La palma del cacique

Part 2

Chapter 24,014 wordsPublic domain (Wikisource)

En las altas horas de la noche paseábase D. Cristóbal de Sotomayor, por las calles de la villa que había fundado, envuelto en un tosco tabardo, que le ponía a cubierto del rocío, que tan copioso es en las noches de los trópicos. Dormían los habitantes, y la noche serena, parecía guardar su tranquilo sueño: el fresco ambiente susurraba entre los árboles, al paso que la luna plateaba sus copas, y los pajizos techos del caserío; mudos yacían los pajarillos, y de tarde en tarde se percibía el nocturno cantar del gallo, en cuyas intermitencias resonaban los pasos de nuestro personaje, al caminar por la empedrada senda, que a la verde campiña le guiaba.

Entregado a dulces meditaciones, a que se prestaba lo apacible de la noche, perdíase su alma en los abismos de lo pasado, propensión natural a todo aquel cuyo presente no satisface su corazón. Complacíase su alma en recorrer hoja tras hoja, ese libro que se llama la vida, con el mismo encanto, dulce y melancólico, que el avecilla recorre de uno en otro todos los troncos en que ocultó su nido, pidiéndoles un consuelo, una memoria. Sotomayor sentía desenvolverse ante su vista el cuadro de su juventud primera, que al compás de los latidos de su pecho, le ofrecía el recuerdo de sus amores, el fuego tormentoso al par que deleitable, la felicidad incomprensible, los sinsabores ahuyentados por una sonrisa o por beso celestial, aquel llanto que no surca la mejilla, porque como el manso arroyuelo, hermosea el prado cual Cristalina sierpe, y fecundiza las flores con su agua pura. Aquella fe, aquella idolatría ciega, el prestigio, el poder en la mirada, en el acento de la mujer que se adora. ¡Ah! exclamaba, ¡si la vida terminara al disiparse tanto amor!

Pensamientos de este género ocupaban a Sotomayor, y al llegar a este punto, la ilusión tomaba cuerpo en una mujer, aquella hechicera hija del Betis, fija en su mente y en su corazón, con sus ojos de fuego, su boca de hurí y su andar de diosa...

La bendición de un sacerdote los hubiera unido para siempre, a consentir el joven; pero deseaba la posesión de su amada como una corona de gloria que premiase sus adquiridos méritos, y antes que dar su nombre al tierno objeto de sus ansias, quería que este nombre estuviese enlazado a grandes hechos.

Estas ideas, por otra parte, eran muy naturales y propias en la juventud distinguida de su época, pues aún estaba en pie el caballeresco edificio que levantó Enrique I de Alemania, y que aún no había derribado con su implacable pluma, el más grande y singular de los satíricos.

Libre la península ibérica del dominio musulmán con la toma del baluarte granadino, el espíritu aventurero y belicoso de los españoles, encontraba un nuevo terreno más vasto a su ejercicio, que el que podía ofrecerles la Flandes y la Italia; así no es de extrañar que la juventud ardorosa, acudiese en tropel a las tierras nuevamente halladas, en donde mil empresas quiméricas se hacían lugar en las imaginaciones novelescas, con la relación de extrañas aventuras, de grandes proezas y de doradas regiones, en que los prodigios se mezclaban a lo vasto y desconocido de aquellos países.

Nuestro caballero era uno de estos hombres, y en verdad que no era la sed de oro lo que le llevaba tan lejos de su patria. Ex-secretario del rey, descendiente de ilustre familia, habíalo electo gobernador de la nueva isla, pero gracias al almirante D. Diego Colón, que le había desatendido, se encontraba entonces en Puerto Rico, como teniente del gobernador D. Juan Ponce de León, futuro adelantado de la Florida.

Era el gentil caballero, de esbelta figura y elegantes maneras; tenía rubio el cabello, terminado en retorcida punta el bigote juvenil, y al brillo de la luna, podían verse sus ojos azules y expresivos. Un rico jubón de ceniciento vellorí, cuasi encubierto por el tabardo de velarte que le resguardaba, en su cintura la espada guarnecida de plata, bota pajiza con espuela, y por último, un sombrero adornado con vistosas plumas, cuyo broche de diamantes relucía como una estrella, inclinado sobre una de sus sienes, prestaban a su aspecto, el aire del joven aventurero de la España de aquella época.

No había salido aún Sotomayor de la población, cuando sintió que le oprimían fuertemente el hombro.

-Cristiano -le dijo una voz- ¿tienes valor?

Volviose admirado de tal pregunta, y llevó su mano a la espada, cual si quisiese dar una prueba por respuesta. Detuvo su brazo el recién venido, diciéndole al mismo tiempo:

-Espera.

Observó Sotomayor a su antagonista: en la ruda faz de este se veía pintado el furor.

-No te conozco -dijo el caballero.

-Ya me conocerás -replicó aquel.- Tú amas a Loarina, y yo también la amo.

-Pudiera desengañarte, indio, pero creerías que te temo, y mi altivez me ordena guardar silencio, y esperar hasta ver qué exiges de mí.

-Ella te ama también, y esa es para mi una muerte más terrible que la que dan vuestros truenos) y todas vuestras armas.

-Y bien...

-Es menester que uno de los dos muera, porque no puede haber más que un sol para una luna y mal pudiera albergarse en un mismo nido dos pájaros rivales. Pues bien, quiero que me mates, porque es mejor la ausencia eterna que esta vida de agonía. ¡Quiero morir! ¿Lo oyes? Pero quiero morir contigo quiero matarte, oh cristiano, porque te aborrezco, y cuando pienso en ti, siento por mis venas correr el fuego del rayo, y quisiera tener su poder para acabar contigo, ¿lo oyes? Maldecida del Cemí sea la piragua que te trajo a esta tierra. Quiero morir o matarte, odioso cristiano, ven, si tienes valor, ven...

¡Cuánto rencor encerraban las palabras de Guarionex, y cuánta angustia se mezclaba en su pecho a este rencor que le abrasaba! Pudiera muy bien compararse esta mezcla de sentimientos, al gemido del náufrago, que se deja oír por entre el bramido de las ondas, que su vida combaten.

El joven Sotomayor había leído en las palabras del indio todo su infortunio, compadecía su demencia, y a poder evitar honrosamente una lucha a que ningún sentimiento le impulsaba, hubiéralo hecho; empero su conmiseración sería tal vez mal interpretada, y su puntilloso carácter no le permitía menoscabar en manera, alguna el influjo de los suyos, en regiones tan apartadas.

-Indio, ¿aborreces la vida? -le dijo.- Bien está; aunque no te profeso ni amor ni odio, quiero librarte con mi espada, de unos días que te son tan funestos. Toma una espada y sígueme.

-No, mi macana me basta, con ella he peleado en cien batallas, y ha derribado a muchos enemigos, tan fuertes como tú.

-Partamos, pues, dijo el caballero, y tomaron ambos la senda, que a las afueras de la villa conducía.

VII

Caminaban silenciosos el cacique y el caballero. Las palabras habían hecho lugar a las armas, y la muerte de uno de los contendientes, debía poner término a la causa de la querella.

Este duelo por parte de Guarionex era, aunque injusto, consecuente, porque cuando el odio guía el brazo, el homicidio es un resultado criminal, pero lógico. En este duelo no entraba por nada la pueril vanidad, ni un honor mal entendido; por otra parte del cacique, era la expresión de la cruel antipatía que le inspiraba el hombre que le había despojado de un bien para él más estimado que su vida; por parte de nuestro joven caballero, era hijo de la necesidad, no sólo de defender la suya, sino de conservar puro entre los indígenas aquel buen nombre y reputación de que entre ellos gozaban los conquistadores.

Llegado que hubieron a la llanura, desenvainó Sotomayor la espada y aguardó a su contrario.

No tardaron en cruzarse las armas.

La claridad de la noche permitía ver completamente la escena que iba a seguir, y cuyos únicos espectadores, eran el cielo y los árboles de la comarca.

Reinaba el silencio, y solo el continuo y monótono cantar de la chicharra y del coqui, se dejaba oír a través del ruido de las armas.

Guarionex peleaba con el furor del hombre que aborrece, y desea acabar con su aniversario; Sotomayor comprendía, que por exquisito que fuese el temple de su acero, y por ejercitado que estuviese su brazo, había menester todo su esfuerzo para resistir a su terrible enemigo, a quien los celos hacían valer por dos. Y en efecto, al verle manejar la fuerte macana de collor) cual si fuese un junco, y menudear golpes sin interrupción alguna, se convendría forzosamente, en que sólo la vehemencia de la pasión, que convierte en volcán el corazón humano, podía inspirar al irritado indio, que aunque diestro en manejar su arma, así se curaba de la defensa como de renunciar a su enojo. -Tan sólo atendía al ataque, y cada vez que descargaba el arma parecía que la misma muerte la guiaba. Sus ojos brillaban como los del tigre en la oscuridad de las selvas durante la noche, y a no ser invisible el genio de la tumba, podría verse triste, imponente y silencioso junto a Sotomayor.

Peleaba éste con bríos y tal vez le ayudaba en sus quites la ceguedad de su contrario; sin embargo, había instantes en que necesitaba de toda su destreza para disputar la vida a aquel salvaje, que cual la cortante hoz, pugnaba por segarla en sus más floridos años.

No temía la muerte si esta era honrosa y daba renombre, empero una muerte oscura, en lucha con un desconocido, con un salvaje, muerte que no era útil al mundo ni a sí mismo, era para él insoportable.

De repente la espada de Sotomayor se deslizó a lo largo de la piel de indio, que al sentirse herido, redobló su coraje; levantó su macana que descargó con tanta fuerza, que a encontrar la espada hiciérala pedazos, y a caer sobre el caballero, borrara de una vez de su corazón todos los anhelos de futura gloria; sin embargo de que rehuyó el cuerpo, no pudo evitar que le descoyuntara un brazo, que a ser el derecho, pasáralo del todo mal. El dolor le dio nuevo empuje.

Cansados estaban ya nuestros valientes e indeciso se hacía el resultado de la contienda, cuando el salvaje ya desesperanzado de morir o de acabar con un rival odioso, arrojó su macana a luengos pasos, exclamando con desdén:

-Arma inútil, impotente para matar a un cristiano.

Cruzose de brazos y con aquella indiferencia ante la muerte, característica de los indios de América y propia de un mártir, dijo:

-Mátame, pues soy tu rival.

-No -contestó el caballero tendiéndole una mano- vive y sé mi amigo, valiente indio.

-Ya moriré -dijo el indio, sin corresponder la afectuosa instancia del joven castellano- ya moriré, aunque la muerte mía es un árbol que florece demasiado tarde -y dirigiéndose a Sotomayor le dijo:

-No soy tu amigo, extranjero; no olvides que me has robado lo que más amó mi corazón.

Y al terminar estas palabras partiose dejando al caballero sorprendido de tan extravagante firmeza.

VIII

Habíase refugiado en los bosques gran parte de los indios, huyendo de la dureza del trabajo a que les condenaban los encomenderos; y en las intrincadas espesuras disponían el medio de una insurrección, que estallando por partes, los volviese a su primitivo y feliz estado.

No descuidaban los caciques, instigados por Agueinaba y Guarionex, la manera de extinguir en el abatido ánimo de sus vasallos, la fatal preocupación de que los dominadores eran inmortales; por tanto, acordada, una convocación general de caciques, se verificó ésta en un valle de los dominios de Agueinaba, circundado de altos y lejanos montes, al rayar el alba de un hermoso día.

Presidía la asamblea el valeroso Agueinaba Fuerte de miembros, de presencia venerable y con expresión de firmeza y altivez en su rostro; su aspecto revelaba la inteligencia, aunque inculta, amena y gigante, como las selvas siempre verdes, en que se meció su cuna. Presidía la reunión, como hemos dicho, preferencia que de derecho le tocaba, por ser principal señor de aquella isla.

Estaba sentado en una piedra enorme al pie de un árbol añoso y corpulento. A sus lados los caciques, Guarionex, el más querido, porque más que otro alguno, poseía una grande alma, y le era propio el mérito de hacerse amar; el no menos animoso Broyoan, en cuyos dominios se dio más tarde la batalla de Yagüeca, y que comprendían las inmediaciones del pueblo de Añasco, a que dio nombre uno de los capitanes de la conquista que así se llamaba; Aiamón, que tenía los suyos en las márgenes del Culebrinas, cerca de la villa de Aguada; el intrépido Mabodamaca, derrotado poco después, en la comarca de Aimaco por Salazar y los suyos después de un reñido combate de más de tres horas, en las gargantas de la sierra, sin otra luz que la de las estrellas; Mayagoex, en cuyas posesiones se fundó, en 1760, la que en el día se llama villa de Mayagüez, cuyo estado floreciente la hace desaparecer como uña de las primeras de la isla; el cacique Humacao, que se mantuvo rebelde por muchos años, y Arezibo o Arazibo que tenía su cacicazgo en la parte que hoy ocupa la villa, en la embocadura de aquel caudaloso río. A más de éstos había otros, cuyos nombres no han brillado en la conquista, y que omiten los cronistas de aquella época. -Todos cual príncipes de la primera estirpe, señores de tierras y vasallos, ostentaban en su frente la diadema, y en su pecho el guarim o plancha de oro, emblema del cacicazgo y requisito indispensable para tener asiento y usar de la palabra en aquel soberano concurso.

En el centro, sobre un pedestal de piedra, se elevaba el ídolo de Borinquen. Era de figura humana, si bien bastante imperfecta; adornábanle con profusión las piedras y los metales preciosos. La corona de oro representaba en él la dignidad suprema, el poder; la serpiente enroscada en su cuerpo y ahogada por su amo, la fuerza; la flecha que su diestra esgrimía, el castigo celeste.

El temor del castigo en esta vida era la base de su fe, pues, sin embargo de creer en otra posterior; el incesto, el hurto, el homicidio, la traición a sus caciques, la irreverencia para con el Cemí, y todas aquellas acciones que el candor de sus costumbres repugnaba, eran castigadas por su Dios en esta vida, según los indios con penalidades, dolencias y una muerte cruel.

Alrededor del altar estaban los buhitis, agoreros y sacerdotes a un tiempo; teocracia fuerte, que unida a los caciques, constituían un poder fundado en derecho sobrenatural: pero como los buhitis eran también médicos, es decir, depositarios de la escasa ciencia física de aquel pueblo y como es fácil hacer creer a una sociedad ignorante, que las dolencias y su remedio son voluntad de sus dioses, así como aquello que depende de leyes naturales, como las cosechas, las lluvias y las pestes, o todo lo que es hijo de las pasiones y los intereses como las alianzas y las guerras; he aquí que no dejando el Cemí a las leyes naturales ni a la voluntad del hombre el uso de ninguno de sus atributos; el indio de Borinquen todo lo esperaba o lo temía de su ídolo, y por consiguiente la influencia de los Buhitis, era extrema. No lejos del Cemí, estaba la multitud que presenciaba el acto, y aguardaba con avidez el resultado de tan solemne conferencia que interesante en todas ocasiones, lo era entonces más, en razón de los nuevos y extraordinarios casos que habían acontecido en su país. -En efecto, algo extraño debía parecer a estos salvajes, que habían vivido luengos siglos sin conocer otros hombres que los de su raza, ver caer sobre su tierra una falange poderosa, que como llovida del cielo se encontraba señora de la isla con usos y costumbres enteramente opuestos, con una aureola de semidioses, y de cuya existencia jamás habían tenido ejemplo ni noticia. Acontecimiento de gran tamaño era este, y bien debían impetrar de su dios, una explicación de semejante hecho, y aun esperar con ansia la luz que les iluminase en tanta oscuridad, o el terrible decreto que a eterno sufrimiento les condenara.

No se ocultaba por otra parte, a los Buhitis y Caciques, que su causa tenía otros enemigos, que sin armas materiales, eran más temibles que los fuertes castellanos; la funesta preocupación de la multitud que veía en estos, otros tantos seres inmortales; su conocida superioridad en las armas y espíritu guerrero; y por último, la antigua profecía de su Dios que les condenaba a ser exterminados algún día por una gente extraña y poderosa. -He aquí porque contaban con el influjo supersticioso del Cemí, y con la eficaz sutileza de los agoreros.

Dieron principio las ceremonias religiosas, colocando en el altar algunos haces de leña, y encima, las ofrendas, que se componían de aves recién muertas por los cazadores, y de las primicias de la agricultura; hecho esto, esparcieron en el altar algunas resinas olorosas, y después de derramar el Buhiti varias ditas del más exquisito vino de las palmas, tomó en sus manos dos maderas secas, y frotándolas una contra otra, dio fuego a la leña del altar. -Una densa y perfumada nube se elevó a los cielos, cubriendo al ídolo con un manto misteriosos.

Oyose entonces un ruido semejante al eco del trueno en la cavidad de las montañas.

Un terror supersticioso se apoderó de la multitud.

-El Cemí va a hablar -gritó con fuerte voz el Buhiti que presidía el sacrificio.

Al oír esto, los indios prosternados y trémulos como el cervatillo al escuchar los rugidos del rey de los bosques, aguardaban con ansiedad la palabra de su Dios.

-Silencio, hijos de la tierra -gritó una voz que parecía salir de lo profundo de los abismos.

-El Cemí -prosiguió con profético acento- padre de los dos genios, el del bien y el del mal, ¡¡está sañudo!!

Al cabo de algunos instantes continuó:

-Tiempo ha que el cielo está cubierto de negras nubes, que vinieron por el camino del sol. ¡¡El soplo de Agueinaba las ahuyentará!!

Un silencio profundo sucedió a estas últimas palabras.

«El soplo de Agueinaba, las ahuyentará»: murmuraron todos con fanática convicción...

El Cemí había hablado.

Entonces ocupó su asiento Agueinaba, y dijo con inspirado continente:

-Habéis oído, hijos míos, lo que el Cemí os dice; ordena la guerra. Aún tienen las aves plumas para vuestras flechas, y los árboles madera para vuestras macanas. «Tiempo ha que el cielo está cubierto de negras nubes; el soplo de Agueinaba las ahuyentará.»

-¡¡Guerra, guerra!! -exclamó todo el concurso.

El genio de la muerte, repitió con diabólica alegría estas palabras, por boca de los ecos.

Tú Aimanion -continuó Agueinaba- irás a pedir auxilio a nuestros aliados los caribes.

Tú, Mabodamaca, formarás con presteza un grueso ejército.

Tú, Broyoan, sobre Caparra.

Tú Guarionex, sobre Sotomayor.

Y vosotros todos amados caciques, llamad a vuestros vasallos y reuníos conmigo. «El cielo está cubierto de negras nubes, el soplo de Agueinaba las ahuyentará.»

La multitud olvidando sus terrores, al escuchar de su Cemí, unas palabras que llevaban la esperanza a su yerto corazón, sintió nueva vida en su ser, e impulsada por el decreto sobrenatural que les ordenaba hacer la guerra a los extranjeros, y las palabras fascinadoras del jefe de los caciques, exclamó al oírle: «Agueinaba las ahuyentará», levantando sus brazos, en muestras de confianza y aclamación.

IX

Antes de proseguir la narración, parece oportuno referir un suceso interesante de la vida de Guarionex, que aunque sin relación directa con esta historia, dará a conocer su carácter guerrero, circunstancia apreciable en un país como el suyo, rodeado de enemigos, y cuya calidad, a falta de otras, bastaría por sí sola a darle grande importancia entre aquellos caciques.

Pocos años antes de la llegada de los españoles a aquel país, heredaba Guarionex la corona de sus padres, y hallábase accidentalmente en las tierras de Mayagoex, celebrando las bodas de una de sus hermanas con este cacique. Las fiestas religiosas; los areytos, el batey, las cacerías en que ayudados de los perros mudos del país, recorrían los bosques, en persecución del ligero jutía y del pequeño corí ocupaban alegremente a los habitantes de la comarca.

Estaba situada la población principal del cacicazgo en la embocadura del río. Componíase de un centenar de chozas, entre las que descollaba alguna que otra vivienda de mayores dimensiones. Estaban construidas, en su mayor parte, de barro y cañas, y cubiertas con el ramaje de las palmas, formando un círculo, en cuyo centro se elevaba el palacio del cacique, de rústica forma, con torres de la propia materia, y que sobresalía de las demás casas como el pino en el bosque. Circundaba la población, a la usanza indígena, un doble muro de troncos verticales rodeados de un foso, que era necesario atravesar por puentes de madera.

Por ambos lados del lugar, se extendía la costa, cuidadosamente cultivada, y en que la arboleda se ostentaba con profusión, mientras que a la parte de tierra, tomaba arranque la cordillera, que partiendo del cerro llamado la Mesa, se interna en el país. Alrededor de la población estaban los jardines, en que las rosas y claveles servían de asiento a la pintada mariposa, cuyos colores resplandecían a la clara luz del día naciente, mientras que por la noche, revoloteaban en derredor los ligeros cucuyos, cual si fuesen aladas estrellas.

En la margen del río, veíase el baño de la cacica, cuyo recinto estaba encubierto por una cerca de verde majagua y altos bambúes, que cual una cortina misteriosa, impedían el paso a miradas indiscretas.

Sería medio día, cuando los moradores de la costa divisaron en el horizonte, como una docena de velas; cual blancos cisnes, se deslizaban velozmente por la superficie del mar. Eran los caribes, que se preparaban al asalto.

Cundió la alarma en el contorno, y se dispusieron a recibirlos.

El cacique Mayagoex estaba ausente, y en su defecto Guarionex, después de enviarle un expreso con tan inesperada nueva; reunió la escolta que había traído de sus estados, y que se componía de más de cien gandules escogidos entre los más valientes y robustos de sus vasallos. -Arengoles, manifestándoles el peligro en que se hallaban, puesto que los voraces y perpetuos enemigos de Borinquen, violando los pactos, rompían las hostilidades, para lanzarse sobre el país y destruirlo. «Es necesario, añadió, que los vasallos de Guarionex, prueben que las flechas enemigas no les arredran, y que ellos solos, bastan para vencer a sus contrarios cualquiera que sea su número.»

Después de revistar y arengar de este modo a sus soldados, tomó una posición conveniente, no lejos del río tras un pequeño cerro, y aguardó a las piraguas caribes, que estaban ya a un tiro de flecha de la costa.

El crepúsculo iba a terminar, y el silencio reinaba, cuando saltaron en tierra. -Guarionex salió a su encuentro, y fue saludando con una descarga por parte de los invasores. Algunos de sus soldados cayeron en tierra, heridos por las emponzoñadas flechas de los caribes.

Feroces gritos de guerra resonaron por todas partes, y la hueste Borineana, tan veloz como el rayo, se lanzó sobre ellos.

La confusión y la muerte reinaban junto a Guarionex, que semejante a un león, tan solo despojos dejaba en su carrera.

Atónitos los caribes con tal ataque, sin poder hacer uso de sus mortíferos arcos, se veían obligados a sostener cuerpo a cuerpo, una lucha, en que si bien la ventaja del número estaba de su parte, tenían que combatir con los fuertes y aguerridos soldados de Guarionex, que peleaban, no tanto por amor de gloria, cuanto por no caer en las garras del enemigo, que condenaban al prisionero a ser víctima de su voracidad.

Encontráronse en medio de los combatientes, los caudillos de ambas partes.

Era Jaureyvo de colosal estatura, y su rostro expresaba la estúpida ferocidad de la hiena. Blandía su arma con tal destreza, y era tan horrible su aspecto, que al verle huían despavoridos sus contrarios.