Part 16
La de mis amigos supongo que habrá sido idéntica. Sin embargo, ignoro por qué causa la mía se hizo más pública. Quizá porque la Providencia quiso probar ya mi paciencia desde la edad más tierna. Mis amores se hicieron célebres, no sólo en el mundo infantil, sino en la villa entera. En todas partes se supo que yo tenía una novia y en todas partes se me daba vaya con ella gozándose en mi confusión y vergüenza. Los amigos de la casa me saeteaban con indirectas, sonreían, se hacían guiños significativos, mientras, ¡misero de mí!, yo me ponía más rojo que una cereza. Tal era mi sobresalto, que cuando pasaba por delante de cualquier corrillo de gente se me figuraba que hablaban siempre de mis amores, como si no hubiese otra conversación en Avilés. Recuerdo que una noche jugando en casa de unos señores amigos a la _Aduana (le Cheval blanc)_, que entonces era una novedad, solían algunos sujetos pródigos y derrochadores hacer dos puestas a fin de tener derecho a tirar dos veces los dados. Al colocar las dos puestas decían: «--Por mi... y por la novia.» Era el chiste de siempre. Yo que también ambicionaba el tirar los dados dos veces me aventuré aquella noche a doblar mi puesta, aunque sin repetir el chiste, como se debe suponer. Pero un joven burlón dijo en voz alta mirándome con sonrisa maliciosa: «--Por ti y por Concesita, ¿verdad?»
¡Oh Dios mío! ¡Qué turbación! ¡Qué vergüenza! Una ola de rubor me subió a la cara con tal violencia que pienso que hasta el blanco de mis ojos debería de estar rojo también. Al cabo rompí a llorar y los hombres rieron con más ganas. Pero las señoras, respetuosas siempre aun con las más ínfimas manifestaciones del amor, se compadecieron de mi:
«--Vaya, dejar a ese niño. ¿Qué les importa a ustedes que tenga o no tenga novia?»
Pero aún fuí vejado de otra más terrible manera. Ignoro quién fué el chico desalmado a quien se le ocurrió componer una letra sobre cierto pasacalle que entonces se cantaba mucho, aludiendo a mis amores. Quizá fuese uno de mis despechados rivales. Lo cierto es que esta letra alcanzó tal fortuna en el mundo infantil que por mucho tiempo no se cantó con otra el citado pasacalle. Sólo recuerdo de ella el estribillo que decía:
Armando la quiere más que todos en general. Todos la quieren bastante, pero Armando mucho más.
Dejo al lector suponer los tormentos inconcebibles que esta canción me hizo experimentar. En Rivero los chicos me la cantaban en cuanto salía de casa. Si iba a Galiana así que me divisaban ya comenzaba el coro
Armando la quiere más que todos en general.
Lo mismo que me dirigiese al muelle que al Campo Caín, que a los Arcos del Ayuntamiento, en todas partes escuchaba el mismo estribillo. ¡Qué horrible congoja! Hasta paseando un día por la vecina aldea de la Magdalena oí cantar al hijo de un labrador el famoso «Armando la quiere más».
En fin, que si me trasladase a los antípodas era seguro que allí también Armando la querría más.
Años después, cuando ya estudiaba yo la carrera de Jurisprudencia en Madrid y me afeitaba la barba, habiendo venido a Avilés a pasar algunos días del verano, al cruzar por una callejuela solitaria, acerté a ver sobre el viejo muro de una huerta esta leyenda trazada con carbón:
_Concesa y Armando._
Me hizo sonreír. Yo era un sabio en aquella época y desde lo alto de mi ciencia contemplaba aquellos pueriles amores con soberano desdén.
Hoy desde lo bajo de mi experiencia los miro con un poco más de respeto.
XXVI
PARÉNTESIS
Salta este capítulo, lector minúsculo, pues no va dedicado a ti, y permite que un instante desahogue mi pecho oprimido con aquellos que como yo ven cercana la fatal ribera y a quien hace ya señas el adusto barquero.
¡Con qué placer evoqué los seres que alegraron mi niñez! Mi fantasía los representa con los rasgos que tenían, escucho su voz, miro su sonrisa o su gesto severo, contemplo su marcha: unos son dulces, afectuosos, otros graves, éstos melancólicos, aquéllos alegres, los otros grotescos; pero todos amables, porque todos habían sido enviados por Dios para hacerme dichoso.
¿Dónde estáis, nobles seres que compartisteis mi amor y mi alegría? Una mano glacial os arrebató para siempre de mi lado. ¡Para siempre! Horrible palabra que oprime mi corazón y me llena de estupor. Si la muerte es la separación definitiva, si nunca más os volveré a ver, valiera más que no nos hubiéramos juntado un instante en este pequeño globo que nada indiferente por los abismos del espacio. ¿Viviréis en otras regiones luminosas, inmarcesibles y seréis dichosos como lo merecíais, o la mano cruel que os arrebató os habrá precipitado en una noche eterna?
¡Ah, quién me volviera a aquellos hermosos días de mi infancia! ¡Quién me diera vivir otra vez entre vosotros! Dondequiera que habitéis, en el seno del Elíseo o errando por las praderas sin flores de un mundo subterráneo, y aunque debiese beber como Ulises la sangre del carnero negro para reconoceros, allí quisiera estar. Porque cada uno de vosotros era una parte de mi ser y al marcharos me dejasteis mutilado.
Y si ya no existís en parte alguna ¿qué fuisteis entonces? Vanos fantasmas que se disiparon como la niebla de la mañana. Y si fantasmas habéis sido, fantasma también soy yo y mi existencia una bomba de jabón que tiembla y brilla un momento a la luz del sol para romperse sin dejar rastro alguno.
Próxima está ya a estallar. Este mundo de pensamientos y recuerdos que llevo en mi cabeza, el espectáculo brillante que me seduce se disipará conmigo. Otros vendrán que gozarán de la luz del sol como yo y amarán y pensarán y vivirán un instante mecidos en una dulce alegría, y otros después... y otros... y otros. Y al cabo este pobre planeta que también es una bomba de jabón nadando en el espacio explotará igualmente haciéndose pedazos o morirá lentamente por consunción...
¡Todo fué un sueño! Las cien generaciones que turbaron este mundo con sus amores y sus odios, con sus progresos soberbios, con su piedad o con su cólera se convertirán en éter impalpable. ¿Dónde están sus lágrimas y sus risas, dónde están sus pensamientos altivos? Los monstruos repugnantes que poblaron la tierra en las primeras edades, los poetas y filósofos que nos cautivan en la presente, los santos, los malvados, las emociones más puras, los pensamientos más altos, todo, todo ha sido igual, todo se convirtió en éter.
En vano me dice Spinosa: «Ningún ser puede caer en la nada.» En vano me aseguran que es de todo punto imposible que un átomo de materia pueda desaparecer y aniquilarse. ¿Qué tengo yo que ver con esos átomos? ¿Me devolverán por ventura a los seres que amo? Pues si esto no hacen, su fuerza eterna es para mí absolutamente despreciable.
* * * * *
Me represento con terror el momento en que mi pobre cuerpo cadavérico va a quedar encerrado para siempre en el sepulcro. Llega la noche. Una calma profunda reina en el cementerio. No sopla ninguna brisa, no se escucha ningún rumor. La luna baña con su luz fatídica el recinto y los cipreses se alzan inmóviles sobre las tumbas.
De repente escucho a lo lejos un clamor rumoroso que se acerca: levanto un poco la losa de mi sepulcro y me encuentro rodeado de una muchedumbre abigarrada que me mira en silencio. Son los filósofos de la palingenesia antiguos y modernos, los pitagóricos, los platónicos, los estoicos, los alejandrinos, los origenistas, los trascendentalistas, los fourieristas, los sansimonianos. Uno de ellos toma la palabra y me dice:
«Nada temas. Tu alma es inmortal y al abandonar tu cuerpo perecedero se vestirá de otro y después de otro en una serie infinita de existencias distintas. Y en cada una de ellas serás desgraciado o feliz expiando tus faltas o recibiendo la recompensa de tus buenas acciones; pasarás de una vida más imperfecta a otra más perfecta o recíprocamente según hayas ascendido hacia el bien o hayas descendido más abajo en el mal. Tu mismo cuerpo será cada vez menos material, más sutil y espiritual y tus sentidos más delicados si no los manchas con impurezas, y si emancipado de groseros errores vuelas cada vez más alto en el cielo de la verdad y la justicia... ¿Temes perder tu _yo_, no reconocerte en la serie infinita de existencias ulteriores? Temor pueril, porque todos los días lo pierdes con delicia al entregarte al sueño. Y después de todo ¿qué es ese _yo_ que tanto te preocupa? Si con serenidad lo examinas no se compone de otra cosa que de sensaciones, ideas más o menos claras, recuerdos, costumbres, a todo lo cual la memoria presta unidad. Y esta memoria ¿qué valor tiene? Por experiencia debes saber cuán frágil es y cuán poco significa. La inmensa mayoría de los instantes de tu vida sepultados están en la nada. Compara lo que de ella recuerdas con lo que has olvidado. Este olvido no es una desgracia: al contrario, pesado y doloroso sería para ti y para todo hombre recordar tanta pequeñez, tanta miseria como integran nuestra existencia aquí abajo. ¿Para qué arrastrar consigo por toda una eternidad tal fardo de insignificancias?... Deja de mecerte en sueños imposibles que serán para ti una desgracia si se realizasen, deja ese concepto estrecho de la inmortalidad, propio de edades bárbaras o de hombres ignorantes. Una vida nueva, absolutamente nueva está ya preparada para ti. De ella no tienes idea como no tiene un ciego de nacimiento idea de la luz; pero no por eso deja de existir y de ser hermosa y cuando abras los ojos la verás y la gozarás con la dichosa certeza de que cuando otra vez los cierres será ella la que desaparezca, no tú, que de nuevo los abrirás para gozar de otras más bellas en sucesión eterna.»
* * * * *
«Señores míos--respondo yo a tan amables palabras--, respeto profundamente vuestro sentir porque entre vosotros se hallan a no dudarlo los más altos pensadores que han honrado nuestro planeta hasta ahora; pero no me cautiva la inmortalidad que me ofrecéis. Os confieso, aunque peque de ignorante y bárbaro, que este pobre _yo_ que tanto afectáis despreciar es lo único que me interesa en este momento. Si en otras vidas no me reconozco a mí mismo tanto vale la nada. Vuestra opinión es que antes de esta vida he vivido otras. ¿Qué valor han tenido para mí tales vidas? Es cierto que al entregarme al sueño pierdo mi _yo_ sin pena; pero es porque tengo la seguridad de encontrarlo al despertar. Cierto es igualmente que la inmensa mayoría de las acciones y de los sucesos de mi vida se hallan sepultados en el olvido, pero mi _yo_ ha permanecido idéntico y no ha habido al través de mi existencia solución de continuidad... ¡Continuidad! He aquí la palabra mágica, he aquí la clave del misterio. Sin la continuidad la inmortalidad no existe.
Por otra parte, si he de vivir infinitas veces, he de morir también infinitas veces y pasar por los horrores que a la muerte acompañan. Anudaré infinitas veces lazos de amor con otros seres como los que hoy aprisionan mi corazón y otras tantas los veré quebrarse con una separación eterna. ¿A quién no infundirá pavor semejante horizonte? Los discípulos del Buda, que predicaban la nada, recorrían las ciudades de la India gritando:--«¡Alegraos, alegraos! la muerte ha sido vencida»--. Yo también me alegro de morir para siempre. Vuestra inmortalidad me horroriza. Dejadme tranquilo.»
* * * * *
En efecto, aquella muchedumbre abigarrada se desvanece entre las sombras del cementerio, pero no tarda en reemplazarla otra más homogénea. En ella reconozco a la gran mayoría de los pensadores contemporáneos. El más viejo de todos ellos, el filósofo sajón Fechner me habló de esta manera:
«Aspiras ardientemente a guardarte como individuo; ¿pero qué es tu individuo? Nosotros, los seres humanos, nos alzamos sobre la tierra como se alzan las olas sobre la superficie del Océano, salimos del suelo como salen las hojas del árbol. Unas y otras viven su propia historia. Las olas reflejan separadamente los rayos del sol; las hojas se agitan mientras las ramas permanecen inmóviles. Así, en nuestra conciencia, cuando un hecho llega a ser predominante obscurece todo lo que se halla detrás. Y sin embargo, lo que se halla detrás aunque sustraído ya a la observación obra sobre él lo mismo que las olas superiores obran sobre las que están debajo, como el temblor de las hojas obra sobre la savia en lo interior de la rama. El Océano entero, lo mismo que el árbol sienten la acción de la ola y de la hoja y quedan por el hecho mismo modificados, esto es, son otra cosa que antes eran.
»De igual modo nosotros somos actores en el gran teatro del universo. Nuestras percepciones no se desvanecen cuando morimos sino que quedan impresas en el alma universal de la tierra y viven la vida inmortal de las ideas, y combinadas con las de otros hombres entran a formar parte del gran sistema del mundo. Nuestra conciencia no muere, pero se ensancha, y así como la suma de nuestras percepciones es lo que constituye nuestra conciencia, así la suma de nuestras conciencias constituyen la conciencia de un ser más grande, de un tipo superior.
»Deja pues de afligirte. Ese pequeño _yo_ que tanto amas sólo desaparece en apariencia. Nada de lo que realmente lo constituía, esto es, ninguna de tus ideas, ninguna de tus acciones dejan de existir. Impresas quedan todas ellas en el mundo y gozan de la inmortalidad. Y los que como tú han pasado por la vida comunicando con los otros no sólo sus pensamientos sino sus más íntimas emociones pueden gozar aún con más seguridad de este hermoso porvenir. Si has logrado que tus libros dejasen una pequeña huella en el alma de tus lectores, esta huella por leve que sea no se borrará jamás, formará parte de su misma alma y con esta alma entrará en el concierto universal de los espíritus.»
* * * * *
«¡Oh, gran filósofo!--me apresuro a responder--, la inmortalidad colectiva que me ofreces es un pan demasiado duro para mis dientes. Ese gran _yo_ de que me hablas no es el mío y debo confesarte que no puedo amarlo porque sólo me interesa este otro diminuto, este pequeño punto central donde se refleja, sin embargo, el universo. Durante mi vida terrenal he sido rey en mi pequeño reino y no puedo pasar sin dolor a ser esclavo inconsciente. Fuí una melodía más o menos importante en el concierto; me pesa convertirme en una nota del pentagrama. No me hables de la inmortalidad literaria, porque es un cuento para entretener a los niños. La gloria más grande del más grande artista de la tierra no puede durar veinte mil años. Cierto que a pesar de eso la amamos todos y más aún aquellos hipócritas que fingen desdeñarla; pero es algo siempre secundario en nuestra vida. El valor de la mía no se cifra en lo que he escrito sino en lo que he amado. No me ligan a la existencia ni mis pensamientos ni mis libros; todos ellos os los entrego sin pesar alguno. Lo único que me atormenta en este instante es separarme de los seres que hoy amo, es perder la esperanza de volver a ver aquellos otros que hace tiempo se han partido de la tierra. Si no hay nadie en el universo o fuera de él que pueda devolvérmelos, ¡cese, cese para siempre esta vida miserable y húndase como una hormiga mi pobre ser en la nada!»
* * * * *
Los filósofos de la inmortalidad colectiva se retiran también. Apenas desaparecidos se presentan en ruidoso tropel otros mucho más osados y enérgicos.
«No te engañes a ti mismo--me dice uno de ellos--. No te dejes engañar tampoco por los otros. La inmortalidad del alma es imposible, porque el alma no existe; es una pueril creación de nuestra mente: nadie la ha visto ni la ha tocado. Lo que existe sin poder dudarlo es nuestro cuerpo visible y palpable y este cuerpo ha sido el origen de todas tus tristezas y alegrías. Consuélate, porque este cuerpo es inmortal. Un ser vivo permanece eternamente vivo. No existe la muerte para la naturaleza; su juventud es eterna como su actividad y su fecundidad. La muerte transforma pero no destruye y no es otra cosa que la misteriosa continuación de la vida en formas diversas. Esa federación de seres vivos que llamabas tu _yo_ se disuelve pero no se aniquila. Cada uno de los socios recobra su libertad y continúa su carrera vital alegremente...
»¿Me preguntas si cada uno de estos seres tienen conciencia? Sólo puedo responderte que hay muchos hombres vivos que apenas la tienen tampoco. Ni podemos afirmar ni podemos negar facultades que escapan a nuestra observación. Lo que te puedo asegurar es que la vida subterránea que ahora comenzará para tu cuerpo es mucho más animada que la que has llevado sobre la tierra. Prepárate a recibir un sinnúmero de gozosos campañeros llenos de salud y de fuerza. ¡Son los trabajadores de la muerte! Vendrán en tropel las preciosas moscas llamadas _Lucilia_, de un verde metálico brillante acompañadas de sus hermanas las _Lucilia Cesar_, de un verde dorado y frente blanca. Inmediatamente acudirán los _Sarcófagos_ y detrás de ellos los encantadores lepidópteros del género _Aglosa_, lindas maripositas que duermen durante el día sobre las hojas de los árboles y vuelan al crepúsculo en torno de la luz. Después vienen otras moscas no menos hermosas, las _Profilas_, de cuerpo luciente y pequeña cabeza, a las cuales seguirá una muchedumbre inmensa de _Acarios_ encargados de facilitar la momificación. Y estos acarios se hallan dotados de virtud tan prolífica que una sola pareja puede producir al cabo de tres meses un millón y medio de individuos.
»Así pues que no te infunda pavor la idea de la destrucción. Dentro de la tumba la vida prosigue como fuera, una vida aún más ruidosa y animada que se renueva sin cesar...»
* * * * *
«¡Muchas gracias!»
* * * * *
Dejo caer otra vez sobre mí la pesada losa y me dispongo resignadamente a entrar en la nada.
Mas he aquí que poco después escucho un suave rumor lejano que pone en movimiento mi aterido corazón: batir de alas, chocar de besos, cantos de triunfo...
Levanto tímidamente la piedra de mi sepulcro. El alba flotaba ya sobre el cementerio y a su luz indecisa veo un glorioso cortejo de ángeles alados envueltos en las brumas temblorosas de la mañana. Un rayo de luz cayó sobre sus alas doradas y los vi resplandecientes girar en torno de mi tumba. Uno de ellos, el más hermoso, vino a posarse al pie de ella. Mantúvose algunos instantes silencioso frente a mí y pude contemplar a mi sabor su belleza inmortal, el brillo deslumbrador de sus ojos, la altivez de su frente, su talla gigantesca, la intrepidez y la calma que se exhalaba de su figura radiosa.
«Soy el arcángel Miguel--me dijo con voz cuya extraña melodía no pertenece a la tierra--y en nombre del Señor vengo a ofrecerte la verdadera, la única inmortalidad digna de su adorable providencia. Si has creído y has confiado en El así que te hayas purificado entrarás a gozar de la vida eterna y de la suprema dicha. No se pierde tu _yo_, no se desvanece como una melodía en el aire, porque el amor de sí mismo es el fundamento y la condición de todo otro amor. El reposo perfecto y el goce de Dios que te ofrezco no destruirán tu conciencia, que es el sostén y la raíz misma de tu felicidad. No hay más que una vida temporal para los humanos y en ella se decide si han de vivir eternamente gozando del bien supremo o eternamente gemirán alejados de él...
»¿Tiemblas por tu suerte? Desecha tu temor. Dios con ser omnipotente no puede condenar a un alma que se entrega a El en la hora de la muerte. ¿Deseas poseer tu cuerpo? Lo poseerás eternamente, pero glorioso, purificado. ¿Deseas el reposo? Reposarás en la paz eterna. ¿Amas el honor, la gloria y el poder? Participarás de la majestad y del soberano dominio de Dios. ¿Buscas la compañía de los nobles y los sabios? Gozarás de la sociedad de todos los hombres de bien que en el mundo han sido. ¿Quieres en fin (y este es sin duda tu más ardiente deseo) amar a los tuyos más allá de la tumba? Volverás a encontrarlos y esta vez para no perderlos jamás. La muerte no rompe los lazos que unen a dos corazones sobre la tierra. Tu amor en el cielo sin dejar de ser íntimo y tierno quedará limpio de toda aspereza; porque el corazón humano es un abismo insondable de misterios, un campo de batalla donde alternativamente el calor y el frío son vencedores.
»¡Paz para siempre! ¡Un corazón y un alma! He aquí lo que eternamente se realiza en nuestro Paraíso...
»¿Estás conforme, débil mortal, con las promesas del Cristo?»
* * * * *
Entonces todo mi ser se baña de alegría. Hago un esfuerzo supremo y alzando la piedra que me encierra exclamo gozosamente:
«¡Tuyo soy!»
XXVII
OVIEDO
En el Otoño de este mismo año fuí enviado a Oviedo para estudiar la segunda enseñanza. La capital de Asturias no ofrece apenas, en su aspecto material, nada que pueda fijar la atención y hacerla interesante. Asentada sobre el lomo de un verde collado, sus contornos son bellos como lo es toda la provincia, pero sin relieve; las calles, en general estrechas e irregulares, el caserío mezquino con pocos edificios notables que la decoren. Aunque fué corte en los primeros tiempos de la Reconquista, lo fué por tan breve tiempo y en época tan remota, que apenas quedan huellas monumentales de su realeza. Sus iglesias distan mucho de ser joyas artísticas como las de León y Toledo. Su misma catedral, de estilo gótico, ni por su magnitud ni por la riqueza de sus ornamentos, sale de lo común en esta clase de templos. Pero su torre... ¡Ah!, su torre merece capítulo aparte.
Es la más esbelta, la más armónica, la más primorosa de cuantas existen en España. Oviedo alardea, con razón, de esta torre, como una mujer fea se vanagloria de poseer copiosos y ondulantes cabellos.
Pero esta fea, además de su espléndida cabellera, tiene atractivo y gana mucho con el trato. ¿Cuál es su atractivo? La sonrisa: una sonrisa alegre y cordial, franca y picaresca. He conocido algunos viajeros que, prendados de esta sonrisa, han plantado su tienda en la capital de Asturias y no han querido salir ya más de ella.
Si el encanto de Avilés consiste en su alegría infantil, el de Oviedo se cifra en su donaire malicioso. En ninguna otra región de España, ni aun en Andalucía, tierra clásica de la gracia, se hallará una población más regocijada y burlona. Su agudeza no es ligera, aparatosa, espumante como la de Sevilla y Málaga: son los asturianos hombres del Norte y pagan tributo a la frialdad de su clima y al tono gris de su cielo. Pero hay más profundidad en su ingenio, su malicia es más espiritual, más penetrante y también, hay que confesarlo, más despiadada.
La burla es la deidad a la que se rinde culto incesante en Oviedo; es su recreo y casi su necesidad. Los ovetenses tienen nariz de sabueso para olfatear el ridículo. Así que lo encuentran se paran como los buenos perros de muestra y esperan a los demás para dar comienzo a la caza. Esta caza es una verdadera fiesta o regocijo público, particularmente cuando la víctima se halla constituída en autoridad.
Llegó en cierta época a Oviedo un gobernador que era un literato ramplón, pero muy pagado de sus obras. En cuanto se dieron cuenta de su flaqueza no hubo banquete ni solemnidad donde se pronunciasen brindis o discursos en los cuales no se trajesen a cuento frases y hasta párrafos enteros de las obras de la primera autoridad. Se le citaba como a Plutarco o Cervantes. Aquel badulaque fué dichoso durante los meses que gobernó la provincia y los ovetenses más felices aún que él.
Nada les entristece a éstos ser mandados por cualquier majadero: al contrario, sospecho que se hallan más complacidos cuando sus autoridades lo son en grado máximo. Hubo una época, ya remota, en que el gobernador, el alcalde, el rector de la Universidad y el presidente de la Audiencia eran cuatro graciosos payasos sin pizca de sentido común. Pues bien; nunca se sintió tan feliz la población: fué el siglo de oro de Oviedo.