Part 7
Tengo entendido que hubo en los tiempos antiguos un joven príncipe romano a quien hicieron morir de hambre, el cual se comió antes parte de las ropas de la cama. Inútil manifestar que yo no tuve en cuenta para nada este precedente, que no hubo espíritu de imitación ni de plagio. Con la mano sobre el corazón declaro que al comerme la cataplasma creí realizar una obra completamente original.
Pero este pensamiento feliz produjo consternación en mi familia. Siempre sucede lo mismo. Cuando surge un pensador original el mundo se agita presa de viva inquietud.
El resultado fué que, como todos los innovadores, pagué mi inspiración con el martirio. Me aplicaron otra dosis de aceite de ricino.
Mi pobre padre estaba desolado viendo al hijo de sus entrañas recorrer, sin culpa alguna, el doloroso calvario de purgas y cataplasmas. El desdichado me acariciaba, enjugaba mi sudor de agonía y me decía al oído las cosas más halagüeñas. Hizo aún más; se fué al bazar de los arcos de la plaza y me compró una preciosa escopeta.
Quedé enajenado, loco de alegría. En aquel momento desaparecieron todas mis penas; me olvidé del hambre, me olvidé de las cataplasmas y hasta del sabor del aceite de ricino.
La escopeta se cargaba con unos fulminantes que hacían bastante ruido. Mi madre dijo malhumorada:
--¡Qué ocurrencia la tuya de poner en manos del niño estas cosas!
Mi padre replicó sonriendo:
--El niño es muy juicioso y yo tengo la seguridad de que no ha de matar a nadie.
Yo afirmé vivamente con la cabeza. ¡Oh gran hipócrita! ¡Oh pérfido y tenebroso embustero! En el momento que tomé el arma concebí el crimen; y no lo concebí vagamente sino con todos sus repugnantes detalles. Pero hice el inocente, sonreí de un modo angelical y todos confiaron en mí.
No hubo jamás en el mundo confianza peor depositada. Cuando llegó la noche y mis padres, después de besarme, se retiraron y sentí roncar a la Felisa que dormía en otra cama cerca de la mía, entonces me alcé cautelosamente y a la luz de la lamparilla cargué mi arma con el mayor cuidado. La puse al alcance de la mano y me dormí tranquilamente como el más fiero y empedernido criminal.
Me despertó la voz de mi madre en el gabinete contiguo, hablando con don Gregorio. Despierto sobresaltado y apenas despierto, veo asomar por la puerta la faz aborrecida del monstruo. No tuve tiempo más que para echar mano a la escopeta, ponerme en pie sobre la cama, echarme aquélla a la cara y disparar sobre el infame.
Carcajada general. Mi padre, mi madre, la Felisa, don Gregorio reían dando muestras de la más viva alegría; sobre todo éste parecía querer desternillarse.
XI
DE CÓMO FUÍ EXCOMULGADO
Ignoro si la excomunión en que incurrí era mayor o menor, de las llamadas _ferendae_, _sententiae_ o de _latae sententiae_; pero es innegable que había incurrido en una de ellas.
Contaba yo a la sazón siete años y acaeció poco después de mi primera hegira a Entralgo.
En el convento de San Bernardo de Avilés vegetaba, renqueaba, salmodiaba el oficio y se atascaba de rapé la nariz desde hacía setenta años una hermana de mi bisabuela llamada doña Florentina. Había entrado en él a los doce años: por consiguiente tenía ochenta y dos. En la familia no se la llamaba _madre_ Florentina ni _hermana_ Florentina, aunque fuese monja profesa. Mi misma madre cuando hablaba de ella decía siempre: «mi tía doña Florentina».
Aquel convento de San Bernardo ejercía sobre mí un atractivo inexplicable al que se mezclaba un poquito de miedo. Cuando mi madre me llevaba a misa, en vez de atender al oficio divino pasaba el tiempo en extática contemplación del coro de las monjas que al través de la verja de hierro se veía envuelto en tenue y fantástica claridad. Era una claridad adorable, misteriosa. Las blancas figuras de las religiosas y sus voces plañideras, y sus rezos incomprensibles hacían palpitar mi corazón con vagos anhelos de felicidad celestial. Mi cabeza infantil se poblaba de sueños hasta que mi madre me daba sobre ella un coscorrón invitándome a volverla hacia el altar mayor.
Además el convento ofrecía para mí un atractivo infinitamente mayor y que nada tenía de fantástico. De allí salían unas rosquillas embutidas de crema y bañadas de azúcar que parecían fabricadas por los ángeles y un cierto confite llamado _flor de azahar_ más divino todavía. Se componía de unas escamitas blancas y tan dulces que se pasaban sin sentir. No he vuelto a comerlo en mi vida ni he logrado siquiera verlo, a pesar de las largas y serias investigaciones que para ello llevé a cabo.
No sé si sería a causa de las rosquillas o por otro motivo espiritual, pero es lo cierto que mi madre respetaba mucho a su tía doña Florentina. Mi padre, no tanto. Decía que era una inocente, que su desarrollo intelectual se había detenido en el momento de entrar en el convento y que seguía siendo una niña de doce años. Contaba riendo que habiéndole preguntado un día:
--Pero tía, ¿cómo es posible que haya usted repetido durante setenta años todas esas oraciones en latín sin entenderlas?
--Hijo mío--le contestó la pobre vieja alzando compungida los ojos al cielo--esas son palabras demasiado sublimes y misteriosas para nosotras.
Por supuesto mi padre se guardaba de pronunciar estos juicios delante de los niños y yo respetaba a mi tía doña Florentina casi tanto como al arcángel San Rafael.
Mi madre me enviaba algunas veces al convento con Pepa para traer o llevar algún recado a su tía. Esta Pepa, nuestra criada, era una mujer estúpida y embustera, estúpida y embustera aun para criada, que me contaba cómo había visto al diablo varias veces allá en su aldea, el cual le había tomado ojeriza sin saber por qué. Cuando por la noche dejaba la cocina, bien limpia y bien arregladita, a la mañana siguiente la encontraba toda sucia y revuelta, los pucheros fuera de su sitio, la pila del agua llena de inmundicias, la ceniza esparcida por el suelo. Una noche le había acechado y le vió entrar por el tubo de la chimenea. Entonces ella hizo la señal de la cruz y el diablo lanzó un rugido y se escapó de nuevo por la chimenea, pero ella pudo agarrarle la punta del rabo y le hubiera retenido a no ser porque el maldito se volvió rápidamente y le dió un terrible mordisco en la mano.
A mí con esas cosas se me erizaban los cabellos.
Mi tía doña Florentina nos hablaba casi siempre por detrás del torno y estos coloquios excitaban mi imaginación aunque lo que nos decíamos nada tenía de misterioso. Me preguntaba por la salud de mi madre, siempre vacilante, si había salido bueno el dulce de ciruela que nos había enviado, si sabía ya el catecismo y si llevaba siempre en el pecho la medalla que me había regalado. Por el torno me pasaba también algunos paquetitos de aquel dulce de azahar de feliz recordación.
Pero alguna que otra vez mi tía doña Florentina abría la gran puerta del zaguán y se mostraba de cuerpo entero. Al través de esta puerta se veía el claustro con su vetusta arquería de piedra y en el centro algunos árboles cuyo follaje apenas dejaba entrar la luz en él. Nada me ha parecido jamás en la vida más poético, más fantástico y misterioso que aquel claustro del convento de San Bernardo. Se hallaba más bajo que el portal, de suerte que para pasar a él era necesario descender un escalón. Mi tía de la parte de adentro parecía mucho más pequeña que Pepa y su cabeza casi estaba al nivel de la mía. En esta forma nos recibía y nos hablaba. Es decir, se hablaban ella y Pepa, porque yo permanecía silencioso y sobrecogido contemplando aquel claustro sombrío y encantado, el cual me atraía, me fascinaba como la ninfa Loreley debajo del agua fascina a los que contemplan el fondo del mar desde la orilla.
Mi tía era gárrula; mi criada Pepa lo era aún más. Charlando, charlando, dejaban transcurrir el tiempo y llegaban casi a olvidarse de que yo estaba allí.
Acaeció que un día cedí a la fascinación que sobre mí ejercía aquel claustro y aunque era un pecado horrible, sin darme cuenta de lo que hacía bajé el escalón y me introduje en él. Mi tía y Pepa se hallaban tan embebidas en su charla que no se dieron cuenta de mi ausencia.
Yo dejaba deslizar mis pasos sacrílegos sobre las losas húmedas y parecía querer beber con los ojos el encanto misterioso de aquel paraje. La luz del sol, que se filtraba con trabajo por el follaje de las acacias y los plátanos, formaba arabescos en el pavimento. Una fuente de piedra, deteriorada, cubierta de musgo hacía correr un hilito de agua con rumor melancólico. Un pájaro cantaba entre las hojas y me parecía distinto de los pájaros que hasta entonces había oído. Era un pájaro ascético, litúrgico y enclaustrado también como las monjas.
Mas he aquí que mi tía Florentina me echa al fin de menos, vuelve la vista a todos lados y me divisa allá a lo lejos. Lanza un grito, eleva sus manos al cielo y exclama con desesperación:
--¡Ay, hijo de mi alma, que estás excomulgado!
Yo debí contestarle entonces:
--Señora y tía mía, está usted en un error. A la excomunión deben preceder las moniciones canónicas exigidas por las palabras mismas de Jesucristo en el Evangelio y por la doctrina de la Iglesia. El Concilio de Lyon mandó que fuesen tres o una sola, según los casos: _nisi factis necessitas aliter ea suaserit moderanda_. El Concilio de Trento determinó que hubieran de preceder por lo menos dos amonestaciones.
Nada de esto dije porque no lo sabía. Lo único que hice fué no hacer nada. Quedé paralizado, yerto y debí ponerme más blanco que un papel. Sentí también que algo como si fuese una entraña se me desprendía allá dentro.
La tía Florentina corrió hacia mí y a empellones me llevó hasta la puerta y sin decir palabra la cerró con gran estrépito.
Pepa y yo quedamos aterrados, mudos, y salimos del convento apresuradamente. Mi terror y mi angustia eran tan grandes que no podía siquiera llorar. Pepa no pronunciaba una palabra. Al cabo tuve fuerza para decirle:
--Pepa, no dirás nada a mamá, ¿verdad?
--No; no diré nada--me respondió secamente.
Al cabo de un rato la pregunté tímidamente:
--¿Los excomulgados no pueden oír misa?
--No; los excomulgados no pueden oír misa ni pueden rezar.
Al cabo de otro rato más largo aún le pregunté de nuevo:
--¿Crees que don Manolito el capellán de las monjas me puede levantar la excomunión?
--No; don Manolito no tiene poder para ello. Es necesario que hagas mucha penitencia y luego vayas a Roma para que el Papa te perdone.
Entonces callé y me decidí a hacer penitencia.
Aquella tarde me dió mi madre para merendar unas ciruelas y sigilosamente las arrojé por el tubo del retrete. Por la noche también me levanté de la mesa sin comer el postre. Al día siguiente pasé largos ratos de rodillas y con los brazos en cruz y después de comer salí con el postre en la mano pretextando que iba a comerlo al balcón pero fué para arrojarlo igualmente al retrete.
No recuerdo bien ahora las penitencias que hice en aquellos días, pero fueron muchas y terribles. Sé que me levantaba en medio de la noche y me acostaba sobre el duro entarimado y que me pinchaba alguna vez los brazos con un alfiler. Hasta se me ocurrió meter algunas ortigas en la cama, pero no las hallé en el jardín. Vagaba silencioso por la casa, rechazaba la compañía de mi primo José María que tanto me placía, lloraba amargamente oculto en los rincones y no parecía siquiera por la sala cuando había gente.
No sé quién ha dicho que las excomuniones engordan. ¡Mentira! Yo me puse en ocho días flaco y amarillo que daba pena verme. Mi madre dijo un día en voz alta:
--Este niño está enfermo; hay que llamar a don Gregorio.
Don Gregorio era el monstruo que ya conoce el lector. Yo protesté que nada tenía y nada me dolía.
Una de las penas para mí mayores y la más afrentosa era que Pepa huía de mí como si temiese contaminarse de mi herejía. Alguna vez cuando me encontraba por los pasillos clavaba en mí una mirada severa y me decía con acento lúgubre e imperioso:
--¡Niño, haz penitencia!
Otra cosa que no podía sufrir era que me llamasen para rezar el rosario. Hacía esfuerzos increíbles de habilidad buscando pretextos para no rezarlo. Cuando no podía menos cerraba la boca herméticamente sin responder a la oración. Esto, como es lógico, me valía algunos pellizcos de mi piadosa madre.
En fin, tales cosas hice y tan extraña fué mi conducta que aquélla me llamó a capítulo. Se encerró conmigo en el cuarto de la plancha y me hizo sufrir un apremiante interrogatorio.
Recuerdo que era el santo de mi padre. Habían sido invitadas diez o doce personas, casi todos parientes, a comer, y estaban de sobremesa. Desde la habitación en que nos hallábamos se oía el ruido de su conversación.
--Vamos a ver niño, quiero que me digas qué es lo que te pasa. ¿Por qué estás tan triste? ¿Por qué no juegas? ¿Por qué no comes? ¿Por qué huyes de todo el mundo?
Afirmé descaradamente que no me pasaba nada digno de mencionarse. Pero mi madre estaba resuelta a descubrir el secreto y empleando alternativamente las caricias y las amenazas logró arrancármelo.
--Mamá--le dije al cabo--yo quiero ir a Roma.
Mi madre abrió los ojos como si hubiera visto en aquel momento bajar por el aire volando un buey y posarse sobre la flecha de la torre de la iglesia de San Francisco.
--¡Niño! ¿Qué dices? ¿Cómo quieres ir a Roma?
--Quiero ir a pie.
Mi madre abrió otra vez los ojos como si escuchase gritar al buey desde la torre: «¡Viva la república!»
--¡Niño! ¿Te has vuelto loco? ¿Pero qué estás ahí diciendo? ¿Por qué dices eso?
Entonces yo caí en sus brazos y exclamé sollozando:
--¡Mamá, porque estoy excomulgado!
Y entre suspiros y sollozos le conté todo lo que me había ocurrido. Yo pensé que mi buena mamá iba a quedar aterrada, pero ¡oh sorpresa! en vez de eso comienza a reír como una loca exclamando:
--¡Ay qué gracia! ¡excomulgado! ¡excomulgado!
Y me abraza y me besa repetidas veces.
Inmediatamente llama a mi padre y sin dejar de reír le dice:
--¿No sabes que este niño está excomulgado?
Y mi padre suelta la carcajada igualmente como si fuera un caso chistosísimo. Me hace contar de nuevo la ocurrencia y limpiándome las lágrimas y besándome tiernamente como había hecho mi madre me lleva hasta el comedor. Todo el mundo estaba alegre allí y recuerdo que hasta las señoras tenían unas chapitas rojas en las mejillas.
Mi padre abrió la puerta y empujándome adentro dice en voz alta:
--Ahí tenéis un niño que afirma que está excomulgado.
Carcajada general. Todos se ponen a gritar a un tiempo:
--¡Excomulgado! ¡excomulgado! ¡excomulgado! ¡ja! ¡ja! ¡ja! ¡excomulgado! ¡ja! ¡ja! ¡ja!
Se armó una batahola infernal. Uno me ofrecía un pastelito, otro una copa de cognac, otro un cigarro; me besaban, me zarandeaban, me estrujaban sin dejar de reír y de exclamar:
--¡Excomulgado! ¡excomulgado!
Tanto rieron que al cabo también yo concluí por reír. Y he aquí cómo a fuerza de carcajadas logré entrar de nuevo en el seno de la Iglesia católica.
XII
RESUELVO HACERME ERMITAÑO
¡Hermosos días de fe venid a mí! Soplad en este corazón herido por los desengaños, soplad en este pensamiento marchito por tanto estéril trabajo. Refrescadme unos instantes. Que vuelva a ser al despertarme el niño que se postraba de rodillas sobre su diminuto lecho y vuelto hacia una imagen de Jesús Crucificado le pedía con palabras fervorosas la salud de mis padres y la salvación de mi alma. Dejadme ver otra vez en el azul del cielo la imagen de María, hollando con su divina planta el creciente de la luna rodeada de niños alados. Dejad que lleguen a mis oídos como entonces sus cánticos celestes. Dejadme sentir de nuevo sobre la frente las alas del Angel de mi guarda al tiempo de dormirme.
Aún me veo en la iglesia de San Francisco oyendo misa con mi padre. Los sones del órgano me transportaban; la voz de bajo profundo de Fray Antonio Arenas cantando desde el coro me estremecía con santo terror; las nubes de incienso me embriagaban. Y allá en lo alto, sobre el altar mayor veía una hermosa escultura de la Virgen envuelta en una luz fantástica que dejaban filtrar los cristales de color. Y mis ojos no se apartaban de ella y hacia ella volaba mi corazón con ansias de dicha inmortal. Entonces pasaban por mi alma sublimes emociones que por experimentarlas de nuevo diera cien vidas si las tuviese, emociones que espero sentir después de la muerte.
Aún me veo caminando con mi madre bajo los arcos de la calle de Galiana hacia el santuario donde se venera al Cristo con la cruz sobre los hombros. La noche ha cerrado ya. A esta hora próxima al crepúsculo las damas piadosas de Avilés tienen costumbre de ir a rezar un credo delante de la milagrosa imagen. Los arcos apenas están esclarecidos. Allá hacia el medio, sobre uno de ellos hay una hornacina y dentro una pequeña escultura de la Virgen alumbrada por una lámpara de aceite. Algunas parejas enamoradas se sientan en los pretiles de la calle. Sólo percibimos sus bultos y escuchamos el rumor de su plática. Llegamos al santuario; subimos algunos peldaños; nos postramos delante de Jesús agobiado bajo el peso de la Cruz y su frente pálida coronada de espinas me infunde una compasión infinita. Sus ojos me miran doloridos y parecen decirme: «Hijo mío, hoy eres dichoso, pero si algún día estás triste acuérdate de mí.»
Aún me veo en el mes de Mayo cantando por las calles de Avilés la letanía de la Virgen. Todos los niños de la escuela formábamos en dos filas. En el centro iba una gran cruz cubierta de flores, soportada alternativamente por los más fuertes entre nosotros. Detrás de ella caminaban algunos sacerdotes acompañados del maestro. ¡Oh, qué luz radiosa en el cielo! ¡Qué alegría en la tierra! Estábamos en el mes de las flores y cada uno de nosotros con un puñado de ellas en la mano marchábamos cantando para ofrecerlas a la Reina del Cielo. Y al volver nuestra cabeza descubierta hacia las puertas y los balcones de las casas no tropezábamos con las miradas burlonas, con las sonrisas escépticas que hielan el corazón de la infancia. No; los hombres graves y silenciosos hacían un imperceptible signo de aprobación; las mujeres enternecidas nos enviaban con los ojos afectuosas bendiciones. Para que un pueblo viva unido y forme una gran familia, para que exista la verdadera patria no basta que articulemos el mismo idioma, es necesario que balbuceemos las mismas oraciones. Nuestro pequeño corazón latía feliz dentro del pecho porque nos sentíamos amados y protegidos por el pueblo entero, porque aquellos hombres y aquellas mujeres que se asomaban a los balcones o se agolpaban en las aceras para vernos pasar respetaban nuestra fe y nuestra inocencia.
Mi amigo Alfonso, un niño pálido, bueno y pacífico, se mostraba más piadoso que ninguno. Su madre, que era una santa mujer, le llevaba a misa todos los días antes de la escuela, le veíamos en las procesiones con un pequeño cirio en la mano y alguna vez también cuando por las tardes de los días de fiesta se me ocurría asomarme a la iglesia delante de la cual jugábamos, le veía en la nave solitaria del templo orando ante los altares. Aunque yo era de un humor bastante distinto y me gustaban los juegos con pasión y mostraba tanto ardor como el que más en las peleas, me sentía, no obstante, atraído hacia aquel niño y buscaba su amistad. No me la otorgó él fácilmente. Como todos los seres espirituales era tímido y retraído y mi carácter turbulento debía de impresionarle desagradablemente. Pero al fin logré ganar su confianza y entonces fué expansivo y afectuoso conmigo, y con el celo de un pequeño apóstol procuró ganarme para Dios y la Virgen. Estaba yo preparado para ello porque en el fondo del alma siempre he sido idealista y aunque en el curso de mi vida haya amontonado sobre este fuego sagrado mucho polvo y mucho escombro, por fortuna nunca ha llegado a apagarse.
El me decía que no era necesario pensar tanto en esta vida efímera, que aun la más larga valía poco y que pudiéramos morir antes de llegar a viejos. ¡Cuán en lo cierto estaba aquel piadoso niño, pues que murió antes de salir de la adolescencia! Me decía que debíamos ser buenos como los ángeles para poder estar algún día entre ellos y que si nos encomendábamos todos los días a la Virgen y a San José ellos nos sacarían de los peligros de este mundo. Empezamos a pasar largas horas en confidencias místicas. Me llevó a su casa y vi con asombro y placer que su madre le había dejado un cuartito para oratorio y que él lo había arreglado tan primorosamente que no faltaba allí nada de lo que se hallaba en las iglesias. Un altar con su retablo y su sabanilla, una imagen de la Virgen del Carmen, otra de San José, un Niño Jesús, incensario, ciriales, casulla, bonete. Él celebraba misa y yo le ayudaba. Los días de gran fiesta, la mamá, los hermanos mayores y los criados venían a presenciarla, se cantaba la letanía, se hacía una procesión por el jardín y se quemaba tanto incienso y se formaba tal espesa humareda en el cuartito que alguna vez pensaba ahogarme.
Nuestro fervor iba cada día en aumento. No sólo celebrábamos misa sino que también confesábamos. Alfonso mostraba enormes disposiciones para el confesonario y ataba y desataba los pecados como el más experto penitenciario. Vestido con un roquete que su madre le había cosido y sentado dentro de un gran cajón que colocábamos en sentido vertical y al cual habíamos abierto a un lado algunos agujeritos con una barrena, confesaba a sus hermanitas, me confesaba a mí y alguna vez venían también las criadas a arrodillarse y con la boca pegada a aquellos agujeritos decían sus pecados y recibían la absolución. Estas no se mostraban tan contritas y arrepentidas como fuera de desear porque se les escapaba no pocas veces la risa y obligaban al confesor a mostrarse demasiado severo y amenazarles con que lo diría a su mamá. Porque mi amigo Alfonso tomaba aquello muy en serio, nos daba consejos excelentes, nos pintaba con minuciosos detalles las penas del infierno, nos exhortaba a la penitencia y por último nos echaba la absolución alargando su manecita para que la besáramos con la misma gravedad que un padre jesuíta.
Un día me dijo que su hermanita más pequeña estaba muy enferma y para que no se muriese él rezaba todos los días una hora de rodillas sobre las piedras y se había frotado el pecho con ortigas. Y, en efecto, abriendo el chaleco y la camisa me mostró sus tiernas carnes enrojecidas. Me sentí conmovido y admirado. «Yo también quiero hacer alguna penitencia por que tu hermana no se muera», le dije. Y dicho y hecho, bajo al jardín con él y llevo mis manos con resolución a las ortigas, pero ¡ay! fué tal el dolor, que di un grito y comencé a llorar. Alfonso asustado subió a casa por aceite y me untó delicadamente las manos. Después me abrazó y me consoló diciéndome que aún no estaba preparado para las penitencias, pero que al cabo lograría hacerlas mayores aún que él.
Leíamos las vidas de los santos y las que más nos placían eran las de aquellos que se habían retirado a un desierto y habían pasado largos años oyendo cantar los pájaros y alimentándose con frutas y con los mariscos que hallaban entre las peñas. Nada tiene de particular porque yo era apasionadísimo de las cerezas y de los caracoles de mar. Ignoro de quién de los dos partió la idea, pero un día concebimos el proyecto de retirarnos nosotros igualmente del mundo y de sus pompas para hacer penitencia. Viviríamos los dos solos en algún paraje apartado, comeríamos lo que los campesinos quisieran darnos de limosna, haríamos oración por nuestras familias y cuando fuéramos grandes vendríamos a predicar a Avilés y a otras villas. ¿Dónde encontrar el paraje solitario? Alfonso me dijo que a una legua próximamente de Avilés había visto una cueva cerca del mar que parecía hecha a propósito para que nos retiráramos allí e hiciésemos vida cenobítica.