La pata de la raposa (Novela)

Part 13

Chapter 133,855 wordsPublic domain

Carriles compuso un gesto y un ademán desolados, como dando á entender: ¿le parece á usted poco? Se despidió. Don Medardo se excusó de salir á la puerta, alegando la frigidez de sus extremidades abdominales, y el observador entusiasta del corazón humano salió de la casa pensando que don Medardo no tenía corazón. En estando á solas, el viejo llamó á su mujer. Quería consultar con ella la forma más dulce y cauta de enterar á Leonor. Era lo único que preocupaba á don Medardo. Allá en el fondo, muy en el fondo de su alma sencilla, sentía algo así como satisfacción orgullosa, una especie de vanidad intelectual; su sistema financiero no era una antigualla, bien decía él. En realidad, le costaba trabajo creer que Telesforo hubiera huído criminalmente, después de haber robado. Pensaba que se había arruinado de buena fe y que la vergüenza le había obligado á escapar. Ni él ni doña Dolores se acordaron para nada de los cien mil duros cercenados al patrimonio familiar. Inquietábales tan sólo el dolor que del suceso había de recibir Leonor y las consecuencias que pudiera traer á su salud y á la del pequeño calmuco. Platicando, llegaron á convenir en que Fina era la indicada para preparar y revelar á su hermana la triste verdad. Requirieron á la niña, la cual acudió acompañada de tita Anastasia. Don Medardo contó todo lo que sabía, en breves palabras. Tita Anastasia sintió también, en aquella coyuntura, lo primero de todo, satisfacción intelectual, pero en proporción centuplicada á la de su sobrino, y la inutilidad subsiguiente de aquella sonrisa ácida de su particular invención. Elevó las manos al cielo y murmuró:

--¿No decía yo que me daba mala, muy mala espina? --parecía un grito de triunfo. Su rostro mostraba tal contento, que don Medardo dijo pasmado:

--Cualquiera creería que te alegras, Anastasia.

--Tienes razón, Medardo. ¡Dios me perdone! --suspiró, arrepentida y abochornada de haberse dejado arrastrar por aquel movimiento espontáneo, del mismo linaje que el que hace prorrumpir á los espectadores de galería en un gruñido de emoción viendo descubiertas las perfidias del traidor de un melodrama--. ¿Cómo me he de alegrar? La pobre Leonor... ¡Dios me perdone!

--¡Dios nos perdone! --alentó, con tenue bisbiseo Fina. Porque, á pesar de todo, estaba contenta con la desgracia, y adivinaba en ella el germen activo de próximas venturas. Alberto volvería á Pilares á emprender nueva vida.

Fina subió á cumplir su ingrata misión. En aquellos instantes, la madre bañaba al calmuco, el cual había llegado á tal punto de cólera, que de verde aceituna se había puesto de color berenjena, y no se daba reposo á berrear, patalear y expresar á su modo rabia y odio felinos al agua y á las artes cosméticas. Lo enjutaron, lo fajaron, lo aplacaron y vieron que el calmuco retornaba á su verdor nativo y se acogía, siempre con gesto enfurruñado, á los asilos del sueño.

Fina procedió con tan buen tino y serena dulzura, que cuando concluyó de hablar, Leonor permanecía sin inmutarse, recogida en sus pensamientos. Á poco comenzó á derramar abundantes lágrimas tranquilas. Fina la abrazaba y acariciaba en silencio. Al cabo de un tiempo, Leonor se serenaba. Había adquirido noción cabal de lo ocurrido y había formado su génesis y explicación conforme á las ilusiones de su alma. Telesforo la amaba siempre, y esta era la causa de que, habiendo ido á mal en sus negocios, huyera sin atreverse á confesarla sus tormentos, quizás su desesperación.

--¿No crees tú, Josefina?

Josefina veía lo absurdo de tales suposiciones; pero, respondía que sí.

--Telesforo siempre fué un niño. Los últimos tiempos andaba muy preocupado y me dijo, muy en secreto, que era por los negocios. ¡Ay, mi Teles! ¿Por qué no habrá acudido á papá? Le hubiera ayudado de seguro, ¿verdad? Lo que sufrirá, pensando en mí y en su pequeñín, en su nenín, que le tenía loco.

Leonor se levantó á besar al pequeño calmuco.

--Tranquilízate, Leonor. Lo vas á despertar.

Leonor volvió á sentarse en una butaca baja. Apoyó los codos en las rodillas y la cara en las manos. Cuando irguió la cabeza, sus ojos lucían radiosos.

--Fina, te aseguro que en muy poco tiempo Teles hará fortuna en América, volverá y resolverá todas las cosas. ¡Niño mío, bobo, que sufres por tu Leonor sin atreverte á escribirla! Pero verás, Fina, cómo no pasan muchos días sin que yo reciba carta de él. No podrá más. ¡Oh, aturdido, inocente; haber huído del consuelo y de la ayuda! No se lo voy á perdonar --quiso sonreir, pero rompió á llorar--. De todos modos, Fina, ¡soy muy desgraciada!

Luego, convirtió su memoria hacia el padre viejo.

--Dile, Fina, que no quiero que se entristezca ni preocupe. Yo soy la más interesada, y ya ves, estoy tranquila. Confío en Dios y en el mañana. No quiero que el pobre viejecito sufra por mi causa. Yo misma bajaría, pero me parece demasiado pronto. Cuando nos veamos, yo prometo estar serena; ya verás. Y á mamá también; que no llore. Estarán angustiados. Baja, baja, Fina.

VIII

Desde la estación de Cenciella al pueblo hay un kilómetro de distancia. De ordinario, los viajeros suelen hacer el camino siguiendo la vía férrea carbonera, que cruza en la misma estación con la línea de viajeros y pasa contigua al caserío; es una avenida lóbrega, tapizada de carbonilla y enhebrada entre dos muros de centenarios álamos negros. Alberto prefirió echarse á campo traviesa, por prados, bosquetes y hazas de tierra roja. Era el posmeridio de un día asoleado y dulce.

Así como cuando la finca fué suya acostumbraba penetrar en ella furtivamente por la casa del casero, ahora quiso hacerlo por la puerta grande, que de par en par estaba abierta. Gozábase imponiendo con esto un nuevo linaje de dominio, de imperio sentimental. Aquella casa siempre sería suya, únicamente suya, que él sólo poseía la virtud de evocar su latente vida añeja y descifrar su expresión de poética ternura.

Detúvose en la plazoleta que se hace delante de la fachada. El edificio parecía recibirle asombrado de verle volver, con los ojos de los balcones muy enarcados, y la boca del portón como alelada. Los rosales del tapial temblaron de emoción.

Alberto atravesó corriendo la portalada, subió los escalones de tres en tres, gritando:

--¡Manolo! ¡Manolo!

En la meseta alta de la escalera aparecieron por diferentes puertas Teresuca y Manolo, en mangas de camisa y con una chaqueta en la mano. Esta circunstancia determinó que Alberto ensamblara naturalmente la vida del momento con la pretérita. Diríase que Manolo había sido sorprendido en el punto de cepillar la ropa del señorito.

--¡El señorito!... --exclamó Teresuca espontáneamente.

--¡Don Alberto!... --añadió Manolo como si rectificara y la recriminase.

Alberto abrazó á Manolo con mucha efusión y afecto. Dábale á entender que se enorgullecía de su prosperidad y en ascenderle desde ayuda de cámara á amigo, en la consideración. Volvióse en seguida á sacudir cordialmente la mano de Teresuca.

--¿Cómo estás, Teresuca?

--No sabía que se tuteaban ustedes --observó con seca malignidad Manolo, vistiéndose la chaqueta. Prosiguió--. Ya nos hemos enterado de la desgracia. ¿Quiere usted pasar?

Alberto se ruborizó. Después de unos minutos de vacilación creyó expresar y aclarar sus sensaciones, diciendo á Teresuca:

--¿Es celoso Manolo?

--Qué ha de ser celoso...

Por el tono de la respuesta, Alberto coligió que una aridez desolada se interponía entre los dos esposos. Triste y cohibido, echó á andar hacia el interior de la casa. Manolo le atajó el paso:

--Por ahí, no; es mi despacho. Pase usted á la sala. Siéntese usted. ¿Quiere usted tomar algo?

--Gracias. No tengo gana de nada.

--Y ¿adónde iba usted?

--No iba, Manolo, sino que venía á mi casa... No pongas ese gesto; á tu casa, si quieres. Venía á pasar una temporada en vuestra compañía, en tanto determino qué camino tomar. No hables, no --Manolo bajó los ojos--. Si sé lo que vas á decirme... ¡Nunca pude imaginar tanta ingratitud!

--No me hable de ingratitud, que no viene al caso.

--Ingratitud te digo. Eres un hombre despreciable --recalcó Alberto, en pie, exaltándose.

--Teresa, hazme el favor de irte de aquí con viento fresco.

Teresa salió, con lentitud de desafío, volviéndose de vez en vez á mirar, afable, á Alberto.

--Supongo que no vendrá usted al sagrado de mi hogar á lanzarme injurias en el rostro --Alberto no sabía si reirse de la grandilocuencia idiota de su criado, ó escupirle y dejarlo á solas. Continuó--. Todo en el mundo se rige por la ley de la oferta y la demanda; toma y daca, _do ut des_, como dice el Evangelio: quiero decir que esto es el Evangelio. Si yo...

Alberto tuvo una idea súbita. Decía Manolo:

--Si yo fuí algún día criado y supe elevarme á la cúspide de la escala social como Rousseau; si desde el piélago humilde de la escasez navegué hasta la tierra, no diré que de la abundancia, pero sí del modesto bienestar que creo que otros le dicen parsimonia; si de los libros que usted despreciaba supe construir coturnos para mi alma; en suma, si de crisálida me convertí en mariposa que surca los espacios, nada tiene que ver eso con la gratitud. Nada le debo á usted...

Aquí Alberto se precipitó á cortarle el chorro.

--Me debes nueve mil y quinientas pesetas; eso sin contar intereses.

Manolo vaciló un momento.

--Si usted suprimiera el tuteo, que corresponde á un período infausto de mi vida, nos entenderíamos mejor.

--Me debes nueve mil y quinientas pesetas, las cuales me devolverás dentro del plazo de un día, si no quieres que apele á la vía judicial.

--Esa suma que usted menciona tuve la satisfacción de satisfacerla en la casa de banca de don Telesforo Hurtado, de execrable memoria, precisamente poco después de habérmela prestado usted. Ítem más, con sus intereses.

Alberto leía la falsedad en los ojos de Manolo.

--¡Mientes! ¿Dónde está el recibo que lo acredite?

Manolo titubeaba. Recobróse y devolvió la pregunta con insolencia.

--Y ¿dónde está el recibo que acredite haberlas yo recibido de sus manos?

--¡Ah! --gritó Alberto triunfalmente--. Al menos tienes el valor de confesar tu canallería...

--No confieso tal.

--Sí, hombre, sí. ¿Que yo no te exigí recibo al prestártelas? Haces bien en no devolverlas. Justa sanción á mi candidez por haber fiado en tu tontería que no en tu honradez. Porque tonto siempre lo has sido á no poder más; y me asombro de ver que en esto has ganado en quinto y tercio.

Este severísimo juicio acerca de su vigor mental desconcertó á Manolo. Resolvió dar fin á la plática.

--Al fin de cuentas es agua pasada. Yo tengo que irme ahora mismo á Sotiello, á casa de mi amigo el señor marqués de Espinilla... Con que...

--Mira, hijo --concluyó Alberto, calándose el sombrero--. Te he llamado canalla varias veces: pero no es el calificativo adecuado. Helo aquí: ¡Ma... ma... rra... cho!

Desde el umbral de la puerta aun vomitó por dos ó tres veces la palabra: mamarracho.

IX

Alberto estaba en la taberna de Librada, bebiendo sidra, y escuchando á la dueña condolerse de la desgracia del señorito, maldecir la petulancia y rapacidad de Manolo, alias _Taragañón_, recordar la memoria de su antigua amiga Rufa, muerta á poco de venderse la casona, y poner en duda la sapiencia y providencia del Supremo Hacedor, repitiendo á cada paso: _esti mundo non tien atadero, don Albertín_. Faltaba una hora para el tren de Pilares.

En la puerta del tabernucho apareció una lugareña; sus mejillas de una rubicundez impropia de la epidermis humana, y el pelo negro rezumante, como la hulla, de manera que el rostro parecía un fragmento del cabello, en ignición.

--Es Pepona, la _Arrecachada_ --explicó Librada.

La lugareña se encaró con Alberto y le hizo muecas extravagantes, como si se burlase de él.

--¿Está loca? --preguntó á Librada--. No es de mi tiempo, porque yo no la recuerdo.

--Es la criada de _Taragañón_.

La lugareña continuaba haciendo muecas, retorciéndose. Agitaba la cabeza con tanto denuedo que la brasa del rostro amenazaba propagarse al resto de la hulla.

--¿Qué diaños te ocurre, _Arrecachada_? --preguntó ásperamente Librada.

--Nada m’ocurre. ¿Ye que no puedo mirar endientro de la taberna? --poseía un bárbaro vozarrón masculino.

--Pero non ofender á los perroquianos.

--Ye que miraba á aquel señoritu. ¿Non ye un que vino de Mingalaterra, fai pocos días, y que yera amo de la casona?

--¿Qué te importa á ti, muyer?

--Quisiera preguntai por un hermano que tengo allí.

--Difícil es que yo sepa nada. Entre usted.

--¡Líbreme Dios! Buena la tenía luego con el señorito... ¿Quier usté salir p’acá?

--Non la faga caso, señorito. ¡Qué descaradona! --Librada se santiguó.

Alberto se acercó á la _Arrecachada_, la cual, tomándole aparte y sigilosamente le comunicó que su señorita tenía cosas muy importantes que decirle; que en oscureciendo se fuera de aquella parte, como al descuido, y que penetrase por lo alto de la huerta que ella, la _Arrecachada_, estaría allí.

Alberto se alejó de la taberna de Librada, con ánimo de distraer sus pensamientos paseando hasta la hora de la cita. Descendió por la calle del Doctor Otero. Al final de ella, que son los confines del pueblo, se eleva la iglesia parroquial, vuelto el ábside de la parte de Cenciella y la espadaña del frente mirando al campo, por encima de un viejo bosque de castaños. Por el costado derecho de la nave, corre un atrio de columnas graníticas; adosado al otro muro, está el cementerio.

Sentóse Alberto en el atrio y estuvo allí en silencio media hora. La calle, la iglesia, el bosque estaban solitarios. Oíase un ruido como de azada abriendo la tierra.

Levantóse y dió la vuelta en torno de la iglesia. El cementerio tenía la puerta abierta. Penetró. Un hombre aliñaba un cuadro de hortalizas. Encorvado como estaba miró al recién llegado y siguió trabajando. En un ángulo vió Alberto el panteón de la familia Díaz de Guzmán; nunca hasta entonces lo había visto. Una frase se formuló en su frente: _esto me queda_. La humedad del atardecer y lo sombrío del paraje le hicieron temblar. Preguntó al de las hortalizas:

--Buen hombre ¿sabe usted de sepulturas?

El hombre se puso en pie, arreglándose á puñadas los riñones.

--Que si sé de sepolturas... --enseñó sus dientes amarillos--. Como que soy sepolturero.

--¿Sabe usted dónde está enterrada una tal Rufa?

--¿Rufa qué? Verá usted, hay... --elevando los ojos al cielo-- Rufa, la del Carmín; de aquella parte está. Rufa, la de Nolo; allí. Rufa, la _Pendona_ ¡Dios la haya perdonao! ¡Les veces que anduvo metiendo la boroña n’el forno, pe los maizales...! Allí. La penúltima ama de don Pedruco, el coadjutor, tamién se llamaba Rufa. ¡Dios los perdone! Allí. Y entavía...

--Ninguna de esas es. Era la criada en la casona.

--¡Ah! Allí está.

Alberto siguió la dirección que con el dedo le señalaba el sepulturero.

--Ahí, ahí mismo.

--Es que... --balbució Alberto-- aquí no hay nada.

El sepulturero enseñó otra vez sus dientes amarillos.

--Escarbe y verá si hay podre, que federá que de gusto. ¿No hay una piedra con el número 114?

--Sí, señor.

--La misma.

Alberto se arrodilló sobre la hierba, enmarañada, verdiagria, jugosa. Dos palmos delante de él crecía un cardo, florecido de amarillo oro. Sentóse sobre los talones, cruzó los brazos y dióse á cavilar. Su madre, muerta al nacer él, estaba allí, en el musgoso panteón de traza corintia; allí su padre, á quien nunca había amado, ni de él había recibido sino crueldad y desdenes. Retrotraíase á la tenebrosidad de la infancia, guiada tan sólo por dos caducas sombras familiares; la vieja Teodora y la vieja Rufa, de la casona, á quien ahora reveía con sus añejos atavíos, el abanico verde, con un gato, y el libro de misa, apercibida á presenciar los títeres; y también de tarde en tarde la sombra furtiva y amorosa de su tío Alberto, mortalmente enemistado con su padre. Aquella su ternura enfermiza por los seres y las cosas, aquel inquirir sin plan y con fiebre, aquel soñar sin asidero y aquel flotar de toda su vida ¿qué otra cosa era sino ausencia de niñez? Nunca había sido niño. Faltábale la tradición; tronco y raíces que agarrasen en tierra firme; todo él era ramazón, hojarasca, garrulería y esterilidad. Desfallecía. Hubiera querido tener á Rufa á su lado, y reclinando la cabeza en el muelle y haldudo regazo dormirse, como en el antaño remoto. De pronto, como bajo un influjo misterioso, de su propia flaqueza se levantó arrogante y decidido. En los treinta y dos años estaba, y estaba por obra de la adversidad, con las manos vacías é inactivas. Hasta entonces, había soñado; era hora de hacer, de hacer muy deprisa, que iba con retraso por el mundo. ¿Hacer qué? Cualquiera cosa ¿qué importa? Hacer, hacer... «Hay que apresurarse», murmuró en voz alta. En torno suyo yacía la eternidad de donde había nacido. La otra eternidad, á donde había de volver se anunciaba como una aurora negra. ¿Había de ir de una á otra sin rastro y sin ruido como una nube en la noche?

--¡Eh, señor! --gritó el sepulturero--. Que voy á cerrar.

En la puerta Alberto preguntó al hombre de los dientes amarillos:

--¿Tiene usted miedo á la muerte?

--Si tuviera miedo no sería sepolturero.

--No digo á los muertos, sino á la muerte; al más allá.

--No sé lo que es eso.

--Después de morir.

--¡Ah! Después de morir... ya ve usted --mostrando los dientes y señalando las hortalizas-- se dan muy buenas berzas.

Tañeron el ángelus las campanas. Anochecía. Alberto dió una propina al sepulturero y se encaminó á la casona. La _Arrecachada_ le aguardaba en la casa del casero y le condujo hasta el gabinete en donde estaba Teresuca, la cual se levantó á recibirle, muy agitada.

--¡Qué asqueroso de hombre! --se refería á su marido--. Lo he oído todo desde detrás de la puerta. ¡Qué asqueroso! No le digo que le perdone porque maldito lo que lo deseo. Al contrario; hágale cuanto mal pueda. --Sus ojos revelaban crueldad insaciable. Viéndolos, Alberto se sintió sobrecogido.

--¿Tanto mal le ha hecho á usted, Teresa? --su pregunta tenía aire de reproche.

Los ojos de Teresuca se melificaron instantáneamente. De grises, se trocaron en ambarinos.

--¿Por qué no me tutea usted como antes?

--Después de lo ocurrido con Manolo, no podría aunque quisiera.

--Sí, sí --rogó Teresuca, ladeando la cabeza.

Alberto calló. Teresuca se puso seria.

--Aquel niño ¿es de ustedes?, claro --se levantó á mirarlo de cerca. Dormía sobre un sofá, con los puños cerrados. Lo besó.

--Siéntese, don Alberto. Tenemos que hablar.

Alberto obedeció.

--Á eso vengo.

--Yo no quiero ser cómplice de una infamia. Lo que le dijo Manolo de las nueve mil pesetas, es mentira. No las pagó.

--Lo vi muy claro.

--Cuando tenía confianza conmigo me lo confesaba. Él creyó que nunca se acordaría usted de ellas.

--Nunca me hubiera acordado, á no hacerme falta.

--La carta que le dió usted á Manolo, ¡asqueroso!, para que se las entregaran, por la banca debe de andar, y saldrá con otros papeles. Con eso le basta á usted --Alberto escuchaba sin replicar. Continuó Teresuca--. Pero hay más. Los alquileres de la casa, desde que vivimos aquí, hasta que la compró él, están sin pagar. También me lo confesó él. Esos se los puede usted sacar desde luego. ¡Es un asqueroso! ¡Es un criminal! --en los ojos de Teresuca asomaba nuevamente un odio funesto y delirante--. Pues hay más. Los cinco años que fué su criado le robó, así, le robó; me lo confesó él, riéndose y diciendo que usted era... _un babayu_; le robó más de cinco mil duros --Alberto callaba--. Pues hay más. La casa no la compró con los muebles; en la escritura puede verse. ¡Cuidado que había plata...! Toda la vendió. Estos muebles son de usted. Cuando usted quiera puede levantarse con ellos...

Callaban los dos. Teresuca bebía con sus ojos los de Alberto.

--Teresa; todo eso que usted dice haría yo, si se me hubiera ocurrido á mí. Pero, habiéndolo oído de labios de la mujer del propio Manolo, no puedo hacer nada. Agradezco la honrada solicitud que usted me demuestra, pero, no haré nada.

En los ojos de Teresuca asomó un anuncio de desdén, algo á modo de dureza que se derritió en seguida en una mirada ardiente y seductora.

--¿Dónde se ha arrodillado usted, que trae el pantalón todo manchado de verdín? Voy á limpiárselo.

Con agilidad ondulante saltó á los pies de Alberto, y allí quedó agazapada, pasándole las manos por las rodillas y elevando hacia él los ojos, mimosa y elocuentemente.

--Levántese, hágame el favor, Teresa --habló Alberto, con voz opaca y repeliendo discretamente á la mujer. La torpe perfidia de Teresuca le inspiraba tumultuosos sentimientos de aversión y repugnancia. Temía ser violento, brutal con ella.

--¡Cómo lo aborrezco! --bisbiseó Teresuca, con la cabeza baja, reclinándose sobre las piernas de Alberto--. ¡Asqueroso! Liado con esa viuda marrana de la casa vecina... ¡Asqueroso, sinvergüenza! ¿Lo querrá usted creer? --escorzó el cuerpo y apoyó los brazos sobre los muslos de Alberto, levantando el rostro hacia él--. Pues voy á decirle lo último. Es un cabrito, sí, un cabrito. Cuando se casó conmigo sabía que yo había hecho hombres, pero como era por dinero, hasta casi me animaba. ¡Ah! Si en lugar de vivir en Cenciella estamos ahora en Pilares... ya le diría yo...

Teresuca, con ductilidad serpentina, iba enroscándose y ciñéndose á los miembros del joven. Sus ojos brillaban, lubrificados de fascinación ponzoñosa. Sacó la lengüecilla y se relamió, humedeciendo los encendidos labios. Era toda astucia y crueldad.

Había una cosa entre los dos que Alberto quería olvidar, imaginando que ella lo había olvidado, á causa de la frecuencia de sus deshonestidades mercenarias. Alberto había poseído á Teresuca hacía algunos años.

Teresuca se incorporó, entretejió los dedos de entrambas manos detrás de la nuca de Alberto, y dejóse colgar sobre su pecho, simuladamente desvanecida y suplicante. Con soplo apenas audible suspiró:

--¿Te acuerdas? --y luego, anticipándose una fruición maligna--. Hoy voy á gozar por primera vez.

Dos sacudidas de Alberto, y Teresuca hubiera dado en tierra, á no buscar soporte instintivo en el brazo izquierdo. Estando así, con ojos dilatados de asombro é iracundia, Alberto levantó la mano sobre ella y la abofeteó. Luego salió huyendo. Por las escaleras oyó llantear al niño y la voz quebrada de la madre que bramaba á lo sordo:

--Me las has de pagar, cochino, hijo de perra.

X

El horror y vergüenza de haber abofeteado á Teresuca se hundieron muy pronto en el olvido, empujados por las graves preocupaciones que acaparaban el espíritu de Alberto. Durante unos días le retiñía de continuo dentro del cráneo la voz de las campanas que había oído estando en el cementerio de Cenciella; un sonido grave, magistral, emotivo que se propagaba por los ámbitos del cielo sin extinguirse nunca, y luego un golpe agudo, atiplado, efímero, agrio, que fenecía al punto, absorbido por el temblor perdurable de la primera campana. La campana grande parecía cantar, _ars longa_; la otra apenas si concluía á sugerir, _vita brevis_. Era lo mismo que Alberto se había dicho espontáneamente: _hay que hacer, hay que apresurarse_.

Encerrado en la habitación de la fonda, se pasaba los días melancólicamente, con las manos tendidas hacia lo porvenir y sin saber con qué llenarlas. Se propuso examinar en frío su capacidad social: _¿para qué sirvo yo?_ Respondíase: _no sirves para nada_. Entonces se miraba al espejo, lleno de compasión hacia sí mismo. Y le decía la conciencia: _no sirves para nada, porque estás podrido de molicie, porque el solitario deleite de soñar y pensar como por juego te ha corroído hasta los huesos, porque en tu pereza miserable crees que la vida no vale nada en sí, sino en sus ornamentos_. Maquinalmente murmuraba en voz alta:

--Y es verdad; no vale nada en sí, sino en sus ornamentos.