Part 10
[Don Toribio conduce al Buscón a casa de sus amigos, los caballeros chirles, quienes le admiten en su cofradía. Comienza don Pablos su nueva azarosa vida; pero su mala ventura quiso que un alguacil prendiese a la vieja que gobernaba y encubría a los estafadores, descubriéndose por ella toda la maraña, y dando con todos en la cárcel.
Logra salir de la prisión don Pablos, merced a su ingenio y al dinero que da a los carceleros.
Se suceden después diversos lances en los que sale siempre malparado, y decide encaminarse a Toledo, donde ni le conocían ni conocía a nadie.]
En una posada topé una compañía de farsantes que iban a Toledo; llevaban tres carros, y quiso Dios que entre los compañeros iba uno que lo había sido mío del estudio de Alcalá, y había renegado y metídose al oficio. Díjele lo que me importaba el ir allá y salir de la corte.
Al fin me hizo amistad--por mi dinero--de alcanzar de los demás lugar para que yo fuese con ellos.
Yo--acaso--comencé a representar un pedazo de la comedia de San Alejo, que me acordaba de cuando muchacho, y represéntelo de suerte que les di codicia; y sabiendo, por lo que yo le dije a mi amigo que iba en la compañía, mis desgracias y descomodidades, díjome que si quería entrar en la danza con ellos. Encareciéronme tanto la vida de la farándula, y yo, que tenía necesidad de arrimo, concertéme por dos años con el autor; hícele escritura de estar con él, y dióme mi ración y representaciones, y con tanto llegamos a Toledo. Diéronme que estudiase tres o cuatro loas, y papeles de barba, que los acomodaba bien con mi voz. Yo puse cuidado en todo, y eché la primera loa en el lugar; era de una nave--de lo que son todas--que venía destrozada y sin provisión; decía lo de: "Este es el puerto"; llamaba a la gente _senado_; pedía perdón de las faltas y silencio, y éntreme. Hubo un vítor de rezado, y al fin parecí bien en el teatro. Representamos una comedia de un representante nuestro, que yo me admiré de que fuesen poetas, porque pensaba que el serlo era de hombres muy doctos y sabios, y no de gente tan sumamente lega; y está ya de manera esto, que no hay autor que no escriba comedias, ni representante que no haga su farsa de moros y cristianos; que me acuerdo yo antes, que si no eran comedias del buen Lope de Vega y Ramón, no había otra cosa. Al fin, la comedia se hizo el primer día, y no la entendió nadie; al segundo empezárnosla y quiso Dios que empezaba por una guerra, y salía yo armado y con rodela, que si no, a manos de mal membrillo, tronchos y badeas acabo. No se ha visto tal torbellino; y ello merecíalo la comedia, porque traía un rey de Normandía sin propósito en hábito de ermitaño, y metía dos lacayos por hacer reír, y al desatar de la maraña no había más de casarse todos y allá vas. Al fin tuvimos nuestro merecido. Tratamos mal al compañero poeta; y yo, diciéndole que mirase de la que nos habíamos escapado y escarmentase, díjome que no era suyo nada de la comedia, sino que de un paso de uno, y otro de otro había hecho la capa de pobre, de remiendo, y que el daño no había estado sino en lo mal zurcido.
No me pareció mal la traza, y yo confieso que me incliné a ella por hallarme con algún natural a la poesía, y más que tenía ya conocimiento con algunos poetas y había leído a Garcilaso; y así, determiné de dar en el arte. Y con esto y representar pasaba la vida; que pasado un mes que había que estábamos en Toledo haciendo muchas comedias buenas, y también enmendando el yerro pasado--que con esto ya yo tenía nombre, y había llegado a llamarme _Alonsete_, porque yo había dicho llamarme Alonso; y por otro nombre me llamaban el _Cruel_, por serlo una figura que había hecho con gran aceptación de los mosqueteros y chusma vulgar--, tenía ya tres pares de vestidos y autores que me pretendían sonsacar de la compañía. Hablaba ya de entender de la comedia, murmuraba de los famosos, reprehendía los gestos a Pinedo, daba mi voto en el reposo natural de Sánchez, llamaba bonico a Morales, pedíanme el parecer en el adorno de los teatros y trazar las apariencias. Si alguno venía a leer comedia, yo era el que la oía. Al fin, animado con este aplauso, estréneme como poeta en un romancico, y luego hice un entremés, y no pareció mal.
Atrevíme a una comedia, y porque no escapase de ser divina cosa, la hice de Nuestra Señora del Rosario.
Estaba viento en popa con estas cosas, rico y próspero, y tal, que casi aspiraba ya a ser autor.
Sucedióme un día la mejor cosa del mundo, que, aunque es en mi afrenta, la he de contar. Yo me recogía en mi posada, el día que escribía comedia, al desván; y allí me estaba y allí comía. Subía una moza con la vianda y dejábamela allí. Yo tenía por costumbre escribir representando recio, como si lo hiciera en el tablado. Ordena el diablo que a la hora y punto que la moza iba subiendo por la escalera--que era angosta y oscura--con dos platos y olla, yo estaba en un paso de una montería, y daba grandes gritos componiendo mi comedia: decía:
Guarda el oso, guarda el oso, que me deja hecho pedazos, y baja tras ti furioso.
¿Qué entendió la moza--que era gallega--como oyó decir "baja tras ti" y "me deja"? Que era verdad y que la avisaba; va a huir, y con la turbación písase la saya y rueda toda la escalera; derrama la olla y quiebra los platos, y sale dando gritos a la calle, diciendo que mataba un oso a un hombre. Y por presto que yo acudí, ya estaba toda la vecindad conmigo, preguntando por el oso; y aun contándoles yo como había sido ignorancia de la moza--porque era lo que he referido de la comedia--, aún no lo querían creer. No comí aquel día; supiéronlo los compañeros, y fué celebrado el cuento en la ciudad. Y de estas cosas me sucedieron muchas mientras perseveré en el oficio de poeta y no salí del mal estado.
Sucedió, pues, que mi autor--que siempre paran en esto--, sabiendo que en Toledo le había ido bien, le ejecutaron por no sé qué deudas, y le pusieron en la cárcel; con lo cual nos desmembramos todos, y echó cada uno por su parte. Yo--si va a decir verdad--, aunque los compañeros me querían guiar a otras compañías, como no aspiraba a semejantes oficios, y el andar en ellos era por necesidad, viéndome con dineros y bien puesto, no traté más que de holgarme.
Despedíme de todos; tomé mi camino para Sevilla, donde, como en tierra más ancha, quise probar ventura.
Pasé el camino de Toledo a Sevilla prósperamente. Fuíme luego a apear al mesón del Moro, donde me topó un condiscípulo mío de Alcalá, que se llamaba Mata, y ahora se decía--por parecerle nombre de poco ruido--Matorral. Trataba en vidas, y era tendero de cuchilladas, y no le iba mal. Traía la muestra de ellas en su cara, y por las que le habían dado concertaba tamaño y hondura de las que había de dar; decía: "No hay tal maestro como el bien acuchillado"; y tenía razón, porque la cara era una cuera y él un cuero. Díjome que me había de ir a cenar con él y otras camaradas, y que ellos me volverían al mesón.
Fuí, llegamos a su posada, y dijo: "Ea, quite la capa vucé y parezca hombre, que verá esta noche todos los buenos hijos de Sevilla; abaje ese cuello y agobie de espaldas, la capa caída--que siempre andamos nosotros de capa caída--y ese hocico de tornillo, gestos a un lado y a otro, y haga vucé de la _j_, _h_, y de la _h, j;_ y diga conmigo: _jerida, mojino, jumo, pahería, mohar, habalí_ y _harro_ de vino." Tomélo de memoria. Prestóme una daga, que en lo ancho era alfanje, y en lo largo no se llamaba espada, que bien podía. "Bébase--me dijo---esta media azumbre de vino puro; que si no da vaharada no parecerá valiente." Estando en esto, y yo con lo bebido atolondrado, entraron cuatro de ellos con cuatro zapatos de gotosos por caras, andando a lo columpio, no cubiertos con las capas, sino fajados por los lomos, los sombreros empinados sobre las frentes, altas las faldillas de delante, que parecían diademas, un par de herrerías enteras por guarniciones de dagas y espadas, las conteras en conversación con el calcañar derecho, los ojos derribados, la vista fuerte, bigotes buídos a lo cuerno y barbas turcas, como caballos. Hiciéronnos un gesto con la boca, y luego a mi amigo le dijeron--con voces mohínas, sisando palabras--: "Seidor." "So compadre", respondió mi ayo. Sentáronse; y para preguntar quién era yo, no hablaron palabra, sino el uno miró a Matorrales, y abriendo la boca y empujando hacia mí el labio de abajo, me señaló; a lo cual mi maestro de novicios satisfizo empuñando la barba y mirando hacia abajo; y con esto, con mucha alegría se levantaron todos, y me abrazaron e hicieron muchas fiestas, y yo de la propia manera a ellos, que fué lo mesmo que si catara cuatro diferentes vinos. Llegó la hora de cenar; vinieron a servir a la mesa unos grandes picaros, que los bravos llaman _cañones_. Sentámonos todos juntos a la mesa: aparecióse luego el alcaparrón, y con esto empezaron--por bienvenido--a beber a mi honra, que yo de ninguna manera, hasta que la vi beber, no entendí que tenía tanta. Vino pescado y carne, y todo con apetitos de sed. Estaba una artesa en el suelo toda llena de vino, y allí se echaba de bruces el que quería hacer la razón: contentóme la penadilla. A dos veces no hubo hombre que conociese al otro. Empezaron pláticas de guerra; menudeábanse los juramentos; murieron de brindis a brindis veinte o treinta sin confesión. Recetáronsele al asistente mil puñaladas: tratóse de la buena memoria de Domingo Tiznado y Gayón; derramóse vino en cantidad al alma de Escamilla. Los que las cogieron tristes lloraron tiernamente al malogrado Alonso Alvarez. Ya a mi compañero con estas cosas se le desconcertó el reloj de la cabeza, y dijo, algo ronco, tomando un pan con las dos manos y mirando a la luz: "Por ésta, que es la cara de Dios, y por aquella luz que salió por la boca del ángel, que si vucedes quieren, que esta noche hemos de dar al corchete que siguió al pobre Tuerto." Levantóse entre ellos alarido disforme, y sacando las dagas, lo juraron, poniendo las manos cada uno en un borde de la artesa; y echándose sobre ella de hocicos, dijeron: "Así como bebemos este vino, hemos de beber la sangre a todo acechador." "¿Quién es este Alonso Alvarez--pregunté--, que tanto se ha sentido su muerte?" "Mancebo--dijo el uno--lidiador ahigadado, mozo de manos y buen compañero. Vamos; que me retientan los demonios." Con esto salimos de casa a montería de corchetes.
Yo, como iba entregado al vino, y había renunciado en su poder mis sentidos, no advertí al riesgo que me ponía. Llegamos a la calle de la Mar, donde encaró con nosotros la ronda. No bien la columbraron, cuando sacando las espadas, la embistieron. Yo hice lo mismo, y limpiamos dos cuerpos de corchetes de sus malas ánimas al primer encuentro. El alguacil puso la justicia en sus pies, apeló por la calle arriba dando voces; no lo pudimos seguir, por haber cargado delantero. Y al fin nos acogimos a la iglesia Mayor, donde nos amparamos del rigor de la justicia, y dormimos lo necesario para espumar el vino que hervía en los cascos. Y vueltos ya en nuestro acuerdo, me espantaba yo de ver que hubiese perdido la justicia dos corchetes y huído el alguacil de un racimo de uva, que entonces lo éramos nosotros. Pasábamoslo en la iglesia notablemente, súpome bien y mejor que todas esta vida, hasta morir. Estudié la jacarandina, y a pocos días era rabí de los otros rufianes. La justicia no se descuidaba de buscarnos; rondábanos la puerta; pero con todo, de media noche abajo rondábamos disfrazados.
Yo, que vi que duraba mucho este negocio, y más la fortuna en perseguirme--no de escarmentado, que no soy tan cuerdo, sino de cansado, como obstinado pecador--, determiné de pasarme a Indias a ver si mudando mundo y tierra mejoraría mi suerte. Y fuéme peor, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres.
[Ilustración: ]
MATEO ALEMÁN
GUZMÁN DE ALFARACHE
(Parte I, libro I, capítulo III.)
Era yo muchacho, vicioso y regalado, criado en Sevilla, sin castigo de padre, la madre viuda, cebado a torreznos, molletes y mantequillas y sopas de miel rosada, mirado y adorado más que hijo de mercader de Toledo, o tanto; hacíaseme de mal dejar mi casa, deudos y amigos, demás que es dulce amor el de la patria. Siéndome forzoso no pude excusarlo; alentábame mucho el deseo de ver mundo, ir a reconocer en Italia mi noble parentela; salí, que no debiera (bien pude decir), tarde y con mal; creyendo hallar copioso remedio, perdí el poco que tenía; sucedióme lo que al perro con la sombra de la carne. Apenas había salido de la puerta, cuando, sin poderlo resistir, dos Nilos reventaron de mis ojos que, regándome el rostro en abundancia, quedó todo de lágrimas bañado; esto y querer anochecer no me dejaban ver cielo ni palmo de tierra por donde iba.
Cuando llegué a San Lázaro, que está de la ciudad poca distancia, sentéme en la escalera o gradas por donde suben a aquella devota ermita. Allí hice de nuevo alarde de mi vida y discursos della; quisiera volverme, por haber salido mal apercibido, con poco acuerdo y poco dinero para viaje tan largo, que aun para corto no llevaba, y sobre tantas desdichas (que cuando comienzan vienen siempre muchas, y enzarzadas unas de otras como cerezas) era viernes en la noche y algo escura, no había cenado ni merendado; si fuera día de carne, que a la salida de la ciudad, aunque fuera naturalmente ciego, el olor me llevara en alguna pastelería a comprar un pastel con que me entretuviera y enjugara el llanto, el mal fuera menos.
Entonces eché de ver cuánto se siente más el bien perdido y la diferencia que hace del hambriento el harto; todos los trabajos comiendo se pasan; donde la comida falta, no hay bien que llegue ni mal que no sobre, gusto que dure ni contento que asista; todos riñen sin saber por qué, ninguno tiene culpa, unos a otros se la ponen, todos trazan y son quimeristas, todo es entonces gobierno y filosofía.
Vime con ganas de cenar y sin qué poder llegar a la boca, salvo agua fresca de una fuente que allí estaba; no supe qué hacer ni a qué puerta echar; lo que por una parte me daba osadía, por otra me acobardaba; hallábame entre miedos y esperanzas, el despeñadero a los ojos, y lobos a las espaldas; anduve vacilando; quise ponerlo en las manos de Dios; entré en la iglesia; hice mi oración, breve, pero no sé si devota; no me dieron lugar para más, por ser hora de cerrarla y recogerse.
Cerróse la noche, y con ella mis imaginaciones, mas no los manantiales y llanto; quédeme con él dormido, sobre un poyo del portal, acá fuera; no sé qué lo hizo, si es que por ventura las melancolías quiebran el sueño, como lo dió a entender el montañés que, llevando a enterrar a su mujer, iba en piernas, descalzo y el sayo al revés, lo de dentro afuera. En aquella tierra están las casas apartadas, y algunas muy lejos de la iglesia, y pasando por la taberna vió que vendían vino blanco; fingió quererse quedar a otra cosa y dijo: "Anden, señores, con la malograda, que en un trote les alcanzo." Así se entró en la taberna, y de un sorbito en otro emborrachóse y quedóse dormido; cuando los del acompañamiento volvieron del entierro y lo hallaron tendido en el suelo, lo llamaron; él, recordando, les dijo: "Mal hora, señores, perdonen sus mercedes, que ma Dios non hay así cosa que tanta sed y sueño poña como sinsaborios."
Así yo, que ya era del sábado el sol salido casi con dos horas cuando vine a saber de mí; no sé si despertara tan presto, si los panderos y bailes de unas mujeres que venían a velar aquel día (con el tañer y cantar) no me recordaran.
Levantéme, aunque tarde, hambriento y soñoliento, sin saber dónde estaba, que aún me parecía cosa de sueño; cuando vi que eran veras, dije entre mí: "Echada está la suerte, vaya Dios conmigo", y con resolución comencé mi camino; pero no sabía para dónde iba ni en ello había reparado.
Tomé por el uno que me fué más hermoso, fuera donde fuera; los pies me llevaban, yo los iba siguiendo, saliera bien o mal, a monte o a poblado.
Quísome parecer a lo que aconteció en la Mancha con un médico falso: no sabía letra ni había nunca estudiado; traía consigo gran cantidad de recetas, a una parte de jarabes y otra de purgas, y cuando visitaba algún enfermo (conforme al beneficio que le había de hacer), metía la mano y sacaba una, diciendo primero entre sí: "Dios te la depare buena", y así le daba la con que primero encontraba.
Este día, cansado de andar solas dos leguas pequeñas (que para mí eran las primeras que había caminado), ya me pareció haber llegado a los antípodas y, como el famoso Colón, descubierto un nuevo mundo. Llegué a una venta sudando, polvoroso, despeado, triste y, sobre todo, el molino picado, el diente agudo y el estómago débil. Sería mediodía; pedí de comer; dijeron que no había sino sólo huevos; no tan malo si lo fueran, que a la bellaca de la ventera, con el mucho calor, o que la zorra le matase la gallina, se quedaron empollados, y por no perderlo todo los iba encajando con otros buenos; no lo hizo así conmigo, que cuales ella me los dió le pague Dios la buena obra.
Vióme muchacho, boquirrubio, cariampollado, chapetón; parecíle un Juan de buena alma, y que para mí bastara que quiera. Preguntóme: "¿De dónde sois, hijo?", díjele que de Sevilla; llegóseme más, y dándome con su mano unos golpecitos debajo de la barba, me dijo: "Y ¿adónde va el bobito?" Díjele que iba a la corte, que me diese de comer. Hízome sentar en un banquillo cojo, y encima de un poyo me puso un barredero de horno, con un salero hecho de un suelo de cántaro, un tiesto de gallinas lleno de agua y una media hogaza más negra que los manteles. Luego me sacó en un plato una tortilla de huevos, que pudiera llamarse mejor emplastro de huevos: ellos, el pan, jarro, agua, salero, sal, manteles y la huéspeda, todo era de lo mismo.
Halléme bozal, el estómago apurado, las tripas de posta, que se daban unas con otras de vacías; comí como el puerco la bellota, todo a hecho, aunque verdaderamente sentía crujir entre los dientes los tiernecitos huesos de los sin ventura pollos, que era hacerme como cosquillas en las encías. Bien es verdad que se me hizo novedad y aun en el gusto, que no era como el de los otros huevos que solía comer en casa de mi madre; mas dejé pasar aquel pensamiento con la hambre y el cansancio, pareciéndome que la distancia de la tierra lo causaba, y que no eran todos de un sabor ni calidad; yo estaba de manera que aquello tuve por buena suerte.
Tan propio es al hambriento no reparar en salsas, como al necesitado salir a cualquier partido; era poco; pasélo presto con las buenas ganas; en el pan me detuve algo más, comílo a pausas, porque siendo muy malo, fué forzoso llevarlo despacio, dando lugar unos bocados a otros que bajasen al estómago por su orden; comencélo por las cortezas y acabélo con el migajón, que estaba hecho engrudo; mas tal cual no le perdoné letra, ni les hice a las hormigas migaja de cortesía, más que si fuera poco y bueno.
Recobréme con esto, y los pies cansados de llevar el vientre, aunque vacío y de poco peso, ya, siendo lleno y cargado, llevaba a los pies; y así, proseguí mi camino.
(Parte I, libro III, capítulo X.)
Entré a servir al embajador de Francia. Mucho se deseaba servir de mí. En resolución, allá me fuí; hacíame buen tratamiento. No me señaló plaza ni oficio, generalmente le servía, y generalmente me pagaba, porque o él me lo daba o en su presencia yo me lo tomaba en buen donaire; y, hablando claro, yo era su gracioso, aunque otros me llamaban truhán, chocarrero.
Cuando teníamos convidados (que nunca faltaban), a los de cumplimiento servíamos con gran puntualidad, desvelando los ojos en los suyos; mas a otros importunos, necios, enfadosos, que sin ser llamados venían, a los tales hacíamos mil burlas; a unos dejándolos sin beber, que parecía que los criábamos como melones de secano; a otros dándoles a beber poco y con tazas penadas; a otros, muy aguado; a otros, caliente. Los manjares que gustaban alzábamos el plato; servíamosles con salado, acedo y mal sazonado; buscábamos invención para que les hiciese mal provecho por aventarlos de casa.
Una vez aconteció que como un inglés hubiese dicho ser pariente del embajador, y tuviese costumbre de venírsenos a casa cada día, mi amo se enfadaba, porque, demás de no ser su deudo, no tenía calidades ni sangre noble y, sobre todo, era en su conversación impertinente y cansado.
Hombres hay que aporrean un alma con sólo mirarlos, y otros que se meten en ella, dejándose querer, sin ser en las manos del uno ni en el poder del otro el odio ni el amor; pero éste parecía todo de plomo, mazo sordo.
Una noche, al principio de la cena, comenzó a desvanecerse con mil mentiras, de que el embajador se enfadó mucho; y no pudiéndolo sufrir, me dijo en español, que el otro no entendía: "Mucho me cansa este loco." No lo dijo a tonto ni a sordo, luego lo tomé a destajo; fuíle sirviendo con picantes que llamaban a gran priesa; era el vino suavísimo; la copa, grande, iba menudeando de polvillo en polvillo, se levantó una polvareda de la maldición. Cuando lo vi rendido y a treinta con rey, quitéme una liga y púsele una lazada floja en la garganta del pie, atando el cabo con el de la silla, y levantados los manteles, cuando se quiso ir a su posada, no tan presto se alzó del asiento como estaba en el suelo, hechas las muelas y los dientes, y aun deshechas las narices; de manera que, vuelto en sí otro día y viendo su mal recaudo, de corrido no volvió más a casa.
Bien me fué con éste, porque sucedió como deseaba; mas no todos los lances salen ciertos; algunos hay que pican y se llevan el cebo, dejando burlado al pescador y el anzuelo vacío, como me aconteció con un soldado español de más de la marca.
Oye lo que con él nos pasó: entrósenos en casa a mediodía, cuando el embajador quería comer, y, llegándose a él, dijo ser un soldado natural de Córdoba, caballero principal della, y que tenía necesidad, y así le suplicaba se la favoreciese haciéndole merced. El embajador sacó un bolsico donde tenía unos escudos y, sin abrirlo, se lo dió, por parecerle que sería lo que significaba; no contento con esto deteníase contándole quién era y las ocasiones en que se había hallado de lance en lance.
[Ilustración: "...no tan presto se alzó del asiento como estaba en el suelo...."]
Como el embajador se fué a sentar a la mesa, él hizo lo mesmo, llegando una silla se puso a un lado; yo iba por la vianda, y veo que otros dos gerifaltes como él entraban por el corredor, y como lo vieron comiendo, dijo el uno al otro: "¡Voto a tal!, que parece que el pecado nos ata los pies, que siempre este chocarrero nos gana por la mano; que su padre no se hartó de calzarme borceguíes en Córdoba, donde tiene su ejecutoria en el techo de la iglesia mayor; ésta es la desventura nuestra, que si pasamos veinte caballeros a Italia, vienen cien infames cual éste a quererse igualar, haciéndose de los godos; como entienden que no los conocen, piensan que engomándose el bigote y arrojando cuatro plumas han alcanzado la nobleza y valentía, siendo unos infames gallinas, pues no pelean plumas ni bigotes, sino corazones y hombres; vámonos, que yo le haré que desocupe nuestros cuarteles y busque rancho."
Fuéronse y quedé considerando cuáles eran todos tres y cómo se honraban. Con los dos me indigné, pareciéndome fanfarrones y por su mal término en hablar, infamando al que se deseaba honrar sin ajena costa ni perjuicio, y con el huésped cobré gran ira por su demasiado atrevimiento: debiérase contentar con lo que le habían dado, sin ser desvergonzado, poniéndose a la tabla con semejante desenvoltura. Dióme deseo de burlarlo y aprovechóme poco, pues pensando ir por lana volví trasquilado, no saliendo con mi intento.