Part 3
Viole Guarionex y fuese contra él. Durante algún tiempo dieron y recibieron sendos golpes con igual pujanza. -Pero Guarionex fue desarmado, y entonces uno de los suyos, se lanzó a recibir el terrible golpe que amenazaba a su señor. Cayó muerto a los pies de Jaureyvo; pero el caudillo de Borinquen recobrando su arma, acometió con tal denuedo, que presto sería vengada la muerte de su heroico vasallo. Asombrado el caribe en vista de tanto furor, se retiraba paso a paso mientras que su enemigo le perseguía sin cesar.
La contienda estaba suspensa, y la multitud aguardaba confiada o temerosa, el resultado de este parcial combate.
Llegaron marchando los caciques a la cerca que cubría el baño, ya descrito, y allí Jaureyvo, abriéndose paso con su hercúleo cuerpo, a través de las ramas, que quebraba cual si fuesen menudos hilos, se precipitó en el recinto de la hermosura, no sin que su adversario lo siguiese en breve.
Un grito de sorpresa y de susto hirió sus oídos, y las jóvenes indias que se bañaban, corrieron a refugiarse en la opuesta orilla. Una de ellas permaneció en el río, sin tener fuerzas para huir, parecía una sirena sorprendida en su cantar; náyade gentil, adormecida en brazos de las aguas: era Loarina. -Guarionex la vio, y sintió en su pecho el fuego de la dicha, y en su brazo el poder de la victoria.
X
No esperaba el cacique tal encuentro, puesto que juzgaba, que las jóvenes estarían al abrigo de los muros; pero ellas habían desechado todos sus temores, al pensar en que Guarionex era invencible.
No fue menor la admiración de Jaureyvo al ver tan rica presa, y sus ojos brillaron con impuro fuego.
Volvieron en sí ambos contrarios, se acometieron, y en breve la macana del Boricano derribó al caribe, y el doliente clamor de los suyos, como un velo fúnebre, cubrió su último instante. Desordenadas las huestes, huían en pos de las piraguas salvadoras.
La noche tendía su velo sobre el campo, y las naves bogaban protegidas por las sombras, cuando anunciaron a Guarionex que en aquellas iba una de las cacicas, robada por los caribes.
Guarionex, con un gesto, indicó a los borincanos su mandato, y lanzose al mar seguido de los suyos.
«Nos conocen», decía esgrimiendo su macana con una mano, mientras que con la otra cortaba las olas, cual si fuese la quilla de un bajel. El instinto del amor le hacía suponer en la joven robada a Loarina, su amada, la mujer por quien diera toda su sangre.
El cacique pensaba en ella, cuando sintió en su cuerpo, el áspero y frío contacto del tiburón, y el doloroso grito de uno de los indios, le hizo estremecer. Un ¡ay! más doloroso y débil que el primero resonó en los oídos de los indios, que al volver los angustiados ojos, vieron a su infeliz compañero, sepultarse en las olas para siempre.
El caudillo había menester toda su influencia para alentar a los indios, que no teniendo su temple de alma, ni una Loarina que les inspirase el necesario ánimo, cuasi lloraban de terror, y esperaban con indecible angustia, el instante fatal, en que el monstruo de los mares, pusiese término cruel a su existencia.
Por último, llegaron a las piraguas, que le recibieron con descargas de flechas. -Los sollozos de una mujer resonaron en el corazón del cacique como un aceto amigo. Dirigiéronse los Boricanos a la nave de donde aquellos partían, dieron sobre ella, y no tardaron en tomarla, después de una corta resistencia.
No era Loarina la robada, pero los esfuerzos de Guarionex no fueron vanos, puesto que su hermana, la reciente esposa de Mayagoex, le recibió en sus brazos.
Al llegar a la playa, fueron recibidos con entusiastas aclamaciones, y Mayagoex salió a su encuentro.
Entonces el cacique, entregándole a su esposa, le dijo:
-Toma esta perla, que no está bien fuera de su concha.
Mayagoex le dio infinitas gracias, y ambos caudillos se abrazaron.
XI
Después de suplicar alguna indulgencia a los críticos rigorosos, por la digresión última, es oportuno que el lector se traslade por segunda vez, al lugar y época de esta historia, para que anudada nuevamente, pueda, si a bien lo tiene, seguirla hasta su fin.
Pocos días habían transcurrido desde que los indios reunidos, decidieron hacer la guerra a los conquistadores.
Era medianoche, y los habitantes de Sotomayor dormían profundamente, cuando Loarina con angustiado semblante y agitados pasos, penetró en la estancia del joven Sotomayor, y con profunda emoción le dijo:
-Cristiano si amas la vida; huye...
-¡Huir! -respondió el caballero.
-¡Quieren matarte!
-¡Matarme!
-Sí, un horrendo motín se apresta. Los asesinos acabarán con tu vida y la de los tuyos: los he oído. -Tiempo es ya de que hacia aquí se dirijan. La muerte está junto a ti.
-Gracias, hermosa india, gracias por tu aviso, pero creo que tu corazón exagera los peligros.
-¡Oh! no lo dudes, Sotomayor, no lo dudes. Acabo de verlos: su saña es horrible. Bien pronto caerán como el rayo sobre la ciudad, y moriréis todos. Su número es inmenso como las hojas de los árboles. ¡Oh! Sotomayor, no seas ingrato, huye... yo te lo ruego... de rodillas.
-Levántate, Loarina hermosa; no sabes cuán grato sentimiento me inspira tu interés por mí, y que si mi corazón pudiese olvidar al ángel que idolatra, creo que sería tuyo desde este momento; pero ya ves que tu aviso es cuasi inútil, porque un caballero castellano no sabe huir.
-¡Ah! ¡ingrato! ¿Y qué será de Loarina si tú mueres? Sí, soy pérfida, soy infiel a los míos, porque te adoro, cristiano, y quiero tu existencia, que es para mí la luz del día.
Mil voces de alarma sucedieron a las últimas palabras de Loarina, y el caballero ciñó la espada, caló el sombrero y se lanzó a la calle.
¡Qué espectáculo se ofreció a sus ojos!
Entregada a las llamas la población, ardían sus techos de paja cual si fueran de yesca, y mil lenguas de fuego, oscilaban a impulso de la nocturna brisa. Densas nubes de humo enrojecido se perdían en el firmamento, mientras que las copas de los erguidos árboles, desafiaban al incendio, y dominando estos cráteres ardientes, parecían otros tantos volcanes coronados por la verde primavera.
Las campanas, el tumulto, el crujir de las maderas, el estrépito de los techos al caer, y la confusa gritería de los invasores, era una gran parte, a aumentar la confusión de los sorprendidos ánimos.
Este caía anegado en su propia sangre, aquel defendía con valor sus últimos momentos; uno pasaba de los brazos del sueño, a los de la muerte; y otro huyendo de las llamas, pálido y consternado, tropezaba en su carrera con el arma homicida.
En una de las calles peleaba Sotomayor heroicamente; pero las flechas enemigas habían penetrado en su pecho, y en breve llegaría el postrer instante de su vida. Su rostro estaba cubierto de sudor y sangre...
-Dejadme a Sotomayor -gritaba Guarionex acometiendo al desdichado joven.- ¡Te he cumplido mi palabra! -añadía con sonrisa feroz.
Los esfuerzos del caballero eran impotentes contra tantos enemigos, su brazo se abatía, y la sangre que corría de sus heridas, agotaba no poco sus fuerzas. La espada cayó de su mano, y el grito de una mujer, detuvo el brazo de Guarionex. Era la enamorada cacica, que cual un ángel, trataba de proteger al caballero con sus alas amorosas.
Había caído en brazos del cacique, y sus ojos suplicantes se habían cerrado: estaba desmayada. Los de Guarionex expresaban, el amor, la desesperación...
Entonces el arma rencorosa y cruel de otro cacique, derribó al caballero: su semblante mostraba el último reflejo de una luz que va a apagarse, la hermosa y débil agonía del heroísmo.
Guarionex era generoso, y apartó la vista de un enemigo, que ya no era temible; arrojó su macana, y tomando en brazos a la débil Loarina, se alejó rápidamente.
El humo del incendio le ocultó con su tesoro.
XII
Abatida estaba en verdad la joven Loarina, desde que los brazos del cacique la arrancaron del lugar de la contienda.
Habíala llevado a una gruta, situada en la ladera de una verde colina. -Daban sombra a su entrada los mameyes y guayabos; la matizada piña con su penacho verde, esparcía sus olores en torno de sí, al paso que, brotando de una peña un raudal de agua pura, corría por el verde césped, e iba a rendir tributo al vecino río, que despeñándose no lejos de allí, formaba una cascada, cuyo estruendo continuo, despertaba la melancolía y los dulces pensamientos.
Sentada la cacica a la puerta de la gruta, no respondía una sola palabra, a las respetuosas que le dirigía Taboa, el fiel vasallo de Guarionex. Dos días habían transcurrido, sin que sus labios hubiesen gustado apenas el alimento que solícitas manos la ofrecían; ni sus ojos se habían cerrado a aquel tranquilo y encantado sueño, que hacía su delicia en otro tiempo.
En actitud pensativa, la indecisión que reinaba en su espíritu, a causa de ignorar la suerte del hombre a quien amaba más que a su mísera existencia, la reducía al triste estado de anhelar la muerte como un bien inapreciable.
Guarionex, el cacique fatal que la adoraba, no volvía.
-Había muerto, o tal vez las faenas de la guerra, le impedían consagrarse a las varias y privadas sensaciones, [ de un amor puro y desgraciado. -Quizás un sentimiento generoso, le prohibía turbar con su presencia, un dolor sagrado aunque odioso para él, o más bien, los celos, le ponían en el caso de evitar toda revelación por su parte, respecto del sangriento fin del caballero, cuya circunstancia, le obligaría a presenciar con la hiel en el alma, el silencioso correr de lágrimas, vertidas al recuerdo de un rival afortunado.
Pero el cacique se ofrece a nuestra vista, y toda conjetura es vana. -Su andar lento y vacilante, revela la timidez, la indecisión.
-No quería verte, cruel -dijo el enamorado con angustiosa voz, acercándose a ella; pero mi corazón me arrastra y no puedo más. Cuando Loarina está triste y llora, Guarionex quiere estar a su lado, triste y llorando también.
-¿Por qué me trajiste aquí? -dijo la india.
-Para que seas mía -respondió el cacique.
Hubo un momento de silencio, al cabo del cual preguntó Loarina con voz débil.
¿Vive Sotomayor?
El cacique no respondió.
-Ingrata -murmuró enseguida retorciéndose los brazos.
Luego prosiguió: no me preguntes por mi rival, por que es matarme; pregúntame si te amo, cruel. -Sí, te responderé, más que a mí mismo. ¿Y cómo no amarte? ¿Hay algún día sin sol, o Loarina no es hermosa?
-Basta, basta, Guarionex. Amo a Sotomayor y mi vida es suya: ¿por qué me arrancaste de su lado? Quiero morir o vivir con él, ¿lo oyes?
-Pues bien, muere con él, pérfida, síguele al sepulcro porque ya no existe -dijo el indio con el acento de la amargura.
-¡Ha muerto! -dijo Loarina, con la postración del estupor.
De repente dio a correr por la llanura; con su cabello suelto y agitado por el viento, con su mirada fija, y el temblor convulsivo de sus miembros, semejaba la imagen del delirio, acosada por la hueste de los dolores humanos.
Guarionex corrió tras ella, y ya iba su amada a lanzarse al torrente, cuando el cacique asiéndola del cabello con mano fuerte, la detuvo a los bordes del abismo; parecía el último esfuerzo de la virtud, arrancando al crimen una víctima.
XIII
La noche empezaba a esparcir sus sombras, y los montes, los valles y los ríos se cubrían con su velo tenebroso. -Eran los últimos momentos de un día, que al pasar a la nada, llevaba envuelto un acontecimiento interesante para Borinquen. La jornada de Yagüeca, acababa de decidir su porvenir.
Desesperado Guarionex, había peleado como un héroe: jamás flecha alguna fue más certera; jamás su brazo combatió con más denuedo. Diezmados los suyos por los golpes enemigos, huían despavoridos, o eran víctimas del acero castellano. Necio fuera su empeño al oponer sus débiles flechas y macanas, al acerado peto, y al brazo poderoso y ejercitado de los vencedores de Boabdil. El indio de Borinquen tenía valor, pero en la impotencia de su estado, podía ser una víctima no un héroe.
La noche era oscura, y sólo de vez en cuando el relámpago iluminaba la tierra con su brillo siniestro, mientras que el lejano trueno retumbaba sordamente.
Guarionex, herido y fatigado, caminaba al acaso, trepaba cerros, cruzaba ríos, ya caía para volverse a levantar, ya corría cual si huyese de sí propio; en todas partes veía su pesar. -Los campos que le vieron nacer, y en que se habían deslizado las alegres tardes de su infancia, el rumor de la corriente bulliciosa, los árboles que le alimentaron con su fruto, los pajarillos en que probaba la destreza de su arco, la cabaña en que moraron sus abuelos: todo le prestaba su voz triste y tormentosa. «Oh graciosos bosquecillos, ya no seréis el asilo misterioso del amor, ni el recreo de nuestros hijos: y vosotras cumbres elevadas, en adelante no presenciaréis el culto de nuestro Cemí. ¡La raza de Agueinaba acabó para siempre! Así decía con voz triste el afligido cacique; así llegó a sentarse bajo la seiba que decoraba la puerta de su cabaña, permaneciendo allí algún tiempo entregado a su aflicción. -En tanto se anubla más y más el cielo, oscureciendo cuasi del todo la comarca; el relámpago y el trueno, que redobla sus furores, se disputan el dominio del espacio; los vientos rujen como una manada de leones y la lluvia no viene a calmar su bravura: es la tempestad de un día caluroso de la zona tórrida. Al ver el dolorido cacique aquella furia de la naturaleza tan en consonancia con el estado de su alma exclamó:
Ruge tempestad, sí, ruge, tu relámpago siniestro ilumine de mi vida el instante postrimero. De tu trueno el bronco ruido cual la voz de mis lamentos, entre las nubes se pierde que la luz cubren del cielo. ¡Oh! ¡si algunos de tus rayos viniese hacia mí benéfico a controvertir en cenizas la existencia que aborrezco!
Después de una breve pausa, levantose y comenzó a alejarse lentamente; detúvose luego y continuó con tristísimo acento su lastimosa endecha;
Risueños, felices prados, donde cual güino ligero trisqué alegre, placentero en mi festiva niñez, no formaré con tus flores el ramillete querido para ofrecerlo rendido a la ingrata que adoré. Selvas que durante el día me brindasteis sombra amiga, y en que, alivio mi fatiga en la noche siempre halló; ya en vuestro dulce misterio no guardará mi alma ardiente la queja tierna y doliente que un triste amor le arrancó
Adiós, oh seiba querida que coronas mi mansión; oh cabaña de mis padres, Guarionex te dice adiós, y al dejarte para siempre muerto lleva el corazón; adiós Borinquen preciosa, dulce, tierra de mi amor... ¡sepúltala, oh mar inmenso! Adiós, Borinquen, adiós.
Al llegar a la próxima ladera, lanzó una última mirada a los objetos de su tierna despedida que quedaban ya envueltos en las tinieblas de la tempestad. Algunos momentos después en la cumbre de gigantesca montaña se dejó ver rodeada de precipicios a la luz de un relámpago su contristada figura, en sus labios brillaba la amarga sonrisa. - Volvió a lucir el relámpago y ay no estaba allí; tan solo iluminó el abismo.
XIV
El día estaba sereno. La montaña, que acabamos de mencionar era gigantesca y coronada de rocas, que ocultaban su ceño bajo la verde enredadera, al paso que un arroyo, procedente de las colinas orientales, venía con majestuoso descenso, a ceñirla como una diadema de plata, para caer en el cercano valle, y perderse entre las aguas de un pequeño lago, que servía de espejo al cielo, y de baño a la diosa de la noche. Por la parte del oeste un profundo abismo, en cuyo fondo se veían arbustos, malezas, piedras y juncos, que entrelazadas, formaban un lecho de plano irregular; y finalmente, por la parte del norte, traspuestos el valle y el lago, terminaban el cuadro infinidad de montes, cuyas crestas a manera de escalones, se perdían en lotananza besando las nubes.
En las cumbres del alto monte de que acabamos de hablar, había un peñasco enorme, suspendido sobre el abismo, que pronto a precipitarse, guardaba su actitud amenazadora, quizá desde la creación; semejante a la roca suspendida en la puerta del infierno, para servir de tortura y continuo susto, a aquel desdichado rey de la antigüedad. Junto a ella estaba el cadáver del cacique, cubierto de sangre; contemplábanle silenciosos y consternados algunos indios, resto de su poder perdido.
Agobiado por la angustia, destrozado en su caída lanzó su alma a otro mundo, arrullada por el trueno. Junto a él, había una fosa recién abierta, y en ella, algunas frutas y viandas destinadas a su alimento durante el viaje, según la creencia de estas gentes. Sobre ellas colocaron algunas ramas, formando un verde y mullido lecho, para que la muerte pudiese reclinarse blandamente, y dormir tranquila con ese sueño eterno y sin zozobras.
Hecho esto, cubrieron con el manto el cadáver del cacique, y tomándole en brazos, se preparaban a enterrarle. -En su rostro estaba pintado aún el pesar, ¡como si más poderoso que su vida, hubiera de sobrevivirle!
¡Infeliz Guarionex! Todos los de su raza, bajaron al sepulcro acompañados por la más amada de sus esposas: ¿quién se prestaría a enterrarse viva con un cacique destronado?
A sepultarle iban sus doloridos vasallos, cuando les detuvo la llegada de Loarina, acompañada del fiel Taboa.
-Deteneos -dijo aquella.- ¡Vosotros, fieles vasallos del último de vuestros caciques, obedeced los mandatos de aquella a quien tanto amó! Vengo a cumplir con nuestra antigua costumbre. -No fui su esposa pero fui su amada. Esta vida que me agobia, a él la debo. Durante sus días fui el sol que los alumbró. Las mujeres de su casa le han abandonado, y yo debo ocupar su puesto. Solicito el honor de ser enterrada con el más valiente, con el más joven y generoso de los caciques. -Y tú Guarionex, no creas que hago sacrificio alguno; la vida que me salvaste de nada me sirve. -La tuya fue triste, como un día nebuloso; el amor que debía endulzarla, la amargó. -Al pie del sepulcro te ofrezco un corazón infiel; no era digno de ti, pero tú lo anhelabas, y yo te lo entrego. -Dijo y los sollozos ahogaron su voz.
De rodillas, y abrazando a Guarionex le bañaba con su llanto; hijo de un tardío amor no daba la vida, al que hubiera muerto por verlo derramar.
Loarina, en la primavera de sus días, bella como un astro, estrechaba contra su seno palpitante, el cadáver del hombre que lozano en otro tiempo y marchito ahora, parecía una burla del destino. Poseía al fin aquel amor que anhelaba con vehemencia, y tanta dicha, no era bastante a reanimar su corazón helado. -¡Cuán indiferente es el sepulcro!
Abrazados los dos amantes, bajaron a la tumba; ¡Loarina era el alma de la muerte! Taboa se despidió de sus señores, y la tierra los cubrió para siempre.
El sol que salía, presenció el himeneo, y los pajarillos lo celebraron con sus cantos armoniosos...
Algunos años después nació al pie de la roca una palma que respetó siempre el huracán. -Al ponerse el sol cada día, al tender la noche su velo, se oyen algunas palabras, que parecen salir de su elevado tronco; estas palabras pertenecen a un idioma desconocido. -Las voces que las pronuncian, revelan la alternativa de un diálogo en que se percibe la ternura y la tristeza; parecen hijas del dolor de un hombre, y del amor de una mujer.
Si durante la noche, el viento brama, el relámpago brilla, retumba el trueno, la lluvia cae a torrentes, se oyen de vez en cuando, los acentos de un hombre, que llora su país natal.
Aquel árbol no da fruto: renuévase de continuo: gallardéase al suave empuje de las brisas, dominando el contorno; en sus ramas se mece la paloma, y la cotorra indiferente, precursora de la lluvia, despliega al sol sus pintadas alas.
Aquel árbol se llama la «Palma del cacique».
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