Part 4
He aquí el otoño con su ropaje amarillo y sus nubes de color violeta. Las manzanas encarnadas empiezan a desprenderse de los pomares y caer sobre la yerba, y este suceso tan conforme con las leyes inmutables de la naturaleza en vez de elevar mi espíritu a la consideración de la gravitación universal como en otro tiempo a Newton, atacó directa y perniciosamente a mi estómago. Renuncio a calcular las que comí. La fabricación de la sidra debió de haber sufrido una merma considerable aquel año a causa de esta circunstancia; pero yo he guardado el secreto hasta ahora.
De aquel verano salí convertido no sólo en agricultor inteligente y práctico sino también en diestro cazador. Supe cómo se armaban trampas para atrapar gorriones esparciendo algunos granos de trigo por el suelo y colocando sobre ellos un cedazo que se mantenía de pie por medio de una larga cuerda: cuando los gorriones venían a comer los granos se soltaba la cuerda y quedaban prisioneros debajo. Supe hacer hoyos en la tierra y poner sobre ellos una pizarra sostenida por un palito, de tal ingenioso modo colocado que cuando el pájaro se posaba allí para comer los granos caía la pizarra sobre él y quedaba preso dentro del hoyo. Este artefacto iba dirigido particularmente contra las codornices. También aprendí a untar con liga las ramitas superiores de los arbustos para que los jilgueros al posarse quedasen allí pegados. No recuerdo haber atrapado pájaro alguno con todos estos delicados artificios; pero eso no importa para que los conociese perfectamente.
Donde mis éxitos se mostraron claros y evidentes fué con los grillos. Conocía cinco o seis maneras sutiles y graciosas de persuadirles a que saliesen de la cueva. Casi ninguno se resistía a mis pérfidas insinuaciones y se apresuraban a salir a respirar el aire fresco y se dejaban atrapar en cuanto ponían el pie fuera de su casa. Pero si alguno se obstinaba en permanecer en sus habitaciones bien porque sospechase de mi buena fe o porque estuviese ocupado en aquel momento, entonces me veía obligado a apelar a un terrible argumento que no describiré por no ofender la susceptibilidad de las damas que lean estas memorias.
Cayetano también era un ingenioso cazador, pero empleaba sus facultades en otros animales de más fuste. Aparte de las truchas, que eran su especialidad, cazaba con escopeta y en compañía de algunos señores de la Pola, codornices, perdices y arceas. Dos o tres veces fueron también a Peña Mayor y a los montes de Raigoso y mataron algún corzo.
Pero mucho más ingenioso cazador que él era un zorro que de vez en cuando visitaba por las noches nuestro gallinero. Esto nos tenía a todos sobresaltados y a Cayetano furioso. El mastín estaba en el monte con el ganado y el _Muley_, por su edad avanzada y por su larga experiencia de la vida, miraba ya todas estas cosas con marcada frialdad. Cayetano veló con la escopeta preparada unas cuantas noches, pero el astuto animal olió la pólvora y no pareció. Entonces se decidió aquél a ir a Sama y comprar un armadijo de hierro que en aquella región se conoce con el nombre de _garduña_. Colocóse la trampa a la boca del gallinero y pocas noches después el zorro vino y fué cogido en ella por una pata, pero con gran estupefacción de todos el desgraciado animal la cortó con sus propios dientes y se marchó sin ella. ¡Terrible caso de amor a la libertad que me impresionó profundamente!
Se fabricó la sidra y en los días que duró la operación no salí del lagar ayudando con todas mis fuerzas al mejor éxito de tan importante tarea y cerciorándome a cada instante de la dulzura y bondad del caldo destilado. Tantas veces me cercioré que hube de purgarme sin pretenderlo. Vino después la recolección del maíz y ayudé a los vecinos a traer las mazorcas sentándome sobre ellas en el carro. Después también les socorrí en la tarea de deshojarlas y trenzarlas en ristras. Efectuábase la operación, llamada allí _esfoyaza_, por las noches, y los vecinos se ayudaban unos a otros. Imposible imaginar nada más ameno y deleitoso que estas _esfoyazas_. La nuestra duró algunas noches y si hubiera durado eternamente creo que no hubiera perdido nada. En fin, resumiendo mis impresiones agrícolas manifestaré que yo pensaba entonces haber nacido para labrador como más tarde pensé que había nacido para marinero y luego para filósofo. Siempre supe adaptarme al medio en que me hallé y esta flexibilidad de mi naturaleza me ha procurado dos ventajas en la vida: La primera y principal, no aburrirme nunca; y la segunda, haber podido escribir novelas de regiones apartadas y medios sociales muy diferentes.
Comenzaba ya a llover del modo suave y constante que allí lo hace. Los campos iban quedando poco a poco abandonados. La gente se retraía al interior de las casas; pero aquí gozábamos también de señalados placeres. En la mía se amasaba el pan dos veces por semana. Era una diversión ver a las criadas heñir la masa, y ayudarlas a bregarlo colgándome al manubrio de la máquina. La construcción de los bollos, el atestar el horno de árgoma y darle fuego para arrojarlo era interesantísimo. Luego se metían poco a poco los bollos dentro, se tapaba el horno y entonces las mujeres se santiguaban, los hombres nos descubríamos y se rezaba solemnemente un padrenuestro. ¡Cuán lejanos estamos ahora de estas escenas sencillas e inocentes! Vivimos apartados de la naturaleza; marchamos huídos de Dios. ¿Hemos ganado con ello alegría? Que cada cual ponga la mano sobre el corazón y me responda.
Las noches eran ya largas. Antes de subir a nuestra casa a jugar al tresillo con mi padre, el cura y un indiano que allí estaba de temporada, Cayetano solía quedarse un rato en la gran cocina de abajo formando tertulia con nosotros. Sentado en el escaño, yo a su lado, la _Micona_ encima del hombro se placía en contarnos algún caso chistoso y en dar vaya a los presentes. Porque era hombre maligno y provocativo sobre toda ponderación. Los que le servían generalmente de _cabeza de turco_ eran un vecino llamado José de Anica y un criado que tenía por nombre Pacho. Sobre este último singularmente se ensañaba tanto que el pobre hombre acosado llegaba a faltarle alguna vez al respeto.
Por aquellos días vino el ganado del monte. Había estado allí una larga temporada quedando sólo en el establo una vaca de leche. Y con el ganado vino el gran mastín llamado _Manchego_ por ser oriundo de la provincia de Toledo. Traía al cuello un gran collar de cuero guarnecido de afiladas puntas de hierro o sea una carlanca. Esta carlanca y lo mismo el pelo del mastín estaban manchados de sangre. El vaquero nos informó de que la noche anterior se había batido con los lobos. Nadie puede figurarse la impresión que esto me causó. Los lobos eran para mí animales legendarios, algo que no existía más que en la fantasía de los cuentistas. El perro, batiéndose con ellos, adquiría a mis ojos un aspecto sobrenatural. No me hartaba de contemplarle y de ponerle la mano encima del lomo, admirándome al mismo tiempo de que un animal tan bravo y poderoso no tuviese a menos el menear el rabo en presencia de un ser tan ínfimo como yo. Todo el pan y el queso que había en la casa me parecían poco para agasajar a aquel héroe. Y una vez que en testimonio de reconocimiento me lamió la cara me sentí tan honrado como si Napoleón me hubiera dado un beso.
Aquella noche se habló de lobos en la cocina y Cayetano me contó el siguiente suceso que ya conocían todos los que allí estaban menos yo:
«Hará cosa de cuatro años y por este mismo tiempo estaba yo sentado una tarde ahí en el poyo delante de casa, cuando pasó Ramonín, el del tío Angel de Canzana, que bajaba del monte con el ganado.
Tú ya conoces a Ramonín porque le ves todos los domingos cuando vamos a misa. Ahora es un real mozo que ha entrado en quinta este año; pero entonces no era más que un zagalillo y no muy medrado.
Pues como digo venía del monte con su zurrón a la espalda y traía en la mano un cestito tapado. Yo, que soy un poco curioso, le retuve por el brazo y levanté la tapa del cesto. Había dentro un perrillo de cría.
--¿Ha parido la perra en el monte, Ramonín?
--No es un perro, señor Cayetano, es un lobo--me respondió riendo.
--¿Un lobo? ¡El diablo me lleve si no es verdad!
Saqué el animalito del cesto, lo puse en el suelo y comenzó a aullar como un perrito recién nacido.
Ramonín me contó que el día anterior Luisón de la Granja, que tenía la cabaña cerca de la suya, había encontrado en una cueva tres lobeznos, había matado dos y había traído éste. Por la tarde, hallándose sacando el estiércol del establo fué atacado repentinamente por la loba. Gracias a que tenía en la mano la pala de dientes no pereció en aquel momento. Luchó con la fiera y logró ensartarla por el vientre. En aquellas horas debía de estar ya en la Pola, para recibir del Ayuntamiento el premio que dan por la matanza de cualquier alimaña.
--¿Y tú para qué mil diablos quieres este animalito?
--No era más que para enseñárselo a mi hermano. Luego lo mataremos.
Entonces me vino la idea de criarlo y se lo pedí. Lo crié, en efecto, dándole leche hasta que pudo comer. Comenzamos a llamarlo Ramonín como el chico que lo había traído y Ramonín le quedó y por este nombre comenzó a responder, pero no del modo vivo y alerta que lo hacen los perros, porque los lobos son más torpes o como si dijéramos más cerrados de cascos. Esto no tiene nada de particular porque entre los mismos hombres unos son más cerrados que otros y si no que lo diga Pacho...
--¡Milagro sería que no saliese yo a relucir!--gruñó Pacho encolerizado.
El animalito fué creciendo y al cabo de seis meses era un cachorro revoltoso que me seguía a todas partes. Le llevaba a la Pola, le llevaba a Sama y excitaba la curiosidad por dondequiera que pasaba. Llegué a cobrarle cariño. Una vez que fuí a Oviedo le traje un lindo collar con chapa de bronce donde hice grabar su nombre y la fecha en que lo adquirí. En fin, él se portaba lo mismo que un perro fiel. Lo único en que se le conocía la raza fué cuando mató en pocos días tres corderos que tuve que pagar quedándome con ellos. Yo estaba tan contento con el animalito que le perdoné estas y otras fechorías semejantes. Jamás mordió a las personas; los niños jugaban con él lo mismo que con un perro.
Un viernes del mes de noviembre, cuando ya tenía el lobo más de un año, fuí al mercado de Cabañaquinta llevándolo conmigo. Monté a caballo temprano, pasé la Collada y en tres horas poco más o menos di en el mercado. Ya sabrás que Cabañaquinta está detrás de la Peña-Mea y que hay que atravesar para llegar a allá todos esos montes, que ves delante de casa.
Pasé el día arreglando mis asuntos y por la tarde me metí en la taberna de Andrea donde encontré a Xuanón, el célebre matador de osos que habrás oído nombrar, y a don Salustiano el escribano. Me enredé en una partida de _brisca_ con ellos de tal modo que cuando acordé conmigo eran las ocho y ya hacía más de una hora que había cerrado la noche:
Monto a caballo y pico espuelas para casa. La noche estaba fría ya de verdad: en los altos había caído bastante nieve. Antes de doblar la Collada se me ocurrió mirar hacia atrás y no veo a Ramonín. Silbo, le llamo. Nada. «Ese pícaro se me escapó al monte--dije para mí--. Hice mal en traerle por estos sitios.»
Deploré el percance porque repito que estaba contento y ufano con el animal. Además me dolía la pérdida del collar que me había costado nueve pesetas. Doblo al fin la Collada y marcho bien tranquilo aunque al paso más vivo que en aquellos endiablados caminos podía seguir el caballo, cuando de pronto éste se para en firme, levanta las orejas y se estremece. Le hinco las espuelas y en vez de arrancar de nuevo retrocede. Comprendí en seguida que había olido el lobo. Y en efecto, al instante percibo el bulto de uno a la claridad de las estrellas, porque no había luna. Echo mano al revólver y veo repentinamente otro del lado opuesto del camino. Y en menos tiempo que se cuenta se me ponen delante tres, cuatro, cinco... yo no puedo decir cuántos. Acaso el miedo espantoso que se apoderó de mí los haya multiplicado. ¿Pero qué es lo que veo además? Pues veo entre ellos al mismo Ramonín con su collarito reluciente dispuesto al parecer a arrojarse sobre mí como todos los demás.
El caso era apurado como comprenderéis. Hasta entonces no había visto nunca la muerte tan cerca de mis ojos. Me tiré del caballo y comencé a disparar tiros a ciegas, pues el miedo me impedía pararme siquiera a apuntar. Los lobos huyeron, pero no se pasaron muchos segundos sin que volviesen de nuevo. Me vi muerto; ya había disparado los seis tiros y no traía más cápsulas. Pero Dios no quiso que lo fuese en aquella ocasión. Detrás de mí oí gritos de gente que llegaba. Eran los tenderos ambulantes que regresaban a la Pola. Habían encontrado mi caballo, que huía despavorido, y lo habían detenido. Creyendo por los tiros que me habían asaltado ladrones venían corriendo y gritaban para infundirme valor. Los lobos al escuchar aquel ruido desaparecieron otra vez de mi vista.
Mucho se sorprendió aquella caravana, que no bajaría de veinte personas entre hombres y mujeres, de lo que me había sucedido. Sobre todo la traición de Ramonín excitó tanto su curiosidad que no se hartaban de hacer comentarios. Me dieron un vaso de vino y después que me hube serenado un poco monté de nuevo a caballo y con ellos llegué hasta aquí.
Aunque ya era cerca de las once todos estaban levantados esperándome.
--¡Qué cara traía, válgame Dios!--exclamó Pachón riendo.
--Peor la traías tú cuando te dieron aquella manta de palos los mozos de Rivota el día del Obellayo--repuso Cayetano encolerizado.
Nos acostamos y al día siguiente por la mañana apenas me había levantado de la cama vino José Mateo a decirme:
--Señor, está ahí _Ramonín_.
--¿Cómo? _¡Ramonín!_
No quería creerlo. Salgo corriendo a la calle y veo en efecto a mi lobo que así que me divisa empieza a bajarse y arrastrarse por el suelo sin atreverse a acercarse a mí y como si pidiese perdón de su villanía.
--¡Ah maldito, traidor! Ahora me las pagarás.
Entro en casa, cojo la escopeta y salgo otra vez. Ya no estaba _Ramonín_.
--_Ramonín_ se ha metido en el establo--me dijo un chico que pasaba.
Voy al establo y lo hallé acurrucado debajo del pesebre. Me eché la escopeta a la cara y allí le dejé muerto de un tiro.
VI
MÚSICOS AMBULANTES
Mi madre fué toda su vida un frágil cristal de Bohemia. No podía llamarse en verdad mujer a una criatura tan débil, tan delicada y próxima a extinguirse que cualquier ráfaga de aire podía apagar en la hora menos pensada. Ella lo sabía, todos lo sabíamos; por eso nuestra gran preocupación en la casa era atajar el paso por cuantos medios se hallaban a nuestro alcance a esta ráfaga traidora. Así que veíamos en su estancia una puerta entreabierta nos precipitábamos llenos de terror a cerrarla. Si se arriesgaba a salir de la sala para ir a otra habitación, los unos iban delante como heraldos a prevenir que se cerrasen balcones y ventanas, los otros como escolta para impedir que algún imprudente abriese las puertas laterales. No hay para qué decir que en esta tarea sanitaria se distinguía por su ardor y destreza mi padre, el cual sentía por su esposa la adoración de un enamorado y la ternura de un padre.
Mi pobre madre vegetaba en un rincón del sofá envuelta en su chal de lana trabajando con el ganchillo de marfil. Por las noches le placía hilar con aquella su artística rueca de que ya he hablado. Era primorosa en todas las labores femeninas y sus dedos, aunque tan delicados, incansables. ¡Oh Dios mío, cuán delgados y frágiles eran aquellos dedos! Una de mis aprensiones dolorosas era verlos quebrarse cualquier día.
Esta flaqueza corporal no excluía en ella una gran fuerza de carácter. Era, como suele decirse, en lo físico una caña que se dobla pero no se rompe; en lo moral un roble que se rompe pero no se dobla. Mi padre, como reverso de ella, poseía un vigor físico extremado y un carácter blando y sentimental.
Con el ansia que suele acometer a los que cerca de sí ven la muerte aparejada a arrastrarlos a la tumba, mi madre se agarraba con todas sus fuerzas a la vida. Este anhelo de vivir se traducía por un deseo irresistible de hallarse siempre rodeada de gente alegre y bulliciosa, cuanto más alegre y bulliciosa mejor. Todas sus amigas eran mucho más jóvenes que ella y en verlas divertirse y bailar, y en escuchar su charla y sus confidencias amorosas hallaba la fuente de su alegría o por lo menos el olvido de sus dolencias.
Además de las pocas señoritas que en la aldea había y de algunas que de vez en cuando venían a pasar temporadas a nuestra casa, recibía por las noches buen golpe de labradoras que hilaban su copo sentadas en el suelo. Se formaba de este modo una tertulia de quince o veinte personas. Mi padre con sus amigos y Cayetano jugaba a las cartas en un ángulo de la sala alumbrados por un quinqué de pantalla verde, mientras yo sentado unas veces al lado de ellos, otras en el sofá a la vera de mi madre, vagaba de un sitio a otro hasta que el sueño me rendía y quedaba definitivamente dormido en el sofá. Algunas veces las carcajadas de los tertulios me despertaban un instante, pero no tardaba en quedar de nuevo dulcemente dormido. Al cabo mi padre solía apartarse un momento de la mesa de juego, me tomaba entre los brazos, me llevaba medio dormido al dormitorio, me desnudaba él mismo y me dejaba en la cama.
Gozaba mi madre lo indecible viendo bailar y ella misma sobreponiéndose a sus enfermedades por un esfuerzo maravilloso de su voluntad enérgica tomaba parte alguna vez en los bailes de sociedad. Pero en Entralgo faltaban caballeros para esta clase de bailes y sólo cuando nos visitaban algunos amigos o parientes se podía organizar un pequeño sarao. Ordinariamente se bailaba al estilo de la aldea, mucho más divertido en mi opinión por entonces, que el de la ciudad. Ni faltaba para acompañar o llevar el compás de la danza algún músico ambulante que mi madre solía retener en casa días y días manteniéndole y dándole una pequeña gratificación. Recuerdo que en aquella temporada estuvieron por dos veces permaneciendo bastante tiempo entre nosotros un violinista tuerto llamado Joaquín, acompañado de un muchacho de quince o diez y seis años que tocaba el arpa. Este Joaquín no podía competir con Paganini en el violín, pero seguramente podría habérselas con el propio Falstaff delante de un tonel. Un río de sidra no hubiera extinguido la sed de aquel artista. Con esto el único ojo que poseía estaba siempre rameado de sangre lo cual se puede asegurar que no le embellecía.
Era hombre divertidísimo aquel Joaquín, locuaz como pocos y embustero como ninguno. Había que verle en el lagar de pie con un vaso en la mano. Jamás se sentaba en aquel recinto como si respetase demasiado la majestad del tonel y no osase tomar asiento en su presencia. Sin embargo, cuando ya había trasegado una cantidad razonable de sidra a su estómago se creía autorizado para faltarle al respeto y se recostaba familiarmente sobre él. Es de saber que antes de llegar a este período deplorable de descuido, por no decir de insolencia, había celebrado ya su dulzura y su gloria por medio de cánticos fervorosos. Porque así que el violinista se acercaba más o menos a uno de nuestros toneles y tenía un vaso lleno en la mano, se creía en el deber de cambiar la música instrumental por la vocal, dejando escapar de su garganta agradecida y repitiendo cien veces la misma canción como una letanía en honor del jugo vivificante que chispeaba en su vaso. ¿Qué es lo que hacía peor, cantar o tocar el violín? Nadie logró jamás resolverlo.
Pero tenía además otra manera de ensalzar la magnificencia de aquel vino espumoso y era por medio de adecuadas y entusiastas inscripciones. Las paredes del lagar estaban llenas de ellas escritas por su mano con carboncillo. _Dios bendiga la sidra de este lugar_--decía una--. _Bebamos esta sidra mientras nos quede un soplo de vida_--decía otra--. _¡Desgraciados los hombres que no conocen la sidra de Entralgo!_--se leía en otra tercera... y así sucesivamente.
Como puede observarse tales inscripciones ofrecían un marcado carácter apologético. En esto se distinguían de las cuneiformes de la Asiría y de las jeroglíficas de Egipto casi todas históricas o conmemorativas.
Mi padre odiaba casi tanto la epigrafía de Joaquín como su música. Pude cerciorarme de ello cuando poco después de partirse con su acompañante el arpista, hizo blanquear el lagar tapando con grosera cal mucho profundo pensamiento. Acaso se halle reservado a las generaciones venideras su descubrimiento. La capa de cal se desprenderá y debajo de ella volverán a parecer, vivos aún, aquellos gritos entusiastas de furor báquico.
Cuando no se hallaba bajo la influencia del avinado o asidrado dios hijo de Júpiter y Semele, era Joaquín un hombre muy agradable y nos entretenía narrándonos sucesos de su vida errante y picaresca. No he podido retener en la memoria más que uno, seguramente porque fué el que más me impresionó.
Nos hallábamos sentados alrededor del fuego en la gran cocina de Cayetano. Este y yo en el escaño; los demás en tajuelas. Para Joaquín y su arpista había traído Manola dos sillas. Joaquín habló de esta manera:
«Después de haber pasado unos días en Villaviciosa, habíamos ido a la fiesta del Nazareno en Noreña. Entonces no me acompañaba todavía este muchacho sino Rufo, aquel guitarrista que se ahogó en Gijón el año pasado y que habréis conocido o habréis oído nombrar. En Noreña corre la sidra y el dinero como en ningún otro pueblo de la provincia. Aquella tarde hicimos más de tres duros tocando en la calle, y por la noche todavía tocamos en el baile del Ayuntamiento y nos dieron treinta reales. Cuando salimos del baile eran más de las once; pero yo quería dormir en la Pola de Siero, porque tengo allí un amigo y no me cuesta nada la cama. Se lo dije a Rufo y desde luego quedó conforme porque tenía la esperanza de que tampoco le cobraran.
La emprendimos pues hasta la Pola, que como saben está muy cerquita. Era una hermosa noche estrellada y no hacía frío ni calor. Al pasar por el Berrón la taberna de Jerónimo estaba todavía abierta y llena de gente.
--¿Vamos a entrar un instante?--me dijo Rufo.
--Vamos.
Este Rufo era un buen hombre y como guitarrista, no se diga, porque hacía hablar al instrumento, pero tenía un defecto muy feo y era que le gustaba demasiado la sidra...
Nos miramos todos unos a otros con sorpresa y Cayetano soltó una estridente carcajada y los demás le siguieron. Joaquín quedó grandemente amostazado y preguntó con voz sorda:
--¿De qué os reís?
--Hombre, nos reímos porque un vaso de sidra le gusta a cualquiera--repuso Cayetano, guiñándonos un ojo.
Y vuelta a reír todos de tan buena gana que el propio Joaquín concluyó por reír también.
--¡Bueno, corriente! Quedamos en que a él y a mí nos gustaba la sidra y entramos a beber unos vasos del tonel que aquella misma tarde se había abierto. Había allí bastante gente y entre ella unos gitanos o húngaros que traían varios monos, un oso y un perro amaestrados. Los habíamos visto todo el día en Noreña trabajando con sus animales, rodeados de chicos. Nos acercamos al tonel con no poco trabajo y nos hicimos sacar unos vasos. No sé cuántos fueron...
--¡Muchos!--dijo Cayetano.
--Puede ser. Había tanta gente y tanto ruido que al cabo me sentí mareado y le dije a Rufo:--«Vámonos que estoy cansado y ya sabes que mañana debemos salir temprano para Infiesto»--. No me hizo caso y seguimos todavía otro rato y bebimos algunos vasos más. Volví a apurarle para que nos fuésemos y... nada; el hombre como si hubiera echado allí raíces y esperase florecer en la primavera. Enfadado ya de tanto repetirle lo mismo y de esperarle le dije:
--Mira Rufo, yo me voy: haz lo que quieras.
--Aguárdate, compadre, aguárdate un momento.
--No me aguardo más momentos. Adiós.
Y me fuí hacia la puerta.
--Bueno, hombre, bueno, no te apures, que yo también me voy.