La novela de un novelista

Part 21

Chapter 213,896 wordsPublic domain

¡Cuánta razón le asistía! Algunos años después ni se representaba en los teatros ni nadie se acordaba de tan aplaudida producción dramática.

Fuí, pues, convertido por obra y gracia de aquellos buenos amigos de contumaz gladiador en literato. Pero nuestra literatura se cifraba entonces, principalmente, en hablar de los autores y en disputar acerca de las reglas gramaticales.

Pasamos la vida disputando. Si uno soltaba alguna palabra impropiamente aplicada al discurso; si otro se equivocaba de régimen; si otro escribiendo no había puesto las comas en su sitio. Todo era materia para disputas acaloradas que duraban indefinidamente, pues ninguno quería quedar convicto de ignorancia y defendíamos nuestro régimen y nuestra ortografía como una leona podía defender a sus cachorros. Nos acechábamos constantemente, espiábamos con intensa atención las palabras que cada cual vertía y caíamos sobre algún vocablo impuro como buitres hambrientos sobre la carne podrida. En estas minucias lingüísticas casi siempre salía vencedor Alas, porque las concedía aún mayor importancia que los otros y ponía toda su alma en ellas. Además era poseedor, según supimos más tarde, de un diccionario de galicismos, y con esta arma, que guardaba secretamente, nos infería no pocas veces heridas mortales.

Seguíamos en nuestras discusiones filológicas el método de la escuela peripatética, esto es, disputábamos paseando. Después de terminadas las clases, ya se sabía, nos poníamos a recorrer las húmedas calles de Oviedo y comenzaba la borrascosa sesión gramatical.

Aquella vida, bien mirado, no era muy divertida; pero nosotros la encontrábamos tal. Los que no la juzgaban poco ni mucho amena eran los pacíficos transeuntes a quienes molestábamos con nuestros gritos descompasados y a menudo con nuestros empellones. Porque caminábamos tan ciegos que chocábamos con las personas que venían en dirección contraria y las desbaratábamos sin piedad los callos de los pies. No era tal conducta a propósito para hacernos simpáticos en la población. Nos miraba de través todo el mundo y en algunas ocasiones nuestra clamorosa sabiduría halló por recompensa un coscorrón o un puntapié.

Sin embargo, todo esto, al recordarlo, me enternece. Y cuando alguna vez voy a Oviedo y atravieso la calle de la Magdalena o Cimadevilla, me detengo conmovido, y me digo: «Aquí fué donde Leopoldo Alas me demostró que _coaligarse_ era una palabra bárbara traducida del francés, y que se debe decir coligarse; aquí fué donde Tuero me hizo ver que pronunciaba, de un modo cojo, cierto verso de Espronceda.

Aunque me habitué a esta manera de vivir y fuí cada día más compenetrándome con los gustos de mis nuevos amigos, debo confesar que había algo con lo cual no estaba conforme en el fondo de mi alma. Este algo era el entusiasmo que sentían por ciertos periódicos satíricos que a la sazón se publicaban en Madrid, particularmente por uno titulado _Gil Blas_. No se hartaban de leer y comentar los donaires y rasgos ingeniosos que salían en este periódico. Para ellos un señor llamado Luis Ribera, otro Roberto Robert, otro Sánchez Pérez eran famosos héroes de las letras dignos de la inmortalidad.

Quien mostraba hacia ellos más intenso aprecio era Alas, cuya vocación de escritor satírico se hizo ostensible desde bien temprano. No solamente los imitaba, escribiendo semanalmente para su uso particular un periódico, que tituló _Juan Ruiz_, sino que enviaba a menudo al _Gil Blas_ articulitos y versos. ¡Caso prodigioso: este semanario, tan exigente y desdeñoso para todos los literatos que entonces existían en España, insertaba los escritos de un niño de quince años! No dudo que su famoso _Juan Ruiz_ contendría trozos muy apreciables, dignos de la pluma de los redactores de aquel periódico. Yo no los he leído, ni los ha leído nadie, porque la letra de Alas fué siempre inverosímilmente perversa, y durante su carrera literaria causó crueles tormentos a los tipógrafos.

Pero aquellas ingeniosidades agresivas, aquella literatura de flechas aceradas, no infundía calor en mi alma. Los gemidos de las víctimas, las heridas manando sangre, los miembros palpitantes esparcidos por el suelo, me causaban grima, en vez de alegría. Nunca fué de mi agrado el género satírico que se aparta mucho del humorismo. Detrás del humorista hay un espíritu piadoso que sonríe melancólicamente al contemplar las deficiencias y contradicciones de la naturaleza humana. Detrás del satírico sólo un hombre que ríe malignamente y goza con la miseria intelectual del prójimo. Cervantes fué un humorista, Larra un satírico.

Además, yo en aquella época tenía la cabeza llena de las bellezas de _El diablo mundo_, _La Jerusalén libertada_ y el _Orlando furioso_, y me parecía que la literatura era esto o no era nada. Por seguir el humor a mis amigos, fingía admirar los dimes y diretes del _Gil Blas_, pero mi corazón estaba con Espronceda y el Taso. Y como me sentía impotente para esta alta literatura y no era de mi gusto la pequeña, me resolví interiormente, como ya he indicado en el capítulo anterior, a ser un hombre de ciencia. Mi único anhelo entonces, y por bastantes años después, fué llegar a ser un profesor distinguido. ¡Cuán lejos estaba de imaginar que el Cielo me destinaba a poeta épico, ya que la novela, según los estéticos, no es otra cosa que la forma moderna de la epopeya!

Durante aquel año hicimos amistad también y empezamos a reunirmos en casa de dos chicos de nuestra edad, hijos de un opulento fabricante de tabacos de la isla de Cuba, a quienes su padre había enviado a educar a Oviedo. Estaban a la guarda de un muy tolerante y bondadoso sacerdote que nos permitía divertirnos a nuestro gusto. Y la mejor diversión que elegimos fué la del teatro. El arte dramático nos seduce en la primera edad de la vida como ha seducido a los hombres en los primeros tiempos de la historia. Construímos una muy linda escena en el más amplio salón de la casa, para lo cual se nos facilitó cuantos elementos creímos necesarios. Representamos, como debe suponerse, algunos dramas góticos y medioevales, y gozamos la más excelsa beatitud declamando rotundos endecasílabos y esgrimiendo nuestras espadas de madera forradas con papel de estaño.

Había entre nosotros un notabilísimo actor. Por lo menos él se creía tal y nosotros no estábamos lejos de pensarlo. Declamaba con un énfasis y con voz tan cavernosa y temblona, arqueaba las cejas de manera temerosa y agitaba su cuerpo con tan vivos estremecimientos que ningún cómico de la legua le aventajó antes ni después.

Nosotros le envidiábamos: él nos despreciaba. Para vengarnos de su desprecio decidimos tres o cuatro jugarle una mala treta el día de la representación. Se hallaba lujosamente ataviado representando, si la memoria no me engaña, el papel de rey en un drama titulado _La tienda del Rey Don Sancho_, esperando, con la natural emoción, el momento de salir a escena. Nosotros, a su lado, entre bastidores, le acechábamos. Aprovechándonos de su emoción le pasamos, disimulada y traidoramente, una cuerda por la cintura, haciendo después un nudo corredizo. Cuando le llegó el momento salió impetuosamente a escena, sin darse cuenta de que llevaba tras sí la cuerda, y comenzó a declamar con tanto calor y entusiasmo que, desde luego, cautivó al auditorío, compuesto de nuestras familias y amigos. Mas he aquí que cuando se hallaba en lo más patético de su peroración, comenzamos a tirar fuertemente de la cuerda, atrayéndole hacia los bastidores. Rechinó los dientes y siguió declamando; pero nosotros también seguimos tirando de él, y aunque quiso sustraerse el cuitado a su fatal destino haciendo esfuerzos rabiosos para mantenerse en escena sin dejar de declamar su papel, al fin logramos sacarle de ella y meterle dentro.

¡Qué bárbaras lamentaciones! ¡Qué terribles amenazas proferidas no en endecasílabos sino en la prosa más vil que puede nadie imaginarse! Echó mano al puñal que llevaba a la cintura... ¡gracias a Dios que era de madera!

El público se desternillaba de risa palmoteando calurosamente. Le hizo salir a escena y con él a nosotros los autores de la bromita, colmándonos a todos de aplausos y tirándonos caramelos. Pero don Sancho no se dignó doblar su real espina para recogerlos: antes seguía horriblemente fruncido y lanzándonos miradas centelleantes propias de un león castellano ofendido.

Fatigados del teatro, al cabo nos vino a la mente fundar un Ateneo. Nos pareció aquello más propio de nuestra superioridad intelectual. Porque no dudábamos de ella un punto y nos sorprendía que en la población no nos tributasen los honores debidos a nuestro rango. Veíamos claramente las ridiculeces de muchos hombres ya maduros, formábamos de ellos un juicio sumarísimo y los condenábamos al desprecio. Nuestros profesores no se libraban tampoco algunas veces de este desdén compasivo. Recuerdo que el de Retórica le preguntó a Alas, según me contaron sus condiscípulos:

--Señor Alas, ¿qué son _padre y pobre_?

--Nada--respondió aquél.

--Son asonantes, hijo mío.

--No son asonantes--replicó.

Hubo una breve disputa: el profesor montó en cólera y le obligó a callar. Todos quedaron, sin embargo, convencidos de que Alas tenía razón y puede suponerse que este incidente no poco contribuyó a nuestro engreimiento.

Fundamos pues un Ateneo cuyas sesiones se efectuaban en casa de los «dos americanos», como acostumbrábamos a llamar a nuestros amigos. Nos reuníamos los domingos por la mañana una docena o poco más de ateneístas, se leía una disertación histórica o científica y hacía objeciones al disertante quien lo tuviera a bien; leíanse después artículos, cuentos y versos; por fin uno de los dueños de la casa nos hacía oír en el piano algunas sonatas o trozos de ópera, pues ya entonces era un maravilloso pianista.

En una de aquellas sesiones dominicales leí yo un concienzudo discurso acerca de Felipe II. Había hecho sobre su reinado investigaciones profundas que no duraron menos de quince días. El resultado de ellas fué un panegírico caluroso de aquel rey insigne que yo consideraba como el más grande estadista que había surgido en la historia de España.

No estuvo desde luego conforme con tal apreciación uno de los sabios ateneístas y en un discurso, que a mí me pareció capcioso, quiso mostrar las deficiencias de aquel reinado memorable. Que si Felipe II era un fanático que había fomentado la ignorancia de nuestro país y lo había entregado atado de pies y manos a la Inquisición; que si había enviado a Flandes un verdugo como el duque de Alba; que si había agotado el tesoro público y esquilmado a la nación por sostener allí un poderío que de nada nos servía... En fin, una serie de cargos irrespetuosos y sin fundamento alguno.

Traté de demostrárselo reprimiendo a duras penas mi indignación y aparentando una tranquilidad que no sentía. De nada sirvió mi moderación; antes por el contrario, envalentonado por ella mi adversario repitió con creciente saña sus diatribas acumulando sobre la cabeza del gran rey los más odiosos dicterios: ignorante, fanático, dilapidador...

Perdí la cabeza. Repliqué furiosamente, hecho un energúmeno. Mi contrincante no se dejó intimidar y con más altos gritos aún siguió vociferando contra el monarca.

Ahora bien, yo en aquel instante representaba, aunque indignamente, al rey Felipe II. No me era posible permitir que por más tiempo se le siguiera ultrajando de manera tan atroz. Por otra parte, para impedirlo no disponía de la _Santa Hermandad_, ni siquiera de un mal corchete.

¿Qué me correspondía hacer en trance tan apurado?

¡Aplicar un buen mojicón a aquel deslenguado!, dirá seguramente el lector.

Pues eso fué cabalmente lo que hice. Un soberbio mojicón de mano vuelta que resonó fatídico en el augusto recinto del Ateneo. Pero ¡ay! mi adversario respondió con otro no menos arrogante y se estableció una lucha cruel entre ambos.

Los sabios ateneístas se agitaron. En vez de mostrarse neutrales como correspondía a su elevada dignidad dividiéronse inmediatamente en dos campos. Los unos tomaron parte por mí, esto es, por el rey católico; los otros ayudaron abiertamente a sus enemigos, los ingleses, los flamencos, los luteranos. La batalla se generalizó. Por largo tiempo resonaron los gritos y los puñetazos de los combatientes. Hasta que el buen sacerdote que regía la casa vino con los criados a restablecer la paz disolviendo para siempre nuestra asamblea.

Así cayó y se deshizo aquel memorable Ateneo que tanta influencia ha ejercido en los destinos de Europa.

XXXIV

EL CLUB

Acaeció que una noche nos acostamos esclavos los españoles y amanecimos libres.

Unos generales filántropos desembarcados en Cádiz fueron los encargados de romper nuestras cadenas. Marcharon sobre Madrid, derrotaron en el camino a las tropas del Gobierno y entraron en la capital a los acordes del _Himno de Riego_.

Naturalmente las ondas sonoras de este _Himno_ se propagaron en círculo como todas las demás y alcanzaron pronto el litoral de la Península. Yo las percibí entre sueños acompañadas del estampido de los cohetes. Me levanté velozmente, me asomé al balcón y vi desfilar pelotones de gente con banderas, gritando: ¡Viva la libertad!

Si hay libertad--me dije inmediatamente--, hoy no tendremos cátedra. Y me alegré del triunfo de la libertad.

Salí a la calle y observé por todas partes gran movimiento y regocijo. En la plaza de la Constitución se apiñaba la muchedumbre escuchando el discurso fogoso que desde el balcón del Ayuntamiento gritaba un honrado vecino progresista. Al final de este discurso se arrojó a la plaza el retrato de la Reina, que se hallaba en el salón de sesiones, y la muchedumbre se apresuró a hacerlo trizas rugiendo de gozo.

«¡Abajo las testas coronadas!» Por primera vez escuché entonces este grito eufónico, que me hizo cosquillas de placer. Si hubiera sido: «¡Abajo las cabezas coronadas!», no me habría producido efecto alguno. Mas la palabra testas le daba tal realce, lo hacía tan melodioso y halagüeño al oído, que, si yo fuese rey, pienso que al oírme llamar testa coronada me hubiera despojado, sin inconveniente, de la corona.

Pero la muchedumbre allí congregada sentía necesidad para saciar sus furores de algo más plástico que la pintura.

¡A la Universidad! ¡A la Universidad!

Seguí el tropel hasta la Universidad, y vi cómo derrocaban el busto de bronce de la reina Isabel erigido en medio del patio.

Confieso que al escuchar el ruido siniestro que hizo cayendo sobre las losas, corrió por mi cuerpo un escalofrío. Vi después que unos pilluelos le echaron una cuerda al cuello, lo arrastraron fuera de la Universidad y lo pasearon en esta forma por las calles en medio de gruesa algazara.

No les seguí. Aquel espectáculo me causó extrema repugnancia. Si alguien lo atribuyese a un espíritu estrecho y reaccionario, se equivocará. Ya he dicho que sonaba grato en mis oídos el grito de «¡Abajo las testas coronadas!», y añado que la libertad, la igualdad y la fraternidad me tenían por entero subyugado, pues entonces no sabía cuántas cositas sucias se pueden esconder debajo de estas palabras tan bellas. Me repugnaba tal espectáculo, sencillamente, porque encontraba poco galante arrastrar a una señora amarrada por el cuello.

Al día siguiente de tan graves sucesos observé, con sorpresa, que mis cadenas se hallaban en perfecto estado de conservación. Quiero decir que me vi obligado a estudiar mi lección de Geometría lo mismo que si no hubiera caído la dinastía de los Borbones. Es vergonzoso decirlo; pero no puedo ocultar que esto enfrió un poco mi ardor democrático.

Y no bastaba a mantenerlo vivo la circunstancia de estudiar los catetos y las hipotenusas a los acordes del _Himno de Riego_. Antes, por el contrario, este _Himno_, sonando día y noche por las calles, llegó a producirme un malestar indecible. Después de tantos años transcurridos, si por casualidad le oigo cantar o tocar, surge ante mis ojos, repentinamente, una legión espantosa de triángulos, cuadriláteros, polígonos, rombos y romboides, y me siento mareado y acometido de náuseas.

No solamente el _Himno de Riego_ fué nuestro consuelo en los primeros días de la era revolucionaria. Había otros varios espectáculos interesantes. Entre ellos, uno de los mejores era ver desfilar, noche y día, al Batallón de la Guardia nacional. Este batallón se componía, en general, de vecinos desocupados. Los había también ocupados, pero predominaban los primeros. Allí estaba Epifanio, famoso bebedor de sidra, y Roque, igualmente renombrado bebedor de sidra, y Manolo, que bebía asimismo mucha sidra, pero dejaba siempre un hueco para la ginebra. Allí formaban el carnicero de la plaza de los Trascorrales y el mancebo de la tienda de mercería de la calle de San Antonio y el hojalatero de la calle del Peso.

Todos estos sujetos marchaban con el fusil al hombro, pero con su propia indumentaria, esto es, sin uniforme ni distintivo alguno. Hay que confesar que lo que ganaba de esta suerte en animación y colorido lo perdía en marcialidad. Pero sabían todos ellos compensar esta deficiencia con la gravedad bélica que imprimían a su rostro, ya atravesasen a paso de carga por las calles, ya evolucionasen majestuosamente en el parque de San Francisco. Es imposible que las hordas de los hunos capitaneadas por Atila marchasen más ceñudas y con más expresión de ferocidad guerrera.

Las mismas familias apenas podían reconocerlos en tales ocasiones.

--¿No ves a Pachín?--decía una madre a su chiquitín que llevaba de la mano.

--¿Cuál? ¿Cuál?--preguntaba el niño, abriendo mucho los ojos.

--Aquel, aquel que va allí con el sombrero de medio lado.

--¡Pachín! ¡Pachín!--gritaba el chico a su hermano mayor después de reconocerle.

Pero Pachín, al cruzar por delante de él, le dirigía una mirada torva que le helaba de espanto.

Cuando estos nacionales estaban de guardia y hacían centinela aumentaba aún su intransigencia. Recuerdo que hallándome en la plaza vi llegar, al son de las cornetas, una compañía de guardias civiles que se habían concentrado a la sazón en Oviedo. Antes de que atravesasen el arco del Ayuntamiento, Bonifacio, el repartidor de periódicos, que estaba allí de centinela, se plantó delante de ellos con el fusil en ristre y gritó con voz de trueno:

--¡Alto!... ¿Quién vive?

La compañía hizo alto y el teniente que la mandaba se dirigió lleno de deferencia a Bonifacio, y éste volvió a gritar con voz recia:

--¡Cabo de guardia!

Y vino el cabo de guardia y habló con el teniente. Y, mientras tanto, se mantenía Bonifacio un poco apartado, fusil en ristre y con expresión de ferocidad implacable en el rostro.

Si alguno imagina que esta actitud cruel impresionó a los guardias, siento decirle que se halla en un error. Los guardias, mientras duró la conferencia, miraban de hito en hito a Bonifacio con tal expresión de curiosidad y desprecio que no comprendo cómo éste no descargaba inmediatamente su fusil sobre ellos.

La historia de este batallón es gloriosa. Debemos reconocer, no obstante, que no todos sus individuos lograron conducirse con el valor y la dignidad que Bonifacio, el repartidor, en esta ocasión. Por ejemplo, Bernardón el _Mirlo_...

Es una historia que el lector no debe contar en Oviedo delante de alguno de aquellos veteranos, porque le expondría a un disgusto.

Bernardón el _Mirlo_ no era propiamente _Mirlo_, pero se le llamaba así por ser marido de la _Mirla_, y él fué quien tuvo la culpa de que una vez fuese arrollada la guardia de este glorioso batallón. Acaeció del modo siguiente:

La _Mirla_ tenía un puesto de pescado en la plaza de los Trascorrales. Este puesto se hallaba muy acreditado, porque la _Mirla_ no vendía nunca el pescado demasiado podrido. Por lo cual en casa de la _Mirla_ se vivía con desahogo. Particularmente Bernardón, su marido, zapatero de oficio, procuraba esmeradamente no ahogarse con el trabajo, sobre todo a la hora de la sidra, esto es, después de las tres de la tarde.

Su digna esposa no veía, sin embargo, con buenos ojos estas deserciones, y alguna que otra vez las interrumpía de un modo fragoroso y hacía que las cosas volviesen a la normalidad. Porque era la _Mirla_ una mujer colosal, que, por error de la naturaleza, no había nacido sargento de coraceros, y Bernardón, aunque cabo de la Guardia nacional, se sentía intimidado en su presencia.

Todo lo que la _Mirla_ tenía de impetuosa e irascible, lo tenía Bernardón de pacífico y alegre compadre. Nadie podía estar de mal humor a su lado; nadie más que su cara consorte. Y aun ésta en determinadas ocasiones se desarrugaba un poco con sus donaires y solía recompensarlos con alguna que otra peseta volante.

Por regla general, sin embargo, Bernardón no percibía un céntimo por sus chistes. Para la satisfacción de sus inclinaciones más invencibles se veía necesitado a apelar a ciertos medios...

Pero no anticipemos los sucesos.

Un día que entraba de retén en el Ayuntamiento, se palpó los bolsillos y observó, lleno de consternación, que estaban absolutamente vacíos. ¿Cómo invitar a sus subordinados a beber unos vasos? Atormentado por este problema, dió una vuelta por los Trascorrales a ver si su esposa presentaba signo de reblandecimiento.

La _Mirla_ se hallaba ausente. Habían venido a notificarla que una hija suya casada tenía un niño enfermo y había ido a enterarse. Bernardón al ver que el puesto de su mujer estaba ocupado por una amiga, a quien aquélla había encargado que la representase, concibió una idea felicísima. Se dirigió hacia allá y con semblante grave y acento perentorio invitó a la encargada de parte de su esposa para que le entregase el dinero que había en el cajón, pues debía pagar algunas medicinas. Sin sospechar la estafa, le entregó aquélla lo que había, que resultó ser un duro en plata, una peseta en plata también y otras dos o poco mas en calderilla. Con todo cargó el buen Bernardón, y una vez que se halló en el cuerpo de guardia supo darle empleo adecuado.

Algunas horas después llegó la _Mirla_ a su jaula. Al abrir el cajón y encontrarlo sin alpiste y enterarse del pájaro que se lo había comido, una ola de sangre subió a su rostro mofletudo y no faltó mucho para caer al suelo víctima de una apoplejía. Tuvo la fortuna, sin embargo, de poder desahogarse preventivamente con una ristra de exclamaciones, interjecciones y maldiciones proféticas que la aliviaron momentáneamente, dándole tiempo para trasladarse al cuerpo de guardia del Ayuntamiento.

Hacía la centinela el hijo de una frutera amiga suya.

--¿Está ahí mi hombre? le preguntó con trabajo, pues apenas podía respirar.

El centinela le dirigió una larga y severa mirada y respondió fríamente:

--No se puede pasar.

--Yo no te pregunto si se puede pasar, borrico. ¿Está ahí mi hombre, sí o no?

El hijo de la frutera no se sintió halagado por el calificativo y respondió con mayor frialdad aún.

--No se puede pasar.

--¿No se puede pasar?--rugió la _Mirla_--. ¡Ahora lo veremos!

Y le dió tan descomunal empellón con sus manos poderosas, que el pobre chico cayó de espaldas.

La _Mirla_ penetra en el estrecho recinto donde se hallaba el retén, y lo primero que ven sus ojos es una mesa con botellas y vasos y cascaras de centollas y huesos de aceitunas. Lo segundo a su feliz esposo con las señales de la más pura felicidad pintadas en el rostro.

Y no vió más.

La mesa con las botellas, los vasos y los residuos del marisco y las aceitunas todo cayó sobre el desdichado Bernardón. Y cayeron después ciento veinte kilos más representados por su consorte. Estrujones, puñetazos, violentas sacudidas, tentativas de estrangulación, de todo un poco. Si Bernardón en aquel momento no vomitó los treinta y dos reales convertidos en líquido, no fué porque su digna esposa dejase de poner en práctica los medios conducentes para realizar esta operación.

En cuanto al resto de la guardia no diré que huyó, porque no es cierto. Tampoco diré que se dispersó. Lo único que se puede afirmar con exactitud es que se retiró desordenadamente.