La novela de un novelista

Part 5

Chapter 54,143 wordsPublic domain

Y sentí que echaba a andar detrás de mí. Cuando salí a la carretera noté que se ponía a mi lado y emparejados tomamos la dirección de la Pola. Yo no le hablaba porque estaba irritado y además la lengua me pesaba un poco en la boca. La noche más hermosa que antes. Había salido la luna y alumbraba tanto que a mí me parecía ver dos, una al lado de otra. Poco a poco se me fué pasando el enfado y para entrar en conversación le dije a Rufo:

--¡Vaya una noche linda, compadre!

No me contestó más que con un grosero gruñido.

--¡Anda! ¿Conque eres tú el que te enfadas después de lo que me has hecho aguardar?--le dije parando y encarándome con él.

¡Pero cuál fué mi sorpresa al ver que mi amigo Rufo se había transformado en oso!...»

--¡Eso es mentira, hombre!--exclamó Pacho desde su tajuela.

--Aguarda un instante, amigo--repuso Joaquín.

--¡Que te digo que eso es una gran mentira, hombre!

--¡Cállate, animal!--exclamó Cayetano encolerizado--. Deja que Joaquín termine su cuento.

Pacho, sin hacer caso, rojo de indignación y como si quisiera arrojarse sobre el pobre violinista, gritó más fuerte aún:

--¡Que te digo, hombre, con toda la boca, que mientes, hombre! ¿Lo quieres más claro, hombre?

--¿Pero quieres callarte, pedazo de bárbaro?--volvió a decir Cayetano tomando las tenazas con ademán de arrojárselas.

A duras penas se logró hacerle callar y Joaquín pudo continuar su cuento.

«--Vaya unas bromas que me gastas, compadre--le dije--. ¿A qué conduce esa tontería de transformarte en oso?

Rufo no me respondió.

--¡Anda, pues no eres poco chistoso, hijo!--continué yo--. ¡Si creerás que me vas a asustar! ¡Ja, ja! A pesar de esos pelos y ese hocico puntiagudo, te conozco, querido, y estoy tan tranquilo como si me tocases un tango con la guitarra... ¿Sabes lo que te digo Rufo?, que no eres un oso, sino un ganso, y que me está apeteciendo alumbrarte una torta en el hocico para que aprendas a no burlarte de los amigos.

Y como lo dije lo hice, a mano suelta le di sobre el hocico un revés.

Mi amigo Rufo lanzó un fuerte gruñido y dejando la posición cuadrúpeda se puso de pie y comenzó a bailar en torno mío gruñendo terriblemente. Os confieso amigos que si alguna vez sentí miedo en el mundo fué en esta ocasión. Eché a correr como pude, que no podía gran cosa, pues los pies me pesaban como si llevase zapatos de plomo. Rufo corrió detrás de mí siempre de pie, pero aún corría menos que yo. Como yo le llevaba alguna delantera me detenía de vez en cuando y le decía en tono suplicante:

--Rufo, amigo mío, perdona. No te he dado esa torta por ofenderte.

El no hacía caso y continuaba persiguiéndome. Cuando se acercaba yo volvía a correr y así que me hallaba lejos le suplicaba otra vez:

--Vamos, Rufo, no seas así. Una broma es una broma y entre amigos no tiene importancia.

Por fin se ablandó y dejándose caer, anduvo otra vez en cuatro patas. Entonces me acerqué ya sin miedo a él y nos emparejamos como antes. Y seguimos charlando con la mayor animación, es decir, recuerdo que era yo el que charlaba porque mi amigo Rufo no hacía más que asentir con leves gruñidos a lo que yo le decía. Tanto que cansado a la postre y un poco impaciente detengo el paso, me planto delante de él y le digo:

--Pero, hombre de Dios, ¿hasta cuándo va a durar esta broma?

Mas he aquí que Rufo se pone otra vez de pie y comienza a bailar y a gruñir de un modo espantoso. No poco trabajo me costó aplacarle y sólo lo conseguí después de mucho tiempo.

Por fin llegamos a la Pola, me dirigí a casa de mi amigo Ramón el Puntillero y llamé a la puerta. Me abrieron en seguida y entonces volviéndome a Rufo, que me seguía, le dije:

--Compadre, puesto que no quieres dejar todavía esa bromita, dormirás esta noche al fresco.

Y le dí con la puerta en el hocico. Caí en la cama como una piedra y el Puntillero tuvo compasión de mí y me dejó dormir hasta las diez de la mañana. Pero a esa hora me despertó a gritos diciéndome:

--Joaquín, Joaquín levántate ahora mismo. Está ahí un alguacil de parte del alcalde para que te presentes inmediatamente en el Ayuntamiento.

--¿Pero qué pasa?--exclamé sobresaltado.

--Nada, al parecer, unos gitanos te acusan de que les has robado un oso.

Quedé estupefacto. No me acordaba absolutamente de nada. Sin embargo, poco a poco fué entrando la luz en mi cerebro y me di cuenta de lo que había pasado aquella noche. Me vestí rápidamente y me dirigí al Ayuntamiento. Cuando llegué allá, el oso ya había parecido y los bohemios andaban por el pueblo tocando el pandero y haciéndole bailar. Le habían encontrado debajo de un hórreo donde se había comido más de una arroba de paja que allí estaba amontonada.

Cuando le conté el caso al alcalde quería desnudarse de risa y en vez de ponerme multa se la puso a los gitanos por haber dejado un animal peligroso en libertad.

Al salir del Ayuntamiento tropecé con mi amigo Rufo que había dormido en la taberna de Jerónimo debajo de una mesa. Le habían robado la guitarra y venía a dar queja al alcalde sospechando de los bohemios. No consiguió nada. El oso había parecido pero la guitarra no volvió a verla en su vida.»

VII

LA PARTIDA

La primavera sopló otra vez sobre nuestra feliz aldea; las rosas se abrieron, los mirlos cantaron en la pomarada, los terneros mugieron en el establo, los céfiros nos traían sobre sus alas perfumadas los rumores del bosque, gorjeos de pájaros enamorados: la zarzamora que tapizaba los caminos se llenaba de florecillas moradas: del balcón de mi cuarto colgaban ya los pámpanos que alegres temblaban al nacer la aurora...

Todos estos signos de la gloriosa resurrección de la naturaleza alegraba a los hombres y a los animales, pero a mí me inquietaban vivamente. Había oído decir repetidas veces a mi madre que en cuanto viniese la primavera partiríamos para Avilés. Por aquel tiempo no sabía yo que esta villa guardaba en su seno placeres mucho más exquisitos que los que podía brindarme Entralgo. Pensando en la escuela, en la gramática, en las planas, en la vara de avellano de don Juan de la Cruz se me ponía la carne de gallina.

¿A qué pensar en ello, sin embargo? Aquí estaban aguardándome a la puerta, como siempre, mis amigos Ramón, Sixto, José, Segundo, una guardia fiel y decidida que yo había logrado formarme durante mi estancia en la aldea. Corríamos los senderos, trepábamos a los árboles para alcanzar los nidos, hacíamos hogueras y asábamos allí patatas, cortábamos varas de sauco para construir _tira-tacos_, nos pasábamos horas enteras espiando la guarida de las anguilas en los arroyos, pero sin lograr jamás atrapar ninguna, toreábamos a los carneros (desde mi fatal aventura y en pocos meses había ya dado grandes pasos en el arte taurino), montábamos en todos los caballos que encontrábamos sueltos por los caminos.

Este último recreo ofrecía más de un peligro, para mí especialmente, que no era ni tan duro ni tan diestro como mis compañeros. Tuve ocasión de experimentarlo bien pronto. En una de aquellas tardes primaverales habíamos estado en el río levantando piedras y piedras para atrapar truchas. No era más que un simulacro, porque en el fondo estábamos persuadidos de que nunca pescaríamos una. Cuando nos fatigamos de aquel infructuoso ejercicio nos decidimos a regresar al pueblo. Apenas habíamos caminado algunos pasos tropezamos con un gran caballo pastando la yerba que crecía en aquel terreno guijarroso. Acometido de un vértigo de grandeza dije:

--Voy a montar ese caballo.

Los amigos trataron de disuadirme porque sabían perfectamente a qué atenerse respecto a mis adelantos en la equitación.

--Es demasiado alto.

--No importa. Vosotros me ayudaréis a montar.

Debo confesar que lo hicieron de mala gana, pero lo hicieron. Entre todos ellos fuí izado sobre el lomo del animal, que no era ni fogoso ni resabiado. Lo único que hizo fué trotar acompasadamente en dirección a la aldea. Pero yo no supe acomodarme a su compás, comencé a vacilar, perdí al fin el equilibrio y di pronto con las narices en el suelo.

Una de las cosas menos gratas de la existencia es, sin duda, caer de narices contra una piedra desde un caballo de ocho cuartas. Yo que no las tenía de cemento armado las sentí deteriorar con un vivo dolor que me hizo prorrumpir en gritos. Mis amigos al escucharlos y al verme yacente y ensangrentado, se dispersaron como los discípulos de Jesús cuando su divino Maestro fué clavado a la cruz. Acudió a los pocos momentos en mi auxilio un criado llamado Linón que ya lo había sido de mi abuelo y que por casualidad acertó a pasar por allí. Me levantó del suelo, me llevó al río y me lavó el rostro. Mientras lo hacía no cesaba de instruirme con saludables advertencias.

--Ya ves lo que sucede por ser atrevido.--¿Quién te ha mandado subirte a un caballo si no sabes montar?--Si hubieras sido formal no te pasaría esto.--¡Qué ocurrencia ha sido la tuya de montar en un caballo tan alto y a pelo!, etc., etc.

Es posible que sea un consuelo el averiguar cuando uno se rompe las narices, que si hubiera hecho esto o dejado de hacer aquéllo habría evitado la ruptura, pero yo no experimenté ninguno en aquella ocasión. Al contrario, cuanto más persuasivo se mostraba Linón, más triste y miserable me sentía yo. Por fin me llevó en brazos hasta casa y no fué débil el susto de mis padres al verme en tal estado. Se me aplicaron compresas de árnica y mi buen padre estuvo toda la noche renovándolas incesantemente.

Creí del caso en tales momentos encomendarme o hacer promesa de visitar algún santuario. En vez de uno prometí visitar dos, el de la Virgen de Covadonga y el del Santo Cristo de Candás. Ignoro por qué fuí tan lejos en mi devoción teniendo cerca al milagroso San Nicolás de Campiellos. ¿Sería por deseos de viajar o bien porque se me hubiera comunicado el desprecio que sentía nuestro párroco hacia el santuario de Campiellos? De todos modos mi madre quedó complacidísima y prometió llevarme a Covadonga y a Candás tan pronto como nos halláramos en Avilés.

Al día siguiente vino el médico, se me pusieron los vendajes necesarios y en pocos días quedé curado. Sin embargo, más adelante se necesitó la intervención de un médico de Oviedo y toda mi vida me resentí de aquella caída.

Se hablaba ya bastante en casa de nuestra partida; se fijó por fin el día. Yo estaba tristísimo, aunque se había restringido mi libertad, después de la caída. Pero aún lo estaba más, a mi juicio, el sobrino del señor cura de la Pola y diré en pocas palabras por qué.

Había traído mi madre de Avilés una doncella de espléndida belleza llamada Alvarina. Pasaba por una de las más hermosas jóvenes de Avilés: no necesito añadir más, pues la belleza de las mujeres de esta villa es proverbial en España. Yo amaba a esta Alvarina con todo mi corazón, no tanto por su belleza como por su bondad. En los niños el amor es intelectual y más razonado que en los hombres. Sólo en los degenerados amanece temprano la sensualidad. Claro está que la belleza ejerce una influencia favorable sobre todos los seres, mas a pesar de su gran hermosura si esta mujer hubiera sido mala no la habría amado. Lejos de esto, yo la encontraba siempre dulce y afable procurándome recreos, guardándome golosinas, tapando mis faltas cuando las cometía. Hacía aún más y mejor, y era darme aliento para ser bueno y valeroso. Con un instinto pedagógico que hoy mismo me parece digno de toda admiración, hallaba fácilmente los medios más adecuados para conseguirlo. Cuando en casa había cualquier desavenencia y mi madre nos residenciaba y comenzaba el interrogatorio, Alvarina decía en voz alta:

--Que diga el niño cómo ha sucedido. El niño no miente.

Es increíble el efecto que me causaba esta apelación a mi veracidad. Me llenaba de orgullo, y en aquel momento hubiera declarado la verdad aunque me arrastrasen después a la horca.

Si se trataba de llevar la bujía después que me había acostado y dejarme a obscuras, Alvarina decía en tono resuelto:

--Podéis llevar la luz: el niño no tiene miedo.

Y yo que lo sentía, y bien horrible por cierto, me mordía los labios, metía la cabeza entre las sábanas pero no dejaba escapar la más leve protesta.

De tal manera esta hermosa joven contribuyó mejor a mi educación moral que cuantos libros he leído y sermones he escuchado después. Ella me hizo un hombre verídico y lo fuí bastante hasta que me dediqué a novelista. Dios se lo pague.

Pues de esta Alvarina tan bella, tan gentil, tan bondadosa, se enamoró perdidamente el sobrino del señor cura de la Pola, un apuesto mancebo que estudiaba el último año de sagrada teología. Aquel de mis lectores que no hubiera hecho lo mismo que le tire la primera piedra. Había venido a pasar una temporada a Laviana y había suspendido momentáneamente sus estudios no recuerdo por qué; quizá porque su tío se hallaba delicado de salud y viniese a cuidarlo. Nos visitaba con frecuencia y puede suponerse que desde que el hijo de Venus le disparó una de sus mortíferas flechas, nos visitaba con más frecuencia aún. El cuitado inventaba mil artificiosos pretextos para justificar estas visitas. Una vez venía a traer a mi padre cierta semilla de guisantes para la huerta, otra venía a preguntarle de parte de su tío cualquier menudencia referente a un arrendatario, o bien me traía una primorosa casita de cartón para los grillos o traía a mi madre una plantita de albahaca o geranio. Mi madre sonreía viéndole perderse en un laberinto de razonamientos especiosos y yo sonreía también viendo a mi madre sonreír. El pobre chico se ponía encarnado hasta las orejas, hasta que concluía por toser de un modo formidable y mi madre le decía que cuidase aquel catarro pues en los jóvenes es peligroso, y él se ponía más colorado aún, lo cual parecía en verdad imposible.

Mi enfermedad fué para él la salud. Venía a verme todos los días y raro era aquel en que no me regalase con cualquier chuchería. Me acompañaba largos ratos y durante estos ratos Alvarina entraba y salía tantas veces en mi habitación llevando y trayendo objetos que no parecía otra cosa sino que nos estábamos mudando de casa y fuera ella sola la encargada de efectuar la mudanza. Cuando al cabo sané tampoco quiso privarme de su amable compañía comprendiendo que en la convalecencia es cuando hay que ejercer una vigilancia más activa y estrecha a fin de evitar una recaída.

Llegó por fin la víspera del día aciago en que debíamos abandonar aquella mansión venturosa. Porque para mí Entralgo, a pesar del reciente fracaso de mi nariz, continuaba siendo el paraíso terrenal. Se dispuso que saliésemos al amanecer a fin de poder llegar a Avilés por la tarde. Dejaríamos los caballos en Sama, donde nos aguardaba un coche que nos trasladaría a nuestra villa haciendo parada en Oviedo para comer. Como debíamos levantarnos excesivamente temprano, mi madre creyó mejor que no nos acostásemos y pasásemos la noche en alegre reunión. No sólo los amigos de Entralgo sino algunos de la Pola vinieron a acompañarnos en aquella velada que fué divertida y ruidosa como ninguna. No me parece necesario añadir que entre los últimos figuraba el enamorado seminarista sobrino del cura de la Pola.

Se bailó, se jugó, se cantó, se improvisó, se disparató cuanto es imaginable. El seminarista y Alvarina, que hasta aquel día se habían mostrado reservados y evitaban con el mayor cuidado el manifestar públicamente su inclinación, se creyeron dispensados ya de todo disimulo y sentados en un rincón de la sala no se apartaban el uno del otro y charlaban animadamente con los ojos brillantes y las mejillas encendidas. Ambos parecían estar alegres o por lo menos querían demostrarlo. Sobre todo el seminarista ostentaba una jovialidad tan excesiva que yo mismo, a pesar de no haber cursado aún la asignatura de Psicología, adivinaba que era falsa.

Naturalmente las bromas de los tertulios iban dirigidas a menudo hacia ellos y naturalmente ellos se ruborizaban, pero no abandonaban por eso ni su posición feliz ni el hilo de su discurso interminable. No faltaba allí como en muchas tertulias, particularmente en las de aldea, un payaso que nos divertía con sus bufonadas, y este payaso no cesaba de vejar a la amartelada pareja, improvisando coplas a su salud.

Como de costumbre yo sentí al cabo que los párpados me pesaban, fuí al sofá y me dormí al lado de mi madre. Cuando desperté la tertulia continuaba tan bulliciosa como antes, pero mi madre no estaba allí; el seminarista y Alvarina también habían desaparecido. Entonces me levanté y buscando a mi madre me dirigí al gabinete contiguo cuya puerta se hallaba entreabierta. No había luz dentro y sólo la que entraba por la puerta lo esclarecía. Pude ver, sin embargo, a mi amigo el seminarista sentado en una silla con la cabeza entre las manos y sollozando perdidamente. En pie al lado suyo mi madre y Manola hacían esfuerzos por consolarle y animarle.

¡Pobre joven! Jamás se me ha borrado de la memoria esta escena. Años después supe que era un sacerdote ejemplar. No me sorprende porque Dios no abandona a aquellos que saben tomar a su propio corazón entre las manos y estrujarle.

VIII

AVILÉS

Cuando llegué a Madrid para estudiar mi carrera y vi en los escaparates de las tiendas de comestibles unos cartelitos que decían: _Jamón de Avilés_ no pude menos de experimentar profunda sorpresa. A esta sorpresa siguió inmediatamente un sentimiento de vergüenza y de irritación. ¿Cómo? ¡La villa poética por excelencia, la villa de las mujeres hermosas y las canciones románticas, aquella blanca paloma del Cantábrico era conocida en el resto de España solamente por sus jamones!

Jamás pudiera imaginarlo ni lo imaginó ninguno de sus hijos. Viviendo en Avilés hasta entonces a nadie había oído gloriarse de esta grosera ventaja. Ni aun sabía que en Avilés existiesen cerdos. Mientras allí estuve no conocí más que uno, cierto administrador de correos que se comía las sardinas crudas y entregaba las cartas abiertas. Pero este administrador no había nacido en Avilés.

Si yo no he nacido tampoco en esta villa a ella me trajeron cuando contaba sólo algunos meses de edad. De modo que puedo y quiero considerarla como mi segunda patria.

Los avilesinos son nobles, alegres, probos y están dotados de viva imaginación, aman la música, son sentimentales y un poco románticos. Reina en este pueblo una amable jovialidad infantil que ensancha el corazón de cuantos viajeros lo visitan y aleja instantáneamente su mal humor. A muchos he oído decir que así que ponían los pies en Avilés se sentían cambiados, olvidaban sus penas y amaban otra vez la vida. Por todo lo cual sería muy justo que el Gobierno de la nación declarase a esta villa sanatorio oficial para los neurasténicos.

A mis oídos ha llegado el rumor de que los avilesinos actualmente toman en serio las mezquindades de la política. Me resisto a creerlo. Hace sesenta años en Avilés no existía la política ni nadie pensaba más que en servir a Dios y bailar habaneras. Si había elecciones, que yo lo dudo mucho, era cosa que se efectuaba allá en secreto en el Ayuntamiento entre unos cuantos señores que regresaban a la hora de comer a sus casas furiosos porque se les hubiera molestado para cosa tan baladí.

En cambio cuando se trataba de una romería todos éramos unos. Grandes y pequeños, hombres y mujeres, ancianos y niños marchábamos como un solo cuerpo. Si el santuario estaba lejos se iba por la mañana y las domésticas llevaban en grandes cestas la comida: si estaba cerca íbamos después de comer. Pero había uno, el más principal de todos, el de Nuestra Señora de la Luz que estaba cerca y sin embargo no faltaban sibaritas que al rayar el alba subían a la pintoresca colina provistos de bizcochos, compraban a las aldeanas pucheros de leche y después de proporcionarse este regalo jugaban con las vasijas hasta romperlas y volvían a casa para restituirse de nuevo a la romería por la tarde.

¿Qué se hacía en estas romerías? Pues bailar, bailar hasta caer exánime sobre el césped. En Avilés el no saber bailar constituye un crimen de lesa majestad. Todo el mundo habrá oído decir que de aquí han salido los primeros bailarines del mundo. Cuando por primera vez me llevaron mis padres a un baile del _Liceo_ (tenía yo diez y seis años) mi madre me dijo gravemente:--«Anda ve a pedir este vals a Romana que es la que mejor lo baila en Avilés.»--Romana era una señorita de cuarenta años y bailaba de un modo increíble, como una sílfide veterana. Me arrebató en sus brazos y después de hacerme rodar como un trompo por espacio de un cuarto de hora me entregó casi privado de conocimiento a mis padres.

Se formaban corros de señoritas y corros de artesanas y en unos y otros se bailaba frenéticamente. No existía la lucha de clases; y la prueba es que muchos señoritos abandonaban el círculo de sus iguales y se introducían en el de las artesanas sin que los obreros se diesen por ofendidos. En los años que allí viví no he presenciado jamás una reyerta. ¡Cuán distintos de ellos los hijos belicosos del valle de Laviana donde vi la luz del día! Aquí no se celebraba romería sin que a la hora de ponerse el sol no viniesen fieramente a las manos las huestes acaudilladas respectivamente por Nolo de la Braña y Toribión de Lorio[3].

Al ponerse el sol regresaban los romeros a la villa entonando a dúo unas canciones románticas que aún me enternecen cuando las recuerdo.

Era la _Bayamesa_.

_No recuerdas gentil Bayamesa_ _Que tú fuiste mi sol refulgente_...

Era la _Sútil nube_

_Sútil nube de luz ondulante._

Era el delicioso pasacalle que todo el mundo conoce.

_Calle la del Rivero_ _Calle del Cristo._

Y algunos señoritos, sin duda para cantar con más afinación, traían colgada del brazo una linda menestrala más gentil y más ondulante que la _bayamesa_ y la _nube_ de sus canciones. Cantaban estas muchachas como los ángeles que rodean el trono del Altísimo y cuando las oía al pasar por el soportal debajo de mi casa me creía transportado al cielo. Mi padre pretendía que aliñaban el canto con adornos de mal gusto; pero no hay que hacer caso de mi padre en este punto porque había nacido en Oviedo y ya se sabe que todos los pueblos de la provincia, incluso la capital, nos tenían una envidia rabiosa.

La mayoría de las calles de Avilés está provista de arcos o pórticos que preservan de la lluvia y del sol al transeunte. Las dos más largas, la del _Rivero_, donde yo vivía, y la de _Galiana_, tienen al final cada una un santuario donde se venera un milagroso Cristo, como si la hermosa villa quisiera poner su alegría y su inocencia bajo la guarda de Aquel que dijo: «O niños o como niños».

Yo estaba persuadido en mi niñez de que estos pórticos se habían construído exclusivamente con el objeto de que nosotros los chicos pudiéramos divertirnos lo mismo que hiciera bueno que mal tiempo. Asimismo pensaba que la Providencia había colocado una espaciosa plaza delante de la iglesia de San Francisco llamada la _Campa_, para que nosotros pudiéramos jugar a la pelota, a la peonza y a _Justicias y Ladrones_, y delante del arruinado convento de la Merced, otro gran espacio llamado _Campo Caín_, donde había siempre grandes montones de lodo destinados sin duda alguna al juego del _llancón_ (la estaca).

Pero cuando la Providencia se mostró verdaderamente perspicaz fué cuando sugirió al ministro de Fomento la idea de canalizar la ría y de enviar como director de las obras a un hermano de mi padre. Di gracias a Dios de todo corazón porque comprendí inmediatamente que todos aquellos trabajos y los millones gastados en ellos no tenían otro fin que el de poner a mi disposición un bote, el _bote de la Empresa_, para convidar a mis amigos y surcar con ellos en todas direcciones a marea baja y a marea alta la famosa ría. Tanto la surqué que en poco tiempo llegué a saberme de memoria las vueltas y revueltas del canal. A marea alta podría señalar, sin equivocarme en medio metro, el sitio por donde corría.