La pata de la raposa (Novela)

Part 10

Chapter 103,913 wordsPublic domain

Desnudóse Alberto, y en apagando el velón fuese á tientas al catre. _Josefa, mi Josefa_, se decía interiormente sin saber por qué. No acertaba á pensar con orden. Andaba á punto de adormecerse y se incorporó sobresaltado. Había creído oir una voz que susurraba: _Anda; haz ahora humorismo._

XX

Despertóle el tañido de una campana. Era noche aún. Asomó un celador y le dijo que podía continuar durmiendo hasta las diez. Alberto respondió que deseaba levantarse, mezclarse y hablar con los demás presos, á lo cual el celador repuso que no estaba consentido hasta las horas de recreación.

Á las diez se presentó el Juzgado de instrucción. Venía á tomar declaración á Alberto. Este respondió secamente:

--Den ustedes por declarado cuanto apetezcan, porque no me da la gana responder á nada de lo que me pregunten y es inútil que intenten sacarme una sola palabra del cuerpo. ¡Ah! Y cuantos menos pliegos gasten, mejor: han de ser papeles mojados.

Muy presto pudo convencerse el juez de que Alberto cumplía lo prometido. Bajando las escaleras, expresó así sus impresiones, al actuario:

--Es una causa preciosa. Una de las más interesantes y emocionantes que me han caído entre manos. ¿Ha observado usted bien á ese tal Guzmán? --el actuario asintió con la cabeza--. ¿Y qué? ¿No cree usted advertir en su cráneo un alarmante índice de braquicefalia? Sí, sí, es un braquicéfalo.

--Lo que yo creo es que es un grosero, y estoy por decir que un guasón. Se gastaba á veces una sonrisita...

--Imbecilidad, pura imbecilidad.

Poco después de haber partido el Juzgado, un celador llegó á anunciar á Alberto que varios señores deseaban verlo.

--¿Han dicho los nombres?

--No puedo contestarle; por lo pronto sé que está el señor Renglón, el abogado. Usted habrá oído hablar de él. Es un pico de oro. Vaya, que no hay acusado que no saque libre.

Otro celador que pasaba, se detuvo en seco:

--No haga usted caso á ese lengüeta. Que los saca libre á todos... ¡Home, paez mentira que se diga eso! ¿Y la _Pujola_? ¿Y _Tanón_, de la Peñera? Abogado bueno, pero de verdad, y éste es el que debe usted nombrar, es don Rufino Valle. Además cobra menos que Renglón, pero mucho menos.

Iba á replicar el primer celador cuando acudió un tercero, atraído por lo que se disputaba:

--¿Queréis callar, que todo se os va por la boca? Ni Renglón ni Valle valen pizca junto á don León Berrueco. ¿Dejará éste de llevar veinte años de ejercicio más que los otros? No parece sino que os pagan por hacer el gancho --concluyó cínicamente.

--¿Y tú; de qué estás haciendo tú, sino de condón?

Alberto cortó la sucia disputa:

--Ni Berrueco, ni el don Rufino, ni Reglón ó Renglón. No se molesten ustedes. No necesito abogado. Lo soy yo, y me basto y me sobro. En cuanto al resto de las visitas, que no sean abogados, les suplico que les den un pretexto cualquiera; que estoy algo mal y no salgo de la celda. Cualquiera cosa; en resolución que no quiero hablar con gente de fuera--. En su entrecejo resaltaba una dureza agresiva.

Un celador pensó: «Demonio con el señorito. Ahora comprendo que haya desollado una zorra».

Durante todo el día Alberto hizo vida común con los presos. En un principio se le mostraban recelosos ú hostiles. Pero fué venciéndolos poco á poco, en fuerza de mansedumbre y sencillez. Cordial y mentalmente clasificó á los delincuentes en tres tipos, y á todos tres los consideraba irresponsables. Eran: _Morillo_, el deficiente moral; _Ñeru_, corrompido por la misma sociedad, y Fausto Peneda, pasional.

Fausto era quien leía, bajo la luz eléctrica, cuando Alberto entró por vez primera, acompañado del alcaide en la sala de recreación. Lindaba con los veinticinco años; hermoso y fuerte, la faz abierta y sanguínea, los ojos pardos, envedijado el cabello. De primera intención refirió á Alberto su desgracia y su vida toda. Había nacido en un pueblo llamado Liñán, de padres labradores en buen acomodo de fortuna. Había seguido el oficio de carpintero y prosperaba en él. Estaba enamorado y ya para casarse con una mocina, Telva la _Palomba_, que era blanca y _nidia_ como la manteca. Pero el _mal diaño_ quiso meter de por medio al mayorazgo de la Aceña. Figurósele («¡Era una feguración, señor; por el Cristo del Rosario!») que á Telva le caía en gracia el ricachón; ofuscóse y:

--Con un formón, mismamente aquí, hasta aquí --señalaba desde el cuello, cerca de la oreja, hasta el ojo izquierdo--. Con toda mi alma. ¡Ay, ay, la sangre que de allí salió...! Llenóme de enrriba á embajo. Cayó ella, y no sé como no caí yo. Anduvo á la muerte. Encausáronme. Ocho años me salieron. Ella curó. Aluego... Seguimos de novios. Cuando esté libre, que tendré treinta y tres años, casarémosnos.

--¿Y la cicatriz?

--Allí está, en aquella carina de rosa, que cuando la veo, en el locutorio, detrás de las rejas, quisiera morir. Del ojo izquierdo perdió la vista, pero está tan guapo como endenantes. Daba yo los dos míos porque ella viera. ¿Pa qué me sirven y pa qué me sirvieron? Pa ver feguraciones --y escondía el rostro entre las manos.

--Ánimo, Fausto --Alberto le dió amistosas palmaditas en la espalda--. Como usted observa buena conducta le indultarán pronto.

--Eso dicen, pero el mi indulto no puede llegar nunca. Si á mí no me condenó el jurao. La mi condena está escrita en aquella cara y no podré borrarla nunca.

--Pero ella le habrá perdonado ya, por lo que me dice.

--Eso sí. Si no... no quiero pensarlo. Pero falta que me perdone yo --calló. Luego hizo una transición--. ¿Y lo de usté?

--Lo mío, nada.

--Decían...

--Nada. Es un error.

--Pues alégrome. Pero nada de particular tendría. Los señoritos también son hombres. Ya ve usted yo... ¿quién me dijera...?

--No es que me envanezca, por no haber caído, ni que me atreva á condenar nada ni á nadie; es simplemente que estoy aquí por un error que se ha de desvanecer muy pronto. Y créame que no me arrepiento de haber venido.

Yendo de retirada pasaron por la celda de Fausto.

--Esta es mi celda; una casona majísima --y empujó la puerta.

Lo primero que vió Alberto fué una gran jaula de mimbres colgada del muro al lado de la ventanuca. Estaba vacía.

--¿Tenía usted algún pájaro en ella?

--Un mirlo. Trajéronmelo mis padres. Yo siempre tuve una gran cencia, ó si se quier pacencia pa enseñar á que siblasen los mirlos. En Liñán la mi carpintería era una rivolución. Seis mirlos llegué á juntar; uno siblaba la _Bendita Madalena_; otro, el _Señor San Pedro_. Pues ¿y uno que llegó á deprender la _Praviana_? --y sus ojos se empañaron de bruma. Volvió á coger el hilo del discurso--. Pues como le digo. Trajéronme mis padres un mirlo nuevo, pa que me entretuviera enseñándole cantares. Deprendía bien el condenao. Pero ¿querrá usté creer que cuando siblaba parecíame que hablaba? La de cosas que me decía, y todas tristes. Sobre todo quejábase de que lo tuviera preso. Y era verdad. Dábame miedo y soltélo. Marchóse esnalando y riéndose de mí.

Se separaron. Alberto fué á guardarse en su celda. No aceptó el convite del alcaide para la cena, alegando dolor de cabeza. Pero el dolor lo tenía en el alma, lacerándosela. Á veces, el pecho se le enfervorizaba, con un ansia de apostolado. Y se decía: «Pero ¿adónde voy yo, flojo, desmayado, corrompido?» De pronto, pensaba diluirse en aquietante y suave blandura. Y era el recuerdo de Fina, del cual estaba saturado misteriosamente.

Á la mañana siguiente, á punto que un celador entró á despertarle, dormía hondamente. El sol, alto ya, metíase á fisgar por el ventanuco.

--Debe de ser tarde.

--Cerca de las once. El señor director dice que se vista pronto y que baje. La señora que creían --hizo un alto-- asesinada por usted se ha presentado en el Juzgado, tan fresca. Está usted en libertad.

Aseado y vestido, Alberto descendió al despacho del alcaide, por despedirse de él y darle las gracias. Una dama elegante, con traje sastre de recio género á cuadros, estaba sentada de espaldas á la puerta. Una mantilla de blonda delicada la envolvía al desgaire la cabeza, cuyo rubio de bronce bruñido se traslucía entre las mallas de seda. Púsose en pie oyendo los pasos.

--¡Rosina!

La muchacha escondía el rostro, inflamado de rubor. Se decidió á balbucear:

--Yo no sabía... Te lo juro. He sido la causa, pero no tengo culpa. ¿Me perdonas? ¿Me perdona usted?

--Sí, mujer. Me perdonas; estaba bien como estaba. ¿No te he de perdonar? Vamos andando.

Antes de marchar, Alberto se apartó un trecho con el alcaide:

--Cuando entré, convencido que no debía estar aquí, me pareció el caso injusto, pero sobre todo ridículo. Pues, anteayer yo no sabía aún lo que era injusticia. Ahora que salgo, creo firmemente que merezco permanecer dentro. No sólo yo...

El alcaide se encogió de hombros sonriendo:

--No le entiendo á usted. Desde que le vi por primera vez me ha causado usted inquietud. De todas suertes cuente usted que soy su amigo.

Se estrecharon calurosamente la mano y se despidieron.

Un sol enfermizo y apocado oreaba las encharcadas calles. Alberto y Rosina marchaban á la par, sin mirarse y hablando de raro en raro.

--Llegué esta mañana en el rápido de las seis y media. En la fonda estuve hasta las diez y á esa hora fuí al Juzgado. Del Juzgado á la cárcel. Yo no sabía nada, hasta que ayer mañana me lo dijo él; había recibido un telegrama. ¿Sabes quién es él?

--Sí.

--Como _él_ no quiere que nadie sospeche nada, por eso la gente me daba por muerta. Tiene gracia. ¡Y yo que te creí muerto á ti...! Ya te contaré.

Alberto se dió cuenta de que inadvertidamente iban á pasar por delante de casa de Fina.

--Demos la vuelta, demos la vuelta --suplicó azorado.

Torcieron por una calle solitaria y salieron al parque. Las hojas secas, amarillas y rojizas, tapaban senderos y veredas. Sentáronse en un banco. Alberto volvía sobre el tiempo que había corrido desde que en aquel mismo paraje había estado por primera y única vez con Rosina, caída ya la noche. Repasaba rápidamente los acontecimientos; el estropicio de las obras de arte, las normas morales sugeridas por los animales domésticos, el beso de Fina, la noche en Villaclara, el _Pichichi_, el juez zumbón y el juez solemne, el olor á humedad de la fortaleza, el _Morillo_, Fausto... Creía hallarse á punto de despertar de un sueño. Y aquel sol apagadizo y tembloroso como que desmaterializaba las cosas. Se pasó la mano por la frente. Entre tanto, Rosina hablaba, imaginando ser oída con suma atención, y con el paraguas empujaba de un lado á otro las hojas secas:

--Pero, calla. Si se me pasaba lo principal. Mariquita y la _Luqui_ estuvieron esta mañana en la fonda. No puedo comprender por dónde se enteraron. Mira que para madrugar esa gente ya se necesita... Mariquita me pidió veinte duros que le debía. La _Luqui_, me miraba, me miraba, me miraba...

Alberto, que alcanzó las últimas palabras, preguntó distraído, por decir algo:

--¿Y qué te dijo?

--Dijo: ¡Ay, qué leche!

PARTE SEGUNDA

A noi venìa la creatura bella, Bianco vestita, e nella faccia quale Par tremolando mattutina stella.

DANTE.

I

Una mañana de Febrero; 1907. En Londres.

Era muy cerca de las diez, pero la luz de Dios no se había hecho aún sobre la ciudad. El comedor estaba iluminado eléctricamente. Del lado de fuera de los ventanales, de emplomados vidrios, resbalaban vedijas de niebla parda y amarilla, á modo de vellones de despeinada estopa.

Alberto fué el último en abandonar la mesa. Concluído el recio desayuno británico, levantóse y salió con perezoso paso, apercibiendo la pipa con que borrar un gustillo epiceno á arenques, jamón, té de Ceylán y mermelada de frambuesas que se le estacionaba en el paladar.

Entró en el _hall_, y, como por máquina, acercóse al casillero de caoba en donde se distribuía la correspondencia de los huéspedes. Repasó las cartas de la casilla A, de Alberto; luego las de la D, de Díaz, y las de la G, de Guzmán. Y se alejó, sonriendo y pensando: «Pero, ¿de quién voy á tener yo carta?» No se atrevía á confesarse á sí propio que siempre estaba aguardando una carta, cierta carta.

Penetró en el _smoking-room_, y fué á sentarse, ó, por mejor decir, hundirse en una poltrona de cuero granate, de esas que se acostumbran llamar _Rostchild_. Se colocó de espaldas á una ventana y á la vera de la chimenea, que en aquel momento bramaba con toda actividad. Levantó los pies hasta apoyar los talones á la altura de su cabeza, sobre un friso de azulejos verde-cinabrio y amarillo-ámbar que cerraba el hogar. Alargó la mano, sin mirar, con voluptuosa lentitud hasta una mesa que á su izquierda tenía, de caoba y el tablero de rojo cobre batido; buscó á tientas hasta dar con el cerillero, de cobre también; encendió, con un golpe hábil y violento, la gran cerilla de palo, y luego la pipa; hojeó un periódico, que dejó caer luego sobre la alfombra; entornó los ojos. Dulces escalofríos le sacudían el cuerpo. Se sentía en satisfactoria plenitud animal.

Se le acercó Mister Marshall, dándole un golpecito en el hombro.

--¿Sueño?

Alberto abrió los ojos.

--No, nada de eso. He dormido muy bien.

--Niebla --añadió Mister Marshall señalando con mano temblona uno de los ventanales.

Mister Marshall hablaba siempre en estilo telegráfico. Su avaricia alcanzaba hasta á los vocablos que había de emplear. Tenía invencible inclinación á rascarse mimosamente las plantas de los pies, y estando en zapatillas se despojaba de ellas, sin consideración alguna para con las gentes que en torno suyo se hallaran. Aunque casi octogenario, se conservaba rozagante y activo, sin otra preocupación que la de bañarse subrepticiamente, de suerte que en la cuenta semanal del hotel no le cargasen los baños; en este linaje de defraudaciones era un maestro, y no era raro que, aunque lacónicamente, se jactase de su pericia. Por ejemplo; extraía la nota semanal de un bolsillo, la golpeaba con un dedo, decía, «cuatro baños», y luego soplaba. Esto quería decir que había birlado seis chelines en la agencia del hotel, á chelín y medio por cada baño. Su rostro era maravillosamente inexpresivo. Los ojos estaban soterrados por la carne, y allá en lo hondo de una especie de arruga se adivinaba una aprensión de brillo acuoso é incierto, no una mirada, sino el espectro de una mirada. Su piel era tersa y á manera de musgo de sutiles filamentos sanguíneos; su nariz corva, bigote y patillas blanquiahuesados; gran panza. Provocaba el antojo de imaginarlo ataviado á lo John Bull, con chistera de colgajos, blanco pantalón ceñido y medias botas de charol con vuelta de cuero naranja.

Á Alberto le solazaba en extraordinaria medida aquel viejo egoísta. Un día le había preguntado:

--¿Es usted soltero ó viudo?

Mister Marshall asintió á lo de viudo.

--¿Tiene usted familia?

Mister Marshall levantó el dedo índice y el del corazón de la mano derecha, y dijo:

--Hijas.

--¿Casadas?

Mister Marshall asintió.

--¿Y cómo se le ocurre á usted vivir en un hotel, tan solo?...

Mister Marshall pegó los brazos á las costillas, abrió hacia los dos lados los antebrazos paralelamente á tierra, y comenzó á balancearse de cintura arriba como si remedase la andadura de los palmípedos. Á lo último, se acarició el rotundo vientre. Todo lo cual quería decir: primero, que no era fácil decidirse entre una y otra hija; segundo, que su verdadera hija, y aun su verdadero padre, ó mejor, su espíritu santo, era aquel vientre ó cupulino mecanismo que en la vida se le había descompuesto.

En concluyendo de fumar, Alberto colocó la pipa sobre la mesa, junto con la lata del tabaco inglés. Á seguida sacó un cigarro de Murias y lo encendió.

--¡Hombre extravagante! --que quiere decir hombre despilfarrador, murmuró Mister Marshall poco después--. ¿Camarera?

--Pues es verdad... Le contaré. Es muy guapa. ¿Eh?

--Bella.

--Ya lo creo. Pues... me parece que la voy á sacar del restaurant, ponerla un _flat_, un pisito.

--¿Matrimonio?

--Ni por pienso.

--Estupidez.

En esto entraron en el _smoking-room_ la señorita Svenson, la señorita Jansen y la señorita Brandes, suecas las tres. Á la zaga de ellas venía el joven Rajnaj, hermano de la Svenson. La señorita Svenson era una adolescente adorable, de fornida y elástica muchachez, á propósito para llegar á esposa y madre de héroes. El pelo, rubio-fieltro, ceñido al cráneo, como un capacete; los ojos acaramelados y con esa atención asustadiza de las alimañas rústicas; la piel melosa, mate, y así como con un reflejo luminoso de las nieves natales. No adelgazaba la cintura con justillo ó corsé. Á través de los vestidos se descubría el suave curso de la carne curva y la empinada independencia de los nacientes senos. Uno de sus más dulces incentivos, que inducía á ser tratado con besos y mimo, era la blanca nuca, y el modo simétrico de nacer los dorados cabellos, como por obra de un orífice. En junto, la señorita Svenson ofrecía un armonioso regalo de miel, y como la miel, con un no sé qué postrero de asperezas. En aquella ocasión llevaba, como Rajnaj y la señorita Brandes, la gorra de veludillo blanco y azul con visera de charol de los estudiantes suecos.

La señorita Jansen era hermosa y majestuosa, mucho más talluda que la Svenson y maestra superior en Estocolmo. Era también bella, lo cual no se echaba de ver hasta tanto que se despojaba de unas poderosas antiparras de miope. Por el aire y el gesto entendíase que se arrogaba ciertas funciones directivas sobre sus compañeras.

La señorita Brandes era acaballada y ciclópea; los ojos, gris muerto y con estrabismo divergente, como las ranas. Mister Coleman, un viejo verde canadiense que habitaba en el mismo hotel, andaba al parecer todo rijoso á la zaga de la Brandes, á pesar de su consorte, gordinflona y escamona. Algunas noches, en el salón, inducía á la señorita á que tocase el violín, agudo expediente mediante el cual todos los que allí se encontraban iban huyendo furtivamente, por librarse de la endiablada música, y á la postre quedaban solos el viejo y la Brandes, que Missis Coleman á tales horas se había retirado á dormir. El canadiense, en los corrillos de chismorreo del _smoking-room_, aseguraba que la Brandes era de conducta liviana y que por enardecerle le había mostrado en repetidas ocasiones y como al descuido sus piernas. Y ¡qué piernas! Nadie se lo creía.

Rajnaj era un jovenzuelo encogido, muy largo y colorado. La expresión de alimaña inocente que animaba los ojos de su hermana, en él era más intensa.

Los cuatro, en pelotón, se acercaron á donde estaba Alberto. La Svenson hacía muequecitas y cerraba los ojos, protestando de esta manera del mucho humo que había. Según pasaban, Mister Spofford, un gorila gigantesco que inspiraba poca confianza por susurrarse de él que era corredor de apuestas en las carreras de caballos y no muy limpio en los negocios, se quedó mirando á la señorita Jansen con lujurioso cinismo.

--¿Estamos listos ya, señor Guzmán? --preguntó la Jansen.

--Listos ¿para qué?

--Para ir á la galería Tate.

--¡Qué contrariedad! Hoy me es imposible --Y acarició con los ojos á la Svenson, la cual, con leve rubor y mohín de disgusto, dijo:

--No quiere usted venir con nosotras... Prefiere usted hablar con el loro --empleó el francés, que Mister Marshall no entendía, porque él en persona era el aludido loro, que en aquel momento se rascaba el piojillo de la patita con perfecta desenvoltura.

--Elín, Elín... No seas cruel --reconvino la Jansen.

--No es eso, Miss Svenson. ¿Habrá para mí nada más agradable que ir con ustedes? --Con los ojos le estaba diciendo: con usted solamente--. Pero, me es imposible.

--¡Qué lástima! Su compañía siempre nos es provechosa --aseguró la señorita Jansen.

En este punto apareció Mister Coleman, vestido con _Norfolk jacket_ y _breeches_ de recia estofa, medias de lana, y _pumps_ ó escarpines de baile. Fumaba en su desmesurada pipa de cuello de calabaza, y fué aproximándose, como sin pretenderlo, al grupo de las muchachas. Cuando ya estaba cerca, surgió su consorte, que tenía algo del hipopótamo, en el continente mayestático. El viejo canadiense hubo de huir, algo corrido.

--Pero ¿de veras no viene usted con nosotras? --decía suplicante la Svenson--. Á mí que me gusta tanto oirle hablar de arte... Verá usted; visitamos la galería, luego hacemos el _lunch_ todos juntos, luego vamos á un parque ¿eh? --y daba discretos saltitos infantiles.

Alberto hubiera estado toda la vida ante ella, oyéndola hablar y viéndola hacer gestecillos con aquella gracia severa, en rudimento, tan distinta de la latina.

El gran gorila vino hasta la mesa en donde estaba el tabaco de Alberto, y, con encantador desahogo, se aplicó á cargar su pipa, como si se tratase de un bien mostrenco, y entretanto lanzaba dardos de concupiscencia al rostro de la solemne Jansen, la cual, sin poderse reprimir, se despidió:

--Otro día será, señor Guzmán. Adiós. Vamos.

Alberto apretó y retuvo la mano de la señorita Svenson. La niña, con la otra mano hacía ademán de dar azotitos, exclamando:

--¡Qué malo! ¡Qué malo! Estoy enfadada con usted.

Alejóse. En perdiéndola de vista, Alberto entornó los ojos, por acariciar algunos momentos más el recuerdo de su figura. Oyó que Mister Marshall murmuraba, algo misteriosamente:

--Tipi, tipi --decía el anciano.

Abrió los ojos Alberto y vióle golpearse con una mano sobre el corazón.

--¿Cuál de los dos? --preguntó--. ¿Yo ó ella?

Mister Marshall levantó dos dedos.

--Tiene gracia. Quizás; un poco --sonrió, cerró nuevamente los ojos. Sentíase en un estado que se parecía á la tristeza, como la niebla se parece á la lluvia, según la frase de Longfellow. La Svenson le recordaba otras mujeres, estrellas errantes de su vida sentimental, que habían nacido y muerto en la sombra, pasando sobre su corazón efímeramente, á quienes había amado un poco y que le habían amado un poco, y hubiera llegado á amarlas mucho y á ser muy amado quizás. Era la danza de las posibilidades y como el girar de la ruleta. Acaso su número había pasado para siempre. Pensó también en Fina, á quien creía no amar ya, pero cuyo recuerdo le asaltaba inopinadamente y con alguna frecuencia.

--La camarera, ¿qué? --preguntó Mister Marshall.

Cuando Alberto se volvió á contestar al viejo, éste había ganado algunos grados de ignición en la epidermis, tal vez á causa del esfuerzo de pronunciar tres palabras seguidas, tal vez avergonzado del despilfarro.

--Pues nada, querido Mister Marshall, que hoy al medio día espero noticias concretas. Yo la he propuesto que deje el restaurant. Hoy á las doce recibiré carta de ella, diciéndome su decisión y punto de cita en donde esta tarde hemos de vernos.

--Estupidez.

--Ya me lo ha dicho usted dos veces.

--Estupidez --repitió el viejo, más rojo que nunca.

Alberto rompió á reir.

II

Sonó una bocina de automóvil. Á que es Bob, se dijo Alberto. Era Bob. Penetró en el _smoking-room_ pisando recio, abriendo el gabán de pieles y sin conceder atención á ninguno de los presentes, como no fuera á Alberto.

--¡Ea, deprisa, deprisita, mi amigo! --ordenó festivamente, con el acento cantarín y muelle de los chilenos.

--Pero, hombre, ¿cuándo? ¿adónde? ¿por qué?

--¿Cuándo? Ahora mismito nos arrancamos. ¿Adónde? Á mi casa. ¿Por qué? Porque todos le están esperando allá para almorzar.

--Es el caso que, lo siento mucho, pero no puedo, Bob.

--¿Cómo que no puede? --y tomando á Alberto por un brazo le obligó á ponerse en pie. Alberto se resistía.

--Es usted un tirano. Voy á explicarle y se convencerá.

--No quiero explicaciones. Nancy, Meg y Ben le están esperando á usted. Vamos á la habitación y póngase listo.

Se encaminaron al ascensor.

--Á eso del medio día espero una carta importantísima.

--Pues que se la envíen inmediatamente á mi casa. ¡Portero! --gritó--. Si viene alguna carta ó recado urgente para el señor Guzmán, lo envían en seguida á estas señas --le entregó una tarjeta.

--Y en esa carta probablemente me dirán que á prima tarde he de estar por necesidad en determinado lugar.

--Tiene usted el auto á su disposición.

--No hay modo de negarse.

--Claro que no.