Part 6
Avilés se compone de dos barrios, uno el de la villa propiamente dicha y otro el de Sabugo, donde habitan los marineros, pescadores y menestrales de menor cuantía. Los separaba en mi tiempo un brazo de la ría, sobre el cual había un puente de piedra. Hoy se ha cegado este brazo y sobre él han edificado una plaza y construído un parque. Para nosotros, los niños de la villa, Sabugo significaba el país enemigo. Allí estaban los bárbaros acechándonos noche y día para caer sobre nosotros al menor descuido y entregarse al pillaje. De allí salían aquellos bandidos que cuando nos apartábamos un poco del recinto de la villa para echar al aire nuestras _sierpes_ (cometas) acudían feroces como si la tierra o por mejor decir el infierno los vomitasen y nos cortaban los hilos y se apoderaban de nuestras sierpes y además nos hartaban de bofetadas. ¿Dónde estaba la Reina? ¿Dónde estaba la Guardia civil? ¿Dónde estaba la policía para poner a buen recaudo a estos salteadores? Por ninguna parte asomaba la mano del poder coercitivo mostrando que vivíamos en una sociedad organizada. La vida de los niños repite sin cesar al través de los siglos el tipo anárquico de los tiempos primitivos.
Existía en Avilés una academia de música, un teatro, una sociedad de baile. De todo esto era el alma un tío mío oficial de artillería retirado y valetudinario. A pesar de sus crueles achaques este perfecto caballero esparcía la alegría y mantenía vivo en su pueblo natal el cultivo del arte. Cuando se erigió el pequeño teatro de la calle de la Cámara sus conciudadanos agradecidos le dejaron construir en apartado rincón un palco con celosía desde donde el buen viejo podía asistir a las representaciones sin ser visto.
La sociedad de baile llamada el _Liceo_ estaba situada en el antiguo convento de San Francisco. Porque los arruinados conventos de la Merced y de San Francisco servían para todo, para escuelas, para cátedras, para cuartel, para oficinas, para aduanas... y hasta para salones de baile. El del _Liceo_ era magnífico, de elevada techumbre y lindamente decorado. Los bailes se celebraban allí con toda pompa y majestad y eran el orgullo de la villa y la envidia de los extraños. Las damas y los caballeros que a ellos asistían o estaban unidos por los lazos del parentesco o eran amigos íntimos desde la infancia. En una población de ocho mil habitantes nada tiene de asombroso. Pues a pesar de eso todo se efectuaba allí con una gravedad y una corrección dignas de cualquier recepción diplomática. Las damas iban descotadas luciendo sus brazos y espaldas alabastrinas, los caballeros de frac y corbata blanca. El presidente nombraba la comisión de jóvenes introductores. La orquesta tocaba oculta desde una tribuna; los criados entraban a cierta hora con grandes bandejas de plata atestadas de confites. Se hablaba en voz baja, y los amigos con sus amigos y hasta los hermanos con sus hermanas adoptaban una actitud fría y cortesana. Todo era allí ceremonioso, imponente, dramático. Nadie dudaba de que al bailar un rigodón o una mazurca estaba cumpliendo con el sagrado deber de ilustrar a su patria.
Ya puede imaginarse el efecto que causaría la desenvoltura de un joven lánguido y displicente hijo de un banquero de Oviedo que en el baile más solemne de Avilés, nada menos que en el baile de San Agustín, penetró en el salón del _Liceo_ con botas de color, americana de alpaca y una sombrilla en la mano. El presidente le envió un recado por medio del conserje para que desalojase inmediatamente. Así lo hizo, pero la herida estaba ya inferida. A la mañana siguiente la noticia corrió como un reguero de pólvora por todos los ámbitos de la población levantando una tempestad de protestas. La villa entera vibró de indignación y de cólera. Los jóvenes y los viejos, lo mismo los caballeros que los menestrales gimieron al unísono por aquella puñalada que a nuestra amada villa le habían dado por la espalda. En los cafés, en las tiendas, en medio de la calle se hacían comentarios acalorados. Debajo de los arcos del Ayuntamiento se formaron corrillos amenazadores. En el centro de uno de ellos un viejo capitán de barco mercante vociferaba aconsejando que se fuese al hotel donde el mequetrefe de Oviedo se alojaba y se le arrojase por el balcón. El mequetrefe, escuchando la voz de la prudencia, tomó a bien meterse en la diligencia de Oviedo sustrayéndose de este modo a un probable _lynchamiento_.
Los avilesinos son apasionados del arte lírico y dramático. Cada una de las compañías de verso, de zarzuela o de ópera que durante la temporada de verano venían a dar entre nosotros algunas representaciones, lograban conmover hasta los cimientos la villa y exaltar todos los ánimos. No sólo se aplaudía a los cómicos y cantantes en el teatro; se les festejaba fuera, se organizaban en su obsequio jiras campestres y excursiones marítimas y se aspiraba ambiciosamente a tratarles con intimidad. Nuestros jóvenes se creían felices el día que tuteaban al barítono o les llamaba por su nombre de pila la dama joven. El pueblo improvisaba coplas alusivas a ellos y se cantaban por la calle. Recuerdo que llegaron en cierta ocasión un tenor llamado Palermi y una tiple llamada la Dalti que lograron cautivar como nunca a la población. Habiendo enfermado ésta se oía cantar a los chicos y a las artesanas por las calles de Avilés:
¿Qué tienes Palermi que tan triste estás? Me falta la Dalti no puedo cantar.
Cuando la compañía contaba con dos tiples o dos tenores inmediatamente se tomaba parte por uno de ellos; la población se dividía en dos bandos: lo mismo en las tertulias particulares que en los cafés se discutía apasionadamente, se aquilataban sus méritos y se escudriñaban sus defectos. En cierta compañía llegaron dos tiples, una alta y gruesa a quien el pueblo llamó en seguida la _tiplona_, y otra bajita y menuda a quien se conoció por el sobrenombre de la _tiplina_. Una y otra tuvieron inmediatamente sus partidarios tan exaltados los unos como los otros. Los dos bandos riñeron una tarde en el paseo del Bombé y vinieron a las manos y un señorito partidario de la tiplona salió de la reyerta con las narices ensangrentadas.
Pero estas alegrías terminaban así que las Pléyades asomaban la punta de su carrito por el horizonte y el cierzo comenzaba a soplar frío y húmedo. Durante el invierno no había teatro. Algún prestidigitador extraviado, algunos exhibidores de vacas sabias o de focas amaestradas, niñas gordas, enanos y otros monstruos. Nada, en suma, que pudiera satisfacer los anhelos espirituales de aquel pueblo artista por excelencia.
No obstante, estos anhelos se abrían paso y se mostraban poderosos al través de las brumas, de la soledad y monotonía del invierno. Entregada a sus propios recursos la villa de Avilés mostraba su vitalidad y su amor a la carátula. Formábase una compañía de aficionados que actuaba con bastante frecuencia en el teatro. Entre estos aficionados había algunos que en mi opinión pudieran competir con los buenos actores que después he visto en Madrid. Había también un fecundísimo poeta llamado don Pedro Carreño que abastecía a la compañía de dramas, tragedias, comedias y entremeses. Este notable poeta no sólo escribía las obras dramáticas sino que, como Shakespeare, las dirigía y las representaba personalmente, si bien, como el gran poeta inglés, se reservaba sólo los papeles secundarios. Del inmenso catálogo de sus obras, sólo muy pocas fueron impresas en vida lo mismo que acaeció con las del autor de _Hamlet_, y para que la semejanza sea más completa añadiré que adoptaba también para ellas títulos caprichosos y fantásticos. Uno de sus dramas más aplaudidos se titulaba, si no recuerdo mal, _Más vale que sierren tablas_, de sabor verdaderamente shakespeariano.
Pero donde se hizo ostensible de manera más evidente el poder de nuestra raza y lo maravillosamente dotada que está para el cultivo de las Artes, fué cuando unos cuantos aficionados, luchando con dificultades increíbles, se resolvieron a poner en escena y cantar una ópera. No creo que ningún otro pueblo de España lo haya intentado siquiera. La ópera elegida fué la _Lucía di Lammermoor_ del maestro Donizeti. Un ebanista de la calle de la Herrería llamado Mariño, que poseía una agradable voz de tenor, desempeñó el papel de Edgardo y un barbero de los arcos de la plaza el de barítono. Lo más escogido de la sociedad avilesina figuraba en los coros de ambos sexos.
¿Será arrogancia, por mi parte, el decir que una villa capaz de llevar a feliz término tales empresas merece ser conocida en el mundo de otro modo que por sus jamones?
IX
PRIMERAS IMPRESIONES
Mis primeras impresiones no son de Entralgo, aunque haya nacido allí como he dicho. La primera vez que me di cuenta de la existencia o me reconocí como un ser viviente fué en Avilés, debajo de una mesa. Estaba allí oculto, silencioso y trabajando. ¿En qué trabajaba? En abrir un agujero a un gran pan de cuatro libras que había logrado hacer descender desde la mesa hasta mis manos. No comprendo cómo pude llevar a feliz término esta grave operación tan superior a mis fuerzas, porque yo no contaría entonces más de dos años de edad. Para realizarla no disponía de maromas, cabestrantes y poleas, sino de mis propios brazos solamente, que a más de no tener nada de atléticos se hallaban algo trabados por una blusa verde demasiadamente almidonada. Tengo una idea de que el pan estaba al borde de la mesa y que le fuí haciendo resbalar poco a poco hasta que por su propio peso cayó sobre mí y como yo no podía sostenerle me dejé caer a mi vez en el suelo abrazado a él.
Ni mi madre, que bordaba en un rincón del comedor, ni una señora parienta suya que la acompañaba, ni la costurera, empeñadas todas tres en animada plática, se dieron cuenta del arriesgado trabajo preparatorio que yo acababa de realizar.
Una vez que me vi dueño del pan me arrastré cautelosamente hasta colocarme debajo de la mesa y allí principié mi tarea perforadora con la paciencia de un chino y la terquedad de un astur. Lo más difícil, lo que parecía casi imposible de realizar era la ruptura de la corteza. Yo la acometí, sin embargo, con buen ánimo. Humedeciendo el dedo con saliva y después de largo y penoso trabajo logré al fin romperla. Lo demás era relativamente fácil. El túnel se fué abriendo poco a poco y los escombros pasaban rápidamente a mi estómago.
Al cabo vi que mi madre preguntaba por mí. Se me buscó con la vista y cuando advirtieron que me hallaba debajo de la mesa y tenía un pan entre mis piernas quedaron altamente sorprendidas. Sin embargo, a la costurera no le pareció aquella situación decorosa para el hijo primogénito de una respetable familia y vino a sacarme de ella tomando el pan y colocándolo sobre la mesa. ¡Cómo podía figurarse que aquel pan no guardaba ya su integridad! Mis tiernas manos no podían, en efecto, atentar a ella de un modo violento pero ignoraban lo que puede el ingenio apretado por la necesidad.
Un escozor le acometió a mi madre y era que el pan podía haberse manchado en el suelo. Por su orden la costurera vino a comprobarlo. Al hacerlo dejó escapar un grito de sorpresa y después una alegre carcajada.
--¡Señora, mire por su vida lo que el niño ha hecho! ¡Qué cosa más graciosa!
El agujero debía de ser efectivamente muy gracioso porque mi madre y mi tía se retorcían de risa contemplándolo. Y según oía decir, entre las carcajadas que fluían de su boca, estaba admirablemente hecho; era una verdadera obra de arte.
Tal es mi primera impresión consciente en esta vida terrestre a la cual Dios plugo enviarme, y el dato intuitivo de más importancia que de ella adquirí por entonces. La perforación de un túnel fué mi primer trabajo serio en este mundo. Parecía por ello que yo estaba destinado a ser ingeniero. Sin embargo, no fué así como el lector verá si se digna seguir leyendo estas memorias.
Después recuerdo perfectamente que no me pesaba poco ni mucho de haber adquirido conciencia o haber nacido en este mundo, el cual no me parecía un valle de lágrimas sino vergel delicioso. Todo era exquisito y bello; la sala con su sillería enfundada, el gabinete, el tocador de mi madre, el cestito de su labor, las librerías de mi padre, su butaca... ¡oh! su butaca forrada de gutapercha verde, donde me refugiaba entre sus piernas cuando le veía sentado y le hacía preguntas sobre preguntas, informándome acerca de todos los secretos de la creación que yo desconocía en absoluto. «Los carneros, ¿por qué tienen el pelo tan largo, papá? Los caballos, ¿por qué no lo tienen? ¿La lluvia cae del cielo? Entonces, el cielo estará mojado siempre ¿verdad? La huerta de mi primo ¿por qué es mayor que la nuestra? ¿Por qué tienes barba y yo no la tengo ni mamá tampoco? ¡Ah! la tengo dentro y me saldrá; entonces también a mamá le saldrá. ¿Por qué no le saldrá a mamá y a mí sí?...»
Mi padre respondía a mis preguntas con la mayor bondad, dulce y satisfactoriamente. Es decir, satisfactoriamente no siempre. Alguna vez advertía en sus respuestas cierta falta de lógica y que se deslizaba más de un sofisma en su discurso. Pero no se lo hacía ver, disimulaba y me daba por convencido porque adoraba a mi padre y por nada del mundo quería verle humillado.
Todos eran buenos y amables para mí. Cuando salía a la calle, cuantas personas encontrábamos me acariciaban y pasaba de unos brazos a otros encontrando en todos protección y cariño. En las casas de amigos y parientes adonde me llevaban, me acogían con gritos de alegría, me agasajaban y regalaban, nunca querían dejarme marchar. La que más me placía era la de mi madrina, una hermana de mi abuela que tenía cuatro hijos jóvenes, tres varones y una hembra, todos ellos entre diez y seis y veinticinco años. Era una hermosa casa, un gran patio central rodeado de galería de cristales y lleno para mí de sorpresas agradables, un magnífico reloj de música, una terraza con columpio, una pajarera, dulce de membrillo. Luego uno de mis tíos tocaba admirablemente la flauta, otro el piano, mi tía Modestina cantaba. ¡Oh Dios mío cuánto me mimaban aquellos buenos tíos! Lo recuerdo todo como un sueño feliz. El mundo se me ofrecía bajo un aspecto mágico, era un fanal maravilloso destinado a guardar seres amables y dichosos. Gustaba por primera vez el encanto de vivir; como una irisada mariposa nadaba en un mar de perfumes bebiendo la luz, saturándome de amor y de alegría...
Todo pasó, todo se hundió en los abismos del tiempo. Sin embargo, Dios misericordioso me ha dejado el consuelo de poder evocar cuando quiero aquel mundo mágico. No tengo más que canturrear un vals, que cantaba en aquella época mi tía Modestina y cuya letra empezaba:
Hubo un tiempo vida mía en que tu boca de rosa una sonrisa amorosa dibujaba para mí.
para que repentinamente corra un estremecimiento de dicha por mi alma y surja ante mis ojos con todo su embeleso la mañana de mi vida, y vuelva a escuchar la voz y ver el rostro de aquellos seres amados que ya no existen. Lo hago pocas veces, no obstante, porque sé que las impresiones se gastan como el dinero y quiero ser avaro. La idea de que pudiera disiparse mi tesoro me horroriza.
Muchas, muchísimas veces me he preguntado después en el curso de mi vida, ¿cuál será el mundo verdaderamente real, aquel que yo veía en mi infancia o este otro que ahora contemplo al través del velo tejido de perfidias, traiciones, bajezas y ruindades que los años colocaron delante de mis ojos? Ya sé que para la gran mayoría de los hombres el caso no es dudoso. Sin embargo, para mí lo es y para un cierto sujeto de algún talento que vivió hace muchos años, a quien llamaban Platón, también lo sería. Hay momentos en que me acometen ideas verdaderamente extravagantes y absurdas. En uno de esos momentos he llegado a pensar que en el concierto universal de los mundos siderales el vals de mi tía Modestina significa más que una sesión de Cortes. Guárdame, lector, el secreto de esta locura y de otras muchas que verás en las presentes memorias. Eres para mí un amigo íntimo, un confidente discreto en cuyo oído deposito todo lo que rebosa de mi corazón.
Un poco más adelante se alza ya en mi memoria cierta triste impresión, que es cronológicamente la primera de las muchas parecidas con que la vida me brindó más adelante. Habiendo quedado abierta, por descuido, la puerta de la calle, un mendigo anciano se deslizó dentro de casa; subió la escalera y se apoderó de un objeto, que me parece era una gorra de mi padre. Le sorprendieron en el momento de marcharse y hubo gran confusión y alarma. Veo, como si lo tuviera delante de los ojos, a aquel anciano andrajoso de barba blanca, en medio de la escalera, con sus brazos abiertos disculpándose, pidiendo perdón. Y unos peldaños más arriba veo a mi madre, a la costurera y las criadas increpándole furiosamente. Recuerdo que sentí una impresión dolorosa, una compasión infinita por aquel pobre viejo tan miserable, tan humillado. Mi pequeño corazón se revelaba contra los insultos que le dirigían y se me representaba su injusticia. Percibía claramente que nosotros vivíamos bien y teníamos aún más de lo que nos hacía falta, mientras aquel anciano desvalido carecía de lo indispensable para sustentarse. La piqueta socialista comenzó a abrir brecha en mi cerebro infantil.
Pocos días después o pocos meses, que esto no puedo precisarlo, era yo feliz con un juguete que mi tío me había traído de Madrid, un moro de goma pintado de vívidos colores. Estaba orgulloso con él y lo mostraba a todos los conocidos y desconocidos. Entre estos últimos acertó a pasar por delante de mi portal un chicuelo de seis u ocho años, el cual se manifestó inmediatamente como un admirador incondicional de mi árabe. Nada podía halagarme más en aquel momento. Así que para demostrarle mi complacencia y lo mucho que estimaba sus honrados sentimientos, me avine, como él lo deseaba, a entregárselo para que pudiera examinarlo con todo detenimiento. Ponérselo en las manos y emprender una carrera vertiginosa fué todo uno. De tal manera, que unos segundos después perdí de vista al moro y a su compañero y no volví a verlos en mi vida.
Las lágrimas que derramé y la cólera encendida que se apoderó de mí, nadie puede figurárselos. En aquel momento deseaba ardientemente que todo el peso de la ley cayese sobre el ladrón, que la Guardia Civil se apoderase de él, que le metiese en un calabozo y le azotase. Las ideas conservadoras se enseñorearon completamente de mi alma.
Y he aquí cómo a los tres años de edad era ya lo que fuí después toda mi vida, un conservador forrado de socialista o un socialista forrado de conservador, como mejor se quiera.
Hay otra impresión que guardo también muy viva de esta época. Me veo sentado a la mesa en una silla de brazos estrecha y alta. Sirven una fuente de truchas, me ponen una y yo me empeño en comerla con los dedos como había visto hacer a Mateo el nieto de la Colasa, una mujer que venía a casa a fregar los suelos. Mi madre se opone resueltamente y me da un ligero golpe en las manos. Esto me irrita y enciende más mi deseo. Vuelvo a tomar un pedacito de trucha con los dedos y mi madre me aplica otro golpe más fuerte. Grito, me obstino, y a viva fuerza quiero hacer mi voluntad. Entonces mi madre encolerizada se levanta, me da unas cuantas bofetadas, me arranca de la silla, y me lleva a un cuarto obscuro y me deja allí encerrado. Lloré y chillé tumbado en el suelo hasta quedar rendido. Al cabo observé que el ruido de platos cesaba, que la comida había terminado y mi madre se retiraba a su gabinete.
Poco tiempo después se abre la puerta de mi prisión, entra mi padre, me levanta, me besa y tomándome en brazos sube conmigo hasta su despacho, me deja allí y baja de nuevo subiendo en seguida con la fuente de las truchas.
Me sienta en su sillón, me pone un plato delante y dice con resolución:
--¡Ahora come como quieras!
Y se cruza de brazos para verme comer con los dedos.
Ya sé que esto es muy poco pedagógico y que mi madre tenía razón sobrada para castigarme. Sin embargo, no puedo recordar esta escena sin sentirme enternecido.
X
COMETO UN ASESINATO
Todo hombre ha merecido alguna vez la horca en el curso de su vida, dice Montaigne. Yo la merecí en edad bien temprana, pues no contaba más de cuatro años de edad. Oíd cómo sucedió:
En aquel tiempo existía en Avilés un monstruo llamado don Gregorio Zaldua. Este monstruo no comía los niños crudos como suelen hacer los otros monstruos; pero impedía que los niños comiesen nada ni crudo ni asado, y el resultado era igualmente funesto.
--El niño tiene la lengua sucia--decía mi madre en voz alta--. Hay que avisar a don Gregorio.
Y el niño, que era yo, se echaba a temblar como el cordero a la vista del lobo.
Llegaba el lobo, me miraba la lengua, me palpaba el vientre, me examinaba los párpados, y después de estas y otras odiosas maniobras, pronunciaba con la mayor indiferencia la horrible sentencia:
--Denle ustedes una onza de aceite de ricino en dos veces... Y dieta... ¡sobre todo mucha dieta!
¡Oh Dios del Sinaí! ¡el aceite de ricino! Escuchando este nombre se me erizan aún los pocos cabellos blancos que me quedan en la cabeza.
--Es, que se resiste a tomarlo--decía mi madre tímidamente.
--Pues es muy sencillo hacérselo tragar. No tiene usted más que apretar la nariz con el dedo índice y el pulgar, y cuando abra la boca echárselo allá.
¡Bárbaro! Otras veces la sentencia era más suave.
--Póngale usted sobre el vientre una cataplasma de harina de linaza... y dieta... ¡sobre todo mucha dieta! Cuidado con que el niño coma absolutamente nada. En usted tengo confianza, pero hay que vigilar a Silverio porque es un padrazo incapaz de resistir el llanto del niño.
Verdad; mucha verdad. Mi padre por no verme sufrir, sería capaz de darme una rosquilla bañada de la confitería de Nepomuceno.
¡Oh las rosquillas bañadas de Nepomuceno! ¡Y las _tabletas_! ¡Y las _crucetas_! Jamás se ha visto ni se verá en el arte de la confitería una obra más perfecta, y apelo al testimonio de aquellos de mis contemporáneos que hayan tenido la felicidad de gustarlas.
Cuando alguna que otra vez tropiezo en los senderos de la vida con uno de estos dichosos mortales que han sufrido indigestiones por haber ingerido en su infancia demasiadas _tabletas_ no puedo menos de abrazarle enternecido.
¡Pero buenos estaban los tiempos para rosquillas bañadas! Mi madre era vigilante y enérgica, y no diré una _tableta_, pero ni un pedazo de pan de la cocina me permitiría llevar a la boca. Mi padre no osaba interponerse; las criadas la secundaban, y yo quedaba a merced de aquel monstruo de don Gregorio, sumido en la más horrible miseria.
Imposible encontrarse en mayor aflicción y necesidad. Por mi pequeño corazón pasaba toda la tristeza y desolación que caben en el mundo, y no hay que dudar que caben bastantes. Y lloraba las lágrimas más amargas que el hombre puede derramar en este valle; y si no maldecía de la vida era que aun no había leído a Schopenhauer.
Recuerdo que una noche me pusieron en el vientre la consabida cataplasma de harina de linaza. Después de ponérmela apagaron la bujía, encendieron una lamparilla y se marcharon dejándome solo. Yo gritaba pidiendo pan, un mendrugo de pan siquiera: pero nadie escuchaba mis gritos. La naturaleza, los hombres, el mismo Dios parecían haberse vuelto sordos. Al cabo de un rato llegó Pepa la cocinera y me dijo que si no me callaba seguramente vendría el Trasgo a cogerme por las piernas. Yo no había tenido la desgracia hasta entonces de trabar conocimiento con el Trasgo y como no lo deseaba me callé.
Pero el hambre me punzaba, ¡qué diré punzaba! me roía las entrañas. Entonces tuve una inspiración, uno de esos pensamientos felices que sólo acuden a la mente humana una vez en la vida.
Llevé mis manos a la cataplasma, la saqué de su envoltura de lienzo y me la comí.