La novela de un novelista

Part 24

Chapter 242,300 wordsPublic domain

Tardé todavía algún tiempo en salir de mi transmutación marmórea y, al fin, balbuciente y ruborizado, le pregunté por su salud y por la de su familia como si fuese lo único que en aquel momento me interesase sobre la tierra. El profesor me informó afablemente de estos extremos y volvió a reinar el silencio.

Entonces me puse a dar vueltas entre los dedos a mi sombrero con la velocidad de un cuerpo celeste.

El profesor apenas se dignó fijar la atención en aquel movimiento de rotación increíble y me siguió mirando de hito en hito.

--El caso es... que dentro de algunos días me voy a presentar al ejercicio de letras para el grado de bachiller.

--Perfectamente--manifestó el catedrático doblando el espinazo con ceremoniosa solemnidad.

--Y como hace tanto tiempo que estudié el latín...

No pude pasar más adelante; tenía un nudo en la garganta. El profesor vino en mi auxilio.

--Supongo que no habrá usted abandonado su estudio y que se presentará bien preparado.

--¡Ah!--exclamé poniéndome rojo hasta el blanco de los ojos--. No señor, no... no estoy bien preparado, sobre todo en el latín, que he abandonado un poco en estos últimos años.

Los ojos del catedrático expresaron profunda consternación. Se llevó la mano a la frente y observé en él síntomas inminentes de desfallecimiento. Después comenzó a pasear por la sala con las manos atrás, según su costumbre, dejando escapar unas veces resoplidos de furor y otras suspiros de angustia.

--¡Abandonar el hermoso idioma del Lacio!--exclamaba levantando los ojos al cielo.

Yo me pegué a la pared maldiciendo la hora en que había nacido.

--¡La lengua de Marco Tulio y Quintiliano!

Me apreté aún más contra el muro sin dejar por eso de imprimir a mi sombrero una velocidad vertiginosa.

--¡La lengua meliflua de Tíbulo y Propercio!

Más pegado aún; casi incrustado.

--¡La lengua de Escipión el Africano!

Yo estaba desesperado de haber ofendido a aquellos ilustres varones, pero la cosa no tenía remedio. Ni aun logré filtrarme por la pared como era mi deseo vehemente.

En fin, mi sombrero había hecho más de cinco mil revoluciones sobre sí mismo cuando el catedrático cesó de suspirar y lamentarse. Siguió paseando silencioso y entregado a una dolorosa meditación.

Entonces acaeció en aquel recinto algo lamentable que no puedo recordar sin ponerme colorado. Sonriendo como un idiota rompí el silencio exclamando:

--¡Vaya unas patatas que recoge usted en su finca del Naranco!

Apenas había pronunciado estas absurdas palabras comprendí que había caído en un pozo. La desesperación me hizo quedar clavado en la pared con la misma sonrisa estúpida en los labios y aguardé impávido a que el profesor me echase de la estancia a puntapiés.

Se detuvo delante de mí y me dirigió una larga y severa mirada. ¡Caso prodigioso! Aquella mirada fué poco a poco perdiendo su severidad y tornóse al cabo en benévola.

--¡Maravillosas!--exclamó con énfasis--. Ni las más dulces de la Campania, ni las más farináceas del vecino reino de Castilla las sacan ventaja.

¡Estaba salvado!

Nuestra interesante conferencia, que duró todavía algunos minutos, versó toda ella sobre tan amables legumbres.

Quintiliano y Escipión el Africano debieron de estremecerse con indignación en sus tumbas.

Cuando al cabo me despedí, el catedrático me pasó paternalmente el brazo por encima de los hombros y vertió en mi oído algunas palabras de aliento.

Ahora bien, esta escena ha enriquecido mi alma con una enseñanza y un sentimiento. La enseñanza, bien deplorable, es que en este mundo la adulación más grosera, más estúpida e inoportuna produce buen efecto. El sentimiento no puede ser más dulce: se cifra en la gratitud que he guardado siempre en el pecho hacia las patatas que fueron mis salvadoras en aquella ocasión. Jamás he dejado de rendirles homenaje cuando me las han presentado bien guisadas.

Me hice bachiller al fin sin contratiempo alguno y vine a pasar el verano a Avilés con mis padres. No recuerdo otro más feliz en mi existencia si no es el que precedió a... ¿Por qué sumergir ahora la mirada en otras épocas de mi vida? El presente fué dichoso, porque a la conciencia de mi libertad, tan grata a todos los seres, se unía la perspectiva de la corte, no menos grata a los jóvenes provincianos.

Me apuntaba la barba; se me había mudado la voz; en casa me consideraban ya como un hombre. Fuera de ella me mostraba tan celoso de esta prerrogativa, tan quisquilloso que cualquier palabra o signo que no se dirigiese al reconocimiento decisivo de mi virilidad me hería profundamente.

Mi pobre madre, al verme mozo, se puso a amarme con verdadero frenesí. Ella, que siempre había sido sobria de caricias con sus hijos, me las prodigaba ahora frecuentes y apasionadas como si se sintiese morir. Cuando yo entraba en casa me echaba los brazos al cuello, me apretaba contra su pecho, me tenía así largo tiempo y me decía al oído palabras de ternura.

En efecto, se sentía morir. Su cuerpo delicado parecía una sombra; sus grandes ojos negros le llenaban la cara. Todos lo observaban menos nosotros, que acostumbrados de toda la vida a verla sufrir imaginábamos sin duda que aquella salud tan quebradiza no se rompería jamás por completo. La sostenía su espíritu indomable hecho a guerrear desde la infancia con su cuerpo.

Recuerdo que uno de aquellos últimos días de mi estancia en Avilés la encontré de rodillas limpiando con un paño la pata de una mesa donde había visto polvo. Cuando entré en la habitación quiso abrazarme, pero no pudo. Entonces corrí y la levanté en mis brazos con la misma facilidad que si fuera una niña. Ella sonriendo me abrazó y me besó con efusión. Yo sin darme cuenta de lo que aquello anunciaba sentí, no obstante, que las lágrimas se me agolpaban a los ojos.

--¡Atrás, atrás recuerdos dolorosos! Toda mi vida he llevado en el alma aquel momento, aquella sonrisa triste como si antes de bajar a la tumba el ser que me dió el ser quisiera dejar grabada a buril su imagen en mi corazón.

--¡Partamos! La dicha me espera. En los últimos días sentía una impaciencia loca por volar fuera del nido. Un mes antes ya había comenzado a arreglar mi baúl al cual dirigía miradas amorosas desde mi lecho al acostarme como si fuese el símbolo de mi felicidad. Compré un plano de Madrid y me puse a estudiarlo tan concienzudamente que cuando llegué a la capital pude caminar por ella con gran asombro de mis amigos, sin necesidad de guía.

Por fin llegó el momento de la partida. Era, si no recuerdo mal, el día primero de Octubre, cuatro antes de cumplir los diez y siete años. Mi padre me acompañó hasta Oviedo. La silla de posta salía por la noche de la plazuela de la Catedral, donde se hallaba la casa del Correo.

En la mal esclarecida plazoleta trajinaban los mozos subiendo a la baca de la diligencia los equipajes mientras algunas escasas personas en torno de ella despedían a sus deudos o amigos. Reinaba un silencio discreto, un ambiente de tristeza. Los caballos de vez en cuando hacían sonar sus cascabeles sin despertar alegría.

El reloj de la torre, cuya grave voz tantas veces me había llamado a mis estudios y a mis recreos, vibró al fin con diez campanadas. Recibí las últimas caricias de mi padre sin emoción, con la indiferencia egoísta de todos los ilusos. El postillón hizo chasquear el látigo y partí.

Al encontrarme solo y a obscuras en el fondo de la berlina corrió por mi cuerpo un estremecimiento feliz no exento de melancolía. Porque nuestra alma nos advierte con un lejano suspiro en medio de las más vivas alegrías que no debemos fiar de ellas. Una ola de vagos anhelos, de ilusiones y esperanzas se hinchaba dentro de mi pecho, subía a mi cerebro y me embriagaba. Jamás sentí la vida más amable que en aquella primera hora de soledad y de fuerza.

El coche rodaba por la sombría carretera. Los árboles y las colinas se dibujaban informes en la penumbra de una noche estrellada sin luna. El ruido de los cascabeles, el chasquido del látigo del postillón y el sordo rumor de las ruedas me adormecían con un letargo deleitoso. Cuando cerraba los ojos una legión de ángeles murmuraban en mi oído palabras de ventura, desplegaban mágicas y soñadas perspectivas.

¿Angeles he dicho? ¿No serían más bien diablos disfrazados?

Pero ya comenzamos a escalar las grandiosas montañas del Pajares; ya nos acercamos a la cumbre; ya tocamos en ella.

¡Adiós dulce infancia! ¡adiós adolescencia soñadora! Allá abajo me esperan la casa de huéspedes sórdida, la indiferencia desdeñosa, la hostilidad irracional, el placer sin alegría, el pecado, el remordimiento...

Ya la diligencia traspone la cima de la montaña; ya corre por las llanuras dilatadas de Castilla.

¡Adiós! ¡Adiós! Adán salió del Paraíso.

FIN

* * * * *

ÍNDICE

Páginas

Antes de empezar, 7

I.--Adán en el Paraíso, 11

II.--Una suerte original del toreo, 19

III.--Impresiones del estío, 26

IV.--La infancia ante la muerte, 36

V.--Ramonín, 45

VI.--Músicos ambulantes, 53

VII.--La partida, 61

VIII.--Avilés, 68

IX.--Primeras impresiones, 76

X.--Cometo un asesinato, 82

XI.--De cómo fuí excomulgado, 86

XII.--Resuelvo hacerme ermitaño, 93

XIII.--La vara de Falaris, 103

XIV.--El triunfo de la fraternidad, 108

XV.--Don Antonio Joyana, 114

XVI.--Mi padre, 123

XVII.--Misterios dolorosos, 128

XVIII.--Primeras lecturas, 140

XIX.--Fray Melitón, 147

XX.--El cachorrillo, 158

XXI.--La batalla de Galiana, 164

XXII.--El suicidio de Anguila, 172

XXIII.--Pedro Menéndez, 183

XXIV.--Historia triste de mi amigo Genaro, 191

XXV.--Rosas tempranas, 197

XXVI.--Paréntesis, 205

XXVII.--Oviedo, 214

XXVIII.--El cuadro de honor, 220

XXIX.--Besos en cabeza de turco, 228

XXX.--Caballería infantil, 238

XXXI.--Segundas lecturas, 247

XXXII.--Dar de beber al sediento, 256

XXXIII.--El Ateneo, 265

XXXIV.--El club, 275

XXXV.--Impresiones musicales, 287

XXXVI.--El sueño del «Lucero», 294

XXXVII.--Poeta y cazador, 301

XXXVIII.--Adán expulsado, 306

* * * * *

=TRADUCCIONES DE PALACIO VALDÉS=

=Marta y María.=

Traducida al francés, por Mme. Devismes de Saint-Maurice.--Publicada en _Le Monde Moderne_.

Traducida al inglés, por Mr. Haskell Dole.--Un tomo.--New-York.

Traducida al ruso, por M. Pawlosky.--Publicada en el _Diario de San Petersburgo_.

Traducida al sueco, por A. Hillman.--Un tomo.--Stockolmo.

Traducida al tcheque, por O. S. Vetti.--Un tomo.--Praga.

=El idilio de un enfermo.=

Traducida al francés, por M. Albert Savine.--Publicada en _Les Heures du Salon et de l'Atelier_.

Traducida al tchèque, por M. A. Pikhart.--Un tomo.--Praga.

=Aguas fuertes.=

Traducidas y publicadas la mayor parte de estas novelitas por _La Independencia Belga_, _El Diario de Ginebra_, _El Correo de Hannover_, _Hlas Národa_, _Lumir_ y otros periódicos y revistas.

Edición española con introducción y notas en inglés para el estudio del español en Inglaterra y Estados Unidos, por W. T. Faulkner.--Un tomo.--New-York.

=José.=

Traducida al francés, por Mlle. Sara Oquendo.--Publicada en la _Revue de la Mode_.--París.

Traducida al inglés, por C. Smith.--Un tomo.--New-York.

Traducida al alemán y publicada en _Furs Haus_.--Berlín.

Traducida al holandés, por M. Hora Adema, y publicada en _Het Nieuws_ _van den Dag_.--Amsterdam.

Traducida al sueco, por A. Hillman.--Un tomo.--Stockolmo.

Traducida al tchèque, por A. Pikhart.--Un tomo.--Praga.

Traducida al portugués, por Cunha e Costa.--Publicada en _Revista da Semana_.--Río de Janeiro.

Traducida al danés, por Oskar V. Andersen.--Un tomo.--Copenhague y Kristiania.

Edición española con prefacio y notas en inglés para el estudio del español en Inglaterra y Estados Unidos, por el profesor Mr. Davidson.--Un tomo.--New-York.--London.

=Riverita.=

Traducida al francés, por M. Julien Lugol.--Publicada en la _Revue Internationale_.

=Maximina.=

Traducida al inglés, por Mr. Haskell Dole.--Un tomo.--New-York.

=El cuarto Poder.=

Traducida al francés, por B. d'Etroyat.--Publicada en _Le Temps_.--París.

Traducida al inglés, por Miss Rachel Challice.--Un tomo.--New-York.--London.

Traducida al holandés, por M. Hora Adema.--Un tomo.--Amsterdam.

=La Hermana San Sulpicio.=

Traducida al francés, por Mme. Huc, con prefacio de Emile Faguet, de la Academie Française.--Un tomo.--París.

Traducida al inglés, por Mr. Haskell Dole.--Un tomo.--New-York.

Traducida al holandés y publicada en _El Correo de Rotterdam_.

Traducida al sueco, por A. Hillman.--Un tomo.--Stockolmo.

Traducida al ruso, por Mme. Karminvi.--Un tomo.--San Petersburgo.

Traducida al italiano, por Angelo Norsa.--Un tomo.--Milán.

=La espuma.=

Traducida al inglés, por Clara Bell.--Un tomó.--London.

=La Fe.=

Traducida al francés, por M. Jules Laborde.--Un tomo.--París.

Traducida al inglés, por I. Hapgood.--Un tomo.--New York.

Traducida al alemán, por Albert Cronan.--Un tomo.--Leipzig.

=El maestrante.=

Traducida al francés, por J. Gaure, con estudio preliminar de M. Bordes.--Un tomo.--París.

Traducida al inglés, por Miss Challice.--Un tomo.--London.

=El origen del pensamiento.=

Traducida al francés, por M. Dax Delime.--Publicada en la _Revue Britannique_.

Traducida al inglés, por I. Hapgood.--Publicada en _The Cosmopolitan_, con ilustraciones de Cabrinety.

=Los majos de Cádiz.=

Traducida al francés, por M. A. Glorget.--Publicada en el _Journal des Debats_.

Traducida al holandés, por Mary Hora Adema.--Un tomo.--Amsterdam.

=La alegría del capitán Ribot.=

Traducida al francés, por C. Du Val Asselin.--Un tomo.--París.

Traducida al inglés, por Minna C. Smith.--Un tomo.--New-York.

Traducida al holandés, por A. Fokker.--Un tomo.--Amsterdam.

Traducida al italiano, por Angelo Norsa.--Publicada en _Il Sécolo XIX_.--Génova.

Edición española con notas en inglés y vocabulario para el estudio del español, por los profesores Morrison y Churchman.--Un tomo.--New York.--London.

=Tristán.=

Traducida al inglés, por Jane B. Reid.--Un tomo.--Boston.

=Papeles del Doctor Angélico.=

Traducidos al alemán, por Mr. Franz Hartman.--Un tomo.

* * * * *

NOTAS:

[1] Casetas cuadradas de madera destinadas a graneros, sostenidas y aisladas del suelo por columnas de piedras.

[2] Véase _La Aldea perdida_.

[3] Véase _La Aldea perdida_.

[4] En esta narración me autorizo el cambiar los nombres, por razones que no se le ocultarán al lector.