Part 18
Quedaban otras dos. Ambas pasaban de los cuarenta; pero aunque igualmente viejas solteronas no podían ser más diferentes por su carácter. La primera era una mujer seria, firme, concentrada; poseía claro entendimiento y tierno corazón, pero huía de toda manifestación externa, manteniéndose siempre en una reserva que la hacía aparecer severa. No lo era más que para el amor sexual y todo lo que con él se conexionase. Tenía por tan ridículo y aun tan indigno cuanto se refiriese a la vida galante, que, cuando se hablaba en su presencia de alguna relación amorosa, mostraba inmediatamente su malestar y hacía lo posible por derivar a otro punto la conversación. Si se obstinaban en seguir tratándolo no tardaba, con cualquier pretexto, en alzarse de la silla y salir de la estancia. Nadie en la familia le había conocido jamás inclinación amorosa, noviazgo, ni cosa que se le pareciese. Por eso, a mí, que estudiaba entonces la historia de Roma, se me representaba mi tía como una de aquellas tristes vestales que envejecían y se secaban atizando el fuego sacro. El que ella mantenía vivo era el del orden, la economía y la dignidad del hogar doméstico, en cuya tarea nadie podía aventajarla.
La segunda formaba con ésta gracioso contraste. Era la más devota y respetuosa adoradora de Cupido que jamás se viera. Cuanto se refiriese de cerca o de lejos a los tiernos sentimientos que aquel dios inspira a los mortales, hallaba eco en su alma y despertaba su interés. Su memoria era un almacén de historias sentimentales, al cual acudía yo para solazarme cuando el estudio me aburría y no estaba en casa mi primo para entretenerme.
Ninguna otra cosa parecía conmoverla en este mundo que sus achaques (que eran muchos y variados) y las dulces manifestaciones juveniles del sentimiento amoroso.
Porque para ella los seres humanos no envejecían. Cuando alguna persona de edad avanzada, ya perteneciese al sexo masculino o al femenino, venía de visita a nuestra casa o la veíamos desde el balcón cruzar por la calle, aquella persona no existía para ella en el presente ni le interesaba su condición actual, sino que inmediatamente la retrotraía a su juventud y me narraba prolijamente sus amores con la anciana señora, su esposa, que le acompañaba; me refería los obstáculos que le había puesto la familia de ésta, cómo él los había vencido, de qué manera se correspondía con ella dejando sus billetes amorosos escondidos debajo de un confesonario de la catedral, y otras travesuras no menos ingeniosas; por fin, en qué forma una noche había escalado los balcones de la casa de su amada, y juntos se habían huído del hogar paterno.
Confieso que me costaba enorme trabajo representarme a aquellos dos ancianos descendiendo por una escala de cuerda a la calle. Pero mi tía parecía que los estaba viendo y no perdonaba ningún detalle que contribuyese a animar aquel cuadro interesante.
Era mi tía un ser ideal y poético, era una entusiasta sentimental, era una cascada romántica, era un bosquecillo donde se arrullaban las tórtolas. Gastaba sortijillas en el pelo pegadas con goma a las sienes; tocaba la guitarra y cantaba melodías delicadas de ritmo quejumbroso: canciones de los buenos tiempos de amor y poesía que en nada se parecen a los _couplets_ desvergonzados que hoy escuchamos por todas partes. Entonces las grandes pasiones amorosas históricas o fingidas servían a los músicos anónimos para componer melodías tristísimas. Había una canción de _Abelardo y Eloísa_, había otra de _Chactas y Atala_. Ambas retengo en la memoria y suelo tararearlas cuando me siento desengañado y melancólico. También recuerdo una, que mi tía cantaba con predilección:
Tronco infeliz, desnudo y sin verdura; imagen fiel de un desdichado amor; si marchitó el invierno tu hermosura, también a mí me marchitó el dolor.
Otra comenzaba:
Tu padre, rico de oro, es insaciable; ¡ay!, por tenerle, mil vidas diera yo.
Yo escuchaba todo esto embelesado; admiraba a aquellos héroes del amor y deploraba el haber nacido en una época tan ruin y prosaica. Mi tía, con su guitarra y sus canciones, con sus relatos interesantes y el perfume de almizcle que usaba, me inició en el romanticismo casero, como mi primo me había iniciado en el literario.
Entraba en nuestra casa como el amigo más íntimo un señor calvo, de rostro pálido, de mirada dura y penetrante, alto de hombros y hundido de pecho. Era un hombre inteligente, pero sin sonrisa. Hablaba poco y cortante; sus juicios eran inapelables: si se le contrariaba quedaba aún más pálido y enronquecía de furor.
Los niños de la población le tenían un miedo increíble. Porque este caballero había dado en la extraña manía, y con ella gozaba al parecer, de aterrar al mundo infantil. Tenía a todos los niños fuertemente sugestionados. En cuanto tropezaba en la calle con uno de su conocimiento, y a veces aunque no lo fuese, se detenía, le clavaba una mirada feroz, insistente, y después de tenerle hipnotizado preguntaba con voz terrible al criado o criada que le conducía «si había sido bueno». En caso afirmativo le dejaba pasar tranquilamente. Pero si se le decía lo contrario un demonio del infierno no podía poner cara más espantosa que aquel buen señor; le cogía por el brazo, le sacudía y le gritaba al oído tales y tan horrendas amenazas que el niño quedaba sin gota de sangre en las venas, sin fuerza aun para llorar. Los padres alentaban esta manía que les era útil; la amenaza de llamarle bastaba para que cualquier niño recalcitrante se transformase en manso cordero. Tal idea tenían los chicos de la braveza feroz y de la infinita crueldad de aquel sujeto que un hermanito mío me preguntaba cierto día, con la mayor naturalidad, si tendría más fuerza que un toro. Le respondí que sí. Calló un momento y me preguntó de nuevo si tendría más fuerza que un guardia civil. Le respondí también afirmativamente. Por último después de algunas vacilaciones me preguntó si tendría más fuerza que Dios. Entonces yo, no atreviéndome a despojar al Ser Supremo del atributo de su omnipotencia, aunque se me pasaron ganas de hacerlo, le respondí que tenía menos, pero sólo un poco menos, casi nada menos.
Pues este caballero áspero y ceñudo había sido, ¡caso maravilloso!, novio de mi romántica tía. Por lo que pude colegir, la falta de medios de fortuna le había retraído del matrimonio. Esto al menos pensaba y dejaba traslucir mi tía.
Era para mí cosa absolutamente incomprensible cómo aquel señor calvo pudiera haber sido un doncel enamorado. Porque yo entonces me representaba siempre a los enamorados con largos cabellos. ¿Cómo suponer a un sujeto tan rígido doblando la rodilla, llevándose la mano al corazón y profiriendo frases apasionadas? Sin embargo, mi tía llegó a afirmarme que le había compuesto y dedicado más de un madrigal. No sé lo que tendrá de cierto. Lo que no cabe dudar era que seguía enamorada de él, que buscaba pretextos para abrir el balcón a las horas en que él iba y venía de la oficina, que le servía el café cuando venía a tomarlo a casa con rematada complacencia, y escuchaba sus sentencias como oráculos.
No le sucedía a él otro tanto; antes por el contrario, le hablaba aún con más aspereza que a los demás y sin mirarle a la cara, y le llevaba la contraria a cuanto decía sin reparo alguno y en forma despectiva. Pero esto era para mi tía, por lo que dejaba entender, testimonio irrecusable del más acendrado amor. Es posible que estuviese en lo cierto.
Me inclino a pensarlo, porque aquel caballero era en el fondo de su alma todo lo contrario de lo que representaba. Cuando pude penetrar su carácter me persuadí de que no sólo poseía una inteligencia lúcida y muy estimable cultura, sino lo que es aún mejor, un gran corazón. Era tierno y compasivo como pocos, creyente fervoroso, dispuesto a sacrificarse por los otros ocultando siempre con extrema vigilancia toda señal de debilidad. Era, en una palabra, el tipo acabado del _bourru bienfaisant_, que los dramaturgos franceses se complacen alguna vez en pintar en sus comedias.
Al hacerme hombre me ligué a él con afectuosa confianza. Poseía una copiosa librería, que puso a mi disposición, y le debo muchos y prudentes consejos que me han servido bastante en la vida. Su muerte fué para mí una pérdida irreparable. El, que no sonreía jamás, murió con la sonrisa en los labios consolando con palabras jocosas a los que lloraban en torno de su lecho.
Guarda aquella casa todos los recuerdos de mi adolescencia. En su despacho bañado por el sol y por el aire puro de los campos soñé poemas divinos; allí la voz de la naturaleza hizo latir mi corazón; allí cantaron en mi alma mil ruiseñores armoniosos; allí se disiparon las nieblas en que se envolvía mi infancia; allí una extraña y nueva vida oprimió mi pecho inflamándolo con un fuego sutil y misterioso; allí estudié las conjugaciones de los verbos latinos regulares e irregulares y aprendí a extraer la raíz cúbica de los números.
Vino a estrenarla igualmente con nosotros, habitando el piso principal, un catedrático de la facultad de Derecho de la Universidad. Era hombre de poco estudio pero de mucho talento a lo que oía decir, porque no me hallaba yo en estado de juzgarlo. Tenía dos hijos de mi misma edad aproximadamente, con los cuales trabé en seguida estrecha amistad. Tenía también una hija que contaba dos o tres años más que el primero de sus hermanos. Era una linda niña de catorce o quince años y esta niña tenía dos amiguitas de su misma edad tan lindas como ella que venían casi todos los días a su casa a pasar la tarde y solazarse.
No creo que haya habido nunca en Oviedo una trinidad más respetable. Un estudiante de segundo año de Derecho, que presumía de clásico las llamó _las tres gracias_. Dos de ellas aún viven y a pesar de los años devastadores conservan vestigios de su pristina hermosura.
Pues estas tres chicas se compadecieron inmediatamente de mi niñez y comenzaron a prodigarme los más tiernos y maternales cuidados. Una anciana de noventa años, hablando a una niña de diez, no adoptaría un acento más protector, más condescendiente que el que ellas usaban conmigo. Me atusaban el cabello cuando estaba despeinado, me hacían el nudo de la corbata, me hacían recitar fábulas, reían como locas con mis inocentes salidas y me cubrían de besos a cada instante; pero me besaban como si fuese su nieto.
La encrucijada o plazoleta donde nuestra casa se hallaba situada hervía de mozalbetes enamorados, ninguno de los cuales pasaría de diez y ocho años. Todo el primero y segundo año de Jurisprudencia desfilaban por allí diariamente clavando miradas lánguidas en los balcones. De vez en cuando también se deslizaba algún estudiante de tercero o cuarto. Se les reconocía en seguida por su decisión y osadía. Porque se plantaban descaradamente frente a la casa, sonreían, hacían guiños maliciosos y enseñaban cartas. Estos eran los únicos que lograban poner serias a mis tres abuelitas.
¡Cuánto me he divertido en aquel alegre piso, en un todo semejante al nuestro! Si quiero evocar tan felices tiempos no tengo más que acudir a la música, como siempre. Una de aquellas hermosas niñas cantaba a menudo cierta habanera que comenzaba:
En un valle virgen bajo un cielo azul.
Cuando la recuerdo hallo de nuevo aquellas gratas horas de mi infancia y me las represento en toda su frescura.
De esta niña que cantaba el _valle virgen_ y que murió muy joven, cayó enamorado mi buen primo (con alguna había de caer) y ella tuvo el honor de inspirarle un número prodigioso de romances, sáficos adónicos, octavas reales y octavillas. No falleció a consecuencia de esto ni tampoco de la habanera (música y letra) que la dedicó inmediatamente, sino más adelante de una fiebre tifoidea.
Pero el amor, que animaba el estro poético de mi primo, paralizaba todo el resto de su organismo. En cuanto se hallaba en presencia del objeto de sus ansias, quedaba estupefacto y mudo. Empalidecía como si viese un fantasma pavoroso y apenas se le podían arrancar algunas palabras que pronunciaba con voz temblorosa. La niña se puso al tanto, con la velocidad del rayo, del efecto que sus encantos producían y se regocijaba con toda su alma. No hay que reprocharlo demasiado duramente: a cualquier chica le pasaría lo mismo, ¿verdad amable lectora?
Era de ver a aquella chicuela de catorce años clavarle una mirada sonriente y maliciosa, que le magnetizaba, dirigirle mil preguntas embarazosas como a un inocente niño de la escuela, reír con sus contestaciones, hacer guiños a sus amiguitas, ponerse seria repentinamente, dirigirle una mirada severísima, volver la cabeza después y hablar con sus amigas como si él no estuviese allí, venirle un instante después a la memoria que mi primo no había desaparecido del planeta y mostrar por ello la mayor satisfacción y mirarle con ojos halagüeños, llevarse la mano al pelo y agitar su lindo dedo meñique de un modo impertinente y provocativo, pasar después el brazo alrededor del cuello de la amiguita que tenía a su lado y, acometida de súbita ternura, besarla repetidas veces con efusión...
Todo esto iba dirigido, no cabe dudarlo, a mantener a mi primo en el mismo estado de estupor hipnótico y de paralización orgánica. Era verdaderamente odioso.
No menos odiosos resultaban los procedimientos que las tres amigas usaban con los jóvenes estudiantes que se agitaban durante el día y parte de la noche delante de sus balcones. Unas veces tenían éstos abiertos de par en par y exhibían complacientes su rostro encantador a la admiración de aquéllos. Otras los tenían herméticamente cerrados horas y horas y los desgraciados languidecían y se secaban sosteniendo con sus espaldas los muros de la casa de enfrente que, a juzgar por su rostro contraído y el disgusto que mostraban, debían pesarles como al titán Atlas el globo terráqueo. Un día recibían sus misivas amorosas con placer, las leían en su presencia, sonreían, dirigían una mirada afectuosa al expedidor y las ponían sobre el corazón; al siguiente las dejaban caer a la calle sin leerlas y cerraban el balcón con estrépito; tan pronto les tiraban besos con las puntas de los dedos como les volvían la espalda con el mayor desprecio.
Ignoro cómo llegaron a sus manos, pero es lo cierto que poseían las fotografías de veinte o treinta estudiantes de la Universidad. Sospecho que se las procuró un correveidile dependiente de tienda, que frecuentaba la casa. Todas aquellas fotografías tenían la magnitud de los naipes, porque entonces apenas se hacían de otro tamaño, y como naipes jugaban con ellas. Se las ofrecían por el reverso como hacen los prestidigitadores; tiraban de una al azar y si resultaba ser el retrato del muchachillo que les agradaba hacían con la tarjeta mil extremos graciosos, la llevaban al corazón, la besaban con entusiasmo y decían a la imagen todas las disparatadas lisonjas que les venían a la boca. Por el contrario, si salía un antipático con las piernas en forma de sable, maldecían de su suerte, la arrojaban al suelo con desprecio y alguna vez la pisoteaban.
Aquellas funciones de mímica me divertían, y la alegría y gentileza de las tres amigas me ponían contento tanto más cuanto que cada día me mostraban mayor predilección y eran conmigo más cariñosas y maternales. Este cariño se traducía, no pocas veces, en efusivos besos, los cuales no causaban en mí frío ni calor. Ni física ni intelectualmente he sido un niño precoz. Los aceptaba como testimonio de buena amistad: alguna vez me enfadaban y era cuando me los daban hallándonos asomados al balcón. Entonces advertía que me besaban más y mejor mirando de reojo a los estudiantillos que se hallaban plantados en la calle y sonriendo maliciosamente como si quisieran darles envidia. Esto me avergonzaba y más de una vez me tengo sustraído bruscamente a sus pegajosas caricias.
Pero he aquí que cierto día, después de una de estas movidas sesiones de besos que yo levanté un poco desabrido, tuve necesidad de salir a la calle con no sé qué motivo. El público que la había presenciado se componía de tres mozalbetes de diez y siete o diez y ocho años, los cuales estaban arrimados a la casa de enfrente diciendo mil ternezas a mis amigas con los ojos ya que no con la lengua. Al verme salir uno de ellos me hizo seña de que me aproximase como si tuviese algo que decirme. Acostumbrado como estaba a recibir recaditos y a que me tratasen con no poca deferencia, me acerqué incautamente a ellos. De improviso me sujetan fuertemente los brazos y comienzan a besarme con tanta prisa y afán, que pienso me dieron más de mil besos en un minuto, riendo, al mismo tiempo, a carcajadas y mirando al balcón donde se hallaban las tres gracias.
¡Oh rabia!, ¡oh vergüenza! Luché bravamente por desasirme, pataleé, mordí, hice cuanto me fué posible para rechazar aquellas indignas caricias, pero no pude lograrlo hasta que ellos buenamente quisieron dejarme marchar. Y para colmo de humillación observé que mis amiguitas reían también como locas en el balcón hallando el paso chistoso.
Entré en casa hecho un mar de lágrimas y conté a mis tías, sofocado por la ira, el atentado de que acababa de ser víctima. La romántica rió encontrando también por lo visto delicada la chanza; pero la otra, y con ella el señor austero, ex novio de la primera, que allí estaba a la sazón, se mostraron disgustados y les oí pronunciar varias veces la palabra «indecoroso».
Así que cuando media hora después, arrepentidas sin duda de su risa, subieron las tres niñas a buscarme, les hice saber perentoriamente que en la vida volvería a poner los pies en el piso de abajo. El señor austero apoyó con todas sus fuerzas esta mi enérgica resolución.
Pero al día siguiente subieron de nuevo: mi romántica tía intercedió por ellas; no estaba allí su ceñudo ex novio; al cabo me ablandé y consentí en bajar, a condición de que por ningún motivo ni bajo ningún pretexto se me diese un solo beso.
XXX
CABALLERÍA INFANTIL
Cómo y porqué fuí atacado de aquel humor belicoso que hizo la desesperación de mis tías durante el segundo curso de bachillerato, no lo sé yo mismo.
Si ahora ocurriese no dejaría de atribuirse a un estado neurasténico; pero en aquella época remota, Asturias era un país privado de vías de comunicación y no se conocía la neurastenia.
Aceptemos el hecho y en vez de investigar sus causas, cosa siempre difícil, analicemos sus consecuencias.
No podían ser más funestas.
Arañazos en las mejillas, contusiones en la nariz, cardenales en las piernas, desgarrones en el pantalón.
Como entonces no funcionaba la Cruz Roja en Oviedo, mis tías se veían diariamente necesitadas a intervenir con sal y vinagre y aguardiente alcanforado. Me vendaban, me recosían con delicado esmero y me sugerían los medios adecuados para no padecer esta clase de enfermedades.
Yo no quería emplearlos. Al contrario; cada vez más enardecido salía casi a diario desafiado de los claustros de la Universidad.
El campo de Marte, o sea el lugar de nuestros duelos estudiantiles en aquella época, era un lóbrego portalón de una casa solariega, vecina de la Universidad. Estaba empedrada con grandes piedras azuladas y relucientes. Cada una de aquellas piedras guardará seguramente memoria de las relaciones efímeras que mis narices han mantenido con ellas.
Pero casi tanto como la guerra me atrajo durante aquel año el amor.
Habitaba entonces en Oviedo una distinguida familia que figuraba en los paseos del Bombé y en las reuniones de confianza del Casino. Era una familia dilatada, aunque sólo del lado femenino. Aquellos señores tenían varias hijas, bastantes hijas, no sé cuántas hijas; pero, en fin, muchas hijas. Pasaban todas ellas justamente por bonitas y las había de diferentes tamaños. Mientras las primeras eran amigas de mi madre y nos visitaban alguna vez en Avilés, la última podría tener once o doce años y era mi contemporánea.
Sin embargo, yo la miraba con cierto desdén. Aunque había jugado con ella en la playa de Luanco cuando contaría seis o siete años de edad y llevaba, como yo, cortado el pelo a punta de tijera, al llegar a Oviedo y tropezarla en la calle me limité a decirle adiós dignamente.
Hay que confesar que era una dignidad intempestiva. Tanto más cuanto que aquella chica me había gustado en su primera juventud y me seguía gustando.
Era menuda, de facciones admirablemente correctas y con unos ojos negros capaces de atravesar una barricada de sacos de harina. Yo, que no era ningún costal, me sentía traspasado de parte a parte cada vez que me cruzaba con ella en el paseo. Pero la dignidad me obligaba a mostrarme completamente indemne.
Se llamaba Antonia; este era su nombre legal. Otro le daban completamente ilegal y era el de una monedita americana, chiquita, bonita, a lo que oí decir, porque yo jamás la he visto. El nombre estaba, pues, bien adaptado; pero yo la llamaré ahora por el suyo porque ya está muerta y cuando se hizo mujer no le agradaba que la nombrasen de otra suerte.
El lector se alegrará seguramente al saber que toda mi dignidad se disipó como un sueño cierta tarde del mes de Febrero. Es un suceso que no interesará a todo el mundo como los presupuestos municipales; pero estoy seguro de que hay chico de trece años a quien divertirá más.
He aquí cómo ocurrió:
Se celebraba en Oviedo la feria de la Candelaria, llamada allí también la _Romería de las naranjas_. Asturias no es un país de naranjos, pero a la orilla del mar, por la parte de Oriente, crecen algunos que dan una fruta bastante aceptable, sobre todo si se la come con azúcar. El día de la Candelaria llegan a Oviedo por la carretera de Gijón muchos carros cargados de ella y se establece en esta carretera un lucido paseo. No tiene más que un inconveniente y es que el camino por aquella parte ofrece una fuerte pendiente, lo cual le hace imposible para los asmáticos.
Antoñita no lo estaba, a Dios gracias, y paseaba arriba y abajo entre cestos de naranjas con sus amiguitas toda la tarde. Yo, sentado en el pretil con los míos, me sentía cada vez más subyugado por sus ojos negros. Cuando cruzaba por delante de nosotros me venían ganas de decirle alguna palabra amable.
En vez de esto ¿qué es lo que se me ocurre? Pues dispararle con mi tiragomas una corteza de naranja. Lo hice con tanta fuerza y buena puntería que le di en mitad de la mejilla produciendo un chasquido temeroso.
La niña dejó escapar un grito y se llevó la mano a la parte delicada, rompiendo a llorar perdidamente. Sus amiguitas acuden a consolarla y encarándose después conmigo me ponen de «bruto» y «animal» que no había por donde cogerme.
Tenían razón: yo se la daba en el fondo del alma. Me pesaba tanto y estaba tan avergonzado de mi vileza que me faltaba muy poco para romper a llorar también. En vez de eso comencé a reír groseramente coreado por las carcajadas de mis amigos.
¿Cómo llevé a cabo tal salvajada precisamente en los momentos mismos en que me sentía más impresionado por el lindo rostro de aquella niña? No me es posible explicarlo. Quizá estén en lo cierto los que afirman que cualquier emoción nos puede impulsar a ejecutar actos diametralmente contrarios.
Una señal rojiza quedó impresa en el rostro de la hermosa niña, y con esta roja señal, testimonio de mi brutalidad, siguió paseando toda la tarde. No es posible imaginarse el doloroso efecto que causaba en mí aquella marca cada vez que pasaba por delante de mis ojos. Aunque lo disimulaba afectando alegría, mi corazón se sentía triste y me gritaba sin cesar: «¡Miserable!»
Las amiguitas cuando pasaban cerca de nosotros tornaban a encararse conmigo y tornaban a llamarme bruto. ¡Ay, cuánto hubiera deseado que ella hiciese lo mismo! Pero no: ella se limitaba a dirigirme una tímida mirada que apartaba velozmente. Era una mirada tan dulce y tan triste que me acometían impulsos de arrojarme desde el pretil de la carretera y desnucarme o, por lo menos, producirme algún grave desperfecto.