La novela de un novelista

Part 15

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--Pertenecieron a la armada del talento... Pero todavía, señor Adelantado, han existido y existen otros luchadores más grandes, más generosos. Estos no luchan con la tierra y el mar ni con el aire y el fuego sino con la _Esfinge_.--«Adivina o te devoro»--dice la _Esfinge_. Y estos buenos guerreros del espíritu luchan con ella, se rompen los huesos contra su cuerpo de piedra y caen rendidos y ensangrentados queriendo arrancarle su secreto. Pitágoras, Heráclito, Sócrates, Platón, Plotino, Spinoza, Descartes, Pascal, Leibnitz, Kant, Hegel, Schopenhauer son los héroes más queridos de la Humanidad.

--¡Habláis un habla, pardiez, que nunca sonó hasta ahora en mis oídos! Todo eso son enredos y trampantojos, y en verdad que merecierais por tales maleficios ser llevado a un calabozo del Santo Oficio para que allí os castigasen o enmendasen o que el rey, nuestro señor, os enviase a galeras después de vos haber aplicado doscientos azotes.

--El Santo Oficio que invocáis no fué más que un odioso tribunal donde sobre víctimas inocentes se cebó la crueldad nativa, la ignorancia, el orgullo y la envidia de algunos clérigos vomitados por el infierno... En cuanto a vuestro rey don Felipe segundo está en el día reputado por un déspota rencoroso y sombrío que destruyó la obra grandiosa de aquella santa mujer que se llamó Isabel primera de Castilla, apagando la inteligencia y envileciendo el carácter del pueblo español.

--¡Qué estáis diciendo, temerario!--gritó con estruendosa voz el guerrero de bronce--. ¿Al Santo Oficio esas blasfemias? ¿A mi rey tamaños ultrajes? ¡Por vida mía que he de castigar tanta insolencia!... ¡Toma, menguado!

Y diciendo y haciendo me tiró con su espada un tajo al cuello y mi cabeza marmórea cayó al suelo con un ruido sordo que me despertó.

XXIV

HISTORIA TRISTE DE MI AMIGO GENARO[4]

Sus padres tenían un almacén de enseres marítimos no lejos del muelle. Era tan pequeño y estaba de tal modo atestado que apenas podrían mantenerse tres o cuatro personas dentro de él.

Barricas de raba para la pesca de la sardina, montones de cables enrollados, paquetes de lona, cajas de brea, remos, garfios, anclotes, latas de aceite, pantalones impermeables, todo hacinado de un modo delicioso. Yo por lo menos lo encontraba así. El techo era bajo, circunstancia que lo hacía más grato aún a mis ojos, y de él pendían ristras de anzuelos, alpargatas y botas de agua. Tenía una escalerita estrecha y empinada que conducía al piso primero y único de la casa. Todo esto le prestaba cierta semejanza con el camarote de un barco; y aquí está precisamente la causa de que esta tiendecita ejerciese sobre mí tal fascinación.

En aquella época yo amaba el mar sobre todas las cosas: era mi elemento, soñaba con ser marino.

Me encantaba, pues, visitar aquella tiendecita tan abarrotada de tesoros marítimos y me hubiese encantado aún más si el padre de mi amigo Genaro no fuese un hombre tan serio y tan barbudo. Su barba negra, erizada, le brotaba hasta por debajo de los ojos, que eran negros también y grandes y severos. Cuando iba a preguntar por su hijo me informaba por medio de un gruñido señalando al techo o a la puerta, según estuviese en casa o fuera.

Genaro tenía bastante parecido con su padre y seguramente sería un perfecto retrato suyo cuando transcurriesen los años. La misma tez cetrina, los mismos grandes ojos negros y una cierta seriedad que imponía respeto a primera vista. Después que se entraba con él en amistad resultaba extremadamente simpático. Era un chico franco, resuelto, leal, no muy inteligente y un poco aturdido. Todos le estimábamos, no sólo por su carácter, sino también y especialmente por su agilidad y su fuerza, pues es cosa cierta que los niños como los griegos adoran el cuerpo primero y después el alma.

Ninguno más diestro que él en toda clase de juegos y ejercicios, sobre todo en los marítimos, esto es en nadar, remar, trepar a pulso por la jarcia de los barcos, etc. En el arte de la navegación nos sacaba a todos gran ventaja, pues era ya a los trece o catorce años un perfecto marinero que izaba y echaba rizos a la vela en el momento oportuno, que sabía orzar y arribar y tesar o arriar la escota y dejaba caer el rezón con perfecta exactitud donde quería. Por esto siempre que disponíamos cualquier excursión a los puntos extremos de la ría buscábamos su compañía.

Felizmente para mí, su casa no sólo tenía entrada por la tienda. En el portal había otra escalera que conducía al piso, y cuando la puerta no estaba cerrada subía por ella para llamarle evitando con esto la barba espinosa de su padre.

En vez de esta barba solía recibirme en lo alto de la escalera un rostro halagüeño y hermoso que me placía ver casi tanto como los tesoros marítimos de la tienda. Este rostro pertenecía a una joven llamada Delfina, mitad costurera, mitad amiga de la casa. Venía con frecuencia a ella para ayudar a la madre de Genaro que, enteramente ocupada con la tienda, no podía atender a los quehaceres domésticos.

Esta Delfina, que podría contar diez y siete o diez y ocho años de edad, era un estuche. Cosía primorosamente, aplanchaba aún mejor, dirigía las faenas de la casa con la habilidad de una vieja ama de llaves y sabía contar cuentos mejor que la sultana Serezada. Era además bella como lo eran sus tres hermanas; porque tenía nada menos que tres; y era igualmente coqueta como ellas. Entre las jóvenes artesanas de Avilés estas cuatro gozaban con justicia fama de hermosas y elegantes; es decir, que sus trajes eran más cuidados y más finos que los de las demás, aunque sin salirse de su esfera, porque en aquel tiempo ninguna osaba hacerlo. Era además alegre como un jilguero y nos hacía reír con sus bromas y después nos pellizcaba para que no riésemos alto; porque ella también tenía miedo de las barbas del amo de la casa.

Así, que cuando subía a la de mi amigo para invitarle a alguna excursión, si Delfina estaba en ella, más de una vez y más de dos olvidé mi propósito y me quedé embelesado con la risa y los cuentos de la costurera. Y si se me había caído un botón o me había hecho un siete en el traje, esta encantadora hada se apresuraba a reparar el desperfecto, dándome después una ligera bofetada que me dejaba con apetito de desgarrarme otra vez el pantalón.

Un día, no obstante, al subir la escalera para llamar a Genaro, la encontré excesivamente seria y desde lo alto me despidió secamente diciéndome que mi amigo no podía salir conmigo porque su padre le tenía ocupado. Me sorprendió un poco, pero no hice demasiado alto en ello. Aquella misma tarde uno de nuestros amigos me dijo confidencialmente:

--Acabo de saber que Genaro ha robado bastante dinero a su padre y que éste le ha dado tantos palos que ha tenido que guardar cama.

Quedé consternado. Entonces comprendí la razón de la seriedad de Delfina.

--Pero ¿cómo ha sido?

--No sé... Creo que ha metido mano en el cajón de la mesa donde guarda el dinero allá en su cuarto.

Me produjo un sentimiento tristísimo. Aquel chico era un amigo a quien yo quería de veras y jamás le creyera capaz de semejante bajeza.

Transcurrieron bastantes días y una tarde le encontré en el muelle. Estaba un poco más pálido, pero alegre e impetuoso como siempre. Embarcamos en nuestro bote y nos paseamos por la ría al tenor de otras veces. Yo sentía que mi estimación hacia aquel muchacho mermaba; pero no podia sustraerme a la simpatía que había logrado inspirarme. Sin embargo, desde entonces me abstuve de ir a buscarle y sólo cuando le encontraba casualmente en el muelle nos embarcábamos juntos.

Pero su asistencia a este sitio, que antes era tan continua, sufría algunos eclipses. Algunas veces se pasaban ocho días sin que le viese saltando por las lanchas o encaramándose en la jarcia de los barcos. Por otra parte, cada vez que le veía le encontraba más pálido: la tristeza se esparcía como una nube negra por su rostro.

Aquel amigo, que por relaciones de familia tenía noticias auténticas de lo que pasaba en casa de Genaro, me comunicó que éste seguía robando a su padre y que los castigos continuaban cada vez más crueles y terribles. Al parecer, la noche anterior su padre le había azotado de tal manera con unas cuerdas que a sus gritos habían acudido los vecinos y le habían hallado en un estado lamentable.

Entonces súbitamente despertóse en mí una compasión infinita hacia aquel chico; aún puedo decir que creció mi cariño, porque siempre en mi alma la compasión engendró el amor. Me rebelé contra aquella barbarie y me dije con indignación: «¿Después de todo, qué? ¿No trabaja y ahorra para él? Si se ha tomado antes lo que más tarde le ha de pertenecer no hay en ello tan gran delito.»

He aquí cómo la compasión y el afecto hicieron brotar en mi cerebro ideas subversivas en el orden moral y jurídico.

Algunos días después volví a encontrarle en el muelle y por un impulso repentino que no pude reprimir le eché los brazos al cuello. El quedó sorprendido, se puso aún más pálido y rompió a sollozar perdidamente. Como nunca había sido blando para llorar, su llanto provocó el mío, que siempre lo he tenido fácil.

No hablamos una palabra. Nos secamos las lágrimas en silencio y montamos en el bote para dar nuestro paseo habitual.

Al cabo supe que su padre había resuelto enviarle a Cuba y que estaba señalado el barco que había de conducirle. No recuerdo, o por mejor decir no quiero recordar, si era la _Eusebia_, la _Flora_ o la _Villa_, los tres barquitos principales que entonces hacían la carrera de América; pero era uno de ellos. Estaba anclado en San Juan esperando el Nordeste para hacerse a la vela.

Aquellos días no vi a Genaro en el muelle. Cuando llegó el de la partida tuve de ello noticia por un viejo marinero cuyo hijo era grumete en el barco. Entonces me acometió el deseo de ir a despedirle. Lo propuse a otros dos amigos que aceptaron al instante, pues todos amábamos a aquel chico a pesar de sus faltas. Y una tarde, después de comer, nos acomodamos en un bote y comenzamos a bogar en dirección a San Juan.

En el muelle habíamos sabido antes de partir que Genaro ya estaba allá desde por la mañana y que ni su padre ni su madre ni persona alguna de la familia había ido a despedirle. Sólo un marinero le había acompañado con el baúl. Aquello nos pareció el colmo de la crueldad.

Cuando llegamos a San Juan, el barco estaba ya a punto de hacerse a la vela. Nos acercamos a su casco negro y advertimos que a bordo se estaban efectuando las maniobras preliminares. En torno de él había tres o cuatro lanchas con personas que decían adiós a los pasajeros. Estos, inclinados sobre la borda, hablaban a gritos con sus amigos o deudos. Dimos la vuelta al buque y no vimos por ninguna parte a Genaro. Entonces nos pusimos a llamarle con toda la fuerza de nuestos pulmones.

--¡Genaro! ¡Genaro!

Al cabo apareció en la popa. Con una mano se sujetaba a un cable y con la otra nos envió un saludo acompañado de una triste sonrisa.

Jamás olvidaré aquella sonrisa de dolor, de vergüenza, de resignación, de desprecio...

Quisimos hablar, pero no sabíamos qué decirle. Un marinero se acercó a él y le apartó bruscamente y se colocó en su sitio para ejecutar una maniobra.

--¡Adiós, Genaro!--le gritamos.

Él nos hizo otro saludo con la mano. Y no volvimos a verle.

Entonces comenzamos de nuevo a navegar la vuelta de Avilés. Bogábamos silenciosos, melancólicos. Los tres sentíamos en el fondo del corazón que una gran infamia se acababa de cometer en este mundo.

Pocos días después lo habíamos olvidado. Sin embargo, al cabo de dos o tres meses se produjo un acontecimiento misterioso que llegó hasta nosotros y nos causó profunda impresión.

El padre de Genaro al abrir un día el cajón de la mesa de su cuarto se enteró con estupor de que había sido robado.

Entonces se le ocurrió a aquel bárbaro lo que mucho antes debió de habérsele ocurrido. Buscó una traza ingeniosa para averiguar quién le robaba.

Amarró una cuerda al fondo del cajón por la parte exterior, taladró la mesa, taladró el piso y la hizo pasar hasta la tienda, donde colocó disimuladamente una campanilla.

En efecto, algunos días después sonó esta campanilla: el comerciante se precipitó por la escalera sin hacer ruido y sorprendió al ladrón in fraganti. Era Delfina, la bella costurera que a todos nos tenía hechizados.

Fué entregada a la justicia y el padre de Genaro se apresuró a escribir a Cuba para hacerle venir. La carta llegó demasiado tarde. No mucho después de arribar a la Habana fué atacado por el vómito negro y había dejado de existir.

Esta es la historia triste de mi amigo Genaro.

No roguéis a Dios por aquel niño mártir. Rogad por sus verdugos.

XXV

ROSAS TEMPRANAS

Corría el año 1861. En Avilés vivíamos ignorados, pero felices. Allá lejos podían sublevarse los batallones y en Madrid alzarse barricadas y en todas partes encenderse la lucha y venir en pos de ella las sangrientas represiones, matanzas y fusilamientos. Nosotros no nos ocupábamos en semejantes bagatelas. Nuestros sucesos interesantes eran los Carnavales, el baile de Piñata, los días de San Juan y de San Pedro con sus paseos por mar y por tierra, las romerías, las ferias.

¿Quién osará afirmar que no estábamos en lo cierto? ¿Hay algo más interesante para el hombre que su felicidad? Un moralista me dirá que la bondad debe ir delante. Yo responderé que bondad y felicidad son una misma cosa, y se lo demostraría con párrafos muy elocuentes de Plotino, de Santo Tomás y de Fichte; pero no estoy seguro de que esto sea oportuno en unas memorias. Por el momento, me limito a exclamar con el Evangelio: ¡Bienaventurados los pacíficos! Nosotros lo éramos; por eso Dios nos recompensaba derramando sobre nuestra villa torrentes de alegría.

La noche de San Juan era particularmente regocijada. Como en otras muchas regiones de España, días antes, los niños trabajábamos ardorosamente en la construcción de jardines en plena calle, aprovechando los rincones y encrucijadas. Estos jardines eran nuestro orgullo, porque sabíamos que habían de ser visitados. Para ello poníamos a contribución los bolsillos de nuestros padres y deudos. Enarenábamos sus caminitos esmeradamente; los adornábamos, no solamente con plantas y flores, sino, a veces, también con estatuas y fuentes, y comprábamos farolillos venecianos, con los cuales los iluminábamos _a giorno_. Al día siguiente escuchábamos con avidez el dictamen y las críticas de la gente. Si oíamos decir que el jardín del Rivero era mejor que el de Galiana, nuestro corazón latía de entusiasmo, y celebrábamos nuestro triunfo gritando por las calles: ¡Viva Rivero!

Pero uno de aquellos mis compañeros me había afirmado seriamente que, echando un huevo en un vaso de agua a las doce en punto de la noche de San Juan, y dejándolo reposarse al sereno, podría verse al día siguiente, dentro del agua, la figura de un barco perfectamente esculpida, con sus mástiles, sus velas y toda su jarcia.

Quise ver esta maravilla, de la cual, ni por un instante dudé. Lo maravilloso es el manjar que mejor digieren los niños. Como no podía permanecer en pie hasta la hora señalada, porque no me lo hubieran consentido, me acosté, pero sin dormirme. Al escuchar en el reloj del comedor las once y media, aguardé todavía un rato; me levanté sigilosamente, fuí a la cocina, llené un vaso de agua, tomé un huevo y, saliendo al corredor, que daba sobre nuestro jardín, esperé anhelante las doce. Cuando el gran reloj del Ayuntamiento hizo vibrar la primera campanada en el silencio de la noche, partí el huevo y vertí su contenido en el vaso.

Al día siguiente, en el momento de abrir los ojos a la luz me acudió el recuerdo del barco. Salto del lecho velozmente, y, en camisa, salgo al corredor y miro con ávida intensidad mi huevo. ¡Oh, amarga decepción! En el vaso no había más que un licor amarillento, asqueroso, sin figura de barco alguno.

¡Cuántas veces así en el curso de mi vida he puesto también a serenar alguna dulce ilusión! Como ahora, he hallado siempre, en vez del barco mágico, el licor nauseabundo del desengaño.

Llegaba después el día de San Pedro, ¡Qué brillante paseo en el _bombé_! Llamábase así en Avilés un trozo de terreno de forma ovalada, enarenado, cercado por una paredilla alta, de medio metro, y guarnecido de altos álamos blancos de hoja plateada. Este cercadito minúsculo, que no tendría, de punta a punta, más de cien metros, era el paseo oficial de la población, el paseo de gala.

Llegaban las romerías. Las romerías son la alegría del verano. Avilés está rodeado de frondosas aldeas, que semejan otras tantas esmeraldas formando la orla de una perla. La Magdalena, Villalegre, San Martín, San Pelayo, Miranda, Balliniello y San Cristóbal son las principales. Todas ellas tienen su romería, que van escalonadas al través de los meses estivales. La más concurrida, la más espléndida, la abadesa mitrada de estas romerías, es la de la Luz. Ya la he descrito en mi novela titulada _El Cuarto Poder_, y a esta descripción me remito.

Mas aquel año a mi felicidad se añadió otra que todo el mundo comprenderá inmediatamente; aquel año tuve una novia. Es decir, no sé a punto fijo si tuve una novia, pero esa fué la opinión del público.

Acostumbrábamos los chicos a recrearnos por las tardes, como ya creo haber dicho, en el llamado _Campo Caín_, o sea el trozo de terreno con árboles que se extendía delante del antiguo convento de la Merced.

Este convento medio derruído servía para todas las cosas de este mundo, para escuela, para vivienda, para oficinas de la Aduana, para cuartel de carabineros, para telégrafo cuando lo hubo, etc., etc.

El Campo Caín sólo servía para nosotros.

Ignoro cómo a este campo ameno y pacífico le dieron un nombre tan trágico. Es posible que en los siglos pasados se cometiese allí un fratricidio.

A él dieron también en venir por las tardes a solazarse aquella primavera las niñas de la población con sus doncellas. El solaz de las niñas no era como el nuestro jugar a la estaca, saltar los unos sobre los otros y darse de mojicones. Ellas formaban corrillos, cantaban dulcemente y bailaban la _giraldilla_.

Llámase así en Asturias una danza en que los bailarines forman círculo cogidos de la mano. Dentro de él quedan unos cuantos. Se canta dando vueltas y cuando llega cierto pasaje convenido los que están dentro eligen con un signo de la mano pareja entre los de fuera, se rompe el círculo y bailan uno frente a otro abrazándose después para dar las últimas vueltas.

No es necesario decir que este baile es mucho más grato e interesante cuando toman parte en él los dos sexos. Entonces los hombres quedan una vez dentro del corro y otra vez las mujeres.

Las niñas bailaron solas durante algunosdías. Nosotros las contemplábamos de lejos serios y un poco turbados. Seguíamos nuestros juegos; pero sin darnos cuenta nos sentíamos atraídos hacia la giraldilla de las niñas.

Al fin uno de nosotros, ¡un valiente! cuyo nombre no recuerdo se aventuró a entrar dentro de ella. Las niñas se agitaron, hubo cuchicheo y apariencia de debate y gestos desabridos y sonrisas maliciosas; pero al cabo aquel valiente se quedó dentro y bailó como un sultán con todas ellas. Otro le imitó, luego otro, y al fin todos entramos.

Desde entonces el Campo Caín adquirió un nuevo y singular atractivo para nosotros. Todas las tardes, sin faltar una, nos juntábamos allí y pasábamos más de una hora cantando y bailando. Las criadas sentadas en los poyos nos miraban benévolas, departiendo entre sí y animándonos con sus picarescas sonrisas. Después de todo ellas eran unas niñas grandes también y se divertían con nuestra alegría.

No tardó mucho tiempo en actuar dentro de aquellas giraldillas la ley química de las afinidades electivas. Cada uno de nosotros empezó a distinguir a una niña e inmediatamente tanto entre nosotros como en el conclave de las domésticas fué considerado como su novio.

Yo me sentí atraído muy pronto hacia una llamada Concesa (no he vuelto a oír este nombre en mi vida) y se lo declaré del modo único que entonces sabía; esto es, sacándola a bailar más a menudo que a las otras, y procurando ponerme a su lado cuando dábamos las vueltas cantando. Naturalmente, fuimos declarados novios y tanto ella como yo aceptamos tácitamente esta declaración.

Pero no corría todo allí como sobre rieles. En este mundo junto a la luz está la sombra y la ley de la competencia es desgraciadamente tan inflexible como la del amor. La niña gustaba a otros tanto como a mí. Tuve rivales, fuí más constante, al cabo más dichoso; pasado algún tiempo no se me molestó más.

El Campo Caín no fué el único paraje donde nos juntábamos y bailábamos. Aprovechamos también poco después las romerías. Niños y niñas formamos aquel verano un mundo aparte, en el cual vivíamos felices sin cuidarnos de lo que pasaba en torno nuestro. Si alguna de las niñas dejaba de venir al Campo Caín o faltaba a la romería, el pretendido novio no se atrevía a preguntar por ella, pero las amiguitas compasivas le hacían saber el motivo, aunque de una manera indirecta.

--¿Por qué no ha venido Fulanita a la romería?--preguntaba en voz alta una niña a otra.

--Porque se ha dado un golpe en la rodilla y su mamá no la permite moverse de una butaca.

Nos dábamos por enterados y el interesado se mostraba triste aquella tarde para que las amiguitas fuesen con el cuento a la niña contusa.

Yo no sé si allí existía el amor: creo que no. Por mi parte al menos me parece que lo que sentía hacia aquella hermosa niña llamada Concesa era una viva simpatía, una suave amistad que sólo de lejos semejaba a la pasión amorosa, la cual no prendió en mí hasta mucho más tarde. Me agradaba verla y bailar con ella, y me enorgullecía que me distinguiese; pero esta simpatía dejaba perfectamente libre mi espíritu. Por otra parte, no se cruzaba entre nosotros ninguna palabra que trascendiese a galanteo. Si he de confesar la verdad diré que apenas he hablado nunca con ella. Solamente cuando en la giraldilla nos abrazábamos para dar las últimas vueltas, lo cual duraba pocos segundos, nos decíamos alguna vez cualquier palabra indiferente.

Recuerdo, sin embargo, que en cierta ocasión como yo hubiese sacado a bailar con excesiva frecuencia a otra niña, Concesa se enojó y no volvió a sacarme a mí aquella tarde. Al día siguiente se celebraba la romería de Balliniello. Como siempre las niñas formaron su giraldilla y nosotros nos juntamos a ellas. La primera vez que Concesa quedó dentro del corro me eligió a mí por pareja. Yo le dije con voz temblorosa al dar las últimas vueltas:

--Creía que estabas enfadada conmigo, Concesa.

Ella me respondió:

--Yo no me enfado con nadie... y menos contigo.

Y se desprendió de mí bruscamente ruborizándose.

Fué lo más vivo, lo más apasionado que hubo en la historia de aquellos amores.