La novela de un novelista

Part 22

Chapter 223,912 wordsPublic domain

Declaro además, lealmente, que lo que acabo de narrar se refiere exclusivamente a la historia interna o privada del batallón de nacionales. En cuanto a su historia pública no puede ser más honrosa.

Algunos días después de organizado, hallándome en la calle presenciando el desfile, acierto a ver con profunda sorpresa entre los nacionales, con el fusil al hombro, a mi amigo Tuero. Siempre original, no iba en fila como los demás, sino que marchaba a retaguardia solo y apartado ocho o diez pasos del resto de la fuerza. Su talla infantil, pues no contaría más de diez y seis años, y sus largas melenas rubias flotantes, atraían las miradas del público. Parecía un poeta francés maniobrando en el campo de Marte con la guardia cívica en el mes _Brumario_. Al pasar cerca de mí le grité casi al oído:

--¡Adelante, hijo de la patria!

Volvió el rostro y se puso un poco colorado y me hizo un guiño expresivo. Tuero era un romántico, estaba empapado en _Los Miserables_, de Víctor Hugo, que sabía casi de memoria; pero era un romántico forrado de humorista, y esta mezcla curiosa le hacía siempre interesante.

Comenzaron los días dichosos de la revolución triunfante. Los nacionales, las asambleas, las manifestaciones públicas, los discursos, los motines ostentaban entonces su frescura primaveral. ¡Ay! este verde follaje no tardó mucho tiempo en marchitarse. Cuando recuerdo, las muchas veces que fuí en procesión en medio de aquellos honrados obreros dando ¡vivas! y ¡mueras! sin saber a punto fijo qué es lo que deseaba que viviese o muriese, me siento conmovido y me ataca la nostalgia del desorden. En cada encrucijada, en cada balcón, nos acechaba un orador. Sus discursos nos arrebataban de entusiasmo, aunque yo nunca logré oír de ellos más que la conclusión: ¡Viva la soberanía nacional!

Se procuraba imitar en lo posible a la revolución francesa, salvo, por supuesto, la guillotina. Y, naturalmente, una de las primeras cosas en que se pensó, fué en la organización de un club que recordase el de los jacobinos o el de los franciscanos de París.

Quedó instalado este club en el amplio salón de un establecimiento de baños, cuyo dueño era un fervoroso republicano. Se reunían allí todas las noches hasta un centenar de personas de todas clases y condiciones, aunque predominaban los obreros. Nosotros, esto es, los cuatro o cinco amigos inseparables que yo tenía, fuimos admitidos a pesar de nuestra excesiva juventud.

¡Qué tiempos aquellos! Todas las cabezas estaban llenas de la revolución francesa. Apenas se pronunciaba un discurso en que no se recordase algunas frases de Mirabeau, de Dantón o Desmoulins. La que aquel profirió cuando Brezé intimó a la Asamblea, en nombre del rey, la orden de disolverse:--«Los diputados de la Francia han resuelto deliberar. Id y decid a vuestro amo que estamos aquí por la voluntad del pueblo y que sólo nos arrancará de este lugar la fuerza de las bayonetas», me parece que tuve el placer de escucharla tres o cuatro docenas de veces. También se recordaba con insistencia aquello de «los privilegios acabarán, pero el pueblo es eterno», y lo otro de «una nación en revolución es como el bronce que se funde y se regenera en el crisol: la estatua de la libertad no está aún vaciada: ¡el metal está hirviendo!»

En suma, aquello parecía una representación casera del _noventa y tres_.

Hasta los que, incapaces de pronunciar discursos cultivaban el género más fácil de las interrupciones, copiaban las de los convencionales. Había uno que cuando la discusión se acaloraba demasiado solía gritar como Marat:--«¡Os recuerdo el pudor... si es que lo tenéis!» Había otro que no se cansaba de vociferar:--«¡El pueblo se ha levantado, está en pie y espera!»

Pero la frase más extraordinaria que escuché fué la de un sujeto que en momentos de confusión, subido sobre un banco, gritaba como el pintor David en la Convención: «--¡Pido que me asesinéis!»

Era un oficial de sastre. No se le asesinó, aunque bien lo merecía por desvergonzado, pero le dieron dos puntapiés y lo echaron a la calle.

En general, las sesiones no eran borrascosas. Se pronunciaban largos discursos ajenos por completo al drama revolucionario. Recuerdo que un señor nos entretuvo toda una noche explicándonos los movimientos de la tierra y los planetas alrededor del sol, la causa de los eclipses y las estaciones. Un grabador nos leía las _Palabras de un creyente_, de Lamenais, y su voz se alteraba en ocasiones y se le nublaban los ojos de lágrimas. Un maestro de escuela pronunció un discurso fogoso contra la gramática de la Academia lleno de apóstrofes vehementes y de rasgos irónicos.--«Hay un tiempo en los verbos--exclamaba sarcásticamente--que en la gramática se denomina tiempo pluscuamperfecto. ¿Concebís, ciudadanos, algo que sea más que perfecto? ¡Si existiese este tiempo del verbo sería más que Dios!»

El discurso, aunque contundente, produjo cierto malestar en la asamblea. Aquel rudo e inconsiderado ataque a la Academia inquietaba las conciencias. Se murmuraba que el orador iba demasiado lejos; rebasaba los límites de la audacia.

En fin, que en estas memorables sesiones se hablaba de todo, de Dios, del alma, de la libertad, de astronomía, de las formas de gobierno, del idioma, etc. Porque aquellos obreros eran hombres primitivos, atrasados aún en la evolución, y, por lo tanto, ignoraban que el único ideal digno de discusión en tales asambleas es el de escatimar unos minutos de trabajo y aumentar unos céntimos de salario.

Los oradores todos, sin exceptuar uno, recomendaban constantemente el orden. Sin orden no hay libertad. Era la frase que sin cesar se repetía. Había un ayudante de obras públicas tuerto que no se hartaba jamás de hacer el panegírico del orden amenazando con las más espantosas calamidades, si bajo cualquier pretexto se alteraba poco o mucho.

De tal manera se incubó y echó raíces esta idea en el cerebro de nuestros obreros que en cierto motín popular uno de ellos gritaba frente a los balcones de un banquero con quien tenía resentimientos:

--¡Muera Pinedo!--y añadía después con acento de convicción--: ¡Pero con orden!

¡Cuán lejanos nos hallábamos todavía de estos días perversos en que se asesina a las mujeres y los niños en nombre de la fraternidad universal!

Aquellos honrados y sencillos trabajadores nos habían acogido a nosotros, niños aún, con señales de afecto, nos mostraban gran predilección y, aunque parezca extravagante, nos respetaban.

Pues bien, nosotros no correspondíamos como debiéramos a estas muestras de consideración. Eramos díscolos, turbulentos y nos reíamos más o menos ostensiblemente de los discursos que allí se pronunciaban. Y esto no porque fuésemos reaccionarios y enemigos del pueblo, pues creíamos tanto como ellos en la eficacia de las ideas democráticas, sino porque teníamos excesivamente afinado el sentido de lo cómico. Es un don de la Providencia que rara vez logra hacernos simpáticos.

Por eso algunos de aquellos ciudadanos comenzaron a mirarnos con recelo. Particularmente el grabador que leía en alta voz las _Palabras de un creyente_, hombre austero y virtuoso, nutría hacia nosotros en el fondo de su corazón un odio implacable. Cuando en sus lecturas tropezaba con algún epíteto que pudiera convenirnos como el de «espíritus frívolos» o el de «serpiente oculta entre las flores» o el de «sofistas embusteros» nunca dejaba de elevar la voz y dirigirnos una mirada significativa. Pero esto no contribuía poco ni mucho a inspirarnos mayor cordura y seriedad, como pudiera suponerse.

Sin embargo, la masa de los ciudadanos estaba con nosotros y sólo perdimos enteramente su apoyo cuando renunciamos al federalismo y nos declaramos unitarios. ¿Lo hicimos por convicción? ¿Lo hicimos por capricho? No lo sé. Lo único que puedo afirmar es que el adjetivo federal aplicado constantemente a la República nos iba crispando.

Era entonces el federalismo un misterio intangible como el de la encarnación del Hijo de Dios. Un viejo caudillo de la democracia, el marqués de Albaida, lo había introducido con barreno en la mente de los republicanos. Nosotros osamos concebir acerca de él algunas dudas sacrílegas. ¿Por qué había de ser federal la República? ¿Por qué romper un día y de un modo arbitrario la unidad nacional que tanto tiempo, tanto esfuerzo y tanta sangre había costado?

Estas dudas nos perdieron. Aunque sólo las habíamos expresado privadamente, todo el club se enteró pronto de ellas. Y comenzamos a ser mirados como réprobos dignos de eterna condenación. Rugía la tempestad sordamente mientras nosotros, inocentes marineros, navegábamos confiados sin poner el oído a su amenaza.

Al fin llegó la funesta noche en que se levantó un orador para manifestar que «en aquel recinto de la claridad y la justicia había seres solapados que trabajaban traidoramente contra la integridad de la República».

Los seres solapados nos levantamos entonces y declaramos abiertamente que renunciábamos para siempre a la federación y que seríamos unitarios hasta la muerte.

Tumulto indescriptible. Los ciudadanos se alzan airados, nos increpan, nos amenazan. No se oyen otros gritos que: «¡Fuera los traidores!» «¡Mueran los unitarios!»

Cuando se hubo calmado un poco la agitación, el presidente en pie y pálido dice con voz temblorosa:

--Después de lo que acabamos de escuchar, con gran sentimiento debo hacer presente a los señores que se han declarado contra la federación que no pueden permanecer más tiempo en este local.

--¡Eso! ¡Eso!... ¡Fuera los enemigos de la República!... ¡Abajo los unitarios!--se gritaba de todas partes.

Entonces nosotros salimos presurosos de los bancos y acompañados de otros tres o cuatro ciudadanos que habían simpatizado con nosotros, formando un grupo de ocho o diez, y entre los silbidos y los mueras de la asamblea nos dirigimos resueltamente a la puerta. Antes de trasponerla uno de los nuestros se volvió iracundo y agitando los puños gritó como Dantón en la guillotina:

--¡Nos cortáis la cabeza, pero no nos cortáis la cola!

Aquella cita trágica produjo enorme sensación. Se hizo un silencio profundo y en medio de él salimos erguidos del club para no volver a entrar.

XXXV

IMPRESIONES MUSICALES

Hay en la vida del hombre una época que pudiéramos llamar teatral, si la palabra no se prestase al equívoco.

Comprenda el lector lo que quiero decir: Hay una época en que el hombre civilizado siente con más o menos intensidad el atractivo de los espectáculos teatrales. Este atractivo se prolonga por más o menos tiempo, según los temperamentos. Tengo un amigo, ya viejo, que gasta 100 pesetas mensuales en localidades para el teatro, y en su vida ha comprado un libro por valor de 3,50. Es un hombre odioso.

A los quince años entregaba yo casi todo el dinero que me suministraban mis padres a los cómicos, salvo el que gastaba en pomada de heliotropo para untarme los cabellos. En aquel viejo teatro de Oviedo, donde se estaba mejor que en una tienda de campaña, he disfrutado gran copia de dramas y comedias de repertorio, escuché infinitos gritos apasionados, muchas décimas calderonianas y no pocas carcajadas histéricas.

Sin embargo, confieso que no fuí tan dichoso en aquel período de mi vida como debía serlo. En esta edad, cuando se asiste al teatro, se encuentra generalmente todo precioso, todo bello, todo divertido. Por desgracia, a mí no me aconteció otro tanto. Mi alma no se abría de par en par a los goces estéticos, porque había dentro de ella un crítico prematuro que se empeñaba en cerrar la puerta.

Ignoro si el virus de la crítica brotó espontáneamente en mi organismo o me fué inoculado por mi amigo Leopoldo Alas, compañero obligado de mis excursiones teatrales, pero lo he padecido siempre y ha amargado mi existencia. _Clarín_, implacable Mefistófeles, me mostraba cruelmente las escorias de todas las obras dramáticas.

Una noche presenciábamos ambos la representación de un drama, que, si mal no recuerdo, se intitulaba _Redención_. Era una de tantas desdichadas imitaciones de la famosa _Dama de las Camelias_, de Alejandro Dumas. La protagonista moría de una afección pulmonar, como aquélla, y se lamentaba patéticamente de su mala suerte, pues en aquellos instantes su novio le besaba las manos y le decía mil ternezas. En torno nuestro los caballeros se mostraban gravemente conmovidos, pero las señoras lloraban a lágrima viva. Clarín y yo, más duros que el mármol, sentíamos unas ganas atroces de reír. Estas ganas estallaron al cabo en sonoras carcajadas cuando la tísica, después de un golpe de tos, viendo a su amante agitado, le dice con dulzura angelical: «¡No te alborotes!»

La indignación de los espectadores fué terrible: «¡Silencio, silencio!» «¡A la calle esos chicuelos!» Faltó poco, en efecto, para que nos arrojasen del teatro.

Convengamos, pues, en que el espíritu crítico carece de utilidad, y quien lo tiene aguzado es un pobre hombre digno de compasión. Yo estoy seguro de que si me gustasen los malos dramas, las malas novelas y los malos versos, mi existencia se hubiera deslizado mucho más feliz sobre la tierra.

En lo tocante a música he sido más favorecido por la Providencia. Siempre me ha gustado la música mala. Me han entusiasmado y me siguen entusiasmando, la _Lucía de Lammermoor_, la _Sonámbula_, _El trovador_, la _Traviata_, etc.; esas óperas que actualmente hacen rechinar los dientes a los críticos musicales y les quitan las ganas de cenar. Uno de ellos, que yo conozco, profesa odio tan irreconciliable al maestro Donizetti, ya fallecido cerca de un siglo, que al pasar en cierta ocasión por Bérgamo, donde aquél ha nacido y tiene una estatua, fué sigilosamente por la noche a apedrearla.

Esto es grave. Porque si los críticos dan en la flor de ejecutar tales venganzas póstumas con los autores, temo en verdad que alguno a quien mis libros enfaden, vaya una noche a desenterrarme al cementerio para tirarme de las orejas.

Puesto ya a confesar públicamente mis pecados, declaro que no sólo me agradan las óperas del infame Donizetti, sino también las zarzuelas de mis compatriotas Arrieta, Barbieri y Gaztambide. Escuchando desde aquellas sucias y desgarradas lunetas del teatro de Oviedo _Marina_, _El Juramento_, _El relámpago_ y _Los diamantes de la Corona_, me he sentido dichoso como los ángeles; se borraban de mi mente las impurezas de la realidad y vivía unos instantes mecido sobre la nube del ideal. El mundo dejaba de ser Voluntad, según la frase del más popular de los metafísicos alemanes, para convertirse en pura Representación.

Aún más; no puedo recordar algunas de sus melodías sin conmoverme, y si me encuentro en el campo un día espléndido de primavera, me pongo a canturriar con emoción la romanza de barítono en _El Juramento_:

«¡Cual brilla el sol en la verde pradera! ¡Cual su perfume despide la flor!»

Es ridículo, vuelvo a confesarlo; pero si lo ridículo nos hace felices ¿por qué no hemos de abrazarnos a lo ridículo? En este punto, como en algunos otros, doy la razón a los filósofos pragmatistas.

Son los habitantes de Oviedo muy sensibles al arte de la música. Lo son siempre, pero muy particularmente, es inútil añadirlo, cuando han ingerido algunos vasos de sidra, el licor predilecto de la región cantábrica.

Desde la más remota antigüedad, el alcohol está considerado como un estimulante de la aptitud para las artes conceptivas, con preferencia a las plásticas. Nadie habrá visto a un hombre ebrio extasiarse ante un cuadro o una estatua; pero ¡cuántas veces les habremos oído recitar, con torpe lengua, algunos versos de Zorrilla o Espronceda! Conocí uno que en el último período de la embriaguez repetía con creciente aflicción:

«¿Qué es el hombre? Un misterio. ¿Qué es la vida? ¡Un misterio también!... Genios, ¡venid, venid!... Vuestro mal con el hombre a compartir.»

Hasta que caía como un fardo al pie del tonel y no se podía despertar sino haciéndole aspirar un frasco con amoníaco.

No obstante, es la música el arte bello que guarda afinidad más estrecha con los licores espirituosos. En Grecia, las fiestas de Baco, llamadas _Orgías_, fueron siempre sazonadas con cantos. En Oviedo, lo mismo. Los periódicos locales anuncian que tal día a tal hora se romperá en tal lugar el tonel llamado _Prim o Moriones_ (se les pone, por lo común, el nombre de un general). Un centenar de devotos acude puntualmente a la solemnidad, rodean el grandioso tonel, presencian con emoción su apertura, y, una vez que han probado su contenido, dan comienzo los cánticos desenfrenados.

Mas existe una diferencia esencial entre los cantos orgiásticos de la Grecia y los de la capital de Asturias. Los primeros eran cantos de victoria, entusiásticos y ardorosos, mientras los segundos son siempre tiernos y sentimentales. En Grecia se rendía culto a Baco con gritos delirantes y rugidos de cólera; en Oviedo, con lágrimas. Es increíble el líquido que se derrama por los ojos en estas bacanales. Hay borracho que cantando la despedida de _El Grumete: «Si en la noche callada sientes el viento»_, etc., se derrite en llanto, lo cual ahorra mucho trabajo, como debe suponerse, a los riñones.

El _Miserere de El Trovador_ causaba tal fascinación a cierto escribiente de un notario de Oviedo, que no podía escucharlo sin sentirse arrobado y caer en éxtasis.

Llamábase este escribiente Figaredo, o una cosa parecida; era hombre ya maduro, de pelo canoso, de estatura mediana y más gordo que delgado. Se embriagaba indefectiblemente todos los domingos; pero como hombre jurídico lo hacía de un modo legal. Quiero decir, que jamás dió el menor escándalo en la población. Una vez que salía del lagar y entraba en las calles céntricas, podría caminar más o menos torcido, podría tropezar una que otra vez con las columnas de los faroles, mas su boca no se abría por ningún motivo, grande o pequeño. Ni un grito, ni una palabra, ni una tos. Era un sepulcro relleno de sidra.

Pero había algunos que conocíamos su secreto. Sabíamos que apretando cierto botón, aquella boca se abría con un resorte. Este resorte no era otro que el _Miserere_ de _El Trovador_.

Una noche entre las once y las doce salía yo del teatro con dos amigos cuando acertamos a ver a Figaredo que caminaba delante de nosotros la vuelta de su casa trazando caprichosas curvas con los pies sobre la acera. Inmediatamente se nos ocurrió apretar el fatal resorte. Adelantamos el paso y al cruzarnos con él cantamos en voz baja los primeros solemnes compases del famoso miserere.

Oírlos Figaredo, pararse en seco, abrirse un poco de piernas y lanzar al aire con toda la fuerza de sus pulmones el grito de angustia del desdichado Manrique desde su prisión, fué cosa de un instante.

El sereno, que no estaba lejos, acudió corriendo.

--¡Haga usted el favor de callarse y no dar escándalo!

Figaredo le miró estupefacto al través de sus gafas.

¿Escándalo? ¡Llamar escandalosa a la música más sublime que jamás se hubiera oído en el mundo! Aquel hombre debía de estar loco.

Pero loco o cuerdo representaba en aquel instante a la autoridad constituída y Figaredo como hombre ligado por su profesión a la ley de enjuiciamiento comprendió que debía callarse y calló.

Bajando, pues, la cabeza resignado siguió su camino en silencio.

Pero nosotros habíamos vuelto sobre nuestros pasos y al pasar a su lado cantamos otra vez el comienzo del miserere.

Figaredo se paró de nuevo, volvió a abrirse de piernas y gritó:

_«¡Non ti escordar di me_ _Leonora addio!»_

El sereno corrió enfurecido a él y sacudiéndole por un brazo vociferó:

--¡Cállese usted, escandaloso, o por vida mía que le llevo ahora mismo a la Fortaleza!

Así se llamaba la cárcel de Oviedo en aquel tiempo.

Figaredo volvió a mirarle, sin comprender qué clase de mentalidad era la de aquel hombre; pero bajó la cabeza y siguió caminando. Dejamos que se alejase un buen trecho y alcanzándole después le cantamos de nuevo al oído el miserere.

Figaredo detuvo el paso por tercera vez y atronó la calle con sus gritos de angustia. El sereno, que ya estaba lejos, acudió corriendo y de tal modo enfurecido que estuvo a punto de caer. Como tardó algún tiempo en llegar, Figaredo estaba ya metido en el canto y fué imposible hacerle callar. Ni por sacudirle fuertemente por el brazo ni por dirigirle los insultos más groseros fué posible que cerrase la boca. Figaredo ya no veía ni oía nada, y se lamentaba tremando las notas para hacer más patético su canto. Las lágrimas bañaban sus mejillas.

El sereno exasperado le fué empujando hasta la Fortaleza, que estaba próxima.

Figaredo no callaba. Le abrió la puerta de la cárcel; el sereno dijo no sé qué palabras al centinela; éste rió con toda su alma: el sereno profirió una blasfemia. Y Figaredo fué empujado brutalmente al interior.

Pero no callaba. Todavía allá dentro oíamos lejana su voz que gritaba con infinita amargura.

_Non ti escordar di me_ _¡Leonora addio!_ _¡Leonora addio!_

Las injurias, la cárcel, el ridículo, la vergüenza no existían para aquel hombre. El mundo real con sus impurezas, perfidias y groserías se había desvanecido. Como los prisioneros de la famosa caverna de Platón contemplaba cara a cara el sol de la belleza.

XXXVI

EL SUEÑO DEL «LUCERO»

Decían los médicos, aunque no era cierto, que mi madre necesitaba baños de mar. Para tomarlos solíamos pasar el mes de agosto en la villa de Luanco, vecina de la de Avilés, que posee una bonita playa arenosa donde las olas rompen con estrépito.

En aquel tiempo existía en Luanco un hombre llamado el _Corsario_.

No era _Barbarroja_, porque tenía barba negra y escasa. No era tampoco el corsario de Byron, porque _Conrado_, hombre de soledad y misterio (_man of lóneness and mistery_) hablaba poquísimas palabras y nuestro corsario era un charlatán insufrible.

Además no se le conocía tendencia alguna romántica, sino más bien una inclinación decidida a entrarse por las tabernas y a permanecer allí un tiempo indeterminado.

Era un hombrecillo de ojos pequeños y hundidos, delgado, cargado de espaldas que no traía a la memoria escenas de zafarrancho y abordaje.

¿Por qué se le llamaba el _Corsario_? No lo sé. Quizá los buenos viejos de Luanco sepan algo más. Pueden ustedes ir a preguntárselo.

Este _Corsario_ desempeñaba el oficio de alguacil del Ayuntamiento. A los que el alcalde mandaba detener los encerraba en la cuadra de su casa. Era entonces la única cárcel modelo que allí existía.

Como profesión suplementaria el _Corsario_ ejercía la de alquilador de caballos. En realidad no debiera hablar en plural, porque alquilaba un solo caballo. Pero tenía además un burro y esta circunstancia le imprimía carácter profesional.

No puedo decir casi nada del burro, porque no he tenido trato con él. En cuanto al caballo no vacilo en afirmar que era un miserable impostor. Siento mucho tener que hablar de él en esta forma, pero el respeto de la verdad me obliga a ello.

Era un rocín bastante bien proporcionado, color de hoja seca, que tenía algunos cuarterones de carne sobre los muslos y en la frente una mancha blanca del tamaño de una pieza de dos pesetas. A esta última circunstancia debía sin duda su nombre de _Lucero_. El que lo había bautizado era hombre de imaginación, porque aquellos pelos blanquecinos no podían dar idea remota de ningún astro del cielo.

Sus medios de subsistencia estaban envueltos en el misterio y despertaban en Luanco comentarios bochornosos. Si su amo era solamente pirata de nombre él lo era de hecho. Se le veía por los caminos de noche y de día como un vagabundo apercibido a todo lo malo. Saltaba las barreras de los prados y se comía la fresca yerba destinada a las vacas de los vecinos; saltaba también con increíble audacia las tapias de las huertas y engullía las lechugas y los guisantes. Hasta se comió en cierta ocasión, según se dijo, unas enaguas del ama del señor cura que ésta había tendido a secar en la huerta parroquial.