable? No sé hacerlo de otra manera. ¿No ves que estoy loca, loca de felicidad? Dime cómo he de hablarte para que también lo estés tú.
Alberto callaba. Un ligero temblor le sacudía, y como que se avergonzaba de sí propio.
--¿Pero qué te pasa, monín?
--Meg, por lo que más quieras, te ruego que no me llames monín.
--¡Ay, cómo eres! Me haces sufrir. Quiero llorar --se ocultó el rostro con las manos.
--No quiero que llores; no quiero que llores... --y apartándole las manos le besaba los párpados, sedeños y ardorosos.
--Llévame en brazos hasta aquel banco --reía, y sus ojos estaban húmedos aún. Vestía un traje de fina seda azul, lacia y flotante. Á través de la tela transparecía el descote de la camisa, con sus festones y lazos; el rosa de la piel, en la parte alta del pecho y en los brazos, tomaba visos color violeta.
Alberto tomó á Meg en el aire, sustentándola con un brazo por las corvas y el otro por media espalda, á la altura de las axilas, y de esta parte la mano en el nacimiento de un seno. Con el amoroso bagaje, tierno y casi ingrávido como un gran brazado de flores, Alberto condujo sus pasos hacia el banco rústico, y de camino besuqueba á la niña. Iba á dejarla suavemente en el asiento, pero Meg dijo:
--No; siéntate tú, y yo sobre tus piernas.
--No hagamos desatinos, mi vida, que nos pueden ver.
--Y á mí ¿qué me importa?
Alberto no quiso mirarla á los ojos; estaba seguro de que la expresión maligna alentaba dentro de ellos. Cuando estuvieron sentados, tal como quería Meg, ésta envolvió y aturdió á Alberto con una muchedumbre de caricias y besos, complicados y sapientes. Alberto recordó entonces la agudeza y atención con que Meg, siendo niña, observaba las expansiones voluptuosas de sus padres. Sintió cierto malestar, y, sin darse cuenta, rechazó débilmente los mimos de Meg.
--¿Qué haces, Alberto? ¿No quieres que te bese? --su voz temblaba--. ¡Ingrato, infame! No te quiero, se acabó todo... --intentó levantarse, pero Alberto la retuvo.
--¿No ves, Meg, que no sé lo que hago; que estoy todavía sin saber lo que me pasa, como estúpido? No te apartes de mí; que yo te sienta unida á mi cuerpo, queriéndome...
--No me hagas caso, que te quiero, que te quiero...
Meg terminó así su frase, pero en la frente de Alberto resonó prolongada; _que te quiero, puss... puss_... Era lo mismo que le decía á _Pussy_, el gatito, tres años antes; y los arrumacos, ternezas y suspiros con que ahora mareaba á Alberto parecían de igual naturaleza que aquellos otros con que, hacía tres años, atosigaba sin tregua al gato.
--Mira, Albertino; soy feliz. Ya no podía más; no hay quien pueda vivir en mi casa, ya lo habrás visto. Es un infierno; peor que un infierno. Si tú no me sacas de aquí yo creo que me muero en muy poco tiempo. Papá y mamá no son personas; son dos energúmenos. Siempre están furiosos, rabiosos por dentro, aunque quieran ocultarlo. Yo no podía ya más. Bien dice el proverbio; _Bacco, tabacco e Venere, riducon l’uomo in cenere_.
--Por lo que más quieras, Meg; vuelvo á decirte que me lastima oirte hablar de cierta manera.
--¿Cómo quieres que hable, Albertino? --suspiró Meg, apoyándose sobre el pecho de Alberto--. ¿Quién me enseñó á hablar de otra manera? ¿Qué cosas he visto yo desde que era niña? --su voz, á cada palabra, se hacía más árida y hostil. De pronto se enterneció y derrumbó en vocablos trémulos, entrecortados--. ¡Sácame de aquí! Yo quiero vivir, ser feliz y ser buena. Quiero escaparme contigo.
Durante un instante, Alberto permaneció anonadado. Después, con resolución desesperada y suprema de abandonarse á la fatalidad, afirmó:
--Nos casaremos en seguida.
--¡Oh, Albertino, te adoro! No me atrevía á decírtelo... ¿De veras quieres casarte conmigo?
--Sí, Meg.
--¿En seguida?
--Hoy mismo si quieres, se lo digo á tu padre.
--No, espera. Yo te avisaré cuando sea buena ocasión.
Callaron unos minutos. Dijo Alberto:
--¡Y yo que pensaba que estabas enamorada de Ettore...!
--¿Yo de ese...? Vamos.
Alberto no se atrevió á mirar en los ojos verdes, por miedo á la expresión maligna. Su impasibilidad filosófica había huído como un sombrero que arrebata de la cabeza el viento y sintió que toda su vida anterior, tan artificiosamente elaborada, estaba sujeta como sobre palillos.
II
Meg, durante la comida de la noche, se mostró tan expansiva y risueña que sus padres, aun cuando no acostumbraban parar atención en los acontecimientos externos, hubieron de advertirlo.
--¿Qué te ocurre hoy, Meg? --interrogó Nancy, con un timbre triste que daba á entender que en aquella casa la alegría inocente era cosa indelicada y mortificante.
--Pero ¿es que aquí nadie puede estar contento, ó si lo está ha de disimularlo? --preguntó á su vez Meg, modulando las palabras con entonaciones halagüeñas, aterciopeladas.
--Meg, tus padres no desean otra cosa sino que estés contenta y seas feliz, ¿verdad? --habló Alberto. Bob y Nancy asintieron, con amarga sonrisa. Prosiguió--: Yo no veo que haya razón para que nadie esté triste en esta casa, y si acaso existe alguna ligera nube de tristeza hay que aventarla en seguida, en seguida. Es preciso que todos estemos alegres, y lo estaremos --afirmó con ardoroso optimismo.
Bob se dejó ganar por la cálida vehemencia del joven.
--Alberto dice bien --murmuró.
Nancy absorbió con ansia una colmada copa de Burdeos.
Alberto y Meg estaban fronteros, en la mesa. La muchacha vestía un corpiño de áspera seda ahuesada, ligeramente descotado, con recamos de oro muerto y torzales desvaídos. El relieve de las clavículas determinaba dos imprecisas sombras violáceas en la base del cuello, el cual, elástico y dúctil, se curvaba ó se contraía con caprichosa nerviosidad mostrando, á intervalos, tensos los músculos. Era un cuello de una gracia y de una vida maravillosas, que Alberto no se hartaba de admirar. El pelo, copioso y como líquido, se fusionaba en un tocado sin artificio, al desgaire, y era como una masa de oro fluido, en ebullición. Los bruñidos labios dijérase que habían sido cristalizados por la virtud de su diafanidad y que la luz de las lámparas los pasaba de claro. Alberto sufría, viéndolos, atropellados impulsos de acudir á mordisquearlos, con la certidumbre de que sus dientes resbalarían sobre ellos, como sobre una piedra preciosa.
--Apostaría que adivino lo que deseas, Alberto --susurró Meg. Alberto hizo un movimiento, como apresurándose á hablar, y Meg se llevó el dedo á la boca, con ademán equívoco que podía significar que le imponía silencio.
Como al medio día, de sobremesa, se presentó Ettore. Sobre el corazón de Alberto cayó una pesadumbre infinita. Involuntariamente, comenzó á trazar un parangón entre sí propio y el mozo, y dedujo que era absurdo que Meg se inclinase de su parte y no de la de Ettore.
--Vamos al Kursaal --dijo Bob malhumorado, poniéndose en pie.
--¿No toman ustedes café? --preguntó Nancy.
--Lo tomaremos allí.
--Pues si os marcháis yo me retiro á mi cuarto; anoche he dormido mal --declaró Meg con enorme desdén hacia el joven apolíneo, el cual estaba visiblemente azorado y dolido.
Alberto pensó: Está enamorado de Meg. Y luego: Meg quiere darle celos conmigo. La niña había venido del lado de Alberto y se apoyaba en su brazo.
--Eres muy egoísta, papá --dijo, con triste mohín--. Siempre te llevas á Alberto; lo quieres para ti solo.
--Ea, déjanos niña.
--Voy á despediros.
Salió con los dos hombres. Desde la puerta habló sin mirar:
--Hasta mañana, Ettore.
En el jardín retuvo á Alberto unos momentos, y cuando Bob se hubo adelantado, bisbiseó:
--Veo que eres celoso, y eso es ofenderme.
--Si no te amase tanto no lo sería.
--Más te amo yo y no soy celosa.
--¿Más? Te prometo no ser celoso, Meg.
--Pero ¿te vas sin darme un beso?
--Tu padre...
--Bah...; papá no ve, ni oye, ni entiende.
Se ocultaron detrás de una gran mata florida de rododendros y Meg aplicó á los labios de su amante uno de aquellos besos profundos y prolijos que había aprendido en sus padres. En Cassarate, Bob y Alberto tomaron un coche.