La novela de un novelista

Part 14

Chapter 144,046 wordsPublic domain

Mas he aquí que hallándose asomado a la ventanilla cuando el tren marchaba a toda velocidad, se le oye lanzar un grito lastimero. Inmediatamente vuelve la cabeza con tales señales de consternación en el rostro, que los viajeros, asustados, le preguntan a un tiempo:

--¿Qué te pasa, chico?

--¡Se me cayó!, ¡se me cayó!--gimió Anguila desesperadamente.

--¿Qué te ha caído?

--¡El billete...! ¡Se me cayó el billete!

Y sus mejillas se bañan de lágrimas porque este pícaro tenia la rara facultad de llorar cuando le daba la gana. Lloraba tan amargamente y estaba tan feo llorando, que todos se sintieron conmovidos.

--¿Pero cómo fué eso, chico?

Él, entre suspiros y lágrimas, explicaba que no sabía cómo había sido... Estaba descuidado..., la mano se le había aflojado..., el viento era muy fuerte. Y venga llorar y suspirar y moquear.

--No te apures niño--dijo uno--. Ya veremos cómo se arregla eso.

--¡Ya lo creo que se ha de arreglar! ¡No faltaba más!--exclamó otro.

Inmediatamente se formó un conclave y se discutió con calor el asunto. Los hombres, en general, opinaban que cuando llegase el revisor se le debía explicar con franqueza lo acaecido, pensando que sería suficiente para que no hiciese bajar al muchacho. Las mujeres no se fiaban del revisor, encontraban más seguro ocultar al chico, para lo cual había bastante acomodo con sus faldas.

Predominó, como siempre, la opinión de las mujeres. Unos y otros se estuvieron relevando a la ventanilla para espiar la venida del empleado y cuando le vieron, Anguila se hizo un pequeño ovillo de algodón y quedó disimulado entre los pliegues de una basquiña.

Los viajeros hallaban tan divertido este juego, que reían sin cesar. Trataban a aquel malhechor con afectuosa atención y le regalaban y le mimaban como si fuese su propio hijo.

Al llegar a Madrid también pasó la puerta de la estación oculto entre tres o cuatro mujeres que se apretaban unas contra otras más de lo razonable. En cuanto se vió fuera y libre despidióse de aquella buena gente diciendo que iba en busca de un hermano que allí tenía, y se lanzó a las calles de la corte tan alegre como el pájaro que por vez primera abandona el nido.

Era necesario estirar, cuanto fuese posible, los tres duros mal contados que tenia en el bolsillo. Por lo tanto, en vez de montar en un coche de punto y hacerse trasladar al hotel de París, compró un bollo de pan en el primer puesto que halló y por dos cuartos más tomó el café con que le brindaba un vendedor ambulante en la esquina de la Cuesta de San Vicente.

Aquella noche durmió patriarcalmente sobre uno de los bancos de la plaza de Oriente.

Se propuso aprovechar el tiempo y no partir de Madrid sin ver todo lo que de notable encierra, ya que calculaba que no había de permanecer muchos días. Todo lo visitó, pues, rápidamente, las calles principales, los barrios bajos, la Casa de Fieras, el Palacio Real, los Museos, los teatros, el Congreso de los Diputados, etc., etc. No hay para qué advertir que lo vió todo por fuera porque Anguila había vivido siempre al aire libre y no era cosa de romper con sus hábitos. Los leones de bronce del Congreso, acabados de fundir con los cañones tomados a los moros, le interesaron muchísimo. No entró en el Salón de Conferencias porque odiaba la política. En cambio, como el Derecho penal era su especialidad, asistió muy cerca y sin perder un detalle a la ejecución de un reo en el Campo de Guardias. Lo que algo vale algo cuesta. Su curiosidad científica le costó algunos puntapiés de los agentes de Orden público, pero los dió por bien empleados puesto que había logrado presenciar un espectáculo que ni Antón el zapatero ni ninguno de sus camaradas de Avilés verían probablemente en su vida.

Ignoro cuántos días empleó en ilustrar su joven inteligencia de esta suerte. No debieron de ser muchos, porque aunque la cama le salía barata, los comestibles eran caros ya en aquella época. De todos modos tan agradable temporada se hubiera prolongado un poco más, si no fuese porque una mañana, al despertarse en su marmóreo lecho de la plaza de Oriente, se encontró con que durante el sueño le habían desembarazado de las pocas pesetas que le quedaban. No lloró, porque Anguila aborrecía las cosas inútiles. Se contentó con proferir con voz recia sucesivamente y en ristra, todas las blasfemias y palabras sucias que había logrado aprender en su pueblo natal. Se dirá que esto es también inútil. No tanto; algunas blasfemias proferidas con adecuada entonación, pueden salvar a un hombre de un derrame biliar o cólico nefrítico.

Aunque libre por el momento de estos accidentes, Anguila no pudo menos de pensar que su situación distaba un poco de ser brillante. Poco después comprendió, igualmente, que si algo había indispensable para él en aquel momento era almorzar. En consecuencia, dirigió sus pasos hacia la taberna donde solía hacerlo desde que había llegado, comió lo que tenía por costumbre y aprovechando la distracción de la tabernera que, por otra parte no le vigilaba considerándole ya como parroquiano, logró salir sin ser notado y se alejó velozmente de aquellos lugares. Era domingo. Estábamos en los primeros días de Septiembre; el tiempo espléndido; temperatura agradable; grande animación por las calles. Aunque sus negocios le preocupaban un poco, Anguila gozó como cualquier ciudadano bien acomodado de estas ventajas naturales y sociales. Recorrió las calles, entró en las iglesias, paseó por la acera de las Calatravas y cuando llegó la hora se fué, como siempre, a escuchar la música y presenciar el relevo de la guardia del Palacio Real. En la Puerta del Sol vió a unos chicos limpiando el calzado de los transeuntes y, súbitamente, le acometió la idea de hacerse limpiabotas. Pero apenas nacida la idea la desechó con desprecio. ¡Limpiabotas! ¡Puf! Lo último que él sería en este mundo.

No hay forastero en Madrid que los domingos por la tarde no vaya a pasearse a la Castellana o al Retiro. Anguila optó por este último punto, como más pintoresco y divertido. El real sitio, del cual todavía una parte estaba vedada para el público, rebosaba de gente. La burguesía madrileña se derramaba por sus caminos arenosos produciendo con su charla y su risa un gozoso rumor que Anguila aspiró deliciosamente. Le parecía hallarse todavía en las ferias de Avilés. Innumerables niños que corrían riendo, gritando y se caían y lloraban, señoras elegantísimas, mancebos que jugaban a la pelota, grupos de hermosas jóvenes que saltaban a la cuerda, apuestos militares que las miraban y requebraban... Pero lo que más atraía su atención y más le interesaba era, como debe suponerse, el gran estanque que surcaban algunas barquichuelas tripuladas por marineritos acicalados como los de las cajas de bombones. Puede calcularse el desprecio y la risa que a Anguila inspiraban estas barcas y estos marineros.

Aquel día se amontonaba una muchedumbre inmensa en las orillas del estanque. Anguila miraba al estanque, miraba a la gente y se hallaba en un estado contemplativo sin pensar absolutamente en nada cuando de pronto nace en su cerebro una idea maravillosa.

Fué una de esas ideas que sólo acuden a los hombres cuando Dios quiere demostrarles que su providencia jamás deja de velar por ellos.

Dió vuelta lentamente al estanque y después de haberse cerciorado dónde había más gente y dónde estaban más lejanas las lanchas, se encarama velozmente sobre la barandilla de hierro, da un grito desgarrador y se precipita en el agua.

A este grito contestaron otros cien que partieron de la muchedumbre.

--¡Un niño se ha caído al agua!

--¡No; se ha tirado! ¡Lo he visto yo!

--¡Se ha caído!

--Le digo a usted que se ha tirado.

Anguila había desaparecido debajo del agua y quedó oculto unos instantes, pero al cabo asoma el rostro haciendo muecas horribles, agitando las manos como quien lucha con la muerte. Vuelve a sumergirse y otra vez aparece gesticulando, chapoteando, gritando:

--¡Madre!... ¡Madre del alma! ¡Socorro!

--¡Que se ahoga ese niño! ¡Salvad a ese niño!--gritaban de todas partes.

Anguila desaparecía otra vez, permanecía unos instantes bajo el agua y de nuevo aparecía con el rostro más descompuesto todavía, exhalando gemidos lastimeros.

El público se agitaba, gritaba, pero nadie se atrevía a tirarse al agua. Hay que comprender que Madrid es el pueblo más interior de España.

Las mujeres convulsas, frenéticas increpaban a los hombres.

--¡Salvad a ese niño, cobardes!

Las lanchas se hallaban en el extremo opuesto. Una de ellas venía ya remando hacia el sitio, pero antes de que llegase tenía tiempo el chico de ahogarse diez veces.

Al fin un hombre, el mismo que afirmaba haberle visto tirarse se despojó rápidamente de la chaqueta diciendo:

--El se ha tirado; yo lo he visto por mis ojos... pero no importa.

Y se arrojó al agua. Nadó unos instantes, se aproximó con cautela al chico y tomándole por los cabellos en el momento en que aparecía otra vez le arrastró hacia la orilla. Allí numerosas manos se apresuraron a izarle.

Anguila parecía medio asfixiado. Quisieron volverle la cabeza para que soltase el agua que había tragado pero él se opuso enérgicamente a esta operación. Un grupo inmenso de gente le rodeaba. El hombre que le había salvado y que a todo trance quería hacer valer su opinión le preguntó:

--¿Te has caído o te has tirado?

--¡Me he tirado!--balbuceó Anguila.

--¿Y por qué te has tirado?

--¡Porque... porque quería matarme!

--¿Y por qué querías matarte?

--¡Porque estoy muerto de hambre!--profirió entre sollozos aquel tunante.

La noticia corrió como un reguero de pólvora por la multitud.

Un niño que trató de suicidarse por estar en la última miseria, se decían los unos a los otros. Un tierno sentimiento de compasión se apoderó de todos los corazones. En un momento se recaudó allí un montón de calderilla y algunas pesetas. Metieron todo este dinero en un pañuelo y se lo entregaron al náufrago.

Pero ya algunos guardas habían llegado, los cuales se empeñaron en llevarle a la Casa de Socorro. Antes de hacerlo un caballero anciano elegantemente vestido se abrió paso entre la gente y llegando hasta el suicida le habló con el mayor afecto y le dió una tarjeta para que se pasase por su casa.

En la de socorro metieron al buen Anguila en la cama mientras le secaban la ropa. Una vez seco y restaurado y dueño de algunas pesetas se dirigió al palacio del conde de F., cuya era la tarjeta que le dieran. Este caritativo señor se enteró con emoción de la historia lamentable que a Anguila le plugo ensartarle, le hizo dormir en su casa y al día siguiente le envió con un criado a la estación del Norte. Allí le dieron un billete para León y otro para la diligencia hasta Oviedo.

Esta es la historia verídica del suicidio de Anguila. Yo he presenciado una repetición desde el muelle, porque alguna vez hacía reír a sus amigos parodiándolo.

¡Había que ver a aquel payaso hundirse en el agua y aparecer medio asfixiado pidiendo socorro con las ansias de la muerte!

Al sujeto que le salvó la vida le dieron, a petición de la Prensa, la cruz de Beneficencia.

XXIII

PEDRO MENÉNDEZ

Las ferias de Avilés tienen, como todo el mundo sabe, la misma significación histórica que los Juegos Olímpicos de la antigua Grecia.

Si hubiese tropezado en mi infancia con un japonés o un persa, que no hubiera oído nunca hablar de estas ferias, quedaría seguramente estupefacto.

No sé lo que son ahora, pero doy fe de que en aquellos tiempos eran una antesala del Paraíso. Y si me dejaran, es posible que me quedase contento en la antesala sin entrar jamás en el salón.

Pasábamos un año entero soñando con aquellos cinco días. Si algún pariente generoso nos ponía en la mano una peseta, corríamos a meterla en la hucha de barro ¡para las ferias! Si nos compraban un lindo sombrerito de paja, era ¡para las ferias! Si el sastre nos cortaba un terno de paño fino o el zapatero nos fabricaba unos zapatitos de charol, naturalmente, era ¡para las ferias!

Fuera de casa, en el paseo, bajo los arcos de la plaza y a la salida de la escuela, comentábamos acaloradamente los festejos. Vendrá una compañía dramática; vendrá otra de circo. Y a los chicos se nos hacía la boca agua porque se aseguraba confidencialmente, pero con visos de verdad, que en esta última figuraba un clown maravilloso que se tragaba un largo sable hasta la empuñadura y otro que daba sin trampolín el doble salto mortal.

Mientras las ferias duraban vivíamos en medio de un aturdimiento feliz, fuera enteramente de nosotros mismos y de nuestras costumbres. Eran días de exaltación, de vértigo, de ataque de nervios. Cuando nos aproximábamos a ellos sentíamos su calor y nos iluminábamos por dentro como los cometas al acercarse al sol. Aquellos cinco días y ocho antes los pasábamos en un estado de inconsciencia angélica. No era vida mortal la que llevábamos sino inmortal y olímpica. Los dioses bajaban a nosotros y nos besaban en la frente y nos daban de beber de su ambrosía. Apelo al testimonio de los viejos avilesinos que me lean.

Quince días antes, los peones del Ayuntamiento empezaban a clavar los mástiles con gallardetes a lo largo del muelle y de las calles principales. Avilés fué siempre una villa pródiga en gallardetes. Recuerdo la viva, inefable emoción que me embargaba cuando veía a los obreros erigir los primeros mástiles, símbolo de dicha inmarcesible. Algunas veces pensaba que si en el Cielo no hay gallardetes, es un Cielo incompleto.

Pero la más característica entre las señales precursoras de tan magno acontecimiento, más aún que la erección de los mástiles con gallardetes, eran dos grandes bastidores de madera que la corporación municipal hacía colocar unos días antes a los dos lados de la puerta del Bombé, aquel exiguo Bombé, germen del hermoso parque de ahora. Eran dos figurones que representaban, el uno a Pedro Menéndez y el otro a Ruy Pérez de Avilés, según rezaba la leyenda que debajo ostentaban.

Cuando al descender por la calle de la Herrería cualquiera de los días precedentes a la feria, divisaba a lo lejos a Pedro Menéndez y a Ruy Pérez, mi alegría era tan intensa, que me obligaba a detenerme. El corazón quería saltarme del pecho, la dicha me ahogaba y de buena gana hubiera corrido a aquellos héroes y les hubiera besado y abrazado.

Más tarde les perdí un poco el respeto porque me hice filósofo y pacifista. Pero en aquella época mi temperamento era extremadamente marcial; soñaba con batallas y escaramuzas, tajos y mandobles. Yo mismo, con mis propias manos, fabricaba lanzas y sables aprovechando los barrotes de algún viejo cajón de pino, plateándoles con papel de estaño arrancado de los paquetes de chocolate. Y como nos hallábamos entonces en guerra con los moros de Africa, pensaba vagamente en fugarme de casa y marchar a ponerme a las órdenes del general Prim y ofrecerle el auxilio de mi sable de madera.

Felizmente esto no llegó a efectuarse y pude alcanzar la edad viril y después la vejez, sin haber cortado la cabeza ni haber hecho la más pequeña incisión a ningún moro.

Aunque abominando, pues, de la guerra, conservé siempre, por lo que acabo de decir una tierna inclinación hacia Pedro Menéndez, Adelantado del reino y conquistador de la Florida. Así que cuando llegó a mis oídos la noticia de que le habían alzado una estatua en el parque de Avilés, me sentí complacido y me propuse hacerle una visita.

Le vi de pie sobre un alto pedestal y apenas pude reconocerle. Era un personaje obscuro, verdoso, siniestro, que tenía la espada desenvainada como apercibido a ponerse en guardia y darle una estocada al primero que se le pusiera delante. ¡Qué diferencia de aquel Pedro Menéndez de mi infancia, tranquilo, majestuoso, encuadrado en un pintoresco bastidor de madera! En vez de intentar darle un abrazo como en otro tiempo, aparté de él la vista con tedio y me alejé de aquel sitio velozmente. Quiero decir que no me fué simpático.

Por eso, cuando en aquellos días un notable poeta regional que firma con el pseudónimo de «Marcos del Torniello» en una de sus sabrosas composiciones propuso que se me erigiese una estatua en el parque de Avilés frente a la de Pedro Menéndez, me sentí extrañamente agitado. Inmediatamente me representé yo mismo con cuerpo de mármol, pero sensible y pensante, sobre una columna de piedra, sufriendo día y noche los embates del viento y los rigores del sol, azotado por la lluvia o ensuciado por el polvo. Me vi años y años frente a aquel negro, siniestro guerrero de la espada desenvainada, sin poder apartarme un punto de su vista. Y se me oprimió el corazón.

Anduve preocupado todo el día; me acerqué cuatro o cinco veces a la estatua, y otras tantas me alejé echando una mirada oblicua, nada amorosa, al feo soldado que iba a ser mi socio por los siglos de los siglos. Inquieto y caviloso me fuí aquella noche a la cama y tuve el sueño siguiente:

Soñé que llegaba a Avilés por el ferrocarril, embalado en un gran cajón de madera y que en la estación me arrastraron algunos mozos hasta un carro de bueyes en presencia del escultor y tres o cuatro señores desconocidos. Me llevaron hasta el parque y por la noche me desembalaron y me colocaron sigilosamente sobre una columna de granito que allí estaba preparada, al efecto, y me taparon después la cara y el cuerpo con un trozo de harpillera. Al día siguiente se efectuó la ceremonia de destaparme, en presencia de una gran muchedumbre, con asistencia de las autoridades y amenizado el acto por la orquesta municipal. Yo estaba confuso y avergonzado de tanto honor y viendo a algunos viejos amigos conmovidos hasta derramar lágrimas, se me derretía el corazón cual si fuese de manteca y no de mármol.

Pasé algunas horas distraído aquella tarde. Mucha gente se detenía a contemplarme y hacían comentarios. Unos sacudían la cabeza con ademán severo y expresaban en alta voz sus dudas sobre si yo merecía o no ser elevado a la categoría de los héroes. Otros por el contrario aplaudían el acuerdo del Municipio manifestando que yo les había hecho pasar algunos ratos divertidos y que no era mal muchacho. Gentiles avilesinas fijaban sus menudos pies en la arena y me miraban con ojos risueños haciendo un mohín de satisfacción. Yo sentía unos deseos locos de bajarme del pedestal, postrarme a sus pies y darles las gracias.

Pero de vez en cuando me acordaba de que pronto iba a quedar solo en presencia del terrible conquistador de la Florida, y me estremecía.

Llegó la noche. Las últimas luces del sol relampaguearon un instante sobre la superficie de la ría; hicieron brillar después los cristales de los balcones del Gran Hotel, quedaron algunos segundos recogidas en las copas de los árboles, y por fin se fueron. Y con ellos también los ojos hermosos de las avilesinas. Todo quedó en tinieblas.

Heme aquí frente a don Pedro Menéndez. La noche era obscura y hacía bastante calor. La agitación de aquel día me tenía cansado y la sofocante temperatura me inclinaba al sueño. Empezaba a dormitar cuando me sacó de mi letargo una voz ronca y espantosa. Era la estatua del conquistador de la Florida que hablaba.

--¡Eh, amigo! ¿Por qué estáis ahí plantado frente a mí?

--Porque me han puesto--respondí tembloroso.

--¿Y por qué os han puesto, decidme? ¿Por qué os hicieron tanta honra de vos colocar frente a mí en figura de piedra?

Yo debí responder ciertamente: «Porque les ha dado la gana.»

Pero me sentí lleno de miedo, un miedo abyecto: y balbucí más que dije:

--Quizá hayan pensado que merecían esta recompensa mis servicios.

--¡Ah, sois un guerrero famoso! Perdonad que os haya hablado sin los respetos que se os deben. Agora decidme ¿qué reinos habéis conquistado, qué enemigos de Dios y del rey habéis vencido, en cuántas batallas habéis combatido?

--Con todo respeto y miramiento os diré que no he conquistado ningún reino. Solamente en mi edad juvenil quise conquistar el corazón de alguna bella, pero no pocas veces me vi necesitado a levantar el sitio. En cuanto a batallas, la única seria en que he tomado parte fué la de Galiana.

--¡Nunca oí mentar esa batalla!

--Pues fué recia y cruel, y en ella tuve la mala fortuna de quedar herido.

--¿De pica o de algún arcabuzazo?

--No, señor, de piedra.

--¡De piedra! ¿Entonces os hallabais todavía en la edad de los honderos y catapultas? ¿No conocíais el uso de la pólvora, ni las culebrinas, ni los morteros ni los arcabuces? Erais unos bárbaros.

--En efecto, así nos llamaba casi todos los días el señor don Juan de la Cruz.

--¿Quién era ese varón?

--Nuestro maestro de escuela.

--¡Por Dios que no os entiendo! ¿Qué tienen que partir en estos asuntos de armas los maestros de escuela?

--Es que no se trata de armas. Yo no soy guerrero.

--Entonces, decidme, con mil de a caballo ¿quién sois y qué maravillas habéis hecho para que así os honren con mármoles y bronces?

--Pues yo no he hecho en este mundo más que algunos libros que andan rodando por él con inmerecido aplauso.

Don Pedro quedó un instante suspenso y soltó después una horrísona metálica carcajada.

--¡Vamos, sois un c... tintas!

--No tanto, señor Adelantado. Mi linaje radica aquí mismo en Avilés y es tan antiguo como el vuestro... Pero ya nadie se precia de linajes en estos tiempos... Cada cual se fabrica el suyo con su cabeza o con sus manos. Trabajar; extraer de la madre tierra aquellos elementos necesarios para la vida de los hombres es nobleza; forjar los metales, tallar las piedras, modelar el barro, enviar los productos de una región del planeta a otra, difundirlos, comerciar con ellos, es nobleza. Pero la mayor nobleza en estos tiempos es el expresar con belleza y decoro ideas justas, es alzar el espíritu de los hombres a las altas especulaciones de la metafísica, es recrearla con sabrosas, peregrinas invenciones. No hay monarca ni potentado hoy sobre la tierra que no envidie el laurel de un publicista.

--¡Por vida mía!... ¿Es que a vosotros, ruin canalla, se os corona agora con laureles? Mucho soy maravillado. ¿Entonces, qué es dejado a los varones señalados que abrazan con afecto el arte de la milicia corporal, a los mancebos bélicos, a los varones esforzados de inmortal memoria que han vertido su sangre en crudas batallas?

--En el día, señor Adelantado, los mancebos belicosos suelen parar en la cárcel o en el hospital. Los hombres hemos llegado a convencernos de que los tajos y mandobles, lanzadas y cintarazos, aunque sean inferidos con singular destreza, no deben ser considerados como signos de nobleza sino de barbarie; que no deben llamarse héroes a los que saben dar buenos mordiscos, porque mejores los dan los chacales. Somos espíritus y el teatro de nuestra actividad debe ser el mundo espiritual. Nuestro negocio más importante en la edad presente es el huir de la edad cuadrúpeda que vos representáis.

--¡Rayos y centellas! ¿Y tenéis en menos las hazañas portentosas de aquellos guerreros que han sabido conquistar para su rey y señor dilatados territorios y encadenar a sus pies a millares de esclavos?

--Sí, los tenemos en menos; siento verme obligado a decíroslo. No son conquistadores para nosotros los que se apoderan de un pedazo de tierra que hermanos suyos han regado con el sudor de su frente sino los que descubren nuevos horizontes para la ciencia y con la luz de su ingenio esclarecen las almas de sus semejantes. El hombre no ha nacido para luchar con el hombre sino con las ciegas fuerzas de la naturaleza que nos oprimen. Newton, Kepler, Bacon, Palissy, Gutenberg, Franklin, Pasteur, Edison han sido los conquistadores legítimos de nuestra raza.

--No conozco a esos varones. ¿Pertenecieron a la armada o a la gente de a caballo? Nunca les vi apuntados en la relación de las grandes y señaladas victorias del rey, nuestro señor.