La novela de un novelista

Part 8

Chapter 83,942 wordsPublic domain

Meditamos nuestro proyecto largamente y sólo nos decidimos a ponerlo en práctica después de maduras reflexiones. Una de las graves cuestiones que debatimos fué la de resolver si habíamos de renunciar a nuestras familias para siempre o habíamos de visitarlas alguna vez. Alfonso opinaba que debíamos de venir cada año a ver a nuestros papás: yo creía que debíamos de venir cada seis meses. Por fin decidimos que vendríamos cada ocho días a mudarnos la ropa interior. Ni por un momento se nos pasó por la imaginación que aquéllas pudieran oponer reparos a nuestra resolución. Alfonso decía que su mamá era tan piadosa que lloraría lágrimas de placer al saberlo. Yo no estaba tan seguro de la mía, pero aunque no llorase precisamente de placer, estaba seguro de que se sentiría honrada viendo a su hijo emprender valerosamente la carrera de santo. De todos modos decidimos marcharnos sin decir una palabra para evitar escenas patéticas.

Ahora bien; en esta mi resolución de abandonar el mundo ¿no habría también cierto vago deseo de abandonar la escuela? Porque recuerdo que la vara de avellano que usaba el maestro don Juan de la Cruz no me inspiraba simpatía, ni tampoco los coscorrones y bofetadas del pasante, ni me placía estar de rodillas una hora con las narices en la pared cuando mi plana tenía algunos borrones. Y todavía me parece experimentar la sensación dolorosa que me penetraba cuando en el portal de casa mi padre me despedía con un beso al marchar a la escuela, después de comer. Nos separábamos; yo seguía por los arcos hacia mi triste destino y le veía a él atravesar la plaza hacia el casino fumando un cigarro puro. ¿Cuándo sería yo grande para hacer lo mismo? Es posible, pues, que en mis ardorosos deseos de sacrificarme entrase, aunque fuese en pequeña dosis, el placer de apartarme de otros deberes, porque nuestras resoluciones en la vida casi nunca están determinadas por un solo motivo. No conviene, sin embargo, profundizar demasiado en el alma de los místicos.

Salimos, pues, un día a cosa de las tres de la tarde después de comer en busca de la cueva santificante. Yo llevaba como equipaje, repartidos por los bolsillos, unas zapatillas, una cajita de caramelos que me había regalado mi madrina el día anterior y la peonza. No era, en verdad, bagaje adecuado para un penitente que huye los placeres de la carne, pero en este punto fiaba por completo en mi amigo Alfonso y no me equivocaba. Mi piadosísimo amigo llevaba por todo equipo y envueltas cuidadosamente en un papel, unas preciosas disciplinas fabricadas con sus propias, delicadas manos. Eran de cuerda y tenían por mango el de una comba y al cabo de cada ramal unos primorosos nuditos que debían de ser menos dulces que los caramelos de mi madrina.

Antes de partir, y por iniciativa de Alfonso, habíamos orado unos momentos en la iglesia de San Francisco. Luego atravesando el campo Caín y bordeando el enemigo barrio de Sabugo, sin entrar en él salimos al camino de San Cristóbal. Antes de media hora llegaríamos al sitio denominado la _Garita_ sobre el mar. No muy lejos de él se hallaba la cueva que había visto o había creído ver mi amigo Alfonso. Caminábamos silenciosos. Alfonso iba gozosísimo, resplandeciente. Yo no tan resplandeciente.

No habíamos andado un kilómetro cuando tumbados sobre el blando césped, a la vera del camino, acertamos a ver dos pillastres de Sabugo. El uno era Antón el zapatero, muchacho ferocísimo, conocido en la villa por sus hazañas y temido de todos los niños por sus crueldades. El otro un pilluelo apodado _Anguila_, feo y grotesco que divertía al vecindario en los días de regatas con sus sandeces cuando desnudo y embadurnado de lodo para no resbalar intentaba subir la cucaña. Era un payaso consumado del cual ya hablaré más adelante.

Al divisarlos me dió un vuelco el corazón y creo que a mi amigo Alfonso, a pesar de su santidad, le pasó otro tanto.

--Ahí están _esos_--proferí sordamente.

--Ya los veo--me respondió Alfonso lacónicamente.

--Pasemos de largo como si no los viésemos.

Y en efecto, mirando al cielo, mirando a la tierra, mirando a todos lados menos al punto determinado en que se hallaba aquel par de alhajas intentamos cruzar apretando el paso. Eramos los pobres avestruces que meten la cabeza bajo el ala cuando divisan al cazador.

--¡Eh! chicos... ¿Adónde vais?

Nada; no oímos nada.

--¡Eh! chicos... ¿Adónde vais?

La misma sordera inveterada. Tratamos de seguir adelante; pero _Anguila_ se levantó rápidamente y en dos saltos se plantó delante de nosotros.

--¿Adónde vais «vos digo» granujas?

Oírse llamar granujas, dos seres tan espirituales como nosotros por aquel miserable andrajoso era cosa para inspirar risa más que cólera.

Ni una ni otra nos inspiró la pregunta. Lo que ambos experimentamos en aquel instante fué, hablando con toda franqueza, miedo, un miedo cerval.

--Vamos a San Cristóbal--balbuceé yo con toda la humildad, con toda la sumisión de que puede ser capaz un ser humano.

--¿Y a qué vais a San Cristóbal?

--Vamos a dar un recado al señor cura--murmuré con más humildad y sumisión todavía.

--Bueno, pues, atracad al muelle y echad el ancla que aquí están los carabineros para hacer el registro.

Y echó a andar de nuevo hacia el prado donde aún permanecía tendido su digno compañero que nos dirigía una insistente mirada fría y cruel. Le seguimos como dos mansos corderos. ¿Y qué íbamos a hacer? Nosotros teníamos nueve años y aquellos malhechores lo menos doce; pero aparte de eso su indómita fiereza primitiva como seres que aun no han salido de la barbarie les daba una superioridad reconocida, tratándose de guerra, sobre dos chicos tan civilizados como nosotros.

Efectivamente comenzó el registro que llevó a cabo _Anguila_ con toda escrupulosidad, empezando por mí. Antón el zapatero no se dignó siquiera moverse. Salieron a relucir mis caramelos, que fueron instantáneamente decomisados; pero Antón con un gesto imperioso dijo:

--Trae aquí eso.

Y _Anguila_ humildemente fué a depositarlos a sus pies. Se echaba de ver que Antón era el emperador y _Anguila_ su bufón. Salió mi peonza que en la misma forma fué depositada con los caramelos. Y salieron mis zapatillas. Estas fueron despreciadas, y envueltas en su papel, volvieron al bolsillo de mi chaqueta.

Comenzó en seguida el de Alfonso. Traía un pedazo de pan, que _Anguila_ se puso a morder acto continuo después de haberse cerciorado, con una rápida mirada que echó a Antón, de que aquello no le interesaba. Y salió el papelito de las disciplinas. _Anguila_ al desdoblarlo quedó estupefacto.

--¿Qué es esto?... ¡El diablo me lleve si no son unas disciplinas!

Antón se puso en pie de un salto y las tomó en la mano.

--¡Pues sí que son unas disciplinas!

Y aquel rostro espantable se contrajo con una risa que daba miedo.

--¡Ay qué gracia!... ¡Unas disciplinas! ¡Ay qué risa!

Y efectivamente se retorcía de risa y _Anguila_ lo mismo.

--Estas son las disciplinas con que te azota tu madre, ¿verdad? Y tú se las has robado, ¿verdad? Pues eso no se hace. ¡Toma, para que no lo hagas otra vez!

Y la emprendió a zurriagazos con mi pobre amigo que chillaba con su vocecita dulce.

--¡No! ¡no las he robado!... Mi madre no me pega.

Yo me creía salvado, pero así que concluyó con Alfonso la emprendió conmigo «por haberle ayudado», según decía.

--Bueno. Ahora largo de aquí. Y si decís una palabra de todo esto en casa contad conmigo--profirió Antón tumbándose de nuevo en el césped con la pereza displicente de un déspota oriental.

Ibamos ya a seguir tan saludable consejo, pero estaba de Dios que no habíamos de salir tan pronto de las garras de aquellos piratas.

--Oye, Antón, ¿no te parece que enseñemos a estos chicos el ejercicio?--manifestó _Anguila_.

--Haz lo que quieras--respondió el zapatero encogiéndose de hombros con su acostumbrada displicencia.

_Anguila_ cortó dos largas varas de los árboles que bordaban el camino y nos las puso en la mano.

--¡Firmes!... ¡Tercien... ar!... ¡Presenten... ar!... ¡Apunten... ar!... ¡En su lugar... descanso!... ¡Media vuelta a la derecha... deré!

Más de una hora duró nuestro martirio. Bofetadas, repelones, puntapiés, estirones de orejas, de todo hubo y en abundancia. El sargento más bárbaro no lo hubiera hecho mejor. Si llorábamos más de la cuenta nos hacía callar a mojicones. Por fin, cuando se hubo hartado de darlos nos dejó marchar.

Libres ya, no continuamos hacia el desierto para regenerarnos por medio de la penitencia sino que caminamos apresuradamente la vuelta del poblado. Llevábamos los ojos enrojecidos por el llanto y las mejillas por las bofetadas; pero yo llevaba más roja aún el alma por la cólera y la rabia. Un ansia loca de venganza me subía a la garganta y parecía asfixiarme rompiendo por intervalos en terribles imprecaciones y gritos inarticulados. En cuanto llegase a la villa se lo diría a Emilio el Herrador. Nosotros, los chicos de la escuela en Avilés, teníamos, siguiendo la costumbre espartana, un mozalbete que nos servía de protector o que «saltaba por nosotros», como decíamos en la jerga infantil. Emilio el Herrador había saltado siempre por mí. Estaba seguro de que en cuanto supiera la infamia hecha conmigo entraría a saco en el barrio de Sabugo y no dejaría piedra sobre piedra. El pobre Alfonso lloraba y suspiraba en silencio.

Cuando recuerdo este incidente de mi infancia no puedo menos de admirarme de mi extraña aberración. Porque al partirme de casa y buscar la soledad ¿qué es lo que me proponía? ¿Hacer penitencia y santificarme? ¿Pues qué penitencia más adecuada y eficaz que la que me infligían aquellos chicos? ¿Qué mejor ocasión para mostrarme resignado y humilde y seguir las huellas de Jesucristo?

De modo semejante durante el curso de mi vida Dios me ha ofrecido a manos llenas los medios de ser un santo; pero ¡ay! siempre he desperdiciado la ocasión.

XIII

LA VARA DE FALARIS

Si mi amigo Leoncio perteneciese todavía al número de los vivos dudo mucho que nadie osara recordarle el incidente que voy a narrar. Nada más fácil que saliese de su empresa con las narices hinchadas como habían salido por otros motivos Manolín el chocolatero, Pepín el hijo del carnicero y su hermano Ciriaco.

Porque mi amigo Leoncio, a pesar de su rostro mofletudo y plácido, era, cuando montaba en cólera, un ser furibundo y pernicioso y poseía unos puños que infundían respeto a toda la escuela de don Juan de la Cruz.

¿Quién no recuerda en Avilés a este don Juan de la Cruz tan modesto, tan melifluo, tan pulcro? ¿Quién no recuerda a aquel hombrecillo pálido, de cabellos lacios, de ojos negros guarnecidos de largas pestañas que apenas se alzaban del suelo con expresión tímida y humilde? Enseñó las primeras letras a tres generaciones y murió a los ochenta años declinando un pronombre relativo. Sosegado, grave, silencioso, atravesaba el salón de la escuela sin que nos diéramos cuenta de su presencia hasta que lo teníamos encima. La expresión apacible de su rostro no se turbaba jamás: no recuerdo haberle visto enfurecido. Un esbozo de sonrisa se dibujaba casi constantemente en sus labios. No era más que un conato de sonrisa que comenzaba en el ángulo izquierdo de la boca y allí se detenía sin pasar jamás al derecho. Rara vez nos miraba a la cara; nos hablaba ceremoniosamente de usted y cuando nos reprendía lo hacía siempre en voz baja con los ojos puestos en el suelo como si se estuviera confesando de alguna falta. Nos tajaba las plumas, que eran de ave en aquella época, nos echaba tinta en los tinteros, nos corregía las planas con la mayor modestia y compostura y cuando llegaba el caso, que llegaba con harta frecuencia, con la misma modestia y compostura empuñaba su vara y nos sacudía de lo lindo. Era un hombre tan modesto que cuando nos zurraba la piel parecía que nos estaba haciendo reverencias.

Las varas que empleaba para esta operación delicada eran generalmente de avellano y se las proporcionaban los mismos chicos de la escuela, hijos de labradores que residían en los alrededores de la villa. Eran muy adecuadas para levantarnos la piel y hacernos ver las estrellas. Recuerdo que en cierta ocasión en que me hallaba dulcemente entretenido en frotar un botón de bronce contra el pupitre hasta ponerlo bien caliente y luego aplicarlo a las manos de los compañeros que tenía cerca, sentí en la espalda y en la nuca la impresión de cien botones de fuego. Me volví y vi a don Juan que me sacudió cortésmente otros seis lapos y me dijo después con voz dulce como el soplo de la brisa entre las flores:

--Hijo mío, aplíquese al estudio y déjese de fútiles entretenimientos.

Pero estas varas tenían, como todas las cosas de este mundo, una ventaja y una desventaja. Para don Juan tenían el inconveniente de que se concluían pronto y necesitaba renovarlas, lo cual no siempre era fácil porque los chicos aldeanos con pretextos más o menos fundados se resistían algunas veces a proporcionarlas. En cambio para nosotros poseían la ventaja de que muy pronto se les quebraba las puntas y entonces ya no ceñían la carne y su golpe era menos doloroso. Así que los chicos más despejados procurábamos cuidadosamente no estrenarlas, porque entonces y sólo entonces poseían toda su virtud maléfica. Cuando las veíamos bien despuntadas, nuestra conducta empezaba a relajarse.

Mi amigo Leoncio, que era un chico de gran talento y además complaciente y servicial como pocos, quiso obviar el inconveniente que ofrecían las varas de avellano para el maestro. Pensando constantemente en ello como Newton en la gravitación universal, acertó al cabo con la solución. La caída de una manzana sugirió al pensador inglés la idea de la fuerza de atracción. La vista de una ballena del corsé de su mamá iluminó repentinamente el cerebro del mofletudo Leoncio. Exploró un día y otro día el desván de su casa donde se amontonaban mil cachivaches. Al cabo tropezó con una ballena delgada y redonda y del tamaño aproximadamente de las varas que don Juan de la Cruz empleaba.

Leoncio se sintió feliz desde aquel momento. No hay nada que dilate el alma tanto como un descubrimiento imprevisto. Desempolvó la famosa ballena, la envolvió esmeradamente en papeles de seda y sujetó estos papeles con una cuerdecita encarnada. Al día siguiente, sin duda para dar mayor solemnidad al acto, procuró retrasarse un poco para llegar a la escuela. Y cuando ya estábamos todos acomodados en nuestros bancos y el maestro allá en el fondo sentado detrás de su mesa, he aquí que aparece nuestro Leoncio con aquel extraño objeto en la mano, atraviesa erguido y sosegado el vasto salón y acercándose a la mesa del maestro deposita en ella gravemente su tesoro. Hecho lo cual, con la misma solemnidad se dirigió a su sitio y se sentó.

Una ardiente curiosidad se apoderó de todos nosotros. ¿Qué sería aquello? ¿Un regalo? Hubo alguno que imaginó sería un caramelo monstruoso semejante a los que nosotros chupábamos con delectación en cuanto teníamos algún dinero para comprarlos. Don Juan comenzó también a examinarlo con curiosidad antes de desenvolverlo. Al fin se decidió a quitarle los papeles y poco después quedó al descubierto la preciosa ballena.

Nuestra estupefacción fué enorme; pero nuestra indignación fué aún mucho mayor. Cincuenta pares de ojos se clavaron furibundos en el mofletudo Leoncio. Si estos ojos fueran dardos venenosos como los de las abejas, el mofletudo Leoncio hubiera perdido allí mismo la vida. Un sordo rumor, temeroso, corrió por toda la escuela. Si se analizase este rumor se vería inmediatamente que estaba compuesto de doscientos «¡miserable!», trescientos «¡cochino!» y lo menos quinientos «¡indecente!».

Leoncio se mantenía sosegado y satisfecho sin advertir el éxito extraordinario de su regalo. O si lo advertía, aparentaba mostrar que le tenía sin cuidado. Don Juan seguía examinando atentamente el famoso caramelo. Al cabo profirió con su voz meliflua:

--Leoncio, hijo mío, tenga usted la bondad de venir un momento.

Leoncio acudió solícito. Don Juan se levantó de la silla con calma, y sujetándole por el cuello le aplicó un cumplido vardascazo en el trasero. Leoncio dejó escapar un grito de dolor. A este grito respondimos nosotros con un rugido de alegría. Don Juan (¡Dios le bendiga!) secundó el golpe y con su acostumbrada modestia le estuvo solfeando un buen rato. Mientras duraba la operación parecía hablarse a sí mismo y le oímos murmurar:

--En efecto; es flexible... Es sólida... Se ciñe admirablemente.

¡Vaya si se ceñía! Que lo digan las nalgas del pobre Leoncio que seguía chillando como un condenado mientras nosotros respondíamos a sus lamentos con bárbaras carcajadas.

Cuando a don Juan de la Cruz le pareció bien probada la flexibilidad y la solidez del nuevo instrumento, soltó al sujeto de la experiencia y le dijo con voz suave y mirando, como siempre, humildemente al suelo:

--Hijo mío, en tiempos muy antiguos existía en la ciudad de Agrigento, en la Italia meridional, un tirano que se llamaba Falaris. Este tirano era tan cruel que se complacía en atormentar de mil maneras a todos aquellos que tenían la desgracia de no complacerle. Sucedió que uno de sus cortesanos, por captarse su benevolencia, le hizo regalo de un toro de bronce hueco donde se podía meter a la persona que se quisiera hacer morir atormentada. Debajo de este toro de bronce se encendía una hoguera y el desdichado que estaba dentro, al comenzar a asarse, dejaba escapar terribles gritos que al pasar por el cuello y la boca del toro semejaban los rugidos de esta fiera... Falaris quedó prendado de tan ingenioso artefacto y después de dar las gracias a quien se lo había regalado no se le ocurrió otra cosa mejor que ensayarlo metiendo dentro de él al propio inventor.

Hizo una pausa don Juan, y dando una cariñosa palmadita a Leoncio en las llorosas mejillas,

--Así, pues, muchas gracias, hijo mío, por este precioso regalo. Aplíquese el cuento y váyase a su sitio.

XIV

EL TRIUNFO DE LA FRATERNIDAD

Recuerdo que por aquel tiempo existía en Avilés un zapatero librepensador llamado Mamerto. Este Mamerto vivía en lucha abierta con el Supremo Hacedor y con sus ministros responsables en la tierra, el señor cura de la villa y el de Sabugo, particularmente con este último por ser el del barrio que habitaba. No confesaba, no comulgaba, no iba a misa, no ponía siquiera los pies en la iglesia, y, lo que es mucho más grave, no bautizaba a sus hijos. Acometido de un furor ateísta no perdonaba ocasión de atacar el presupuesto del clero y aspiraba nada menos que a demoler las iglesias o a convertirlas en fábricas y obligar a los sacerdotes a ganarse el pan con el sudor de su frente.

Leía en sus ocios y se sabía casi de memoria algunos libros infamantes titulados _El fraile_, _La Monja_, _El Cura de misa y olla_, y de ellos sacaba argumentos metafísicos para minar los cimientos de nuestra religión. Discutía, vociferaba en todas las tabernas, refería historias escandalosas de las beatas y los curas, y cuando tenía algunos vasos de sidra en el cuerpo entonaba canciones subversivas. Una de estas canciones le acarreó el mayor disgusto de su vida. Al cantar el himno de Garibaldi en vez de limitarse a victorear al enemigo del Papa se ensañó con éste gritando repetidas veces: «¡Que muera Pío IX, viva la libertad!» Se le denunció al señor cura de Sabugo, el cual a su vez lo denunció al Juzgado: se le formó proceso y fué condenado con otros tres amigos a dos años de presidio. Así las gastaba en aquella época el partido moderado que se hallaba en el poder.

Fué agraciado con algún indulto y poco antes del año regresó Mamerto a sus lares con la aureola del martirio sobre la frente. La población se conmovió al verle llegar: todos los ojos se clavaban sobre él con mezcla de curiosidad y admiración. Los suyos adquirieron ese brillo fatídico peculiar de los héroes, una expresión de ferocidad desdeñosa que sobresaltaba a los pacíficos habitantes de nuestra villa.

Mamerto se consideró desde entonces como un hombre peligrosísimo: acaso no mentiría diciendo que tenía miedo de sí mismo. De aquel pecho, de aquella cabeza podía salir algo funesto para la tradición. Si las instituciones hubieran tenido algún instinto de conservación (que no lo tenían), Mamerto no debiera de andar suelto. Esta era su opinión por lo menos. De esta imprudencia de la justicia se aprovechaba nuestro zapatero para perseguir al Cristianismo y a la Monarquía contando las copas de ginebra que bebía el capellán de las monjas de San Bernardo y ahuecando la voz para hablar de los escándalos del palacio real.

No hay para qué decir que Mamerto era odiado de muerte por el sexo femenino en Avilés. Mi madre le profesaba tal horror que si por casualidad se le nombraba en la conversación veía alterarse los rasgos de su fisonomía, se quedaba tan pálida que mi padre inquieto pedía que la sirviesen una taza de caldo para confortarla. De este horror me hizo a mí partícipe. Cuando alguna vez mi mala suerte me hacía pasar a su lado me sentía sobrecogido de espanto como a la vista del demonio, me parecía verle ya envuelto por las llamas del infierno y arrojando por la boca toda clase de _bichos_ inmundos.

En cambio el sexo fuerte le guardaba indebidas consideraciones. Pretextaba para ello que era un zapatero extraordinario, que el calzado elaborado por sus manos no tenía fin, que en toda España ningún otro maestro de obra _prima_ le ponía el pie delante. Se decía que sus botas habían llamado la atención de ciertos extranjeros que habían pasado por allí, que las habían llevado a Londres y que desde entonces no pocos ingleses enviaban sus medidas a Mamerto para que los calzase. Por supuesto, yo estoy seguro de que todo esto era pura mitología. En el fondo se le admiraba por su audacia; porque en todo hombre hay oculto casi siempre un insurrecto más o menos cobarde. Sólo las mujeres tienen el valor de sus convicciones y saben lo que quieren.

La audacia de Mamerto llegaba como he dicho hasta el punto de no bautizar a sus hijos: y no sólo no los bautizaba sino que les daba nombres extravagantes. Tuvo una hija y la llamó _Libertad_. Tuvo un hijo y le nombró _Dantón_. Por cierto que este pobre Dantón no hacía honor a su homónimo; era patizambo, y enteco. Por donde le tocaba algo al gran tribuno francés era por los pelos, que los gastaba largos y aborrascados. Más tarde tuvo dos hijas y a una llamó _Igualdad_ y a otra _Fraternidad_. Esta última podría contar de dos a tres años cuando acaeció lo que voy a narrar.

Jamás se había visto en Avilés una criatura más bella: nadie podía comprender en la villa cómo un ser tan angelical había salido de hombre tan endiablado. Su cabecita blonda y rizada, sus ojos azules de largas pestañas, su tez nacarada excitaban la admiración de cuantos acertaban a verla. Las mujeres no se recataban para decir que aquel bárbaro no era digno de poseer una joya de tal valor.

No lo pensaba así Mamerto como puede comprenderse. Estaba tan orgulloso y pagado de su niña que la exhibía por todas partes rebosante de placer. La llevaba de la mano al paseo del Bombé, la llevaba en brazos a las romerías y hasta la metía en las tabernas para que sus amigachos la admirasen y rabiasen de envidia. _Fraternidad_ iba vestida siempre de blanco o de azul como la hija de cualquier hacendado. Para eso su padre trabajaba como un mulo, y se privaba, a veces, hasta de lo indispensable.