La novela de un novelista

Part 12

Chapter 124,098 wordsPublic domain

Dicho queda que a más de éstos existían en la villa otros próceres que realzaban con su majestuosa indumentaria a nuestra villa. Pero estos próceres no se mantenían como los de otras ciudades, encastillados en su grandeza ni se oponían o desdeñaban a la juventud bulliciosa. Al contrario, se les hallaba siempre propicios a proteger y alentar cualquier proyecto recreativo iniciado por ésta. Algunas veces de ellos mismos partía la iniciativa. Semejantes a los ancianos de Atenas consagraban su experiencia a los nobles recreos de la vida y velaban por el decoro de las fiestas. Mi buen tío Jorge de las Alas, viejo y achacoso, fué quien creó la Academia de música en Avilés, quien organizó la sociedad del _Liceo_ y quien llevó a cabo la erección de un teatro cuando no existía. Merece este infatigable anciano, que tanto contribuyó a la cultura de nuestra villa, que ésta le erija una estatua. No hallábamos los jóvenes de Avilés, en estos nobles ancianos, ni una sonrisa desdeñosa, ni una frase severa. Todavía recuerdo que al asistir por vez primera a un baile del Liceo, no contando aún diez y siete años, como me hallase apurado porque no podía abrochar mis guantes, el mismo presidente de la sociedad, que era un respetable caballero con la cabeza canosa, vino en mi auxilio y logró abrochármelos.

Avilés guardaba en aquel tiempo más de una semejanza con Atenas. Porque reinaba la alegría y el decoro y el amor al arte como en la ciudad de Minerva, y además se vivía en una dulce ociosidad que permitía consagrarse enteramente a los placeres del espíritu. Para lograr esto Aristóteles creía necesario un número considerable de esclavos encargados de alimentar a los ciudadanos. Entre nosotros no existía que yo sepa más esclavo que un negro muy feo que había traído de América un indiano llamado don Pancho. Con este negro, que al parecer estaba siempre ansioso de llevar a los niños malos en un saco, nos amenazaba la maestra (porque de tres a cuatro años tuve el honor de asistir a un colegio de señoritas) cuando hacíamos demasiado ruido. Tantas veces nos había amenazado, sin embargo, que llegamos a despreciar, como inverosímil, aquella horrorosa perspectiva. Mas he aquí que un día aciago, al conjuro de la maestra, aparece en la puerta de la sala la espantable figura del negro de don Pancho con el famoso saco al hombro haciendo rodar por las órbitas sus ojos de tigre hambriento. No es fácil describir ni decoroso lo que allí pasó. Toda aquella juventud bi-sexual se sintió atacada a la vez en el corazón y la vejiga. No volvimos a ser _malos_ en ocho días.

Vivíamos, pues, en nuestra villa sin trabajar, como he dicho. Quién trabajaba para nosotros no me importaba entonces averiguarlo. Cada casa albergaba un pequeño hidalgo o rentista que disfrutaba serenamente de la vida, bailando de joven, paseando de viejo. No faltaban artesanos, es cierto; había carpinteros, chocolateros, hojalateros, pintores, albañiles; pero casi todos estaban relegados al barrio de Sabugo. Los que había en la villa eran tan graves personajes casi como los que he descrito: algunos ya viejos gastaban sombrero de copa alta. Se les trataba con respetuosa consideración, se contaba con ellos para los festejos y algunos tenían tiempo para consagrarse a la música y la declamación y alcanzar señalados triunfos, como el ebanista Mariño y el barbero Manolo.

Al revés de lo que acaece en las grandes ciudades europeas y americanas, donde se vive en perpetuo afán y no hay tiempo para nada, en Avilés había tiempo para todo: si faltaba alguna vez no era ciertamente para el trabajo sino para divertirse. No existía la fiebre del dinero ni esa congojosa solicitud por el lucro que envilece las almas y entristece la vida. El comercio mismo, que por su naturaleza es sórdido, tenía en nuestra villa un temperamento noble y tranquilo. Los comerciantes recibían a sus amigos en las tiendas, departían y reían con ellos y apenas se curaban de la venta de sus artículos. Había un tendero llamado Braulio que poseía en la calle de la Herrería un bastante bien surtido almacén de quincalla. Pues este Braulio, cuando un amigo llegaba a invitarle a jugar al billar o a comer una langosta en el café de Tirita se ponía el sombrero, cerraba la tienda y se marchaba tranquilamente con él. ¡Que aguardasen los parroquianos!

Los próceres, la juventud impetuosa, los comerciantes y los artesanos no constituían por entero a nuestra villa. Existía, como es justo en ella, un elemento teológico compuesto por los párrocos de la villa y Sabugo con sus respectivos coadjutores, el vicario de las monjas de San Bernardo y hasta una media docena de frailes exclaustrados que habían quedado vivos en la matanza del año treinta y seis. Había un padre Cerezo cuya sabiduría nadie ponía en duda, un fray Antonio Arenas taciturno, bilioso, que cantaba desde el coro de la iglesia de San Francisco la misa mayor con una voz que envidiaría Satán para dirigirse a los condenados del infierno, un Manzaneda (ignoro porqué a éste se le suprimía el _fray_) y había sobre todo un fray Melitón de perdurable memoria sobre la tierra y que en el cielo, donde no dudo que se hallará a estas horas, hará las delicias de los bienaventurados.

Este elemento teológico gastaba como el de los próceres levita y sombrero de copa. Solamente que como correspondía a su elevada dignidad teológica, las levitas eran mucho más largas y los sombreros mucho más altos. Cuando de niño veía al padre Cerezo o a Manzaneda debajo de uno de ellos sudaba de congoja.

Fray Melitón era el organista de la parroquia. Líbreme Dios de suponer que tocando el órgano es como alegrará a la corte celestial. Al contrario, me parece que si a fray Melitón se le ocurriese tocar alguna vez el órgano en el cielo, no duraría allí mucho tiempo. Lo que regocijará seguramente a sus hermanos de bienaventuranza es su grande, inconcebible inocencia. Fray Melitón era un niño de sesenta años. De medianas carnes y estatura, vigoroso, la faz roja, los ojos débiles, el pelo negro todavía, hablando siempre a gritos, unas veces enfadado, otras riendo, jamás tranquilo o indiferente. No pienso que tuviera licencia para confesar, porque este ministerio exige conocimiento del corazón humano y fray Melitón no conocía siquiera el suyo; celebraba misa y tocaba el órgano en las misas solemnes y festividades. De él estábamos enamorados unos cuantos chicos y él lo estaba de nosotros aunque no nos escaseaba los coscorrones cuando le molestábamos demasiado. Si nos hallaba en la _Campa_ jugando a la peonza se detenía para contemplarnos, nos animaba a gritos, nos aplaudía o nos increpaba exactamente como si fuese uno de nosotros.

--¡Eso está bien, carape! ¡Bien! ¡Bien!... ¡Leoncio, eres un burro!

Si nos tropezaba en el campo Caín se sentaba a nuestro lado y nos contaba historias milagrosas. Los milagros eran su especialidad. Otras veces nos hablaba de su convento y nos describía la enorme despensa de la cual estaba él encargado, los sacos de garbanzos, las pilas de nueces y avellanas, las filas de jamones colgados del techo; nos pintaba la huerta donde crecían toda clase de árboles frutales, cerezos, perales, que daban peras tamaño de una libra, ciruelas claudias y encarnadas, albaricoqueros de espalera: de tal modo que a los chicos se nos hacía la boca agua. Recordaba también con enternecimiento los grandiosos cerdos que allí se criaban y nos comunicaba en secreto de qué medios se valía para hacerles engordar una arroba por semana al llegar el mes de Octubre. A menudo también se placía haciéndonos preguntas y enterándose de nuestros estudios y propósitos.

--¿Qué es lo que tú quieres ser?

--Yo, militar.

--¡Bravo! ¡A la lid, valiente!... ¿Y tú?

--Yo, médico.

--Mírame la lengua (y la sacaba)... ¿Y tú?

--Yo quiero ser oidor.

--¿Oidor? Aguarda un poco que te escarbe los oídos.

Y echaba mano a la punta de una ramita; con lo cual reíamos a carcajadas, y él más que nosotros.

Si alguno le decía que quería ser cura, torcía el gesto.

--¿Sabes, burro, si tienes vocación para el estado eclesiástico?... Además, para ganar el cielo no se necesita ser cura ni fraile.

Y tenía razón, porque él lo hubiera ganado en cualquier condición.

Entre todos nosotros distinguía particularmente a tres, y yo era uno de ellos. Por eso cedió a nuestras instancias concediéndonos el honor de mover los fuelles del órgano, tarea que antes desempeñaba el hijo del sacristán.

Detrás del órgano de la iglesia de San Francisco existía, y es posible que aún exista, un pequeño y obscuro y sucio desván donde se hallan los fuelles que lo alimentan de aire. Estos fuelles, que eran tres, tenían cada uno un madero en forma de lanza, bajando el cual hasta tocar el suelo, el fuelle se hinchaba; luego, a medida que se gastaba el aire iban subiendo paulatinamente hasta llegar al techo. Me encargué, pues, de bajar una de estas lanzas y mis amigos de las otras dos. Para bajarlas necesitábamos colgarnos de ellas, y después que las teníamos a nuestra altura montarnos encima hasta humillarlas por completo. Así que lo habíamos conseguido podíamos descansar unos minutos mientras lentamente los fuelles se deshinchaban y los maderos subían.

¿Cómo es posible que allí encerrados medio a obscuras, respirando polvo y obligados a trabajar como negros sin descuidarnos un instante fuésemos dichosos? Pues lo éramos y no poco. Estábamos poseídos de nuestro papel, que juzgábamos principalísimo. Sin nosotros el órgano no sonaría y todo aquel estrépito que fray Melitón armaba se extinguiría miserablemente y la gran solemnidad vendría a tierra.

No recuerdo bien cómo acaeció: me parece que yo estaba contando a mis amigos en qué forma había entrado un pájaro en el comedor de mi casa y cómo había podido atraparlo arrojándole una toalla encima. Sea por esto o por otra causa, lo cierto es que en una ocasión nos descuidamos olvidando los fuelles. Los maderos habían subido hasta su límite máximo, tocando en el techo. De pronto se abre con estrépito la puertecita del coro y aparece por ella la faz congestionada de fray Melitón echando chispas de sus ojos por detrás de los cristales de las gafas y se lanza sobre nosotros dejando caer sobre nuestras cabezas una lluvia maléfica de coscorrones. Sin hacer caso de ellos nos lanzamos a los maderos, para alcanzar los cuales necesitábamos dar saltos prodigiosos.

--¡Burros! ¡Más que burros! ¿Para eso os he dejado venir a hinchar los fuelles? ¡Y en el momento mismo de ejecutar el _trémolo_!

Es de saber que cuando en la misa llegaba el momento de elevar la Hostia Santa fray Melitón hacía ejecutar al órgano un _trémolo_ tan misterioso, tan solemne, tan patético que no había corazón por duro que fuese que no se sintiera sobrecogido.

--¡Dejarme sin aire en el _trémolo_, nada menos que en el _trémolo_!--exclamaba enfurecido sin dar paz a la mano--. ¿No sabíais que estaba ejecutando el _trémolo_, burros?

Yo no conocía entonces esa palabreja. Largo tiempo después cuando llegaba a mis oídos percibía en la cabeza la sensación vaga de un coscorrón.

De aquellos tres hinchadores de fuelles vivimos dos, y estoy en fe que lo mismo mi compañero que yo los hincharíamos de nuevo con placer si nos volvieran a los doce años.

Pero no sólo debo a fray Melitón estos momentos de intensa y pura felicidad: algo más le debo y voy a contarlo sin cuidado alguno puesto que él no ha de salir de la tumba a llamarme burro otra vez y a darme de coscorrones.

En los meses calurosos del estío solía bañarme en la ría con unos cuantos amigos de mi edad. Apenas salíamos de la escuela salvábamos el puente de San Sebastián y por el largo malecón de las Huelgas caminábamos hasta un sitio bien lejano donde pudiéramos desnudarnos sin faltar al pudor. En sábanas o toallas para secarnos no había que pensar porque todos se bañaban como yo a escondidas de sus padres. Nos acurrucábamos un momento al sol y luego nos vestíamos sin aprensión alguna. Este sistema, que por mucho tiempo me pareció peligroso, lo he visto hace poco tiempo preconizado por un médico alemán.

Una tarde por haber tenido que ir antes a casa me vi obligado a caminar solo hasta el puente donde me habían dado cita mis compañeros. No les hallé en aquel sitio y pareciéndome que ya habían tomado la delantera me dirigí sin apurarme por el malecón al sitio acostumbrado. Tampoco estaban allí. Largo tiempo los estuve aguardando y viendo que no llegaban me decidí a desnudarme y echarme al agua.

Era casi la hora de la pleamar; el sol reverberaba todavía sobre la superficie de la ría que se mostraba brillante y poderosa como un gran brazo de mar. Me hallaba solitario: sólo allá lejos sobre el malecón percibí un montón de ropa y en medio de la ría la cabeza de un hombre que nadaba y que no pude entonces reconocer.

Sin cuidado alguno, porque estaba bien acostumbrado a ello, me zambullí y comencé a nadar en la dirección de la cabeza que veía sobre el agua. No tardé en averiguar que aquella cabeza pertenecía a fray Melitón y desde entonces con más fuerza me dirigí nadando adonde estaba. Pero él, que no me reconoció, y a quien sin duda molestaba ser conocido se alejó nadando y yo le seguí con esperanza de alcanzarle. Tanto nadé que al fin me hice cargo de que me estaba alejando demasiado de la orilla. Pensar esto, volver la cabeza, ver la orilla lejana y sentir un miedo cerval fué todo uno.

El miedo me dejó yerto. Sentí que el frío me penetraba y que pronto iba a paralizar mis piernas y mis brazos. En fin, sospeché que estaba corriendo un grave peligro de muerte, y esta sospecha no contribuyó, como cualquiera puede calcular, a tranquilizarme. Di rápidamente la vuelta, pero si antes me pareció la orilla lejana ahora me pareció la misma costa de la América. Entonces me decidí a gritar:

--¡Fray Melitón! ¡fray Melitón!

--¿Qué pasa?--respondió éste alarmado por lo extraño de aquel grito.

--¡Que me ahogo, fray Melitón!

Fray Melitón nadó con fuerza hacia el sitio donde yo estaba.

--¿Qué dices, muchacho?--exclamó al mismo tiempo reconociéndome.

--¡Que me ahogo! ¡que me ahogo!

--¿No puedes sostenerte hasta que yo llegue?

--Creo que sí.

En efecto, así que le vi nadando hacia mí me acudieron repentinamente las fuerzas, pues sólo el miedo y no la fatiga las había paralizado.

--¿Qué te pasa?

--No sé... Creo que tengo frío--respondí por no confesar mi miedo.

--Cógete al cinturón de mi calzoncillo... ¿Podrás mover las piernas?

--Sí.

Y haciendo lo que me ordenaba puse una mano sobre su cintura y con este solo apoyo y nadando con las piernas llegamos perfectamente a la orilla.

Una vez allí ¿qué se figura el lector que hizo aquel buen hombre? Pues emprenderla a mojicones conmigo... ¡por burro!

--¿Si no sabes nadar grandísimo burro para qué vas adonde te cubra? ¡Eres un burro! ¿Quién, si no un burro se va al medio de la ría sin saber nadar?

Tantas veces me llamó burro el bueno de fray Melitón que no sé cómo en aquel mismo punto no me brotaron las orejas.

XX

EL CACHORRILLO

No recuerdo cuánto me costó. Tengo una idea de que di por ella todo el dinero que tenía en la hucha, que sumaría lo menos cuatro o cinco pesetas en calderilla. Además entregué una cadenita de plata, algunos botones dorados de un frac viejo de mi padre y una navajita que me habían regalado.

A pesar de todo quedé convencido de que Ovidio, el hijo del boticario de la calle de la Fruta, había tenido un momento de extravío y que yo había abusado miserablemente de este muchacho cambiando aquellas baratijas por su pistola.

Porque era una pistola, una verdadera pistola que se cargaba con pólvora, no uno de esos ridículos juguetes que nos regalaban nuestros parientes por las ferias de San Agustín y que se disparan con un muelle.

¿Cómo vino a poder de Ovidio esta arma? Lo más probable es que perteneciese a un hermano mayor que había llegado de Cuba hacía unos meses. Lo sospeché pensando en la facilidad y aun la prisa con que de ella se desprendió. Si hubiera llegado a sus manos por un camino honrado, es seguro que la habría conservado en su poder con el mismo agrado, ¡qué digo agrado! con el mismo entusiasmo que yo la hice mía.

Parece que la estoy viendo con su cañón pavonado y sus llaves bruñidas. La culata era obscura y charolada. Compré un cuarterón de pólvora y una cajita de pistones y recuerdo con emoción la primera vez que la disparé. Fué en el bosque de la Magdalena, próximo a Avilés, cosa de dos o tres kilómetros. Para este trascendental experimento se reunieron cinco o seis chicos de la escuela. Y en medio de ellos, caminaba hacia el campo de operaciones pálido y agitado, como si fuese a un duelo. Después de cargarla cuidadosamente, según las instrucciones que Ovidio me había dado, después de haber puesto el pistón en la chimenea, permanecí con ella en la mano presa de amarga incertidumbre. ¿Qué resultaría de aquello? Mis compañeros y yo nos mirábamos unos a otros y a todos nos latía el corazón como si se jugase en aquel ensayo nuestra existencia. Al fin, armándome de valor, me destaqué del grupo, avancé unos pasos y grité: ¡A la una! ¡a las dos!... ¡a las tres! ¡Pum!

El estampido causó en nosotros un estremecimiento, pero muy especialmente en mí, como debe suponerse. Sin embargo, todos al punto recobran el valor, todos quieren disparar la pistola. Me costó no poco trabajo reprimir los ímpetus de aquellos héroes. Fuí, no obstante, lo bastante magnánimo en tal ocasión, para gastar el cuarterón de pólvora y buena parte de los pistones. Regresamos a nuestros hogares cubiertos de gloria y con el corazón henchido de sentimientos bélicos.

Así que se divulgó entre la juventud de las escuelas la nueva de que era poseedor de aquella arma preciosa, me vi rodeado de aduladores. Cuando un hombre logra acaparar una cantidad respetable de fuerza, los demás acuden a él por un impulso irresistible, como las raspaduras del acero hacia el imán. Tal acaeció al califa Omar, a Pedro el Grande de Rusia, a Napoleón; tal me acaeció a mí. Desde entonces no me vi libre ya de un enjambre de cortesanos, especie de guardia fiel, que me seguía a todas partes ansiando participar de mi imperio y tomar parte en las felices aventuras que aquel instrumento mortífero había de proporcionarme.

En la escuela sujetos que antes me despreciaban profundamente, mirábanme ahora con respeto y me preguntaban al oído misteriosamente:

--¿Lo tienes ahí?

Yo me hacía el interesante.

--¿El qué?

--El cachorrillo.

--Lo tengo.

--¿Cargado?

--¡Ya lo creo!

Entonces aquel sujeto desdeñoso me apretaba la mano con sigilo y se alejaba en silencio para comunicar a los demás noticia de tanta sensación.

Debo advertir, para que el lector no se sobresalte demasiado, que el cachorrillo estaba cargado solamente con pólvora. Ni a mí se me ocurrió ni a mis compañeros tampoco, introducir en él ningún proyectil.

Después de la escuela solíamos irnos a la Magdalena, aldea deleitosa como pocas, en cuyo bosquecillo habíamos recibido nuestro bautismo de fuego. Una vez allí, lejos de las miradas, aunque no de los oídos de los hombres, nos entregábamos a un tiroteo pernicioso que tenía un poco inquietos a los pacíficos labradores de aquel lugar.

Sin embargo, las aventuras gloriosas no parecían. Hacía seis u ocho días que el cachorrillo estaba en mi poder y todavía no había logrado utilizarlo para algo que pudiera ser narrado algún día a mis amigos de Entralgo, pues en aquella época no sospechaba que pudiera tener cabida en mis memorias.

La fortuna vino en mi ayuda al cabo en forma semejante a la de Don Quijote. Caminábamos una tarde hacia nuestro acostumbrado retiro de la Magdalena, cuando acertamos a ver un zagalote de quince a diez y seis años que corría hacia nosotros siguiendo a una niña como de diez. La alcanzó presto y comenzó a golpearla cruelmente, a tirarla del pelo y de las orejas. Entonces yo, con el sentimiento de mi fuerza incontrastable, le grito osadamente:

--¡Deja a esa niña, animal!

Levantó la cabeza, y al ver el ínfimo ser que se atrevía a hablarle de esta forma, quedó más estupefacto que indignado.

--Sí; voy a dejarla--respondió sonriendo sarcásticamente--pero es para comenzar contigo, granujilla. Y avanzó con terrible calma hacia mí. Yo en vez de retroceder avanzo también algunos pasos y sacando la pistola y apuntándole al pecho exclamo colérico:

--¡Si das un paso más eres muerto!

Quedó inmóvil, clavado por la sorpresa y dirigiendo la vista a mis compañeros preguntó:

--No estará cargada, ¿verdad?

--¡Sí!... ¡cargada!... ¡está cargada!--le respondieron a un tiempo todos.

Entonces el zagalote se pone pálido, vuelve grupas instantáneamente y emprende a correr gritando:

--¡No tires, chico!... ¡No tires!

Yo le sigo corriendo también.

--¡Vas a morir! ¡Vas a morir!

--¡Por Dios, no tires! ¡Por Dios, no tires!--clamaba el pobre diablo volviendo de vez en cuando la cabeza con terror.

--¡Vas a morir!... ¡Vas a morir!--replicaba yo lúgubremente entre colérico y alegre.

Al fin me cansé de seguirle y volví hacia mis compañeros, que me acogieron con estruendosa alegría. ¡Cuánto reímos, cuánto celebramos aquel triunfo! No nos hartábamos de recordarlo pintando el miedo de aquel gran zángano con rasgos cada vez más cómicos. Y así que llegamos a la villa cada uno de mis compañeros fué una bocina poderosa que esparció la nueva por todos sus ámbitos.

De tal modo, que cuando al día siguiente por la mañana entré en la escuela un poco tarde, todos los ojos se volvieron hacia mí con viva curiosidad y admiración. Me senté en mi banco, pero aún allí me seguían las miradas de los compañeros. Yo paladeaba mi triunfo con deleite, pero en actitud modesta. ¡Ah, cuán lejos estaba de sospechar que tenía cerca la roca Tarpeya!

Recuerdo que el maestro se hallaba frente al encerado y nos explicaba una operación de quebrados. Su amplia levita flotaba majestuosa a medida que su brazo, provisto de unas mangas postizas de percalina negra para no ensuciarse, iba trazando cifras y borrándolas después con una esponja. Pero aquel día nadie reparaba en la levita, ni en las mangas de percalina ni en la esponja ni en las cifras. Toda la atención de la escuela estaba concentrada sobre mí o, por mejor decir, sobre mi pistola.

Uno de mis amigos más íntimos, que estaba cerca, se inclinó y me dijo en voz baja:

--Mariano quiere ver la pistola. Déjamela un momento.

Me resistí porque tenía miedo de que don Juan se volviese de pronto. Sin embargo, mi amigo insistió y como aquel Mariano era uno de los chicos más respetables de la escuela por su fuerza y yo le debía algunos favores, tuve la debilidad de ceder.

La pistola no se detuvo en las manos de Mariano. Todos los chicos que se hallaban cerca querían tocarla y fué pasando de uno a otro mientras yo estaba en brasas mordiéndome los labios y maldiciendo de aquella peligrosa curiosidad.

Al fin la pistola comenzó a retroceder lentamente sin que don Juan volviese la cabeza y pude recuperarla. Pero fuese porque algún chico hubiera andado con las llaves o porque yo la tomara con harto apresuramiento en el momento mismo de ir a meterla en el bolsillo se disparó.

El estampido fué horroroso. Parecía que la escuela se había venido abajo. Don Juan cayó de bruces sobre el encerado y permaneció unos instantes inmóvil. Al estampido había sucedido un silencio de muerte. Don Juan se volvió al cabo y su faz estaba lívida: quizá contribuyese a ello el haberla restregado contra las cifras de quebrados que acababa de trazar. Paseó sus ojos extraviados por la escuela y como advirtiese que los de todos se hallaban fijos en mí me miró y vió la pistola. Entonces a paso lento se dirigió al sitio que yo ocupaba.

No es fácil definir lo que por mí pasaba en aquel momento. Era más que terror una especie de anestesia de todos los sentidos, una vaga conciencia de que iba a morir y cierta indiferencia por la muerte. Mi sangre toda, sin faltar una gota, debió de haberse refugiado en el corazón, porque según me dijeron después mi rostro era el de un cadáver.