Part 2
--¡Una carta mía!---exclamó más agitada la Condesa---Yo no he escrito carta ninguna. ¿Y para qué había de escribirla?
--Señora, vea usted,--repuso el joven sacando la carta y mostrándosela;--es su letra, su misma letra.
--¡Dios mío! ¡Qué infernal maquinación!---dijo la dama con desesperación. ---Yo no he escrito esa carta. Es un lazo que me tienden.
--Señora, cálmese usted. Yo siento mucho.
--Sí; lo comprendo todo. Ese hombre infame. Ya sospecho cual habrá sido su idea. Salga usted al instante. Pero ya es tarde; ya siento la voz de mi marido.
En efecto, una voz atronadora se sintió en la habitación inmediata, y al poco rato entró el Conde, que fingió sorpresa de ver al galán, y después riendo con cierta afectación, le dijo:
--¡Oh! Rafael, usted por aquí... ¡Cuánto tiempo!... Venía usted á acompañar á Antonia... Con eso nos acompañará á tomar el té.
La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra. El jóven, en su perplejidad, apenas acertó á devolver al Conde su saludo. Ví que entraron y salieron criados; ví que trajeron un servicio de té y desaparecieron después, dejando solos á los tres personajes. Iba a pasar algo terrible.
Sentáronse: la Condesa parecía difunta, el Conde afectaba una hilaridad aturdida, semejante á la embriaguez, y el jóven callaba, contestándole sólo con monosílabos. Sirvió el té, y el Conde alargó á Rafael una de las tazas, no una cualquiera, sino una determinada. La Condesa miró aquella taza con tal expresión de espanto, que pareció echar en ella todo su espíritu. Bebieron en silencio, acompañando la poción con muchas variedades de las sabrosas pastas Huntley and Palmers, y otras menudencias propias de tal clase de cena. Después el Conde volvió á reir con la desaforada y ruidosa expansión que le era peculiar aquella noche, y dijo:
--¡Cómo nos aburrimos! Usted, Rafael, no dice una palabra. Antonia, toca algo. Hace tanto tiempo que no te oimos. Mira... aquella pieza de Gorstchack que se titula Morte... La tocabas admirablemente. Vamos, ponte al piano.
La Condesa quiso hablar; érale imposible articular palabra. El Conde la miró de tal modo, que la infeliz cedió ante la terrible expresión de sus ojos, como la paloma fascinada por el boa constrictor. Se levantó dirigiéndose al piano, y ya allí, el marido debió decirle algo que la aterró más, acabando de ponerla bajo su infernal dominio. Sonó el piano, heridas á la vez multitud de cuerdas, y corriendo de las graves á las agudas, las manos de la dama despertaron en un segundo los centenares de sonidos que dormían mudos en el fondo de la caja. Al principio era la música una confusa reunión de sones que aturdía en vez de agradar; pero luego serenóse aquella tempestad, y un canto fúnebre y temeroso como el Dies irae surgió de tal desorden. Yo creía escuchar el son triste de un coro de cartujos, acompañado con el bronco mugido de los fagots. Sentíanse después ayes lastimeros como nos figuramos han de ser los que exhalan las ánimas, condenadas en el purgatorio á pedir incesantemente un perdón que ha de llegar muy tarde.
Volvían luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se encabritaban unas sobre otras como disputándose cuál ha de llegar primero. Se hacían y deshacían los acordes, como se forma y desbarata la espuma de las olas. La armonía fluctuaba y hervía en una marejada sin fin, alejándose hasta perderse, y volviendo más fuerte en grandes y atropellados remolinos.
Yo continuaba extasiado oyendo la música imponente y magestuosa; no podía ver el semblante de la condesa, sentada de espaldas á mí; pero me la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que llegué á pensar que el piano se tocaba solo.
El jóven estaba detrás de ella, el conde á su derecha, apoyado en el piano. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle; pero debía encontrar expresión muy horrenda en los ojos de su consorte, porque tornaba á bajar los suyos y seguía tocando. De repente el piano cesó de sonar y la Condesa dió un grito.
En aquel instante sentí un fortísimo golpe en un hombro, me sacudí violentamente y desperté.
V
En la agitación de mi sueño había cambiado de postura y me había dejado caer sobre la venerable inglesa que á mi lado iba.
--¡Aaah! usted... sleeping... molestar... mi dijo con avinagrado mohin, mientras rechazaba mi paquete de libros que había caído sobre sus rodillas.
--Señora... es verdad... me dormí,--contesté turbado al ver que todos los viajeros se reían de aquella escena.
--¡Ooo!... yo soy... going... to decir al coachman... usted molestar... mi... usted, caballero... very shocking,--añadió la inglesa en su jerga ininteligible: ¡Ooh! usted creer... my body es... su cama for usted...to sleep. ¡Ooh! sir, you are a stupid ass.
Al decir esto, la hija de la Gran Bretaña, que era de sí bastante amoratada, estaba lo mismo que un tomate. Creyérase que la sangre agolpada á sus carrillos y á su nariz á brotar iba por sus candentes poros. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si me quisiera roer. Le pedí mil perdones por mi sueño descortés, recogí mi paquete y pasé revista á las nuevas caras que dentro del coche había. Figúrate, ¡oh cachazudo y benévolo lector! cuál sería mi sorpresa cuando ví frente á mí ¿á quién creeráa? al jóven de la escena soñada, al mismo D. Rafael en persona. Me restregué los ojos para convencerme de que no dormía, y en efecto, despierto estaba, y tan despierto como ahora.
Era él, el mismo, y conversaba con otro que á su lado iba. Puse atención y escuché con toda mi alma.
--¿Pero tú no sospechaste nada? le decía el otro.
--Algo, sí; pero callé. Parecía difunta; tal era su terror. Su marido la mandó tocar el piano y ella no se atrevió á resistir. Tocó como siempre, de una manera admirable, y oyéndola llegué á olvidarme de la peligrosa situación en que nos encontrábamos. A pesar de los esfuerzos que ella hacía para aparecer serena, llegó un momento en que le fué imposible fingir más. Sus brazos se aflojaron, y resbalando de las teclas echó la cabeza atrás y dio un grito. Entonces su marido sacó un puñal, y dando un paso hácia ella exclamó con furia: «Toca ó te mato al instante.» Al ver esto hirvió mi sangre toda: quisé echarme sobre aquel miserable; pero sentí en mi cuerpo una sensación que no puedo pintarte; creí que repentinamente se había encendido una hoguera en mi estómago; fuego corría por mis venas; las sienes me latieron, y caí al suelo sin sentido.
--Y antes ¿no conocístes los síntomas del envenenamiento? le preguntó el otro.
--Notaba cierta desazón y sospeché vagamente, pero nada más. El veneno estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me mató, aunque sí me ha dejado una enfermedad para toda la vida.
--Y después que perdiste el sentido, ¿qué pasó?
Rafael iba á contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras pendiera un secreto de vida ó muerte, cuando el coche paró.
--¡Ah! ya estamos en los Consejos; bajemos--dijo Rafael.
¡Qué contrariedad! Se marchaban, y yo no sabía el fin de la historia.
--Caballero, caballero, una palabra--dijé al verlos salir.
El jóven se detuvo y me miró.
¿Y la Condesa? ¿Qué fué de esa señora? pregunté con mucho afan.
Una carcajada general fué la única respuesta. Los dos jóvenes riéndose también, salieron sin contestarme palabra. El único ser vivo que conservó su serenidad de esfinge en tal cómica escena fué la inglesa, que indignada de mis extravagancias, se volvió á los demás viajeros diciendo:
--¡Oooh! A lunatic fellow.
VI
El coche seguía, y á mí me abrasaba la curiosidad por saber que había sido de la desdichada Condesa. ¿La mató su marido? Yo me hacía cargo de las intenciones de aquel malvado. Ansioso de gozarse en su venganza, como todas las almas crueles, quería que su mujer presenciase, sin dejar de tocar, la agonía de aquel incauto joven llevado allí por una vil celada de Mudarra.
Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados esfuerzos para mantener su serenidad, sabiendo que Rafael había bebido el veneno. ¡Trágica y espeluznante escena!--pensaba yo, más convencido cada vez de la realidad de aquel suceso--¡y luego dirán que estas cosas sólo se ven en las novelas!
Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entró una mujer que traía un perrillo en sus brazos. Al instante reconocí al perro que había visto recostado á los piés de la Condesa; era el mismo, la misma lana blanca y fina, la misma mancha negra en una de sus orejas. La suerte quiso que aquélla mujer se sentara á mi lado. No pudiendo yo resistir la curiosidad, le pregunté:
--¿Es de usted ese perro tan bonito?
--¿Pues de quién ha de ser? ¿Le gusta á usted?
Cogí una de las orejas del inteligente animal para hacerle una caricia; pero él, insensible á mis demostraciones de cariño, ladró, dió un salto y puso sus patas sobre las rodillas de la inglesa, que me volvió á enseñar sus dos dientes como queriéndome roer, y exclamó:
--¡Oooooh! usted... unsupportable.
--¿Y dónde ha adquirido usted ese perro?--pregunté sin hacer caso de la nueva explosión colérica de la mujer británica. ¿Se puede saber?
--Era de mi señorita.
--¿Y qué fué de su señorita?--dije con la mayor ansiedad.
--¡Ah! ¿Usted la conocía?--repuso la mujer.--Era muy buena, ¿ver- dá uste?
--¡Oh! excelente... Pero ¿podría yo saber en qué paró todo aquéllo?
--De modo que usted está enterado, usted tiene moticias...
--Sí, señora... He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del té... pues. Y diga usted ¿murió la señora?
--¡Ah! sí, señor; está en la gloria.
--¿Y cómo fué eso? ¿La asesinaron, ó fué á consecuencia del susto?
--¡Qué asesinato, ni qué susto!--dije con expresión burlona--usted no está enterado. Fué que aquella noche había comido no se qué, pues ... y le hizo daño... Le dió un desmayo que le duró hasta el amanecer.
--Bah--pensé yo--esta no sabe una palabra del incidente del piano y del veneno, ó no quiere darse por entendida.
Después dije en alta voz:
--¿Con que fué de indigestión?
--Sí, señor. Yo le había dicho aquella noche: «señora: no coma usted esos mariscos»; pero no me hizo caso.
--Con que mariscos ¿eh?--dije con incredulidad.--Si sabré yo lo que ha ocurrido.
--¿No lo cree usted?
--Sí, sí--repuse aparentando creerlo.--¿Y el Conde... su marido, el que sacó el puñal cuando tocaba el piano?
La mujer me miró un instante y después soltó la risa en mis propias barbas.
--¿Se rie usted...? ¡Bah! ¿Piensa usted que no estoy perfectamente enterado? Ya comprendo, usted no quiere contar los hechos como realmente son. Ya se vé, como habrá causa criminal?...
--Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa.
--¿No era el ama de ese perro la señora Condesa, á quien el mayor- domo Mudarra...
La mujer volvió á soltar la risa con tal estrépito, que me descon- certé diciendo para mi capote: Esta debe de ser cómplice de Mudarra, y naturalmente ocultará todo lo que pueda.
--Usted está loco--añadió la desconocida.
--Lunatic, lunatic. I'm suffocated... ¡Oooh my God!
--Si, lo sé todo: vamos, no me lo oculte usted. Dígame de qué murió la señora Condesa.
--¡Qué condesa ni qué ocho cuartos, hombre de Diós!--exclamó la mujer riendo con más fuerza.
--¡Si creerá usted que me engaña á mi con sus risitas!--contesté. La condesa ha nuerto envenenada ó asesinada; no me queda la menor duda.
En esto lllegó el coche al Barrio de Pozas y yo al término de mi viaje. Salimos todos: la inglesa me echó una mirada que indicaba su regocijo por verse libre de mí, y cada cual me dirigió á su destino. Yo seguí á la mujer del perro, aturdiéndola con preguntas, hasta que se metió en su casa, riendo siempre de mi empeño en averiguar vidas ajenas. Al verme solo en la calle, recordé el objeto de mi viaje y me dirigí á la casa donde debía entregar aquellos libros. Devolvílos á la persona que me los había pedido para leerlos, y me puse á pasear frente al Buen Suceso, esperando á que saliese de nuevo el coche para regresar al extremo de Madrid.
No podía apartar de la imaginación á la infortunada Condesa, y cada vez me confirmaba más en mi idea de que la mujer con quién últimamente hablé había engañarme, ocultando la verdad de la misteriosa tragedia.
Esperé mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso á partir. Entré, y lo primero que mis ojos vieron fué la señora inglesa sentadita donde antes estaba. Cuando me vió subir y tomar sitio á su lado, la expresión de su rostro no es definible; se puso otra vez como la grana, exclamando:
--¡Ooooh!... usted... mi quejarse al coachman... usted reventar mi for it.
Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo de lo que la inglesa me decía en su híbrido y trabajoso lenguaje, le contesté:
==Señora, no hay duda de que la Condesa murió envenenada ó asesinada. Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre.
Seguía el coche, y de trecho en trecho deteníase para recoger pa- sajeros. Cerca del palacio real entraron tres, tomando asiento en frente de mí. Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con muy severos ojos y un hablar campanudo que imponía respeto.
No hacía diez minutos que estaban allí, cuando este hombre se volvió á los otros dos y dijo:
--¡Pobrecilla! ¡Cómo clamaba en sus últimos instantes! La bala le entró por encima de la clavícula derecha y después bajó hasta el corazón.
--¿Cómo?--exclamé yo repentinamente.--¿Con que fué de un tiro? ¿no murió de una puñalada?
Los tres me miraron con sorpresa.
--De un tiro, sí señor, dijo con cierto desabrimiento el alto, seco y huesoso.
--Y aquella mujer sostenía que había muerto de una indigestión,--dije interesándome más cada vez en aquel asunto. Cuente usted ¿y cómo fué?
--Y á usted que le importa?--dijo el otro con muy avinagrado gesto.
Tengo mucho interés por conocer el fin de esa horrorosa tragedia. ¿No es verdad que parece cosa de novela?
--¿Qué novela ni qué niño muerto? Usted está loco ó quiere burlarse de nosotros.
--Caballerito, cuidado con las bromas--añadió el alto y seco.
--¿Creen ustedes que no estoy enterado? Lo sé todo, he presenciado varias escenas de ese horrendo crímen. Pero dicen ustedes que la condesa murió de un pistoletazo.
--Válgame Dios: nosotros no hemos hablado de Condesa, sino de mi perra, á quien cazando disparamos inadvertidamente un tiro. Si usted quiere bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestaré como merece.
--Ya, ya comprendo: ahora hay empeño en ocultar la verdad, manifesté juzgando que aquellos hombres querían desorientarme en mis pesquisas, convirtiendo en perra á la desdichada señora.
Ya preparaba el otro su contestación, sin duda, más enérgica de lo que el caso requería, cuando la inglesa se llevó el dedo á la sien, como para indicarles que yo no regía bien de la cabeza. Calmáronse con esto, y no dijeron una palabra más en todo el viaje, que terminó para ellos en la puerta del Sol. Sin duda me habían tenido miedo.
Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano quería serenar mi espíritu, razonando los verdaderos términos de tan embrollada cuestión. Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y la imágen de la pobre señora no se apartaba de mi pensamiento. En todos los semblantes que iban sucediéndose dentro del coche, creí ver algo que contribuyera á explicar el enigma. Sentía yo una sobrescitación cerebral espantosa, y sin duda el trastorno interior debía pintarse en mi rostro, porque todos me miraban como se mira lo que no se vé todos los días.
VII
Aún faltaba algún incidente que había de turbar más mi cabeza en aquel viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcalá, entró un caballero con su señora: él quedó junto á mí. Era un hombre que parecía afectado de fuerte y reciente impresión, y hasta creí que alguna vez se llevó el pañuelo á los ojos para enjugar las invisibles lágrimas, que sin duda corrían bajo el cristal verde oscuro de sus descomunales amtiparras.
Al poco rato de estar allí, dijo en voz baja á la que parecía ser su mujer.
--Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de decir D. Nateo. ¡Desdichada mujer!
--¡Qué horror! Ya me lo he figurado también--contestó su consorte. ¿De tales cafres qué se podía esperar?
--Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.
Yo, que era todo oidos, dije también en voz baja:
--Sí señor; hubo envenenamiento. Me consta.
--¿Cómo, usted sabe? ¿usted también la conocía?--dijo vivamente el de las antiparras verdes, volviéndose hácia mí.
--Sí señor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por más que quieran hacernos creer que fué indigestión.
--Lo mismo afirmo yo. ¡Qué excelente mujer! ¿Pero cómo sabe usted...?
--Lo sé, lo sé,--repuso muy satisfecho de que aquel no me tuviera por loco.
--Luego, usted irá á declarar al juzgado; porque ya se está formando la sumaria.
--Me alegro, para que castiguen á esos bribones. Iré á declarar, iré á declarar, sí señor.
A tal extremo había llegado mi obcecación, que concluí por penetrarme de aquel suceso mitad soñado, mitad leído, y lo creí como ahora creo que es pluma esto con que escribo.
--Pues sí, señor; es preciso aclarar este enigma para que se castigue á los autores del crímen. Yo declararé: Fué envenenada con una taza de té, lo mismo que el joven.
--Oye, Petronila--dijo á su esposa el de las antiparras--con una taza de té.
--Sí, estoy asombrada--contestó la señora.--¡Cuidado con lo que fueron á inventar esos malditos!
--Sí, señor; con una taza de té. La Condesa tocaba el piano.
--¿Qué Condesa?--preguntó aquel hombre interrumpiéndome.
--La Condesa, la envenenada.
--Si no se trata de ninguna condesa, hombre de Dios.
--Vamos; usted también es de los empeñados en ocultarlo.
--Bah, bah; si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa, sino simplemente la lavandera de mi casa, mujer del guarda-agujas del Norte.
--¿Lavandera, eh?--dijo en tono de picardía.--¡Si también me querrá usted hacer tragar que es lavandera!
El caballero y su esposa me miraron con expresión burlona, y después se dijeron en voz baja algunas palabras. Por un gesto que ví hacer á la señora, comprendí que había adquirido el profundo convencimiento de que yo estaba borracho. Llenéme de resignación ante tal ofensa, y callé, contendándome con despreciar en silencio, cual conviene á las grandes almas, tan irreverente suposición. Cada vez era mayor mi zozobra; la Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento, y había llegado á interesarme tanto por su siniestro fin, como si todo ello no fuera elaboración enfermiza de mi propia fantasía, impresionada por sucesivas visiones y diálogos. En fin, para que se comprenda á qué extremo llegó mi locura, voy á referir el último incidente de aquel viaje; voy á decir con qué extravagancia puse término al doloroso pugilato de mi entendimiento empeñado en fuerte lucha con un ejército de sombras.
Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla que frente á mí tenía miré á la calle, débilmente iluminada por la escasa luz de los faroles, y ví pasar á un hombre. Dí un grito de sorpresa, y exclamé desatinado:--Ahí va, es él, el feroz Mudarra, el autor principal de tantas infamias. Mandé parar el coche, y salí, mejor dicho, salté á la puerta, tropezando con los piés y las piernas de los viajeros; bajé á la calle y corrí tras aquel hombre, gritando:--¡A ese, á ese, al asesino!
Júzguese cuál sería el efecto producido por estas voces en el pacífico barrio.
Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo había visto en el coche por la tarde, fué detenido. Yo no cesaba de gritar:--¡Es el que preparó el veneno para la Condesa, el que asesinó á la Condesa!
Hubo un momento de indescriptible confusión. Afirmó él que yo estaba loco; pero que quieras que nó los dos fuímos conducidos á la prevención. Después perdí por completo la noción de lo que pasaba. No recuerdo lo que hice aquella noche en el sitio donde me encerraron. El recuerdo más vivo que conservo de tan curioso lance, fué el de haber despertado del profundo letargo en que caí, verdadera borrachera moral, producida, no sé por qué, por uno de los pasajeros fenómenos de enajenación que la ciencia estudia con gran cuidado como precursores de la locura definitiva.
Come es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias porque el antipático personaje que bauticé con el nombre de Mudarra, es un honrado comerciante de ultramarinos que jamás había envenenado á condesa alguna. Pero aún por mucho tiempo después persistía yo en mi engaño, y solía exclamar: «Infortunada condesa; por más que digan, yo siempre sigo en mis trece. Nadie me persuadirá de que no acabaste tus días á mano de tu iracundo esposo...»
Ha sido preciso que transcurran meses para que las sombras vuelvan al ignorado sitio de donde surgieron volviéndome loco, y torne la realidad á dominar en mi cabeza. Me rio siempre que recuerdo aquel viaje, y toda la consideración que antes me inspiraba la soñada víctima la dedico ahora, ¿á quién creeréis? á mi compañera de viaje en aquella angustiosa expedición, á la irascible inglesa, a quien disloqué un pié en el momento de salir atropelladamente del coche para perseguir al supuesto mayordomo.
End of Project Gutenberg's La novela en el tranvía, by Benito Pérez Galdós