La Novela Picaresca

Part 9

Chapter 9 4,368 words Public domain Markdown

Yendo en estas razones, topamos en un borrico un ermitaño con una barba tan larga, que hacía lodos con ella, macilento y vestido de paño pardo. Saludámosle con el _Deo gratias_ acostumbrado, y empezó a alabar los trigos y en ellos la misericordia del Señor. Saltó el soldado, y dijo: "¡Ah, padre! Más espesas he visto yo las picas sobre mí, y, ¡voto a Cristo!, que hice en el saco de Amberes lo que pude; sí, ¡juro a Dios!" El ermitaño le reprehendía que no jurase tanto. El solidado le respondía: "Bien se echa de ver, padre, que no ha sido soldado, pues me reprehende mi propio oficio." Dióme a mí gran risa de ver en lo que ponía la soldadesca, y eché de ver era algún picarón; porque entre ellos no hay costumbre tan aborrecida de los de importancia, cuando no de todos.

Llegamos a la falda del puerto: el ermitaño rezando el rosario en una carga de leña hecha bolas, de manera que, a cada Avemaría, sonaba un cabe; el soldado iba comparando las peñas a los castillos que había visto, y mirando cuál lugar era fuerte y adónde se había de plantar la artillería.

En estas y otras conversaciones llegamos a Cerecedilla. Entramos en la posada todos tres juntos ya anochecido; mandamos aderezar la cena--era viernes--; y entre tanto, el ermitaño dijo: "Entretengámonos un rato, que la ociosidad es madre de los vicios; juguemos Avemarias"; y dejó caer de la manga el descuadernado. Dióme a mí gran risa ver aquello, considerando en las cuentas. El soldado dijo: "No, sino juguemos hasta cien reales que yo traigo, en amistad." Yo, codicioso, dije que jugaría otros tantos; y el ermitaño, por no hacer mal servicio, aceptó, y dijo que allí llevaba el aceite de la lámpara, que eran hasta docientos reales. Yo confieso que pensé ser su lechuza, y bebérselo; pero así le sucedan todos sus intentos al turco. Fué el juego al parar; y lo bueno fue que dijo que no sabía el juego, e hizo que se le enseñásemos. Dejónos el bienaventurado hacer dos manos, y luego nos la dió tal, que no dejó blanca en la mesa. Heredónos en vida; retiróla el ladrón con las ancas de la mano, que era lástima: perdía una sencilla, y acertaba doce maliciosas. El soldado echaba a cada suerte doce votos y otros tantos "pesias", aforrados en "porvidas". Yo me comí las uñas mientras el fraile ocupaba las suyas en mi moneda. No dejaba santo que no llamaba: acabó de pelarnos; quisímosle jugar sobre prendas, y él--tras haberme ganado a mí seiscientos reales, que era lo que llevaba, y al soldado los ciento--dijo que aquello era entretenimiento, y que éramos prójimos; que no había de tratar de otra cosa. "No juren--decía--; que a mí, porque me encomendaba a Dios, me ha sucedido bien." Y como nosotros no sabíamos la habilidad que tenía de los dedos a la muñeca, creímoslo; y el soldado juró de no jugar más, y yo de la misma suerte. "¡Pesia tal!--decía el pobre alférez (que él me dijo entonces que lo era)--: entre luteranos y moros me he visto; pero no he padecido tal despojo." El se reía a todo esto. Tornó a sacar el rosario para rezar; y yo, que no tenía ya blanca, pedíle que me diese de cenar y que pagase hasta Segovia la posada de los dos, que íbamos en _púribus_. Prometió hacerlo.

Metióse sesenta huevos. ¡No vi tal en mi vida! Dijo que se iba a acostar. Dormimos todos en una sala, con otra gente que estaba allí, porque los aposentos estaban tomados para otros. Acostámonos; el padre se persignó, y nosotros nos santiguamos de él; durmió, y yo estuve desvelado, trazando cómo quitarle el dinero. El soldado hablaba entre sueños de los cien reales, como si no estuvieran sin remedio.

Hízose hora de levantar. El ermitaño, receloso, se quedó en la cama. Pagó por nosotros, y salimos del pueblo para el puerto, enfadados del término del ermitaño y de ver que no le habíamos podido quitar el dinero.

Topamos con un ginovés que subía el puerto, con un paje detrás, y él con su guardasol, muy a lo dineroso. Trabamos conversación con él, y todo lo llevaba a materia de maravedís, que es gente que naturalmente nació para bolsas. Entretúvonos el camino contando que estaba perdido porque había quebrado un cambio que le tenía más de sesenta mil escudos.

En estas pláticas vimos los muros de Segovia, y a mí se me alegraron los ojos, a pesar de la memoria que, con los sucesos de Cabra, me contradecía el contento. Llegué al pueblo; enternecíme, y entré algo desconocido de como salí, con punta de barbas, bien vestido. Dejé la compañía; y considerando en quién conociera a mi tío--fuera del rollo--mejor en el pueblo, no hallé nadie de quien echar mano. Lleguéme a mucha gente a preguntar por Alonso Ramplón, y nadie me daba razón de él, diciendo que no le conocían. Holgué mucho de ver tantos hombres de bien en mi pueblo, cuando, estando en esto, oí al precursor de la penca hacer de garganta, y a mi tío de las suyas. Venía una procesión de desnudos, todos descaperuzados, delante de mi tío; y él, muy haciéndose de pencas, con una en la mano, tocando un pasacalles públicas en las costillas de cinco laúdes, sino que llevaban sogas por cuerdas. Yo, que estaba mirando esto--con un hombre a quien había dicho, preguntando por él, que era un gran caballero yo--, veo a mi buen tío, y echando en mí los ojos--por pasar cerca--, arremetió a abrazarme, llamándome sobrino. Penséme morir de vergüenza; no volví a despedirme de aquel con quien estaba. Fuíme con él, y díjome: "Aquí te podrás ir, mientras cumplo con esta gente; que ya vamos de vuelta, y hoy comerás conmigo." Yo, que me vi a caballo, y que en aquella sarta parecía punto menos de azotado, dije que le aguardaría allí; y así, me aparté tan avergonzado que, a no depender de él la cobranza de mi hacienda, no le hablara más en mi vida, ni pareciera entre gentes.

Acabó de repasarles las espaldas, volvió, y llevóme a su casa, donde me apeé y comimos.

Tenía mi buen tío su alojamiento junto al matadero, en casa un aguador. Entramos en ella, y díjome: "No es alcázar la posada, pero yo os prometo, sobrino, que es a propósito para dar expediente a mis negocios," Subimos por una escalera, que sólo aguardé a ver lo que me sucedía en lo alto, para si se diferenciaba en algo de la horca. Entramos en un aposento tan bajo, que andábamos por él como quien recibe bendiciones, con las cabezas bajas. Colgó la penca en un clavo que estaba con otros, de que colgaban cordeles, lazos, cuchillos, escarpias y otras herramientas del oficio. Díjome que por qué no me quitaba el manteo y me sentaba; yo le respondí que no lo tenía de costumbre. ¡Dios sabe cuál estaba de ver la infamia de mi tío! Díjome que había tenido ventura en topar con él en tan buena ocasión, porque comería bien, que tenía convidados unos amigos. En esto entró por la puerta, con una ropa hasta los pies, morada, uno de los que piden para las ánimas, y haciendo son con la cajeta, dijo: "Tanto me han valido a mí las ánimas hoy como a ti los azotados; encaja." Hiciéronse la mamona el uno al otro; arremangóse el desalmado animero el sayazo, y quedó con unas piernas zambas, en gregüescos de lienzo, y empezó a bailar y decir que si había venido Clemente. Dijo mi tío que no, cuando Dios y en hora buena, envuelto en un capucho y con unos zuecos, entró un chirimía de la bellota, digo un porquero: conocílo por el cuerno que traía en la mano. Saludónos a su manera, y tras él entró un mulato, zurdo y bizco, un sombrero con más falda que un monte y más copa que un nogal, la espada con más gavilanes que la caza del rey, un coleto de ante. Traía la cara de punto, porque a puros chirlos la tenía toda hilvanada. Entró y sentóse, saludando a los de casa.

Yo, que vi cuán honrada gente era la que hablaba con mi tío, confieso que me puse colorado, de suerte que no pude disimular la vergüenza: echómelo de ver el corchete, y dijo: "¿Es el padre el que padeció el otro día, a quien se dieron ciertos empujones en el envés?" Yo dije que no era hombre que padecía como ellos. En esto se levantó mi tío, y dijo: "Es mi sobrino, maeso en Alcalá, gran supuesto." Pidiéronme perdón, y ofreciéronme toda caricia. Yo rabiaba ya por comer y cobrar mi hacienda, y huir de mi tío. Pusieron las mesas, y por una soguilla en un sombrero, como suben la limosna los de la cárcel, subieron la comida de un bodegón que estaba a las espaldas de la casa, en unos mendrugos de platos y retajillos de cántaros y tinajas. No podrá nadie encarecer mi sentimiento y afrenta. Sentáronse a comer, en cabecera el demandador y los demás sin orden. No quiero decir lo que comimos; sólo que eran todas cosas para beber. Sorbióse el corchete tres de puro tinto; brindóme a mí; el porquero, me las cogía al vuelo, y hacía más razones que decíamos todos. No había memoria de agua, y menos voluntad de ella.

Menudeóse sobre dos jarros, y era de suerte lo que bebieron el corchete y el de las ánimas, que se pusieron las suyas tales, que trayendo un plato de salchichas, que parecían de dedos de negro, dijo uno que para qué traían pebetes guisados. Ya mi tío estaba tal, que alargando la mano y asiendo una, dijo--con la voz algo áspera y ronca, el un ojo medio acosado y el otro nadando en mosto--: "Sobrino, por este pan de Dios, que crió a su imagen y semejanza, que no he comido en mi vida mejor carne tinta." Yo que vi al corchete que, alargando la mano, tomó el salero y dijo: "Caliente está este caldo"; y que el porquero se llenó el puño de sal, diciendo: "Bueno es el avisillo para beber", y se lo echó todo en la boca, comencé a reírme por una parte y rabiar por otra. Trajeron caldo, y el de las ánimas tomó con entrambas manos una escudilla, diciendo: "Dios bendijo la limpieza." Y alzándola para sorberla, por llevarla a la boca se la puso en el carrillo y, volcándola, se asó en el caldo, y se puso todo de arriba abajo que era vergüenza. El, que se vio así, fuése a levantar; y como pesaba algo la cabeza, firmó sobre la mesa--que era de estas movedizas---, trastornóla, y manchó a los demás: tras esto decía que el porquero le había empujado. El porquero, que vio que el otro se le caía encima, levantóse, y alzando el instrumento de hueso, le dio con él una trompetada. Mi tío, que estaba más en su juicio, decía que quién había traído a su casa tantos clérigos. Yo, que vi que ya en suma multiplicaban, metí en paz la brega. Eché a mi tío en la cama, el cual hizo cortesía a un velador de palo que tenía, pensando que era convidado. Quité el cuerno al porquero, el cual, ya que dormían los otros, no había hacerle callar, diciendo que le diesen su cuerno, porque no había habido jamás quien supiese en él más tonadas, y que él quería tañer con el órgano. Al fin, yo no me aparté de ellos hasta que vi que dormían. Salíme de casa, entretúveme en ver mi tierra toda la tarde, pasé por la casa de Cabra, tuve nueva de que era muerto, y no cuidé de preguntar de qué, sabiendo que hay hambre en el mundo.

Torné a casa a la noche, habiendo pasado cuatro horas, y hallé al uno despierto y que andaba a gatas por el aposento buscando la puerta y diciendo que se les había perdido la casa. Levantéle, y dejé dormir a los demás hasta las once de la noche, que despertaron, y esperezándose, preguntó uno que qué hora era. Respondió el porquero--que aún no la había desollado--que no era nada, sino la siesta, y que hacía grandes bochornos. El demandador, como pudo, dijo que le diesen la cajilla: "Mucho han holgado las ánimas para tener a su cargo mi sustento", y fuése, en lugar de ir a la puerta, a la ventana, y como vió estrellas, comenzó a llamar a los otros con grandes voces diciendo que el cielo estaba estrellado a mediodía y que había un grande eclipse. Santiguáronse todos, y besaron la tierra. Yo, que vi la bellaquería del demandador, escandalíceme mucho y propuse de guardarme de semejantes hombres. Con estas vilezas e infamias que veía yo, ya me crecía por puntos el deseo de verme entre gente principal y caballeros. Despáchelos a todos uno por uno, lo mejor que pude, y acosté a mi tío, que aunque no tenía zorra, tenía raposa; y yo acomódeme sobre mis vestidos y algunas ropas de los que Dios tenga, que estaban por allí.

Pasamos desta manera la noche, y a la mañana traté con mi tío de reconocer mi hacienda y cobralla. Despertó diciendo que estaba molido, y que no sabía de qué. Echó una pierna, levantóse; tratamos largo en mis cosas, y tuve harto trabajo por ser hombre tan borracho y rústico. Al fin lo reduje a que me diese noticia de parte de mi hacienda--aunque no de toda--, y así, me la dio de unos trecientos ducados que mi buen padre había ganado por sus puños y dejádolos en confianza de una buena mujer, a cuya sombra se hurtaba diez leguas a la redonda. Por no cansar a vuestra merced digo que cobré y embolsé mi dinero, el cual mi tío no había bebido ni gastado, que fue harto para ser hombre de tan poca razón, porque pensaba que yo me graduaría con éste, y que estudiando podría ser cardenal, que como estaba en su mano hacerlos, no lo tenía por dificultoso. Díjome, en viendo que los tenía: "Hijo Pablos, mucha culpa tendrás si no medras y eres bueno, pues tienes a quién parecer; dinero llevas, yo no te he de faltar, que cuanto sirvo y cuanto tengo para ti lo quiero." Agradecíle mucho la oferta; gastamos el día en pláticas desatinadas y en pagar las visitas a los personajes dichos.

Pasaron la tarde en jugar a la taba mi tío y el porquero y demandador; éste jugaba misas como si fuera otra cosa. Sacaban de taba como de naipe, para la fábrica de la sed, porque había siempre un jarro en medio. Vino la noche; ellos se fueron; acostámonos mi tío y yo, cada uno en su cama, que ya había proveído para mí un colchón. Amaneció, y antes que él despertase yo me levanté y me fuí a una posada sin que me sintiese: torné a cerrar la puerta por defuera, y eché la llave por una gatera.

Como he dicho, me fuí a un mesón a esconder y aguardar comodidad para ir a la corte. Déjele en el aposento una carta cerrada, que contenía mi ida y las causas, avisándole no me buscase, porque eternamente no lo había de ver.

[Ilustración: "...Y al volver atrás, como hizo fuerza, se le cayeron las calzas...."]

Partía aquella mañana del mesón un arriero con cargas a la corte; llevaba un jumento, alquilómele, y salíme a aguardarle a la puerta fuera del lugar. Salió y espéteme en el dicho, y empecé mi jornada. Iba entre mí diciendo: "Allá quedarás, bellaco, deshonra buenos, jinete de gaznates."

Consideraba yo que iba a la corte, donde nadie me conocía--que era la cosa que más me consolaba--, y que había de valerme por mi habilidad. Allí propuse de colgar los hábitos en llegando, y sacar vestidos cortos al uso.

Yo iba caballero en el rucio de la Mancha, y bien deseoso de no topar nadie, cuando desde lejos vi venir un hidalgo de portante, con su capa puesta, espada ceñida, calzas atacadas y botas, y al parecer bien puesto; el cuello abierto, el sombrero de lado. Sospeché que era algún caballero que dejaba atrás su coche; y así, emparejando, le saludé. Miróme y dijo: "Irá vuestra merced, señor licenciado, en ese borrico con harto más descanso que yo con todo mí aparato." Yo, que entendí que lo decía por coche y criados que dejaba atrás, dije: "En verdad, señor, que lo tengo por más apacible caminar que el del coche; porque--aunque vuestra merced vendrá en el que trae detrás con regalo--aquellos vuelcos que da inquietan." "¿Cuál coche detrás?"--dijo él muy alborotado. Y al volver atrás, como hizo fuerza, se le cayeron las calzas, porque se le rompió una agujeta que traía, la cual era tan sola, que tras verme tan muerto de risa de verle, me pidió una prestada. Yo, que vi que de la camisa no se veía sino una ceja, dije: "Por Dios, señor, que si vuestra merced no aguarda a sus criados, yo no puedo socorrerle, porque vengo también atacado únicamente." "Si hace vuestra merced burla--dijo él con las cachondas en la mano--, vaya; porque no entiendo eso de los criados." Y aclaróseme tanto--en materia de ser pobre--, que me confesó, a media legua que anduvimos, que si no le hacía merced de dejarle subir en el borrico un rato, no le era posible pasar a la corte, por ir cansado de caminar con las bragas en los puños. Y movido a compasión, me apeé; y como él no podía sacar las calzas, húbele yo de subir. El, que sintió lo que había visto, como discreto, se previno diciendo: "Señor licenciado, no es oro todo lo que reluce; debióle parecer a vuestra merced en viendo el cuello abierto y mi presencia que era un conde de Irlos." Yo le dije que le aseguraba me había persuadido a muy diferentes cosas de las que veía. "Pues aún no ha visto nada vuestra merced--replicó--; que hay tanto que ver en mí como tengo, porque nada cubro. Veme aquí vuestra merced un hidalgo hecho y derecho, de casa y solar montañés que, si como sustento la nobleza me sustentara, no hubiera más que pedir; pero ya, señor licenciado, sin pan ni carne no se sustenta buena sangre, y por la misericordia de Dios todos la tienen colorada, y no puede ser hijo de algo el que no tiene nada. He vendido hasta mi sepultura por no tener sobre qué caer muerto; que la hacienda de mi padre Toribio Rodríguez Vallejo Gómez de Ampuero--que todos estos nombres tenía--se perdió en una fianza; sólo el don me ha quedado por vender, y soy tan desgraciado, que no hallo nadie con necesidad de él, pues quien no le tiene por ante, le tiene por postre, como el remendón, azadón, podón, baldón, bordón y otros así."

Confieso que, aunque iban mezcladas con risas, las calamidades del dicho hidalgo me enternecieron. Pregúntele cómo se llamaba y adonde iba y a qué. Dijo que todos los nombres de su padre: Don Toribio Rodríguez Vallejo Gómez de Ampuero y Jordán. No se vio jamás nombre tan campanudo, porque acababa en dan y empezaba en don, como son de badajo. Tras esto dijo que iba a la corte, porque un mayorazgo raído como él, en un pueblo corto olía mal a dos días y no se podía sustentar; y que por eso se iba a la patria común, adonde caben todos y adonde hay mesas francas para estómagos aventureros; "y nunca cuando entro en ella me faltan cien reales en la bolsa, cama y de comer, porque la industria en la corte es piedra filosofal, que vuelve en oro cuanto toca". Yo vi el cielo abierto, y en són de entretenimiento para el camino le rogué que me contase cómo y con quienes viven en la corte los que no tenían, como él, porque me parecía dificultoso; que no sólo se contenta cada uno con sus cosas, sino que aun solicitan las ajenas. "Muchos hay de esos, hijo, y muchos de estotros: es la lisonja llave maestra que abre a todas voluntades en tales pueblos. Y porque no se te haga dificultoso lo que digo, oye mis sucesos y mis trazas, y te asegurarás de esa duda."

Lo primero has de saber que en la corte siempre el más necio y el más sabio, más rico y más pobre, y los extremos de todas las cosas; que disimula los malos y esconde los buenos, y que en ella hay unos géneros de gentes--como yo--que no se les conoce raíz ni mueble ni otra cosa de la que descienden los tales. Entre nosotros nos diferenciamos con diferentes nombres: unos nos llamamos caballeros hebenes; otros hueros, chanflones, chirles, traspillados y caninos. Es nuestra abogada la industria; pasamos las más veces los estómagos de vacío, que es gran trabajo traer la comida en manos ajenas. Somos susto de los banquetes, polilla de los bodegones y convidados por fuerza; susténtamonos así del aire y andamos contentos. Somos gente que comemos un puerro y representamos un capón: entrará uno a visitarnos en nuestras casas y hallará nuestros aposentos llenos de huesos de carnero y aves, mondaduras de frutas, la puerta embarazada con plumas y pellejos de gazapos; todo lo cual cogemos de parte de noche por el pueblo, para honrarnos con ello de día. Reñimos en entrando al huésped: "¿Es posible que no he de ser yo poderoso para que barra esa moza?--Perdone vuestra merced, que han comido aquí unos amigos, y estos criados...." etc. Quien no nos conoce, cree que es así, y pasa por convite.

Pues ¿qué diré del modo de comer en casas ajenas? En hablando a uno media vez, sabemos su casa, y siempre a hora de mascar--que se sepa que está en la mesa--decimos que nos llevan sus amores, porque tal entendimiento no le hay en el mundo. Si nos pregunta si hemos comido, si ellos no han empezado, decimos que no; si nos convidan, no aguardamos al segundo convite, porque de estas aguardadas nos han sucedido grandes vigilias; si han empezado, decimos que sí; y aunque parta muy bien el ave, pan o carne, o lo que fuere, para tomar ocasión de engullir un bocado, decimos: "Ahora deje vuestra merced, que le quiero servir de maestresala; que solía, Dios le tenga en el cielo--y nombramos un señor muerto, duque o conde--, gustar más de verme partir que de comer." Diciendo esto, tomamos el cuchillo, y partimos bocaditos, y al cabo decimos: "¡Oh, qué bien huele! Cierto que haría agravio a la guisandera en no probarlo: ¡qué buena mano tiene!" Y diciendo y haciendo, va en prueba el medio plato; el nabo por ser nabo, el tocino por ser tocino, y todo por lo que es. Cuando esto nos falta, ya tenemos sopa de algún convento aplazada; no la tomamos en público, sino a lo escondido, haciendo creer a los frailes que es más devoción que necesidad.

Tenemos de memoria para lo que toca a vestirnos toda la ropería vieja; y como en oirás partes hay hora señalada para oración, la tenemos nosotros para remendarnos. Estudiamos posturas contra la luz, pues en día claro andamos con las piernas muy juntas, y hacemos las reverencias con solos los tobillos, porque si se abren las rodillas se verá el ventanaje. No hay cosa en todos nuestros cuerpos que no haya sido otra cosa y no tenga historia; _verbi gratia:_ bien ve vuestra merced esta ropilla; pues primero fue gregüescos, nieta de una capa y biznieta de un capuz, que fué en su principio, y ahora espera salir para soletas y otras muchas cosas. Los escarpines primero son pañizuelos, habiendo sido toallas y antes camisas, hijas de sábanas, y después de esto nos aprovechamos para papel, y en el papel escribimos y después hacemos de él polvos para resucitar los zapatos, que de incurables los he visto yo hacer revivir con semejantes medicamentos. Y por no gastar en barberos prevenimos siempre de aguardar que otro de los nuestros tenga pelambre y entonces nos la quitamos el uno al otro, conforme lo del Evangelio: "Ayudaos como buenos hermanos."

Estamos obligados a andar a caballo una vez cada mes, aunque sea en pollino, por las calles públicas, y a ir en coche una vez al año, aunque sea en la arquilla o trasera; pero si alguna vamos dentro del coche, es de considerar que siempre es en el estribo, con todo el pescuezo de fuera, haciendo cortesías por que nos vean todos, y hablando a los amigos y conocidos aunque miren a otra parte.

"¿Qué diré del mentir? Jamás se halla verdad en nuestra boca: encajamos duques y condes en las conversaciones, unos por amigos, otros por deudos, y advertimos que los tales señores o estén muertos o muy lejos."

"Quien ve estas botas mías, ¿cómo pensará que andan caballeras en las piernas en pelo, sin media ni otra cosa? Y quien viere este cuello, ¿por qué ha de pensar que no tengo camisa? Pues todo esto le puede faltar a un caballero, señor licenciado, pero cuello abierto y almidonado, no. Lo uno porque así es gran ornato de la persona, y después de haberle vuelto de una parte a otra, es de sustento porque se ceba el hombre en el almidón, chupándole con destreza. Y al fin, señor licenciado, un caballero de nosotros ya se ve en prosperidad y con dineros, y ya se ve en el hospital; pero, en fin, se vive, y el que se sabe bandear es rey con poco que tenga,"

Tanto gusté de las extrañas maneras de vivir del hidalgo, y tanto me embebecí, que divertido con ellas y con otras, me llegué a pie hasta Las Rozas, adonde nos quedamos aquella noche. Cenó conmigo el dicho hidalgo, que no traía blanca, y yo me hallaba obligado a sus avisas, porque con ellos abrí los ojos a muchas cosas.

Compréle del huésped tres agujetas, atacóse, dormimos aquella noche, madrugamos y dimos con nuestros cuerpos en Madrid.