La novela de un novelista

Part 19

Chapter 194,038 wordsPublic domain

Cuando llegué a casa por la noche iba determinado a realizar un acto trascendental. Me encerré en mi cuarto, tomé la pluma y escribí la carta más disparatada que se haya escrito en la segunda mitad del siglo XIX. Era una mezcla de Chachas y de Abelardo con ciertos recuerdos del _tronco infeliz_ de mi tía y del _Lago_, de Lamartine, rociado todo ello con algunas gotas de _El estudiante de Salamanca_, de Espronceda. Pedía perdón a Antoñita de un modo patético, le declaraba mi amor de un modo más patético aún y le hacía saber, en el caso de que no me otorgase ambas cosas, mi designio irrevocable de no asistir más a cátedra y dejarme morir lentamente de inanición.

Pero lo más grave de las cartas, en casos como el mío, no es escribirlas, sino entregarlas; todo el mundo lo sabe.

Hay quien apela al correo interior. Es el medio más seguro de que no lleguen a manos de la interesada. Hay quien las entrega en propia mano. Esto es mucho más eficaz, completamente eficaz; pero tal procedimiento se halla reservado para los estudiantes de cuarto y quinto año que juegan carambolas al billar y conocen el mundo. Yo era un pobre estudiante de segundo de Latín y no podía lanzarme a tales aventuras.

Opté por un término medio. Espié la salida de su doncella a un recado, la seguí disimuladamente y cuando iba a entrar en una tienda de mercería me acerqué a ella y en la misma actitud humilde de un mendigo que pide limosna le dije:

--¿Me haría usted el favor de entregar esta carta a Antoñita?

La voz salió de mis labios como un blando soplo, sin producir apenas sonidos perceptibles.

--¿Qué dices, niño?--me preguntó bruscamente.

Entonces yo, que debía de estar pálido, me puse colorado. La misma vergüenza que sentía, me hizo repetir con fuerza la demanda.

La doncella me miró a la cara con risueña curiosidad, estuvo algunos instantes indecisa, quizá entre darme un bofetón o tirarme de las orejas; al fin dijo arrancándome la carta de las manos:

--¡Bueno, se la entregaré!

Era una buena chica. Cumplió su palabra.

Al día siguiente estuve paseando por la calle de Antoñita y ella se asomó al balcón, pero yo no osaba mirarla sino de lejos. Cuando pasaba por debajo, en vez de levantar los ojos, los abatía mirando con insistencia a la acera de la calle.

Pero he aquí que una de las veces veo caer delante de mí, sobre esta acera, un papelito. Me bajo, lo recojo, y sin mirar tampoco al balcón, lo meto en el bolsillo y desaparezco.

Después que doblé la esquina, lo abrí con mano trémula. Dentro traía, para hacer peso, un trocito de lápiz, el lápiz, sin duda, con que estaban escritos dos renglones que decían: «Estás perdonado, si tú me quieres a mí yo también te quiero a ti.»

Estos renglones estaban horriblemente torcidos y las letras eran horriblemente grandes y además gibosas y temblonas como si las hubieran trazado los dedos arrugados de una vieja y no una linda mano infantil. Pero yo me hubiera prosternado ante ellos como un musulmán ante el autógrafo de Mahoma.

¡Ya tenía novia! Este fué mi primer pensamiento vanidoso. Vuelvo a decir que el amor juega poco papel en las relaciones infantiles. Sin embargo, me sentía atraído particularmente hacia aquella niña que tan dulcemente perdonaba mi brutalidad.

En los días siguientes seguí paseándole la calle y, ya disipada mi timidez, la miraba y remiraba largamente, y ella me miraba también con extraordinaria atención. Parecíamos dos gatos, aunque sin exhalar el más leve maullido; es decir, que ni una sola palabra se cruzaba entre nosotros. Solía ir a esperarla cuando salía del colegio. Un amigo íntimo me prestaba el servicio de acompañarme en estos casos y juntos la seguíamos. Marchaba colgada del brazo de su niñera y de vez en cuando volvía la cabeza para dirigirme una rápida mirada. La niñera la volvía con más frecuencia y sonreía, y alguna vez también me hacía señas para que me acercase. ¡Oh, cuánto valor se necesitaría para ello!

Tuve, no obstante, una ocurrencia feliz. Como yo paseaba no pocas veces la calle sin que ella estuviese al balcón, me vino el pensamiento de comprar un pito y silbar. Tardó Antoñita en darse cuenta de que era yo el autor de aquellos silbos prolongados, pero cuando lo hubo averiguado, así que oía silbar, se asomaba al balcón. Mas ¡suerte maldecida! unos estudiantes forasteros que se hospedaban por allí cerca observaron mis maniobras y comprando un pito igual al mío hicieron salir a Antoñita repetidas veces en vano. Uno de estos estudiantes aún vive. Y cuando voy por Asturias me recuerda la broma y reímos mucho. Y después de reír solemos quedar ambos silenciosos y melancólicos.

Este incidente me produjo alguna desazón, pero no puede compararse con la que poco después experimenté. Creo haber dicho que un amigo íntimo me acompañaba algunas veces en mis paseos por la calle de Antoñita y también cuando iba a esperarla al colegio. Pues bien; este amigo, repentinamente comenzó a enfriarse conmigo; se apartaba de mí en los claustros de la Universidad; se negó a acompañarme cuando se lo proponía y hasta noté que fingía no verme para no acercarse.

Pocos días después le encontré frente a los balcones de Antoñita mirando hacia ellos con insistencia. En cuanto me divisó siguió su camino. Pero otro día volví a hallarle en la misma posición y entonces no se movió ni me saludó siquiera. En los siguientes comenzó a pasear descaradamente la calle de mi novia y hasta iba a esperarla al colegio acompañado de otro amigo.

Esta primera traición que padecí en mi vida me sorprendió muchísimo; lo cual demuestra que es falsa la teoría de que hemos vivido antes de ésta otras vidas. Porque si hubiera vivido antes, por poco que fuese, habría encontrado aquello muy natural. Para colmo de dolor observé que mi novia coqueteaba con él una chispita. Una corriente de odio de alta presión se produjo entre él y yo.

Para establecer el circuito no hacía falta más que una ocasión.

Vino el contacto paseando por el claustro de la Universidad antes de la hora de clase. Yo le dirigía miradas furibundas cada vez que nos cruzábamos: él evitaba mirarme porque sin duda le quedaba todavía un resto de pudor. Sin embargo, los amigos que paseaban con él debieron de advertirle que yo le miraba de un modo provocativo y él se sintió humillado de esta advertencia, porque en una de las vueltas volvió hacia mí el rostro y me clavó una mirada insistente y retadora.

El choque fué terrible, ferocísimo. Yo tenía tal ansia de dar golpes y los daba con tal coraje que no sentía los suyos. Nos abrazábamos, procurábamos con afán derribarnos y, no pudiendo conseguirlo, nos separábamos y volvíamos a los golpes, y otra vez el odio nos juntaba cuerpo a cuerpo. En torno nuestro se había formado un corro de chicos que presenciaba el combate como una pelea de gallos.

Mas de improviso siento por detrás un puntapié y un pescozón. Aquello no podía venir de mi enemigo. En efecto, unos dedos mayores que los suyos me habían sujetado por el cuello y oí una voz terrible que gritaba:

--¡Bedel! Abra usted la carbonera.

Era el secretario del Instituto y a la vez catedrático de Historia y Geografía que desde su atalaya de la Secretaría nos había atisbado.

El bedel abrió la carbonera y a empellones nos metieron dentro.

El secretario del Instituto era un excelente profesor, todo el mundo lo reconocía. Era, además, un hombre de recta intención y valeroso, como lo demostró algún tiempo después renunciando a su cátedra y marchando a engrosar las filas del ejército carlista. Pero el secretario del Instituto no poseía ni penetración ni previsión. Porque si las tuviese no encerraría solos a dos chicos que se estaban combatiendo con furor.

Siguió el combate mortífero, rabioso. Rodamos por tierra, y unas veces caía él encima y otras caía yo. Luchábamos desesperadamente, y en silencio. Al cabo de algún tiempo las fuerzas nos fueron abandonando. Por lo menos yo sentí claramente que las mías se debilitaban. Una de las veces que caí debajo ya no pude levantarme y él logró ponerme una rodilla sobre el pecho. Estaba vencido.

--Jura que no pasearás más la calle de Antoñita.

--Lo juro--respondí.

--Júralo por tu madre.

--Lo juro por mi madre.

Entonces me soltó; nos levantamos y nos limpiamos la chaqueta y los pantalones. Cinco minutos después vinieron a abrirnos para entrar en clase. Y allí no había pasado nada.

Pude haber faltado a mi juramento sin grave riesgo, porque nuestras fuerzas se hallaban bastante equilibradas; pero lo respeté religiosamente. No volví a pasar por la calle de Antoñita.

Al cabo de quince o veinte días, hallándome paseando, como de costumbre, por el claustro, sentí que una mano se apoyaba sobre mi hombro. Me volví y me encontré con mi ex amigo, que me dijo en tono natural:

--Oye, si quieres puedes pasear cuanto se te antoje por la calle de Antoñita.

--No puede ser--le respondí--. Lo he jurado por mi madre.

--¡Qué importa!--replicó--. El juramento no te obliga ya, puesto que yo te dejo libre.

Y, acto continuo, se emparejó conmigo y me declaró en términos expresivos que Antoñita era una tonta llena de presunción, indigna de que un hombre serio como él gastase las suelas de sus botas paseándola la calle; que estaba profundamente enamorado de la hija de un confitero, y que ésta compartía su llama, puesto que le echaba desde el balcón caramelos y rosquillas de consejo.

Bien eché de ver que todo aquello era dictado por el despecho, y que, en realidad, me relevaba de mi juramento porque Antoñita no le había sido propicia.

En efecto, cuando me decidí a esperarla otra vez a la salida del colegio y a pasear debajo de sus balcones, la hallé tan expresiva, tan amable y sonriente, que me sorprendió.

Me sorprendió, porque yo no sabía entonces como el Taso «de la mujer, la condición precisa», ni como Shakespeare que era «pérfida como la onda».

Fuí tan inocente que no comprendí que mi alejamiento, que ella juzgaba voluntario, había producido la derrota de mi rival.

XXXI

SEGUNDAS LECTURAS

En los años que cursé la segunda enseñanza cayeron en mis manos muchos libros. Fué el azar quien los trajo, no una mano discreta; así que reinó en mis lecturas una heterogeneidad disonante y cualidades muy diversas.

Mi padre me había dejado vivir siempre en una independencia intelectual que estremecería a un pedagogo. Porque mi padre, con su pesimismo jocoso y paradójico, se reía de la Pedagogía. Pensaba y repetía sin cesar que la educación servía de poco; que la naturaleza lo hacía todo. Quien había nacido tonto, tonto sería toda su vida, sin que fuesen poderosos los más ilustres maestros a volverle discreto.

No discuto esta opinión subversiva; pero afirmo que su sistema, o, por mejor decir, su falta de sistema, no produjo en mí tan funestos resultados como debiera esperarse. Aún más; se puede aventurar que si autoritariamente se me impusiera la lectura de algunos libros, probablemente hubiera cobrado aborrecimiento a todos ellos. En ésta, como en otras muchas ocasiones, quizá valga más entregarse en manos de la Providencia. «Vendrá a tus brazos el ser que debes amar; vendrá a tus manos el libro que debes leer», dice un filósofo moderno.

Sin embargo, dudo mucho que la Providencia me haya enviado directamente en aquella época las novelas horripilantes de un escritor francés llamado Ponson du Terraill. Mas, por otra parte, ¿quién podrá resolver del efecto benéfico o nocivo que las sustancias que ingerimos producen en nuestro organismo? La naturaleza efectúa en su seno recóndito un trabajo sordo, que trueca no pocas veces los venenos en medicinas, y otras ¡ay! las medicinas en venenos. ¿Quién sabe si aquellos novelones filtrados por los tamices y destilados en los alambiques de mi espíritu habrán soltado a la postre un jugo nutritivo? Lo que sí afirmo, sin vacilar, es que en aquel tiempo me sabían a almíbar.

No dura mucho el placer en este mundo. Aquellas novelas de aventuras fantásticas y de intrigas tenebrosas llegaron a fatigarme. Cuando vino el desencanto tropecé dichosamente con otras que me cautivaron de modo más espiritual. Leí varias de Bulver Lytton, y por ellas fuí iniciado en la observación psicológica, la expresión de carácter y la gracia sentimental que caracteriza a los novelistas ingleses. Tanto deleite me causaron que en mi edad madura quise repetir su lectura. Me acaeció lo mismo que con otros libros. El encanto se había roto y no me fué posible componerlo. Bulver Lytton es un notable escritor, pero sus novelas de costumbres se hallan infeccionadas de lo que pudiera llamarse manía aventurera, y no pueden ser comparadas a las de los grandes maestros Goldsmith, Fielding, Dickens y Thackeray. Sus mejores fábulas son, a mi juicio, las históricas _Nicolás Rienzi_ y _Los últimos días de Pompeya_.

Después me alcé todavía más. Mi primo me había hecho conocer a Espronceda, como ya he dicho. Ningún poeta causó en mí impresión más honda y duradera.

De todas las obras leídas en mi niñez su poema _El diablo mundo_ es una de las pocas que no ha cesado de deleitarme; me ha deleitado en mi edad madura y me deleita todavía en mi vejez. Hay en el hombre una edad iconoclasta, en la cual se complace rompiendo a martillazos los ídolos que adoró en su adolescencia. Espronceda permanece siempre en el altar que le he erigido. Su _Canto a Teresa_ es la página más armoniosa y vibrante que ha producido la lírica española, y puede compararse, sin desmerecer, al _Lago_, de Lamartine, a la _Noche de Octubre_, de Musset, y a los cantos más patéticos del _Childe Harold_, de Byron. Pero esta nuestra España fría y esquiva casi siempre con los hijos que más la ilustran, aún no le ha rendido el tributo de admiración que le debe. Reproducidas por el bronce y el mármol se parecen por los ámbitos de Madrid las figuras de algunos grandes hombres y de otros bien medianos; pero no veo aún alzarse entre ellos la frente radiosa de don José Espronceda, el español más inspirado que ha nacido en el siglo XIX.

Todavía di algunos pasos más en la senda de la Estética. Por medio de Espronceda adquirí el gusto de los poemas y leí algunos de los más bellos que las nueve hermanas han inspirado a los mortales. Leí en la biblioteca de la Universidad la _Iliada_, de Homero, traducida en verso libre por Hermosilla. Aunque tiene fama esta traducción de indigesta, me causó extremado placer. La edición era excelente, lujosa, y esto contribuye más de lo que generalmente se cree para hacernos amables los libros. Por espacio de algunos días viví en constante embeleso entre aquellos héroes tan divinos y aquellos dioses tan humanos. Sobre todo las diosas hicieron verdaderos estragos en mi imaginación infantil y lograron rápidamente convertirme al gentilismo. Fuí un empedernido pagano por más de dos meses, sin que mi familia ni mis profesores pudieran sospecharlo. ¡Cuál gritaría nuestro descomunal y fragoroso catedrático de Religión y Moral si supiese la gente que frecuentaba mi cerebro!

Quise leer también en la misma biblioteca _El paraíso perdido_, de Milton, traducido por el canónigo Escoiquiz, pero no fué posible. Me aburrió infinitamente. Yo era entonces, como acabo de manifestar, un pagano que quemaba incienso en los altares de los ídolos. Aquellas legiones flotantes de ángeles y arcángeles suspendidos en los espacios, sin tierra donde apoyarse, me parecían tristes volatineros. Más tarde, culpando al traductor, intenté repetir la lectura de este poema en una traducción francesa; mucho más tarde aún traté de leerlo en el original. Siempre me acometió idéntica grima. Por fin en mis tiempos gloriosos de crítico me dije: «Milton es un gran poeta, pero su poema es insoportable. Al Cristianismo, religión espiritualista y enemiga de las formas plásticas no se la puede ni se la debe agregar una mitología porque precisamente ha venido a concluir con todas ellas. Por eso fracasaron siempre los intentos más o menos plausibles que se han hecho para añadírsela.» Dictado y refrendado este veredicto inapelable quedaron disipadas mis inquietudes y remordimientos por lo que respecta al famoso poema.

Mi paganismo no se prolongó largo tiempo. Pocos meses después fuí convertido al islamismo. La encargada de esta obra nefanda fué Clorinda, la famosa heroína de _La Jerusalén libertada_. Aquella mujer intrépida y bella, feliz creación del gran poeta italiano Torcuato Taso, me hechizó hasta hacerme soñar despierto.

Y como mi imaginación solía representarse las más ilustres creaciones de los poetas con los rasgos de algunos seres de carne y hueso por mí conocidos, se me antojó prestar a Clorinda el rostro y el talle de una joven a la cual casi todos los días veía.

Era de condición humilde, hija de un ebanista que tenía su taller no lejos de mi casa. Cuando yo llegué a Oviedo no contaría más de quince años, pero tenía la estatura de una mujer; así que no sólo me aventajaba por la edad sino mucho más aún por la corpulencia. Pues bien, un día tuve la mala ocurrencia de hacerla blanco de mi tiragomas; creo haber dicho que estaba muy pagado de mi habilidad en esta clase de esgrima. Le di, en efecto, con una cascarita de naranja en medio del rostro exactamente como había hecho pocos días antes con Antoñita. Mas ¡ay! ella no la recibió exactamente con la misma paciencia; antes al contrario se vino hacia mí lanzando rayos por sus hermosos ojos (porque los tenía muy hermosos; hay que confesarlo) me arrancó el tiragomas y me aplicó un soberbio bofetón que me enrojeció la cara. Quise defenderme, pero me sujetó tan fácilmente las manos y me solfeó tan lindamente y a su gusto que no me quedaron más deseos de ofenderla.

Inútil es decir que desde entonces la dediqué un odio mortal. Cuando iba a cátedra con los libros bajo el brazo y la encontraba en pie a la puerta del taller de su padre le dirigía de través algunas miradas pulverizantes a las cuales solía corresponder ella con sonrisa burlona y desdeñosa.

En dos años aquella niña se transformó en una joven apuesta, majestuosa y un poco hombruna por sus modales. Cuando acerté a leer el poema del Taso mi fantasía comenzó a ver a Clorinda, la valerosa amazona de los infieles, con el rostro y la figura de la hija del ebanista. No era gran extravío, pues repito que tenía hermosos y fieros ojos; y en cuanto a fuerzas ya las había podido apreciar a mis expensas. No dudo que si montase a caballo y empuñara la lanza pudiera habérselas con cualquier moderno Tancredo.

Pues así que la transformé por arte imaginativa en amazona de los infieles defensores de Jerusalén, se disipó ¡caso curioso! todo mi odio y me puse a amarla desaforadamente. En vez de dirigirle miradas atravesadas y malignas comencé a clavárselas bien directas y apacibles. Cuando la veía de lejos a la puerta del taller aflojaba el paso para saborear más tiempo el placer de contemplar su gentil figura. Si ella no estaba, cruzaba de largo y velozmente. Pero casi siempre me arreglaba para que estuviese, pues espiaba las horas en que venía a traer la comida a su padre y avanzaba o retrasaba mis entradas y salidas de casa en combinación con ellas.

La altiva guerrera no vió con agrado aquella mutación ni aceptó mis homenajes visuales. Al principio le causaron sorpresa y me miró con alguna curiosidad: después apartaba la vista de mí con desdén y aun me volvía la espalda: por último, tomando a ofensa mi rendimiento me clavaba ya de lejos una mirada iracunda y retadora que me hacía subir los colores al rostro.

¡Ingrata! Yo la amaba, sin embargo, cada día más. Esta misma crueldad la asemejaba todavía a la fiera Clorinda. ¡Cuántas veces estuve tentado a pararme delante de ella y decirle como Tancredo:--«Puesto que no quieres paz conmigo, las condiciones de nuestra lucha serán que me arranques el corazón! Este corazón, que ya no es mío, pide la muerte si su vida te desagrada. Desde hace tiempo es tuyo; ¡tómalo; yo no tengo el derecho de defenderlo!»

Felizmente nunca me atreví a ensartarle tal discurso. Si lo hubiera hecho pienso que, en efecto, me hubiera despedazado.

Felizmente también sacudí pronto el yugo de la media luna y dejé de ser musulmán. Otras heroínas cristianas, y por lo tanto más piadosas que la hija del ebanista, me prendieron el alma. Leí el _Orlando furioso_ del Ariosto, y aunque no penetré entonces la fina ironía que se ocultaba debajo de sus cantos épicos precursora de la de nuestro gran _Don Quijote_, todavía me divirtieron extremadamente sus muchas e interesantes aventuras.

Por último, aún leí otro poema, _Os Luisiadas_ de Camoens. Bien puede, pues, decirse que los años de la segunda enseñanza fueron para mí la edad de los poemas. Este es el único que, exceptuando el de Espronceda, leí en su idioma nativo; porque el antiguo portugués se parece tanto al castellano que para cualquier español es comprensible. No debo conservar de este poema grata impresión. Llevé el libro, que era una linda edición diamante, a Entralgo en unas vacaciones de Navidad y lo leí al amor de la lumbre. Pero acaeció que saliendo de improviso un día al aire libre y frío me cogió una oftalmía de la cual me he resentido toda la vida.

Paralela a esta afición literaria, comenzó a correr en mi existencia otra a la cual debo quizá aún mayores y más sólidos placeres, la afición a los libros de historia, de filosofía, de crítica y ciencia social. Aunque parezca raro, estas dos tendencias han compartido mi espíritu hasta la hora presente y si he de hablar con sinceridad pienso que la segunda tuvo siempre más hondas raíces que la primera. Por haberlo manifestado así a un periodista extranjero y haberlo estampado en su diario, otro periódico de Londres se burlaba de mí exclamando: «¡Amante de la filosofía un hombre que escribe una novela todos los años!»

Pues bien sabe Dios que es la verdad. Lo sabe Dios y lo sabía mi buen amigo Angel Jiménez, por otro nombre el _doctor Angélico_, cuyos papeles he publicado hace años. Al tiempo mismo que escribía mis novelas pensaba con deleite en los libros científicos que había comprado y ansiaba terminarla para entregarme algunos meses a su lectura. Jamás soñé en mi adolescencia ni en los primeros años de mi juventud con los laureles del poeta: pensaba que había nacido para hombre de ciencia. Y lo he de confesar lealmente, cuando ciertas circunstancias que no quiero explicar me impulsaron a escribir novelas me juzgué dislocado y toda mi vida experimenté el vago sentimiento de haber sufrido una _capitis deminutio_.

Leí, pues, durante los años de la segunda enseñanza muchos y buenos libros: la _Historia de los Reyes Católicos y de Felipe II_, de Prescott; la _Conquista de Méjico_, de Solís; la _Historia de la revolución inglesa_, de Guizot; gran parte de la _Historia Universal_, de César Cantú; el _Viaje del joven Anacarsis por la Grecia_; las _Lecciones de literatura_, de Hugo Blair; _El Deber_, de Julio Simón; el _Libro de los oradores_, de Cormenin, obras de Michelet, de Laboulaye, etc., etc.

Leí asimismo alguno de los libros que entonces se hallaban a la moda, las _Palabras de un creyente_, de Lamennais, y _El mundo marcha_, de un señor llamado Pelletan. El estilo metafórico y enfático de estos escritores, en el cual sobresalió como ninguno Edgar Quinet, me sedujo entonces tanto como ahora me enfada. En la oratoria produce maravillosos efectos y a él debe nuestro Emilio Castelar sus triunfos; pero en los libros resulta empalagoso y buena prueba de ello son los del mismo Castelar.

Mas de todas las obras que entonces leí la que me dió más golpe y logró cautivarme fué la _Historia de la civilización europea_, de Guizot. Estas lecciones, profesadas en la Sorbona, fueron para mí una revelación y me iniciaron en lo que llamamos filosofía de la historia. A tal punto me impresionaron que después de haberlas leído varias veces resolví aprenderlas de memoria. Y así lo puse por obra: leía una lección repetidas veces y luego cerraba el libro y la escribía, resultando transcrita casi al pie de la letra.