Part 8
No puedo negar que sentí mucho la nueva afrenta; pero holguéme en parte: tanto pueden los vicios en los padres que consuelan de sus desgracias, por grandes que sean, a los hijos. Fuíme corriendo a don Diego, que estaba leyendo la carta de su padre en que le mandaba que se fuese y no me llevase en su compañía, movido de las travesuras mías que había oído decir. Díjome cómo se determinaba ir, y todo lo que le mandaba su padre; que a él le pesaba dejarme, y a mí más. Díjome que me acomodaría con otro caballero amigo suyo para que le sirviese. Yo en esto, riéndome, le dije: "Señor, yo soy otro, y otros mis pensamientos; más alto pico y más autoridad me importa tener, porque si hasta ahora tenía, como cada cual, mi piedra en el rollo, ahora tengo mi padre." Declárele cómo había muerto tan honradamente como el más estirado, y cómo me había escrito mi señor tío el verdugo de esto y de la prisioncilla de mamá; que a él, como quien sabía quien yo soy, me pude descubrir sin vergüenza. Lastimóse mucho, y preguntóme qué pensaba hacer. Dile cuenta de mis determinaciones; y con esto, al otro día él se fue a Segovia harto triste, y yo me quedé en la casa disimulando mi desventura. Quemé la carta, porque, perdiéndoseme, acaso no la leyese alguno, y comencé a disponer mi partida para Segovia con intención de cobrar mi hacienda y conocer mis parientes, para huir de ellos.
Llegó el día de apartarme de la mejor vida que hallo haber pasado. Dios sabe lo que sentí el dejar tantos amigos y apasionados, que eran sin número. Vendí lo poco que tenía, de secreto, para el camino, y con ayuda de unos embustes hice hasta seiscientos reales. Alquilé una mula y salíme de la posada, adonde no tenía que sacar más de mi sombra. ¿Quién contará las angustias del zapatero por lo fiado, las solicitudes del ama por el salario, las voces del huésped de la casa por el arrendamiento? Uno decía: "Siempre me lo dijo el corazón." Otro: "Bien me decían a mí que éste era un trampista." Al fin, yo salí tan bienquisto del pueblo, que dejé con mi ausencia a la mitad dél llorando y a la otra mitad, riéndose de los que lloraban.
Ibame entreteniendo por el camino considerando en estas cosas, cuando, pasado Torote, encontré con un hombre en un macho de albarda, el cual iba hablando entre sí con muy gran prisa, y tan embebecido, que, aun estando a su lado, no me veía. Salúdale, y saludóme; pregúntele dónde iba, y después que nos pagamos las respuestas comenzamos a tratar de si bajaba el turco y de las fuerzas del rey. Comenzó a decir de qué manera se podía ganar la Tierra Santa, y cómo se ganaría Argel; en los cuales discursos eché de ver que era loco repúblico y de gobierno. Proseguimos en la conversación propia de picaros, y vinimos a dar, de una cosa en otra, en Flandes. Aquí fue ello, que empezó a suspirar y decir: "Más me cuestan a mí esos estados que al rey, porque ha catorce años que ando con un arbitrio que, si como es imposible, no lo fuera, ya estuviera todo sosegado." "¿Qué cosa puede ser--le dije--que, conviniendo tanto, sea imposible y no se puede hacer?" "¿Quién dice a vuestra merced--dijo luego--que no se puede hacer? Hacerse puede, que ser imposible es otra cosa. Y si no fuera por dar pesadumbre a vuestra merced, le contara lo que es; pero allá se verá, que ahora lo pienso imprimir con otros trabajillos, entre los cuales le doy al rey modo de ganar a Ostende por dos caminos." Roguéle que los dijese, y, sacándole de las faldriqueras, me mostró pintado el fuerte del enemigo y el nuestro, y dijo: "Bien ve vuestra merced que la dificultad de todo está en este pedazo de mar; pues yo doy orden de chuparle todo con esponjas y quitarle de allí." Di yo con este desatino una gran risada; y él, mirándome a la cara, me dijo: "A nadie se lo he dicho que no haya hecho otro tanto; que a todos les da gran contento." "Ese tengo yo por cierto--le dije--de oír cosa tan nueva y tan bien fundada; pero advierta vuestra merced que ya que chupe el agua que hubiere entonces, tornará luego la mar a echar más." "No hará la mar tal cosa, que lo tengo yo eso por muy apurado--me respondió--; fuera de que yo tengo pensada una invención para hundir la mar por aquella parte doce estados."
No le osé replicar, de miedo que me dijese que tenía arbitrio para tirar el cielo acá abajo: no vi en mi vida tan gran orate. Decíame que Juanelo no había hecho nada; que él trazaba ahora de subir toda el agua del Tajo a Toledo de otra manera más fácil: y sabido lo que era dijo que por ensalmo. ¡Mire vuestra merced quién tal oyó en mundo! Y, al cabo, me dijo: "Y no lo pienso poner en ejecución si primero el rey no me da una encomienda, que la puedo tener muy bien, y tengo una ejecutoria muy honrada." Con estas pláticas, y desconciertos llegamos a Torrejón, donde se quedó, que venía a ver una parienta suya.
Yo pasé adelante, pereciéndome de risa de los arbitrios en que ocupaba el tiempo, cuando, Dios y en hora buena, desde lejos vi una mula suelta y un hombre junto a ella a pie que, mirando un libro, hacía unas rayas que medía con un compás. Daba vueltas y saltos a un lado y otro, y de rato en rato, poniendo un dedo encima de otro, hacía mil cosas saltando. Yo confieso que entendí por gran rato--que me paré desde algo lejos a verlo--que era encantador, y casi no me determinaba a pasar. Al fin me determiné, y, llegando cerca, sintióme; cerró el libro, y al poner el pie en el estribo resbalóse y cayó. Levántele, y díjome: "No tomé bien el medio de proporción para hacer la circunferencia al subir." Yo no entendí lo que me dijo, y luego temí lo que era, porque más desatinado hombre no ha nacido de las mujeres. Preguntóme si iba a Madrid por línea recta, o si iba por camino circunflejo. Y yo, aunque no le entendí, le dije que circunflejo. Preguntóme cúya era la espada que llevaba al lado; respondíle que mía y, mirándola, dijo: "Esos gavilanes habían de ser más largos para reparar los tajos que se forman sobre el centro de las estocadas." Y empezó a meter una parola tan grande, que me forzó a preguntarte qué materia profesaba. Díjome que él era diestro verdadero, y que lo haría bueno en cualquiera parte. Yo, movido a risa, le dije: "Pues en verdad que por lo que yo vi hacer a vuestra merced en el campo, que más le tenía por encantador, viendo los círculos." "Eso--me dijo--era que se me ofreció una treta por el cuarto círculo con el compás mayor, continuando la espada, para matar sin confesión al contrario, porque no diga quién lo hizo, y estaba poniéndolo en términos de matemática." "¿Es posible--le dije yo--que hay matemática en eso?" Dijo: "No solamente matemática, mas teología, filosofía, música y medicina." "Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en esa arte." "No os burléis--me dijo--, que ahora aprendéis la limpiadera contra la espada, haciendo los tajos mayores que comprehendan en sí las espirales de la espada." "No entiendo cosa de cuantas me decís, chica ni grande." "Pues este libro las dice--me respondió--, que se llama _Grandezas de la espada_, y es muy bueno y dice milagros. Y, para que lo creáis, en Rejas, que dormiremos, esta noche, con dos asadores me veréis hacer maravillas; y no dudéis que cualquier que leyere en este libro matará a todos los que quisiere." "O ese libro enseña a ser pestes a los hombres, o lo compuso--dije yo--algún doctor." "¿Cómo doctor? Bien lo entiende--me dijo--; es un gran sabio, y aún estoy por decir más."
En estas pláticas llegamos a Rejas. Apeámonos en una posada y, al apearnos, me advirtió con grandes voces que hiciese un ángulo obtuso con las piernas, y que, reduciéndolas a líneas paralelas, me pusiese perpendicular en el suelo. El huésped me vio reír y se rió. Preguntóme si era indio aquel caballero, que hablaba de aquella suerte. Pensé con esto perder el juicio. Llegóse luego al huésped, y díjole: "Señor, déme vuestra merced dos asadores para dos o tres ángulos, que al momento se los volveré." "¡Jesús!--dijo el huésped--. Déme acá vuestra merced los ángulos, que mi mujer los asará, aunque aves son que no las he oído nombrar." "Que no son aves--dijo volviéndose a mí--.¡Mire vuestra merced lo que es no saber! Déme los asadores, que no los quiero sino para esgrimir; que quizá le valdrá más lo que me viere hacer hoy que todo lo que ha ganado en su vida." En fin, los asadores estaban ocupados, y hubimos de tomar dos cucharones. No se ha visto cosa tan digna de risa en el mundo. Daba un salto, y decía: "Con este compás alcanzo más y gano los grados del perfil; ahora me aprovecho del movimiento remiso para matar el natural; ésta había de ser cuchillada y ésta, tajo." No llegaba a mí desde una legua, y andaba alderredor con el cucharón; y como yo me estaba quedo, parecían tretas contra olla que se sale, estando al fuego. Díjome: "Al fin, esto es lo bueno, y no las borracheras que enseñan estos bellacos maestros de esgrima, que no saben sino beber!"
No lo había acabado de decir cuando de un aposento salió un mulatazo mostrando las presas, con un sombrero injerto en guardasol, y un coleto de ante, bajo de una ropilla suelta y llena de cintas, zambo de piernas, a lo águila imperial; la cara, con un _per signum crucis de inimicis suis_; la barba, de ganchos, con unos bigotes de guardamano, y una daga con más rejas que un locutorio de monjas; y mirando al suelo, dijo: "Yo soy examinado y traigo la carta; y por el sol que calienta los panes, que haga pedazos a quien tratare mal a tanto buen hijo como profesa la destreza." Yo, que vi la ocasión, metíme en medio, y dije que no hablaba con él, y que así no tenía de qué picarse. "Meta mano a la blanca, si la trae, y apuremos cuál es verdadera destreza, y déjese de cucharones." El pobre de mi compañero abrió el libro, y dijo en altas voces: "Este libro lo dice, y está impreso con licencia del rey, y yo sustentaré que es verdad lo que dice, con el cucharón y sin el cucharón, aquí y en otra parte: y si no, midámoslo"; y sacó él compás y comenzó a decir: "Este ángulo es obtuso." Y entonces el maestro sacó la daga y dijo: "Yo no sé quién es Angulo, ni Obtuso, ni en mi vida oí decir tales hombres; pero con ésta en la mano le haré pedazos." Acometió al pobre diablo, el cual empezó a huir, dando saltos por la casa, diciendo: "No me puede herir, que le he ganado los grados del perfil." Metímoslos en paz el huésped y yo y otra gente que había, aunque de risa no me podía mover.
Metieron al buen hombre en su aposento, y a mí con él; cenamos, y acostámonos todos los de la casa, y a las dos de la mañana levántase en camisa y empieza a andar a oscuras por el aposento, dando saltos y diciendo en lengua matemática mil disparates. Despertóme a mí; y, no contento con esto, bajó al huésped para que le diese luz, diciendo que había hallado objeto fijo a la estocada sagita por la cuerda. El huésped se daba a los diablos de que lo despertase; y tanto le molestó, que le llamó loco. En esto amaneció, vestímonos todos y pagamos la posada. Hiciéronlos amigos a él y al maestro, el cual se apartó diciendo que lo que alegaba mi compañero era bueno; pero que hacía más locos que diestros, porque los más, por lo menos, no lo entendían.
Yo tomé mi camino para Madrid, y él se despidió de mí por ir diferente jornada.
Con esto caminé más de una legua que no topé persona. Iba yo pensando entre mí en las muchas dificultades que tenía para profesar honra y virtud, pues había menester tapar primero la poca de mis padres, y luego tener tanta, que me desconociesen por ella. Y parecíanme a mí estos pensamientos honrados, que yo me los agradecía a mí mismo. Decía a solas: "Más se me ha de agradecer a mí, que no he tenido de quién aprender virtud, que al que la hereda de sus abuelos." En estas razones y discursos iba, cuando topé un clérigo muy viejo en una mula, que iba camino de Madrid. Trabamos plática, y luego me preguntó que de adónde venía. Yo le dije que de Alcalá. "Maldiga Dios--dijo él--tan mala gente, pues faltaba entre tantos un hombre de discurso." Pregúntele que cómo o por qué se podía decir tal del lugar donde asistían tantos doctos varones, y él, muy enojado, dijo: "¿Doctos? Yo le diré a vuestra merced que tan doctos, que habiendo catorce años que hago yo en Majalahonda---donde he sido sacristán--las chanzonetas al Corpus y al Nacimiento, no me premiaron en el cartel unos cantarcitos que, por que vea vuestra merced la sinrazón que me hicieron, se los he de leer." Y comenzó desta manera:
Pastores, ¿no es lindo chiste, que es hoy el señor san Corpus Criste? Y es el día de las danzas en que el Cordero sin mancilla tanto se humilla, que visita nuestras panzas, y entre estas bienaventuranzas entra en el humano buche. Suene el lindo sacabuche, pues nuestro bien consiste. Pastores, ¿no es lindo chiste, etc.
"¿Qué pudiera decir más--me dijo--el mesmo inventor de los chistes? Mire qué misterios encierra aquella palabra _pastores_; más me costó de un mes de estudio." Yo no pude con esto tener la risa, que a borbollones se me salía por los ojos y narices, y dando una gran carcajada, dije: "¡Cosa admirable!; pero sólo reparo en que llama vuestra merced señor san Corpus Criste, Corpus Cristi no es santo, sino el día de la institución del Santísimo Sacramento." "¡Qué lindo es eso!--me respondió haciendo burla--.Yo le daré en el calendario, y está canonizado, y apostaré a ello la cabeza." No pude porfiar, perdido de risa de ver la suma ignorancia; antes le dije que eran dignas de cualquier premio y que no había leído cosa tan graciosa en mi vida. "¿No?--dijo al mismo punto--, pues oiga vuestra merced un pedacito de un librillo que tengo hecho a las once mil vírgenes, adonde a cada una he compuesto cincuenta octavas, cosa rica." Yo por excusarme de tanto millón de octavas, le supliqué no me dijese cosa a lo divino, y así me comenzó a recitar una comedia que tenía más jornadas que el camino de Jerusalén. Decíame: "Hícela en dos días, y este es el borrador", y sería hasta cinco manos de papel. El título era _El arca de Noé_. Hacíase toda entre gallos, ratones, jumentos, raposas y jabalíes, como fábulas de Isopo. Yo se la alabé la traza y la invención, a lo cual me respondió: "Ello cosa mía es pero no se ha hecho otra tal en el mundo, y la novedad es más que todo; y si yo salgo con hacerla representar, será cosa famosa." "¿Cómo se podrá representar--le dije yo--, si han de entrar los mismos animales, y ellos no hablan?" "Esa es la dificultad, que, a no haber ésa, ¿había cosa más alta? Pero yo tengo pensado hacerla toda de papagayos, tordos y picazas, que hablan; y meter para el entremés monas." "Por cierto, alta cosa es esa." Otras más altas he hecho yo--dijo--por una mujer a quien amo, y ve aquí novecientos y un soneto y doce redondillas--que parece que contaba escudos por maravedís--. Yo confieso la verdad, que, aunque me holgaba de oírle, tuve miedo a tantos versos malos, y así, comencé a echar la plática a otras cosas. Yo, por divertirle, le decía: "¿Ve vuestra merced aquella estrella que se ve de día?" A lo cual dijo: "En acabando éste le diré el soneto treinta, en que la llamo estrella, que no parece sino que sabe los intentos de ellos." Afligíme tanto con ver que no se podía nombrar cosa a que él no hubiese hecho algún disparate, que cuando vi que llegábamos a Madrid, no cabía de contento, entendiendo que de vergüenza callaría; pero fué al revés, que por mostrar lo que era alzó la voz en entrando por la calle. Yo le supliqué que lo dejase, poniéndole por delante que si los niños olían poeta no quedaría troncho que no se viniese por sus pies tras nosotros, por estar declarados por locos en una premática que había salido contra ellos, de uno que lo fue y se recogió a buen vivir. Pidióme que la leyese si la tenía, muy congojado. Prometí de hacerlo en la posada. Fuímos a una, adonde él se acostumbraba apear, y hallamos a la puerta más de doce ciegos; unos le conocieron por el olor, y otros por la voz; diéronle una barbanca de bienvenido. Abrazólos a todos y luego comenzaron unos a pedirle oración para el Justo Juez en verso grave y sentencioso, tal que provocase a gestos; otros pidieron de las Animas, y por aquí discurrieron, recibiendo ocho reales de señal de cada uno. Despidiólos, y díjome: "Más me han de valer de trescientos reales los ciegos. Y así, con licencia de vuestra merced, me recogeré ahora un poco para hacer alguna de ellas, y en acabando de comer oiremos la premática." ¡Oh vida miserable! Pues ninguna lo es más que la de los locos que ganan de comer con los que lo son.
Recogióse un rato a estudiar herejías y necedades para los ciegos. Entre tanto se hizo hora de comer; comimos, y luego pidióme se leyese la premática. Yo, por no haber otro quehacer, la saqué y la leí: la cual pongo aquí, por haberme parecido aguda y conveniente a lo que se quiso reprehender en ella. Decía de este tenor:
_Premática contra los poetas hueros, chirles y hebenes_.
Dióle al sacristán la mayor risa del mundo, y dijo: "¡Hablara yo para mañana! Por Dios que entendí hablaba conmigo, y es sólo contra los poetas hebenes." Cayóme a mí muy en gracia oírle decir esto, como si él fuera muy albillo o moscatel. Dejé el prólogo, y comencé el primer capítulo, que decía:
"Atendiendo a que este género de sabandijas que llaman poetas son nuestros prójimos y cristianos, aunque malos; viendo que todo el año adoran cejas, dientes, listones y zapatillas, haciendo otros pecados más enormes, mandamos que la Semana Santa recojan a todos los poetas públicos y cantoneros, y que los desengañen del yerro en que andan y procuren convertirlos.
"Item, habiendo considerado que esta secta infernal de hombres condenados a perpetuo concepto, despedazadores de vocablos y volteadores de razones, ha pegado el dicho achaque de poesía a las mujeres, declaramos que nos tenemos por desquitados con este mal que las hemos hecho del que nos hicieron al principio del mundo. Y porque aquél está pobre y necesitado, mandamos quemar las coplas de los poetas, como franjas viejas, para sacar el oro, plata y perlas, pues en los más versos hacen sus damas de todos metales." Aquí no lo pudo sufrir el sacristán, y levantándose en pie, dijo: "¡Mas no, sino quitarnos las haciendas! No pase vuestra merced adelante, que de eso pienso apelar, y no con las mil y quinientas, sino a mi juez, por no causar perjuicio a mi hábito y dignidad; y en prosecución de ella gastaré lo que tengo. Bueno es que yo, siendo eclesiástico, hubiese de padecer ese agravio. Yo probaré que las coplas de poeta clérigo no están sujetas a tal premática, y luego quiero ir a averiguarlo ante la justicia." En parte me dio gana de reír; pero por no detenerme--que se me hacía tarde--, le dije: "Señor, esta premática es hecha por gracia, que no tiene fuerza ni apremia, por estar falta de autoridad." "¡Oh pecador de mí!--dijo muy alborotado--. Avisara vuestra merced, que me hubiera ahorrado la mayor pesadumbre del mundo. ¿Sabe vuestra merced qué cosa es hallarse un hombre con ochocientas mil coplas de contado, y oír esto? Prosiga vuestra merced, y Dios se lo perdone el susto que me dió." Proseguí, diciendo:
"Item, por estorbar los grandes hurtos, mandamos que no se pasen coplas de Aragón a Castilla, ni de Italia a España, so pena de andar bien vestido el poeta que tal hiciese; y si reincide, de andar limpio una hora." Esto le cayó muy en gracia, porque traía él una sotana con canas, de puro vieja, y con tantas cascarrias, que para enterrarse no era menester más de estregársela encima; el manteo, podíanse con él estercolar dos heredades.
Y, por acabar, llegué al postrer capítulo, que decía así:
"Pero advirtiendo con ojos de piedad que hay tres géneros de gentes en la república tan sumamente miserables que no pueden vivir sin tales poetas, como son farsantes, ciegos y sacristanes, mandamos que pueda haber algunos oficiales de esta arte, con tal que tengan carta de examen de los caciques de los poetas que fueren en aquellas partes.
"Y, finalmente, mandamos a todos los poetas en común que se descarten de Júpiter, Venus, Apolo y otros dioses, so pena que los tendrán por abogados en la hora de la muerte."
A todos los que oyeron la premática pareció cuanto bien se puede decir, y todos me pidieron traslado de ella; sólo el sacristanejo comenzó a jurar por vida de las vísperas solemnes, _introibo_ y _kiries_, que era sátira contra él, por lo que decía de los ciegos, y que él sabía mejor lo que había de hacer que nadie. Y últimamente dijo: "Hombre soy yo que he estado en una posada con Liñán, y he comido más de dos veces con Espinel", y que había estado en Madrid tan cerca de Lope de Vega como lo estaba de mí, y que había visto a don Alonso de Ercilla mil veces, y que tenía en su casa un retrato del divino Figueroa, y que había comprado los gregüescos que dejó Padilla cuando se metió fraile, y que hoy día los traía y malos. Enseñólos, y dióles esto a todos tanta risa, que no querían salir de la posada.
Al fin, ya eran las dos; y como era forzoso el caminar, salimos de Madrid. Yo me despedí de él, aunque me pesaba, y comencé a caminar para el puerto. Quiso Dios que, por que no fuese pensando en mal, me topé con un soldado. Luego trabamos plática; preguntóme que si venía de la Corte. Dije que de paso había estado en ella. "No está para más--dijo luego--, que es pueblo para gente ruin; mas quiero ¡voto a Cristo! estar en un sitio, la nieve a la cinta, hecho un reloj, comiendo madera, que sufrir las supercherías que se hacen a un hombre de bien." A esto le dije yo que advirtiese que en la Corte había de todo, y que estimaban mucho a cualquier hombre de suerte. "¡Qué estimaban--dijo muy enojado--, si he estado yo seis meses pretendiendo una bandera, tras veinte años de servicios y haber perdido mi sangre en servicio del rey, como lo dicen estas heridas!" Y enseñóme una cuchillada de a palmo en las ingles; luego, en los calcañares, me enseñó otras dos señales, y dijo que eran balas; y yo saqué, por otras dos mías que tengo, que habían sido sabañones. Quitóse el sombrero y mostróme el rostro: calzaba diez y seis puntos de cara, que tantos tenía en una cuchillada que le partía las narices. Tenía otros tres chirlos, que se la volvían mapa a puras líneas. "Estas--me dijo--me dieron en París, en servicio de Dios y del rey, por quien veo trinchado mi gesto; y no he recibido sino buenas palabras, que ahora tienen lugar de malas obras. Lea estos papeles, por vida del licenciado, que no ha salido en campaña ¡voto a Cristo! hombre ¡vive Dios! tan señalado"; y decía verdad, porque lo estaba a puros golpes. Comenzó a sacar cañones de hoja de lata y a enseñarme papeles, que debían de ser de otro a quien había tomado el nombre. Yo los leí, y dije mil cosas en su alabanza, y que el Cid ni Bernardo no habían hecho lo que él. Saltó en esto, y dijo: "¿Cómo lo que yo? ¡Voto a Dios!, que ni García de Paredes, Julián Romero ni otros hombres de bien. ¡Pese al diablo! Sí, que entonces sí que no había artillería. ¡Voto a Dios!, que no hubiera Bernardo para una hora en este tiempo. Pregunte vuestra merced en Flandes por la hazaña del Mellado, y verá lo que le dicen." "¿Es vuestra merced acaso?"--le dije yo--. Y él me respondió: "¿Pues qué otro? ¿No ve la mella que tengo en los dientes? No tratemos de esto, que parece mal alabarse el hombre."