La pata de la raposa (Novela)

Part 11

Chapter 113,901 wordsPublic domain

En el pasillo alto se cruzaron con Marietta la camarera, una napolitana muy dengosa, insinuante é intempestiva. Cogió una punta del almidonado delantal, inclinó la cabeza con su corona ó toca de lino escarolado, abatió los párpados, y como si se hallase en trance violento de rechazar ó aplazar una solicitación amorosa, suspiró:

--_Bruta giornata!_

--_Whisky and Apollinaris_ --dijo Bob por toda respuesta--. Al cuarenta y cinco. _Subito._

--_Subito_ --hizo eco Marietta, con voz doliente y lejana.

Penetraron en la alcoba de Alberto.

--Yo tengo que afeitarme, Bob.

--Bueno, pero deprisa --Bob echaba un vistazo á los libros alineados sobre una mesa--. Estos libros que pudiéramos llamar de alcoba dan la expresión espiritual de un hombre.

--Pues el mío, como verá, digo mi espíritu, es bastante inexpresivo.

Bob fué recorriéndolos: uno de filosofía titulado _El pensamiento humano, sus formas y sus problemas_, de autor danés; una estética, de Croce, y una historia de las ideas estéticas, por Knight; el _Quijote_, la _Celestina_ y el _Cortesano_; un tratado de Astrología y otro de Alquimia, luego catálogos críticos de algunas pinacotecas célebres y un pequeño cuaderno con reproducciones de Sandro Botticelli. En la mesa de noche yacían algunos números de _Sol y Sombra_, junto á un despertador encerrado en estuche de cuero, y _David Copperfield_, de Dickens.

--¿Qué saca usted en limpio? --inquirió Alberto, la cabeza en violentísimo escorzo, á fin de aplicar la Gillette á la pelambre de las mandíbulas.

Bob no respondió. Estaba absorbido en contemplarse al espejo. Se atusó la puntiaguda barba pajiza; abrió la boca y se miró la dentadura, haciendo sonar sobre ella los dedos, á modo de rasgueo; se colocó de perfil, estiró el chaleco y echando hacia atrás gabán y chaqueta examinó, fruncidas las cejas, el perfil anterior del cuerpo.

--Tengo miedo al vientre. Es lo que nos inclina á la tierra, á la nada.

Tenía cuarenta y cinco años; el aspecto cabalmente juvenil y viripotente. El labio inferior harto carnoso y lacio, daba al rostro expresión de bobería, corregida por lo afilado de los ojos grises.

Sobrevino Marietta con el _whisky_ y el agua mineral.

--Bebe usted demasiado, Bob.

--Si bebiera demasiado no estaría como estoy. Bebo lo que me pide mi naturaleza. Nancy, ya ve usted, bebe más que yo...

--De todas suertes --añadió Alberto riendo--, bebe usted demasiado.

--Vaya, ¿no dice usted siempre que todo lo que es está bien, porque es?

--Moralmente, sí. Quiero decir que no se deben condenar ni juzgar los actos ajenos. Yo no le juzgo á usted, sino que intento moverle á pensar si acaso, por propio egoísmo, le convenga beber menos é intentar conseguirlo.

--Bravo whisky. No sé cómo no le gusta á usted el whisky.

--El brandy viejo, sí.

--También es bueno. Pediremos una copa.

--No bebo á estas horas. Ya estoy á su disposición.

Alberto bajaba la escalera á saltos, gozándose en hundir los pies en la felpuda alfombra de terciopelo de lana. Bob se apoyaba en el pasamano. Alberto le aguardó en un rellano.

--¿Ve usted? El whisky. Sin él bajaría usted tan ágilmente como yo. Y eso es el comienzo.

--Calle usted, no me diga eso --el labio inferior se le contrajo nerviosamente.

Montaron en el automóvil, un Daimler de cuarenta caballos. En Piccadilly Circus, la niebla se hizo tan compacta que el coche hubo de detenerse. Estaban como hundidos en el seno de un río de leche. El mecánico tocaba de continuo la bocina. Oíanse otras bocinas, gorgoritos de silbatos y voces inarticuladas, temblando inciertamente entre la bruma blanca. Contigua al vidrio de una ventanilla, surgió una masa informe, difusa en sus límites. Luego sonó un golpe metálico sobre el cristal y un relincho de caballo.

--Sólo falta que nos partan de un topetazo --masculló Bob, y oprimiendo un botón encendió la luz eléctrica. Alberto estaba riéndose--. Ya sé que es difícil que pierda usted su serenidad.

La cerrazón se deshizo en pocos instantes. Dentro del blanquinoso vapor nacían inconsistentes sombras que se iban intensificando poco á poco, coagulando, definiéndose en seres y cosas. El automóvil había quedado preso entre un desconcertado pelotón de ómnibus, camiones, _cabs_ y otros carruajes, cada cual en dirección diferente. Los _policemen_ andaban de un lado á otro, enarbolando el autoritario bastoncillo á fin de restablecer la circulación.

--Se nos va á hacer tarde; Nancy estará impaciente --habló Bob--. He de comprar todavía golosinas para Meg y un juguete para Ben. ¡Ese chico...! No acierto con nada que le distraiga. Se comprende, pobrecito... Es la única sombra de mi vida.

--Sí; pobre Ben.

Detuviéronse á comprar un rifle de salón, en un bazar, y un paquete de bombones que Alberto quiso pagar para ofrecérselos personalmente á Meg. Luego el automóvil tomó la ruta de Richmond vertiginosamente.

III

Roberto Mackenzie y Alberto eran amigos de muy poco tiempo. Se habían conocido en un hotel de Biarritz el verano anterior, y desde el primer momento, el escocés había consagrado al español un afecto rayano en la adoración, al cual correspondía Alberto en buena moneda de lealtad. Bob pretendía descubrir en su amigo extraordinarias dotes de talento y aun de genialidad que al propio interesado comenzaron por dejarle perplejo y aturullado, luego le hacían reir, y en toda ocasión le halagaban, muy en lo hondo, sin que se diera cuenta. Bob no tenía secretos para Alberto; le abría con efusiva confianza las arquetas de sus amores más caros y los archivos de su vida; una vida trepidante, rauda y en cierto modo gloriosa. Siendo un mozuelo aún, había emigrado á la Argentina. Á los treinta años se había enriquecido y arruinado por tres veces; había buscado oro en tierra de California, y perlas en sus aguas, caucho en los Andes, diamantes en Kimberley, y explotado el negocio de pieles de león y tigre cazándolos en el Sudán y en la India. Como le dieran pocos rendimientos sus últimas empresas, hallábase en Smirna, de vuelta del Oriente, con muy flaco caudal en la cartera pero nutrido lote de proyectos entre ceja y ceja. Allí hubo de prendarse de una muchacha griega, casi una niña, danzarina ambulante y vendedora de naranjas, á quien su madre solía ofrecer á los hombres mediante un precio de diez dracmas, así como las dos hermanas mayores se entregaban por cinco y aun por tres en días apurados. La danzarina se llamaba Anita Pyrgos. Según ella andando el tiempo declaró á Bob, por habérselo oído á su madre, era hija de un francés cuyo nombre y paradero ignoraba.

Bob y Anita, á la cual el amante aplicó á seguida el diminutivo inglés, Nancy, huyeron de Smirna. Comenzó una etapa de amor ardoroso, mutuamente participado. Á los nueve meses les nacía un hijo. Le impusieron el nombre de Benjamín. Vino al mundo en ocasión que su padre había consumido las últimas migajas de su fortuna. Á Bob, el hijo le sirvió de estímulo para determinarle á rapiñar dinero como quiera que fuese. Por el contrario, Nancy reputó por grave contrariedad y rémora á la criatura, y sobre todo, obligada de la necesidad á amamantarlo, temía perder su belleza corporal y con ella el amor de Bob; de manera que, antes de pasado un mes, había renunciado á criarlo á sus pechos. Sometióse Bob á la voluntad de Anita, arrastrado del gran amor que le tenía. El niño vivía de milagro. Un año después de Ben, apareció á la luz Margarita. Bob y Nancy estaban ya establecidos en Chile, y el porvenir se les anunciaba como una aurora de oro.

Después de diez años de especulaciones y trabajo en las salinas de Chile, Bob era por cuarta vez millonario, y ahora en mayor medida que nunca. Él y Nancy eran jóvenes; se amaban como el primer día. Legalizaron su situación y se establecieron en Europa, comprando una casa en Richmond y una villa junto al lago de Lugano, en la raíz de Mont-Brè.

Meg era una niña de irreprochable belleza. Pero Ben se había quedado raquítico y jiboso.

En el punto en que Alberto había conocido al matrimonio Mackenzie, en Biarritz, Miss Meg y Master Ben estaban recluídos en sendos colegios ingleses.

IV

Meg echó á correr por la avenida central del jardín, al encuentro de su padre y de Alberto. Nancy, en el umbral del invernadero, se mantenía quieta, en pie, sonriendo delicadamente al esposo. Era una mujer aventajada de estatura; rubio el pelo. Andaba por los treinta y dos años, en perfecta sazón de su feminidad y hermosura, y tenía un continente patricio y aplomado que hacía recordar las estatuas que los romanos esculpieron en representación de la virtud de la Fortaleza.

Meg, después de besar á Bob y á Alberto, se colgó del brazo de entrambos y encogió las piernas en el aire, porque la llevasen suspendida. Tenía quince años ya, pero su desarrollo físico iba retrasado, y se conducía como si tuviera diez, si bien en ocasiones caía en una acritud de tono desconcertante, ó se las daba de persona mayor, sobre todo con doña Laura, su aya. Vestía un mandilón azul, cuyo corte era una reminiscencia de las dalmáticas bizantinas, y un traje blanco, muy corto, de fina batista y ricas tiras bordadas; medias de seda y zapatos de muñeca. El pelo, de oro claro, copioso y como si fuese líquido y manase continuamente en densos borbollones. Verdes los ojos, como los de su madre, y angélico el color de la piel.

--Meg, alma mía, que molestarás á Alberto... --amonestó el padre, blandamente.

--No, no --cantaba Meg--. ¿Verdad que no le molesto, señor de Guzmán?

--No, rica, no. Pero quiero que me llames Alberto.

--¡Ay, usted me perdone; pero siempre se me va!

--Y que me trates de tú.

--Tiene razón Alberto --dijo Bob.

--Sí, ya lo sé, papaíto; pero como es un señor formal. ¡Ay! --suspiró profundísimamente--. Me va á costar un trabajo...

Alberto y Bob rieron de la desolación y resignación cómicas que mostraba la niña.

Nancy saludó á Alberto con afectuosidad fácil y de buen tono, y se volvió á Bob presentándole la boca á que se la besase. Fundieron los labios glotonamente, gozándose en prolongar la sensual caricia. Meg los observaba atenta, como siempre que se besaban.

--¿Y Ben? Le traigo un rifle.

--No sé, Bobby; andará agazapado en los rincones, como siempre. ¡Qué vergüenza de hijo! --exclamó Nancy con gesto agrio.

--Meg, mi alma, anda á buscarlo --rogó el padre.

--Que lo busquen las criadas --respondió con desparpajo Meg--. Es un bruto y un antipático.

--Meg, vidita, que es tu hermano...

--Pues no lo parece --dijo la niña, rematando en seco la conversación.

Alberto miró á Meg con angustia; se estremecía pensando que un cuerpo tan fino y hermoso pudiera albergar un día un alma mala.

--Meg, sube á que doña Laura te alise un poco el pelo, que vamos á almorzar.

--Doña Laura no, que es muy torpe; yo misma me lo alisaré.

Se marchó cantando, casi alada, que no parecía tocar la tierra. Nancy murmuró en tono confidencial:

--Bobby, ese hijo va á ser nuestro tormento. Después de haber marchado tú, doña Laura vino á quejárseme, porque la había acometido.

--Le habrá dicho alguna cosa ofensiva, algo de la joroba.

--No, no; que la acometió como un hombre ¿entiendes? Ya tiene dieciséis años.

--Calla, calla, Nancy; es imposible. Una alucinación de esa pobre mujer...

--Sabes que las amigas de colegio de Meg no pueden venir á esta casa.

Los ojos de Bob se enternecieron. Murmuró:

--¡Pobre Ben! ¡Pobre niño mío!

--¡Pobre Ben! --repitió Alberto.

--Sí --continuó Nancy con impasible sinceridad--; á ustedes les da lástima de él. Pero ¿y nosotros, Bobby? ¿Me quieres decir para qué queremos un hijo así? Si hasta da vergüenza sacarlo á la calle, presentarlo al lado de una...

--¿Qué culpa tiene él, mi Nancy?

--Y nosotros, Bobby ¿qué culpa tenemos?

Bob no se atrevió á responder. Miraba con angustia entre los árboles del invernadero, por si estuviera allí escondido el jorobado.

Subieron al comedor, una gran estancia con muebles de nogal tallado al estilo del Renacimiento italiano. Habíanse acomodado ya todos á la mesa cuando apareció Ben. Iba derechamente á sentarse en su silla, de altas patas y de cojines, á causa de la exigüidad del torso del muchacho; el padre le llamó.

--Acércate, que te dé un beso. Te he traído un rifle; en el invernadero está. ¿Quieres verlo antes de almorzar?

--Luego lo veré --respondió Ben; no manifestaba ningún interés por el juguete. Su voz era ahilada y chillona.

Se sentó entre doña Laura y Alberto. Doña Laura apartó su asiento con horror y estrépito, precaviéndose de una verosímil violación pública. Ben revolvió sobre ella los ojos, colérico. Tenía el cráneo aplastado por los costados; el perfil de su rostro era una proa; las orejas, retrasadas, altas, despegadas y puntiagudas; brazos y manos larguísimos, á modo de tentáculos; el color, de palo seco; los ojos, penetrativos y llenos de funestos presagios. Contrastaba dolorosamente en aquella junta familiar de seres hermosos y saludables. No era difícil echar de ver que le herían por igual el odio descubierto de su madre y hermana, y la compasión excesiva y poco disimulada de su padre. Alberto procuraba tratarle con perfecta naturalidad, así como si le diese á entender que su deformación era un accidente muy frecuente entre los hombres, á tal punto, que nadie pára mientes en ella. Se esforzaba porque no se traicionase la lástima que sentía. Ben adivinaba por instinto un buen amigo en Alberto y le tenía mucha adhesión, pero no se atrevía á mostrarla enteramente en presencia de los suyos. Si él hubiera sabido que Alberto le amaba más á él que al resto de la familia, hubiera sido feliz. Cuando acontecía que miraba á su hermana ó á su madre, ó á su padre, de sus pupilas parecía fluir un volátil corrosivo, como si hubiera deseado descomponer y destruir la hermosura de aquellos rostros.

--Usted no dudará de que yo le quiero bien, ¿verdad Alberto? --dijo Bob.

--No dudo.

--Pues, por este cariño que le tengo, ¿á que no sabe usted lo mejor que le deseo?

--Á ver.

--Que se quedase usted de pronto sin un cuarto.

--¡Qué extravagancias dices, Bobby! --comentó Nancy.

--No son extravagancias.

--Explíquese usted.

--Para que de este modo se viera usted obligado á trabajar.

--Á escribir, quiere usted decir.

--Es su canción --habló Nancy--. Dice que usted debía escribir.

--Y como sé que no escribirá, á no ser por fuerza...

--Eso es; me arruina usted y á ganarme la vida escribiendo, y en España, donde nadie ha logrado ganársela por este procedimiento, desde Cervantes hasta nuestros días.

--¿Cómo no, mi amigo? Pues...

--No cite usted nombres. Uno por uno, todos los que usted me cite, es seguro que dirían lo que yo he dicho.

--Pues yo insisto...

--Bobby, no insistas...

El rostro de Nancy se ensombreció levemente.

Bob volvió á hablar después de una pausa:

--Nancy es supersticiosa --quiso sonreirse; quedó pensativo. Luego--: Y yo también. Quizás he dicho una tontería...

Alberto intervino alegremente:

--Supongamos que me quedo sin un cuarto, que ya estoy sin un cuarto... Bueno, ¿qué es lo que ocurre?

--Que cuando se quiera usted casar, las muchachas le darán á usted calabazas, señor Guzmán --respondió Meg.

--¿Por qué? --preguntó el jorobado con voz arisca.

Meg, se quejó zalameramente á su madre:

--Siempre se anda metiendo conmigo...

--¿Es que --prosiguió Ben en la misma tensión exaltada-- las muchachas sólo van á querer á los ricos... y á los guapos?

--Sí, hijo, que á ti te van á querer muchas...

La lívida cabeza de Ben pareció hundirse más en la caja torácica.

--¿Por qué no, Meg? --Alberto habló con tierna amargura, dando unas palmaditas en la huesuda mano de Ben, el cual estaba ahora como radiante.

Bob y Nancy comían y bebían copiosamente. Según avanzaba el almuerzo, las mejillas se les congestionaban poco á poco, y con los ojos se buscaban uno á otro y se deseaban.

Salieron todos á tomar café á un saloncito Luis XV. Había una botella de _very old Brandy_, para Alberto. Los dos esposos se entregaron al _whisky_. Intentaban hablar, mostrarse sociables, forzar la risa, pero la seriedad terrible de la concupiscencia podía más que ellos. Bob iba como fascinado á apechugar á Nancy, hacía resbalar la mano sobre sus brazos desnudos; la atraía hacia sí, y Nancy le rechazaba débilmente, no por pudor, antes por coquetería y refinamiento. Esta escena postmeridiana era la misma de siempre, y Alberto la había presenciado desde que los conocía, pero, delante de los niños, sentíase desasosegado y algo confuso. Como siempre, Bob y Nancy terminaron por salir de la estancia. Alberto respiró, á solas con Meg y Ben. Descendieron al invernadero y probaron el rifle. El jorobado no atinaba á dar en el blanco. En cambio, la niña acreditó raro tino. En haciendo varias punterías afortunadas, se cansó del juego.

--¡Bah! --exclamó, con mohín de desdén--. No tiene chiste. No sé cómo los hombres se divierten con esto...

Y se precipitó á tomar en sus brazos á _Pussy_, un gatito de Angora, color ceniza, que dormitaba sobre el asiento de un butacón. Le besó, le hizo arrumacos, le dijo ternezas, suspirando y poniendo los ojos en blanco, estremecida por todo el cuerpo. Estúvose un buen tiempo entregada á su pasión, hasta que el animal expresó algún cansancio y mal humor.

--Ingrato, infame; no te quiero. Que no te quiero, no. Ya puedes pedirme besitos, que se acabó todo.

Lo colocó en el suelo y le volvió las espaldas, pero se arrepintió al punto, y poniéndose en cuclillas, con los brazos cruzados sobre los muslos, y á alguna distancia de _Pussy_, le dijo, cariciosamente:

--No, monín; no me hagas caso, que te quiero, te quiero... Ven al regazo de tu Meg; puss, puss...

El gato echó á andar paso á paso, tambaleándose con presunción, el rabo perpendicular á la tierra. Avanzaba el gato, y Meg retrocedía, siempre en cuclillas y castañueleando los dedos. _Pussy_, que no estaba para burlas, hizo alto, precisamente entre Ben y el blanco del tiro.

--Hazme el favor de retirar ese bicho, Meg --rogó secamente el contrahecho.

Y Meg, continuó como si no le hubiera oído. Y el gato, con toda insolencia, permanecía en el sitio, desoyendo los requerimientos burlones de su amita y diciendo con el rabo tieso que nones. Cuando más embebecido estaba en sus tanteos de elocuencia rabuna, un pie del jorobado le lanzó á los espacios, con tanta violencia, que hubo de chocar en la cristalera del _hall_. Salió huído _Pussy_, y entonces la gata fué Meg. Crispada y rabiosa, saltó sobre su hermano, el cual de su parte se apercibió más que á la defensa al ataque, requiriendo en guisa amenazadora el rifle de flecha, á la sazón cargado. Alberto llegó en coyuntura de interponerse. Con una mano sujetó á Ben, con la otra á la niña, que, sin intimidarse del arma, luchaba por desasirse y por alcanzar á patadas los tobillos frágiles del muchacho.

Estando en esto, llegaron Bob y Nancy, arrebolados y sonrientes. La madre, por natural impulso y sin más averiguaciones, se dirigió á Ben, con evidente propósito de golpearlo, lo cual logró impedir Alberto. Bob aupó en brazos á la niña, que hipaba y lloraba de coraje. Empezaban las explicaciones, cuando apareció un criado con una bandeja, y en ella un telegrama y una carta para el Sr. Guzmán.

--Un telegrama... --murmuró Alberto hablando consigo mismo--. ¿Quién puede tener interés en telegrafiarme? Y urgente...

Hubo un minuto de ansiedad. Los niños se aplacaron de pronto. Miraban á Alberto como si aguardasen algo misterioso. Alberto leyó el telegrama por dos veces. Examinó el sobre de la carta y la hizo añicos sin abrirla.

--¿Pero no lee usted la carta? --preguntó Bob asombrado.

--Ya ¿para qué?

--Sáquenos de esta zozobra --rogó Nancy.

Alberto sonreía. Al fin habló:

--Si el telegrama no viniera de España creería que era una chanza de Bob.

--¿Cómo una chanza mía?

--Dice: «Hurtado huído. Depósitos desaparecidos. Quiebra terrible. Urge venga primer tren. Jiménez» --después de una pausa--. Hurtado es mi banquero.

Bob y Nancy no supieron qué decir.

--Cualquiera pensaría que son ustedes los culpables... --prosiguió Alberto sin perder su sonrisa--. La cosa no es para tanto, ni probablemente tan grave como mi amigo me lo pinta en el telegrama. Y si fuese, alégrese usted hombre de Dios, que quizás se salga con la suya: escribiré.

--Desde luego... --dijo Nancy vacilante-- usted no creerá que porque Bob haya dicho... Y aunque lo haya dicho, que lo deseara. ¡Qué coincidencias!

--¿Cómo lo iba á desear yo? Era pura broma. Y al fin de cuentas, Guzmán sabe que mi dinero es suyo --dijo con vehemencia cordial.

--No perdamos el tiempo en tonterías. Bob hablaba á las doce y media y el telegrama es de las diez, conque... Como coincidencia no deja de tener gracia. Y ahora me despido de ustedes, hasta... hasta cuando sea.

Bob se ofreció á acompañarle en el automóvil.

De camino Bob preguntó:

--¿Tenía usted toda su fortuna en casa de ese banquero?

--Sí, toda mi pequeñísima fortuna, pero en fin, de lo que hasta ahora he vivido. Tenía casa puesta en Pilares, cuyos muebles vendí, porque no pensaba volver en algunos años. Y una finca que también vendí hace poco, y cosa curiosa, ¿sabe usted quién me la ha comprado? Uno que hasta hace dos años fué criado mío. Le di dinero con que se estableciera. Se ve que ha prosperado deprisa. ¡Ah! Pues, ahora echo de ver que aun cuando el banquero me haya birlado todo lo que le confié en custodia me quedan unas diez mil pesetas, las que presté á Manolo, que este es el nombre del criado. Vaya, que no soy pobre de solemnidad.

--Claro que no; yo he estado sin plata, lo que se dice sin plata, varias veces. Pero, hombre; ¡mire usted qué demonio! ¿Cómo no escogió usted un banquero de más confianza?

--Este era cuñado de una muchacha que fué novia mía. Parecía muy honrado y muy entendido en esos toma y daca de los negocios... Allá veremos lo que ha ocurrido.

--No deje de escribirme.

--Calla; pues me parece que no tengo dinero para el viaje... Á ver... Diez libras.

--¿Qué necesita usted?

--Nada; con diez libras puedo hacer el viaje en tercera.

--¿Y pagar el hotel?

--Cierto. Luego veré lo que necesito.

Bob no se separó de Alberto hasta que éste hubo embarcado en el tren. Poco antes de la partida se abrazaron.

--No se olvide de nosotros, Guzmán --murmuró el escocés con acento conmovido.

V

Á las seis y media de la mañana, hora de la llegada del rápido, paseaban por el andén de la estación de Pilares, Jiménez y Alfonso del Mármol, par á par. No había amanecido aún. Los dos amigos iban en silencio, haciendo chascar con fuerza las botas contra el enlosado pavimento; movimiento instintivo que realizaban por no llegar á olvidarse de que los respectivos pies les pertenecían y por obligarlos á que se sumasen á la comunidad del resto del cuerpo á cambio de una parte alícuota de calor animal. Jiménez llevaba la gorrilla inglesa calada hasta las orejas; Mármol, el cuello del gabán de pieles subido hasta el ala de la bimba, de manera que por delante sólo dejaba fuera lo más avanzado de su tajante nariz y un larguísimo y delgado cigarro Henry Clay, de los llamados _lirios_. Aparte de los empleados de la línea, eran los únicos seres vivientes que había en el andén, porque no se cuenta una vaca, ominosamente prisionera en un vagón establo, la cual mugía con nostalgia y aplicando el hocico á los barrotes de un tragaluz vahaba periódicas nubecillas blancas. Fuera de la marquesina de vidrios, perforando la sombra, brillaban dos luces, una roja y otra verdiclara. Sonó una corneta á lo lejos, y á poco el tráfago del tren, creciendo afanosamente, acercándose hasta que se entró por el andén, comunicando su temblor á los cristales, y se detuvo en seco. Traía tres coches de viajeros, con plataforma y barandilla en los topes.

Jiménez y Mármol aguardaban ver asomarse á Alberto, pero ninguna ventanilla se abría.

--¡Alberto! ¡Guzmán! --vociferó Jiménez con aquella voz de ilimitado desarrollo con que acostumbraba sembrar la consternación en algunas mansiones de alegres hembras--. Será capaz de venir durmiendo.