La novela de un novelista

Part 23

Chapter 234,062 wordsPublic domain

Puede concebirse que tales hazañas solían costarle algunas monumentales palizas. En la villa se le consideraba como un socialista peligroso y era unánimemente aborrecido. Pero es lo cierto que hasta la fecha en que yo le conocí, había logrado no morirse de hambre.

Sin duda, era un animal de mucho mundo y capaz de abrirse paso en la sociedad; pero estas cualidades no le daban atractivo para la equitación. Los honrados vecinos de Luanco le alquilaban una que otra vez por la módica cantidad de dos pesetas para trasladarse a Candás o a Avilés o a cualquier parroquia de las cercanías. Pero a nadie en el globo terráqueo más que a mí se le ocurriría alquilarlo para dar un paseo de recreo y gallardear de jinete.

Pues eso fué cabalmente lo que hice una tarde de Agosto en que el cielo estaba limpio como un cristal y una brisa suave rizaba la llanura azul de la mar.

Cuando le comuniqué mi proyecto al _Corsario_, éste me miró atentamente de los pies a la cabeza y me hizo varias preguntas técnicas para cerciorarse de mis conocimientos hípicos. Respondí a ellas con bastante soltura y le hice saber además que yo no era un jinete cualquiera, pues me había roto la ternilla de la nariz cayendo de un caballo. Esta última prueba le tranquilizó por completo. Yo le entregué las dos pesetas por adelantado y esto le tranquilizó todavía más.

Fué a buscar al gandul del _Lucero_, ocupado a la sazón, como un peón caminero, en limpiar de yerba las orillas de la carretera y mientras lo enjaezaba me dió muchos paternales consejos. Yo le pregunté si tenía espuelas. Volvió a mirarme atentamente y al cabo me respondió gravemente:

--Sí; tengo espuelas; pero aquí nadie las usa.

--Pues yo no monto sin espuelas--le repliqué con tal extraordinaria firmeza que sin entrar en más explicaciones se fué a buscarlas.

Eran dos horribles artefactos de hierro dulce oxidados. Estuve vacilando si calzármelas o no, pero al fin me decidí a ello después de haberlas fregado un buen rato con aceite y arena.

Héteme aquí cabalgando sobre el _Lucero_, que en cuanto salió de la cuadra conmigo principió a hacer piernas dando unos brinquitos muy elegantes, marchando ahora de un costado, ahora de otro, sin duda con el propósito de que yo mostrase al público mi gentileza.

Estaba encantado de mí mismo. Jamás en la vida me había hallado tan bizarro. Lanzaba miradas investigadoras a los balcones de las casas y me sorprendía que no saliesen a ellos todas las niñas bonitas de Luanco para contemplar a aquel jovencito apuesto de naciente bigote que se tenía tan galanamente en la silla.

Fué un momento de esplendor que recordaré mientras viva. Todos, grandes y pequeños han tenido en su existencia algunos de estos instantes de triunfo más o menos duraderos. Mi apoteosis no duró en el tiempo más de cinco minutos y en el espacio unos ciento cincuenta metros. Llegado a este límite aquel hipócrita animal que tenía debajo de mis pantalones se puso tranquilamente a caminar a paso lento y no me fué posible con ningún argumento hacerle volver de su determinación.

Quise dejarle algún reposo. A los mismos oradores parlamentarios se les concede cuando han hecho demasiadas piernas en el Congreso, y le permití caminar a su gusto. Pero al llegar a la plaza, como observase que había por allí muchos bañistas de ambos sexos, no quise perder la ocasión de mostrarles mis dotes excepcionales para los ejercicios ecuestres y advertí al _Lucero_ por medio de la espuela de que era llegado el momento de secundarme.

¡Que si quieres! Bajó la cabeza acusando recibo del espolazo y siguió en la misma forma paso tras paso delicadamente como si fuese pisando huevos.

Segunda llamada. La misma respuesta. Yo me indigné. Tenía quince años y en aquella edad me indignaban muchas más cosas de las necesarias. Repetí el aviso. Nada. Lo repetí otras cuantas veces con el mismo resultado. Aquel gran hipócrita bajaba siempre la cabeza y se mostraba conforme; pero no parecía poco ni mucho inclinado a seguir mi voluntad. Se acata, pero no se cumple.

En aquella época Luanco no era un centro de placeres. Los bañistas prolongaban por la mañana cuanto podían el tiempo destinado al baño. Por la tarde iban de paseo a un sitio llamado la _Fuente mineral_ y amenizaban la excursión comiendo las moras de los zarzales que guarnecían las paredillas del camino. Por la noche discutían en familia la cuestión de la temperatura y se metían en la cama.

Esta es la razón y no otra de que cuantas personas transitaban en aquel momento por la plaza con sombrilla y sombrero de paja lo mismo que las que departían apaciblemente a la puerta de los comercios quedasen extáticas contemplándome con la mayor atención posible.

Sentir la atención pública sobre sí es cosa que a no pocos hombres desconcierta. Uno de estos hombres soy yo. Consideré que debía dar satisfacción a aquella curiosidad haciendo algo que no fuese en absoluto corriente. Y lo más adecuado era hacer galopar a mi caballo.

Yo era un inocente en aquel tiempo y desconocía por completo no sólo el corazón de los bípedos, sino también el de los cuadrúpedos. Este infame animal, sin hacerse cargo de la crítica situación en que me hallaba, el papel ridículo que me iba a hacer representar y la desconsideración que iba a arrojar sobre mí ante la opinión pública, se obstinó en no salir del paso. Por cuantos medios puede un hombre emplear para convencer a un ser irracional traté de persuadirle a que diese algunos brinquitos sugestivos que me dejasen airoso ante aquella sociedad veraniega. No fué posible. Palmaditas en el cuello para halagar su amor propio. ¡Up! ¡Up! Gritos de triunfo para despertar su entusiasmo. Avisos indicadores con la espuela. Nada...

En aquel momento penetró en la plaza viniendo de la parte de la playa un grupo compuesto de cinco o seis elegantes señoritas, las cuales quedaron inmóviles contemplándome con cierta curiosidad burlona. Al fin soltaron a reír con frescas y unánimes carcajadas.

Fué mi perdición y la de _Lucero_. Aquellas carcajadas entraron por mis venas como un licor ponzoñoso. No supe lo que hice. Ciego de cólera principié a dar furiosos espolazos al autor de mi deshonra. El _Lucero_ se dejó martirizar con la obstinación de un hereje. Yo no veía su sangre, pero la sentía correr. ¡Se la hubiera bebido toda!

Sin embargo, en medio de mi agonía dolorosa, tuve una satisfacción. Aquellas alegres señoritas dejaron de reír y se pusieron serias. Como era necesario salir de tan equívoca situación, pues _Lucero_ se negó a dar un paso más y pude advertir que el público se ponía de su parte, tiré de las bridas fuertemente y le hice dar la vuelta.

Entonces _Lucero_ se puso a caminar con alguna mayor celeridad; no mucha. Yo, frenético, llorando de vergüenza, seguí dándole furiosos espolazos.

--¡Ave María!... ¡Mira, Pepe, cómo va ese caballo!

Todos los transeuntes dirigían la vista al vientre del caballo, me miraban después a mí, y sacudían la cabeza en señal de reprobación.

Pero mi cólera no se apagaba. Me creía cubierto de ridículo por toda la eternidad.

_Lucero_ debía tener conciencia de la infamia que conmigo había cometido, porque aumentaba un si es no es la rapidez de sus pasos. Quizá no fuese el grito de la conciencia sino la perspectiva de la cuadra.

Pero he aquí que no muchos pasos antes de llegar a ella se dejó caer de bruces al suelo y yo con él. Por milagro no me rompí segunda vez el cartílago de la nariz. Me alcé así que pude y traté de alzarle a él también. Fueron inútiles mis esfuerzos. El _Lucero_, de rodillas cual si estuviese orando por sus enemigos, entre los cuales debía yo contarme, no hacía movimiento alguno.

Entonces cruzó por mi mente una idea pavorosa. ¡Si estaría muerto! La deseché inmediatamente; pero con la misma velocidad volvió a colarse. Otra vez la rechacé y otra vez se introdujo. Y así, con este metódico vaivén vibratorio, llegué pronto al convencimiento de que el _Lucero_ no pertenecía ya al número de los seres vivos. Esta certidumbre me dejó a mí casi tan muerto como a él. ¿Cómo me presentaría al _Corsario_?

Me presenté trémulo, convulso, tartamudeando absurdos.

--¿No sabe usted?... El _Lucero_... se ha dejado caer ahí en la calle... y no quiere dar un paso más... Me parece que está durmiendo...

Una sonrisa increíblemente sarcástica se dibujó en los labios del _Corsario_.

--¡Si dormirá, si dormirá!... ¡Es un zorro!... ¡Pero qué zorro!

Y echando mano al látigo que tenía colgado de un clavo, salió conmigo a la calle.

El _Lucero_ seguía inmóvil sobre las rodillas, con la cabeza metida entre ellas.

--¿Duermes, _Lucero_?--preguntó el _Corsario_ con acento aún más sarcástico que la sonrisa.

Y con habilidad y presteza maravillosas le aplicó dos estacazos entre las orejas con el mango del látigo. El _Lucero_ permaneció inmóvil orando como un derviche. El _Corsario_, altamente sorprendido, acercó a él su rostro, le examinó atentamente y, al cabo, abriendo desmesuradamente los ojos, exclamó:

--¡Así Dios me salve, está muerto!

Y de repente, se abalanzó furioso sobre mí y me echó la mano al pecho arrugando mi camisa almidonada.

--¡Tú lo has matado!... ¡Tienes que pagarlo!

Aterrado por el impensado abordaje de aquel pirata, dejé escapar débilmente de mi garganta:

--¡Lo pagaré, lo pagaré!

Pero no lo pagué. Los varones más calificados de la villa certificaron que no había fallecido de muerte violenta sino de inanición.

Era un despreciable rocín, un hipócrita, un bellaco...

Sin embargo, en este momento, me alegraría de no haber dado aquellos espolazos.

XXXVII

POETA Y CAZADOR

Jamás olvidaré aquel verano que pasé en mi aldea natal entre el cuarto y el quinto año del bachillerato. Entonces fué cuando mi alma se puso en contacto con la naturaleza y gozó la dulce embriaguez llena de alegría que a su influjo potente nos acomete. No recuerdo ninguna época de mi vida en que haya sido más dichoso. No lo fuí al modo de un ser casquivano y bailarín sino como un poeta, como un griego primitivo que, subyugado por la magia donisíaca, rompe en himnos celebrando la alianza del hombre con la tierra y el evangelio de la armonía de los mundos.

Vivía yo en una tranquilidad llena de sabiduría, vivía en una sorprendente serenidad dejando filtrarse suavemente en mi alma el encanto de aquella naturaleza fresca, transparente, aromática. Era la alegría de un enamorado frente al objeto de sus ansias y que puede saciarse con su vista a todas horas. Salía de madrugada a recoger el rocío que caía de los castañares, a respirar el perfume del heno fresco; dormía a la hora de la siesta debajo de los avellanos; me bañaba al declinar el sol en los remansos del río. Era tan feliz, que algunas veces imaginaba que el tiempo no existía, que había puesto ya un pie en la eternidad y que no saldría jamás de aquel dulce enajenamiento.

Es el valle de Laviana, donde he nacido, grandioso sin ferocidad, grave y apacible al mismo tiempo. Los prados, siempre verdes, circundados de avellanos, surcados por mansos arroyuelos, causan una impresión idílica de paz y contento. Pero las suaves colinas que lo limitan, cubiertas de espesos castañares, surgen ya con un sentimiento de fuerza, como una majestuosa armonía que no turba la paz de nuestro espíritu aunque lo inclinan a la meditación. Detrás, otras colinas más altas y adustas, alzan su cabeza desnuda. Por fin, más allá, se levantan protectoras grandes masas de montañas salvajes, como poderoso baluarte contra las irrupciones de enemigos o curiosos. Se respira aquí una profunda ternura, se siente la presencia del espíritu de infinita paz que nos da la plenitud de vida, la salud del alma y el vigor del cuerpo.

Mi corazón palpita todavía al recuerdo de aquellas horas en que flotaba sobre un mar de eternas delicias. Tendido sobre el césped, hundiendo mis ojos en los abismos azulados del firmamento sobre el cual pasaban volando como fantasmas algunas nubes, sintiendo en torno mío hormiguear entre la yerba un mundo microscópico, compuesto de innumerables insectos que se agitaban igualmente dichosos, sentía correr por mis venas la vida abundante, poderosa, armónica como una sinfonía de la naturaleza inmortal.

Parecíame que la tierra me sustentaba con amor ofreciéndome sus dones, que participaba de su felicidad y vivía en mística unidad con ella. Los pájaros tendiendo su vuelo por el aire despertaban en mí ansias de lanzarme a regiones más luminosas, me causaban un estremecimiento de vértigo, el presentimiento feliz y terrible a la vez de lo sobrenatural, mientras los insectos murmurando en torno me narraban al oído sus diminutos amores haciendo resonar en mi corazón vagos y punzantes deseos.

¿Quién podría suponer que un adolescente a quien agitaban en aquellos días tan nobles sentimientos sería capaz de asesinar fríamente a las avecillas del cielo, esparciendo sus plumas y su sangre sobre el césped? Nada más cierto, sin embargo. Provisto de una vieja carabina de pistón que Cayetano me facilitara, convertíme en perseguidor implacable de los mirlos, jilgueros y malvises que revoloteaban alegres por nuestra pomarada. Es esta una contradicción que a mí me toca confesar y a los psicólogos explicar.

¡Sí! Confieso con vergüenza que esta matanza me causaba increíbles placeres y que cuando atisbaba entre las ramas de los manzanos a un jilguero preparándose a entonar su canto apasionado en honor de su amada jilguera o a una jilguera remilgada sacudiendo las alas con coquetería para atormentar a su jilguero, me relamía como un tigre a la vista de su presa y sigilosamente me colocaba debajo de ellos y les privaba de la existencia.

Sin embargo, había otra cosa que me placía aún más que el asesinato mismo, y era su preparación. Vosotros, los que poseéis una primorosa escopeta inglesa o belga e introducís bonitamente por la recámara esos brillantes proyectiles que semejan dijes de reloj, ignoráis el placer inefable de cargar una carabina de pistón. Aquel descolgar del hombro el frasco de la pólvora y verter una pequeña cantidad en la palma de la mano e introducirla en el cañón, sacar acto continuo un viejo periódico del bolsillo y meter un trozo de él en seguimiento de la pólvora y atacar luego con la baqueta hasta presentar en el rostro señales de congestión; aquél echar mano, terminada esta operación, al cuerno de los perdigones, tomar un puñado de ellos, introducirlos igualmente y atacar de nuevo, esta vez con más delicadeza; aquel cebar prolija y esmeradamente la chimenea y sacar del bolsillo del chaleco la cajita de los pistones y tomar uno y ajustarlo...

Hay que confesar que la vida no es tan triste como muchos pretenden.

Precisamente me hallaba cierta tarde entregado en cuerpo y alma a una de estas operaciones venturosas delante de mi casa cuando acertó a pasar por allí don Eloy, el secretario del Ayuntamiento, con su escopeta al hombro y su perro brincando delante de él. Se paró a contemplarme, me saludó afablemente y me dijo con encantadora brusquedad:

--¿Quieres venir conmigo a ver si matamos unas perdices?

La emoción enrojeció mi rostro. Porque era el secretario un cazador prodigioso, el más diestro de toda aquella comarca y uno de los renombrados de la provincia. Los grandes señores de Oviedo y Gijón le escribían cuando iban a emprender una excursión cinegética por los campos de Castilla, y don Eloy les acompañaba y era el alma y principal ornamento de estas cacerías.

A nadie sorprenderá, pues, que bajo el peso de tanto honor, quedase mudo y suspenso.

Don Eloy no comprendió lo que por mí pasaba y se apresuró a añadir:

--No te haré caminar mucho. Me han dado noticia de que ahí cerca, sobre Cerezangos, hay un bando. ¿Te atreves?

¡Que si me atrevía! Hubiera ido a buscar el bando de perdices en tan noble compañía al polo antártico!

En efecto, no caminamos siquiera media hora cuando el perro quedó de muestra entre los helechos.

--¡Amartilla!--me dijo por lo bajo el secretario--. Ya estamos sobre ellas.

--¡Entra!--gritó después al perro.

Unas cuantas perdices levantaron el vuelo y ambos disparamos; yo casi con los ojos cerrados.

Una perdiz vino al suelo.

--¡Por vida mía!--exclamó don Eloy con acento irritado--. ¡Erré el tiro! Fortuna ha sido que tú lo hayas afinado, porque si no se nos escapan todas.

Quedé como quien ve visiones. Una ola de placer celestial invadió mi cuerpo y por poco me hace dar con él en el suelo. Me creí en aquel punto un héroe. Don Eloy tomó la perdiz de la boca del perro que se la traía y me la entregó con semblante triste.

Declaro que en aquel instante cruzó por mi mente un relámpago de duda; pero mi vanidad lo apartó de sí con horror.

El bando de las perdices _dobló_, esto es, se fué volando a la colina de enfrente. La caza en los países quebrados como el mío es mucho más penosa que en los llanos. Para llegar a ella necesitábamos bajar al fondo del valle y trepar después una razonable distancia. Bajamos rápidamente y ascendimos después todo lo más veloces que pudimos empleando casi una hora en llegar al sitio donde el bando se había posado.

Otra vez paró el perro, otra vez entró a la voz del secretario, otra vez disparamos ambos y otra vez vino una perdiz a tierra.

--¡Maldita sea mi suerte!--profirió don Eloy llevándose las manos a los cabellos, y tratando de arrancárselos--. ¡Otro tiro que erré! ¿Qué mal rayo tendré yo en las manos hoy?

Esta no coló. Quedé confuso, avergonzado, y le dije balbuceando:

--Ha sido usted quien la mató. Mi tiro ha sido muy alto.

--¿Qué estás diciendo ahí, chiquillo?--respondió irritado--. El mío fué el que marró: tiré sobre la izquierda y la pieza que cayó salió por la derecha.

Ahora bien, yo estaba bien seguro de que había tirado sobre la izquierda... Pero no insistí; tuve la flaqueza de no insistir.

Recogí la perdiz que don Eloy me entregó y la colgué triunfalmente a mi cinturón.

Regresamos a casa y durante el camino don Eloy no hacía más que lamentarse amargamente de su torpeza afirmando que los cazadores solían tener estos días aciagos. Yo le escuchaba un poco mohino haciendo esfuerzos desesperados por creerle, aunque sin conseguirlo.

Pero cuando llegamos a Entralgo y me vi rodeado por los criados y algunos vecinos y oí cantar a coro mis alabanzas y vi brillar en los ojos de mi madre la alegría de haber dado el ser a un cazador tan extremado todas mis dudas se disiparon y creí efectivamente que nadie más que yo había dado la muerte a aquellas dos aves inocentes.

Sin embargo, mi padre sonrió de un modo particular cuando le contaron mi hazaña. Y aunque don Eloy no cesaba de lamentarse de su mala suerte, aquella sonrisa enigmática no se le caía de los labios.

Largos años hace que el buen secretario descansa bajo la tierra; pero mientras yo aliente sobre ella no olvidaré los tiros que tan generosamente marró.

XXXVIII

ADÁN EXPULSADO

Muchas veces, casi siempre, lo que esperamos con ansia, no nos trae la felicidad, ni lo que esperamos con temor, la desgracia.

Jamás hubo un estudiante de quinto año más ansioso que yo de hacerse bachiller. Este magno acontecimiento era, a mi modo de ver, la llave del Paraíso.

En efecto, fué la llave, mas no para abrirlo, sino para cerrarlo. Este primero y gran desengaño que la vida me ofreció, produjo en mí tal efecto, que me hizo para siempre con ella receloso. En cada esperanza he visto, desde entonces, una emboscada; en cada deseo, una trampa. Y he pasado mi existencia como los cocheros, apretando el freno en todas las pendientes.

Tal deseo vehemente de hacerme bachiller, no era sólo por las preeminencias que tan glorioso título lleva consigo. Mis padres me habían prometido enviarme a Madrid a seguir la carrera de Jurisprudencia y ya me veía dueño absoluto de mis acciones en medio de la corte de España. ¡Qué halagüeño porvenir!

Tanto pensaba en él, que en vez de prepararme durante aquel curso para el examen, repasando las asignaturas de los años anteriores, no se me ocurrió cosa más apetitosa que comprar algunos libros de la Facultad de Derecho y ponerme a estudiar por ellos.

La _Economía Política_ me sedujo de un modo increíble. Bien imagino ahora que no era tanto por la ciencia misma como porque su estudio me engrandecía a mis propios ojos. ¡Es tan distinguida, tan elegante la _Economía Política_! Estudiándola me creía a cien leguas de aquellos viejos y ridículos maestros del Instituto, me parecía vivir en una atmósfera de buen tono y adoptaba ya con mis compañeros las formas corteses, pero un poco desdeñosas de los hombres de mundo.

Tal extravagancia pudo costarme cara. Al aproximarse la época de los ejercicios o sea del examen general del bachillerato, me encontré bastante mal preparado. Sobre todo el latín, me parecía haberlo olvidado por completo. ¡Vayan ustedes con los gerundios y las oraciones primeras de activa a un hombre que meditaba sobre las relaciones del capital y el trabajo!

Me acometió un terror pánico. Si me suspendían, ¡adiós Madrid!, ¡adiós vida alegre, independiente!, ¡adiós relaciones del capital y el trabajo!

Faltaban pocos días ya para el examen: no me era posible prepararme bien en tan corto tiempo. Aturdido por la cruel perspectiva de ser rechazado, principié a imaginar tontería sobre tontería para salir del aprieto. Y naturalmente, puse en práctica la mayor de todas ellas. Nada menos se me ocurrió que ir a visitar a mi antiguo profesor de latín, aquel romántico Cincinato que tenía su fundo en la falda de las colinas y confesarme con él, esto es, declararle mi ignorancia y mis temores.

Como lo pensé lo hice. No fuí a verle a su amable retiro campestre, sino a su casa de la _urbs_ que era vieja, obscura, y que tenía un olor clásico a ratones bastante pronunciado.

Pero he aquí que en cuanto subo nada más que media docena de escalones, adquiero súbito y por arte mágico los suficientes conocimientos de latín para sufrir cualquier examen por riguroso que fuese. Subo otros cuantos y me encuentro hecho un sabio: la lengua romana no tenía secretos para mí.

Naturalmente, comprendí que la visita era ya inútil. Bajé de nuevo la escalera y salí a la calle triunfante.

Sin embargo, no había dado muchos pasos por ella cuando sentí que mi ciencia filológica menguaba de un modo sorprendente y al fin se disipaba como la bruma de la mañana; quedé un instante perplejo y me decidí a entrar otra vez en casa del profesor.

Otra vez volví a sentir inundado mi cerebro por una ola de sabiduría, que lo bañó por completo y estuve bien tentado a dar la vuelta. Pero sospechando que pudiera ser un falaz espejismo, hice un esfuerzo por arrojar de mí aquella ilusión y tiré del cordón de la campanilla.

Era un cordón negro, siniestro, fatídico, como la cuerda de un ahorcado. La campanilla sonó en las profundidades de aquel antro con lúgubre tañido, que apretó mi corazón; aunque ya estaba bien reducido.

Y repentinamente sentí un vago deseo de que la casa se derrumbase y me sepultase entre sus ruinas.

Una vieja salió a abrirme; detrás de ella un perro que me dirigió una mirada de desprecio sin ladrarme. Lo mismo él que la vieja comprendieron al instante que yo era un pobre estudiante que venía pidiendo misericordia. Estaban acostumbrados a estas visitas.

Me introdujeron en una sala de piso negro y pegajoso por las capas de cera superpuestas durante medio siglo y allí me dejaron sin decirme una palabra. De las paredes, tapizadas con papel pintado que reproducía infinitas veces un loro mordiendo la flecha de la torre de un campanario, pendían algunas fotografías con marco de nogal representando al profesor con toga y birrete rodeado de sus discípulos. La fecha, escrita debajo con supremo arte caligráfico, era atrasadísima. Otros cuadros contenían diplomas que daban testimonio de la aplicación del profesor cuando era niño. ¿A qué época se remontarían estos diplomas?

Al cabo de unos minutos se presentó el catedrático en persona y quedé petrificado como si viese un espectro.

--¿Qué deseaba, hijo mío?--me dijo después de esperar vanamente a que yo diese algún signo de vida.