La pata de la raposa (Novela)

Part 14

Chapter 143,870 wordsPublic domain

Pensaba en todas las vidas oscuras y sórdidas, huérfanas de goces físicos y de placeres intelectuales; en las existencias de inopia, en los seres que habitan casas oscuras, feas ó miserables, rodeados de objetos feos, sucios ó miserables, y en las frentes abatidas por cavilaciones feas, pobres ó miserables. Y articulaba de nuevo con los labios, sangrando así la congestión de sus pensamientos: Nunca. Antes la muerte.

Sentábase en una butaca y continuaba hilando soliloquios mentales. Se veía como un sér correspondiente á futuras y más perfectas civilizaciones, cuando todos los hombres tuvieran aquella facultad de destilar el mundo en conceptos é imágenes, y aquella aguda y bien templada sensibilidad que hacía eco á la más leve palpitación del Universo, determinando necesidades ineludibles.

Por no flaquear, como á un seguro se acogía al orgullo, esforzándose en convencerse de que por comprender más y sentir mejor que la mayoría de sus semejantes, esto es, por ser superior, tenía derecho á exigir la satisfacción de sus necesidades en la equivalente medida en que él la había cultivado, y en pago devolvería á la sociedad obras serenas y sazonadas según sus particulares aptitudes. Sobre esta base, atraído por el incentivo de poner ideas en reata, se metía por lo venidero, y construía una sociedad futura, poniendo á contribución la mayor parte de las teorías socialistas. En aquel momento, por extraña comezón paradójica, hubiera querido hallarse en posesión de su desvanecida fortuna, solamente por dedicarse á la política y hacer propaganda socialista, á su modo. Recordó un consejo de Jiménez: _Hágase usted político. En esta tierra no medran más que los políticos._ Jiménez entendía, con esto, afiliarse á uno de los partidos turnantes; pero, precisamente una de las necesidades del espíritu de Guzmán, la cual había sido alimentada con particular empeño y satisfecha en toda ocasión, era la sinceridad para consigo mismo como para con los demás, porque Alberto no ignoraba que hay almas meridionales y sofísticas que, movidas quizás del egoísmo, pasando de un partido radical á uno conservador, se determinan en justificarse á sí propias y concluyen por convencerse de que han obrado de buena fe y acertadamente.

Pasaron dos semanas. Alberto se encontraba sin dinero y con una deuda de quince libras esterlinas á Roberto Mackenzie. Á pesar de la fórmula _hay que apresurarse_ que se había impuesto como norma de conducta, no lograba romper la red de cogitaciones y musarañas que le envolvía, antes al contrario, parecía entretenerse en complicarla.

Llegó á tener miedo. Le asaltaban sombríos presentimientos. _Si ahora me pusiera enfermo me llevarían al hospital_; pensó un momento. Á continuación se arrepentía de su flaqueza y pusilanimidad, considerando que de haberse puesto enfermo en Inglaterra también le hubieran llevado á un hospital. Aun cuando pretendía evitarlo, se acordaba de Fina, y como á veces sentía terrores, sin saber por qué, terminaba amparándose en el amor de Fina y suscitando ilusiones en torno de él.

Una mañana se levantó dispuesto á apresurarse. Por lo pronto había que buscar dinero. Se encaminó á casa de Castillo, el abogado, hombre muy puntilloso en achaques de moralidad. Le refirió aquello que de su escena con Teresuca podía referirse, y preguntó al fin:

--¿Usted qué haría con ese dinero?

--Querido Guzmán: esos son escrúpulos del Padre Gargajo. ¿Qué iba á hacer? Lo mismo que voy á hacer en nombre de usted; exigírselo á ese pillo, y si se negase sentarle las costuras. Pues hombre, ¡bueno fuera!

--Pero ¿de veras no cree usted feo de mi parte aprovecharme de las manifestaciones de aquella mujer, inspiradas en sentimientos tan bajos?

--Vaya, vaya. ¿Le voy yo á aconsejar algo que no juzgue absolutamente correcto y puro? Además cobrará usted la renta de la casa y muebles y plata, según tasación aproximada. Si es claro como la luz. Unas veinte mil pesetas calculo.

--Quizá no tanto...

Alberto salió muy animado de casa de Castillo. Aquella noche escribió á Mackenzie.

«Querido Bob: muy pronto le podré pagar las quince libras que usted tuvo la amabilidad de prestarme.

Quiero saber por qué me ha dicho usted tantas veces que debía escribir. Su opinión de hombre muy vivido y muy culto me interesa más que la de un literato profesional. Le ruego que me exponga concretamente los sentimientos y razones que le inspiraban tan reiterado consejo.

Todo mi afecto á Nancy, Ben y Meg.

Le abrazo,

_Guzmán_.»

XI

--¡Del mal el menos!

El proverbio fué formulado por el labio doctoral de Mármol. Tenía en aquel momento algo de sacerdote antiguo, con la túnica de seda amarilla y talar amplitud, que no era sino un guardapolvo y la tiara, ó dígase rotunda gorra inglesa, sobre la cual las gafas de automovilista destacaban como las masas oculares en la frente de un batracio.

--Quince mil pesetas... --murmuró Alberto--. Tres años de vida modesta y á trabajar. ¿De qué se ríe usted?

--De la modestia --y luego sentenciosamente--. Antes de ese plazo será usted rico... y feliz.

--Casándome, ¿verdad?

Mármol inclinó la cabeza de manera que Alberto no sabía quiénes le miraban; si los ojos de rana de la gorra ó los vivos y entornadizos de Mármol.

--Y ahora; soy buen catador de personas, ¿sí ó no? Manolo siempre me pareció un pillete.

--Yo nunca lo hubiera creído.

--Es usted un infeliz. Tampoco cree usted que se va á casar muy pronto con...

--Sí, con quien sea. No hablemos de eso.

Mármol sonreía de un modo celado y malicioso.

--¿Qué le ocurre á usted hoy? Yo diría que interiormente está usted burlándose de mí.

--Un poco. Andando, que hay que aprovechar este sol rico y esta tarde buena.

--Andando.

En la portería le entregaron una postal á Alberto. La leyó, en arrancando á rodar el automóvil. Decía: «Me habló usted siempre de las cosas más extraordinarias con tanta naturalidad, que yo me veía obligado á aceptarlas como cosas naturales, y de las cosas naturales con tanta intensidad, que yo descubría en ellas nuevos sentidos. Me habló usted de los problemas más difíciles con tanta lógica y sencillez, que yo me admiraba de mí mismo y de ver tan claro, y de las ideas fáciles y habituales, de las opiniones admitidas con tanta agudeza y precisión, que yo me quedaba perplejo descubriendo que no eran tan claras como yo creía. Me parecía que usted había dado conciencia á mis ojos, á mis oídos, á mi corazón y á mi cerebro. Y ¿qué otra cosa es un escritor sino la conciencia de la humanidad? No sé explicarme mejor. Le abraza, Bob.» Alberto releyó estas líneas por tres veces. Se dijo interiormente: y sin embargo, yo no sé á qué atenerme en nada.

El automóvil subía por la carretera de la Virgen del Castaño. Pasó bordeando la tapia baja del campo de instrucción. Mármol lo detuvo. El campo es una gran sábana de pradería, colocada en el manso declive de una ladera. Sobre el verde cantante y afelpado, las filas de soldados subían y bajaban alisando la hierba como peines de rojas púas. Oíase el vasto golpe de voz con que acompasaban la marcha, á manera de vaivén de un gran péndulo. Las manchas claras de los niños, que en gran número se agolpaban á ver los soldados, eran como una floración y sus gritos como un perfume. El cielo estaba desnudo, el aire vibraba y la tierra ansiaba desgarrarse en un suspiro glorioso. Y entonces fué cuando las cornetas cantaron, sacudiendo el azul infinito con la enérgica y reprimida palpitación de sus cobres.

--Miraba á ver si están mis chicos por ahí --dijo Mármol, en pie sobre el asiento--. Cualquiera los ve.

Alberto no le escuchaba. Mármol descendió á sentarse y apoyó una mano en el hombro de su taciturno amigo.

--Escúchame, querido Guzmán. La tarde, más que para volar en automóvil, está para pasear á pie. Quiere que vayamos al _monte cerrado_, á tumbarnos al pie de los carbayos.

--Muy bien. Esta tarde es usted árbitro de mi vida.

--Ya lo sé --afirmó Mármol, con un tono enigmático que en otras circunstancias hubiera despertado la inquietud de Alberto.

Descendieron en la linde del _monte cerrado_, un espeso y centenario robledo. Mármol ordenó á su mecánico:

--Lleva el coche al chigre de Julia; allí iremos á buscarte.

Alberto buscó un rincón quieto y penumbroso; se tumbó en tierra. Mármol parecía escudriñar entre los troncos.

--Ha elegido usted mal sitio, Alberto. Levántese y venga conmigo.

Alberto obedeció dócilmente y siguió á Mármol, hasta que éste halló paraje á su gusto. Entonces, dijo:

--Aguárdeme aquí. Voy hasta el chigre y traeré algo que comer y beber.

Y se perdió en la espesura del bosque, con la túnica talar flotando á su espalda, como un druida. Alberto se dejaba arrastrar por un flujo de pensamientos inconexos y raudos. El taf taf del automóvil le hizo incorporarse. Á través de un claro del bosque lo vió pasar; Mármol lo conducía y un momento volvióse á decir adiós á Alberto con la mano.

--¡Mejor! --se dijo Alberto en voz alta. Y se tumbó de nuevo á pensar, á _decidirse_; ésta era la palabra que le escarbaba en la mente.

Absorto en sus meditaciones, púsose de rodillas sin saber lo que hacía. Un jilguero cantó sobre su cabeza. Iba á levantar los ojos hacia el pajarillo, cuando una mano suave le tomó la suya.

--¡Fina! Pensaba en ti.

--Ya lo sé.

--¡Bendito sea Dios! --sollozó la tía Anastasia.

XII

Don Medardo se encerró á solas con Fina. El viejo estaba sentado, con una manta de pelo de camello sobre las piernas. La muchacha en pie, frente al padre.

--Siéntate, Fina.

--Permíteme que esté en pie, papá.

--Como quieras --no sabía cómo comenzar--. Hace algunos días que pienso hablarte, desde que supimos la... bueno, la gandulería de Telesforo. Voy á hacerte una proposición, pero conste que no te obligo á nada. Á tu conciencia dejo lo que hayas de resolver. Yo aconsejo, fundándome en el amor de hermana á hermana; tú determinas --por la voz se le derritió una sombra y se le apretó la garganta. Carraspeó, remondándose el gañote--. Tú no te casarás nunca.

No se atrevió á mirar á su hija. Aguardaba, con los ojos bajos, una respuesta. Pero Fina no rompió el silencio.

--¿Es que piensas casarte? Porque entonces nada tengo que decir.

--Á eso no puedo responderte, papá.

Don Medardo levantó los ojos y exploró el rostro de Fina, y lo vió inmóvil, impenetrable en su finura extática y como modelado en cera.

--¿Es que al fin te decides por Andújar? Creí que ya se había cansado de pretenderte y que tú habías resuelto no casarte. Veo que me he equivocado y me alegro. Es un hombre formal y tiene una carrera muy higiénica.

Andújar era ingeniero de minas. En opinión de las niñas pilarenses era adorable, á causa de sus rasgos virginales, de sus ojos balsámicos y adormecidos, del rubí de sus labios, el rosicler de sus mejillas y el violeta cerúleo de las rasuradas mandíbulas; parecía una imagen de cartón piedra. Á don Medardo le hubiera gustado para yerno, sobre todo por lo _higiénico_ de su carrera. Para don Medardo higiénico era sinónimo de aristócrata. Lo que primeramente le había inducido á semejante confusión fué el haber oído decir repetidas veces del marqués de Espinilla que era un hombre muy higiénico. Decíanlo, no sin ribetes de malicia, porque siendo septuagenario, conservábase, merced al régimen de vida, con alguna rozagancia y humor excelente para vestir á lo mequetrefe, cuellos hasta las orejas, pantalones remangados hasta la pantorrilla y corbatas pomposas que eran una verdadera dilapidación de las rayas del espectro solar. Don Medardo hubiera deseado preguntar á algún docto el valor exacto de la voz higiénico, pero temía que se burlasen de él. Durante unos cuantos meses anduvo con el oído alerta, estudiando en qué sentido empleaban la palabra, cuantas veces aparecía en la conversación. Se decía que era higiénico del montar á caballo, comer ciertos alimentos caros, pensar poco, vestir ropa de hilo, pasear á las horas de sol, que son las horas de oficina y holgar constantemente, todas ellas particularidades que convienen con la aristocracia. Y así don Medardo llegó á la convicción de que tanto montaba decir aristócrata como higiénico, si bien la segunda palabra le parecía más elegante y elevada.

Andújar había seguido asiduamente á Fina y solicitado su amor repetidas veces.

Fina contestó á su padre.

--Andújar ya ha renunciado á que le corresponda.

--¿Entonces? --interrogó don Medardo boquiabierto--. ¿Tienes novio, sin que yo lo sepa?

--No, papá.

--¿Entonces? ¡Ah! --el viejo se dió una palmada en la frente--. Hablas en _pótesis_. ¿Entiendes la palabreja?

--Sí, papá.

--Fina, hija mía --la garganta volvió á apretársele--. No dudarás de mi cariño...

--No, papá.

--Pues bueno, voy á hablarte también en _pótesis_. Yo creo que no te casarás nunca, y por eso voy á hacerte una proposición. Con la mano sobre el pecho te digo que los cien mil duros que Telesforo se llevó eran de Leonor. Cuando yo se los di se lo dije muy claro: sepa usted que este dinero es un anticipo de lo que á su mujer le había de corresponder por herencia. Es decir, que ahora Leonor tiene cien mil duros menos que tú. Á tu conciencia dejo decidir si esto es justo entre hermanas, porque ¿qué culpa tiene la pobre Leonor? Además, ella es casada, mejor diré viuda, y tiene un hijo...

Don Medardo había agotado todas sus fuerzas: no podía continuar.

--¿Qué quieres que haga yo, papá?

--¿Qué te dice la conciencia? --agregó con esfuerzo--. ¿No te dice que lo justo es que todo el dinero que me queda se reparta entre las dos _equidistantemente_, como si la pérdida no la hubiera sufrido ella, sino yo? ¿No te lo dice la conciencia?

--La conciencia no me dice nada, papá.

--¡Ay, Fina! --suspiró don Medardo dejando caer las manos pesadamente fuera de la butaca.

--Pero me lo dice el corazón. No sé para qué me consultas esas cosas. Yo no necesito nada, y si algún día como dices tengo algo, ya sabe Leonor que será suyo también. Luego, lo del matrimonio ¿qué tiene que ver con esto, papá? Si alguno pretendiera casarse conmigo por dinero, ¿me había yo de casar con él? ¿No había de conocer sus intenciones?

--Acércate á mí, Fina, que te bese. Eres un ángel --la besó, humedeciéndola de lágrimas.

--No seas niño, papá. Cualquiera diría que acabo de hacer una heroicidad.

--Heroicidad, hija mía, y grande. Tanto que yo no quiero apresarte tan pronto por la palabra. Piénsalo bien y otro día hablaremos.

--Por pensado, papá. Te lo he dicho una vez y basta.

--Dios te bendiga, y puedes retirarte.

Salió Josefina del despacho de don Medardo, y apenas había avanzado tres pasos por el pasillo, cuando una sombra vacilante y silenciosa vino á adherírsele. Era tita Anastasia, á quien la misteriosa conferencia entre padre é hija traía á mal traer y con el espíritu de curiosidad y suspicacia multiplicado hasta la fiebre. Sospechaba que le tendiesen una asechanza á su _palombina de Dios_, á su _santina_ inocente. No ignoraba lo buenazo y alma de cántaro que era su sobrino, pero lo consideraba capaz de todo, cegado de indecoroso favoritismo por la hija mayor. De manera que capturó por un brazo á Fina y allí mismo, sin perder minuto, exigió ser enterada de todo. Cuando Fina terminó de hablar, tita Anastasia temió ahogarse en iracundia.

--Lo que yo me temía. Si tengo un olfato... ¡Mal padre; sin entrañas! --increpó despidiendo miradas flamígeras contra la puerta del despacho--. ¿Y tú renunciaste del todo, palombina?

--Vamos á mi gabinete. Allí hablaremos.

En el gabinete, tita Anastasia se retorcía las sarmentosas manos por dominar su sacrosanta indignación. Fina habló, y la sonrisa pululaba sobre su dulce cara trigueña.

--Tita Anastasia, tan enfadada como estás, y tú hubieras hecho lo mismo que yo he hecho. No me digas que no tita Anastasia, porque sé que lo hubieras hecho. Si no lo hicieras serías mala, y tú no lo eres.

Tita Anastasia se enternecía en tan acelerada progresión que apenas podía represar las lágrimas.

--Sí, palombina, tienes razón. Pero ¿y lo de tu padre? Eso está muy mal hecho.

--Si yo he hecho bien, tita Anastasia, es que lo que me propuso estaba bien, porque nunca está bien aceptar una cosa que está mal.

Esta lógica confundía y anonadaba á la vieja. Prosiguió Fina.

--Si el dinero que tiene papá fuera tuyo, tita Anastasia, ¿qué harías de él al morir?

--Dejártelo á ti todo, todo.

--Eso sí que no está bien --la sonrisa de Fina fluyó más amorosamente aún, de manera que suavizara la frase.

--Tú eres la que más me quieres, acaso la única que me quiere --expresó la anciana justificándose.

--Es decir que para ti, tita Anastasia, las personas valen aquello que tú crees que vales para ellas; tanto me quieres, tanto te pago. Pero como yo te conozco, tita Anastasia, sé que no es verdad; que los quieres á ellos mucho, y que te haces la ilusión de no quererlos porque se te figura que ellos no te quieren; y que si aquel dinero fuera tuyo lo dejarías á todos por igual.

Aquí tita Anastasia fué impotente á retener enjutos los lagrimales.

--Cristo del Rosario ¡qué neña! Talmente como que lee dentro de una --habló tartajosamente--. Pero á ti te quiero más que á nadie, palombina.

--También lo sé, tita Anastasia.

--Sábeslo, sí, y sabes que todo lo que me dices tiene que ser como tú lo dices. Tú eres bruja, mi alma. Las veces que me dijiste de Alberto que volvería. _Volverá, volverá._ Yo no podía creerte. Pero tenías tanta confianza...

--Y volvió.

--Sí. Dicen que está en Pilares, pero nosotras no lo hemos visto entodavía.

--Ya lo veremos. Por lo pronto --dijo, cambiando de tono-- tratemos de convencer á Leonor á salir de paseo á la aldea, á que se distraiga.

Subieron á casa de Leonor, la cual no se dejó convencer. Fina comprendió que le avergonzaba salir y verse objeto de la curiosidad pública.

--Leonor; salimos por detrás de casa y en dos minutos estamos en el campo. Si hasta podemos ir en traje de casa...

--No, Fina; déjame aquí.

Se llevaron á Telín, sumido entre níveos encajes y batistas, que exasperaban el verde oliváceo de su coloración. Estando en la calle, Fina propuso como fin del paseo el _monte cerrado_. Cruzaron el campo de instrucción por la parte alta. Cuatro niños ascendieron corriendo por la ladera, á saludar y besar á Fina. Eran los hijos de Alfonso del Mármol, robustos y endemoniados mancebos, regocijo de los parques y terror de la prole infantil. Desde la primera infancia habían hecho muy buenas migas con Fina.

--Estaba papá con nosotros --dijo Pepito, el menor. Jadeaba; el rubio pelo le caía en vedijas sobre la frente, empapándose del sudor de la piel y pegándose á ella; las curtidas piernas, como las de sus hermanos, ostentaban caprichosa red de erosiones; era el blasón de la familia.

--Enséñanos ese niño --ordenó Rafael, el segundo, que traía el pantalón desgarrado y la visera de la gorra caída sobre el cogote.

La niñera ostentó el pequeño calmuco, colocándolo de manera que los niños lo pudieran admirar.

--¡Qué feo es! --exclamó Felipe, el tercero, volviendo la cara con despego.

--¿Es tuyo? --preguntó Pepito.

--Calla, mazcayo; si es soltera... --dijo Alfonso, el mayor, inflando los carrillos, volviendo el brazo derecho en señal de desprecio, y mirando á Pepito por encima del hombro.

--Eso ¿qué tiene que ver? --añadió Pepito.

--¿Tú no conoces á papá, Fina? --preguntó Alfonso.

Y como Fina respondiera que no, los cuatro á un tiempo se pusieron á vociferar, llamando á su padre, con alaridos tan penetrantes, que tita Anastasia se llevó las manos á las orejas y el calmuco se despertó furioso.

Alfonso del Mármol acercóse á saludar á Fina, sombrero en mano.

--Tengo mucho gusto... Estos mocosos siempre me dicen que son muy amigos de usted.

--Como que lo es --afirmó Felipe.

--Y además decimos que es muy guapa --puso de su parte Pepito.

--Eso no tenéis necesidad de decírmelo vosotros.

Fina le dió las gracias, inclinando la cabeza, sin afectación.

--Oye, papá --habló Alfonsín, echando los brazos sobre el pecho del padre--, ese fato de Pepe le preguntó á Fina que si ese niño...

--Ese niño tan feo --la interrupción fué de Felipe. Quería dejar bien sentadas sus opiniones.

--... que si ese niño era de Fina.

Alfonso y Fina se rieron animadamente. Tita Anastasia estaba un poco escandalizada.

--Van ustedes de paseo.

--Sí, señor.

--Están estas tardes tan hermosas...

--Sí, señor --repitió Fina.

Mármol quería saber adónde, pero sin preguntarlo.

--Y es muy entretenido ver á los soldados, y á la chiquillería.

--Nosotras no nos quedamos aquí.

Providencialmente acudió Pepito.

--¿Adónde vas, Fina?

--Al _monte cerrado_.

--Nosotros vamos contigo --clamaron á una, los cuatro chicos.

--Vosotros os quedáis aquí.

Fina intercedió. Mármol consintió que fueran.

--Adiós, y que sea enhorabuena --dijo Fina despidiéndose.

--¿Por qué?

--Por estos chicos tan hermosos que tiene usted.

--Adiós, y que sea también enhorabuena --Mármol sonreía de un modo bondadosamente maligno.

--¿Por qué? --dijo á su vez Fina.

--Por ahora no hago más que darle la enhorabuena de nuevo, y dármela á mí por haber tenido el honor de conocerla y estrechar su mano.

Se inclinó, rendida y ceremoniosamente, y se apartaron. Los cuatro niños fueron al principio en torno de Fina, guardándola como una corte de pajecillos, pero muy pronto se dieron á correr y á afrontar mil temerosas aventuras, que metían en un puño el corazón de tita Anastasia. Esguilaban los árboles, vadeaban los arroyos metiéndose en el agua hasta media pierna, hostigaban á las vacas con propósito resuelto de enfurecerlas, desafiaban el encono gruñón de los canes rústicos, se mofaban de las campesinas y apedreaban á los gañanes.

--Estaivos quietos, rapacinos, por amor de Dios --suplicaba tita Anastasia, pensando que de un momento á otro iba á ser víctima de una vaca, un perro ó un aldeano frenéticos--. Pero ¿tú ves, Fina? Son los mesmísimos diaños.

Fina se divertía en grande con las diabluras de los muchachos.

--Claro --agregaba tita Anastasia sentenciosa--, de tal palo, tal astiella.

--Ea, tita Anastasia, que no quiero que hagas suposiciones á costa de ese señor.

La anciana recogió velas.

--Él, parecer parece muy simpático. Y te miraba de una manera... Dicen que es un calaverón.

--Dicen, dicen... Tita Anastasia, ¿tú te guías por lo que dicen?

--Líbreme Dios, palombina. Tú siempre tienes razón.

Terminado el paseo, Fina emplazó á sus jóvenes é indómitos amigos para el día siguiente, en el campo de instrucción.

Al día siguiente salieron solas Fina y tita Anastasia, porque al pequeño calmuco no le había sentado muy bien el sol. En el sitio convenido encontró á los cuatro muchachos, muy cariacontecidos y amurriados. Alfonsín, que era la persona de confianza del padre, explicó la causa.

--Papá nos prohibió terminantemente que fuéramos hoy contigo. Y tan guapa que vas hoy, vestida de blanco.

Los tres pequeños pretendían incurrir en rebeldía filial, pero el mayorazgo, con grandes aires de hombre poderoso sofocó los primeros síntomas de sedición.

--Ya sabéis que nos dijo que pasaría por aquí á ver si habíamos obedecido. ¿Por qué será, Fina?

Eso preguntó Fina en apartándose de los abatidos mancebos.

--Sea por lo que sea, palombina, yo alégrome de que vayamos solas. ¿Ves qué tarde bendita, neña mía?

Fina sentía henchido el pecho de una exaltación maravillosa y sin causa.

Tita Anastasia rememoraba los años de su vida labriega.

--Yo prefiero la aldea á la ciudad, neñina. Mira, por este tiempo, y en la luna creciente, se siembra el cáñamo y el lino regadío; siémbranse también las legumbres; injértanse perales y pomares y trasplántanse naranjos y álamos. Con el menguante es bueno cortar blimales y cañas para cestos, enrodrigónanse las parras, pódanse los árboles tardíos y se reconocen las colmenas. Si en este mes se oyen los primeros truenos, señala muertes de hombres ricos y poderosos, enfermedades de cabeza y dolores de orejas. Por todo este mes es peligroso el mal de los pies. Veo que no me escuchas.